Bond sintió que se le retorcían las tripas de horror e impotencia cuando, a través de las gafas protectoras, presenció el espectáculo de la masa de nieve lanzada hacia lo alto. La figura de color carmesí, lanzada al aire como una muñeca de trapo, desapareció entre la nubecilla de blanco algodón, al tiempo que los contados testigos que se hallaban junto a Tirpitz y Bond se arrojaban al suelo como si intentaran protegerse de un fuego de mortero.
Brad Tirpitz, al igual que Bond, permaneció de pie. Lo único que hizo el norteamericano fue recobrar los prismáticos y llevarse los protectores de goma a los ojos.
– Allí está, me parece que inconsciente -Tirpitz hablaba como pudiera hacerlo un observador de tiro en campaña, presto a reclamar la intervención de la aviación o a marcar el objetivo a la artillería-. Sí, boca arriba, medio sepultada en la nieve, a unos noventa metros de donde ocurrió la explosión.
Bond le arrebató los gemelos para comprobar lo que había dicho su compañero. La nieve empezaba a asentarse y pudo avizorar con claridad a la muchacha, que estaba tumbada con las piernas y los brazos extendidos.
Una voz informó a sus espaldas:
– La dirección del hotel ha llamado a la policía. Acudirán enseguida, pero cualquier equipo de rescate tendrá dificultades para llegar con rapidez hasta allí. La nieve está demasiado blanda. Tendrán que avisar a un helicóptero.
Bond se dio la vuelta. Ante él, también provisto de unos prismáticos, se hallaba Kolya Mosolov.
En los pocos segundos que siguieron a la explosión, la mente de Bond trabajó con febril actividad. La llamada telefónica de Paula, en el supuesto de que fuese ella, venía a corroborar buena parte de lo que Rivke le había confiado, fortaleciendo a la vez las primeras deducciones de Bond. Era innegable que Paula Vacker desbordaba el papel que el superagente le había asignado hasta el momento. Primero le había tendido una trampa en su piso a raíz de la primera estancia de Bond en Helsinki. De algún modo estaba enterada de la aventura nocturna con Rivke y también había dispuesto para ella una celada mortífera. Más aún, Paula había perpetrado el suceso en la pista de esquí con una precisión increíble. Sabía dónde estaba Bond, donde estaba Rivke y el acuerdo al que habían llegado. Eso sólo podía significar una cosa, y era que Paula disponía de algún acceso a los cuatro miembros de la Operación Rompehielos.
Bond salió de su ensimismamiento.
– ¿Qué te parece?
Se volvió rápidamente hacia Kolya y enseguida concentró de nuevo la vista en la ladera.
– Lo he dicho. Hace falta un helicóptero. La parte central de la pista está dura, pero Rivke está hundida en un sector de nieve blanda. Si queremos proceder con rapidez ha de ser con la ayuda de un helicóptero.
– No me refería a eso -replicó Bond con brusquedad-. ¿Qué ha ocurrido en tu opinión?
Kolya se encogió de hombros, enfundados en gruesas prendas de invierno.
Yo diría que se trata de una mina terrestre. Por estos parajes todavía las hay. Tal vez de los días de la guerra de invierno ruso-finlandesa, o de la segunda guerra mundial, y hasta es posible que de fecha posterior. También hay que contar con que, a veces, al inicio del invierno, las ventiscas y tormentas las mueven de sitio. Sí, creo que ha sido una mina.
– ¿Qué pensarías si te dijese que me avisaron?
– En efecto -corroboró Brad, con los binoculares todavía fijos en los destellos rojizos que la luz arrancaba del cuerpo de Rivke-. Bond recibió una llamada telefónica o algo parecido.
Kolya se mostró indiferente.
– Ah, tendremos que hablar de eso. ¿Pero dónde diablos están la policía y el helicóptero?
Como si hubiera oído sus palabras, un Saab Finlandia llegó a la zona de aparcamiento resbalando sobre las ruedas, a sólo unos pasos de donde se hallaban Kolya, Tirpitz y Bond.
Se abrieron las portezuelas y salieron un par de agentes uniformados. Kolya se les acercó de inmediato y les habló en finlandés, con la naturalidad de un nativo. Hubo algunas gesticulaciones un tanto fuera de lo corriente y Kolya regresó junto a Bond profiriendo un juramento obsceno en ruso.
– El helicóptero tardará por lo menos media hora en llegar -parecía muy irritado-. Y lo mismo el grupo de rescate.
