17. Un trato es un trato

Paula llevaba un sobretodo de oficial de impecable corte sobre el uniforme con que Bond la había visto la última vez. Por debajo de los faldones asomaban las botas, y para realzar el efecto de conjunto, se había calado un gorro de piel militar.

Bond lanzó una última mirada al lecho en el que poco antes se hallaba Rivke. Era indudable que las escayolas eran un subterfugio que apoyaba las palabras de Paula. La bilis se le subió a la garganta al contemplar la pared del fondo, salpicada de sangre y carne sanguinolenta, al modo de una pintura surrealista. Todavía podía aspirar el olor del cuerpo de la joven, que llenaba la habitación.

Se dio la vuelta y tomó el gorro de piel que Paula había llevado para él. Dadas las incidencias surgidas en el curso de la Operación Rompehielos, donde la lealtad de todos los implicados se bamboleaba ora a un lado ora al otro, todavía no estaba convencido de las verdaderas intenciones de Paula, pero por lo menos parecía hablar en serio al decirle que debían huir de aquel lugar, cosa que a su vez suponía la venturosa oportunidad de poner millas de por medio entre él y Von Glöda.

– Respecto a los centinelas y demás gente que nos salga al paso, yo actúo siguiendo órdenes del Führer -indicó Paula-. Aquí tienes dos pases convencionales, Uno para ti y otro para mí -le entregó un tarjetón de plástico semejante a una tarjeta de crédito-. Sin eso no hay quien se acerque a los servicios de talleres o a los depósitos de armas. Si nos topamos con alguien que te haya visto en otra ocasión, procura ocultar el rostro lo mejor que puedas y, sobre todo, no te alejes de mí. Deja también que sea yo la que hable, James. La salida es por el búnker pequeño y tenemos bastantes oportunidades de conseguirlo. Les ha entrado la fiebre desde que Von Glöda dio la orden de evacuación, una vez le soltaste lo que sabías a Rivke…

– Sobre eso, debo… -empezó a decir Bond.

– Sobre eso lo mejor es que cierres la boca -Paula se mostró incisiva-. Cada cosa a su tiempo. Aunque sólo sea por una vez, confía en mí. Como te pasa a ti, no estoy metida en este tinglado por diversión -por unos segundos apoyó la mano enguantada en el brazo de él-. Créeme, James, te atraparon utilizando a la chica como anzuelo y tuve oportunidad de ponerte sobre aviso. El truco más viejo de la profesión, por lo demás. Pon a un detenido en compañía de una persona que le merezca confianza y escucha luego la conversación -se echó a reír de nuevo-. Estaba con Von Glöda cuando le entregaron las cintas. El hombre dio un salto el aire. El muy imbécil… Estaba convencido de que al no haber confesado tú, no tenía por qué preocuparse. Bueno; ahora, James, no te apartes de mí.

Paula abrió la puerta cerrada con llave, salieron al corredor y se detuvieron unos segundos mientras ella volvía a echar el cerrojo. El pasadizo estaba vacío. Se hallaba recubierto con baldosines blancos, muy asépticos, y en el aire flotaba como un efluvio de sustancia desinfectante. A derecha e izquierda había otras habitaciones y dependencias médicas, y el final del corredor, que caía a su izquierda, estaba bloqueado por una puerta metálica. Por lo menos había que reconocer que Von Glöda estaba bien organizado.

Paula encabezó la marcha en dirección a la puerta de metal.

– Oculta la pistola, pero tenla preparada por si acaso hemos de hacer como el general Custer -advirtió-. En caso de que se produzca un tiroteo, no tenemos muchas posibilidades -la mano de Paula se hallaba introducida en el fondo del bolsillo derecho del gabán, donde había guardado la pistola de Rivke.

La parte del corredor que discurría por el extremo más alejado de las dependencias hospitalarias estaba bien decorado, con la tela de arpillera y la serie de pasquines y fotos enmarcadas que Bond viera en las proximidades del despacho de Von Glöda. Partiendo de esta simple observación, Bond se dijo que debían de estar todavía en las profundidades del búnker, en un sector que probablemente discurría paralelo a los pasadizos que llevaban a las oficinas y estancias del nuevo Führer.

