Capítulo 1

– ¿Te diviertes, Sheena? -Stavros Gratsos frotó las palmas arriba y abajo por los desnudos brazos de Elle Drake para calentarla mientras permanecía detrás de ella en la barandilla de su gran yate.

El sonido de la risa y trozos de conversación vagaban por todas partes en el brillante mar mediterráneo.

Sheena MacKenzie, el nombre encubierto de Elle… y su alter ego. Sheena podía sentarse en cualquier mesa y reinar, su elegancia, sofisticación y su halo de misterio garantizaban que consiguiera atención. Desprovista de maquillaje, con el cabello en una cola de caballo, Elle Drake podía deslizarse en las sombras y desaparecer. Hacían una combinación casi imbatible y Sheena había hecho exactamente lo que Elle necesitaba que hiciera, había atraído a Stavros y le mantenía lo suficiente interesado para que Elle fisgoneara en su glamorosa vida y viera lo que podía desenterrar, lo que hasta ahora había sido… nada.

Elle no podía leer los pensamientos y emociones de Stavros del modo en que hacía con los otros cuando la tocaban, y eso la asombraba. Su capacidad psíquica de leer los pensamientos era perturbadora gran parte del tiempo, pero había muy pocos que parecían tener barreras naturales que tenía que «invadir» deliberadamente si quería ver lo que pensaban. Elle raramente se entrometía, aún cuando utilizaba su personaje encubierto, Sheena MacKenzie, pero había hecho una excepción en el caso de Stavros. Le había estado investigando durante meses y no había encontrado nada que le dejara limpio o que señalara su culpabilidad.

Echó un vistazo por encima del hombro a Stavros.

– Ha sido maravilloso. Asombroso. Pero creo que todo lo que haces es así y lo sabes. -Stavros siempre daba las mejores fiestas y su yate era más grande que las casas de la mayoría de las personas. Servía la mejor comida, tenía la mejor música, y se rodeaba de personas inteligentes, personas divertidas.

En todos los meses que lo había estado vigilando, no había descubierto ni la más mínima insinuación de actividad criminal. Stavros había sido amable y generoso, donando millones a organizaciones de caridad, apoyando el arte y resolviendo tratos con empleados en discusiones mano a mano que evitaron despedir a un grupo entero de trabajadores. Había empezado a respetar al hombre a pesar de sus anteriores sospechas y estaba preparada para volver donde Dane Phelps, su jefe, y escribir un informe muy claro expresando que los rumores con respecto a Stavros estaban equivocados, excepto que su aura indicaba peligro y una fuerte inclinación hacia la violencia. Por supuesto algunos de los hombres que sus hermanas habían escogido como compañeros tenían ese mismo vívido color arremolinándose alrededor de ellos.

– He dado esta fiesta en tu honor, Sheena -admitió Stavros-. Mi mariposa evasiva. -Le tiró del brazo para girarla y que la espalda estuviera contra la barandilla y ella enjaulada por su cuerpo-. Deseo que vengas a mi isla conmigo, para ver mi casa privada.

El corazón de Elle saltó. Según los rumores, Stavros nunca llevaba a ninguna mujer a su isla. Tenía casas por todo el mundo, pero la isla era su retiro particular. La mayoría de los operativos encubiertos habrían saboreado la oportunidad de entrar en el santuario privado de Stavros, pero su jefe se había mostrado inflexible respecto a que no fuera, incluso si la oportunidad se presentaba. No había manera de comunicarse desde la isla.

Stavros tomó su mano y se llevó los nudillos a la boca.

– Ven conmigo, Sheena.

Ella trató de no respingar. Sheena. Era un fraude. Este era el hombre del que debería enamorarse, no del gusano quien-nunca-podía-ser-nombrado que le había roto el corazón. Aquí estaba Stavros, guapo, inteligente, rico, un hombre que resolvía problemas y parecía que le preocupaban muchas de las mismas causas que ella. ¿Por qué no podía ser él el hombre del que cayera locamente enamorada?

– No puedo -dijo suavemente-. De verdad, Stavros. Quiero, pero no puedo.

Los ojos se oscurecieron, llegando a ser tempestuosos. A Stavros le gustaba salirse con la suya y definitivamente estaba acostumbrado a conseguirlo.

– Quieres decir que no vendrás.

– Quiero decir que no puedo. Tú quieres cosas de mí que no puedo darte. Te dije desde el del principio que podríamos ser amigos, no amantes.

– No estás casada.

– Sabes que no. -Pero debería haberlo estado. Debería haber estado asentada en su casa familiar con el hombre que el destino había previsto para ella, pero él la había rechazado. El estómago se le revolvió con el pensamiento. Había puesto un océano entre ellos y él todavía trataba de alcanzarla, su voz un zumbido débil en la cabeza, tratando de persuadirla de que volviera, ¿a qué? Un hombre que no deseaba niños ni un legado de magia. Él se negaba a comprender que eso era quién ella era… lo que era. Al rechazar su legado, él la rechazó. Y Elle necesitaba un hombre que la ayudara. Que comprendiera cuán difícil era para ella encarar el futuro. Necesitaba alguien en quien apoyarse, no alguien a quien tuviera que mimar y cuidar.

– Ven a casa conmigo -repitió él.

Elle negó con la cabeza.

– No puedo, Stavros. Sabes lo que sucedería si lo hiciera y no podemos entrar en eso.

Los dientes blancos destellaron.

– Por lo menos has pensado acerca de ello.

Elle inclinó la cabeza hacia atrás y lo miró.

