13. LONDRES

Febrero de 1193


A Justino le costó trabajo conciliar el sueño aquella noche. Las sábanas exhalaban aún el aroma del perfume de Claudine, pero el otro fantasma que vagaba por la casa no era tan agradable: el miserable espíritu de Clem le había perseguido desde Moorfields y le observaba desde las sombras en actitud de reproche. Sin embargo, cuando al fin consiguió dormirse, no soñó ni con Clem ni con Claudine. Había regresado al molino de Durngate, sintiendo que la sangre de Kenrick le salpicaba la piel, y que el molino se convertía en la herrería de Gunter, que de nuevo luchaba para defender su vida, tratando de esquivar el acero mortal del Flamenco. Se despertó antes de amanecer. El cuarto estaba frío y una delgada capa de hielo flotaba sobre el agua de la palangana, y manaba sudor de su frente.

Había nevado toda la noche y la nieve seguía cayendo lentamente en copos impolutos, desde unas nubes bajas y grises, copos grandes que parecían benignos, parientes inocentes de la nieve que interceptaba los caminos, que hacía que se derrumbaran los tejados y que los viajes durante el invierno fueran tan peligrosos. Justino dejó a Shadow en la taberna para que jugara con Lucy, ensilló a Copper y cabalgó hasta la iglesia de San Clemente en Candlewright Street, donde oyó misa y rezó por las almas de todas las víctimas del Flamenco. Se le ocurrió que ésta era probablemente la única oración que podía ofrecer por Pepper Clem, el más triste epitafio para la malgastada vida de un hombre.

Después concertó con el sacerdote que se enterrara en sagrado a Clem y le dejó un recado a Jonás en el que le decía que él pagaría el entierro de aquel rata. Estaba todavía de un humor sombrío y meditabundo cuando finalmente regresó a Gracechurch Street y decidió dejar a Shadow con Lucy un rato más. Gunter se había ido a hacer un recado y el joven Ellis, el vecino que había ayudado a Nell, se había quedado vigilando la herrería. Justino dio al muchacho unas monedas para que desensillara y diera pienso a Copper, cruzó hasta la puerta trasera y salió a los terrenos de pasto de detrás de la herrería.

La casa de Gunter no parecía una vivienda urbana porque estaba situada en su propio terreno, rodeada de un prado con una empalizada y protegida por varios manzanos de ramas desnudas. El jardín, que cuidó en sus tiempos la mujer de Gunter, había disminuido de tamaño a causa del descuido en que quedó durante su larga enfermedad, pero el acebo que ella había plantado seguía floreciendo, y sus brillantes ramas verdes se destacaban sobre el suave fondo blanco de la nieve. Fue la nieve y no el acebo lo que atrajo la atención de Justino. Sus pisadas eran aún visibles, no se habían cubierto todavía de nieve, pero al lado de ellas había otras que llevaban a la puerta de la casa.

Justino se paró de pronto. La casa de Gunter no tenía ni cerradura ni llave, porque nunca vio la necesidad de una protección que resultaría cara. En su lugar, puso en la puerta un simple pestillo, una pequeña barra de metal sujeta a un lado que se podía levantar desde fuera con una cuerda pasada por un agujero en la puerta. Cuando Justino salió por la mañana, tomó la precaución de enganchar la cuerda alrededor de un clavo que había en la madera. Ahora la cuerda estaba colgando, prueba de que alguien había levantado la barra y entrado en la casa.

Justino se quedó inmóvil un momento, reflexionan do. No había más que una serie de pisadas. Las contra ventanas estaban aún cerradas, así que quien estuviera dentro no podía ver si se aproximaba. Desenvainó la espada. En un rápido movimiento, abrió el pestillo y empujó la puerta con el hombro, irrumpiendo dentro de la casa.

Entró lenta y sigilosamente con la espada desenvainada. Había encendida una lámpara de aceite y su llama parpadeaba movida por la repentina corriente de aire. Un hombre arrodillado junto a la chimenea trataba de sacar chispas del pedernal. Se echó hacia atrás asustado y profirió un juramento al oír que la puerta se abría súbitamente.

