4. LA TORRE DE LONDRES

Enero de 1193


El criado cogió las riendas de Copper y miró hacia atrás para preguntarle a su amo:

– ¿Queréis que os lo desensille? Justino meneó la cabeza y repuso: -No te molestes.

No creía que fuera a estar mucho tiempo en la Torre. Una vez que le confesara a la reina que no podía desentrañar el secreto del asesinato del orfebre, ¿qué otra cosa podía querer de él?

Estaba llegando a la entrada de la Torre cuando vio una pareja junto a las escaleras. Reconoció enseguida a la mujer: la dama de la reina, su ángel protector. Y aunque no le había servido de mucha ayuda, era demasiado atractiva para olvidarla. El hombre le resultaba desconocido, pero Justino notó enseguida que este extraño era una persona importante porque iba lujosamente ataviado y con una capa forrada de piel. Cuando alargó la mano para tocar el rostro de ella, una sortija de esmeralda centelleó corno una chispa de fuego. Ella no dio la impresión de que le gustara la caricia, pero tampoco la rechazó, mostrando un retraimiento que Justino encontró sorprendente. A él le había dado la impresión de ser una coqueta redomada, elegante y segura de sí misma. No le costó ningún trabajo desdeñar las insinuaciones de Durand, de eso no cabía la menor duda. Pero ahora parecía nerviosa y agitada. Justino esperó hasta estar seguro de que no necesitaba ninguna distracción, porque era él quien le debía un favor y nada le agradaría más que devolvérselo.

Pero como la conversación de la pareja parecía tocar a su fin, se echó hacia atrás, sonriendo cortésmente, mientras el hombre se perdía escaleras arriba. Cuando desapareció dentro de la Torre, Justino se acercó a ella, que se volvió con una súbita sonrisa en los labios, esta vez mucho más espontánea.

– ¡Señor de Quincy! Creí que os habíais ido a cumplir una misión clandestina para la reina.

A Justino le halagó el que se acordara de él, pero le sorprendió al mismo tiempo que supiera tanto sobre su persona.

– ¿Qué os hace pensar así, demoiselle?

– Le pregunté a Pedro por vos -dijo con franqueza- y me contestó que la reina le había dado una carta para entregárosla, pero no logré sonsacarle mucho más. Pedro toma sus obligaciones con extrema seriedad. -Tenía en sus labios una atractiva sonrisa, al mismo tiempo maliciosa y coqueta-. Espero que a vos no os importe mi indiscreción. Desgraciadamente, la curiosidad ha sido siempre mi pecado inveterado.

– Yo os perdonaría pecados más graves que ése, demoiselle -dijo Justino con galantería. No bien acababa de decirlo cuando se sintió ridículo, porque la frase tenía ecos de versos trovadorescos. Pero a ella pareció agradarle y eso compensaba el ligero bochorno que él sintió al pronunciarlos. Se presentó a continuación como Claudine de Loudon y Justino aprovechó la oportunidad para besarle la mano. Pero cuando se aventuró a hacer una ligera referencia al galanteo por parte del caballero, que él acababa de presenciar, le sobresaltó su respuesta.

– ¿Teníais la intención de rescatarme? -Sus ojos se abrieron de par en par-. Sois el hombre más valiente que he conocido, o el más loco, o ambas cosas a la vez. A no ser… que no sepáis quién es el caballero. ¿Lo sabéis?

– Evidentemente un señor de alcurnia – respondió Justino, en actitud defensiva, porque ella estaba realmente atónita, como si Justino no hubiera reconocido al Hijo de Dios.

– ¿De alcurnia? Diría yo que ésa es la mejor manera de describir a un futuro rey. Ese caballero es el hijo de la reina, es Juan, conde de Mortain. -La diversión que este pequeño incidente proporcionaba a Claudine empezó a desvanecerse. Mirando a su alrededor, bajó la voz y dijo-: He oído decir que estaba preguntando por vos.

Justino se quedó atónito.

– ¿Estáis segura? ¿Cómo puede el conde de Mortain tener la menor idea de mi existencia?

– Tal vez no os conozca personalmente, pero parece muy interesado en esa carta que le trajisteis a la reina. -Bajó la voz un poco más y sus ojos castaños adquirieron una expresión seria- Y si Juan está interesado en vos, señor De Quincy, más os vale saberlo.


