8. Tirpitz

James Bond estaba francamente preocupado. Salvo un leve asomo de duda, todo parecía indicar que Rivke Ingber era completamente de fiar y que había dicho la verdad al identificarse como una muchacha convertida a la fe judía y que se decía agente del Mossad, extremo que también Londres había certificado.

Sin embargo, el misterio que envolvía a Paula Vacker le tenía desconcertado. Ella y Bond eran grandes amigos desde hacía varios años, y en ningún momento le había dado ella pie para pensar que fuese otra cosa que una chica inteligente, que gustaba de divertirse, y muy competente en su profesión. Pero, de pronto, después de las confidencias de Rivke y a la luz de los últimos acontecimientos, su figura se presentaba a los ojos de Bond como un ídolo con pies de barro.

El superagente se duchó y afeitó con más parsimonia de lo que en él era habitual. Luego se puso unos pantalones de montar de gruesa tela, jersey negro de lana trenzada y cuello alto y una chaqueta de ante, suficiente para ocultar la automática que portaba debidamente afianzada, después de comprobar el mecanismo de carga y disparo. Al mismo tiempo tomó un par de cargadores y los deslizó en el bolsillo secreto cosido en la trasera de los pantalones.

El atuendo que vestía, con el complemento de unos zapatos de piel tipo mocasín, bastaba para resguardarle del frío en el interior del hotel. Al salir de la habitación, Bond se hizo el propósito de llevar siempre el arma encima.

Ya en el pasillo, se detuvo un momento y consultó su Rolex. El tiempo había corrido deprisa desde que Rivke salió de su habitación. Eran casi las nueve y media. Sin duda, la agencia de publicidad donde trabajaba Paula atendería ya las llamadas. Volvió a la habitación y marcó el prefijo de Helsinki, seguido en esta ocasión del número de la oficina de su amiga. Se puso al aparato la misma telefonista que contestó a Bond aquel fatídico día que tan lejos le parecía ahora.

Bond cambió al inglés y la voz al otro extremo del hilo hizo lo propio, al igual que sucediera en la ocasión anterior. Pidió hablar con Paula Vacker. La respuesta, concisa y categórica, no sorprendió a Bond.

– Lo siento, pero la señorita Vacker está de vacaciones.

– ¡Oh! -exclamó Bond, fingiendo decepción-. Prometí que la llamaría. Supongo que no sabrá dónde puedo localizarla, ¿verdad?

La telefonista le rogó que aguardara unos instantes.

– No puedo indicárselo con exactitud -contestó al poco rato-, pero dijo algo de irse a esquiar al norte. Demasiado frío para mi gusto. Ya tenemos suficiente con el tiempecito que hace aquí.

– Sí, claro. Bien, muchas gracias. ¿Cuándo salió de vacaciones?

– El jueves, señor. ¿Quiere dejar algún recado?

– No, no, la llamaré cuando vuelva a Finlandia.

Bond habló con el tono de quien da por concluida la conversación, pero de repente preguntó con tono casual:

– Por cierto, señorita, ¿trabaja aún aquí Anni Tudeer?

– ¿Anni qué, señor?

– Anni Tudeer. Creo que es una amiga de la señorita Vacker.

– Lo siento, señor, pero en la empresa no figura nadie con ese nombre.

– Gracias -dijo Bond, y colgó el auricular.

De modo que la buena de Paula se había dirigido al norte, como todos ellos, pensó Bond para sí. Miró a través de la ventana. El frío era tan intenso que parecía palpable; diríase que se podía cortar con un cuchillo, pese al resplandor del sol y al nítido azul del cielo. Era un azul intenso, pero no cabía esperar que aquel firmamento extraordinario deparase también un poco de calor. El astro rey irradiaba una luz semejante al reflejo de un iceberg. Como Bond sabía muy bien, en esta región del planeta uno no podía fiarse de la temperatura agradable y el cobijo que ofrecía el hotel, pues las condiciones climáticas son de lo más engañosas. Nada tendría de extraño que en el plazo aproximado de una hora se ocultase el sol y empezara a nevar con inusitada violencia, o que una neblina helada empañase la visibilidad y oscureciera la luz del sol.

