En el momento de producirse la explosión los reflejos de Bond entraron en acción de manera automática. Sujetó con firmeza los brazos del manillar y redujo la velocidad, con lo que el escúter se deslizó lateralmente sobre la nieve en un largo derrapaje hasta que de forma gradual la máquina ralentizó el ritmo hasta su inevitable detención.
Antes de que tuviera tiempo de darse cuenta, Bond se halló a la altura de la motoneta de Kolya.
– ¡Tirpitz! -gritó con toda la fuerza de sus pulmones, sin oír siquiera el eco de su propia voz. Le zumbaban los oídos y las resonancias de la onda expansiva, sumadas a la temperatura glacial, casi le habían dejado sordo. Lo curioso era que tenía conciencia de que Kolya le estaba hablando a gritos, sin que pudiera asegurar que percibía el sonido real de sus palabras.
– ¡Por lo que más quieras! ¡No te me pongas de lado! -vociferó el ruso. Su voz se elevó como una ráfaga de aire en la ventisca-. Tirpitz está listo. Se habrá desviado del camino y golpeado una mina. No podemos detenernos. Supondría un grave peligro, Bond, pégate a mí, es el único medio de llegar a la meta.
Kolya repitió las palabras «¡pégate a mí!», y en esta ocasión Bond sí se dio cuenta de que las había oído con claridad.
Todo había concluido. Volvió la cabeza hacia atrás y vio el tenue resplandor de las llamas que salían del escúter de Tirpitz, roto en varios fragmentos sobre la nieve. Luego oyó el zumbido de la máquina de Kolya, que se deslizó por la capa de hielo como una exhalación.
Bond aceleró a fondo y partió detrás del soviético manteniéndose a corta distancia y en línea recta en relación con el artefacto que conducía Kolya. Si las cosas habían salido como esperaba, en aquellos momentos Tirpitz se habría calzado ya los esquís que ocultara en su máquina cuando todavía faltaba más de una hora para que iniciaran la marcha.
Según el plan, el americano debía tirar al suelo los esquís, los palos y el equipaje tres minutos antes de llegar al punto donde, a tenor de lo que había podido escuchar, le tenían preparada la trampa. Un minuto después, Tirpitz debía bloquear el manillar, dejarse caer sobre la nieve blanda y, al mismo tiempo, dar todo el gas al escúter. Si actuaba en el momento oportuno y contaba con un poco de suerte, podría librarse de la explosión y echar mano de los esquís con toda tranquilidad, ya que dispondría de tiempo suficiente para llegar al punto de encuentro concertado con el británico.
«Apártalo ya de la mente -dijo Bond para sus adentros-. Considera que Tirpitz ha muerto y que sólo dependes de tus propios recursos.»
La subida por la otra vertiente del valle no era cosa fácil, y Kolya mantenía un ritmo demoledor, como si anhelara llegar de una vez al relativo abrigo de los árboles. Mediado el largo tramo al descubierto empezó a envolverle una nieve que caía racheada sobre los dos hombres.
Por fin llegaron al bosque y a la oscuridad. Kolya se detuvo, se volvió e hizo señas a Bond de que se acercara. Salvo el débil palpitar de los motores, el silencio que reinaba en aquel sector de pinos y abetos enhiestos era absoluto. Kolya, sin que al parecer tuviera que elevar la voz, murmuró unas palabras que llegaron con toda nitidez al oído de Bond.
– Siento lo de Tirpitz -manifestó-. Podría habernos ocurrido a cualquiera de nosotros. Es probable que hayan vuelto a minar la zona y cambiado la colocación de los artefactos. Ahora volvemos a estar con uno de menos.
Bond asintió con la cabeza sin pronunciar palabra.
– Pégate a mí como una sanguijuela -prosiguió diciendo el ruso-. Los dos kilómetros que siguen son bastante malos, pero luego entraremos en un sendero lo suficientemente ancho. A decir verdad, mejor llamarle carretera. Si diviso el convoy yo apagaré el faro y me detendré. Así pues, si observas que apago la luz del escúter, para tú también. Cuando estemos cerca de Liebre Azul ocultaremos los escúters y recorreremos el último trecho a pie con las cámaras -palmeó las mochilas sujetas en la trasera de la máquina-. Será un corto paseo bajo los árboles, unos quinientos metros.
