14. Un mundo de héroes

Una vez terminada la guerra y después de la muerte del Führer en Berlín… -empezó a relatar Von Glöda.

– De valerosa, nada -puntualizó Bond-. Ingirió veneno y luego se pegó un tiro.

El conde no dio la impresión de haber oído sus palabras.

– Entonces pensé en regresar a Finlandia y, quizás, también, en ocultarme aquí. Los aliados me buscaban y sin duda con ello me habría puesto a salvo, pero comportándome como un cobarde.

Conforme el conde Von Glöda iba hilvanando sus recuerdos -la ocultación en Alemania, el contacto con grupos como Spinne y Kameradenwerk, que organizaban la huida de los nazis-, Bond se dio cuenta de que no se las había con un nazi nostálgico envuelto en el sueño de una gloria que acabó para siempre en el búnker de Berlín.

– Los escritores suelen llamarlo ODESSA -Von Glöda hablaba con tono meditativo-, pero no es más que una noción un tanto romántica, la obra de una organización dispersa que sacaba a la gente del país. Peor el trabajo de verdad lo hicieron abnegados militares de las SS que tuvieron la clarividencia de comprender por dónde podían reventar las costuras.

Como tantos otros, Aarne Tudeer fue dando tumbos de un lado para otro.

– Imagino que sabrá muy bien que Mengele, el ángel exterminador de Auschwitz, permaneció oculto en su población natal durante casi cinco años sin ser descubierto y, con el tiempo, todos logramos salir del país.

Primero, Von Glöda y su itinerante esposa se trasladaron a la Argentina. Después formaron parte de la vanguardia de los que buscaron refugio en un campamento, seguro y bien protegido, en el interior de las selvas paraguayas. Allí estaban todos los más buscados. Pero Aarne Tudeer, como se hacía llamar entonces, no se sentía a gusto entre sus camaradas de partido.

– Todos hacían comedia -manifestó con sarcasmo-. Cuando Perón alcanzó el poder, y también más tarde, salieron al descubierto. Incluso organizaron asambleas y celebraciones, como la elección de Miss Nazi 1959. El sueño del Führer se haría realidad -soltó un bufido mezcla de cólera y de asco-. Pero aquello no era más que cháchara ociosa. Vivían de sus sueños y dejaron que estos rigieran sus vidas. Perdieron la hombría, desecharon el heroísmo de antaño y cegaron sus ojos a la realidad de la ideología que Hitler había edificado para ellos. Porque el Führer tenía razón: aunque el nacionalismo fuera reducido a cenizas, renacería de ellas como el ave fénix. De no ser así, el comunismo se adueñaría de Europa antes de fin de siglo, y a la postre de todo el mundo.

Von Glöda tocó la fibra sensible de los que todavía no habían renunciado a convertir el sueño en realidad. El mejor momento para ello sería la etapa de transición que vivía el mundo, cuando parecía navegar sin rumbo ni dirección precisos, cuando todos anhelaban tener un jefe que los acaudillara y les mostrase el camino.

– Sin duda era el momento adecuado. El régimen comunista -alegó el conde- no podía menos de titubear antes de embarcarse en el empeño de dominar a toda la humanidad.

– Pues lo cierto es que las cosas no han sucedido como dicen ustedes -Bond sabía que su única esperanza radicaba en establecer un nexo de algún tipo con aquel energúmeno, como el rehén que trata de ganarse a los que le mantienen prisionero.

– ¿No? -el conde se permitió incluso lanzar una carcajada-. No, las cosas se nos han puesto mucho mejor de lo que podíamos siquiera imaginar. Observe lo que sucede en el mundo. Los soviéticos se han infiltrado en los sindicatos y los gobiernos de Europa y América, y son muchos los que ven el régimen comunista con buenos ojos. Supongo que convendrá conmigo en que el bloque formado por los países del Este se está desmoronando.

