Febrero de 1193
Al día siguiente, por la mañana muy temprano, Justino fue en busca de Roger Fitz Alan. Intentó primero encontrarle en la Torre, pero el justicia ya se había marchado al Guildhall. Montando otra vez en Copper, se dirigió a Aldermanbury Street. Llegó al Guildhall y allí le dijeron que el justicia había estado, pero se había ido. Sintiéndose como si estuviera persiguiendo a un fantasma, cabalgó en dirección oeste hacia la cárcel de la ciudad.
El Támesis era la arteria principal de Londres, pero no el único río de la ciudad. El Fleet, que nace como un simple arroyo en Hampstead y va tomando nombres diferentes conforme corre hacia el sur, al llegar al punto de desembocar en el Támesis se ensancha y profundiza tanto que es navegable para lanchas y barcos de pesca, por eso ya se le conoce como el río Fleet. Era aquí donde estaba situada la cárcel de Londres, un macizo edificio rodeado por un foso, de piedra color pizarra, ubicado dentro del característico patio interior de una prisión. Justino no había visto nunca un espectáculo tan desolador y deprimente.
Su visita resultó ser tan inútil como turbadora. Llegó, una vez más, cuando el justicia ya se había marchado y esta vez sin decir adonde se dirigía. Mascullando unas cuantas palabrotas entre dientes, Justino desató a Copper y trató de decidir lo que debía hacer.
Pero era difícil concentrarse porque sus sentidos estaban todavía embotados por los ruidos y los hedores de la prisión. El foso estaba lleno de agua procedente del río, un agua fétida, turbia. Justino prefería no saber lo que yacía oculto en sus repugnantes profundidades. De la propia prisión emanaba también un olor desagradable, una mezcla fétida de orines, cuerpos sin lavar, sudor y miedo. Hasta en el patio el aire parecía contaminado.
A todo esto se juntaba también la algarabía de la cárcel porque tenía ésta una reja de hierro que para los prisioneros era como una estrecha ventana al mundo exterior. Manos esposadas querían abrirse paso entre los hierros herrumbrosos y las voces resonaban en los oídos de Justino pidiendo limosna por el amor de Dios. Había ya depositado un puñado de monedas en las palmas extendidas, porque Lucas le había contado algo sorprendente sobre la situación de los prisioneros.
Según el auxiliar del justicia, el rey Enrique suministraba fondos a su justicia para alimentar a los prisioneros, pero esta norma se convirtió en esporádica en el reinado del rey Ricardo y se dejaba cada vez más a los prisioneros que se las arreglaran como pudieran. Aquellos que no podían pagarse la comida, la cama, la leña para el fuego, las velas o la ropa, tenían que pasarse sin todas estas cosas, a no ser que pudieran beneficiarse de la caridad de los que pasaban por allí, como Justino.
Ahora, mientras miraba, arrastraban a un hombre al patio interior. Otros dos prisioneros habían sido ya castigados de la misma manera. Sin embargo, no saludaron al recién llegado con simpatía y comprensión, sino con burlas e insultos. Hasta que no inmovilizaron sus muñecas y sus tobillos en el potro del tormento, el hombre continuó forcejeando, con gran regocijo de los guardias y de sus propios compañeros de prisión. Su actitud de desafío no iba a durar mucho porque su jubón estaba raído y andrajoso y el día era frío y borrascoso, como correspondía a un crudo mes de febrero. Justino ya había visto bastante. Saltando a la silla del caballo, salió al trote del patio, sin mirar atrás.
Había decidido volver a la Torre, porque estaba seguro de que el justicia aparecería allí antes o después. Pero había pasado la hora de la comida, y aunque había visto a menudo en las calles de la ciudad a vendedores ambulantes de empanadas de cordero o de anguila, no se dignó comprar pensando que era más probable encontrar algo mejor entre el bullicio de los muelles. Cabalgó hacia el sur con la intención de seguir el curso del Fleet hasta llegar al muelle del Támesis.
El sol había empezado a burlarse de los londinenses, cansados ya del invierno, y les ofrecía tentadoras pero breves visiones de su luz rompiendo el espesor de las nubes. Justino pasaba por el puente del Fleet cuando el acongojado gemido de un niño interrumpió sus cavilaciones sobre el paradero de Gilbert el Flamenco. Era un niño pequeño, de no más de cinco años, que haciendo gestos de pánico señalaba hacia el río y suplicaba a su madre diciendo: «¡Sálvalo, mamá!».
