9. Exploración

—Hemos lanzado ya cinco bengalas de larga duración por el eje del cilindro, de modo que disponemos de una buena cobertura de fotos de toda su extensión. Con todas las principales características hemos trazado un mapa. Aunque son pocas las que hemos podido identificar, les hemos dado nombres provisionales.

»La cavidad interior es de quince kilómetros de largo y dieciséis de ancho. Los dos extremos tienen forma de cuenco, con geometrías bastante complicadas. Hemos llamado al nuestro, Hemisferio Norte, y estamos estableciendo nuestra primer base aquí, en el eje.

—Partiendo radialmente del cubo central, con una separación de 120 grados hay tres escaleras de casi un kilómetro de largo. Todas terminan en una terraza o meseta circular, que rodea el cuenco. De allí parten otras tres enormes rampas, en la misma dirección, que descienden hasta la planicie. Si imaginan un paraguas con sólo tres varillas colocadas a espacios regulares, tendrán una idea de la forma de este extremo de Rama.

»Cada una de esas varillas es una escalera, muy empinada cerca del eje y aplanándose al aproximarse al llano. Las escaleras —las hemos denominado Alfa, Beta y Gamma— se interrumpen en cinco terrazas circulares más. Estimamos que deben tener entre veinte y treinta mil peldaños. Presumiblemente sólo se utilizaban en casos de emergencia, puesto que es inconcebible que los Ramanes —o como quiera que los llamemos en adelante no contaran con otro medio para llegar al eje de su mundo.

»El Hemisferio Sur muestra un aspecto totalmente distinto. Para empezar, no tiene escaleras y ningún llano cubo central. En cambio, hay un inmenso mástil de kilómetros de largo a lo largo del eje, con seis más cortos alrededor. El conjunto es muy extraño, y no podemos imaginar qué significa.

—A la sección cilíndrica de cincuenta kilómetros entre los dos cuencos la hemos bautizado ‘Planicie Central’. Perecería una locura utilizar el término ‘planicie’ para describir algo tan obviamente curvo, pero creemos que esta justificado. Lo curvo aparecerá plano ante nuestros ojos cuando descendamos allí, tal como el interior de una botella debe aparecer plana a una hormiga que camine alrededor de ella en su interior.

»El rasgo más notable de la Planicie Central es la faja oscura de diez kilómetros de ancho que la circunda en la mitad. Parece hielo, de modo que le hemos dado el nombre de Mar Cilíndrico. Y en el centro justo hay una especie de isla de forma ovalada, de unos diez kilómetros de largo y tres de ancho, cubierta de altas estructuras. Porque nos recordaba a la antigua Manhattan, la hemos llamado Nueva York. Sin embargo, no creo que se trate de una ciudad; más parece una inmensa fábrica o una planta de procesos químicos.

»Pero hay algunas ciudades —o, en todo caso, pueblos, centros—;por lo menos seis. Si fueron construidas para seres humanos, cada una podría contener cincuenta mil personas. Las bautizamos Roma, Pekín, Moscú, París, Londres y Tokio. Están unidas por caminos y algo que parece un sistema ferroviario.

»Debe haber material suficiente para siglos de investigación en este helado casco de un mundo. Tenemos cuatro mil kilómetros cuadrados para explorar, y sólo unas pocas semanas de tiempo. Me pregunto si alguna vez se desvelarán los dos enigmas que me obsesionan desde que entramos en Rama: ¿quiénes fueron ellos, y qué anduvo mal?»

La grabación había terminado. En la Tierra y en la Luna los miembros del Comité Rama se relajaron, y luego comenzaron a examinar los mapas y fotos extendidas delante de su vista. Aunque los habían estudiado durante varias horas, la voz del comandante Norton les agregaba una dimensión que ninguna fotografia o dibujo podía comunicar. El habla estado realmente allá; había visto con sus propios ojos ese extraordinario mundo durante los breves momentos en que la luz de las bengalas iluminó su noche larga como la eternidad. Y él era el hombre que iba a conducir toda expedición para explorarlo.

—Doctor Perera, ¿desea usted hacer algún comentario?

El embajador Bose se preguntó por unos instantes si tal vez no debió ofrecer primero la palabra al profesor Davidson, por ser éste el decano de los científicos presentes y el único astrónomo. Pero el viejo cosmólogo parecía encontrarse todavía bajo los efectos de un débil estado de shock, y evidentemente fuera de su elemento.