Leonor escudriñó esos ojos tan parecidos a los suyos, de un color de avellana dorada, totalmente opacos, ojos que no revelaban ningún secreto. ¡Qué poco conocía a ese extraño, que era su propio hijo, apartado durante tantos años de la vida de su madre! El último de sus aguiluchos, el hijo que nunca quiso, nacido en el ocaso de un matrimonio agonizante. Un rehén para la apasionada enemistad de un amor que se había agriado. Tenía ahora veintiséis años y seguía esquivándola. Ricardo y ella no tenían necesidad de hablar, tan fácil e instintivo había sido siempre el entendimiento entre los dos. Pero para describir a Juan, todas las palabras de la cristiandad parecían insuficientes.

¿Sería lo mejor un desafío cara a cara, o matices y evasivas? No era generalmente tan indecisa. Pero con Juan seguía siempre vericuetos desconocidos y nunca estaba segura de lo que iba a encontrar al volver un recodo del camino.

– Me han dicho que circulan rumores alarmantes acerca de Ricardo -sentenció bruscamente, decidida a intentar un ataque frontal-. Hay gente que asegura que está muerto, que naufragó en su viaje de regreso de Tierra Santa. Todo esto no es nuevo. Empezó a comentarse cuando el barco de Ricardo no llegaba a Brindisi. Pero los rumores de ahora son específicos y se han extendido por todas partes, casi como si los hubieran sembrado deliberadamente. Me disgustaría en sumo grado enterarme de que tú tenías algo que ver con esos rumores.

– No puedo negar que en mi opinión las esperanzas se han desvanecido. Pero no tenéis derecho a censurarme a mí, dado que hay otros muchos que piensan lo mismo.

– ¿Por qué estás tan seguro de que Ricardo ha muerto?

– ¿Y por qué estáis vos tan segura de que no? No quiero ser cruel, madre, pero he de ser franco. Hace ya tres meses que no se sabe nada de Ricardo. Si algo malo le ha ocurrido, ¿por qué desconocemos hasta ahora su paradero? A no ser que… vos hayáis sabido algo de él.

– No, no he sabido nada de Ricardo. ¿Por qué me lo preguntas?

Juan se encogió de hombros.

– Supongo que se me vinieron a la mente los rumores que he oído: algo sobre una carta misteriosa entregada por un mensajero igualmente misterioso. Naturalmente sentí curiosidad y como pienso tanto en Ricardo estos días, la idea se apoderó de mí.

Leonor oyó detrás de ella un grito ahogado, inmediatamente reprimido, al tiempo que William Longford se incorporaba en su asiento. Sin hacer caso de la consternación de Will, Leonor dirigió una sonrisa a su hijo.

– Yo en tu lugar, no creería en murmuraciones. Tú, mejor que nadie, debes estimar lo poco fidedignos que son. Todo el pasado año se dijo que tú estabas conspirando con el rey de Francia para quitarle el trono a Ricardo. Pero ambos, tú y yo, sabemos que eso es una falsedad atroz. ¿No estás de acuerdo?

– La forma más mezquina de difamación -agregó Juan con gravedad, pero le brillaban los ojos a la luz de la lámpara.

Uno de los atractivos de Juan era la capacidad de reírse de sí mismo. En estimación de Leonor, esto era una innegable cualidad, porque hacía ya mucho tiempo que había llegado a la conclusión de que, si la falta de sentido del humor no era un pecado, debía serlo. Pero esto era lo que, en su opinión, ella hacía con excesiva frecuencia con Juan: rebuscar entre la maleza para dar con esa ramita en flor.

Volviéndose hacia la mesa, Juan cogió una jarra de vino. Cuando su madre asintió, se sirvió una copa para él y otra para Will. Leonor había hecho salir del aposento a todos los demás, porque su hijo tenía la tendencia a hacerse escuchar. Pensó a menudo que habría sido un buen actor, con un talento particular para expresar indignación justificada y desconcertada inocencia.

Juan se echó un trago de vino y depositó después la copa en la mesa.