Justino paró el caballo y escudriñó el río en vano, en busca de algo que indicara un accidente.
– ¿Qué pasa? -le preguntó a la persona que tenía a su lado y que más parecía un marinero que otra cosa, porque tenía la piel curtida y oscura como el cuero de una silla de montar-, ¿Se ha caído alguien al río?
El marinero hizo un gesto negativo con la cabeza.
– Dos truhanes han tirado a un perro desde el puente y el chiquillo los ha visto. -Parecía lamentar lo ocurrido, aunque no quedaba nada claro si se compadecía del niño o del perro. Cuando la vida es tan dura para las personas, no abunda la gente que se preocupe por la crueldad con los animales. Pero había personas que sentían un afecto especial por los perros y el marinero podía ser una de ellas. Confirmó ser así cuando un momento después dijo con indignación-: El cachorro no ha podido defenderse porque le ataron al cuerpo un saco de piedras.
Justino sintió la misma indignación. Recordaba aún lo mucho que deseó tener un perro en aquellos solitarios días de su infancia. En el puente, los dos jóvenes estaban riéndose y bromeando, mientras debajo de ellos un pobre niño sollozaba como si se le fuera a romper el corazón. Al tener lugar este suceso inmediatamente después de su inquietante visita a la cárcel, la posibilidad de que el perro se ahogara provocó en Justino una ira incontrolada. Si a los truhanes que se estaban riendo en el puente se les ocurriera bajar, no habría podido resistir la tentación de darles él mismo una muestra inolvidable de la dureza de su justicia. Pero estaban lejos, no podía alcanzarlos. Acababa de empezar a espolear a su caballo cuando el niño gritó con estridencia: «¡Mira, mamá! ¡Ahí está!».
Una cabeza de pelo oscuro sobresalía de la superficie del agua. Luchando desesperadamente contra el peso que lo arrastraba hacia abajo, el perro trató de salir fuera aspirando desesperadamente aire antes de volver a sumergirse. Era un esfuerzo valiente, pero destinado a fracasar. Al tener que luchar con dos enemigos, la corriente del río y ese saco de piedras, pronto estaría el perro demasiado cansado para seguir luchando. Los que lo estaban observando sabían que el animal se ahogaría sin remedio.
Sólo el niño y el cachorro tenían esperanza. La madre intentó por todos los medios llevarse al niño de allí, pero éste se resistía con todas sus fuerzas, lloraba y suplicaba y hasta los adultos se movían inquietos y tal vez avergonzados ante la mirada suplicante del niño. Muy pocas personas sabían nadar y sólo un loco se tiraría al río helado para salvar a un perro, por muy buen nadador que fuera. Se oían los murmullos de la muchedumbre e incluso algunas exclamaciones de cólera. ¿Por qué prolongar al desdichado animal su agonía y el malestar de la gente?
Justino, sin pensárselo dos veces, se bajó del caballo y le entregó las riendas al mirón que le infundió más Confianza, un monje de la orden de Cluny.
– Hermano, os agradecería que os ocuparais de mi caballo.
Dirigiéndose a grandes zancadas al embarcadero, buscó en vano una barca amarrada a un proís; suponía que eso era esperar demasiado. Pero sí encontró un garfio oxidado. Un poco apurado, se arrodilló al final del espigón e incitó al aterrado animal a que nadara hacia donde él estaba. Sólo se le veían ahora el hocico y los ojos, pero aquellos ojos iban a obsesionarle, estaba seguro. No obstante, por mucho que lo intentara, no podía llegar lo suficientemente cerca del animal para salvarlo.
– No se puede hacer nada -murmuró, sin saber si estaba hablando consigo mismo o con el animal-, nada…
– Yo te sujetaré, muchacho -dijo una voz detrás de él y, al mirar hacia arriba, vio que lo habían seguido el marinero y la mayoría de los curiosos. Esperando no caer de cabeza al río, se aflojó la espada y dejó que el marinero lo bajara por el borde del muelle.