La habitación que ocupaba se encontraba en la parte trasera del edificio, lo cual le permitía avizorar con claridad las instalaciones del telesilla, la pista de esquí y la curva silueta del trampolín de saltos. Diminutas figuras aprovechaban el corto lapso de luz diurna y la limpia atmósfera para colgarse de las sillas del telesquí, que funcionaba sin parar, mientras en lo alto de la colina los esquiadores, semejantes a insectos movedizos en contraste con la blancura de la nieve, descendían por la larga pendiente, unos describiendo un curso sinuoso, que obligaba a controlar la velocidad, y otros enfilando la línea de descenso directo, con el cuerpo inclinado hacia adelante y las líneas flexionadas.

Bond pensó que Rivke muy bien podría ser uno de aquellos puntitos que se deslizaban por el inmaculado y destellante paisaje. Casi percibía dentro de sí la vigorizante sensación de una veloz carrera pendiente abajo y, por un momento lamentó no haber acompañado a la chica. A continuación, después de lanzar una última ojeada al nevado paraje, punteado tan sólo por los esquiadores, el movimiento del telesilla y las densas masas de abetos de tono verde castaño que jalonaban la pista, adornados como árboles de Navidad por colgantes agujas de hielo, James Bond se puso en pie, salió de la habitación y se encaminó hacia el comedor principal.

Allí estaba Brad Tirpitz, solo, sentado ante una de las mesas del rincón junto al gran ventanal, más o menos en el mismo ángulo en que estaba Bond en su habitación, en la segunda planta del edificio.

El norteamericano le vio acercarse y levantó la mano con un gesto cansino, mezcla de saludo y de reclamo.

– Hola, Bond -el rostro pétreo de Tirpitz pareció resquebrajarse ligeramente-. Kolya se ha disculpado. Anda por ahí organizando no sé qué con los escúters -se inclinó un poco hacia él-. Será esta noche, o, para ser exactos, a primera hora de la mañana.

– ¿Qué pasa esta noche? -Bond habló con un tono de frialdad, en una perfecta parodia del inglés flemático y reservado.

– ¿Preguntas qué pasa esta noche? -Tirpitz alzó los ojos al cielo-. Amigo Bond, según Kolya esta noche saldrá una remesa de armas de Liebre Azul. ¿Recuerdas? El arsenal próximo a Alakurtii.

– ¿Conque se trata de eso? -Bond dio la impresión de que el polvorín y el robo de armas le tenían sin cuidado. Tomó el menú y se enfrascó en la lectura de los múltiples platos que figuraban en la lista. Cuando el camarero hizo su aparición, pidió de corrido su desayuno habitual, aunque subrayó que deseaba un gran tazón de café.

– ¿Te molesta que fume? -el laconismo de Tirpitz se asemejaba al lenguaje gestual de un piel roja.

– No, si a ti no te importa que yo desayune entre tanto -el superagente se mantuvo serio. Tal vez se debiese al hecho de haber prestado servicio en la Royal Navy y de haber permanecido varios años junto a M, pero fumar mientras alguien ingería alimentos se le antojaba poco menos que encender un pitillo antes del brindis de lealtad a la Reina.

– Mira, Bond -Tirpitz acercó la silla a su interlocutor-. Me alegro de que Kolya no esté aquí. Deseaba hablarte a solas.

– Dime.

– Tengo un recado para ti. Felix Leiter te manda saludos y Cedar muchos besos.

Bond sintió un leve cosquilleo producido por la sorpresa, pero no dejó que trascendiera. Felix Leiter era su mejor amigo en Estados Unidos. En otro tiempo fue uno de los altos cargos de la CIA; y Cedar, hija de Felix, formaba también parte de la organización. No hacía mucho que aquella había colaborado muy eficazmente con Bond en una peligrosa misión [2].