Paula insistió en caminar delante, mientras que Bond, los dedos cerrados sobre la automática que llevaba en el bolsillo, se mantuvo a unos dos pasos de la muchacha, un poco a la izquierda de ella, rozando la pared, como hubiese hecho un buen guardaespaldas.

Al cabo de dos minutos el pasadizo se bifurcaba. Paula tomó el ramal de la derecha, que formaba una escalera de peldaños alfombrados. La inclinación era mucha y les llevó hasta un corto tramo al término del cual había un par de puertas batientes de doble hoja provistas de sendas ventanillas cubiertas por una malla metálica que les franquearon el paso a lo que en otro tiempo debió de ser uno de los túneles principales.

Ahora su entorno volvía a ser el de un pasillo abovedado de paredes rugosas, con las instalaciones de aire y calefacción expuestas a la vista. Paula volvía la cabeza cada dos por tres para comprobar que Bond iba a la zaga. Giraron luego a la izquierda y el simple contacto con el suelo indicó a Bond que ascendían por un tramo en leve pendiente.

Cuando la rampa se hacía más empinada, encontraron a la derecha un pasaje con pavimento de madera, para facilitar la subida y la adherencia del calzado, y una barandilla, todo muy similar al pasillo que habían enfilado al entrar por primera vez en el búnker. También de aquí, como en la gran puerta principal, arrancaban a ambos lados una serie de pasadizos y divisábanse multitud de puertas empotradas en ellos. Por vez primera desde que abandonó la sección destinada a hospital, llegó a sus oídos ruido de voces, taconeo de botas y algún grito esporádico o los pasos de un soldado que emprendía veloz carrera.

Al mirar hacia los distintos pasadizos secundarios, Bond captó signos inequívocos de una actividad frenética, pero siempre controlada. Los hombres portaban sus pertenencias personales, armarios metálicos, cajones y archivos; otros daban la impresión de que estaban vaciando las dependencias y los había que incluso arrastraban armas. La mayor parte parecían encaminarse hacia la izquierda, corroborando el sentido de la orientación del superagente. En ese momento podía asegurar que se encontraban en la galería principal, que debía conducirles a la entrada del búnker más pequeño.

Un pelotón de seis soldados descendía por la rampa a paso ligero, perfectamente entrenados, la vista al frente. Al pasar junto a Paula y Bond, el suboficial ordenó el saludo de rigor.

Delante de ellos divisaron a un pelotón de guardia apostado ante lo que parecía ser el último obstáculo. El túnel terminaba bruscamente en una gruesa puerta levadiza. Bond vislumbró en el techo el mecanismo hidráulico que elevaba la puerta, pero en el lado derecho vio también, un poco hundida, una portezuela muy bien atrancada.

Ahora o nunca -murmuró Paula-. Manténte en tu papel, no vaciles y, sobre todo, deja que sea yo la que hable. Una vez fuera, hay que seguir a la izquierda.

A medida que se acercaban a la entrada, vio que el destacamento de guardia estaba formado por un oficial y cuatro soldados, todos ellos armados. Cerca de la puerta había una maquinita semejante a esos artefactos que expenden billetes en el metro.

Estaban tan sólo a cuatro pasos de la salida. Paula gritó en alemán:

– Dispónganse a franquearnos el paso. Seguimos órdenes especiales del Führer en persona.

Uno de los soldados avanzó hacia la puerta y el oficial dio un paso adelante, situándose junto a la máquina.

– ¿Me hace el favor del pase, Fräulein? ¿Y usted, señor?

En aquellos momentos estaban muy cerca unos de otros.

– Por supuesto -dijo Paula, y sacó el tarjetón de plástico con la mano izquierda. Bond la imitó.