«Quinientos metros. La cosa puede ser movidita», pensó Bond.
Kolya continuó diciendo:
– Si aguantamos de firme nos queda una hora y media de viaje poco más o menos. ¿Estás en forma?
Bond asintió de nuevo.
Kolya, con ademanes pausados, situó la máquina en posición, mientras Bond, simulando comprobar su atuendo, tiró del bramante que sujetaba la brújula, la abrió torpemente con los dedos enguantados y colocó el instrumento en la palma de la mano. Luego se inclinó para consultar la esfera luminosa. Esperó a que la aguja se detuviera y calculó el rumbo aproximado. En efecto, se hallaban poco más o menos en el punto donde Kolya había dicho que se encontraban. En tal caso, la hora de la verdad llegaría más tarde, si conseguían seguir al convoy desde Liebre Azul hasta el Palacio de Hielo.
Bond introdujo la brújula dentro del anorak, se irguió y alzó la mano para indicar que estaba en condiciones de proseguir el viaje. Avanzaron con lentitud y recorrieron los dos kilómetros comprometidos, casi al paso de un hombre. Parecía lógico que existiera un camino más ancho que desembocara en el sendero protegido por la masa de árboles en el supuesto de que el convoy se acercara por la parte de Finlandia.
Tal y como Kolya había anticipado, después de aquel primer recorrido desembocaron en una pista ancha, cubierta por nieve dura y prieta, helada toda ella pero con huellas alternas de rodadas muy hondas que denotaban el paso de vehículos sobre orugas, si bien resultaba imposible precisar la fecha en que había pasado el convoy. El frío era tan intenso que cualquier artefacto metálico que rompiera la costra de nieve helada dejaría marcas que a los pocos minutos quedarían tan endurecidas como las anteriores.
Kolya empezó a incrementar la velocidad. Bond siguió tras él por la superficie llana sin la menor dificultad y, a la vez, pese al aturdimiento que le producían el frío y la trepidación de la marcha, surgieron en su mente algunos interrogantes. Kolya había dado pruebas de una destreza extraordinaria a lo largo del camino hasta la frontera, sobre todo al atravesar las franjas boscosas. Era imposible tanta pericia si antes no hubiera seguido aquella misma ruta infinidad de veces. Bond tuvo que concentrarse al máximo durante todo el trayecto, pero Tirpitz le siguió bastante rezagado. A la sazón el superagente tenía la sensación de que el americano no llegó a acercársele en ningún momento durante el zigzageante recorrido por los bosques.
¿Acaso los dos hombres habían cruzado antes la frontera por este mismo punto? Desde luego cabía la posibilidad de que así fuera, y cuanto más lo pensaba, más confuso se sentía Bond, ya que el ruso mantuvo un ritmo muy rápido incluso en las zonas difíciles, y ello sin recurrir a la brújula o el mapa. Era como si le hubiesen orientado por medios externos; tal vez por radio. Nadie le había visto sin las ropas de abrigo a partir del momento en que iniciaron el viaje. ¿Cabía en lo posible que Kolya se hubiera orientado mediante una señal de radio? Resultaba fácil ocultar unos auriculares bajo la capucha con revestimiento térmico. Mentalmente tomó nota de que debía inspeccionar el escúter el ruso por si llevaba oculto algún artefacto de la especie indicada.
Pero, si no era la radio, ¿cabía pensar en una senda marcada o señalizada? Era otra hipótesis que no debía descartar, puesto que Bond había tenido tanto trabajo para mantenerse a la zaga del soviético que difícilmente habría reparado en la presencia de luces o focos indicadores a lo largo del trayecto.
También se le ocurrió pensar que Cliff Dudley, el agente que le precedió en los albores de la Operación Rompehielos, no se había mostrado muy explícito acerca de la labor que el grupo llevó a efecto en la zona del Círculo Polar Artico, antes del choque con Tirpitz y la reunión del grupo en la isla de Madeira. ¿Acaso M no había insinuado o dicho abiertamente que la intención era que Bond formase parte del equipo desde el principio?
