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La torre para el dirigible estaba ya terminada. De la Isla de Oro comunicaron que la nave aérea había salido a pesar del peligro que anunciaba el barómetro.

Durante todos aquellos días, Arturo Levi se esforzaba por lograr que Mántsev se franqueara y le hablase de sus maravillosos descubrimientos. Se sentaba en el camastro, lejos de los obreros, sacaba una cantimplora con alcohol y echaba una buena dosis al vaso de té de Mántsev.

Los obreros yacían en el suelo, sobre ramas de abeto. De vez en cuando se levantaban, ya uno, ya otro, para echar al hogar unas raíces de cedro. El fuego iluminaba las ahumadas paredes y los rostros cansados y barbudos de los hombres. Sobre la isla soplaba furioso el viento.

Arturo Levi procuraba hablar quedo, con voz cariñosa y sedativa. Pero, a juzgar por todo, Mántsev había perdido por completo el juicio…

—Escuche. Arturo Artúrovich, o como quiera que se llame… No pretenda engañarme. Mis papeles, mis fórmulas, mis proyectos de perforación de las capas profundas y mis diarios los guardo en una caja de hojalata, soldada, y están ocultos en lugar seguro… Yo me marcharé en el dirigible y todo eso se quedará aquí, no irá a parar a manos ajenas, ni siquiera a las de Garin. No lo entregaré aunque me arranquen la piel a tiras…

—Tranquilícese, Nikolái Jristofórovich, somos gente honrada.

—No me crea tan imbécil. Garin necesita mis fórmulas… Y yo necesito mi vida… Quiero tomar todos los días un baño de agua perfumada, fumar tabaco caro, beber buenos vinos… Me pondré una dentadura postiza y comeré trufas… ¡Yo también quiero gloria! ¡Me la he merecido…! ¡Así se los lleve el diablo a todos ustedes, comprendido Garin…!

—Nikolái Jristofórovich, en la Isla de Oro vivirá usted como un rey…

—A otro perro con ese hueso. Conozco bien a Garin… Me odia porque es criatura de mi cerebro… Sin mí hubiera sido, simplemente, un pobre ratero… Usted se llevará en el dirigible mi cerebro vivo, pero no los cuadernos con mis fórmulas.

Iván Gúsiev, aguzando el oído, captaba alguna que otra frase. La noche en que terminaron de levantar el mástil para el dirigible, subió al camastro de Mántsev, que yacía con los ojos abiertos, y le deslizó al oído:

—Nikolái Jristofórovich, mándelos a paseo. Vámonos a Leningrado… Tarashkin y yo lo cuidaremos como a un niño de pecho… Haremos que le pongan la dentadura… Le buscaremos una buena habitación, ¡Qué necesidad tiene usted de liarse con los burgueses…!

—No, Iván, yo soy un hombre perdido, mis deseos son demasiado irreductibles —respondió Mántsev, los ojos puestos en el techo, donde, entre las vigas, pendían jirones de ahumado musgo—. Durante siete años, mi fantasía ha volado desbocada, bajo este techo… No quiero esperar ni un día más…

Iván Gúsiev había comprendido hacía ya tiempo qué “expedición francesa” era aquélla. El chico escuchaba y observaba atento, sacando sus conclusiones.

Seguía por todas partes a Mántsev, como si fuera su sombra, y aquella última noche la pasó toda en vela: cuando empezaban a pegársele los párpados, se hacía cosquillas en la nariz con una pluma de ave o se pellizcaba dolorosamente.

Al amanecer, Arturo Levi, que parecía muy enojado, se puso la zamarra y la bufanda y se dirigió a una cueva abierta al lado, donde funcionaba la emisora. Iván no quitaba ojo a Mántsev. Apenas Arturo Levi hubo salido. Mántsev miró en torno, para convencerse de que todos dormían, se acercó a un oscuro rincón de la isla y levantó la cabeza. Al parecer, veía mal, pues se acercó al hogar para echar al fuego una brazada de raíces. Cuando la llama se avivó. Mántsev se acercó de nuevo al rincón.

Iván adivinó qué miraba: en el rincón, donde se cruzaban los rollos de las paredes, veíase una negra grieta sobre los troncos de la techumbre: alguien había arrancado allí el musgo. Aquello era lo que tenía inquieto a Mántsev… Poniéndose de puntillas, arrancó del bajo techo unos puñados de negro musgo y, respirando con dificultad, tapó con ellos la grieta.

Iván tiró la pluma con la que se hacía cosquillas en la nariz, se volvió de costado, se tapó la cabeza con la manta y quedó inmediatamente dormido.


La nevasca no amainaba. Hacía ya más de un día que el enorme dirigible flotaba sobre el claro, la proa sujeta a la torre que se doblaba con siniestro crujido. El alargado cuerpo de la nave aérea se cabeceaba, y desde abajo daba la impresión de que pendía en el aire el fondo de una barcaza de hierro. La tripulación se las veía para limpiar de nieve el casco del dirigible.

El capitán, inclinándose desde la barquilla, gritó a Arturo Levi, que se encontraba abajo:

—¡Aló! ¡Arturo Artúrovich, qué diablos, hacemos aquí! Hay que salir… La gente no puede más.