– Ya sé que no confías en mí -prosiguió Tirpitz-, pero sería mejor que lo hicieras, hermano. Piénsalo bien, porque tal vez sea el único amigo que tengas por estos contornos.

Bond asintió con la cabeza.

– Puede que tengas razón.

– Tu jefe te informó a fondo de la misión. En Langley hicieron lo propio conmigo. Lo más probable es que estemos en posesión de la misma información, y, como sabes muy bien, Kolya se ha callado lo que le convenía. Lo que trato de decir es que nos conviene trabajar juntos, tanto como nos sea posible. Ese soviético de mierda no ha enseñado toda la mercancía y me imagino que nos tendrá reservadas algunas sorpresas.

– Creía que éramos un equipo que trabajaba de común acuerdo -Bond se expresó con aire imperturbable y cortés.

– No te fíes de nadie; sólo de mí -aunque había sacado un paquete de cigarrillos, Tirpitz no hizo ademán de encender un pitillo. Se hizo una pausa mientras el camarero servía el desayuno de Bond: huevos revueltos, tocino entreverado y café. Cuando se hubo alejado, Tirpitz volvió a la carga-. Recuerda lo que sucedió en Madeira. Si yo no lo hubiese mencionado ni siquiera habría salido a relucir lo que constituye la amenaza más grave. Me refiero a ese conde de mentirijillas. Sabes de él tanto como yo. Konrad Von Glöda. Kolya no tenía intención de facilitarnos el nombre, y ¿sabes por qué?

– Dímelo tú.

– Porque Kolya está haciendo doble juego. En este asunto del robo de armas andan mezclados algunos elementos de la KGB. Así nos lo comunicaron nuestros agentes en Moscú hace varias semanas. Se ha pasado la información a Londres en fecha reciente. Es probable que en su momento recibas un aviso en dicho sentido.

– ¿Cuál es la historia, entonces? -a la sazón era Bond el que se mostraba lacónico, ya que Brad Tirpitz parecía corroborar la teoría que había comentado con Rivke en su habitación.

– Parecida a un cuento de hadas -Tirpitz soltó una risotada-. Los informes de Moscú hablan de que en el seno de la KGB hay un grupo de jerarcas descontentos; forman un grupo muy reducido. Pues bien, ese grupito se ha confabulado con otra facción no menos descontenta del Ejército Rojo.

Según Tirpitz, ambos grupos disidentes entraron en contacto con el núcleo de lo que más tarde emergería como las Tropas de Acción Nacionalsocialista.

– Por supuesto, son unos idealistas -farfulló Tirpitz entre dientes-; unos fanáticos. Gente que conspira dentro de la Unión Soviética para subvertir el ideal comunista mediante un terrorismo de ultraderechas. Ellos fueron los que urdieron el primer robo de armas en Liebre Azul, y les pillaron con las manos en la masa, hasta cierto punto.

– ¿Cuál es ese punto?

– Les descubrieron, pero el hecho no se divulgó. Vienen a constituir una especie de mafia, o lo que somos nosotros, si tanto me apuras. Tu gente cuida por sí misma de sus intereses, ¿no es verdad?

– Siempre que tengan posibilidades de salir adelante.

Bond pinchó un poco de huevo con el tenedor, lo llevó a la boca y tomó una tostada.

– Bien, hasta el momento los pájaros de la plaza Dzerzhinsky han logrado que el oficial que les sorprendió llevándose material del arsenal se mantuviera callado como un muerto. Más aún, al frente de esta operación clandestina conjunta marcha uno de los suyos: Kolya Mosolov.

– ¿Quieres decir que Kolya va a dejarnos en la estacada? -Bond se volvió hacia Tirpitz y le miró cara a cara.

– No sólo eso, sino que su misión consiste en asegurarse de que la próxima remesa de armas salga sin novedad de Liebre Azul. Después se correrá la voz de que el camarada Mosolov encontró la muerte en esos nevados e inhóspitos parajes. Y, luego, ¿adivinas a quién le van a cargar el mochuelo?