En una palabra: ¿qué habían estado haciendo durante su ausencia aquellos representantes de cuatro servicios secretos de otros tantos países? ¿Era posible que todos hubieran pisado ya territorio soviético? ¿Y si hubieran inspeccionado Liebre Azul? Sin embargo, el caso era que toda la información de peso había venido de Kolya, de la Unión Soviética: las fotos tomadas por los aviones espía y las imágenes remitidas por los satélites orbitales, eso sin contar los datos aportados por los agentes destacados sobre el terreno.
Se había hablado de la necesidad de buscar a Von Glöda, de identificarle como el jefe supremo de las Tropas de Acción, o incluso bajo el nombre de Aarne Tudeer. Pero el caso era que Von Glöda se había dejado ver en el comedor del hotel a la hora del desayuno, sin disimulo, a la vista de todo el mundo, sin que nadie diese la menor prueba de inquietud.
Si desde un buen principio James Bond recelaba de todos, después de los visos que tomaban los acontecimientos aumentaron las sospechas que en él despertaban todas las personas involucradas en la operación que se traían entre manos.
El superagente se preguntó si lo que ocurría era, simplemente, que M había aplicado al caso una táctica puesta en práctica desde hacía tiempo por soviéticos. De repente la respuesta se le apareció con toda claridad. Su jefe le había enviado a una misión imposible. La vieja argucia de los soviéticos consistente en mandar a un agente para hacerse cargo de una operación proporcionándole un mínimo de información y dejándole a su albur con objeto de que tratara de esclarecer los hechos, era perfectamente aplicable a su caso. El agente 007 llegó, una vez más, a la conclusión de que dependía por entero de sus propios recursos. En realidad, la deducción a la que había llegado anteriormente por su cuenta constituía la base del razonamiento de M. En una palabra, jamás había existido un «equipo» en el sentido estricto del término, sino tan sólo los representantes de cuatro servicios de inteligencia que en teoría colaboraban estrechamente unidos, pero que en realidad tiraban cada uno por su lado. Cuatro lobos esteparios.
La idea no dejaba de dar vueltas en su cabeza mientras alzaba y asía con fuerza el manillar del escúter, lanzado a gran velocidad a la zaga de Kolya, por la interminable superficie de nieve y hielo de afiladas aristas. Perdió la noción del tiempo. Todo parecía reducirse al frío glacial, al zumbido del motor y a la inacabable cinta de color blanco que constituía la estela de la máquina de Kolya.
De repente Bond reparó en un leve resplandor que se intensificaba de forma gradual enfrente de él, por el lado izquierdo, hacia el noroeste, hasta convertirse en un brillante fulgor que irradiaba entre los árboles. Poco después, el ruso apagó el faro, redujo la velocidad y detuvo el escúter entre el ramaje de los abetos, a la izquierda de la senda. Bond se acercó con su máquina y frenó al lado de Kolya.
– Esconderemos estos trastos en el bosque -susurró el soviético-. Nuestro objetivo está al otro lado… Liebre Azul, con todas las luces encendidas como si fuera la fiesta del Primero de Mayo.
Aparcaron los escúters y los camuflaron lo mejor que pudieron. Kolya sugirió que se colocaran el mono blanco para pasar más desapercibidos. Luego añadió:
– Caminaremos metidos en la nieve, hasta un lugar que domina el depósito de armas. Llevo prismáticos de noche, de forma que no te molestes en sacar ningún artefacto adecuado al caso.
Bond, sin embargo, había empezado ya a «molestarse». So pretexto de enfundarse el atuendo de camuflaje, se desabrochó con los dedos entumecidos los prendedores del anorak. Por lo menos estaba en condiciones de sacar la automática con rapidez. También se las arregló para sacar de la mochila una granada detonadora y una bomba de fragmentación, que introdujo en uno de los múltiples bolsillos de que iba provisto el mono, blanco y holgado, que a la sazón llevaba.
El soviético no dio la impresión de haber reparado en ello. Iba provisto de un arma, que colgaba sin disimulos sobre su cadera. Llevaba unos grandes prismáticos suspendidos del cuello, y a pesar de la oscuridad reinante, Bond creyó detectar incluso una sonrisa en la cambiante faz del soviético en el instante en que éste le tendió la cámara automática de infrarrojos. Kolya, por su parte, llevaba colgado del cinto, sujeto con unas correas, un equipo de filmación en vídeo, debajo justamente de los prismáticos.