– En tal caso tendremos que…
Brad Tirpitz le interrumpió con vehemencia.
– Se mueve. Ha recuperado el conocimiento y trata de levantarse. No, ha vuelto a caer. Creo que no puede mover las piernas.
Bond preguntó con premura a Kolya si el coche patrulla disponía de un megáfono. De nuevo otro chorro de incomprensible jerga, y Kolya que anunciaba a Bond:
– Si, tienen uno.
Bond echó a correr tan deprisa como se lo permitía el suelo helado, mientras con su mano enguantada abría la cremallera de un bolsillo del anorak y sacaba las llaves del coche.
– Prepáralo -gritó, volviendo la cabeza-. Yo me encargaré de ella. Prepara el megáfono.
Las cerraduras del Saab estaban bien aceitadas y tratadas con anticongelante, de modo que Bond no tuvo dificultad en abrirlo. Desconectó los sensores de la alarma, pasó a la parte de atrás y abriendo el espacioso maletero sacó un par de cazonetes o tensores y el voluminoso tambor del lanzacabos Pains-Wessex. Volvió a conectar la alarma, cerró el coche y regresó a toda prisa al pie de la pista de esquí, donde uno de los policías, que parecía bastante inhibido, sostenía entre las manos un megáfono del tipo Graviner.
– Se ha incorporado a medias, ha agitado el brazo una vez y ha dado a entender que no podía moverse de esa posición -Tirpitz transmitió con voz premiosa esta información, mientras Bond se acercaba a ellos.
– De acuerdo.
Bond tendió la mano, tomó el megáfono del policía, conectó el amplificador con un chasquido y elevó el artefacto hacia la mancha rojiza que constituía el cuerpo de Rivke Ingber. Tuvo la precaución de no tocar con los labios el metal del aparato amplificador.
– Atención, Rivke, si me oyes bien levanta el brazo. Soy James.
La voz, amplificada a diez veces el volumen normal, resonó alrededor del grupo. Bond advirtió el movimiento, y Tirpitz, que vigilaba con los prismáticos, dio cuenta de ello:
– Ha levantado un brazo.
Bond se aseguró de que el megáfono estaba orientado en línea recta hacia donde se encontraba Rivke.
– Rivke, voy a lanzarte una cuerda. No te asustes. Va propulsada por un cohete que pasará bastante cerca de ti. Indícame que has comprendido.
La chica volvió a elevar el brazo.
– ¿Te ves con fuerza para atarte la cuerda al cuerpo, bajo los brazos, cuando tengas el cabo a tu alcance?
Otra señal afirmativa.
– En tal caso, ¿crees que podemos tirar de ti con cuidado?
Gesto afirmativo.
– Si no resulta viable o si te duele mucho mientras te arrastramos, indícalo levantado los dos brazos. ¿Comprendes lo que digo?
Una vez más la muchacha asintió con el brazo.
– Conforme.
Bond se volvió hacia el grupo y les indicó lo que tenían que hacer.
El lanzacabos en cuestión es un artefacto que constituye un todo autónomo, mecanismo de propulsión incluido; su apariencia es la de un voluminoso tambor cilíndrico provisto de un asa portadora y un dispositivo de disparo en la parte superior. Sin lugar a dudas es el lanzacabos más eficaz construido hasta la fecha.
Bond quitó la tapa protectora de plástico, encajada en la delantera del cilindro, y dejó al descubierto el cohete, bien afianzado en el centro del tambor, así como los doscientos setenta y cinco metros de cuerda enrollada, fácilmente deslizable, que ocupaba casi todo el espacio útil. Desenganchó el extremo de la cuerda y dio instrucciones para que lo sujetaran con fuerza en el parachoques trasero del Finlandia, a la vez que se situaba casi en línea recta frente a la figura con traje de esquiar color carmesí tendida en lo alto de la pendiente.
Una vez afianzada la cuerda, Bond quitó el pasador detrás del asa portadora y luego colocó la mano en el sujetador anatómico detrás del mecanismo de disparo. Hundió los talones de las botas Mukluk en la nieve y dio cuatro pasos cuesta arriaba. La capa de nieve amontonada en el borde derecho de la amplia pista era blanda y muy profunda, mientras que por el centro formaba una dura costra por la que sólo se podía trepar con ayuda de un equipo especial para adherir el calzado al hielo.
Tras el corto avance la nieve le llegaba a Bond hasta la cintura, pero la posición no era bastante buena para disparar el cabo, cuyo extremo libre corría detrás de él hasta el parachoques del Finlandia.