– Sabes cuán encantador eres. ¿Qué mujer no estaría tentada por ti? -Y lo estaba. Sería tan fácil. Él era tan dulce con ella, siempre atento, queriendo darle el mundo. Se estiró y le tocó la cara con pesar-. Eres un buen hombre, Stavros.

Se avergonzaba de haber sospechado cosas atroces, tráfico de humanos entre lo peor. Sí, él había empezado pasando de contrabando armas en sus buques de carga, años antes cuando no tenía nada. Pero parecía que había más que compensado todos sus errores y por lo que ella podía deducir, él era sinceramente legítimo. Por lo menos ella podría limpiar su nombre con la Interpol y las otras agencias del mundo donde su nombre seguía surgiendo. Eso la haría sentirse mejor acerca de haber pasado estos últimos meses trabajando para ofrecerle amistad y ganarse su confianza.

– Oigo un pero ahí, Sheena -dijo Stavros.

Elle abrió los brazos, abarcando el yate y el brillante mar.

– Todo esto. Esto es tu mundo y yo puedo dar un paso en él ocasionalmente, pero nunca podría vivir en él cómodamente. He mirado tu historial, Stavros, y no crees en la permanencia, y no, no insisto en casarme contigo. Me conozco. Me conectó a la gente y separarse es terriblemente doloroso.

– ¿Quién dice que tenemos que separarnos? -dijo Stavros-. Vuelve a casa conmigo. -Su voz era suave, persuasiva, y por un momento ella quiso rendirse, quiso tomar lo que él le ofrecía. La hacía sentirse como una hermosa y deseable mujer, cuando nadie más lo había hecho, pero al final, no era la glamorosa y sofisticada Sheena, en realidad era Elle Drake y llevaba su equipaje con ella a todas partes donde fuera.

– No puedo decirte cuánto quiero ir contigo, Stavros -dijo sinceramente-, pero realmente no puedo.

Una rápida impaciencia cruzó el bien parecido rostro y él parpadeó, los oscuros ojos se volvieron un poco fríos.

– Los barcos comienzan a llevar a algunos de nuestros huéspedes de vuelta a la costa. Necesito hablar con algunos de ellos. Permanece aquí y espérame.

Elle asintió. ¿Qué mal había en ello? Después de esta noche, Sheena MacKenzie iba a desaparecer y Stavros nunca la vería otra vez. Quizá él ya sabía que ella se estaba despidiendo. No podía culparle por estar molesto. Había intentado permanecer dentro de los límites, sin darle esperanzas, sólo ganando lo suficiente su confianza como para entrar en sus círculos íntimos. Había asistido a sus obras de caridad y a sus fiestas, y nunca, ni una vez había oído el rumor de una actividad ilegal. Si él era el criminal que su jefe sospechaba, era asombrosamente experto en ocultarlo y ella ya no creía que fuera posible.

¿Así que por qué no podía enamorarse de él? ¿Qué es lo que la pasaba? Ciertamente el gusano-que-no-podía-ser-nombrado-jamás, no se merecía que ella insistiera en esa esperanza. ¿Era lo suficiente estúpida para hacer eso? ¿Esperaba que viniera tras ella? Eso nunca sucedería. Él no la deseaba. Él no deseaba su legado, ni su nombre, ni su casa… y ciertamente no deseaba las siete hijas que vendrían con ella.

No, había dejado de esperar que Jackson Deveau la amara o incluso que la deseara.

Ahora sólo tenía que dejar de doler.

Miró a Stavros mientras hablaba con sus huéspedes, sonriendo y aparentemente feliz. Como si presintiera que ella lo miraba, giró la cabeza y le envió una sonrisa tibia. Su corazón hizo un pequeño salto, no de la manera en que lo hacía cuando el gusano le sonreía, sino porque sabía que Stavros estaba medio enamorado de ella y era tan injusto. La sonrisa que le envió a Stavros era más triste de lo que comprendía.

¿Podría vivir así? ¿Esta vida glamorosa, intensa y rápida? Había nacido con un legado que pocos, si acaso alguien, alguna vez tendría o conocería. Como la séptima hija de una séptima hija, los dones psíquicos de Elle corrían profundamente en sus genes y serían dados a sus siete hijas. Y su séptima hija llevaría ese mismo legado agridulce. ¿Cumpliría Elle su destino? ¿O moriría el legado de magia de las Drake calladamente con ella?

Elle solía imaginar una vida de risa y felicidad con su alma gemela. Eso fue antes de que la hubiera encontrado. Él era un macho malhumorado, silencioso, egoísta y muy dominante. Sabía que él podría traerle la calma y la paz, o con una mirada ardiente, convertir sus venas en fuego líquido. Pero se negó a aceptar quién era ella, se negó a adorarla como era. Y si él no lo hacía, ella se temía que ningún otro hombre lo haría, ni podría hacerlo. No a la verdadera Elle Drake, por lo menos.

Giró y se asomó sobre la barandilla, mirando los botes que entraban para llevar a los huéspedes de Stavros a la costa. La noche hacia mucho que había cedido al amanecer y estaba cansada, suprimiendo un bostezo intentó resolver que haría luego con su vida. Sea Haven, una pequeña aldea situada en la costa del norte de California, siempre había sido su hogar, un refugio. Su casa familiar estaba allí, una propiedad grande con vistas al océano turbulento.