Kolya indicó con ademanes el punto de detrás de la loma de donde parecía fluir la luz, entre los árboles. El ruso había encabezado la marcha y Bond se pegó a sus talones; las figuras de los dos hombres se asemejaban a las de unos fantasmas arropados con sábanas que se abrían camino a través del camposanto, de árbol en árbol.
Tras recorrer un corto trecho llegaron al pie del promontorio, nimbado por la luz de los proyectores, que lanzaban sus haces luminosos hacia lo alto desde el otro extremo. No había signo alguno de centinelas ni vigilancia de ningún tipo. Al principio Bond caminó con dificultad, ya que todavía tenía los miembros entumecidos por el frío y el largo viaje en el escúter.
Cuando se hallaban próximos a la cumbre, Kolya indicó con la mano que se agacharan un poco. Siempre muy juntos, los dos agentes serpentearon a través de la densa capa de nieve que sepultaba las raíces y las bases de los troncos. Al fondo, más abajo, envuelto en un halo de luz resplandeciente, divisaron el depósito de pertrechos militares conocido como Liebre Azul. Después de haberse esforzado por atisbar entre la oscuridad y la nieve durante más de tres horas, el brillo cegador de las luces de arco de los enormes reflectores obligó a Bond a cerrar los ojos. Mientras escrutaba atentamente el lugar, el superagente se dijo que no era extraño que los soldados y la oficialidad de la base se hubieran dejado sobornar hasta el punto de incurrir en un delito de traición militar como era la venta de armas, municiones y equipo militar. Vivir todo el año en un lugar como aquél, desolado y triste durante el invierno y plagado de mosquitos durante el corto verano, constituía de por sí suficiente motivo para que un hombre se dejase tentar, aunque sólo fuera por simple gusto.
Mientras la vista se iba acostumbrando a la luz, Bond pensó en la tenebrosa vida de los hombres que integraban la guarnición. ¿Qué se podía hacer en un campamento como aquél? ¿Jugar a las cartas por la noche? ¿Beber? Eso; un excelente para destacar a los alcohólicos, que irían tachando los números del calendario en espera de un breve permiso que a buen seguro conllevaba un largo desplazamiento. Quizá alguna visita ocasional a la población de Alakurtii, que según sus cálculos distaba seis o siete kilómetros. ¿Y qué se podía encontrar en un pueblo como ése? Un desvencijado cafetucho, la misma comida de todos los días sólo que cocinada por manos diferentes, la barra de un bar para embriagarse y, posiblemente, algunas mujeres. Quizá muchachas laponas nacidas en el sector ruso, fácil presa de las enfermedades y de la soldadesca brutal y libertina.
Los ojos de Bond habían terminado por habituarse al entorno. Estudió con atención desapasionamiento el exterior de la base, que ocupaba un amplio claro de forma rectangular en el bosque. Algunos de los árboles podados para construir la base habían empezado a crecer y alcanzaban ya las altas alambradas de espino y los reflectores colocados en los ángulos. Justo debajo de donde ellos se encontraban se veían dos grandes puertas de acceso, abiertas en ese momento. El camino que discurría sinuoso por entre los pinos y abetos aparecía limpio de hielo y nieve, probablemente debido a la ayuda de un quemador o, quizá, de una brigada de trabajadores.
El interior del recinto mostraba una distribución ordenada y pulcra. Cerca de la puerta de entrada, a uno y otro lado, se divisaban sendos proyectores, unas torretas de madera y el cuerpo de guardia. La pista de grava discurría, recta, por el centro de la base y tenía una longitud aproximada de doscientos cincuenta metros. Los depósitos de material militar se hallaban situados a ambos lados de esta vía interior. Eran sendas estructuras semejantes a los barracones prefabricados del tipo Nissen, de techo curvo y de placa acanalada, altos planos laterales y una rampa para carga y descarga que formaba como un saliente añadido a cada una de las construcciones.
El conjunto estaba bien concebido. Los vehículos entraban y se dirigían rectamente a las rampas en cuestión, realizaban el trabajo y acto seguido enfilaban la vía interior hasta el extremo del campamento donde el pavimento describía un amplio círculo, donde el pavimento describía un amplio círculo que permitía dar la vuelta con holgura. Cualquier tipo de carga o descarga podía llevarse a cabo con rapidez. Así, los camiones o vehículos blindados penetraban en el recinto, procedían a efectuar las operaciones pertinentes, se dirigían a la gran curva para dar la vuelta y tomaban el mismo camino por el que habían llegado.