»El año pasado nos dimos a conocer al mundo entero con unos cuantos golpes minuciosamente planeados, empezando por el incidente de Trípoli. Este año las cosas van a ser distintas. Estamos mejor armados y equipados y contamos con más partidarios. Colocaremos a nuestra gente en puestos de gobierno y el año que viene el partido saldrá a la luz. Pasados dos años volveremos a ser una fuerza política de primer orden. Reinvicaremos el nombre de Hitler, reinstauraremos el orden y barreremos el comunismo, el enemigo común, del mapa de la historia. La gente está pidiendo a voces orden y disciplina, un nuevo orden; un mundo de héroes, no de campesinos y víctimas de un régimen.

– ¿Sin muertes? -preguntó Bond.

– Ya me entiende, Bond. Es preciso que desaparezca toda la escoria. Pero cuando hayamos acabado con ella, habrá una raza superior, no ya una raza aria, sino europea.

El caso era que el hombre había logrado convencer a algunos de los nazis de la vieja guardia refugiados en Paraguay de que el sueño era posible.

– Hace seis años -manirestó con orgullo- me asignaron una gran suma de dinero, la mayor parte de lo que había sido depositado en los bancos suizos. A finales de los años sesenta adopté, o mejor, recuperé otro nombre. Existen vínculos de sangre entre mis antepasados y la estirpe de los Glöda, hoy extinta. Visité varias veces el viejo continente y hace cuatro años empecé a trabajar en serio. Recorrí todo el orbe, Bond; organicé, conspiré, separé el trigo de la paja.

»Tenía pensado iniciar los 1lamados actos terroristas el año pasado -Von Glöda parecía a la sazón enseñar el juego-. Como de costumbre, el problema consistía en adquirir armas. Disponía de hombres; soldados hay muchos y también suficientes instructores con experiencia. Pero el armamento es ya otro cantar. No podía hacerme pasar por un miembro de la OLP, el IRA o las Brigadas Rojas.

Por estas fechas Tudeer había regresado a Finlandia. La organización empezaba a cobrar forma. El único problema que tenía era encontrar un lugar secreto para instalar el cuartel general y procurarse armas. Entonces se le ocurrió una idea…

– Visité esta zona. La conocía bien y la recordaba aún mejor.

Sobre todo se acordaba del búnker que inicialmente construyeron los rusos y que los alemanes remozaron y agrandaron. El conde residió seis meses en Salla y recorrió las rutas de «escamoteo» habituales para entrar y salir de la Unión Soviética. Constató con sorpresa que una gran parte del búnker se encontraba en perfectas condiciones y se dirigió abiertamente a las autoridades soviéticas con el aval de la Cámara de Comercio finlandesa.

– Hubo algunos forcejeos, pero finalmente me concedieron permiso para trabajar en la zona. Les dije que iba a realizar unas prospecciones mineras, pero sin entrar en muchos detalles. Era una buena inversión; a los soviéticos no les costaba ni un céntimo.

Al cabo de seis meses y con la ayuda de especialistas venidos de Sudamérica, Africa y hasta de Gran Bretaña, el búnker estaba totalmente acondicionado. En el ínterin, Von Glöda había entrado en contacto con dos depósitos de pertrechos militares ubicados en las cercanías.

– Uno de ellos fue clausurado el año pasado. De allí saqué el parque móvil, los BTR -se dio con el puño en el pecho-, y fui yo también el que mantuvo conversaciones y cerró el trato con aquellos imbéciles traidores de Liebre Azul. Se vendieron por nada…

– Por nada y un montón de armas; cohetes y demás que todavía no ha utilizado, según creo -Bond recibió una mirada torva a cambio de esta puntualización.

– Pronto -asintió Von Glöda-, dentro de un par de años, echaremos mano de ese armamento y de otro aún más disuasorio.

Se hizo una pausa.

¿Acaso Von Glöda esperaba que le felicitase? Nada tendría de extraño.

– Según los indicios parece que ha dado usted un golpe maestro -dijo Bond.