El mar era tan diferente aquí, como un espejo, un hermoso cebo prometiendo una vida de lujo llena de sol, pero ella era suficientemente lista como para pensar que tal vida estaba hecha para ella. En el fondo, era una chica casera, una mujer nacida para ser esposa y madre. Adoraba la aventura y la variedad, pero al final, la necesidad de traspasar su legado Drake crecería tan fuerte que no sería capaz de ignorarlo. ¿Tenía el derecho de negar al mundo a alguien como su hermana Libby, quién podía curar con un toque de las manos? ¿O Joley, con su voz? ¿Kate, cuyos libros daban tanto consuelo y escape a las personas? Cada una de sus hermanas tenía dones increíbles pasados de generación en generación. Si no cumplía su destino la línea terminaría con ella.

El movimiento atrapó su mirada y se movió para ver al capitán acercarse a Stavros y cuchichear algo en su oreja. Era experta en leer labios, pero no podía ver la boca claramente. Stavros frunció el entrecejo y sacudió la cabeza, mirado su reloj y luego a Elle. Ella mantuvo la cara tranquila y giró la mirada de vuelta al mar. El guardaespaldas de Stavros, Sid, dijo algo también. Estaba frente a ella y captó sus palabras claramente.

– Será peligroso tenerla en la isla, señor. Piense en eso. Que se la lleve el bote ahora y daremos órdenes al conductor para que la deje en su casa de campo. La pueden retener allí hasta que la reunión acabe.

El estómago de Elle se apretó. El guardaespaldas hablaba de ella. Stavros sacudió la cabeza y dijo algo que no pudo captar, pero el guardaespaldas y el capitán miraron hacia ella otra vez y ninguno parecía feliz.

Eso encendió su alarma, la que la había salvado numerosas veces en innumerables misiones le gritaba y ella no vaciló. Se movió rápidamente a través de la escasa multitud hacia el costado del yate donde los botes entraban a recoger a los invitados y devolverlos a la costa. Aunque su bolso y la bolsa de viaje estaban todavía en el camarote de abajo, Elle tenía cuidado de no llevar nunca nada en su bolsa ni en sus pertenencias que pudiera traicionarla. Dejaría el yate y si Dane quería que volviera, podría utilizar la recuperación de sus cosas como una excusa para contactar con Stavros otra vez.

Se hizo pequeña, tratando de mezclarse con los otros invitados. Como Elle podría desaparecer fácilmente en las sombras, pero Sheena destacaba. Su corazón se aceleró y un sentido de urgencia la dominó mientras serpenteaba abriéndose camino hacia los botes que partían. No iba a mirar atrás y comprobar si la estaban buscando, sabía que sí. Tenía una oportunidad, para saltar en el bote saliente mientras estaba zarpando. Tenía que calcularlo perfectamente.

Se deslizó tras el último de los invitados que esperaban el próximo bote y dio un paso en la plataforma, extendiendo la mano al joven que empujaba el bote para soltarlo. Él sonrió y guió el bote de vuelta a la posición para que ella pudiera subir. Justo mientras sus dedos se deslizaban alrededor de su mano, sintió otra mano atraparle el brazo en un puño firme, tirándola hacia atrás.

– Al señor Gratsos le gustaría el placer de la compañía de la señora MacKenzie un rato más -dijo Sid suavemente, atrayendo su forma mucho más pequeña contra él.

Elle inhaló bruscamente, sintiendo el chorro de emoción del guardaespaldas de Stavros. Él casi deseaba no haberla alcanzado, de hecho había considerado perderla, pero sabía que Stavros habría detenido el otro bote. Ella se dejó echar hacia atrás sin luchar. El guardaespaldas era más grande y mucho más fuerte que ella, e incluso si lo pudiera haber pillado por sorpresa, ¿cuál sería el objeto? Ninguno de los hombres de Stavros iba a permitirle abandonar el yate contra sus órdenes.

Ella sonrió amablemente al piloto y alzó la mirada al guardaespaldas. No era griego. No estaba segura de dónde era. Hablaba con acento griego, pero había algo raro en él. Y le parecía terriblemente familiar, pero no sabía donde lo había visto antes.

– Me haces daño. -Mantuvo un tono bajo, muy bajo y su mirada en la cara.

Él la soltó de manera inmediata, rápidamente como si la piel le quemara.

– Lo siento, señora MacKenzie. El señor Gratsos me pidió que la llevara de vuelta con él y tenía miedo de que cayera al mar si no la sostenía. No me di cuenta de lo fuerte que la estaba agarrando.

Él había tenido miedo de que ella hiciera una escena, pero extrañamente, eso fue todo lo que pudo conseguir de él. ¿Por qué era eso? ¿Cómo es que estaba protegido el guardaespaldas de sus capacidades psíquicas de la misma manera que Stavros? No podía ser coincidencia que dos personas que trabajaban juntos tuvieran fuertes barreras naturales y que la barrera de Sid fueron tan fuerte o más que la de Stavros, aunque se sintiera diferente.

Elle le dirigió una rápida sonrisa de perdón, de acuerdo con la personalidad dulce de Sheena.

– Ciertamente no querría caer al mar con este vestido. -El retrocedió para indicarle que avanzara a través del grupo de invitados. Elle vaciló-. Sid, este es el último bote para la costa y ya están embarcando. Debo bajar. -Deliberadamente miró su delgado reloj de diamantes-. Tengo una cita esta tarde.

– El señor Gratsos le llevará a su cita a tiempo -aseguró Sid.