Durante toda su carrera profesional pensó siempre en el Universo como en un campo de acción para las titánicas fuerzas impersonales de la gravitación, el magnetismo, la radiación. Nunca creyó que la «vida» desempeñara un papel importante en el esquema de las cosas, y consideraba su aparición en la Tierra, Marte y Júpiter como una aberración accidental.

Pero ahora había pruebas fehacientes de que la vida no sólo existía fuera del sistema solar, sino que además había escalado alturas que superaban todo lo alcanzado por el hombre hasta entonces y lo que tenía esperanzas de alcanzar en siglos por venir. Más aún, el descubrimiento de Rama suponía un desafio para un dogma predicado por Davidson durante años. Cuando se le presionaba suficientemente, admitía de mala gana la posibilidad de que hubiera vida en otros sistemas estelares; pero siempre mantuvo el absurdo de imaginar que esos supuestos seres pudieran alguna vez salvar los abismos interestelares.

Tal vez los habitantes de Rama habían fracasado efectivamente en el intento, si el comandante Norton no se equivocaba al creer que su mundo era ahora una tumba. Pero al menos intentaron la hazaña en una escala tal que indicaba una enorme confianza en el resultado final. Si esto había sucedido una vez, seguramente debió de suceder muchas otras en esta galaxia de cien billones de soles. Y alguien, en alguna parte, triunfaría finalmente.

Esta era la tesis que (sin pruebas pero con una fuerza considerable de argumentos) el doctor Carlisle Perera había estado exponiendo durante años. Era ahora un hombre feliz, aunque también el hombre más frustrado. Rama habla confirmado espectacularmente todos sus planteos, pero jamás podría poner el pie en su interior o siquiera verlo con sus propios ojos. Si se le hubiese aparecido de pronto el demonio, ofreciéndole el don de la teletransportación instantánea, habría firmado el contrato sin molestarse en leer lo escrito en letra pequeña.

—Sí, señor embajador, creo que dispongo de alguna información de interés. Lo que tenemos aquí es indudablemente un «arca del espacio». Es una antigua idea en la literatura astronáutica. He podido determinar su origen en el fisico inglés J. D. Berríal, que propuso este método de colonización interestelar en un libro publicado en mil novecientos veintinueve; sí, ¡hace doscientos años! Y el gran pionero ruso Tsiolkovsky adelantó algunas propuestas similares incluso con anterioridad.

»Si se desea viajar de un sistema estelar a otro, se dispone de un determinado número de opciones. Suponiendo que la velocidad de la luz sea un límite absoluto, y esto no ha sido «todavía. completamente establecido a pesar de lo que hayamos oído en sentido contrario —(se oyó un bufido de indignación pero ninguna protesta formal por parte de Davidson)—, se puede realizar un viaje rápido en una nave pequeña, o un viaje lento en una nave gigante.

»Parece no haber razón técnica alguna que impida a un vehículo espacial alcanzar el noventa por ciento, o más, de la velocidad de la luz. Eso significaría una duración de viaje de cinco a diez años entre estrellas vecinas; algo tedioso, tal vez, pero no impracticable, sobre todo para seres cuyo lapso de vida puede calcularse en siglos. Uno puede imaginar viajes de esta duración realizados por naves no más grandes que las nuestras.

»Pero quizá tales velocidades son imposibles con cargas razonables. Recuerden, hay que llevar el combustible para ir reduciendo la velocidad al final del viaje, aun cuando sólo sea un viaje de ¡da. De modo que puede ser más sensato tomarse todo el tiempo necesario, digamos de diez mil a cien mil años.

»Berna¡ y otros pensaron que esto podría hacerse con esos pequeños mundos movibles de unos cuantos kilómetros de largo, llevando varios miles de pasajeros en viajes que se prolongarían por generaciones y generaciones. Naturalmente, el sistema tendría que ser rápidamente cerrado, con la renovación cíclica de todo alimento, aire y otros consumos. Pero, claro está, así es como opera la Tierra, en una escala más amplia.

»Algunos escritores sugirieron que esas arcas del espacio debían ser construidas en forma de esferas concéntricas; otros proponían cilindros huecos y giratorios, de modo que la fuerza centrífuga proveyera de gravedad artificial, exactamente lo que hemos encontrado en Rama.

Davidson no podía tolerar esta forma descuidada de expresarse.

—No existe esa llamada «fuerza. centrífuga. Es un fantasma de la ingeniería. Sólo existe la inercia.

—Tiene usted razón, desde luego —admitió Perera—, aunque resultaría difícil convencer a un hombre que acabara de ser despedido en un tiovivo. Pero el rigor matemático parece innecesario en estas circunstancias…

—Oiga, oiga —intervino Bose con cierta exasperación—. Todos sabemos a qué se refiere, o creemos saberlo. Por favor, no destruya nuestras ilusiones.