Quiso dar a sus palabras un aire socarrón, pero Von Glöda se lo tomó en serio.

– Sí, sí, eso creo yo. Ir a los rusos y recibir armas de sus propios mandos, gente sin el menor sentido de su ideología y menos aun de la ideología de nuestro partido… ¡Estúpidos! ¡Cretinos!

De nuevo una pausa.

– Y el mundo procede como ellos, ¿no es así? -insinuó Bond.

– ¿El mundo? Sí, los gobiernos actúan como lo han hecho los rusos y acuden a mí en busca de protección. No sé por qué le cuento todo esto, Bond. Seguramente porque es usted la única persona ante quien puedo presumir de verdad, sí, jactarme de los éxitos obtenidos hasta el momento. Un millar de hombres y mujeres aquí, en este búnker. Cinco mil hombres en el campo de operaciones, distribuidos por todo el orbe. Un ejército que incrementa sus filas de un día para otro; atentados contra las principales sedes oficiales de Europa y Estados Unidos, todo planeado basta los más nimios detalles y, por último, las armas y pertrechos preparados para su envío. Después del próximo acto terrorista vamos a disponer de nuestro propio cuerpo diplomático, y si eso no da resultado, más atentados y vuelta a empezar. Al final contaremos con el ejército más poderoso y el partido más nutrido del hemisferio occidental.

– El mundo idóneo para los héroes, ¿no? -carraspeó-. No, señor, carece usted del número de hombres y de armas suficientes para imponerse a tantos países.

– ¿Que no dispongo de armas suficientes? Lo dudo mucho, señor Bond. Ya en el curso del presente invierno hemos sacado de aquí gran número de armas y material militar: los BTR, los Snowcats, cantidad de ellos…, y lo hemos pasándolos por Finlandia, a través de zonas despobladas. En estos momentos están esperando su expedición a diversos destinos, camuflados como maquinaria agrícola y herramientas para el campo. Los sistemas que utilizo para abastecer de armas a mis soldados son de lo más perfecto.

– Sabíamos que pasaba usted las armas a través de territorio finlandés.

Von Glöda, cosa rara, se echó a reír de buena gana.

– En parte porque yo quería que lo supiesen. Sin embargo, hay otras cosas que no me interesa que se divulguen. Una vez hayamos sacado esta nueva remesa de armamento, me dispongo a trasladar mis cuarteles más cerca de las bases europeas. Tenemos ya dispuestos varios refugios. Este es, como supongo se dará cuenta, uno de los problemas que debo resolver y que le afecta a usted.

Bond arrugó el ceño sin comprender lo que el conde quería dar a entender, pero el autonombrado jefe del nuevo Reich se perdió en el relato de cómo había llegado a una entente con los mandos de Liebre Azul.

Por lo visto, durante algún tiempo tuvo lugar un próspero comercio con los hombres de la base, sin que surgieran impedimentos. Pero un buen día el jefe del puesto -«un hombre de escasa imaginación»- se presentó en el búnker presa del pánico. Al parecer se había llevado a cabo una inspección imprevista y dos coroneles del ejército soviético habían puesto el grito en el cielo y lanzaban acusaciones a diestro y siniestro contra todo el mundo, incluyendo por supuesto al comandante de la base. Von Glöda le aconsejó que no perdiera los nervios y que pidiese a los coroneles una investigación por cuenta de la KGB.

– Yo estaba seguro de que la cosa resultaría. Si hay algo que admire en los soviéticos es su facilidad para cargarle las responsabilidades a otro. El comandante del depósito de armas y sus hombres estaban atrapados; los coroneles se quedaron de una pieza al comprobar el material que había sido sustraído. En una palabra: todo el mundo se hallaba expuesto a un fuego cruzado que podía resultar muy peligroso, y todos deseaban cargarle el muerto a un chivo expiatorio. ¿Y quién más apropiado que la KGB, les indiqué?