Preparándose para resistir la sacudida, Bond se desprendió del cilindro y dejó que encontrara su punto de equilibrio. Después de haber adquirido la certeza de que el cohete pasaría por encima del cuerpo de Rivke, apretó el gatillo.
Se oyó el sordo ruido del percutor contra el mecanismo de ignición y, enseguida, el cohete salió impulsado a gran velocidad, dejando tras sí una estela de humo. La cuerda, atada a su extremo, parecía impulsar la aceleración del cohete, al tiempo que describía un gran bucle en lo alto, sobre el paisaje nevado.
El artefacto fue a caer a bastante distancia del cuerpo de la muchacha, pero justo en la trayectoria, hundiéndose en la nieve con un ruido apagado y brusco. Por unos instantes dio la sensación de que la cuerda permanecía, temblorosa, suspendida en el aire, pero enseguida comenzó a caer semejante a una serpiente pardusca, prendida de un punto situado bastante más arriba de donde yacía Rivke.
Bond retrocedió con dificultad a través de la nieve hasta llegar junto al grupo que asistía a la escena y arrancó el megáfono de las manos de uno de los agentes.
– Levanta la mano si puedes acercar la cuerda que tienes encima -una vez más la voz de Bond llenó de ecos las laderas.
Pese a la gélida temperatura del exterior, varios huéspedes se habían acercado al lugar, en tanto podía verse a otros que escrutaban a través de las ventanas del hotel. A lo lejos se oyó el ulular de la sirena de una ambulancia que se aproximaba por momentos.
– Pásame los prismáticos, por favor -Bond hablaba con voz que no admitía réplica. Tirpitz le entregó los binoculares y el superagente ajustó el visor y concentró el foco en la figura de Rivke.
La chica estaba caída en una postura extraña, con la nieve hasta la cintura, si bien a su alrededor el terreno aparecía cubierto por fragmentos de hielo y nieve endurecida. A juzgar por lo poco que pudo ver de su cara, Bond tuvo la sensación de que padecía fuertes dolores. Con gran esfuerzo fue tirando de la cuerda y del extremo de la misma, más arriba de donde yacía tumbada.
La operación de recoger la cuerda se demoró una eternidad. Rivke, con evidente dificultad, herida y aterida de frío, se detenía de vez en cuando a descansar. El simple esfuerzo de tirar de la cuerda hacia ella le resultaba una tarea casi insoportable. A juzgar por lo que veía a través de los prismáticos, Bond hubiera dicho que la cuerda llevaba atado un peso muerto al extremo, tal era la lentitud con que progresaba la muchacha en su empeño para poder salir de su difícil situación.
En ocasiones, Bond la apremiaba, al darse cuenta de que flaqueaba, y su voz, amplificada por el megáfono, llenaba el aire de resonancias.
Finalmente, Rivke alcanzó a recoger toda la cuerda y empezó entonces la pugna por sujetarla al cuerpo.
– Bajo los brazos, Rivke -encareció Bond-. Anúdala y pasa el nudo por la espalda. Avisa cuando estés lista.
Después de un buen rato, la chica levantó las manos.
– Muy bien. Ahora vamos a tirar de ti lo más suavemente que podamos. Te arrastraremos por la nieve blanda, pero si te resulta demasiado penoso no olvides levantar ambos brazos. Preparada, Rivke.
Bond se volvió hacia el grupo, que había procedido ya a desanudar el cabo sujeto al parachoques del Finlandia y a tirar del trozo de cuerda floja hasta que el cabo se tensó al contacto con el cuerpo de Rivke. El cuerpo de la chica empezó a moverse por la pendiente.
Bond había oído llegar la ambulancia, pero ahora, por primera vez, constató su presencia. La unidad de socorro llevaba consigo una dotación médica completa, al frente de la cual estaba un médico joven con barba. El agente británico preguntó a qué lugar pensaban trasladarla, y el médico, que dijo llamarse Simonen, respondió que al pequeño hospital de Salla.
– Lo que pase después depende ya de la gravedad de las heridas -subrayó, levantando ambas manos en un ademán de incertidumbre.
Transcurrieron casi tres cuartos de hora hasta que Rivke pudo llegar a escasa distancia del grupo. Cuando Bond se acercó a ella pateando furiosamente la nieve, la chica se hallaba medio desvanecida. Con toda suavidad, guió el esfuerzo de los que tiraban del cuerpo y les ayudó a depositarla junto al borde mismo de la pista.