– ¿A nosotros? -apuntó Bond.

– Oficialmente, sí, a nosotros, pero en la práctica está previsto que seas tú, amigo Bond. Por supuesto, el cuerpo de Kolya nunca será hallado, en cambio el tuyo sospecho que sí. Claro está que en su momento Kolya resucitará de la tumba. Ya sabes. Otro nombre, otra cara, otra zona de la selva.

Bond asintió vigorosamente con la cabeza.

– Es poco más o menos lo que me imaginaba. No pensaba que Kolya me condujera a la Unión Soviética para presenciar sin más un robo de armas.

Tirpitz sonrió sin ganas.

– Muchacho, al igual que tú, ya no me queda nada por ver. Berlín, la guerra fría, Vietnam, Laos, Camboya. Siempre la eterna canción. Hermano, creo que me necesitas…

– Y yo creo que tú también tienes necesidad de mí… ¿verdad, hermano?

– Eso es. Pero has de jugar a mi modo. Mientras te dedicas a esquiar al otro lado de la frontera, haz lo que te diga, o sea, lo que la Casa quiere que hagamos. Si estás conforme, te cubriré las espaldas y procuraré que todos salgamos enteritos y de una pieza.

– Antes de que te pregunte qué se pide de mí, queda una cuestión importante por aclarar.

Bond dejó de aparentar sorpresa y pasmo. Primero había sido Rivke quien había solicitado con insistencia su ayuda, y ahora Tirpitz. Esta circunstancia daba una dimensión insólita a la Operación Rompehielos. Nadie se fiaba de su vecino de mesa. Todo el mundo quería contar por lo menos con un aliado, el cual, según sospechaba Bond, sería arrojado a una zanja o apuñalado por la espalda a la menor señal de peligro.

– Adelante -incitó Tirpitz. Eso le hizo caer en la cuenta de que se había distraído a causa de unos huéspedes recién llegados que estaban siendo tratados por el personal del hotel como verdaderos príncipes.

– ¿Qué pasa con Rivke? Eso era lo que quería preguntar. ¿Vamos a marginarla como a Kolya?

Tirpitz le miró sorprendido.

– Bond -dijo con voz calmosa-, es posible que sea un agente del Mossad, pero supongo que sabes perfectamente quién es ella. Me refiero a que, sin duda, en Londres te habrán dicho que es…

– La hija insólita de un oficial finlandés que colaboró con los nazis y que todavía figura en la lista de los que tienen la cabeza puesta a precio, ¿no es eso?

– Sí y no -Brad Tirpitz elevó la voz-. Claro está que todos sabemos quién era el hijo de perra de su padre, pero nadie tiene idea de qué lado de la raya está la chica. Ni siquiera los del Mossad. A nosotros nadie nos ha mencionado esa cuestión, pero yo he podido ver su ficha en el Mossad. Te aseguro que ni siquiera ellos saben la verdad.

Bond dijo sin inmutarse:

– Yo diría que es sincera y al completamente leal al servicio secreto israelí.

Tirpitz soltó un leve gruñido de contrariedad.

– Está bien, Bond, sigue creyéndolo así. Pero ¿qué me dices de ese tipejo?

– ¿Qué tipejo?

– Del falso conde Konrad Von Glöda. El instigador del asunto de las armas y, probablemente, de todas las operaciones de las Tropas de Acción. Digo mal, el hombre que casi con toda seguridad maneja todo el cotarro: el Reichsfuhrer Von Glöda.

– ¿De veras?

– ¿Quieres decir que ninguno de los tuyos te puso al corriente?

Bond se encogió de hombros. M había sido bastante preciso y le había dado toda clase de datos, pero también había recalcado que en el caso del misterioso conde Von Glöda había algunos puntos un tanto confusos, aún no comprobados. Su jefe, siendo como era un rigorista, se negaba a dar como cierto lo que sólo tenía visos de probabilidad.