Levi respondió entre dientes:

—He vuelto a comunicar con la isla. Tengo orden de llevarme al chico cueste lo que cueste.

—El mástil no resistirá…

Levi se encogió de hombros. Naturalmente, no era el chico lo que importaba. Iván había desaparecido aquella noche sin que nadie lo apercibiera. Amarraron el dirigible, que había aparecido al amanecer y estuvo largo rato describiendo círculos sobre el claro, entre nubes cargadas de nieve. Descargaron víveres. (Los obreros de la expedición de Arturo Levi habían declarado que si no recibían víveres en abundancia y premios en metálico harían reventar el dirigible con un paquete de piroxilina.) Al enterarse de que el chico se había evaporado. Arturo Levi se encogió de hombros, diciendo:

—No importa.

Pero la cosa resultó mucho más seria de lo que se creyó al principio.

Mántsev subió el primero a la barquilla de la nave aérea. Al poco, intranquilo, bajó a tierra por la escalera de aluminio y, renqueando, se dirigió a la isba. No tardó en llegar de allí un desesperado alarido. Mántsev salió corriendo como un loco, de entre las nubes de nieve. y gritó esgrimiendo sus puños:

—¿Dónde está mi caja de hojalata? ¿Quién la cogido mis papeles…? ¡Me los has robado tú, canalla!

El viejo agarró a Levi del cuello de la zamarra y lo sacudió con tal fuerza que le derribó el gorro.

Estaba claro que las preciosas fórmulas, todo lo que había venido a recoger el dirigible, se lo había llevado aquel maldito chiquillo. Mántsev vociferaba, perdido el juicio:

—¡Mis papeles! ¡Mis fórmulas! ¡El cerebro humano no puede volver a crear todo eso…! ¿Qué voy a decirle a Garin? ¡Lo he olvidado todo…!

Levi quiso enviar inmediatamente un grupo de hombres en persecución del chico. La gente empezó a gruñir. Sin embargo, algunos accedieron. Mántsev los condujo en dirección a la piedra del Diablo. Levi se quedó junto a la barquilla, mordiéndose las uñas. Pasó mucho tiempo. Dos de los hombres del grupo que había salido a la caza de Iván regresaron.

—¡Con esta nevasca no hay quien dé un paso…!

—¿Dónde han metido a Mántsev? —gritó Levi.

—¿Quién sabe dónde estará… Se perdió de nosotros…?

—¡Encuentren a Mántsev…! ¡Encuentren al chico…! Por cada uno de ellos ofrezco diez mil rublos oro.

Las nubes ennegrecíanse, caía la noche. El viento arreciaba. El capitán de nuevo amenazó con cortar las amarras y volar aunque fuera al infierno.

Por fin, del lado de la Piedra del Diablo apareció un hombretón con su abrigo de pieles cubierto de nieve. Llevaba en brazos a Iván Gúsiev. Levi corrió hacia él, se quitó presuroso un guante y metió la mano bajo la zamarra del chico. Iván parecía dormir, y sus frías manos apretaban contra el pecho la pequeña caja de hojalata con las preciosas fórmulas de Mántsev.

—Está vivo, está vivo, sólo se ha enfriado un poco —dijo el hombretón, moviendo su barba salpicada de nieve al sonreír con ancha sonrisa—. Volverá en sí. ¿Hay que llevarlo arriba?

Sin esperar respuesta, el hombrón metió a Iván en la barquilla.

El capitán gritó desde arriba:

—¿Qué, nos vamos?

Artur Levi lo miró indeciso.

—¿Está todo preparado para salir?

—Sí.

Levi volvió otra vez la cabeza en dirección a la Piedra del Diablo, donde en tupida cortina caía, arremolinándose, la nieve que vertían las oscuras nubes. En fin de cuentas, lo principal era que las fórmulas estuviesen a bordo.

—¡Vamos! —dijo Levi, saltando a la escalera de aluminio—. ¡Muchachos, cortar las amarras…!

Levi abrió la jibosa portezuela y entró en la barquilla. Arriba empezaron a cortar la maroma que sujetaba la nave aérea al mástil. Ruidosos, empezaron a funcionar los motores. Giraron las hélices.

En aquel instante, impelido por la ventisca, Mántsev apareció entre los remolinos de nieve. El viento alborotaba su gris cabellera. Sus manos, extendidas, parecían querer apresar la silueta del dirigible, que empezaba a elevarse…

—¡Alto…! ¡Alto…! —gritó Mántsev con voz ronca. Cuando la escalerilla de aluminio de la barquilla se hallaba ya a un metro del suelo, Mántsev se aferró al peldaño inferior. Unos cuantos hombres lo agarraron del faldón del abrigo, para que se soltara. Mántsev se los sacudió de encima a patadas. El fondo metálico de la nave se mecía. Tableteaban los motores, gruñían las hélices. El dirigible cobraba altura, acercándose a las arremolinadas nubes.

Mántsev se había aferrado como una garrapata al peldaño inferior de la escalerilla. Ascendía rápidamente… De abajo se veían sus abiertas piernas y el faldón del abrigo, agitado por el viento, volando al cielo.

Los hombres que quedaron en el claro no vieron ya si llegó muy lejos ni a qué altura se desprendió.

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