El agente 007 tuvo que admitir que el conde Von Glöda había dado pruebas de una gran dosis de sentido común. Un suceso como aquél jamás sería liquidado y resuelto en el seno del Tercer Directorio de las Fuerzas Armadas. La desaparición de una ingente cantidad de material y equipo militar en los rincones de la zona ártica en modo alguno podía seducir al directorio en cuestión.

Aparte sus cualidades o defectos, aquel Führer de nuevo cuño sabía de estrategia y conocía la mentalidad de los rusos. Después de que el Servicio de Información Militar se desentendiera del caso, sería el Departamento Cinco el que se haría cargo de la situación, y no era difícil adivinar lo que se pretendía con ello. Si el Departamento Cinco tomaba cartas en el asunto, una vez resuelta la papeleta no quedaría el menor vestigio ni de las armas que faltaban ni de los personajes implicados en el asunto. Sería un barrido a conciencia. Probablemente se hablaría de una catástrofe acaecida en un arsenal militar, como, por ejemplo, una explosión que había aniquilado a todo bicho viviente, sin dejar rastro alguno.

– Le aconsejé al estúpido comandante del puesto que pusiera sobre aviso al primer agente del KGB que se presentara en el lugar y le dijese que se entrevistara conmigo. Al principio se dejaron ver algunos agentes del servicio de inteligencia militar, pero no permanecían más de dos días en Liebre Azul. Luego llegó Kolya. Tomamos unas copas y se abstuvo de hacer preguntas. Le pregunté qué era lo que más le apetecía con objeto de escalar puestos en el servicio. Formalizamos el trato en ese mismo despacho. Liebre Azul dejaría de existir en el plazo aproximado de una semana. Nadie indagaría. Tampoco habría soborno de por medio. Kolya sólo quería una cosa. Le quería a usted, señor James Bond, a ser posible servido en bandeja. Yo me limité al papel de titiritero y a indicarle de que hilos debía tirar para conseguir apresarle a usted. Luego se convino en que yo me quedaría unas horas en su compañía, transcurridas las cuales se lo entregaría de mil amores al Departamento Cinco, al que su departamento conoce tan bien como SMERSH, para que hiciesen con usted lo que les viniera en gana. Vivo o muerto, por descontado.

– Mientras, usted seguía construyendo el Cuarto Reich -añadió James Bond-. Y luego todos vivirán felices y comerían perdices, ¿no es así?

– Más o menos. Pero ya me he retrasado más de la cuenta. Mi gente le espera para charlar con usted…

– Aunque no tenga derecho a preguntar, tengo curiosidad por saber si fue también usted el que organizó la operación conjunta entre la CIA, la KGB, el Mossad y mi departamento.

Von Glöda asintió con la cabeza.

– Le indiqué a Kolya cómo debía proceder y la forma de sustituir a los agentes respectivos y sus enlaces. Comprenderá que no pedí a los del Mossad que me mandaran a mi descarriada hija.

– Rivke -Bond evocó en su mente aquella noche en el hotel.

– Sí, así se hace llamar en la actualidad, o por lo menos es lo que me han dicho. Si se comporta bien, señor Bond, puede que me deje enternecer y le permita verla antes de partir hacia Moscú.

¡De modo que Rivke estaba viva y en el Palacio de Hielo! Bond se contuvo para no traslucir sus sentimientos. Encogiéndose de hombros, inquirió:

– ¿Decía usted que alguien quería hablar conmigo?

Von Glöda se situó, de pie, detrás de la gran mesa de despacho.

– No me cabe duda de que en Moscú tienen unos deseos enormes de verle, pero también mi servicio de información desea hacerle unas cuantas preguntas sobre ciertos asuntillos.

– ¿De verdad?

– Sí, de verdad, señor Bond. Estamos enterados de que su departamento tiene detenido a uno de los nuestros; un soldado que no cumplió con su deber.

El superagente volvió a encogerse de hombros y puso cara de desconcierto.