– Chico, no tienes ni idea de lo que pasa -los ojos de Brad Tirpitz adquirieron un matiz vidrioso-. El loco y estrambótico papaíto de Rivke Ingber, Oberführer de las SS, Aarne Tudeer, es también el Papá Noel de este cuento. En fin, que Aarne Tudeer y el conde Von Glöda son la misma persona. Un nombre muy apropiado, por cierto.

Bond sorbió un sorbo de café mientras su cerebro trabajaba a velocidad de vértigo. Si Tirpitz le había facilitado una información correcta, Londres ni siquiera había insinuado dicha posibilidad. Todo cuanto M le había comunicado era el nombre, la posibilidad de que fuese el elemento instigador que coordinó e1 robo de material militar y el hecho, casi seguro, de que el conde había dispuesto los puntos de ocultación de las armas desde la frontera soviética a su punto final de destino. Pero no se habló de que el conde Von Glöda fuese Tudeer.

– ¿Estás seguro de lo que dices? -Bond simulaba la misma actitud imperturbable.

– Tan seguro como que la noche sigue al día, cosa que por lo demás sucede con rapidez en estos pagos.

Tirpitz se interrumpió repentinamente y sus ojos se pasearon por el comedor hasta detenerse en la pareja que tantas atenciones mereció a su llegada.

– Bueno, ¿qué sabes en definitiva? -el surco de las comisuras de la boca de Tirpitz pareció acentuarse-. Echa una ojeada, Bond. Ahí tienes a nuestro hombre en persona. El conde Von Glöda, acompañado de su esposa, conocida simplemente como «la condesa» -bebió un trago de café-. Dije antes que el nombre me parecía muy apropiado. En sueco, Glöda significa «resplandor». En Langley le bautizamos con el nombre clave de Luciérnaga. Brilla con el fulgor de la plata que salvaron los nazis y con la que ahora debe embolsarse al frente de las Tropas de Acción. Es, también, un gusano en el peor sentido del término y yo mismo en persona me encargaré de capturar a ese bichejo.

Era innegable que la pareja formada por ambos personajes translucía un aire de distinción. Cuando hicieron su entrada Bond reparó en los costosos abrigos de pieles que llevaban, y a la sazón permanecían sentados como si fuesen los dueños de Laponia, con la actitud y la pose de unos príncipes renacentistas.

Konrad Von Glöda era de elevada estatura, musculoso, y se mantenía erguido como una vara. Por otra parte, su aspecto resultaba engañoso por lo que respecta a la edad. Lo mismo se le podían atribuir cincuenta y pico que tenerle por un hombre de setenta años espléndidamente conservado. Y es que aquella piel tersa y bronceada, el rostro y la estructura ósea, no facilitaban la tarea. Lucía una abundante cabellera de tonos argénteos y al dirigirse a la condesa se recostaba en el sillón mientras su mano subrayaba con gestos sus palabras y la otra permanecía apoyada con regia soltura en el brazo del sillón. El rostro atezado, rebosante de salud traslucía una vitalidad que en nada desmerecía de la que pudiera tener un joven ejecutivo. En cuanto a su porte, poco más había que añadir, desde los fulgurantes ojos grises hasta el mentón prominente y la arrogante inclinación de la cabeza. Sí, era un hombre con el que había que contar. «Resplandor» era el término que mejor cuadraba a la idiosincrasia del falso conde.

– Toda una estrella, ¿eh? -interpeló Tirpitz.

Bond afirmó con un seco movimiento de cabeza. Bastaba con echar un vistazo al personaje para reconocer que poseía esa cualidad excepcional que le llaman carisma.