El perro seguía todavía fuera del alcance de su mano y Justino sabía que el tiempo apremiaba. «María, Señora Nuestra, ayúdanos», susurró. Metiendo el rezón en el agua, le alentó: «¡Vamos, perrito, ven aquí!». El perro se acercó nadando, pasó por el garfio y le dio la vuelta. Entonces Justino movió la cadena y logró engancharle.
«¡Cristo, lo enganché!». Justino no esperaba realmente conseguirlo, pero súbitamente la cabeza y las patas delanteras del perro salieron del agua, prueba de que había logrado engancharse a la cuerda. La multitud lanzó gritos de alegría y el marinero felicitó, entusiasmado, a Justino, pero su euforia empezó a decaer. ¿Y ahora qué?
– Si te paso a ti el garfio -le dijo al marinero-, intentaré yo cortar la soga con la espada. Pero ¿cómo lo sacaremos del río? No podrá llegar a la orilla él solo; la ribera es demasiado empinada para que él la pueda remontar.
– ¿Creéis que podréis alzar la cuerda a la altura suficiente para que yo la agarre?
– Puedo intentarlo -replicó Justino, dudoso, y empezó a manipular lentamente el garfio hacia la superficie. Pesaba mucho y pronto se dio cuenta de que lo que había cogido no era la cuerda, sino el saco de las piedras. ¡Caramba, qué suerte! La Bienaventurada Virgen María les había ayudado. Un poco después, apareció el saco, convenientemente atravesado por uno de los dientes del garfio-. ¡Súbeme! -dijo Justino, y le tocó al marinero asomarse al espacio, suspendido en el borde de la orilla. Al enrollar Justino el garfio, el marinero lo agarró y sonrió cuando su puño apretó con fuerza la soga.
– Ahora, voy a subirlo hasta arriba -dijo-. Más vale herirlo que dejarle que se ahogue.
Justino asintió y a continuación blandió su espada y cortó la soga por encima del nudo. El saco cayó al río con un sonoro ¡plaf! y él se inclinó para ayudar al marinero a tirar del perro y ponerlo en el muelle. Un fuerte tirón, un gemido y se acabó… Pero el perro estaba demasiado débil para sacudirse el agua del cuerpo y se tumbó, inmóvil, sobre los tablones de madera, con sus flancos subiendo y bajando con el esfuerzo de la respiración. Justino se inclinó y le quitó la soga del cuello. Durante unos momentos llenos de inquietud, el animal permaneció allí en el suelo, mustio y empapado. De repente, se puso a dar arcadas.
El momento de tensión había pasado y la gente empezó a hablar y reír. Justino y el marinero se encontraron rodeados de un círculo de hombres y mujeres que mostraban su aprobación. Hasta aquellos que normalmente habrían permanecido indiferentes a la muerte de un perro se habían visto implicados en la escena del salvamento y estaban encantados con el resultado, con excepción de los dos truhanes asomados al pretil del puente.
Habían estado silbando y mofándose, pero Justino estaba demasiado preocupado para hacer caso de ellos. Ahora renació su cólera y cuando uno de ellos despotricaba furioso con juramentos por haberse metido «con nuestro perro» en lo que no le importaba, Justino gritó:
– ¡Bajad y reclamadlo, si os atrevéis!
A la muchedumbre le gustó aquello y unos cuantos hombres empezaron a hablar en voz muy alta de azotes y castigos aún peores. Los individuos continuaron despotricando pero permanecieron prudentemente donde estaban. Alguien le prestó a Justino un saco de cáñamo para que secara lo mejor posible al perro, que seguía tiritando. Para entonces, el primer defensor del perro se había abierto paso entre la multitud de curiosos. Arrodillándose al lado del animal, el chiquillo puso la mojada cabeza del perro en su regazo y levantó los ojos para mirar a Justino y al marinero con una sonrisa de puro agradecimiento.
Un vendedor ambulante atraído por el gentío empezaba a recitar los méritos de sus «empanadas calientes y sabrosas». No eran ni una cosa ni otra, pues habían salido del fuego hacía horas y rezumaban grasientas, pero pronto empezó a venderlas. Justino compró dos y le ofreció una al perro, cuyas costillas, que se le podían contar a través de la piel, eran prueba evidente de un perpetuo estado de hambre. Como lo fue también la rapidez con que engulló la empanada, tanto es así que Justino terminó por darle la segunda. Pasada la excitación, la gente empezó a dispersarse. Cuando la madre del niño lo levantó del suelo, Justino sugirió:
– Este perrito será el animal doméstico ideal para vuestro hijo.