Rivke lanzó un gemido y al acercarse el médico abrió los ojos. Enseguida reconoció a Bond.
– James, ¿qué ha ocurrido? -habló con un hilillo de voz.
– No lo sé, cariño. Creo que sufriste una caída.
Bond sintió que la angustia se le marcaba en el rostro cubierto por las gafas y la bufanda al ver en el semblante de Rivke unas reveladoras manchas blancuzcas, síntoma de congelación.
Al cabo de unos momentos el médico tocó a Bond en el hombro y se lo llevó aparte. Tirpitz y Kolya Mosolov se arrodillaron a su vez junto a la muchacha. El médico habló por lo bajo.
– Fractura de ambas piernas, en un examen superficial -se expresaba en un inglés muy bueno, detalle que Bond ya había captado con ocasión de la primera y breve conversación que sostuvieron-. Congelación parcial, como puede observar usted, e hipotermia en fase avanzada. Tenemos que darnos prisa.
– Procedan con la mayor rapidez posible -Bond sujetó al médico por la manga-. ¿Puedo acudir más tarde al hospital.
– Por supuesto que sí.
Rivke había vuelto a perder el conocimiento. Bond no podía hacer otra cosa que permanecer allí, aturdido, viendo cómo los enfermeros sujetaban con cuidado a la chica en la camilla y la introducían en la ambulancia.
Las imágenes parecieron sobreponerse en su mente: el frío ambiente, el hielo y la nieve, la ambulancia avanzando entre los crujidos de las ruedas hacia la puerta principal de acceso al recinto del hotel, se entremezclaban con la visión de otra escena que fluía de la memoria contra su voluntad. Otra ambulancia; distinta carretera; calor; el coche manchado de sangre, y un policía austríaco que formulaba incesantes preguntas sobre el mortal accidente que había sufrido Tracy. Aquella atroz pesadilla de siempre…, la muerte de la única mujer que había sido su esposa, latente en los más profundos recovecos de su ser.
Como si las dos escenas se hubieran fundido en una sola, oyó a Kolya que decía:
– Tenemos que hablar, James Bond. He de hacerte algunas preguntas. También debemos prepararnos para esta noche. Todo está a punto, pero ahora somos uno menos. Tendremos que modificar un poco los planes.
Bond asintió con la cabeza y se encaminó con paso lento y cansino hacia el hotel. Ya en el vestíbulo acordaron verse a las tres en la habitación de Kolya.
Una vez en la suya, Bond abrió la cartera de mano y manipuló los dispositivos de seguridad que dejaban a la vista el doble fondo y los falsos laterales, todo ello ingeniosamente camuflado en el artilugio de su buena amiga Q, compañera del servicio.
Sacó de uno de los compartimentos laterales una pieza oblonga de color rojo, no mayor que un paquete de cigarrillos. Era el VL-34, conocido como el «protector de la intimidad», a buen seguro uno de los más pequeños y avanzados detectores electrónicos de aparatos de escucha conocidos hasta el momento. Ya la noche de su 1legada Bond había rastreado la estancia sin hallar ningún objeto sospechoso. Pero, dadas las circunstancias, no quería correr riesgos.
Sacó la antena retráctil, conectó el aparatito y empezó a recorrer la habitación. A los pocos segundos, el cuadro de señales se iluminó con una serie de luces y, enseguida, con la antena en dirección al teléfono, destelló una luz amarilla, que señaló sin lugar a dudas la existencia de un transmisor y de micrófono instalados en las proximidades del aparato telefónico.
Después de haber localizado uno de los detectores, Bond prosiguió su minuciosa búsqueda por toda la habitación. Cerca de la radio y del aparato de televisión había un par de pequeñas alarmas, pero la luz de encendido automático no llegó a inmovilizarse. Transcurrido un breve lapso de tiempo, adquirió la certeza de que el único artefacto de escucha que había en la estancia era el ya mencionado del teléfono. Al examinarlo, no tardó en darse cuenta de que constituía una versión modernizada de la vieja y conocida «bobina sin fin», que convierte el teléfono en un transmisor que funciona las veinticuatro horas del día, dondequiera que el operador esté ubicado. Incluso si la persona que escucha está en el otro rincón del planeta, es posible captar no sólo las llamadas telefónicas, sino todo lo que se dice en la habitación donde está el teléfono.
Bond quitó el aparato de escucha, lo llevó al lavabo y lo aplastó con la suela del zapato. Luego lo arrojó al retrete. «Así perecen todos los enemigos del Estado», murmuró con una sonrisa burlona.