Detrás de las unidades de almacenamiento se divisaban unos barracones de troncos considerablemente largos, sin duda los dormitorios de la guarnición, comedores, sala de esparcimiento, etcétera, que formaban un todo armónico. De no ser por la alambrada y el largo perfil de las rampas, bastaría con añadir una pequeña iglesia para obtener la imagen de un poblado en los aledaños de una pequeña fábrica.
La subida hasta lo alto del promontorio había revigorizado un tanto a Bond, pero en aquellos momentos empezaba a sentir de nuevo la mordedura del frío. Tenía la sensación de que por sus venas fluía nieve en vez de sangre y que sus huesos eran como el hielo, cortante y resplandeciente, que colgaba como espadas de Damocles de las ramas de los árboles.
Dirigió una mirada a su izquierda y vio a Kolya filmando ya con el vídeo para la posteridad. La cámara dejó oír un zumbido cuando el ruso apretó el gatillo disparador; luego ajustó la lente y volvió a presionar el mecanismo de filmación y grabación de imágenes. Bond tenía ante sí la pequeña cámara de rayos infrarrojos cargada y con el objetivo puesto. Apoyándose en los codos, se levantó las gafas protectoras, se acopló el ocular de goma que hacía las veces de visor y enfocó la imagen. En pocos minutos tomó nada menos que treinta y cinco instantáneas del transbordo de armas y pertrechos en la base de Liebre Azul.
La información que poseía Kolya se ajustaba plenamente a la realidad. El depósito de armas resplandecía con todas las luces encendidas, al margen de toda precaución. Junto a las rampas de carga y descarga se hallaban cuatro grandes vehículos blindados sobre orugas destinados al transporte de tropas, aparcados en formación. Se trataba de los famosos BTR-50, tal como el ruso había anticipado. «Ni que tuviese una bola de cristal», pensó Bond. Tanta clarividencia le resultaba muy sospechosa.
Los BTR soviéticos se fabrican según diversas variantes. Así, la principal es el carro anfibio destinado al transporte de tropas, de dos a veinte hombres. Luego está el modelo artillero; o el que en aquel momento tenían ante la vista, destinado exclusivamente al transporte de carga por terreno accidentado. Los vehículos se reducían en cuanto estructura a lo más esencial, pues se les había desprovisto de buena parte del blindaje y el peso descansaba en las gruesas cadenas de las orugas. Además, todos iban provistos de una gruesa plancha delantera que barría prácticamente del camino cualquier obstáculo que se les pusiera por delante, bien fueran escombros, hielo, montones de nieve o troncos de árbol. Todos ellos estaban pintados de gris. Las plataformas, de guardas abatibles, ocultaban una serie de escotillas rectangulares, muy hondas, en las que se iban introduciendo con rapidez las cajas y embalajes de todo tipo.
La dotación de los BTR permanecía a un lado, al margen de1 esfuerzo físico que conllevaba la operación de acarrear y levantar las pesadas cajas, aunque de vez en cuando un miembro de las respectivas tripulaciones intercambiaba una palabra con el suboficial que dirigía las tareas de carga desde la rampa y que verificaba el transbordo con una tablilla sujetapapeles en las manos.
Los hombres que efectuaban el trabajo vestían monos de fino tejido de algodón gris y exhibían con claridad galones y emblemas en hombros y brazos. Ni que decir tiene que llevaban el traje de faena sobre las gruesas prendas invernales y se cubrían la cabeza con gorras de piel provistas de enormes orejeras que les llegaban casi hasta la barbilla. En la parte frontal de cada gorra lucía la clásica estrella del Ejército Rojo.
Sin embargo, los dos hombres que componían la dotación de cada unidad vestían un uniforme que hizo enarcar las cejas a Bond y le produjo un súbito vuelco en el estómago. Debajo de los chaquetones de piel se distinguían unos gruesos pantalones azul marino, en tanto que calzaban los pies con gruesas y resistentes botas muy adecuadas para el servicio cotidiano del soldado. Aunque llevaban orejeras protectoras, se tocaban con una simple gorra marinera adornada con relucientes insignias. El atuendo, por desgracia, le recordaba con persistencia a Bond tiempos pasados, un mundo diferente.