– Mis hombres son soldados leales y me consta que anteponen la causa a cualquier otra cosa. Ello explica los éxitos que hemos conseguido hasta el momento. Nada de prisioneros. Todos los miembros de las Tropas de Acción deben prestar juramento de sacrificar la vida antes que incurrir en el deshonor. En el curso de los actos de terrorismo que desencadenamos el año pasado, no cayó prisionero ninguno de los comandos participantes, salvo… -dejó la frase en suspenso-. Vamos, señor Bond, ¿tiene la bondad de hablar?

– No tengo nada que decir -sus palabras sonaron inexpresivas y a la vez categóricas.

– Creo que sí tiene algo que decir. La operación contra tres altos funcionarios británicos en el momento en que salían de la Embajada de la Unión Soviética. Haga memoria, Bond.

La memoria de Bond estaba muy lejos de allí. Recordaba las instrucciones de M y la expresión de gravedad que nubló el semblante de su jefe cuando aludió al interrogatorio de uno de los militantes de las Tropas de Acción, preso en las dependencias subterráneas del edificio de Regent's Park, el que había intentado suicidarse. ¿Qué había dicho M en aquella ocasión? «Se ha mostrado muy impreciso», y no añadió pormenor alguno.

– Estimo -la voz de Von Glöda se apagó hasta casi convertirse en un susurro-, estimo que cualquier información arrancada a ese prisionero debió de serle comunicada a la hora de recibir instrucciones, antes de entrar en contacto con Kolya. Necesito saber, debo saber, qué es lo que les ha contado el traidor a la causa, y, le guste o no, va usted a decírmelo, señor Bond.

Este consiguió arrancar una carcajada de su reseca garganta.

– Lo siento, Von Glöda…

– ¡Führer! -gritó el conde hecho un basilisco-. Hará lo que todo el mundo y va a llamarme Führer.

– ¿A un oficial finlandés que se pasó al bando de los nazis? ¿A un finlandés germanófilo poseído por delirios de grandeza? No puedo llamarle Führer.

Bond se expresó con calma, ajeno a la perorata que le soltó su interlocutor.

– He renunciado a toda nacionalidad. No soy finlandés ni alemán. ¿Acaso Goebbels no proclamó los sentimientos de Hitler? El pueblo alemán no tenía derecho a sobrevivir porque no había sabido cumplir ni estar a la altura de los ideales propugnados por el gran movimiento nazi. Tenía que ser liquidada para dar paso a un nuevo Partido que recogiera la herencia del pasado.

– Pero no fue liquidado.

– Da lo mismo. Mi lealtad es para el partido y para Europa. Para el mundo entero. Nos hallamos en los albores del Cuarto Reich. Incluso esta información parcial que puede usted darme me es necesaria, y va a procurármela.

– No tengo la menor idea de que haya ningún prisionero de las Tropas de Acción, ni sé nada de un interrogatorio.

El hombre que permanecía erguido delante de Bond pareció de repente convulsionado por la rabia. Sus ojos lanzaban llamaradas de cólera.

– Le aseguro que me dirá todo lo que sabe, todo lo que el Servicio de Inteligencia británico conoce acerca de las Tropas de Acción Nacionalsocialista.

– Nada tengo que decirle -repitió el superagente-. No puede forzarme a decir cosas que ignoro. En todo caso, ¿qué salida tiene si quiere seguir adelante con su guerra particular? Entregarme a Kolya; es el acuerdo a que ha llegado para que mantenga la boca cerrada.