– Está bien -el oficial poseía uno de esos rostros adustos y secos característicos del veterano que obra a impulsos de la rutina-. ¿Saben algo de esa súbita orden de evacuación? Sólo nos han llegado rumores.

– Sé mucho -la voz de Paula se endureció-. En su momento serán informados.

Se encontraban ahora justo frente al oficial.

– Se dice que hemos de estar preparados en un plazo de veinticuatro horas. Menudo trabajo.

– No es la primera vez que trabajamos duro -sin demostrar la menor emoción, Paula entregó la tarjeta para que la máquina verificara los datos.

El oficial tomó las dos tarjetas de identificación, las depositó una después de otra en una pequeña ranura cerca de la parte de arriba y esperó a que se encendieran y apagaran una serie de luces que iban acompañadas de un zumbido suave en cada fase.

– Buena suerte, sea cual fuere su misión.

Devolvió las tarjetas y Bond asintió con un breve movimiento de cabeza, en tanto el soldado que se hallaba en la puerta abría con llave y corría los macizos cerrojos.

Paula dio las gracias al oficial y Bond siguió tras sus pasos al tiempo que saludaba al estilo nazi. Se oyó el brusco entrechocar de los talones y una voz tal que ordenaba a gritos dejar paso a los dos comisionados del Führer. La portezuela se abrió.

Segundos más tarde salían al exterior. El frío gélido hizo presa en sus carnes como una fina rociadura con hielo. Estaba oscuro y Bond, que no llevaba reloj, había perdido la noción del tiempo. No había forma segura de averiguar si eran las siete de la tarde o las cinco de la madrugada. La negrura del ambiente daba la impresión de que uno se hallaba sumido en la inacabable noche ártica.

Avanzaron hacia la izquierda guiándose por las lucecitas azuladas que delimitaban el perímetro exterior del búnker. Debajo de la capa de nieve Bond notó la dura plancha de metal que formaba parte de la «calzada» eslabonada tendida alrededor del puesto de mando. Sin duda, la pista de despegue y aterrizaje que utilizaba Von Glöda debía de estar construida por las mismas bandas o planchas metálicas.

Frente a ellos se erguían las enormes puertas blancas que daban acceso al vasto blocao subterráneo. Al pasar por delante, Bond se dio cuenta de a dónde le conducía Paula. La chica se encaminaba en derechura al pequeño refugio de cemento armado en el que había visto se guardaban los escúters. A duras penas columbró el círculo de árboles que aparecía a su derecha, lo cual le llevó a recordar el infausto momento en que salieron de aquel bosque al descampado, donde Kolya le había atraído con engaño, para verse súbitamente envuelto en las luces de los focos.

Paula parecía no haber olvidado el menor detalle. Tan pronto llegaron a la casamata, arrimada a la misma roca, sacó un llavero del que colgaba una cadenilla.

Al abrir llegó hasta ellos un fuerte olor a gasolina y petróleo, a la vez que al accionar el interruptor situado al lado de la puerta se iluminaba el interior con una luz tenue. Los escúters estaban aparcados en perfecto orden, semejantes a insectos gigantes, apiñados en su período de hibernación.

Paula echó mano del primero que se avino a sus propósitos, un Yamaha negro, grande y alargado, de mucha más capacidad que las máquinas con las que él y Kolya había cruzado la frontera.

– Supongo que no te importará si conduzco yo.

Paula estaba ya comprobando el nivel del combustible, pero en la casi penumbra del blocao Bond pudo percibir, más que ver, la abierta sonrisa que iluminaba el semblante de la joven.

– ¿Dónde me llevas, Paula?

Elevó la vista y fijó la mirada en Bond.

– Los míos tienen un puesto de observación a unos diez kilómetros poco más o menos -con mano la hizo un gesto indicando el sur-. Parte del sector está cubierto de bosque, pero el puesto se encuentra emplazado en un promontorio. Desde allí se divisa el Palacio de Hielo en su conjunto y la pista que arranca de él.

Levantó el escúter y lo colocó de tal manera que pudieran salir directamente por la puerta, sin necesidad de maniobras. La mano de Bond se cerró sobre la culata de su pistola automática.

