58

Tres noches seguidas se olvidaban de cerrar las maderas de la habitación en que yacía Shelgá. Este lo advertía cada vez a la hermana carmelita y se cuidaba de que echaran como era debido la falleba que unía las maderas.

En aquellas tres semanas, Shelgá había mejorado tanto que podía ya levantarse y sentarse a la ventana, cerca de las frondosas ramas del platanero, de los mirlos negros y de los arcos iris encendidos en el polvo de agua que caía sobre el césped.

Desde allí se veía todo el jardín del hospital, cercado por una elevada tapia. En el siglo XVIII pertenecía aquel lugar a un monasterio destruido por la revolución. Los monjes no son amigos de miradas curiosas. La tapia era alta, con el caballete erizado de brillantes cascos de vidrio.

Para saltar la tapia, había que apoyar en ella una escalera desde la otra parte. Las callejas adyacentes al hospital eran quietas y desiertas, pero los faroles lucían en ellas tan vivamente, y en el silencio se oían con tanta frecuencia tras la tapia las pisadas de los policías, que aquello quedaba descartado.

Naturalmente, de no ser por los cascos de vidrio del caballete, un hombre ágil saltaría la tapia sin escalera. Cada mañana, disimulando tras el store, Shelgá examinaba la tapia, hasta la última piedrecilla. El peligro sólo podía venir por allí. Era poco probable que una persona enviada por Rolling se atreviera a entrar por la puerta. Pero Shelgá no dudaba de que los asesinos harían su aparición de un modo o de otro.

Shelgá esperaba que lo viese el médico para darse de alta. En el hospital todos lo sabían. El médico lo visitaba cinco días a la semana. Esta vez se había puesto enfermo, y Shelgá le dijeron que, sin que lo reconociese el médico jefe, no podrían darlo de alta. Ni siquiera intentó protestar. Había hecho llegar a la embajada soviética que le enviasen la comida de allí. La sopa del hospital la vertía a la pila del lavabo, y el pan lo echaba a los mirlos.

Shelgá sabía que Rolling necesitaba desembarazarse del único testigo. Sus nervios estaban tan excitados que apenas si pegaba ojo. La hermana carmelita le traía los periódicos, y él se pasaba el día, tijera en mano, estudiando los recortes. A Jlínov le había prohibido que fuera a verlo al hospital. (Wolf estaba en Alemania, en el valle del Rhin, reuniendo datos de la lucha de Rolling contra la compañía alemana de producción de anilina.)

Por la mañana, al acercarse como de costumbre a la ventana, Shelgá lanzó una mirada al jardín e inmediatamente se ocultó tras el store. Aquello incluso lo había alegrado. ¡Por fin! En la parte norte del jardín veíase apoyada en la pared, medio oculta por un tilo, la escalera del jardinero. El extremo sobresalía cosa de media vara por encima de los cascos de vidrio del caballete.

Shelgá exclamó:

—¡Son listos, los canallas!

Lo único que se podía hacer, era esperar. Lo había pensado todo muy bien. La mano derecha, aunque ya sin vendas, la tenía muy débil. La izquierda —con tablillas y escayolada— la monja se la había vendado muy fuertemente contra el pecho. El brazo con la escayola pesaba, por lo menos, unas quince libras. Aquella era su única arma de defensa.

Por cuarta vez, la monja de nuevo se olvidó de cerrar las maderas. Pero esta vez Shelgá no protestó y, desde las nueve, se fingió dormido. Oyó cómo cerraban los postigos en los dos pisos. Su ventana de nuevo quedó abierta de par en par. Cuando se apagó la luz, saltó de la cama y, con su débil mano derecha y con los dientes, se puso a soltar la venda que paralizaba su brazo izquierdo.

Shelgá hacía un alto de vez en cuando y, conteniendo la respiración, aguzaba el oído. Por fin, el brazo pendió libre. Podía enderezarlo hasta la mitad. Examinó el jardín, iluminado por un farol de la calle, y vio que la escalera seguía tras el tilo. Arrolló la manta y la metió bajo las sábanas; en la penumbra parecía que en la cama dormía un hombre.

Afuera todo estaba en silencio; únicamente se oía el gotear del agua. Un arrebol liláceo temblequeaba en las nubes sobre París. El ruido de los bulevares no llegaba al hospital. La negra sombra del platanero pendía inmóvil.