– ¡Santo cielo! A la mayoría de los hombres les hasta con abrir una puerta y entrar. ¡Teníais que ser vos, De Quincy, el que entrara bruscamente, como un viento de borrasca que sale rebotando de las paredes!

Le tocó ahora a Justino el proferir su propio jura mentó.

– ¡Fuego del infierno y maldición sempiterna! ¿Qué estáis haciendo aquí, Lucas?

– Pasé por casualidad por estos alrededores. ¿Qué otra cosa creéis que puedo estar haciendo?

– Creo que os faltó poco para que os atravesara con la espada y ¿quién podría censurarme por ello?

Se miraron fijamente el uno al otro, pero sus fulminantes miradas se convirtieron pronto en sonrisas avergonzadas. Cerrando la puerta, Justino puso otra vez la barra en su sitio y echó cuidadosamente el pestillo.

– He de confesar que me alegro de veros, Lucas. Al menos el Flamenco podrá ahora elegir cuál de los dos es su blanco.

– Me parece que estáis algo confuso, De Quincy. Se suponía que vos ibais a ser el cazador y Gilbert el cazado, ¿no os acordáis?

– Aprecio vuestra amabilidad en hacerme ver las cosas de ese modo -repuso Justino. Se dirigió a la chimenea a ayudar a Lucas a encender el fuego-. ¿Cómo os enterasteis de dónde estaba? Toda la calle está implicada en una conspiración para mantener secreto mi paradero, ¡y no hay gente más obstinada ni suspicaz que los londinenses!

– No es preciso que me lo digáis, porque ya he trabado conocimiento con esa arpía ahí en la taberna. Bien podía haber estado hablando galés, ¡para lo mucho que me ha servido! «¿A Justino qué? No he oído nunca hablar de ese hombre.» Y la frialdad aumentó cuando confesé ser ayudante del justicia. No les gusta mucho la ley a la gente de por aquí, ¿me equivoco?

Justino se sonrió.

– Me habría encantado presenciar esa escena y a Nell peleándose con vos. Y finalmente, ¿cómo os la ganasteis?

– Por pura cabezonada. Me negué a irme e insistí una y otra vez en que éramos aliados. Hasta llegué a decir, exagerando un poco la verdad, que éramos amigos. Finalmente se me ocurrió enseñarle vuestra carta, prueba de que se podía fiar de mí. Pero entonces tuve que esperar mientras mandó venir al cura, porque es el único hombre en la calle que sabe leer y ella no estaba dispuesta a creer mi palabra sobre el contenido de la carta. Si os protegen la mitad de bien de Gilbert el Flamenco de como os protegen de mí, ¡no tenéis razón para preocuparos!

Justino miró de un lado a otro de la casa en busca de alimento y vino para ofrecérselo a Lucas; la búsqueda fue en vano y tendrían que ir a la taberna y convencer a Nell de que les diera de comer. Pero tendrían que esperar, porque Justino estaba haciendo un rápido cálculo matemático.

– Hoy es catorce, sólo diez días después de que yo os mandara la carta. Debéis de haber salido para Londres tan pronto como la recibisteis. ¿Por qué?

La sonrisa de Lucas fue una sonrisa triunfal y un tanto autosuficiente.

– Mientras vos estabais jugando al gato y al ratón con el Flamenco, yo estaba teniendo mejor suerte. ¿Os acordáis del desconocido compinche del Flamenco? Pues bien, ya no es desconocido. El hombre que estamos buscando es un patán llamado Sampson, uno de los menos amados hijos de Winchester. Estoy seguro de que toda la ciudad dio un suspiro de alivio cuando huyó con Gilbert. Desgraciadamente no nos faltan criminales, pero al menos Sampson le pertenece ahora a Londres. Son ellos los que se tienen que preocupar de él y no nosotros.

– ¡Enhorabuena, Lucas! Pero ¿estáis seguro de que ése es el hombre? Yo dudo poder identificarlo.