– Tendrás que disculparme, Paula. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, pero tengo la sospecha de que te entiendes con el conde Von Glöda o con Kolya. Desde un buen principio esta misión anduvo torcida y nadie ha resultado ser lo que en buena ley debía ser y parecía ser. Me gustaría saber qué lado estáis tú y los tuyos, como acabas de decir.

– Vamos, James, todo lo que nuestros archivos indican que pasas por ser uno de los agentes más capacitados de Gran Bretaña. Lo siento, oficialmente no eres el agente cero cero siete, ¿verdad?

Bond sacó despacio la pistola automática.

– Paula, mi instinto me dice que trabajas para la KGB.

La muchacha echó la cabeza atrás y se echó a reír.

– ¿De la KGB? Te equivocas, James. Vamos ya, no tenemos tiempo que perder.

– Nos iremos cuando me hayas dicho la verdad. Esperaré las pruebas más tarde; incluso si perteneces a la KGB.

– Tonto -en esta ocasión la sonrisa de Paula cobró un aire amistoso-. Soy del SUPO finlandés y pertenezco al servicio secreto desde bastante antes de que nos conociéramos. A decir verdad, mi querido James, el hecho de que nos hayamos encontrado en esta misión no ha sido casualidad. A estas alturas tu departamento ya debe estar informado.

¿Del SUPO? Cabía en lo posible. El término correspondía a las siglas de la Suojelupoliisi, las Fuerzas Policiales de Protección, o lo que era lo mismo, el Servicio de Inteligencia y Seguridad finlandés.

– Pero…

– Te lo demostraré durante las dos horas que siguen -especificó Paula-; y ahora, James, por lo que más quieras, salgamos de aquí. Queda mucho que hacer.

Bond asintió con la cabeza y montó en la trasera del escúter. La muchacha embragó y la máquina salió sin dificultad del refugio. Una vez en el exterior, frenó y se apeó para cerrar la puerta a sus espaldas. A los pocos segundos se hallaban entre los árboles del bosque.

Durante un minuto largo la chica ni siquiera se molestó en encender el potente faro del vehículo. Bond, desde aquel instante, no hizo otra cosa que encomendar su alma al cielo, pues Paula conducía el Yamaha como si formara parte de su cuerpo, zigzagueando con una precisión que cortaba el aliento. Ella llevaba puestas las gafas protectoras e iba embozada en una gruesa bufanda, pero Bond no podía hacer sino protegerse tras la espalda de la joven, mientras el viento silbaba furiosamente a su alrededor.

El superespía se aferraba con fuerza a la cintura de Paula, pero en un momento dado, soltando una risa deliciosa que el viento llevó a los oídos de Bond, la chica abandonó por unos momentos el manillar, tomó las manos de Bond y las colocó sobre sus pechos, cubiertos por la gruesa ropa y el sobretodo de oficial que llevaba.

El trayecto no era cosa fácil, ni mucho menos. Contornearon un largo peñascal a través de un bosque muy denso, luego iniciaron un prolongado viraje para tomar la cuesta, sorteando árboles a cada instante. Sin embargo, Paula no aminoró la marcha. Con el acelerador casi a tope, ladeaba el escúter para esquivar los árboles que le salían al paso, inclinándose peligrosamente en un ángulo próximo, en determinados puntos, a los cuarenta y cinco grados, pese a lo cual en ningún momento perdió el control de la máquina.

Paula redujo por fin la velocidad y en lo alto del risco torció a derecha e izquierda, siguiendo lo que parecían un sendero natural. De repente aparecieron dos figuras a uno y otro lado del camino. Bond, que se había acostumbrado a la oscuridad, atisbó el perfil de unas metralletas que se recortaban contra la nieve.