– Tengo aún cosas que hacer -dijo-, así que es mejor que me vaya. -Adelantándose, besó la mano de Leonor y, como de costumbre, su galantería tenía un leve matiz de sorna. Tratándose de Juan, hasta sus amabilidades eran ligeramente sospechosas. ¿O estaba siendo injusta con él, el benjamín de sus hijos y al que menos conocía? Todos sus instintos le aconsejaban cautela, todos le advertían que no se podía confiar en él y, sin embargo, era su hijo, carne de su carne. No era posible renegar de él.

– ¡Juan! -Tenía ya cogido en sus manos el pomo de la puerta pero se paró en el acto, inmovilizado por la repentina vehemencia de su madre. Atravesando rápidamente la estancia, Leonor puso la mano en el brazo de su hijo-. Escúchame -añadió, en voz baja y resuelta-. Durante los próximos días, mira por dónde vas. Un paso en falso puede hacer que el mundo que te rodea se te derrumbe. Voy a hacer uso ahora de tu proverbial «franqueza». Sé que no quieres a Ricardo. Sé también cuánto deseas su corona, pero no conspires contra él, Juan. En interés propio, no lo hagas. Si esto acaba en una guerra, no creo que puedas competir con Ricardo.

En los ojos de Juan había un destello de luz duro y verdoso.

– Eso es algo que me habéis estado diciendo con indudable claridad, señora -contestó con acritud-, durante toda mi vida.

Al cerrarse la puerta al salir Juan, su hermanastro saltó de su asiento como si tuviera un resorte.

– Yo no le he dicho nada a Juan, señora, acerca de esa carta. Me lo preguntó, pero no le dije nada. ¡Os lo juro!

– Lo sé, Will. -Leonor se volvió hacia él y le sonrió, pero durante todo este tiempo sus pensamientos seguían a Juan, lanzándose detrás de él por las sombras de la escalera. Will seguía defendiendo su inocencia, sin que hubiera necesidad de ello, porque su rostro abierto y pecoso era el espejo de su alma. Era tan incapaz de mentir con convicción como lo era de volar. Una extraña ave de paso que tanto se parecía a su padre en apariencia como se diferenciaba en temperamento. Tenía el cabello rubio rojizo como Enrique, el color arrebatado de su rostro y hasta sus ojos grises. Pero no poseía nada del entusiasmo o la ironía de Enrique y nada en absoluto de su fuerte voluntad real.

Leonor sentía un sincero afecto por Will y se compadecía de su difícil situación. Le desagradaba en extremo el tipo de hombre en que se había convertido Juan, un cínico oportunista dispuesto a cometer cualquier desafuero que le ganara la corona inglesa. Pero Will conservaba afectuosos recuerdos de otro Juan, el hermano más joven que necesitaba guía y consejo. Will había protegido muchas veces a aquel muchachito solitario y ese cariño de la infancia había perdurado hasta que ambos se hicieron hombres. Leonor no podía por menos de preguntarse si la desgarradora historia de su familia habría sido diferente si Ricardo y Juan hubieran sido capaces de forjar también esa alianza mutua, pero sus hijos no habían aprendido nunca a amarse el uno al otro. Era ésa una lección que Enrique y ella no habían logrado enseñarles.

– Yo nunca traicionaré la confianza que habéis puesto en mí, señora; nunca.

– Lo sé, Will -dijo otra vez con una paciencia que jamás les había mostrado a los otros-. Varias personas han oído a Justino de Quincy mencionar una carta que ha costado ya una vida. Cualquiera de ellas ha podido contárselo a Juan, sin darse cuenta o deliberadamente. Quizá fuera Durand. Juan y él comparten la afición por jugar a los dados e ir de putas, aunque simulan no conocerse en mi presencia.

Will estaba escandalizado, no sólo por la sugerencia de que Juan hubiera podido infiltrar un espía en la casa de su madre como por la total naturalidad con la que Leonor lo aceptaba.

– Señora, ¿creéis que Juan sabe que Ricardo está prisionero en Austria?

– No estoy segura, Will.

¿Cuánto sabría Juan? ¿Habría compartido Felipe su secreto? Si estaban tan íntimamente relacionados como ella temía, Felipe habría enviado una comunicación sin pérdida de tiempo días antes de que el arzobispo de Ruán pudiera conseguir su encubierta copia de la triunfante carta del emperador. Y si Juan estaba enterado de la cautividad de Ricardo y no lo decía, eso sería de por sí una manera de consentirla. Porque el silencio en tales circunstancias era, en el mejor de los casos, sospechoso, y en el peor, siniestro. ¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar Juan en su deseo de arrebatarle la corona a su hermano?