El rostro del niño se iluminó, pero la madre dirigió a Justino una mirada airada, diciéndole bruscamente:
– ¡De ninguna manera! Vamos, Ned. -Fulminando todavía a Justino con la mirada, se llevó a tirones a su hijo del muelle.
Justino y el marinero se miraron el uno al otro. Su asociación había tenido un gran éxito pero había concluido. Recuperando su caballo de manos del monje, que esperaba pacientemente, Justino se subió a él y empezó a espolearlo hacia el camino, seguido de una oleada de risas. Al mirar perplejo hacia atrás, pronto comprendió la causa de la algarabía de la multitud. El perro se había levantado y lo iba siguiendo.
Justino tenía el plan de seguir por la parte este de Thames Street en dirección a la Torre. El tráfico era denso, la calle estaba abarrotada de jinetes, de carros pesados, de peatones y de animales extraviados. Pero al acercarse al nuevo puente, la calle estaba tan congestionada que no podía uno moverse. Miró impaciente hacia adelante para tratar de averiguar la causa del atasco. Tan pronto como vio a un hombre cabalgando hacia atrás, forzado a mirar la grupa de su caballo, con las manos y los pies atados, y empapado de vino, comprendió lo que ocurría. Era costumbre entonces que el panadero que hiciera trampa con su balanza, el tabernero que añadiera agua al vino, el comerciante que engañara a sus parroquianos, fuera sometido al mismo castigo: ser exhibido por toda la ciudad, a fin de que todos fueran testigos de su deshonra. A Justino le parecía bien el castigo, pero hoy no tenía tiempo de observarlo y se metió por Bridge Street, con la intención de dar esquinazo al desfile.
No había forma de deshacerse aún de su sombra canina. Al principio trató de desalentar sin muchas ganas al perro. Pero después decidió que sería mejor para la pobre criatura alejarse lo antes posible de sus verdugos. ¿Quién podía decir que no lo fueran a intentar de nuevo una vez que los protectores del cachorro hubieran desaparecido?
Al toparse con otro vendedor ambulante, Justino se acordó de que no había comido todavía y llamó al hombre. Un débil y esperanzador ladrido le ganó al perro un pastel de carne de cerdo. Tirándole una moneda al vendedor, Justino se puso otra vez en marcha. Pero no había cabalgado mucho cuando notó que cambiaba el paso de su caballo. Arrugando el entrecejo, saltó al suelo. Un examen minucioso de la pata izquierda del caballo reveló el problema, se le había metido un guijarro entre la ranilla y la herradura. Pero por mucho que intentó sacar el guijarro no pudo. Enderezándose, se quedó de pie junto al cojo semental, en mitad del tránsito de la calle, y maldijo su mala suerte. De nada le sirvió.
Justino se movía, inquieto, esperando ansiosamente el veredicto. Pero el herrero no parecía tener prisa. Era un hombre de unos cuarenta y tantos años, delgado, con el pelo canoso, y de pocas palabras. Llevaba a cabo su oficio tranquila y metódicamente, ganándose primero la confianza del caballo, examinando el casco y extrayendo el guijarro con unas pinzas.
– El casco está muy magullado -dijo al fin-, Pero no creo que la herida sea de gran importancia. Puedo ponerle ahora un emplasto si queréis. Pero no cabalguéis sobre él en unos cuantos días, porque necesitará tiempo para que cicatrice.
Cuando Justino aceptó de buen grado el consejo del herrero, diciendo que no arriesgaría de ninguna manera la salud de su caballo, el hombre manifestó su aprobación porque no todos sus clientes eran tan solícitos con sus monturas. Llegaron pronto a un acuerdo respecto al precio, mutuamente aceptable, por alojar y tratar a Copper, y cuando Justino le preguntó si sabía de algún alojamiento por allí cerca, el hombre le sugirió que lo intentara en la taberna que había en Gracechurch Street.
– El dueño ya no vive en el piso de arriba y alquila las habitaciones. Preguntad por Nell. Decidle que os manda Gunter el herrero.