La muchacha frenó despacio hasta detener el escúter y enseguida levantó el brazo. La mano de Bond fue instintivamente en busca de la P-7 automática. Se entabló una breve charla a media voz entre Paula y el más corpulento de los dos desconocidos. Vestía al modo lapón y lucía un poblado bigote que le confería cierto aspecto de bandolero. El otro hombre era alto y delgado, con uno de los rostros más feos que Bond había visto, alargado como de comadreja, y unos ojillos penetrantes que no perdían detalle de lo que ocurría a su alrededor. Bond confiaba por su propio bien en que Paula le hubiera dicho la verdad. No le hubiere absoluto quedar a merced de ninguno de aquellos sujetos.

– Han estado de guardia lejos de las dos kotas, allí en lo alto -manifestó Paula, a la vez que volvía la cabeza hacia Bond-. En total dispongo de cuatro hombres. Los dos restantes han ido turnándose en la vigilancia del equipo de radio y cuidando de que no se apagara el fuego. Parece que todo está en orden. Ahora los otros están en el campamento. Les he dicho que iremos directos a las kotas. Imagino que querrás comer alguna cosa y, además, yo tengo que mandar un mensaje a Helsinki. Luego lo transmitirán a Londres. ¿Quieres comunicar algún detalle a tu jefe…, a M?

– Solamente ciertos pormenores de lo que ha sucedido y el lugar donde ahora estoy. ¿Se sabe a dónde piensa dirigirse Von Glöda?

– Te lo indicaré después de hablar con Helsinki -respondió ella, acelerando el motor sin embragar. Bond asintió con vigor:

– De acuerdo -avanzaron con lentitud, al ritmo de los dos lapones, que se habían situado delante y detrás de la máquina. Bond se inclinó hacia la muchacha y le gritó al oído-: Paula, si me engañas te abrasaré en el acto.

– Cierra la boca y confía en mí. Aquí no tienes a nadie más en quien confiar, ¿entendido?

A corta distancia de la linde del bosque, colgaba en lo alto del risco, se hallaban las dos kotas. Las pieles de reno que cubrían la sencilla armazón de las tiendas contrastaban contra el blanco de la nieve. Del vértice de aquéllas, donde se entrecruzaran los palos ahorquillados que servían de soporte, se escapaba hacia arriba una nubecilla de humo. Bond se dijo que desde abajo sería muy difícil avistar el campamento, al abrigo de altos abetos y pinos. Paula detuvo el Yamaha y los dos se apearon.

– Voy a mandar ese mensaje radiado sin demora -Paula señaló la kota de la derecha y Bond tuvo que aguzar la vista para descubrir las antenas que asomaban entre los mástiles de arriba-. Mis otros muchachos están dentro. Le he dicho a Aslu que monte guardia fuera -indicó con la cabeza al malcarado lapón-. Niiles te acompañará a la otra tienda para que puedas comer un bocado.

El lapón que lucía el poblado bigote, Niiles, hizo una mueca y sacudió la cabeza invitándole a seguirle. La metralleta que portaba apuntaba al suelo.

– Conforme, Paula -dijo Bond.

Cuando aún no estaban a seis pasos de la kota llegó hasta él el olor de un fuego de leña. Niiles se adelantó, levantó el grueso faldón de piel que cubría la entrada y escrutó el interior. Una vez seguro de que no había peligro, el lapón hizo gesto a Bond de que se acercara. Entraron los dos a un tiempo y de inmediato Bond sintió un escozor en los ojos producido por el humo.

Tosió, se restregó los ojos y echó un vistazo alrededor. La fina humareda que escapaba de las brasas se colaba por el agujero situado en el vértice de la tienda. Junto con el humo aspiró el agradable olor de la comida puesta al fuego. Rápidamente los ojos del superagente se acostumbraron a la semipenumbra del interior y pudo distinguir un montón de sacos de dormir, mantas, platos y otros accesorios dispuestos con mucho orden.

Niiles dejó el arma e hizo ademán indicando a Bond que tomase asiento. Señaló hacia la marmita que hervía sobre las brasas, depositadas en un agujero excavado en el suelo. Niiles se llevó las manos a la boca.

– Comida -asintió con expresión placentera-. Comida. Bueno. Comer.