– ¿Señora? -Era Pedro de Blois el que estaba de pie en el umbral-. El señor De Quincy está aquí. ¿Le digo que entre?

Leonor se quedó asombrada. Justino se había marchado hacía sólo una semana.

– Sí, le veré ahora mismo.

Cuando entró en el aposento, su aspecto inquietó a Leonor, porque parecía fatigado y nervioso.

– No os esperaba tan pronto -dijo, una vez que estuvieron solos-. ¿Qué habéis descubierto?

– Me siento incapaz de averiguar nada concreto sobre este crimen, señora. Me apena el defraudaros, pero…

La puerta se abrió bruscamente sin previo aviso, y se sorprendieron los dos. Juan dirigió una sonrisa a su madre, con un gesto desenfadado como si no hubieran acabado de tener unas palabras desagradables.

– Se me olvidaba preguntaros, madre… -Hizo una pausa y su mirada se fijó en Justino-. ¿Os conozco? Vuestro aspecto me resulta familiar.

Leonor iba a empezar a hablar, pero Justino fue más rápido y se presentó a sí mismo, antes de que ella pudiera intervenir. Observando atentamente a Juan, comprendió por qué Justino no había querido que mintiera: Juan sabía ya perfectamente quién era. Lo estaba ahora mirando con una sonrisa socarrona.

– ¿Le habéis traído otra importante carta a mi señora madre, señor De Quincy?

– ¿Una carta importante, milord? -repitió Justino, él también con una mirada irónica-. Estoy aquí en nombre del abad de San Werburgh, en Chester, por un asunto rutinario y de ninguna urgencia.

Sin decir palabra, Juan echó una mirada a las botas cubiertas de lodo y al manto de Justino y luego, sosegadamente, dijo:

– No hay hombre que venga a presencia de la reina con un aspecto tan desaliñado para «un asunto rutinario y de ninguna urgencia», -Juan reparó en las botas embarradas de Justino durante el tiempo suficiente para darle a entender que sabía que había mentido.

Leonor se situó entre los dos.

– Juan ¿por qué has vuelto? ¿Qué querías preguntarme?

– Bueno… si os he decir la verdad, madre, se me ha olvidado lo que tenía que preguntaros, por extraño que os parezca.

– No me parece extraño -contestó Leonor con sequedad-. La memoria es un fuego fatuo, imprevisible y caprichoso.

– ¿Estáis hablando de la memoria, del tiempo… o de los hijos? -Y aunque esto fue dicho en broma, encubría una de las características pullas de Juan.

Tan pronto como se fue, Justino dijo:

– Cuando estábamos abajo, milord Juan, ya a punto de marcharse, oyó al señor Pedro mencionar mi nombre. Parece excesivamente curioso en lo que a mí concierne y esto me inquieta, señora. ¿Sabe… sabe algo acerca de la carta del rey de Francia?

– Yo no le he dicho nada. -Que era verdad, hasta cierto punto. Si pecados de omisión también son así pecados, ¿se puede aplicar este razonamiento a las mentiras de omisión? A Leonor no le preocupaba mentir si la ocasión lo exigía; siempre opinó que la honestidad era una virtud sobrestimada. Pero le debía a Justino algo más que verdades a medias y evasivas. No quería mancharse las manos con su sangre, si podía evitarlo-. Juan sabe que me trajisteis una carta. Pero no sé cuánto le ha revelado el rey de Francia ni si le ha revelado algo.

No podía decir más que eso ni Justino esperaba que lo hiciera; por muy preocupada que estuviera por su hijo, nunca lo habría elegido a él como confidente. Así que no se sorprendió cuando Leonor dijo con decisión:

– Y ahora, vamos a ver, ¿por qué creéis que me habéis defraudado? ¿No habéis sido capaz de encontrar a ningún sospechoso?