También la condesa se comportaba con el aire de una persona que se sabe en posesión de los medios y la capacidad para conseguir o tomar lo que se propone. Pese a la imposibilidad de dilucidar la edad del conde, resultaba evidente que era mucho más joven, y todo en ella denotaba que se sabía consciente de sus atributos físicos, estéticos y corporales. Ahora mismo, sentada a la mesa mientras tomaba el desayuno, producía la impresión de ser una mujer para quien el deporte y el ejercicio físico fuesen algo consustancial a su persona. Bond se dijo que en el marco de sus actividades «deportivas», se contaba sin duda el más antiguo de los ejercicios corporales, pues la suave tez, los cabellos negros recogidos hacia atrás en ondulados pliegues y las facciones de reminiscencias clásicas desgranaban poemas de efervescente sexualidad.

Mientras Bond atisbaba a la pareja, un camarero se acercó con paso precipitado e inclinándose hacia él preguntó:

– ¿El señor Bond?

El superagente hizo un gesto afirmativo.

Le llaman por teléfono, señor. La cabina está junto al mostrador de recepción. Es de parte de una tal señorita Paula Vacker.

Bond se puso en pie con presteza y pudo observar que Brad Tirpitz le miraba con un dejo de ironía.

– ¿Problemas a la vista, Bond? -la voz de Tirpitz parecía menos áspera, pero Bond no quiso proyectar al exterior sus emociones. Brad el Malo, pensó, merecía ser tratado con la misma cautela que una serpiente de cascabel.

– Nada especial. Una llamada de Helsinki.

Se encaminó hacia el teléfono, extrañado de que Paula hubiera logrado dar con su paradero.

Al pasar junto a la mesa de Von Glöda, Bond se permitió mirarlos sin recato, aunque aparentando indiferencia. El conde hizo lo propio, y las miradas de los dos hombres se entrecruzaron, si bien en los ojos del falso aristócrata palpitaba una maldad casi tangible y un odio que Bond pudo percibir incluso cuando ya había dejado atrás a la pareja, como si los penetrantes ojos grises le perforasen la espalda.

La recepcionista le indicó con la cabeza una pequeña cabina telefónica con la puerta entreabierta. Bond se plantó en ella en dos zancadas y levantando el auricular habló sin demora.

– ¿Paula?

– Un momento -era la voz de la telefonista. Oyó un clic y tuvo la clásica sensación de alguien que se hallaba, lejano, al otro extremo del hilo.

– ¿Paula? -repitió.

Si le hubieran conminado a responder en aquel momento, Bond seguramente no se habría atrevido a jurar que aquélla era la voz de Paula, aunque sí existía un noventa por ciento de posibilidades de que fuera su amiga. La comunicación, cosa rara en las líneas telefónicas finesas, era deficiente. La voz parecía hueca, como procedente de una cámara de resonancias.

– James -dijo la voz-. Calculo que puede suceder de un momento a otro. Despídete de Anni.

Siguió una larga carcajada medio fantasmal, que disminuyó lentamente su intensidad, como si Paula retirara el auricular muy despacio, de forma intencionada, para luego colgarlo en la horquilla.

Bond enarcó la ceja y en su interior sintió una desazón que crecía por momentos.

– ¿Paula? ¿Eres tú…? -guardó silencio, sabedor de que no valía la pena hablarle a un aparato desconectado. «Despídete de Anni…» ¿Pero que demonios sucedía? De repente cayó en la cuenta. Rivke se hallaba en la pista de esquí. ¿O ni siquiera había tenido tiempo de alcanzarla? El superagente se precipitó hacia la puerta principal del hotel.

En el momento en que alargaba el brazo para asir la manija sonó a sus espaldas una voz incisiva.

– Ni lo suenes, Bond. No puedes salir vestido así -era Brad Tirpitz-. Te helarías en menos de cinco minutos. La temperatura está muy por debajo de cero.

– Brad, consígueme rápido algo de ropa.

– Ve por la tuya. ¿Qué diablos ocurre? -Tirpitz hizo ademán de dirigirse al guardarropa contiguo a la recepción.

– Más tarde te lo contaré. Rivke está fuera, en la pista de esquí, y tengo la corazonada de que corre peligro.