Eso era mentira. A él no le gustaba mentirle. Cualquiera que fuera la protección que él había construido o de la que le habían provisto, las emociones más intensas la atravesaban deslizándose, a menos, claro está, que él lo estuviera permitiendo, lo cual era posible. Elle podía hacer eso. Sid estaba preocupado por ella, y si estaba preocupado, ella necesitaba estarlo. Permaneció muy quieta, midiendo la distancia hasta el bote. Era rápida, pero dudaba que el bote la llevara contra las órdenes de Stavros.

Sid sacudió la cabeza.

– No lo intente, señora MacKenzie. Si el señor Gratsos la quiere aquí, usted se quedará aquí.

Era una advertencia. Una advertencia clara, ¿le había leído la mente? Ella no creía que sus sentimientos se hubieran reflejado en el rostro. Él la miró directamente, los oscuros ojos se encontraron con los suyos. El corazón saltó en advertencia, la boca se le secó.

– Déjame ir ahora.

Por un momento mostró pena en los ojos, pero ella supo que él no iba a engañar a su jefe.

– Tendrá que hablarlo con él.

Elle asintió y avanzó hacia el magnate naviero, muy consciente de Sid directamente detrás de ella.

Stavros le extendió la mano, cerrando los dedos alrededor de los de ella para atraerla a su lado.

– Pensé que tratabas de dejarme.

– Te dije que no podía quedarme -le recordó Elle-. Quiero, Stavros, pero ya he estado fuera lo suficiente.

Tuvo cuidado de mantener su tono ligero y arrepentido aún cuando deliberadamente abrió sus sentidos y trató de leerlo psíquicamente.

Stavros estaba muy acostumbrado a hacer too a su manera y tratar de forzarla a obedecer su voluntad sería algo que haría sin creer que estaba mal. Era su primera reprimenda verdadera, tan apacible como ella podía hacerla cuando lo que quería era escupir fuego sobre él. Él parecía tener una barrera natural en el lugar que evitaba que ella se deslizara en su mente del modo en que hacía con los otros.

Los ojos de él se oscurecieron hasta un color tempestuoso.

– Te pedí que permanecieras conmigo. Para ir a mí casa conmigo. Te dije, Sheena que nunca he llevado a una mujer allí.

Ella respiró hondo. La llevaba a su isla y estaría aislada de toda ayuda. ¿Sospecharía de ella? ¿Y si lo hacía, significaba eso que tenía algo que ocultar? Los motores ya habían comenzado a retumbar y podía sentir el puente vibrar bajo los pies.

– Stavros, quizá debería encontrarme contigo allí más tarde, mañana o al día siguiente.

Stavros le palmeó la mano y la dirigió a través del puente a una silla mullida.

– Necesitamos pasar tiempo juntos, Sheena. Quiero pasar una semana juntos, sólo los dos, y quizás cambiarás de opinión acerca de mí.

– No tengo suficiente ropa para una semana -dijo Elle, tratando de ser práctica.

– Enviaré por ella.

– No voy a dormir contigo, Stavros. Te dijo que no puedo tener una relación en este momento, no estoy lista.

– Me contaste que ese hombre te rompió el corazón, Sheena. ¿Quién es él?

Ella se encogió de hombros, de repente preocupada por el acero en sus ojos. Tenía la incómoda sensación de que si nombraba a alguien, este aparecería muerto. Lo cuál era tonto cuando había estado muy segura de que Stavros no era un criminal. ¿Pero, entonces, si ese fuera el caso, por qué gritaban todos sus radares internos?

– Él no tiene importancia.

– Debe tenerla, sino considerarías otra relación. -Stavros tamborileó con los dedos sobre la mesa. Ella le había visto hacerlo cuando pensaba profundamente o estaba muy agitado-. ¿Viviste con él? ¿Cuánto tiempo estuviste con él?

– Eso no es de tu incumbencia -dijo Elle firmemente.

Los ojos de él se enteecerraron.

– Puedo contratar a alguien para averiguar estas respuestas para mí.

Su corazón saltó. La había investigado. Dane le había dicho que estuviera preparada para eso. Ellos habían construido meticulosamente su vida y le habían proporcionado todo, desde fotos del colegio y registros escolares hasta un pasado detallado, pero ¿soportaría la clase de investigación que un hombre como Stavros Gratsos demandaría? ¿Era esta la razón de que la llevara a su isla? ¿Había descubierto que trabajaba de incógnito?

– ¿Por qué me estás presionando?

Stavros se inclinó hacia ella, su mirada centrándose en la de ella.

– Te deseo. Nunca he deseado a una mujer como te deseo a ti.

¿Era eso la pura verdad? Ella lo dudaba. Sheena era hermosa y una mujer misteriosa e inteligente, el tipo que atraería e intrigaría a Stavros, pero él no era conocido por enamorarse de sus mujeres. Las acompañaba, pasaba tiempo con ellas, pero inevitablemente se iba. ¿Por qué estaba tan determinado en reclamar a Sheena como suya?

Elle suspiró.

– Tienes que olvidarlo, Stavros. Seré tan honesta como sea posible contigo. El control de natalidad no funciona conmigo. Tengo esta anomalía característica de mi familia. Ninguna forma de control de natalidad funciona. Incluso si utilizaras un condón, las probabilidades son todavía muy altas de que pueda quedarme embarazada. No voy a hacerte eso. O a mí.

Los ojos de él se oscurecieron aún más cuando buscó la verdad en su cara. Ella sentía realmente la mente estirándose hacia la suya y la empujó, atemorizada por primera vez de que pudiera leerla como ella hacía con los otros. Permitió sólo la verdad de su declaración en su mente donde él quizás captara sus pensamientos. No sólo pareció intrigado, sino complacido.