– Ese es el problema -dijo Justino con una mueca en los labios-. ¡He encontrado demasiados! Los propios hijos de este hombre tenían suficientes razones para desear su muerte. Pero tampoco puedo excluir a su hermano. ¡Y la ley no nos va a servir de ayuda porque es muy posible que el justicia del distrito sea el que tenga más motivos que nadie!

– ¿Me estás diciendo que el asesinato fue cuestión personal? ¿Que no le mataron por motivo de la carta? -dijo Leonor con la sorpresa marcada en su rostro.

– No lo sé, señora -respondió Justino-. Descubrí motivos, pero no hay pruebas que los relacionen con el crimen. -Y acto seguido empezó a hablarle de sus sospechas, tratando de ser tan justo como conciso.

Confesó que esperaba que el asesino no fuera Tomás, simplemente porque no quería creer que un hijo pudiera matar a su padre por un motivo tan perverso. ¿Había algo más diabólico que una piedad tan retorcida y tan profana que llevara al asesinato?

En cuanto a Jonet y Miles, si eran ellos, estaba seguro de que ninguno de los dos habría actuado a solas. La impresión que sacó de Miles era la de una persona que necesitaba que se le empujara un poco; no podía concebir un complot de asesinato arraigado en un terreno tan superficial. La idea tenía que haber salido de Jonet, pero ella sola no podía haberla llevado a cabo. Una muchacha no podía ir de taberna en taberna en busca de asesinos a sueldo. Estaba a punto de seguir exponiéndole sus razonamientos a Leonor cuando ésta le interrumpió y le dijo con impaciencia.

– Habéis mencionado al justicia. ¿Qué razón podía tener para desear la muerte del orfebre?

– La razón se llama Aldith Talbot. Era la concubina de Fitz Randolph, pero estoy convencido de que ella y el ayudante del justicia, Lucas de Marston, eran amantes antes de que el orfebre fuera asesinado. Y ella es una mujer por la que un hombre puede muy bien matar si no puede poseerla de otra manera… -Justino se encogió de hombros y concluyó gravemente-, ¿Quién puede encontrar más fácil el hacer tratos con forajidos que el ayudante de un justicia? El conocerá a muchos criminales y malvados dispuestos a matar por cuatro perras gordas. A los justicias no se los considera con frecuencia como santos en la tierra, señora. Se ha sorprendido a demasiados aprovechándose de su cargo para obtener ganancias de forma ilícita. Si un hombre está ya vendiendo la justicia y recaudando multas, tal vez esté ya a un paso para llegar al asesinato.

Leonor no contradijo su opinión peyorativa de los justicias. Tan frecuentes eran las quejas de corrupción y abuso de poder que su marido convocó una investigación judicial de los justicias y los resultados de la investigación fueron tan condenatorios que casi todos los justicias fueron despedidos. De eso hacía más de veinte años, pero no tenía razón para asumir que la cosecha actual de justicias municipales fuera más ética o más honorable que la de sus predecesores. Y si Lucas de Marston era un oficial corrupto, ella no quería saberlo, pero sí podía ver que la investigación no había tenido éxito. Se levantó y empezó a recorrer el aposento.

– Siento haberos defraudado, señora. Pero no sé cómo seguir trazando estas huellas porque se bifurcan en muchas direcciones. Pensé que si os contaba cómo me habían ido las cosas, el justicia de Hampshire podía continuar a partir de aquí. Sé que dijisteis que no queríais implicarlo en esto, pero no veo otra opción…

Justino se daba cuenta de que estaba hablando demasiado, pero el contumaz silencio de Leonor le estaba poniendo los nervios de punta. Una vez disipado el eco de sus propias palabras, el único sonido era el frufrú de la seda de las faldas de la reina al moverse, inquieta, por el aposento. Justino se mordió los labios, esperando que Leonor le mandara que se retirara.

– No me habéis defraudado -dijo al fin-. Si ha habido algún fracaso, ha sido mío, porque os envié a un territorio desconocido sin un mapa. Teniendo en cuenta las circunstancias, lo habéis hecho bien y habéis averiguado mucho en muy poco tiempo. Pero yo debí ser más franca con vos. -Leonor se sentó en el banco de la ventana y permaneció sin chistar durante unos minutos-. Lo que habéis hecho en Winchester fue lógico y bien concebido. Pero ésta no es la investigación ordinaria de un crimen. Hay mucho más en juego que apresar a los asesinos del orfebre, mucho más.