Bond hizo un ademán aceptando la invitación.

El lapón tomó un plato y una cuchara, se acercó al fuego e inclinándose sobre la marmita llenó el plato con lo que parecía una especie de potaje.

De pronto, sin razón aparente, cayó al suelo y profirió un aullido de dolor al sentir la quemazón de las llamas. Alguien le había hecho la zancadilla. Una de las mantas cobró forma humana de improviso, pero antes de que Bond lograra saca la pistola llegó a sus oídos, serena, desde el otro lado de la penumbra, la voz de Kolya.

– Ni lo intentes siquiera, James. Morirías antes de alcanzar la culata -a continuación dijo unas palabras en finlandés a Niiles, que había salido del fuego y se restregaba con cuidado la mano chamuscada.

– Debería haberlo supuesto -Bond habló con la misma parsimonia que el ruso-. Todo ha sido demasiado fácil. Desde luego, Paula me la ha jugado bien.

– ¿Paula? -por unos instantes el resplandor de la llama iluminó el rostro de Kolya-. Acabo de ordenarle a ese patán que me entregue la metralleta. Le mataré al primer ademán sospechoso. Personalmente preferiría estar mejor armado cuando Paula se presente aquí. Ya lo ves, James, estoy a merced de mis recursos, frente a un enemigo que me supera en número. Pero tengo amigos que aguardan por ahí y no pienso regresar a Moscú con las manos vacías.

Sin descuidar su actual situación, su mente empezó a dilucidar la cuestión de si debía o tratar de advertir a Paula. ¿Cómo despachar a Kolya en aquellas circunstancias? Mientras Niiles, con ostensible dolor, empujaba suavemente el arma automática con el pie hacia donde estaba Kolya, los ojos de Bond recorrieron con detenimiento el sombrío interior de la tienda.

– Así pues, debo deducir que piensas llevarme preso contigo.

Bond forzó la vista a través de la tenue cortina de humo.

– Este fue el trato que acordé con aquel puerco fascista, Von Glöda -Kolya rió con ganas-. Llegó a creer que podría organizar su tinglado nazi desde el territorio de la Unión Soviética.

– Bueno, pues ha estado haciéndolo. Todos los actos de terrorismo que ha lanzado alcanzaron su objetivo. Utilizó armamento ruso, y ahora se dispone a huir.

Kolya meneó lentamente la cabeza.

– El pretendido conde Von Glöda no tiene escapatoria posible.

– Pues quería llevarme con él. En un avión. Quizá ya haya despegado.

– No. Me he mantenido a la espera y a la escucha. Su queridito reactor personal no ha emprendido el vuelo, y ni siquiera lo intentará antes del alba. Aún nos quedan un par de horas.

De modo que sólo faltaban dos horas para el amanecer. Por fin tenía Bond un punto de referencia en cuanto a la hora del día en que se encontraba.

– ¿Cómo piensas pararle los pies? -preguntó sin estridencias.

– El plan ya está en marcha. Von Glöda tiene soldados extranjeros en suelo soviético. Sus hombres serán machacados al amanecer. Las fuerzas aéreas soviéticas dejarán el búnker hecho papilla -el semblante de Kolya pareció adoptar otra expresión a la trémula luz de las llamas-. Por desgracia, nuestra base de Liebre Azul también desaparecerá del mapa. Será un error lamentable, pero acabará con todos los problemas.

Bond se quedó pensativo unos instantes.

– De modo que piensas destruir a Von Glöda y a sus tropas. Es decir, haciendo que cumpla su parte pero incumpliendo tus promesas.

– Mi querido James… Un trato es un trato, pero a veces sucede que una de las partes no está conforme. ¿Cómo iba a dejarte escapar, amigo mío? Sobre todo teniendo en cuenta que mi departamento, al que antes llamabais SMERSH, lleva esperando la ocasión propicia para echarte el guante desde hace no sé cuanto tiempo. No el negocio que concerté con Von Glöda siempre ha sido un poco torcido.

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