—Bueno, mi propósito era tan sólo señalar que no hay nada conceptualmente nuevo respecto a Rama, aunque su tamaño resulte sorprendente. Los hombres han imaginado cosas semejantes desde hace doscientos años.

»Ahora quisiera referirme a otra cuestión. ¿Durante cuánto tiempo, exactamente, ha estado Rama viajando a través del espacio? Tenemos una determinación muy precisa de su órbita y velocidad. Suponiendo que no haya ningún cambio referido a la navegación, estamos en condiciones de determinar su posición con una anterioridad de millones de años. Pensamos que provenía de una estrella cercana. Pero ése no es el caso en absoluto.

»Hace más de doscientos mil años que Rama pasó cerca de una estrella. Y ésa en particular resulta ser una variable irregular, el sol más inapropiado que se puede imaginar para un sistema solar habitado. Tiene una variación de brillo de cincuenta a uno; sus planetas serían alternativamente calcinados y congelados cada pocos años.

—Una sugestión —interrumpió la doctora Price—. Tal vez eso lo explique todo. Tal vez ése fue alguna vez un sol normal y se volvió inestable. Y por eso los habitantes de Rama tuvieron que salir en busca de uno nuevo.

Perera admiraba a la anciana arqueóloga, de manera que no se ensañó con ella. ¿Pero qué diría se preguntó, si él comenzara a señalar lo que resultaba evidente en su propia especialidad?

—Lo hemos considerado —replicó con gentileza—. Pero si nuestras teorías actuales sobre la evolución estelar son correctas, esta estrella «nunca. pudo ser estable, —nunca» pudo tener planetas capaces de producir vida. Así pues, Rama ha estado viajando a través del espacio durante lo menos doscientos mil años, y acaso durante más de un millón.

»Ahora está frío y oscuro, y aparentemente muerto, y creo saber por qué. Sus habitantes pueden no haber tenido opción —quizá escapaban realmente de algún desastre— pero calcularon mal.

»Ninguna ecología cerrada puede ser completamente eficiente. Siempre hay residuos, pérdidas, alguna degradación del ambiente y la aparición de agentes contaminadores. Puede tardarse billones de años envenenar un planeta y acabar con él, pero terminará ocurriendo. Los océanos se secarán; la atmósfera se desvanecerá.

»Para nuestra concepción de las medidas, Rama es enorme.*Y sin embargo sigue siendo un planeta muy diminuto. Mis cálculos, basados en la filtración a través de su corteza y algunas suposiciones razonables respecto al índice del desarrollo biológico indican que su ecología sólo pudo sobrevivir durante, aproximadamente, mil años. A lo sumo le concedería diez mil.

»Eso seria tiempo suficiente, a la velocidad que viaja Rama, para un tránsito entre los soles amontonados en el corazón de la galaxia. Pero no para aquí, entre la población dispersa de los brazos en espiral. Rama es un barco que agotó sus provisiones antes de alcanzar su destino. Es como un barco abandonado, flotando sin rumbo entre las estrellas.

»Sólo hay una objeción seria a esta teoría, y la expondré antes de que otro lo haga. La órbita de Rama apunta con tanta precisión al sistema solar, que la coincidencia parece descartada. En realidad, yo diría que se está aproximando demasiado al Sol. El Endeavour tendrá que separarse de Rama mucho antes del perihelio para eludir el peligro del recalentamiento.

»No pretendo comprender esto. Tal vez hay alguna forma de guía automática terminal que continúa operando y conduciendo a Rama hacia la estrella apropiada más próxima, siglos después que sus constructores murieron.

—Y Rama está muerto. Comprometeré mi reputación en ese aserto. Todas las muestras obtenidas de su interior son absolutamente estériles. No hemos encontrado un solo microorganismo. En cuanto a la voz que se ha corrido, y que menciona la posibilidad de que haya vida suspendida, les aconsejo que la ignoren por completo. Hay razones fundamentales para que las técnicas de hibernación sólo produzcan efecto durante unos pocos siglos, y debemos recordar que en este caso nos enfrentamos con espacios de tiempo infinitamente más largos.

»Así pues, los del grupo Pandora y sus simpatizantes no tienen ningún motivo para preocuparse. Por mi parte, lo siento. Habría sido maravilloso el encuentro con otras especies inteligentes.

»Pero al menos hemos hallado respuesta a un viejísimo interrogante. No estamos solos en el Universo. Las estrellas no volverán a ser ya las mismas para nosotros.

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