La taberna estaba muy cerca de la herrería y era un edificio de madera de dos pisos, que había conocido mejores tiempos; el encalado había cobrado ya un color gris sucio, sus contraventanas se veían muy alabeadas y el poste con el nombre de la taberna se inclinaba sobre la calle en un ángulo que parecía, por su posición, estar en estado de embriaguez. El interior era tétrico y exhalaba un fuerte olor a cerveza derramada. Un parroquiano borracho estaba desplomado, roncando, sobre una mesa en un rincón. Otros dos hombres jugaban a las damas y flirteaban con una criada con aspecto de aburrimiento. Fijó su mirada en Justino sin mostrar ningún especial interés.
– ¿En qué os puedo servir, amigo?
– Quisiera hablar con Nell.
– Lo estáis haciendo ya -le contestó ella, y Justino la volvió a mirar sorprendido. Estar a cargo de una taberna era una tarea que exigía mucha atención, especialmente para una mujer, y él se había imaginado a Nell como a una marimandona, práctica, entrada en años y sobrada de carnes. En su lugar se encontró frente a frente con una especie de figurilla de madera. Era joven, no mucho mayor que el propio Justino y medía apenas cinco pies de estatura. Tenía un cabello abundante y rizado, que se le escapaba de sus horquillas como una cascada de agua de verano, unas cuantas pecas aquí y allá y unos ojos azules protegidos por doradas pestañas. A primera vista, parecía un conejo entre zorros. Justino no podía concebir una atmósfera menos adecuada para esta criatura que la sucia taberna. Pero esos ojos azules no eran ni inocentes ni confiados y cuando él le preguntó si podía alquilar una habitación, la muchacha lo examinó detenidamente con una escéptica sonrisa.
– ¿Por qué razón se os ha ocurrido buscar alojamiento en un tugurio como éste?
A Justino le hizo gracia su brusquedad.
– Alabo vuestra franqueza, aunque no vuestra hospitalidad. Tengo a mi caballo cojo al otro lado de la calle, en la herrería, y necesito un lugar cercano hasta que pueda volver a andar. Gunter me dijo que probablemente me podríais alquilar una habitación. ¿Podéis o no podéis?
– ¿Gunter responde de vos? ¿Por qué no empezasteis por decirme eso? -Esta vez su sonrisa era sincera, aunque sus ojos tenían aún una expresión cautelosa-. Mi hija y yo compartimos una de las habitaciones, así que tengo cuidado de a quién le alquilo las otras. Si Gunter responde de vos, eso me basta. Si estáis dispuesto a pagarme medio penique por noche, la habitación es vuestra. Pero perros, no.
– No tengo pe… ¡Oh, no! -Y mirando a su alrededor, vio que el cachorro le había seguido a la taberna y estaba echado plácidamente a sus pies-. No es mío.
La sonrisa escéptica de Nell volvió a alegrar su rostro.
– ¿Lo sabe él?
Justino sonrió compungido.
– Bueno, estoy haciendo todo lo posible para convencerlo. De verdad que no es mío, pero estoy tratando de encontrar una casa que quiera quedárselo. Estará aquí un día o dos, no más.
– En esto soy inflexible. Bastantes pulgas cogemos de nuestros clientes para que un sarnoso perro callejero nos traiga más.
– Si hubiera tenido pulgas, se habrían ahogado todas en el río Fleet.
Nell frunció el ceño, pero su curiosidad pudo más y preguntó:
– Y ¿qué estaba haciendo en el río? Hace mucho frío para echarse a nadar.
– Un par de truhanes mal nacidos lo tiraron desde el puente. Yo lo saqué como si fuera un pez y cometí el error de darle de comer. El pobre animalito no debe de haber recibido buen trato en toda su vida ni ha tenido tampoco suerte. Tú se la puedes dar, muchacha. Dame simplemente un día para encontrarle un dueño.
– Nunca me tropecé con un hombre que tratara de seducirme por amor a un perro -dijo Nell con cierta aspereza-. Un día y ni un minuto más.
Cogió una de las velas de sebo que chisporroteaban en un rincón y lo condujo al hueco de la escalera. El perro retozaba alrededor de ellos, decidido a no perder de vista a Justino. La habitación era pequeña y no tenía más que un taburete y un catre. Justino no pudo contener la risa cuando el perro saltó inmediatamente al catre. Tratando de parecer severo, le ordenó: «¡Shadow, bájate!».