– Por lo que me habéis dicho de él, es joven, fuerte y lerdo como él solo, ¿no es verdad? Pues bien, Sampson tiene la fuerza y los sesos de un buey, fuerza suficiente para sujetar a un semental aterrado y la suficiente necedad para pronunciar en voz alta el nombre de Gilbert. Se sabe, por añadidura, que ha trabajado con Gilbert en el pasado y que desapareció de Winchester al mismo tiempo que lo hizo Gilbert. No tengo la menor duda de que ése es nuestro hombre. ¿Creéis que también pudo haber tomado parte en vuestra emboscada en Londres? La fierecilla me habló, muy a su pesar, de que os atacaron en la herrería la semana pasada. Yo asumo que fue nuestro amigo el Flamenco. ¿Era Sampson el otro?

– No, creo que no. El hombre de la herrería no era tan alto ni tan fuerte como ese tal Sampson. Además, tenía acento londinense y decís que Sampson es de Winchester. Pero tenéis razón acerca de Gilbert. Era él ciertamente el que vino, navaja en mano.

– Esta es la tercera vez que os encontráis con el Flamenco en una de sus venadas de asesino y las tres habéis escapado con vida para contarlo. Vuestro ángel de la guarda debe de estar muy atareado estos días. -Despreciando la única silla desvencijada que había en el cuarto, Lucas se sentó con las piernas cruzadas en el suelo, al pie de la cama-. ¿Creéis que eso quiere decir que Gilbert y Sampson se han separado?

– Bueno… decís que Sampson no es muy listo. Pero sabemos con certeza que Gilbert sí lo es. Tal vez se haya dado cuenta de que Sampson es un compinche que puede acarrearle conflictos y haya decidido deshacerse de él. Gilbert conoce Londres y no tendrá necesidad de Sampson aquí. Sabe nadar en estas aguas sin la menor dificultad, un tiburón más entre los tiburones. Apuesto a que cada uno siguió su camino una vez que llegaron a la ciudad.

– Esa es una interpretación plausible -asintió Lucas-, Por supuesto, Sampson puede estar muerto. La gente que rodea a Gilbert parece caer fulminada.

– Es posible. Pero decís que Sampson es un hombre corpulento y mezquino y que conoce la habilidad de Gilbert con la navaja. No será tan fácil matarlo. Habrá sido más sencillo para Gilbert dejarle que se fuera por su cuenta.

Lucas asintió pensativo.

– ¿Qué tipo de ayuda estáis recibiendo del justicia?

– Accedió a dejar que uno de sus sargentos me echara una mano, un tal Jonás. ¿Lo conocéis?

– No estoy seguro. He conocido a varios hombres del justicia en anteriores visitas a Londres. Supongo que es uno de ellos.

– Creedme, Jonás no es hombre a quien se pueda olvidar con facilidad. Si lo has conocido, te acuerdas de él para el resto de tus días. A su manera, es tan temible como el Flamenco. Así que vos y él os caeréis mutuamente tan bien como hermanos que no se han visto hace mucho tiempo -añadió Justino irónicamente. Pero casi en el acto su sonrisa se desvaneció-. Lucas, hay otra muerte que añadir a la cuenta de Gilbert. Un mísero delincuente, un raterillo llamado Clem. Nadie llora su muerte, pero no debe olvidarse este asesinato. Hasta el más ínfimo de los ciudadanos merece justicia.

Después de experimentar la indiferencia de Jonás, Justino esperaba que Lucas se encogiera de hombros o se burlara. Pero el auxiliar del justicia simplemente volvió a hacer un gesto de asentimiento con la cabeza.

– Creo recordar que las Escrituras dicen algo sobre las aves, que reza más o menos así: «Ni el más humilde gorrión cae al suelo sin el conocimiento del Altísimo».

Si esto es cierto en relación con los gorriones, debe serlo también en relación con «un mísero delincuente, un raterillo».

Justino examinó el semblante del otro hombre buscando alguna señal de mofa, pero no la encontró.

– Podíais haberme enviado una carta acerca de Sampson. No teníais que haber venido solo. ¿Por qué lo hicisteis, Lucas?

– Tal vez porque me apetecía un viaje a Londres. O porque sabía que solo os meteríais en líos. O porque yo he sido siempre el tipo a quien le gusta estar presente al final de una persecución. ¿Qué importan mis razones?