– No sea ingenuo, señor Bond. Estoy en situación de sacar el material y los hombres de este lugar en veinticuatro horas. También Kolya es víctima de la ambición. Si logra entrare en el edificio de la plaza Dzerzhinsky con usted cogido del brazo, el hombre al que el SMERSH lleva tanto tiempo deseando echar el guante, le parece que se creará un nombre y adquirirá poder. ¿Piensa que los suyos saben lo que se trae entre manos? Por supuesto que no. Kolya está dotado para el arte escénico, como todos los buenos agentes secretos y los soldados. En lo que concierne al Departamento Cinco del Primer Directorio, Kolya Mosolov se halla destinado en una misión en la zona para descubrir cómo se ha producido el escamoteo de armas en Liebre Azul. Si no tienen noticias de él, pasará un tiempo antes de que se decidan a dejarse ver por aquí. ¿Es que no lo entiende, James Bond? Gracias a usted he ganado tiempo, eso es todo. La oportunidad de concluir el negocio de las armas y la ocasión de salir indemne. Kolya Mosolov es una pieza sacrificable, como lo es usted.

Bond forzó la máquina de su mente y analizó rápidamente los hechos. Era indiscutible que el ejército terrorista neonazi de Von Glöda había llevado a cabo una brillante actuación el año pasado, Además, el propio M había insistido con vehemencia en que las Tropas de Acción eran un motivo de grave preocupación para los gobiernos de los países occidentales. La desazón y las advertencias de su superior siguieron a las observaciones que formuló respecto al prisionero del grupo neonazi a la sazón encarcelado en el edificio que daba sobre Regent's Park. En buena lógica, eso significaba que el individuo en cuestión había dicho lo suficiente como para que el servicio de inteligencia británico estuviese en posesión de una información valiosísima sobre la fuerza real y los escondrijos de Von Glöda. De lo que se trataba, pensó Bond, era de conocer la respuesta, y la respuesta única y verdadera era que su departamento, si no otros, sabía con exactitud dónde estaba ubicado el cuartel general de Von Glöda en aquellos momentos y, seguramente, a través de especialistas en interrogatorios, la situación de otros posibles puestos de mando en el futuro.

– Así que yo soy sacrificable a causa de un prisionero -empezó diciendo Bond-, un hombre sobre el que no se puede afirmar que esté en poder de los míos. Resulta gracioso si uno tiene en cuenta los millones de seres que su antiguo Führer mantuvo en cautiverio, asesinó en las cámaras de gas o despachó en los campos de trabajo o en las fábricas como si de esclavos se tratara. Y ahora resulta que todo depende de un individuo.

– Bravo por la actuación, Bond -respondió el conde sarcásticamente-. ¡Ojalá las cosas se presentaran tan sencillas! Pero éste es un asunto de la mayor transcendencia y debo pedirle que no lo pierda de vista. No puedo permitirme correr riesgos inútiles.

Se interrumpió unos segundos, como si estudiara la mejor forma de exponer la situación a Bond.

– Mire, ninguno de los que están aquí, ni siquiera el personal de mi Estado Mayor, sabe con exactitud dónde se halla emplazado el que va a ser mi próximo puesto de mando. Ni siquiera Kolya, que me debe el haberle preparado el terreno para promocionarse a las altas esferas de su gobierno. Tampoco Paula ni Buchtman…, Tirpitz para usted. Ninguno de ellos, repito, conoce los detalles.

»Sin embargo, hay por desgracia un grupito de gente que, por más que no tengan una idea clara al respecto, conocen este dato. Por supuesto que los hombres y mujeres que esperan mi llegada al nuevo cuartel general están al corriente de todo, pero no son los únicos. Por ejemplo, el comando que llevó a cabo la operación en Kensington Palace Gardens, junto a la Embajada soviética. Partieron de este búnker hacia el puesto de mando a que hacía referencia con objeto de recibir instrucciones, antes de salir para Londres.

»Desde este emplazamiento secreto se dirigieron a la capital británica para cumplir con la misión asignada. Sabemos que murieron todos menos uno. Según el informe que recibí no llegó a suicidarse y los agentes del servicio secreto, al que usted pertenece, le echaron el guante. Se trata de un perfectamente adiestrado, pero incluso los agentes más destacados pueden caer en una trampa. Usted sabe muy bien sacar conclusiones lógicas, señor Bond, y por ello necesito que me diga dos cosas: primero, si este militante les facilitó la ubicación del que va a ser mi próximo cuartel general en muy breve plazo, y en segundo lugar dónde se le guarda prisionero.