– Dices la verdad.

Ella asintió.

– No tengo razón para mentir. Realmente no puedo correr el riesgo y como deseo niños algún día, no puedo ocuparme del problema permanentemente.

– ¿Así que no dormiste con el hombre que te rompió el corazón?

Ella sacudió la cabeza y miró hacia el mar. La costa se desvanecía mientras el yate aceleraba hacia la isla privada.

Stavros dejó salir el aliento, atrayendo su atención de vuelta a él.

– Entonces seré tu primero. Tu único. -Había profunda satisfacción en su ronroneante voz.

– Te he dicho que puedo quedarme embarazada. No puedes, Stavros, me quedaría embarazada.

– Quiero niños -dijo-. No tengo ningún problema con que te quedes embarazada.

El corazón de Elle saltó. Allí estaba. Stavros era guapo, encantador, rico y deseaba niños. Estaba segura de que era psíquico. ¿Por qué no podría la casa Drake elegirle? Quizá había más de un hombre que encajara con ella y el destino había intervenido para darle otra oportunidad. Stavros Gratsos que la estaba forzando a acompañarlo a casa.

– Stavros -dijo suavemente-, eres el hombre más dulce, pero estás fuera de mi liga. La mitad de tus invitados se preguntan qué haces conmigo.

– Deja que se pregunten.

Sid se acercó con su manera silenciosa y se inclinó para cuchichear en la oreja de Stavros. Stavros inmediatamente la palmeó la mano.

– Estaremos en casa pronto. Tengo que coger esta llamada. -Dejó caer un beso encima de su cabeza como si ya hubieran arreglado todo y se fue.

Elle aspiró y dejó salir el aire. Necesitaba intentar permanecer en el personaje en caso de que su cobertura hubiera volado, pero necesitaba contar a alguien donde estaba. No podía engañarse. Podría desaparecer fácilmente y Stavros podría tener a cien personas jurando que la habían visto bajar.

Cerró los ojos. Necesitaba alcanzar a sus hermanas y dejarles saber donde estaba, pero la distancia era demasiado grande. Habían regresaron a los Estados Unidos y a menos que el lazo psíquico entre ellas fuera roto, no la sentirían, pero… estaba el gusano. Jackson Deveau. Su conexión psíquica con ella era fuerte y si se extendía hacia él, quizás pudiera conectar y permitirle saber hacía donde estaba siendo llevada. ¿Contaba el orgullo cuándo una vida podía correr peligro? ¿Realmente era tan estúpida?

El barco ya estaba acortando la distancia a la isla. No estaba tan lejos del continente. Cuando el yate se acercó a la isla privada de Stavros, pudo sentir un zumbido débil en la cabeza. Al principio le molestaba, pero pronto comenzó a aumentar de volumen casi al punto de dolor. Apretando los dedos en las sienes en un esfuerzo de aliviar el dolor, captó a Stavros mirándola. Había un rayo de satisfacción en sus ojos, como si supiera de la presión en su cabeza. Miró a Sid. Lo que fuera que ella estaba sintiendo, también lo hacia él, pero lo ocultaba mejor. Siguió andando con Stavros con la cara girada lejos de su jefe, pero supo que esa misma presión estaba en su cabeza también.

Elle respiró hondo y dejó salir el aire. La isla se estaba acercando y la presión en su cabeza se incrementaba. Era ahora o nunca. Cerró los ojos y bloqueó todo excepto a Jackson. Cómo era. Remoto. Con hombros anchos. Cicatrices. Pecho ancho. Ojos penetrantes llenos de sombras. Jackson. Susurró su nombre en su mente. Lo envió al universo.

Hubo un momento breve de silencio, como si el mundo alrededor de ella contuviera la respiración. Un delfín saltó del mar y dio un salto mortal atrás bajo las ondas vítreas. Elle casi chilló cuando Stavros la sacó de un tirón del asiento. Ni siquiera lo había presentido viniendo detrás de ella.

– ¿Qué estás haciendo? -ladró, cerrando los dientes de golpe. La furia grabada en las líneas de su cara.

Lo sabía. Elle miró hacia su guardaespaldas. Sid lo sabía también. Ellos no sólo tenían barreras naturales sino que eran sensibles a la telepatía. Ambos. Era más de lo que podía manejar.

– ¡Sheena! Respóndeme.

– Suéltame. -Se soltó de un tirón-. No comprendo por qué te comportas de esta manera. -Ni siquiera Sheena, tan tranquila y sosegada como era podía soportar ser maltratada. Le miró con furia-. He tenido suficiente, Stavros. Quiero regresar a casa.

Ella nunca iba a regresar a casa otra vez. El pensamiento vino espontáneamente, pero se asentó en su interior revolviéndole el estómago. Una vez que pisara esa isla, su vida tal y como la conocía se acabaría.

¿Elle? ¿Dónde estás? Permanece viva, nena, no importa de qué forma, permanece viva para mí. Iré a por ti. Te encontraré. Haz lo que tengas que hacer.

La voz de Jackson era cálida, una suave intimidad se deslizó en su mente, en su cuerpo. Él se sentía como el hogar. Como consuelo. Ella quiso lanzarse dentro de él y refugiarse allí. Él debía haber oído, o sentido la desesperación en ella… el temor.

Stavros la agarró de los brazos y la tiró contra él, sacudiéndola mientras la ponía de puntillas.

– Pararás en este momento a menos que desees que Sid te ponga a dormir. Sé lo que estás haciendo.