– No, no importan -dijo Justino, pero estaba mintiendo. Las razones de Lucas le importaban muchísimo. Pudiera muy bien haber una explicación menos inocente de la repentina aparición del justicia por allí. Juan había pasado por Winchester camino del puerto de Southampton. ¿Habría mandado a Lucas a Londres para que fuera su espía? Por poco que le agradara a Justino tal suposición, no podía rechazar esa sospecha sin más ni más. No se atrevía a hacerlo. Había cometido hasta ahora algunos errores, pero el error más grave de todos sería subestimar a Juan.


Smithfield era un área extensa, situada al noroeste de las murallas de la ciudad, un lugar popular de reunión para los londinenses. Se celebraban allí ferias semanales de caballos y, si el tiempo lo permitía, juegos bulliciosos de pelota, tiro al arco, lucha libre y parodias de justas y torneos.

Lucas había visitado la feria de caballos durante una anterior estancia en Londres y fue idea suya ir a Smithfield y preguntar a los tratantes si les habían ofrecido a alguno de ellos en el curso del pasado mes un caballo ruano pálido de gran calidad. Justino se sentía escéptico pero Lucas insistió. Era una posibilidad muy remota, comentó, porque, aunque lograran encontrar a un tratante que recordara al robado palafrén de Gervase Fitz Randolph, la probabilidad de que esta pista les llevara a Gilbert el Flamenco era muy dudosa. Pero Lucas añadió que tenían que seguir todas las pistas y que si no iban esa tarde, tendrían que esperar una semana entera hasta la próxima feria de caballos. Como Justino no podía refutar la lógica de tal razonamiento, la opinión de Lucas prevaleció.

Pero al llegar a Smithfield descubrieron que la memoria de Lucas había fallado: las ferias de caballos tenían lugar los viernes y no los lunes. En los campos no había nadie a excepción de unos cuantos jóvenes imprudentes que habían venido a competir en justas a pesar del tiempo y un puñado de espectadores, porque no era un día para estar al aire libre sin necesidad. La temperatura había bajado durante la noche convirtiendo la nevada del domingo en una nieve fangosa; el viento era implacable, cortaba como el filo de una navaja, masculló Lucas, con el que ni siquiera el acero del Flamenco podía competir.

Lucas llevó muy a mal la decepción.

– Esto ha sido una locura, De Quincy. Aunque la feria de caballos hubiera tenido lugar hoy, habrían vendido probablemente ese maldito semental hace ya algunas semanas.

Justino agarró al otro hombre por el brazo, parándole a tiempo antes de que pisara un montón de estiércol reciente.

– ¿Es preciso recordaros que esta idea fue vuestra, Lucas?

– ¿Y qué? ¿Por qué no me la quitasteis de la cabeza? Que el diablo se lleve al caballo, al tiempo y sobre todo a Gilbert. Si no nos metemos pronto dentro corro el peligro de que se me congelen las partes de mi cuerpo que no puedo permitirme el lujo de perder.

Girando sobre sus talones, Lucas empezó a coger los caballos de nuevo.

– No puedo creer que haya arrastrado a los dos aquí para llevar a cabo una misión tan inútil. Pero me dolían los huesos de ir de una taberna a otra toda la mañana, esperando sin esperanza que Sampson estuviera emborrachándose dentro. Si tenemos que depender del azar o de la casualidad para encontrar a este hombre, es muy posible que tengamos que andar vagabundeando año tras año por los barrios más sórdidos de Londres. Pero ¿qué otra cosa podemos hacer? No parece que ese amigo vuestro os haya sido de mucha ayuda.

– Yo no llamaría amigo a Jonás. Pero en algo tenía razón. No conoce a Sampson porque no lo ha visto nunca, ni lo reconocería si se tropezara con él. Vos sois el único que le habéis visto. Jonás habría cooperado de mejor grado si no hubierais sido tan prepotente con él. -Justino tenía frío y sentía una gran irritación. La mirada que dirigió al auxiliar del justicia no fue precisamente una mirada de amistad-. No podéis siempre exigir, Lucas. A veces es más prudente suplicar.

– ¿Qué es eso, el evangelio según Justino de Quincy?

Pero después de unos momentos de silencio preñados por ambas partes de resentimiento, Lucas fue el primero en limar asperezas.