Kolya le tiró del brazo y le pasó los prismáticos de noche al tiempo que señalaba hacia la parte delantera de la primera rampa.
– Ahí tienes al comandante en jefe -susurró.
Bond tomó los binoculares, enfocó la imagen y divisó a dos hombres que dialogaban entre ellos. Uno pertenecía a la dotación de los transportes, el otro era un sujeto achaparrado y fuerte, de tez cetrina, embutido en un abrigo con los galones de sargento en las hombreras, una ancha cinta roja que se distinguía con claridad a través de la lente.
– Son suboficiales -volvió a susurrar Kolya-. Casi todos son tipos amargados o gente de los que otras unidades quieren prescindir. De ahí que fuese tan fácil comprar su silencio.
Bond asintió con la cabeza y devolvió los prismáticos al ruso.
El depósito de armas de Liebre Azul parecía estar a dos pasos de su punto de observación, un efecto engañoso de la luz rutilante y de la helada, que se cernían sobre sus cabezas como una evanescente y tupida cobertura. Más debajo de donde se hallaban apostados, los hombres parecían exhalar aliento vaporizado de las bocas y las ventanas de la nariz como bestias de carga agobiadas por la dura labor, en tanto resonaban las órdenes terminales, amortiguadas por la densa atmósfera. Eran voces estridentes que gritaban en ruso, apremiando a los soldados en su tarea. Bond pudo oír incluso el sonido de una voz que decía:
– A ver si os dais prisa, atajo de idiotas. Pensad en la prima que os embolsaréis después de la faena y en las chicas que llegan mañana de Alakurtii. Terminad de una vez y luego podréis descansar.
Uno de los hombres se volvió hacia el que así hablaba y le gritó con voz perfectamente audible:
– Voy a necesitar un buen descanso si me traen a la gorda de Olga… -la frase se perdió en el aire, pero las risotadas que siguieron denotaban que el soldado había concluido con algún comentario subido de tono.
Bond tiró del cordoncillo de la brújula, comprobó el rumbo sin que el ruso se diera cuenta y realizó unas rápidas operaciones mentales. Entonces oyó un rugido abajo. Era uno de los BTR que había puesto el motor en marcha. Un enjambre de soldados manipularon las escotillas, sujetaron las pesadas guardas abatibles, las alzaron y finalmente las desplegaron y encajaron hasta constituir la plataforma plana características de aquel tipo de vehículos.
Los restantes carros estaban casi cargados. Los hombres se afanaban junto a los compartimentos y acababan de anudar cuerdas y afianzar correajes. El motor del segundo transporte empezó a trepidar.
– Ya es hora de que bajemos -murmuró Kolya, al tiempo que el primer transporte se dirigía con lentitud hacia el punto de giro. El convoy tardaría unos quince minutos en acondicionar las plataformas, dar la vuelta y situarse en fila para emprender la marcha.
Con cautela, los dos agentes secretos iniciaron un lento retroceso. Una vez a cubierto, en un lugar desde el que no se divisaban las construcciones de la base, tuvieron que detenerse unos instantes para que los ojos se ajustaran de nuevo a la oscuridad. A continuación se deslizaron por la resbaladiza pendiente, un trayecto que cubrieron mucho más rápidamente que el ascenso al promontorio, hasta llegar a la masa de árboles, caminando a tientas en dirección al lugar donde habían ocultado los escúters.
– Primero dejaremos que pasen -Kolya hablaba como si fuese él quien llevase el mando-. Los motores de esos armatostes rugen como leones enfurecidos. La escolta ni siquiera se enterará cuando arranquemos – tendió la mano para recuperar la máquina fotográfica que había prestado a Bond y la guardó junto con el equipo de vídeo.
A lo lejos todavía resplandecía con luz tenue la base de Liebre Azul, pero en el silencio de la noche el sonido trepidante de los carros de transporte cobró un tono ronco, estridente y agresivo. Bond realizó otra rápida operación mental, en la confianza de que no incurriría en un error de cálculo. De repente el ruido se orientó hacia ellos y empezó a resonar entre los árboles.
