46. Interludio

—Adelante —dijo el comandante Norton distraídamente, respondiendo a la ligera llamada a la puerta.

—Tengo novedades para ti, Bill. He querido ser la primera en darte la buena noticia, antes de que la tripulación se ponga pesada. Y de todas maneras, está en mis atribuciones.

Norton parecía estar ausente. Yacía con las manos unidas detrás de la cabeza, los ojos entrecerrados, en la semioscuridad de la cabina; no amodorrado en realidad, sino perdido en algún sueño o ensueño privado. Parpadeó un par de veces, y de pronto volvió a la realidad.

—Lo siento, Laura, no comprendo. ¿Qué pasa?

—¡No me digas que se te ha olvidado!

—Deja ya de burlarte, mala mujer. He tenido la mente ocupada en varias cosas últimamente.

La Comandante Médico deslizó una silla cautiva por sus soportes ranurados, y se sentó a su lado.

—Aunque las crisis interplanetarias vienen y se van, las ruedas de la burocracia marciana no se mueven más a prisa. Pero supongo que Rama te ayudó. Menos mal que no tuviste que solicitar autorización también a los mercurianos.

Se hacía la luz.

—¡Oh… Puerto Loweil otorgó el permiso!

—Mejor que eso. Ya está siendo utilizado. —Laura miró el papel en su mano, «Acción inmediata»—leyó—. Probablemente en este mismo momento está siendo concebido tu nuevo hijo. Felicitaciones.

—Gracias. Espero que no le haya importado la espera.

Como todos los —astronautas, Norton había sido esterilizado cuando entró en el servicio. Para un hombre que pasaría años en el espacio, la alteración inducida por la irradiación no era un riesgo, era una certeza. Los espermatozoides que terminaban de traspasar su carga de genes en Marte, a doscientos millones de kilómetros de distancia, habían estado congelados durante treinta años, en espera de¡ momento de su destino.

Norton se preguntó si llegaría a su casa a tiempo para el nacimiento. Se tenía bien ganados el descanso, la distensión, y la vida normal de familia de que podía disfrutar un astronauta. Ahora que su misión esencialmente había concluido, comenzaba a aflojar sus tensiones, a pensar un poco menos en sus obligaciones profesionales y un poco más en su futuro y el de sus dos familias. Sí, sería bueno pasar un tiempo en el hogar, y resarcirse M tiempo perdido…. en muchas formas.

—Esta visita —protestó Laura con la voz un tanto débil— era puramente profesional…

—Después de todos estos años —replicó Norton—, los dos nos conocemos demasiado como para que tengas que hablar así. Y de todas maneras, ya has cumplido tu horario de trabajo.

Esta situación, lo sabia, se estaba repitiendo a todo lo largo y lo ancho de la nave. Aun cuando les faltaban semanas todavía para regresar al hogar, la orgía orbital propia del final de misión estaría en su mejor momento.

—¿En qué piensas ahora? —preguntó Laura, mucho más tarde—. Espero que no te estés poniendo sentimental.

—No acerca de nosotros dos. Acerca de Rama. Estoy empezando a echarlo de menos.

—Muchas gracias por el cumplido.

Norton la estrechó con más fuerza. Una de las ventajas de la falta de peso, pensaba a menudo, era que se podía tener apretado a alguien contra uno la noche entera sin problemas para la circulación. Había quienes sostenían que el amor a un «g» resultaba tan pesado que ya no podían disfrutarlo.

—Es un hecho reconocido, Laura, que los hombres, a diferencia de las mujeres, tienen la mente con doble tracción. Pero, en serio (bueno…, más en serio) experimento una sensación de pérdida.

—Lo comprendo.

—No seas tan cínica; ésa no es la única razón. ¡Oh, bien, no tiene importancia! —Lo pasaba por alto. No le resultaba fácil, ni siquiera explicárselo a sí mismo.

Había triunfado en su misión más allá de cualquier razonable expectativa. Lo que sus hombres descubrieron en Rama mantendría ocupados a los científicos durante décadas. Y, sobre todo, cumplió su misión sin tener que lamentar una sola baja.

Pero también había fracasado. Se podría seguir especulando interminablemente, pero la naturaleza y propósito de los ramanes seguían y seguirían siendo desconocidos. Habían utilizado el sistema solar como sistema de reabastecimiento, como estación impulsora —llámelo como quiera— y luego lo despreciaron olímpicamente dejándolo atrás para seguir su camino hacia más importantes negocios. Probablemente nunca se enterarían siquiera de que la especie humana existía. Tal monumental indiferencia era peor que cualquier insulto deliberado.

Cuando Norton habla divisado a Rama por última vez, una pequeña estrella viajando velozmente más allá de Venus, supo que una parte de su vida terminaba para siempre. Tenía justo cincuenta y cinco años, pero sentía como si hubiese dejado su juventud allá abajo, en la curvada Planicie Central, entre misterios y maravillas que ahora se alejaban inexorablemente, fuera del alcance del hombre. Por más honores y sorpresas que el futuro le brindara, durante el resto de su existencia le perseguirían una sensación de anticlímax y el conocimiento de las oportunidades perdidas.

Así se dijo; pero, aun entonces, debió haberlo pensado mejor.

Y allá, en la lejana Tierra, el doctor Carlisle Perera no le habla confiado todavía a nadie que despertó de un sueño agitado con un mensaje de su subconsciente resonando en su cerebro:

Los ramanes lo hacen todo por triplicado.

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