– No me consta que haya ningún hombre de las Tropas de Acción que haya sido detenido.

Von Glöda miró a Bond con una expresión vaga, completamente desprovista de emociones.

– Es posible que esté diciendo la verdad. Yo lo dudo, pero entra en lo posible. Lo único que deseo es conocer la verdad. Como le he dicho, personalmente creo que sabe dónde está el prisionero y qué información ha facilitado. Sólo un necio le encomendaría una misión sin proporcionarle toda la información necesaria.

Sin duda, Von Glöda era un individuo de gran perspicacia, se dijo Bond, y tenía una mente sagaz y una capacidad inusitada para calar en el detalle, pero sus últimas palabras indicaban con meridiana claridad su completa ignorancia en materias relacionadas con los servicios de inteligencia. Por razones obvias, Bond también se sintió ofendido por la insinuación de que M fuese un necio.

– ¿De veras piensa usted que iban a darme acceso a todos los datos? -Bond se permitió una sonrisa de indulgencia.

– Estoy convencido.

– En tal caso el necio es usted, señor, no mis jefes.

El conde soltó una corta carcajada de sarcasmo.

– Piense lo que quiera, pero no puedo correr riesgos. Sabré la verdad. Disponemos de recursos para lleva a un hombre hasta el límite de su capacidad. Si realmente no tiene nada que decirnos, no lo dirá y yo me quedaré tranquilo. Pero si usted sabe aunque sólo sea dónde está detenido mi soldado, mandaremos la información a Londres. Le aseguro que, por inaccesible que le parezca el lugar, mi gente de Londres acabará con él en un periquete.

¿Era siquiera concebible que uno de los comandos de Von Glöda pudiera penetrar en el cuartel general de los servicios secretos británicos? Por más dudas que albergara, Bond hubiese preferido no hacer la prueba.

– ¿Y qué pasa si me avengo a lo que pide y le cuento una mentira? ¿Qué sucede si le digo que sí, que tenemos a ese prisionero, aunque le haya dicho que no tengo idea de que exista, y que nos ha dado la información que necesitábamos?

– En tal caso sabría también dónde está emplazado el nuevo puesto de mando, señor Bond. Como verá, no tiene por dónde escabullirse.

«Eso se lo cree usted», pensó Bond. El hombre no podía ver otra cosa que no fuera el blanco o el negro.

– Ah, se me olvidaba decirle una cosa -Von Glöda irguió el cuerpo-. En este lugar somos fervientes partidarios de los interrogatorios a la vieja escuela. Resultan dolorosos, pero muy eficaces. Por mi parte no creo en lo que Kolya denominaría interrogatorios «químicos». De forma que aténgase a las consecuencias, señor Bond. Un sufrimiento fuera de lo corriente, por decirlo con palabras suaves. Pretendo llevarle hasta el límite del dolor, y los médicos me han asegurado que no hay hombre en el mundo capaz de soportar el método que pienso aplicarle.

– Le repito que no sé nada.

– En tal caso no se derrumbará y yo sabré que no me ha mentido. Pero yo pregunto: ¿por qué no evitarse ese mal trago? Hábleme del prisionero, dígame dónde está y qué secretos ha revelado.

Transcurrían los segundos, casi audibles en la mente de Bond. Se abrió la puerta y apareció el hombre al que James Bond había conocido como Brad Tirpitz, seguido de dos guardianes uniformados que esperaban en la antesala. Levantaron el brazo a modo de saludo militar.

– Ya sabes qué información necesito de este hombre, Hans -dijo Von Glöda con voz imperiosa. Utiliza todos tus métodos de persuasión, y sin demora.

Jawohl, mein Führer.

Los brazos se alzaron en sincronía al tiempo que sonaban sendos taconazos. Luego los dos hombres se acercaron a Bond y le cogieron los brazos. Sintió como las esposas se cerraban en sus muñecas, el apretón de unas manos fuertes y los empujones que le propinaron, sin ceremonias, hasta sacarlo de la habitación.