– Ahí los tenemos -dijo el ruso, dándole con el codo. Bond se inclinó hacia delante, tratando de avizorar la marcha del convoy por el extremo del camino. El estruendo de los vehículos de transporte se intensificó aún más, y a pesar de que el hielo y los árboles distorsionaban el sonido, resultaba fácil adivinar que el convoy llegaba por la izquierda del lugar donde Bond y Kolya se hallaban apostados.
– Listo -murmuró Kolya. De repente se le veía nervioso, enderezado a medias sobre el asiento de su máquina, con la cabeza vuelta, como retorcido por una llave.
El retumbar de los motores aminoró hasta convertirse en un estertor. «Habrán llegado al cruce», pensó Bond. Luego oyó con toda claridad el motor de uno de los BTR y el chirriar de las cadenas de tracción. Era otra clase de ruido. Mientras, Kolya se irguió un poco más que antes.
Finalmente, el ruido de los motores se normalizó. Los cuatro transportes seguían en fila por la misma senda, a idéntica velocidad. Sin embargo, había algo en todo aquello que infundía recelo. Fueron precisos uno o dos segundos para comprobar que el eco de los motores se iba apagando.
Kolya lanzó un juramento en ruso:
– Se dirigen hacia el norte -dijo, escupiendo casi las palabras. Luego su voz pareció atemperarse-. Ah, bueno, eso significa que han optado por la otra ruta. Allí tengo apostado a mi segundo agente. ¿Preparado?
Bond asintió y arrancaron las máquinas. Kolya rodó sobre el manto de nieve y de inmediato aceleró a fondo.
El estruendo de los orugas de transporte llegaba hasta sus oídos sobreponiéndose incluso al ruido que producían los escúters, por lo que no tuvieron dificultad en ponerse a la zaga del último vehículo, apenas visible en la lejanía, por espacio de diez u once kilómetros. El pequeño convoy siguió el mismo rumbo hasta que Bond pensó que estaban peligrosamente cerca de Alakurtii. Vio entonces que Kolya le indicaba por señas que se disponía a virar. En efecto, el ruso torció a la izquierda en ángulo recto y se metió de nuevo en el bosque, si bien en la presente ocasión la senda tenía un ancho razonable. La capa de nieve profunda y mostraba las huellas recientes del paso de los carros blindados.
El camino parecía discurrir siempre cuesta arriba. Los dos escúters tenían que avanzar entre vueltas y revueltas para evitar las rodadas de las orugas de los transportes. La máquina de Bond rugía en son de protesta ante el esfuerzo que se le exigía, en tanto el superagente trataba de determinar el rumbo que seguía la caravana de blindados.
Si realmente los vehículos regresaban al lado fronterizo, a la sazón se hallaban empeñados en un avance campo a través que habría de conducirlos casi al mismo punto del bosque por el que habían penetrado en territorio soviético. Durante un buen rato dio la impresión de que, en efecto, se dirigían hacia el lugar de referencia, es decir, rumbo al suroeste. Pero al cabo de una hora poco más o menos, la pista se bifurcaba. Los blindados tomaron el ramal de la derecha y enfilaron hacia el noroeste.
Hubo un momento en que Kolya consideró que estaban demasiado cerca del convoy e hizo ademán de detenerse. Bond tuvo el tiempo justo para tirar de la brújula y determinar el rumbo que marcaba la aguja en la esfera luminosa. Si los BTR mantenían la misma dirección era indudable que irían a parar muy cerca de la posición marcada en el mapa como el emplazamiento del Palacio de Hielo, en el que se hallara en zona soviética, según la posición real que Bond había deducido de sus cálculos.
Al cabo de unos kilómetros Kolya volvió a detenerse e hizo señas a Bond de que se le acercara.
– Dentro de unos minutos cruzaremos la frontera -dijo en voz alta. El viento les daba de frente, penetrando en sus cuerpos a través de la ropa de abrigo y llevando de nuevo hasta ellos el ruido atronador de la caravana de blindados que marchaba siempre en cabeza-. El agente que tengo apostado debe estar por ahí, un poco más adelante, de modo que no te alarmes si ves que otro escúter se une a nosotros.