– Tened paciencia conmigo; hoy estoy de mal humor. Me ha faltado muy poco para atrapar a Gilbert, pero una y otra vez ha logrado escapárseme de las manos. No estoy dispuesto a que me vuelva a ocurrir esto, ¡por los clavos de Cristo, no lo estoy!

– Lo encontraremos -contestó Justino, esperando aparentar estar más confiado de lo que realmente estaba, porque había empezado a preguntarse si la maldita buena suerte del Flamenco concluiría alguna vez.

– Más vale que sí… y pronto, antes de que empiece a preguntarme qué estoy haciendo aquí, durmiendo en vuestro suelo en lugar de estar bien arropadito en la cama de Aldith. Y ya que hablamos de camas, ¿creéis que podríamos pedirle prestadas algunas mantas a la fierecilla? Este camastro es más duro que el corazón de un terrateniente.

Llegaron pronto al poste para amarrar los caballos, donde sujetaron con una cadena a Copper y al temperamental alazán de Lucas.

– Me parece increíble haberme equivocado de día -dijo Lucas cabizbajo-. Ahora tendremos que volver al final de la semana. Celebran también carreras aquí los viernes y esto tal vez atraiga a Sampson, porque le tiran mucho las apuestas. He oído decir que no se le dan bien, pero que le gusta y sigue apostando.

Esto sonó a los oídos de Justino como una pista prometedora.

– Eso quiere decir que no tenemos que esperar a las carreras del viernes. Si nos podemos enterar por Jonás dónde se juega a los dados apostando alto, eso sería una buena ocasión para tratar de dar con el paradero de Sampson.

Lucas saltó inmediatamente a la silla.

– Se me debía haber ocurrido a mí antes. Muchos hombres tienen alguna flaqueza del tipo que sea, o bebida, o putas, o el buen vivir.

Justino se montó también.

– Es una pena que el Flamenco se apasione por los cadáveres y no por las rameras. Yo preferiría seguirle la pista por prostíbulos que por cementerios.

– ¡Por los clavos de Cristo! -Lucas tiró del freno con tal brusquedad que el animal se alzó de manos-. ¿Cómo se me ha podido olvidar a esa mujer?

Las esperanzas de Justino renacieron.

– ¿Qué mujer?

Cuando Lucas logró dominar a su caballo, consiguió también dominar su excitación.

– No quiero darle a esto más importancia de la que tiene -dijo cautamente-. Se trata sólo de un comentario que Kenrick hizo el verano pasado, cuando estábamos a la caza del Flamenco por los asesinatos de aquel comerciante y su mujer. Me dijo que estaba seguro de que Gilbert había vuelto a Londres, «a su puta irlandesa». Añadió que su primo había estado presumiendo de lo calentorra que era en la cama. Cuando escribí a los justicias de Londres sobre Gilbert, les transmití lo que Kenrick había dicho, pero no podía acordarse del nombre de la mujer, así que debieron de pensar que no merecía la pena seguir esta pista.

– ¿Por qué creéis que Kenrick la llamó así, porque despreciaba a cualquier mujer que tuviera relación con un tipo como Gilbert? ¿O porque era realmente una puta?

Lucas no contestó inmediatamente, se quedó reflexionando.

– Yo conozco al menos una ramera con la que se acostaba en Winchester. Corría el rumor de que ella le hacía saber si tenía algún cliente al que mereciera la pena robar.

– Bueno, eso nos proporciona un lugar donde empezar: los «estofados» de Southwark. Vamos a buscar a Jonás otra vez.

– ¿La búsqueda de una puta sin nombre que puede o no puede conocer al Flamenco? -Lucas hizo una mueca que le iba de oreja a oreja-, ¿Quién puede aguantar una búsqueda tan insensata como ésta?


A Jonás no le entusiasmó su conjetura. Pero Justino dudaba de que el sargento demostrara entusiasmo acerca de algo. No obstante, Jonás se prestó a tratar de averiguar si en los «estofados» de Southwark había una puta que fuera irlandesa. Justino y Lucas pasaron el resto del día de taberna en taberna, sobre todo en aquéllas que, según los rumores, eran frecuentadas por jugadores. Pero no consiguieron nada. Sampson parecía haberse evaporado.