Justino estaba empezando a comprender por qué la reina había manifestado tan poco interés en sus revelaciones acerca de la familia del orfebre.

– Así que -dijo cautelosamente- ¿me estáis diciendo que si se encuentra a los culpables en la familia de Fitz Randolph, os contentaréis con dejar que el justicia del distrito se ocupe de que se haga justicia?

– Sí -dijo la reina-. Quiero que se castigue a los culpables. Pero tengo una necesidad más urgente. He de saber si los asesinos de Fitz Randolph estaban buscando la carta. Temo que el asesinato haya sido cometido a instancias del rey de Francia. Si es así, necesito saberlo lo antes posible. Si Felipe está tan desesperado como para dejar a los asesinos libres en Francia, eso no augura nada bueno para mi hijo. No tengo esperanzas de desbaratar sus planes, a no ser que tenga pruebas de su traición. -Hizo una pausa y escogió cuidadosamente sus palabras-. Tenéis que enteraros de si los asesinos estaban pagados por el rey de Francia. Si podéis demostrar que este ayudante del justicia o uno de los Fitz Randolph es el culpable, mejor que mejor. Me tranquilizará considerablemente el que mis sospechas no hayan tenido fundamento. Pero de una manera u otra, he de saberlo enseguida. La rapidez es aquí esencial, porque Ricardo no tiene tiempo que perder. -Leonor hizo otra pausa-. Sé que la misión que os encomiendo es una misión peligrosa. Pero sois el único que puede reconocer a los asesinos. Tengo que confiar en que me serviréis bien. No me desilusionéis, Justino.

Su urgencia era tan imperiosa como sobrecogedora. Justino no había contado con verse implicado en una conspiración exterior. Pero en aquel momento no podía imaginarse nada peor que no cumplir con lo que Leonor esperaba de él.

– No puedo haceros la misma promesa que os hice, señora. No puedo jurar que voy a esclarecer este crimen, pero prometo hacer todo lo posible.

Leonor necesitaba más que promesas, pero había aprendido a aceptar lo que pudiera conseguir.

– Id con Dios, Justino, y tened cuidado, vigilad en quién depositáis vuestra confianza. No es fácil atrapar a un asesino y, ciertamente, no carece de peligros.

Al saber que Justino había ido directamente a su presencia nada más llegar a Londres, Leonor sugirió que buscara alojamiento para aquella noche en la cercana abadía de la Santísima Trinidad, en Aldgate. Justino decidió hacerlo, porque lo único que necesitaba era mostrar la carta de la reina para asegurarse un cálido recibimiento, una perspectiva más atractiva que vagar por las calles de la ciudad buscando posada.

Después de despedirse de Leonor, Justino se paró un momento en los últimos peldaños de la entrada a la Torre. Por encima de su cabeza, un viento frío del este arremolinaba las nubes negras en un firmamento gris del atardecer. Tendría que hacer frente a una tormenta en su viaje de regreso a Winchester. Hacía demasiado frío para demorarse en el patio y sin más se dirigió al establo para recoger su caballo.

Dentro del establo la oscuridad era completa, habitado ya por las sombras de la noche; las antorchas no estaban aún encendidas, por temor a que se declarara un incendio. No había mozos de cuadra por ninguna parte. Un gato merodeaba por el tejado al acecho de algún ratón y un viejo perro guardián del establo ladró antes de volver a escarbar en la [laja. El caballo de Justino dio un resoplido al verlo. Al entrar en el compartimiento, estaba Justino a punto de sacar de él a Copper cuando una mano le agarró por el hombro. Se dio la vuelta y se encontró cara a cara con el hijo de Leonor.

– ¡Señor De Quincy! -dijo Juan sonriendo, y sus dientes resplandecían a la luz de su linterna-. Esto es realmente una sorpresa. Yo estaba esperando aquí para ver quién era el dueño de este caballo alazán. Si hubiera sabido que eras tú, me podría haber ahorrado la espera en este oscuro establo, azotado por terribles corrientes de aire.