– ¿No tendremos que cruzar por un descampado si seguimos en esta dirección? -Bond formuló la pregunta con tanta ingenuidad como le permitía fingir el viento que azotaba sus rostros.
– No. ¿Recuerdas el mapa?
Bond lo tenía grabado en la mente, al igual que las señales que había trazado por su cuenta y el emplazamiento posible del Palacio de Hielo, en el sector soviético. Por breves instantes pensó en deshacerse de Kolya, esquivar luego al segundo hombre, asegurarse de que el cargamento iba a parar búnker y emprender acto seguido la huida de la Unión Soviética a la mayor velocidad posible.
La idea vibró en su cabeza unos momentos. Pero una voz interior le decía: «No te precipites, asegúrate, sigue tras ellos y quizás llegues a tu filón de oro».
Al cabo de un cuarto de hora largo divisaron otro escúter. Un hombre alto y delgado envuelto en gruesas prendas de abrigo, les aguardaba sentado en la máquina, dispuesto a emprender la marcha.
Kolya levantó el brazo y el nuevo expedicionario tomó la delantera. Delante de ellos, no muy lejanos, los blindados avanzaban con un ruido sordo y trepidante por la senda del bosque, que en aquel tramo era de una anchura limitada, suficiente apenas para permitir el paso de los vehículos oruga.
Transcurrida media hora seguían avanzando en la misma dirección. Una luz débil se esparcía por el firmamento. De repente, Bond sintió que se le ponían los pelos de punta. Hasta entonces habían podido oír de forma constante el ruido que producían los motores de los transportes, que se imponían incluso al de sus propias máquinas. Pero en aquellos instantes sólo percibía el zumbido de los escúters. Instintivamente redujo la velocidad, torció para no meterse en uno de los surcos dejados por las cadenas del convoy y al efectuar el giro divisó con claridad la silueta del agente. Pese a la abultada indumentaria de invierno, Bond creyó reconocer el perfil de la cabeza y los hombros.
Aquel pensamiento le aguijoneó unos instantes, y en tan breve lapso de tiempo los acontecimientos se precipitaron.
Delante de ellos un haz de luz penetró por el tupido ramaje de los árboles. Bond atisbó la mole del BTR que marchaba en último lugar y una especie de risco cubierto de nieve que se elevaba ante los vehículos. Súbitamente las luces se intensificaron procedentes de todos los ángulos, diríase incluso que del propio cielo. Las grandes lámparas de arco y los haces de los reflectores hicieron que Bond se sintiera como desnudo, prendido en la red en pleno descampado.
Ladeó el escúter en un intento de aprovechar el poco espacio disponible para dar la vuelta y emprender la huida, al tiempo que una de sus manos se introducía veloz en la chaqueta para hacerse con la pistola. Pero los surcos de las orugas de los blindados no le permitieron llevar a cabo la brusca maniobra.
De repente empezaron a salir de los árboles por todas partes: de atrás, de los lados, de enfrente. Eran hombres vestidos con uniformes de campaña grises, cascos abombados y largos chaquetones forrados de piel, que convergieron hacia los tres expedicionarios, los rifles y metralletas fulgurantes bajo la luz de los potentes proyectores.
Bond tenía la pistola en la mano, pero finalmente bajó el cañón. No era momento propicio para un duelo. Hasta un hombre como el agente 007 sabía cuando llevaba las de perder.
Miró hacia adelante. Kolya permanecía sentado en el escúter, la espalda erguida, pero el agente que encabezaba la marcha se apeó y, prescindiendo del ruso, se encaminó hacia Bond. La forma de andar le resultaba familiar, al igual que antes sucediera con la cabeza y los hombros.
Un proyector que le daba de lleno en la cara le forzó a bajar la vista y entonces advirtió las botas de los soldados que le rodeaban. El crujido de unos pasos en la nieve se acercaba de forma gradual; era el agente comisionado por Kolya. Una mano guantada le arrebató la pistola. Bizqueando, el superespía levantó la mirada.
La figura se quitó la bufanda, levantó las gafas protectoras, se despojó del gorro de lana y dejó que los rubios cabellos cayeran en desorden sobre los hombros. Con placentera risa y fingiendo un acento alemán, al modo de una actriz, Paula Vacker clavó su mirada en los ojos de Bond.
– Herr James Bond, paga usted la guega ha tegminado -dijo.