No regresaron hasta última hora de la tarde. Tan pronto como entraron en la taberna, Justino fue recibido con expresivos saludos procedentes de los diversos rincones del cuarto, y él se detuvo para hablar con Odo, el barbero, el joven Ellis y Roland el carretero, que había sido el primero en seguir el revuelo levantado por Gunter contra el Flamenco. Para entonces, Lucas ya había pedido una mesa para ellos y mandado traer unas jarras de cerveza.

– Dais la impresión de que estáis en vuestra casa.

– Supongo que tenéis razón -asintió Justino, dándose cuenta, sorprendido, de lo cómodo que se encontraba aquí en Gracechurch Street-, Sienten una gran curiosidad por vos, claro está, y están deseando saber si es verdad que sois un justicia de carácter. Yo dije que lo erais, pero que no debían guardaros rencor por ello.

Lucas deslizó la jarra por la mesa.

– Servíos, porque sois quien va a pagar. Le dije a la fierecilla que lo pusiera en vuestra cuenta.

Justino se sirvió una bebida.

– Cuando hablamos hace un momento de los Fitz Randolph, dijisteis que no estaban del todo bien, asediados por rumores y murmuraciones. ¿No habréis sido vos por casualidad quien haya difundido esos rumores?

– Hay veces en que sembrar sospechas ayuda. Pero en este caso, los rumores estaban surgiendo ya. Sus vecinos miraban a la familia con recelo y se levantaban falsos comentarios sobre ellos en las tabernas, la mayor parte muy comprometedores. ¿No os habéis dado cuenta de que lo que le gusta creer a la gente es lo peor? Pero debido a todo este chismorreo y a estas conjeturas, el abad de Hyde Abbey le ha dicho a Tomás Fitz Randolph que sería mejor que no tratase de que lo admitieran en la orden todavía. Creo que utilizó frases tan consoladoras como «cuando Dios lo disponga» y «cuando haya pasado la tormenta». Pero nosotros sabemos, y también lo sabe Tomás, que lo que realmente quería decir era: «Vuelve una vez que estemos seguros de que no eres un asesino».

– Me imagino que Tomás tomó todo esto con su acostumbrada cortesía y buena voluntad.

Lucas hizo un gesto.

– Me abordó al mediodía en la Cheapside y me acusó de destrozarle la vida y poner su alma inmortal en peligro. Yo me enfadé también y le amenacé con meterle la cabeza en un abrevadero si no se iba a su casa. Si termina alguna vez de monje benedictino, ¡Dios ayude a sus hermanos!

– ¿Y los otros? ¿No se han anunciado planes de boda entre Jonet y Miles?

– Creo que están todavía tratando de ganarse a la madre. De todas maneras tendrán que esperar, por la misma razón que Aldith y yo, porque no se permiten las ceremonias nupciales durante la cuaresma. Pero cuando me pasé por casa de los Fitz Randolph antes de salir para Londres, Miles estaba allí, compartiendo la mesa con el resto de la familia, así que espero que Jonet y él se salgan con la suya. Asumiendo, por supuesto, que no están implicados en el asesinato de su padre. Pero dudo que sean culpables. Yo apostaría por nuestro amado monjecito, si tuviera que elegir uno de entre ellos.

– Al menos pudimos descartar a Guy como sospechoso. Pero tengo la impresión de que la orfebrería va a pasar por momentos difíciles. Gervase era el viento que ponía en movimiento a esas velas. Y si no podemos esclarecer el asesinato, es muy posible que tenga que cerrar. -Hasta ahora Justino no había pensado más que en proporcionarle respuestas a Leonor, pero Ella las necesitaba también, tal vez más que la reina-. Las sospechas pueden eclipsar el sol para todos los Fitz Randolph, tanto si son culpables como inocentes.

– Yo tampoco creo que fuera Tomás -dijo Lucas de repente-. Sospecho que se asesinó al hombre por razones que no puedo más que adivinar. Su criado me contó que se dirigía a Londres en una misión urgente y eso puede explicar el inexplicable interés de la reina de Inglaterra en este asesinato. ¡Cuánto sabéis vos, señor De Quincy! Más que yo, desde luego. ¿No creéis que ha llegado ya el momento de que compartáis conmigo algo de lo que sabéis?