Nell puso la vela en el taburete y se dirigió a la puerta. Fue ella quien dijo la última palabra:
– De tu perro, ni hablar, ¿comprendido?
Después de comprar pergamino, una pluma de ganso y tinta en el mercado de Eastcheap, Justino escribió una breve carta a Lucas informándole de que lo podía encontrar en la taberna. Si Lucas descubría la identidad del compinche del Flamenco, éste sería un mensaje demasiado importante para perderlo. Su única esperanza era que Lucas no estuviera también informando a Juan acerca de dónde podía encontrarlo. Se puso en camino hacia la Torre, mirando de vez en cuando hacia atrás para ver si el perro lo seguía: y así era. Llegaron a la Torre a última hora de la tarde y esta vez la suerte sonrió a Justino: el justicia estaba allí.
Roger Fitz Alan no podía ser más diferente a Lucas de Marston. Era delicado, elegante e introvertido: ni llamar la atención, ni ideas soterradas, ni gracia histriónica. Justino no necesitaría que le dijeran que su cargo era un cargo político. El propio Fitz Alan reconoció un poco a su pesar que no conocía personalmente a este tal Gilbert el Flamenco. Pero prometió hacer todo lo que estuviera en su mano para capturar al hombre.
– Tal vez uno de mis sargentos pueda ayudaros. Conoce bien todas las madrigueras de Londres y a la mayoría de las ratas. Le diré que os busque en esa taberna de Gracechurch Street, ¿no es así?
Justino dio cortésmente las gracias al justicia, pero sin entusiasmo ni optimismo. Tenía la clara impresión de que estaba solo. Ocultando su desilusión lo mejor que pudo, se despidió del justicia y salió al patio de la Torre. Casi inmediatamente, su humor y su día empezaron a mejorar. Una voz femenina algo ronca susurró su nombre y él se dio la vuelta para encontrarse frente a frente con Claudine de Loudun.
– ¿Quién es vuestro peludo amigo?
Justino estaba deseando relatar la historia del rescate del perro porque sabía que éste era el tipo de hazañas que causaría una buena impresión en la mayoría de las mujeres, y Claudine era una mujer cuya amistad y protección deseaba fervientemente ganarse. Cuando terminó, le pareció que estaba haciendo progresos, porque la joven le había escuchado absorta y embelesada, con una sonrisa que prometía un sinfín de enigmáticas posibilidades.
– Tenéis un buen corazón, señor De Quincy.
– Tengo también un perro, demoiselle, un perro con el que no me puedo quedar. Pero vos podéis… Esperad y escuchadme. Mirad primero este hermoso animal.
Estaba ahora jugando con la verdad, porque Shadow era un animal desaliñado, escuálido y sucio, con una larga pelambrera enmarañada y uno de sus flancos formando con su cuerpo un ángulo extraño. Justino calculó que tendría unos cinco o seis meses y si esas garras, parecidas a las de un oso, eran una indicación correcta de su tamaño, sería, dentro de nada, un perro grande. Parecía haber algo peculiar en sus antepasados porque su dorso tenía la inclinación del de un lobo y una de sus orejas estaba levantada en posición de alerta; la otra la tenía caída, prestándole un aspecto cómico, al que también contribuía una mancha blanca en forma de círculo alrededor de su ojo izquierdo, como si la hubieran pintado con cal. En conjunto, Justino no podía imaginarse un candidato menos adecuado para una adopción real, pero perseveró, insistiendo en que «si había nacido un perro destinado a ser el animal doméstico de una mujer hermosa, éste era ese perro».
Claudine se echó a reír y movía, curiosa, la cabeza.
– Hermoso, ciertamente hermoso -asintió, sin dejar de mirar a Justino-. Pero los perros no son tan inconstantes como los hombres y él ha elegido ya a su amo. En conciencia, ¿cómo voy a inmiscuirme entre los dos?
Y como si le hubieran hecho una señal, el perro gimió y dirigió a Justino el tipo de mirada tierna y arrobada que éste habría querido recibir de Claudine. No tuvo más remedio que entregarse con una sonrisa y un encogimiento de hombros.
– No se puede censurar a un hombre por intentarlo, demoiselle.