Bond pensó que tal vez Rivke no había llegado a la pendiente. Paula había dicho: «Calculo que puede suceder de un momento a otro.» Fuera cual fuera el plan, quizá se había consumado ya.

Tirpitz regresó con su equipo en los brazos: botas, gafas protectoras, guantes y chaquetón acolchado.

– Dime lo que sucede y veré lo que puedo hacer -su voz adquirió un tono imperioso-. Ve a buscar tu ropa. A mí me gusta estar prevenido y guardar el equipo de invierno al alcance de la mano -mientras pronunciaba estas palabras se quitó los zapatos de un tirón y se calzó las botas. Estaba claro que no había forma de convencer a Tirpitz.

Bond se volvió hacia la hilera de ascensores a la par que gritaba:

– Si Rivke está en lo alto, hazla bajar y tráela enterita -luego pulsó con fuerza el botón y desapareció en el ascensor.

Una vez en su habitación, Bond tardó menos de tres minutos en ponerse la ropa de invierno. Mientras se cambiaba no cesaba de escudriñar por la ventana hacia el telesilla y la zona de esquí. Todo parecía estar dentro de la más absoluta normalidad, y así seguían las cosas cuando llegó a las instalaciones del telesilla. Habían transcurrido poco más de seis minutos desde que iniciara aquella maratón.

La mayoría de la gente empezaba a regresar al hotel, pues había pasado el tiempo ideal para practicar el esquí. Descubrió a Brad Tirpitz junto a la ventanilla de la estación de telesquí, acompañado de otras dos personas.

– ¿Qué hay de nuevo? -preguntó Bond.

– He dicho que telefonearan a los de arriba. La chica figura en la lista. Ahora mismo está en la pista de descenso. Viste un traje color carmesí. Vamos, Bond, cuéntame de una vez lo que ocurre. ¿Guarda relación con la misión?

– Luego -Bond estiró el cuello y entrecerró los ojos protegidos por las gafas, la mirada dirigida hacia la parte alta de la montaña para tratar de localizar a la muchacha.

La pendiente principal descendía por el saliente, poco profundo, de la montaña formando una serie de escalones que se prolongaban a lo largo de un kilómetro y medio. La parte superior quedaba oculta a la vista, pero la pendiente era bastante pronunciada, ancha y sinuosa; en ocasiones la pista discurría por entre los abetos y el terreno se equilibraba hasta parecer casi llano, mientras en otros puntos del trazado, después de los tramos fáciles, la pista se quebraba en curvas de inclinada pendiente.

El último medio kilómetro era una pista den entrenamiento que discurría larga, recta y suave hasta el final. Dos muchachos con atuendo negro y gorros de lana de franjas blancas estaban culminando con pericia lo que sin duda había sido una vertiginosa carrera desde la cima. Ambos ponían una nota llamativa con sus exclamaciones, risas y contorsiones, alborotando a placer.

– Ahí la tienes -Brad le pasó los prismáticos con los que había estado escudriñando la última recta de descenso-. Traje carmesí.

Bond enfocó a su vez. Sin duda Rivke era una magnífica esquiadora. Se deslizó ladeándose y atravesó un tramo de mucha pendiente y luego enfiló en línea recta, reduciendo velocidad conforme la pendiente se iba suavizando. Después aceleró un poco para remontar un montículo y se situó en la línea de descenso directo que formaba el largo tramo final.

Apenas entró en línea -a menos de quinientos metros de donde ellos se encontraban-, pareció que la nieve rompía a hervir a uno y otro lado y una gran polvareda blanca se levantó a sus espaldas. De repente, en el centro de aquella florescencia nívea se produjo un estampido, y una llamarada, roja primero y blanca después, relampagueó hacia lo alto.

El sordo retumbar de la explosión llegó a los oídos de los dos hombres una fracción de segundo después de que Bond viera voltear en el aire el cuerpo de Rivke, proyectado por la fuerza del impacto que arrancó la polvareda de nieve.

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