Justino se puso rígido.

– ¿Qué queréis decir?

Lucas puso la copa sobre la mesa, dando un golpe.

– Vos sois el hombre de la reina, eso no se me ha olvidado. Pero en esta lucha estamos en el mismo bando, y creo que me he ganado el derecho a haceros algunas preguntas.

Justino también lo creía. Pero ¿estaba Lucas haciendo estas preguntas para saberlas él o para comunicárselas a Juan?

– ¿Qué queréis saber? -preguntó.

– ¿Llevaba el orfebre una carta para la reina?

Justino no se esperaba una pregunta tan directa.

– ¿Qué os hace pensar eso?

Lucas frunció el ceño.

– El orfebre acababa de entregar un cáliz al arzobispo de Ruán, que es también administrador real de la justicia, y un bien conocido aliado de la reina. Gervase llegó a casa la víspera de la Epifanía y se puso en camino para Londres la mañana siguiente, en mitad de un temporal de nieve. No se requiere un cerebro sobrehumano para preguntarse si existe una conexión entre esos dos hechos, De Quincy.

La afirmación era verosímil y convincente. Lucas era indudablemente lo suficientemente listo para llegar él solo a esas conclusiones. Pero ¿eran ésas sus propias conclusiones?

– No tengo nada que contestaros, Lucas. Lo siento.

Los ojos de Lucas se oscurecieron.

– Yo también -replicó lacónico.

Justino tragó lo que le quedaba de su cerveza, condenando en silencio al hijo de la reina a las simas más profundas del infierno. En aquel momento se oyó un revuelo en la puerta. Todos los hombres que estaban en la taberna saludaron calurosamente a Gunter, porque su valeroso rescate le había convertido en el héroe de la vecindad, al menos por un par de semanas. Desconcertado y tímidamente satisfecho por toda la atención que estaba recibiendo, murmuró a su vez unas palabras de saludo y atravesó la habitación cuando Justino le hizo señas de que se acercara.

– Sentaos con nosotros, Gunter. Conocéis a Lucas de Marston, ¿no es así? -Ambos asintieron y Lucas mandó traer más cerveza.

– A esta jarra os convido yo -insistió-. Me sentiría orgulloso de beber en compañía de cualquier hombre que hubiera cogido a Gilbert el Flamenco con una horca. Y aquí tenemos a alguien que lo ha hecho.

Gunter se encogió de hombros, un poco tímido.

– Me alegro de que nuestro compañero aquí sentado tenga una cabeza tan dura -dijo, mirando de reojo a Justino-, ¿Dónde está hoy el cachorro?

– ¿Shadow? Debajo de la mesa, -contestó Justino, y mientras lo decía sentía la cola del perro golpeándole la pierna-. Estoy seguro de que habéis oído decir que Lucas es el auxiliar del justicia de Hampshire. Está aquí para ayudarme a encontrar la pista de Gilbert el Flamenco. Ojalá os pudiera contar más -añadió, y aunque las palabras iban dirigidas a Gunter, Justino estaba mirando directamente a Lucas-. Pero no puedo…

No pudo continuar, porque se hizo un repentino silencio en la taberna. Sorprendido, Justino se movió en su asiento para averiguar la causa. Vio enseguida la razón del extraño silencio: Jonás había aparecido en la puerta. Cuando vieron que se dirigía hacia ellos, los que estaban en la taberna le abrieron rápidamente camino, hasta el punto de dar trompicones para apartarse de él. Justino y Lucas intercambiaron miradas de sorpresa y conjetura porque no esperaban ver hoy al sargento.

Jonás se paró delante de la mesa.

– Hay una puta irlandesa que trabaja en El Toro, allí en Southwark.

A Lucas y a Justino les impresionó mucho que hubiera tenido tanto éxito y tan pronto. Pero cuando empezaron a alabarle, Jonás los interrumpió.

– Todavía mejor. Uno de mis espías dice que la ha visto con nuestro hombre hace algún tiempo. Parece -dijo con el destello de una siniestra sonrisa- que hemos encontrado a la mujer del Flamenco.


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