En las cercanías se oyó el motor de un automóvil. Shelgá quedó alerta y le pareció oír cómo le latía el corazón al mirlo dormido en una rama del platanero. Pasó un buen rato. Del jardín llegó un leve ruido, como si alguien restregara una madera contra el muro.

Shelgá se retiró hacia la pared, escondiéndose tras el store. Bajó el brazo escayolado. “¿Quién será? ¿Quién será? —pensó—. ¿Quizás Rolling en persona?”

Susurraron las hojas y el mirlo se alarmó. Shelgá miraba el entarimado, sobre el que caía la débil luz que penetraba por la ventana; en él debía aparecer la sombra del hombre.

“No disparará —se dijo Shelgá—, hay que esperar alguna porquería al estilo del fosgeno…” En el entarimado empezó a alzarse la sombra de una cabeza con el sombrero profundamente calado. Shelgá levantó el brazo, para que el golpe fuera más rotundo. La sombra creció hasta los hombros y levantó, abiertos, los dedos…

—Shelgá, camarada Shelgá —musitó en ruso la sombra—, soy yo, no tema…

Shelgá esperaba todo, menos aquellas palabras, menos aquella voz. No pudo evitar un grito. Con ello delató su presencia, y el hombre aquel se metió de un salto en la habitación y, para protegerse de un posible golpe, alzó ambas manos. Era Garin.

—Como me suponía, esperaba usted que lo atacasen —dijo precipitadamente el ingeniero—. Esta noche debían matarlo. A mí eso no me conviene. No puede imaginarse lo que arriesgo, pero debo salvarlo. Vamos, ahí tengo mi automóvil.

Shelgá se apartó de la pared.

Garin sonrió alegre, al ver el brazo escayolado presto a golpear.

—Oiga Shelgá, le juro que no tengo la culpa. ¿Recuerda nuestro convenio de Leningrado? Yo juego con toda honradez. La desagradable broma de Fontainebleau se la debe usted exclusivamente a ese canalla de Rolling. Puede creerme. Vamos, cada segundo es precioso…

Shelgá dijo:

—Está bien, usted se me lleva de aquí, pero ¿y después?

—Lo esconderé… Por poco tiempo, no tema. Hasta que Rolling me dé la mitad… ¿Lee usted los periódicos? Rolling tiene más suerte que un ahorcado, pero no puede jugar sin trampas. ¿Cuánto quiere usted, Shelgá? Diga la primera cifra que se le ocurra. ¿Diez, veinte, cincuenta millones? Le extenderé un recibo…

Garin hablaba en voz baja, precipitadamente, lo mismo que si estuviera delirando, y todos los músculos de su rostro temblaban.

—No sea tonto, Shelgá, ¿es usted un hombre de principios…? Le propongo que actuemos juntos contra Rolling… ¡Ea…, vamos!

Shelgá se negó, moviendo obstinado la cabeza.

—No quiero; no iré con usted.

—De todos modos, lo matarán.

—Ya veremos.

—Las enfermeras, los guardianes, la administración, todos se han vendido a Rolling. A usted lo estrangularán. Lo sé de buena tinta… No pasará de esta noche… ¿Ha advertido usted a la embajada? Bueno, ¿y qué…? El embajador pedirá explicaciones, y el gobierno francés, en el mejor de los casos, presentará sus excusas… Eso no hace que las cosas mejoren para usted. Rolling necesita suprimir al único testigo… No consentirá que transponga usted el umbral de la embajada soviética…

—Le he dicho que no voy con usted… No quiero…

Garin, tomando aliento, miró hacia la ventana.

—Está bien. En tal caso, me lo llevaré en contra de su voluntad.

Al decir estas palabras, el ingeniero dio un paso atrás y hundió la mano en el bolsillo del abrigo.

—¿En contra de mi voluntad? ¿Y cómo se las va a arreglar?

—Pues así…

Garin sacó rápido del bolsillo una careta antigás con un corto cilindro y se la aplicó precipitadamente a la boca; a Shelgá no le dio tiempo de gritar: un chorro de aceitoso líquido golpeó su rostro… Lo último que vio fue la mano de Garin, apretando una pera de goma… Un aromático y dulzón estupefaciente adormeció a Shelgá.

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