No salieron de la antesala. Tirpitz-Buchtman se acercó a la pared revestida de arpillera y empujó con las manos. Se oyó un chasquido metálico y se abrió una puerta secreta.

Buchtman franqueó la puerta seguido de uno de los soldados, que mantenía agarrado a Bond por la chaqueta, en tanto el segundo guardián aferraba con fuerza las muñecas esposadas del superagente. Uno delante y el otro detrás. Bond no tardó en comprender el motivo. Una vez pasada la abertura de entrada empezaba un estrecho pasadizo por el que sólo podía pasar un hombre.

Después de dar media docena de pasos se hizo evidente que estaban descendiendo. Enseguida, el grupo llegó a una escalera de piedra iluminada por la tenue luz azulada de unas bombillas empotradas en la pared, a intervalos regulares. Una cuerda que pasaba por unas anillas encajadas en el muro hacía las veces de barandilla.

El avance resultaba muy lento porque la escalera llegaba hasta muy abajo. Bond intentó calcular la profundidad, pero enseguida desistió. Los peldaños se hicieron más altos. Llegaron a una pequeña plataforma que daba a una cámara abierta. Allí, Buchtman y los dos guardianes se pusieron gruesos abrigos y guantes. A Bond no le fueron ofrecidos. El superagente, a pesar de que todavía llevaba encima el equipo de invierno, empezó a sentir el flujo de un frío gélido que provenía de las entrañas de la tierra.

Mientras avanzaban, los escalones se fueron haciendo cada vez más resbaladizos. Bond sentía las protuberancias que formaba el hielo en las paredes laterales del pasadizo. Siguieron bajando y bajando hasta que desembocaron en una gruta circular resplandeciente de luz. Los muros eran de roca natural y el suelo diríase que lo formaba una gruesa capa de hielo puro.

Grandes vigas de madera atravesaban la gruta de una parte a otra por el centro radial de la misma. Sujeto en los maderos se veía el aparejo de una polea que la pendía una sólida cadena en cuyo extremo se hallaba fijado lo que parecía un gancho de anclaje.

Uno de los soldados uniformados desenfundó la pistola y se acercó a Bond en actitud vigilante. El otro abrió una especie de arqueta de metal incrustada en el hielo, de la que sacó una pequeña sierra de cadena.

En aquella gruta natural que venía a ser una gélida mazmorra, el aliento de los hombres se condensaba y formaba pequeñas nubecillas. Al ponerse en marcha el motor de la sierra, llegó hasta Bond el olor de la gasolina.

– La tenemos bien guardada -Buchtman hablaba con el mismo acento americano de siempre, el del falso Tirpitz-. Listo -hizo una señal con la cabeza a uno de los guardianes, el de la pistola, y añadió-: Quitadle la ropa.

Mientras empezaban a desvestirle, vio que la sierra mecánica mordía el suelo de la caverna y lanzaba al aire chispas de hielo. Aun con la ropa, el frío intenso hería con dolor su carne. A la vez que le iban quitando sin miramientos la ropa empezó a sentir como si su cuerpo estuviera envuelto en un invisible abrigo de afiladas agujas.

Con una indicación de la cabeza, Buchtman hizo reparar a Bond en el hombre que manipulaba la sierra.

– Te está haciendo una bonita bañera, amigo James -se echó a reír-. Estamos muy por debajo de los cimientos del búnker. Durante el verano el agua sube muy arriba. Esto es un pequeño lago natural. Pues bien, vas a tener oportunidad de verlo muy de cerca.

Mientras decía estas palabras, la sierra mecánica hendió la capa de hielo, que debía tener por lo menos treinta centímetros de espesor. Acto seguido el soldado empezó a cortar un tosco círculo cuyo centro coincidía con el gancho de anclaje sujeto al extremo de la cadena.

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