– Yo nunca lo hago, señor De Quincy -le aseguró ella con una provocativa mirada de soslayo, a través de unas pestañas increíblemente largas. Y se pusieron juntos camino de la Torre Blanca y los apartamentos reales-. Me alegro de que nos hayamos encontrado -confió Claudine-, porque hay una pregunta que hace tiempo he querido haceros. ¿Os ofendería que os preguntara algo muy personal?
Justino nunca había sido tímido con las mujeres, pero no le había hecho nunca la corte a ninguna mujer como ésta, la confidente de la reina. Era como lanzar una flecha a la luna. Pero al encontrarse con sus ojos, la luna parecía estar mucho más cerca de lo que él había osado esperar.
– Os ruego que me hagáis esa pregunta, demoiselle.
– Bueno, he estado pensando si sois, tal vez, un hijo ilegítimo del rey.
Justino soltó una carcajada de sorpresa.
– ¡Dios mío, no! ¿Cómo habéis pensado semejante cosa?
– La reina, indirectamente. Cuando le pregunté por vos, os advierto de nuevo que soy muy curiosa, no me quiso responder, salvo que teníais un árbol genealógico muy interesante, enraizado en suelo sagrado. Reconozco que no entendí lo que quería decirme. Pero pensé que estaba aludiendo a que teníais un padre ilustre, y se me vino a la mente el rey Enrique. Dejaos de reír porque esto no es tan ridículo como parece. Pienso que os habéis granjeado la confianza de la reina con asombrosa facilidad: un día, un mero desconocido; al siguiente, un emisario confidencial. Además, tenéis esos ojos grises como el humo del rey Enrique. Y ciertamente hay un secreto entre la reina y vos. En suma, que sois indudablemente el hombre más misterioso que he conocido jamás.
Riéndose todavía, Justino cogió una de sus manos en las suyas y se la llevó a los labios.
– Tratad de conocerme mejor -dijo- y compartiré con vos todos mis vergonzosos secretos, demoiselle.
Claudine no era una mujer inexperta en escarceos amorosos; sabía exactamente cuándo avanzar, cuándo retirarse y cuándo mantenerse en su sitio.
– No lo olvidaré -dijo, con aire despreocupado, pero dejando que sus dedos descansaran un momento más en la mano de Justino. Habían llegado ya al cuerpo central de la Torre y dejaron de lado, pero no olvidaron, su coqueteo, hasta momento más oportuno-. ¿Estáis aquí para ver a la reina, señor De Quincy? Justino asintió.
– Quería decirle a Su Alteza que no estaré alojado en la abadía de la Santísima Trinidad. De momento estaré en la taberna de Gracechurch Street. Mi caballo se ha herido una pata esta tarde, está algo cojo y le he tenido que dejar descansar. Tengo también una carta para el auxiliar del justicia de Hampshire. -Vaciló porque le avergonzaba tener que confesar que no sabía cómo contratar un mensajero; nunca había tenido motivo para enviar una carta-. Espero que el secretario de la reina sepa de un hombre que vaya en dirección a Winchester.
– No hay necesidad de esperar a que un viejo vaya en esa dirección. La reina despachará un correo real con vuestra carta. Y yo le diré que os alojáis ahora en Gracechurch Street, si así lo deseáis. A no ser que queráis verla personalmente.
Justino hizo un gesto negativo con la cabeza.
– No es necesario. -El mero hecho de que Leonor estuviera dispuesta a verlo sin hacerle preguntas era razón suficiente para no abusar de un privilegio tan especial.
– Os verá si lo deseáis, pero sospecho que hoy no quiere más compañía que la suya propia -dijo Claudine-. Hemos tenido noticias perturbadoras este mediodía… sobre su hijo.
– ¿Ricardo? ¿O Juan?
– No, el rey. -Las comisuras de los labios de Claudine se curvaron levemente-. El Príncipe de las Tinieblas, Juan, se ha marchado de Londres sin decirle una palabra a la reina y por lo visto apresuradamente.
– ¿A dónde se ha ido? -preguntó Justino parpadeando visiblemente.
– Hasta ahora nadie lo sabe. Lo único que puedo deciros es lo que la reina teme: lo peor. Hay siempre peligro cuando Juan está cerca. Pero el peligro es mayor cuando no lo está.