Era de suponer que también sus compañeros de misión tenían similares artefactos en sus respectivas habitaciones. Quedaban dos interrogantes por contestar: cómo y cuándo fueron instaladas las escuchas y cómo pudieron actuar con semejante precisión en el atentado contra la vida de Rivke. Paula o quien fuese tuvo que proceder con suma rapidez para disponerlo todo. La otra posibilidad era que el hotel Revontuli estuviese copado por los asesinos, que forma que éstos hubiesen tenido tiempo de preparar las trampas y celadas bastante antes de su llegada.
Sin embargo, para llevar a efecto sus planes, Paula o ese alguien que había organizado los contragolpes tuvo que estar presente en la reunión de Madeira. Puesto que Rivke había quedado malherida, quedaba libre de sospecha. Pero ¿qué pensar de Brad Tirpitz y de Kolya? No tardaría en descubrir qué se traían esos dos entre manos. Si en verdad la misión relacionada con el arsenal soviético de Liebre Azul se llevaba a cabo aquella noche, quizá toda la baraja quedara al descubierto.
Tras desvestirse, se duchó y se puso una ropa más cómoda. Luego se tumbó en la cama y encendió un Simmons. Dio dos o tres chupadas y aplastó el cigarrillo contra el cenicero. Entornó los ojos y cayó en un sueño ligero.
Se despertó con un sobresalto y consultó la hora. Eran casi las tres. Se acercó a la ventana y miró a través de los cristales. Mientras permanecía allí el paisaje nevado pareció cambiar de tonalidad. A medida que el sol descendía, el blanco puro se transformaba en otros tonos. Enseguida se produjo el espléndido fenómeno que las gentes del país denominan «el instante azul», en el que el blanco fulgente de la nieve y el hielo reflejado en el suelo, las rocas, las casas y los árboles adquieren por espacio de uno o dos minutos una coloración verdiazul antes de que caiga la noche.
Llegaría tarde a la entrevista con Kolya y Tirpitz, pero nada podía hacer para evitarlo. Bond se dirigió con presteza al teléfono, libre ya de los aparatos de escucha, y solicitó a la telefonista el número del hospital de Salla. La chica se lo proporcionó rápidamente. El superagente esperó que le dieran comunicación y marcó el número. Al despertar, su primer pensamiento había sido para Rivke.
La recepcionista del hospital hablaba el inglés con fluidez. Bond preguntó por Rivke y le dijeron que esperase un momento. Por fin, la mujer se puso de nuevo al aparato.
– Lo siento, pero aquí no figura ninguna paciente con ese nombre.
– Ha ingresado hace poco -insistió Bond-. Sufrió un accidente en el hotel Reventuli, en la pista de esquí. Hipotermia, congelación en el rostro y fractura de las dos piernas. Ustedes mandaron un médico y una ambulancia… -se interrumpió tratando de recordar el nombre-. Sí, el doctor Simonen.
– Lo lamento, señor. Éste es un centro pequeño y conozco a todos los médicos. Sólo hay cinco y ninguno se llama como usted dice.
– Lleva barba y es un hombre joven. Dijo que podía llamar.
– Perdone, señor, pero debe haber alguna equivocación. Hoy no se ha recibido ninguna llamada de Revontuli pidiendo una ambulancia. Acabo de comprobarlo. Y tampoco ha ingresado ninguna paciente, ni tenemos a un doctor Simonen por aquí. A decir verdad no hay ningún médico joven y con barba. Ojalá lo hubiese.
Bond preguntó si había otros hospitales en la zona. La respuesta fue negativa. El más próximo se hallaba en Kemijärvi, y allí carecían de un servicio de urgencias, al igual que en el centro clínico de Pelkosenniemi. Bond pidió el número de ambos hospitales y los de la policía local. Después dio las gracias, colgó el auricular y volvió a marcar.
Al cabo de cinco minutos se confirmó la mala nueva. Ninguno de dichos hospitales había atendido a ningún huésped accidentado del hotel; y lo que aún era peor, los cuartelillos de la policía comarcal no tenían en ruta, cumpliendo servicio, ningún Saab Finlandia. Más todavía, dijeron no haber enviado patrulla alguna al hotel. Dijeron que sin duda se trataba de un error, que sabían muy bien de qué hotel se trataba y que era un sitio espléndido para practicar el esquí. Deploraban lo ocurrido.
También Bond, que estaba sumamente preocupado.