– ¿En qué puedo serviros, milord? -Algo se movió en las sombras detrás de Juan. Varios hombres se adelantaron para proteger a su señor. No dijeron nada, sólo observaron impasibles a Justino, sin mostrar ni curiosidad ni hostilidad. Justino sospechaba que estarían dispuestos a degollarle con la misma indiferencia si Juan les ordenaba que lo hicieran.

– ¿Puedes venderme tu caballo? -continuó Juan, acariciando el hocico de Copper-, Un animal verdaderamente hermoso. Siempre me han gustado los caballos alazanes. Así que… ¿qué dices a esto, De Quincy?

Justino cambió de postura con cierta inquietud. Si los rumores eran ciertos, no convenía poseer algo que lord Juan deseara, fuera un caballo, una mujer o una corona.

– Mi caballo no está en venta, señor conde.

– ¿Estás seguro de eso? Tú mismo puedes fijar el precio.

– Estoy seguro -dijo Justino firmemente-. Pero estoy dispuesto a daros la primera opción, si alguna vez cambio de opinión.

– Eres ciertamente obstinado. No obstante, piénsalo bien -dijo Juan sonriendo.

– Así lo haré. -Justino estaba seguro de que Juan mentía. Por mucho que apreciara a Copper, no era probable que el caballo tentara al hijo de un rey; Juan tendría establos llenos de briosos caballos. No, esto era simplemente un pretexto. No era Copper lo que Juan quería de él.

Juan continuó acariciando el cuello del semental. Tenía el mismo color de Justino; el resplandor de su antorcha revelaba un cabello más negro que la medianoche. Era el único moreno en una familia de rubios porque sus hermanos y hermanas habían recibido todos ellos el beso del sol. Se decía que Ricardo era alto como una lanza, y destacaba sobre todos los hombres, con sus ojos de color azul cielo y el cabello más brillante que el oro fundido. Juan era un hombre de algo menos de mediana estatura, Justino le sacaba unos ocho o diez centímetros. No obstante, no era hombre que pasara desapercibido, estuviera con quien estuviera. Su inteligencia era evidente, un arma tan temible como la espada que colgaba de su cintura. Pero si era verdad sólo la mitad de lo que Justino había oído de Juan, sabía poco o nada de las fronteras de la moralidad. En suma, no era hombre a quien uno quisiera encontrarse en las sombras…

– ¿Llevas al servicio de mi madre mucho tiempo?

– No, no mucho.

– Me han dicho que le entregaste una carta urgente hace unos diez días. Me interesaría mucho conocer el contenido de esa carta, señor De Quincy.

– Siento no poder ayudaros, milord -dijo Justino tragando saliva-. Nunca habría osado leer una carta destinada a ser leída por los ojos de una reina. En cuanto a esa carta en particular, no recuerdo nada de ella que fuera urgente. Han debido de informaros mal.

– No es probable. Los que me sirven saben bien lo que valoro la información exacta. Espero que cambies de opinión acerca del caballo. Como es natural, yo haré que la venta merezca la pena.

– Lo pensaré -contestó Justino, con tanta vaguedad como era posible en aquellas circunstancias.

– Me sería muy útil poder saber dónde localizarte, en el caso de que decidas venderlo.

– No tengo dirección fija, milord, así que os será difícil encontrarme.

– Te sorprenderá lo hábil que soy cuando quiero encontrar a alguien, señor De Quincy. ¿Y tu familia? Seguramente ella sabrá dónde es posible encontrarte…

Esperando que su voz no traicionara sus sentimientos, Justino dijo:

– Desgraciadamente no tengo familia, milord. Pero sé cómo podéis poneros en comunicación conmigo. No tenéis más que preguntárselo a la reina.

– ¿Cómo es posible que no se me haya ocurrido eso? -Se hizo un silencio que pareció interminable, y Juan se echó a reír. Daba la impresión de estar genuinamente divertido por el atrevimiento de Justino, pero la tensión de éste no se desvaneció hasta que Juan hizo una señal a sus hombres-. Estoy seguro de que nuestros caminos se volverán a cruzar.

– Adiós, señor conde. -Justino tenía aún la garganta apretada. Permaneció de pie, sin moverse, hasta mucho después de que Juan saliera del establo. La reina le había precavido dos veces sobre los peligros que probablemente tendría que afrontar en Winchester. Pero ¿y si los más grandes peligros los encontraba en Londres?


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