Elle. Contéstame. Había una orden dura en la voz de Jackson, casi una obligación a contestar. Ella jadeó cuando los dedos de Stavros apretaron duramente en la parte superior de los brazos.

– ¡No! -advirtió él.

¿Lo había oído? Lo dudaba. Pero había sentido la energía vibrando y sabía que ella había recibido una respuesta.

Maldita sea, nena. Sólo permanece jodidamente viva. Cueste lo que cueste.

Elle miró a Sid. Tenía una jeringa en la mano. Ella forzó su cuerpo a relajarse, no queriendo ir a su isla inconsciente.

– Lo sabes. -Mantuvo su voz tranquila. Muy tranquila.

– ¿Qué eras telepática? Sí, por supuesto. Lo sentí inmediatamente.

– Bien por lo menos no tengo que intentar explicártelo -dijo Ella, rociando alivio en su voz-. Odio ocultar quien soy al mundo, pero las personas piensan que estoy loca.

Los dedos se desasieron de ella, aunque supo que tendría magulladuras.

– No tienes que ocultarte de mí Sheena. Soy muy parecido a ti.

Elle estudió su cara. Stavros estaba demasiado cómodo con el secuestro como para estar tan limpio como había creído en primer lugar.

– Hablaremos en mi casa -dijo Stavros, parando efectivamente sus preguntas.

Elle permaneció silenciosa, determinada a no permitirle ver que tenía miedo. Dejó que Sid la ayudara a bajar desde el yate al muelle y luego en el coche que esperaba. La isla era hermosa, exuberante y verde bajo el último sol de la mañana. Notó la manera en que conducían camino arriba hacia la casa de campo.

Una vez allí, Elle giró elegantemente en los ricos asientos de cuero del coche con chofer y extendió el pie con tacón alto fuera de la puerta, permitiendo que la abertura de su vestido brillante se abriera y revelara la pierna proporcionada, durante un breve destello mientras salía del coche. A su lado, Stavros hizo que metiera la mano en el hueco del codo y le indicó el sendero hacia la enorme casa construida en la isla mirando al mar. Él le acarició los dedos y ella alzó la mirada, enviándole una débil sonrisa antes de dirigir su atención a la obra maestra de la casa.

La estructura era grande y se extendía en varios niveles, parecía casi toda de cristal, así tenía vistas en casi cualquier dirección. Accesible sólo con aviones pequeños, helicóptero o barco, la isla proporcionaba a Gratsos tanta intimidad como deseara. Sabía que él trataba de impresionarla, que ella lo había intrigado porque hasta ahora, nada de su mundo la había impresionado. Estaba acostumbrado a que las mujeres se tiraran sobre él, y ella era lo bastante diferente como para ser un desafío. Bien… eso y que él tenía de algún modo un radar incorporado en lo que se refería a capacidades psíquicas. Era así como debía de haber encontrado a su guardaespaldas y por lo qué se había sentido tan atraído por ella.

Por lo menos sabía por qué estaba tan interesado en ella ahora o quizás había sido difícil no estar halagada por sus atenciones. Stavros era un hombre guapo e inteligente y sabía cómo retirarse para seducir a una mujer. Era encantador, pero había un aura de peligro alrededor de él, y ella nunca descartaba la lectura de auras. Él no iba a dejarla ir, sus oscuros ojos penetrantes y astutos, un depredador desenvainando las garras. Ella estaba en problemas y lo sabía. A Stavros no le gustaba recibir un no por respuesta.

El corazón le latió un poco demasiado rápido, y tomó un par de alientos profundos para calmar la inundación de adrenalina. Sabía que estaría fuera de alcance de las comunicaciones aquí, completamente aislada de toda ayuda, especialmente con ese dolor molesto que crecía más fuerte en la cabeza. Tenía que ser una transmisión de alguna clase para bloquear la energía psíquica. No estaba segura de que fuera posible, pero en el momento en que se quedara sola, iba a probar su teoría.

– ¿Sheena? -Stavros le frotó el dorso de la mano otra vez-. Quería que vieras mi casa. -Su voz ronroneó-. Dime que no estás molesta conmigo por raptarte y traerte a casa. -Se detuvo en el intrincado sendero que llevaba a su magnífico hogar, le levantó el rostro para mirarla fijamente a los ojos.

Elle podía imaginarse que esa mirada atenta haría que la mayoría de las mujeres se desmayaran ligeramente. Se sentía enferma. Cualesquiera que fueran las intenciones de Stavros, a él no le importaba si estaba de acuerdo o no.

– ¿La telepatía es normal en tu familia? -Ella quería que él pensara sólo en esa capacidad y en ninguna otra. Se mantuvo estrictamente bajo control, sin caer en el miedo cuando quería levantar los brazos al viento y utilizar su fuerza para ganar la libertad.

– No hables delante de nadie -siseó él, todavía sonriendo-. Este tema es sólo para nosotros dos.

Otra oferta para mantenerlos juntos. Ella reconocía la manipulación cuando la veía. Al menos todavía trataba de ser encantador y ganar su conformidad antes que forzarla. Asintió con la cabeza, sin estar dispuesta a intentar luchar por una causa perdida. Era mucho mejor esperar y ver lo que Stavros deseaba de ella. Quizá podría reunir información que Dane encontraría útil, si lograba salir viva.

La puerta fue abierta por una mujer de apariencia de matrona que logró mirar a través de Elle como si no estuviera allí.

– Esta es Drusilla. Es nuestra ama de casa -presentó Stavros-. Sin ella todos nosotros estaríamos perdidos.

Drusilla sonrió alegremente con una sonrisa de bienvenida a Stavros mientras cabeceaba un poco cautelosamente a Elle. Esta dio un paso dentro del enorme cuarto de cristal de múltiples niveles

– Esto es hermoso, Stavros.

– Estoy contento de que te guste ya que será tu casa.

Elle oyó a Drusilla tomar un rápido aliento y Stavros inmediatamente le envió una mirada de furiosa reprimenda. Elle se forzó a dar un paso más dentro del cuarto, echando una mirada alrededor. La vista quietaba el aliento, la más increíble que jamás había visto. Era una asombrosa jaula de seda, una prisión más allá de sus sueños más salvajes.

Elle permitió que Stavros la guiara por el gran cuarto absolutamente hermoso y arriba por la ancha escalera a un dormitorio inmenso. Él abrió la puerta e hizo gestos hacia la cama de cuatro postes.

– Este será tu cuarto. El mío está justo por el vestíbulo.

Alguien ya había colocado el pequeño bolso de viaje de Elle en la cama. Parecía ridículo en la rica opulencia del cuarto.

– Stavros, espera. -Le agarró del brazo-. Realmente no puedo quedarme. Tengo una cita esta tarde y no puedo llegar tarde.

– Te quedarás, Sheena, y tendrás a mis bebés. He estado buscando a una mujer como tú durante años. No voy a dejar que te marches ahora. -La empujó más adentro del cuarto y miró su reloj-. Permanecerás aquí en este cuarto hasta que venga a buscarte. La puerta estará cerrada, Sheena, y te quedarás.

No había forma de pasar por alto el hierro en su voz ni la advertencia. Elle se paró muy quieta en el centro del cuarto. Él mostraba la mano ahora, permitiéndole patentemente saber que no sólo la había raptado, sino que esperaba total cooperación. Ella no dijo nada mientras él cerraba la puerta, esperando antes de moverse hasta que oyó la muesca del cerrojo.

Elle abrió la bolsa para encontrarla vacía. Alguien ya había desembalado sus cosas y las había guardado. Después de una búsqueda breve, encontró que su ropa colgaba ordenadamente en el espacioso vestidor. Se quitó el vestido y lo cambió por un par de finos pantalones de algodón y una camiseta cómoda de algodón. Se trenzó rápidamente el pelo que le llegaba a la cintura y se puso sus zapatos de escalada antes de ir a la ventana.

Debajo de su cuarto, cantos rodados y piedras grandes formaban los precipicios que llevaban al brillante mar. Normalmente la vista la habría calmado, pero la manera en que la casa colgaba sobre el océano haría peligroso el trepar. Le interesó encontrar la ventana conectada a un sistema de seguridad. Podría abrir la ventana pero una alarma se dispararía si sacaba el brazo fuera. Del modo en que la casa estaba construida, habría sido casi imposible que alguien irrumpiera, ¿así que aquí mantenía presas a mujeres a su capricho? ¿Había traído a otras aquí?

Elle estudió el cuarto con cuidado, deslizando la palma sobre las paredes y la cama, buscando energía psíquica dejada atrás por cualquier otra. No sentía nada de nada excepto ese débil, molesto zumbido en la cabeza. Por lo que podía decir, sólo el ama de casa había estado en su cuarto. Ahora que estaba sola, necesitaba enviar un mensaje a casa y dejarles saber donde estaba.

Abrió la ventana e inhaló el mar y la sal. En el momento en que la niebla salada tocó su cara se sintió mejor, más ligera, más optimista. Elle levantó sus brazos y llamó al viento. El dolor chocó por su cabeza. Apenas logró suprimir el grito que brotó mientras unas estrellas estallaban detrás de los ojos y todo alrededor de ella se volvía negro. Se dobló, vomitando, ahogándose, tambaleándose hacia la cama, apretando ambas manos en la cabeza que latía.

Stavros era psíquico y había logrado de algún modo desplegar alguna clase de campo de energía para evitar que se usara la energía psíquica. ¿Por qué haría eso? Él no podría utilizarla tampoco. Débil, se deslizó hasta el suelo junto a la pared y puso la cabeza entre las piernas, respirando hondo para evitar desmayarse. No iba a poder convocar ayuda hasta que estuviera fuera de la isla o pudiera encontrar la fuente del campo de energía.

Una vez que pudo respirar otra vez, se puso de pie inestablemente y trató con la seguridad, un pequeño rayo que ella redireccionó para poder deslizarse a través de la ventana y adherirse como una araña al costado de la casa de campo de cristal. Y las arañas eran mejores en adherirse al vidrio que ella. Se deslizó hasta que los dedos de los pies y de las manos encontraron agarre.

Se adhirió al borde, alcanzando con los dedos de los pies, deseando ser al menos unos centímetros más alta cuando intentó ganar el techo. Durante varios latidos se encontró mirando fijamente hacia abajo a las piedras y al mar a unos buenos treinta metros debajo de ella, atemorizada de que no pudiera alcanzar y caerse. Estudió la distancia encima de ella. Tendría que hacer palanca hacia arriba con su cuerpo, utilizando el poder de las piernas y agarrar el borde. Una oportunidad. Eso es todo lo que tendría, e iba a tomarla.

Elle había escalado rocas y montañas por todo el mundo. El techo resbaladizo no iba a ser su perdición. Ensayó cada movimiento en su mente y se empujó, utilizando los músculos poderosos de las piernas para propulsarse hacia arriba. Lo agarró con las manos, resbalaron y los dedos se clavaron en el techo, sosteniéndola. Dejó salir el aliento y, reuniendo fuerzas antes de subir la pierna sobre el tejado. Una vez posicionada, podría empujarse completamente arriba.

Se tomó un momento para recuperase y entonces corrió ágilmente a través del techo hasta el otro lado de la casa donde Stavros realizaba su reunión. Permaneció agachada, sabiendo que destacaría fácilmente contra el tejado iluminado por el sol brillante. Pudo ver a Sid acompañar a cuatro hombres por el sendero a la casa. Frunciendo el entrecejo, se tumbó. Los hombres llevaban ropa de bandas de motoristas con emblemas, el estándar uno por ciento y, una intrincada espada con sangre goteando por la hoja. Había visto ese emblema antes.

Los motoristas fuera de la ley de uno de los clubes más notorios en tres continentes eran los únicos que osarían llevar el símbolo de la Espada. Algunos decían que los orígenes de los grupos eran rusos y que se habían esparcido rápidamente por Europa y Estados Unidos. Los reclutas eran brutales, la prisión les endurecía y estaban dispuestos a matar por los menores insultos. Se los había topado en varios casos relacionados con tráfico de armas y drogas, al igual que asesinatos por encargo. El club, conocido como la Espada, estaba ganando rápidamente una reputación que rivalizaba con los existentes señores del crimen. Las condenas eran raras porque sólo un puñado de testigos había estado de acuerdo en testificar contra uno de ellos. Y de esos pocos, ninguno jamás había vivido un día más después de que una pena de muerte fuera transmitida por el famoso líder del club, Evan Shackler.

¿Qué hacía Evan Shackler, o cualquiera de sus moteros en la isla de un rico magnate naviero? ¿Y por qué le palmeaba Stavros en la espalda como si fueran viejos amigos? Más que viejos amigos… ¿hermanos? Se saludaron entre ellos a la manera griega tradicional, besándose en ambas mejillas, lo cual no era un signo de que fueran parientes, pero curiosamente se parecían mucho. Mientras caminaban uno al lado del otro, ella pudo ver una semejanza inmensa, aunque Evan pareciera salvaje y despeinado con el cabello largo y la cara ensombrecida al lado de la imagen ejecutiva del guapo Stavros. Tenían casi la misma altura y peso y poseían los mismos gestos, incluso movían las manos de la misma manera. Tendría que estudiar los archivos de Shackler y comprobar meticulosamente su pasado.

Pero… si Shackler estaba de alguna manera relacionado, lo cual ella admitía que era un avance, ¿podía ser psíquico? ¿Había protegido Stavros su isla para evitar que un pariente utilizara la capacidad psíquica contra él? Eso tendría sentido. Si Stavros era psíquico, querría poder utilizar sus capacidades como ella y sus hermanas hacían en la intimidad de su casa. Ellas nunca antes había pensado construir un campo de energía para evitar que utilizaran sus talentos psíquicos, pero Stavros tenía que haber tenido una razón buena para hacerlo así.

Algo le mordió detrás del hombro, un cruel aguijonazo que fue lo bastante fuerte como para hacerla girarse. El sonido de un disparo se registró casi antes del hecho de que le hubieran acertado. La sangre manchó el frente de su camisa y bajo por el brazo, estallando a través del tejado como el rocío de un artista.

Stavros fue empujado al suelo por Sid, una mano evitó que se moviera mientras el arma de Sid rastreaba a alguien detrás de ella.

– ¡Nadie la toca! -chilló Stavros-. Mátalo. Dispárale.

El arma de Sid disparó y Elle oyó caer un cuerpo detrás de ella, dándose cuenta de que el arma de Sid estaba apuntado al guardia que la había disparado, no a ella y retrocedió trepando por el tejado, arrastrándose porque no podía ponerse de pie, no podía utilizar el brazo inútil. Respirar era difícil mientras avanzaba hasta el borde del tejado sobre el precipicio. Le dolía tanto el cuerpo que no creía que pudiera volver a su cuarto aunque quisiera. No podía permitir que Stavros la retuviera. No podría defenderse y sabía lo que él quería ahora. La mantendría en esta casa, esta prisión, y estaría como las mujeres a las que había tratado de ayudar… atrapada en un mundo sirviendo a los deseos de Stavros.

– ¡Sheena! -Stavros estaba de pie-. ¡No lo hagas!

Sid subió por el lateral de la casa, moviéndose rápidamente, pero la visión de Elle se enturbiaba y sabía que tenía que saltar mientras pudiera. Él la alcanzaría si no tenía la sangre fría de correr el riesgo en el mar y las piedras de abajo. Una vez lejos del campo de energía, tendría más poder. Saltó en el espacio y levantó los brazos para convocar al viento.

El viento rugió en ella, empujando su esbelto cuerpo lejos de las piedras hacía el agua acogedora. Detrás de ella, Stavros levantó sus brazos y envió su orden contraria. Tan caprichoso como siempre, el viento cambió, dejándola caer los metros restantes. Se golpeó con fuerza, la cabeza estalló en un millón de fragmentos mientras el agua fría se cerraba sobre su cabeza, aceptándola en sus brazos calmantes. Por un momento, pensó que alguien había aterrizado a su lado y que un brazo la rozó, pero entonces se hundió, no luchaba, permitía que el mar la llevara a casa, muy lejos del temor y una vida que ella no creyó jamás que sería suya.

Jackson. Susurró su nombre en la mente mientras iba a la deriva.


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