Marzo de 1193
Marzo estaba siendo hasta el momento lo mismo que el mes de febrero, la mayoría de los días fríos y húmedos. Pero a partir del día 12 tuvo lugar un repentino cambio de tiempo. Brillaba el sol, y las temperaturas, mucho más altas, ofrecían a los habitantes de Londres, hartos de tan largo invierno, una atractiva insinuación de que se aproximaba la primavera. Sabían que no duraría, porque marzo es el mes del que menos se fía la gente. Así que los habitantes de la ciudad salieron en bandadas a la calle para sacarle el mayor provecho a este breve veranillo, muchos de ellos decididos a asistir a la feria de caballos del viernes en Smithfield, al norte de las murallas de la ciudad, proporcionándole así al Flamenco una protección aún mayor.
Pero Nell tenía una razón para lamentar las inesperadas templadas temperaturas. Cualquier hombre embozado en una capa con capucha en un día así llamaría demasiado la atención y atraería indudablemente las miradas siempre suspicaces de Gilbert. Por lo tanto, se alegró al ver que Justino y Lucas habían pensado en otro disfraz. Que fuera eficaz es lo que hacía falta.
Le complacía sobremanera ver que no tenía necesidad de entablar conversación: Nora y ella habían caminado en silencio la mayor parte del trayecto. Ahora que el trato estaba hecho, Nora no tenía más que una idea en la cabeza y mantenía una actitud enérgica y eficaz. Nell empezó a preguntarse si la amante del Flamenco la había considerado a ella como presa desde el primer momento. Después de todo había hablado sin reservas sobre su lamentable vida de familia. ¿No habría Nora sacado la conclusión, antes de que tuvieran aquella franca conversación, mientras se comían la empanada de anguila, de que sacaría provecho de la amistad de Nell? La joven y aburrida esposa de un comerciante respetable podía muy bien ser un blanco prometedor para poner en práctica un buen robo. Eso explicaría por qué Nora había reaccionado tan afectuosamente a sus insinuaciones de amistad; generalmente las amistades no nacen tan deprisa.
Cuanto más pensaba Nell en estas cosas, más probable le parecía, porque estaba convencida de que el Flamenco y la irlandesa eran compinches, además de compañeros de cama, unidos tanto por la avaricia como por la concupiscencia. Mirando con inquietud el delicado perfil de Nora, Nell se maravillaba una vez más de que una mujer pudiera tener un rostro tan inocente y atractivo y un alma tan mezquina.
El mercado de caballos estaba muy animado, los futuros compradores se mezclaban con los curiosos y con los que habían venido a apostar en las carreras de la tarde. Nora no prestó la menor atención a lo que ocurría a su alrededor y no hacía caso a los halagadores y lascivos comentarios que oía a su paso. Nell la seguía en silencio. Ahora que le quedaba tan poco para enfrentarse con Gilbert el Flamenco, se sentía como si se hubiera tragado una mariposa, o más bien todo un enjambre, tan alterado estaba su estómago.
«Adorada Lucy, ¿en qué lío se ha metido tu madre?»
Cuando llegaron a la charca de los caballos, habían dejado atrás a la multitud que llenaba el recinto. Nell comprendió lo bien que Gilbert había escogido su terreno; en mitad de todo este espacio abierto, nadie podía cogerlo sin que él se diera cuenta. En cuanto vislumbrara que la más leve sospecha se atravesaba en su camino, saltaría a la silla, espoleando a su caballo hacia el campo abierto y la libertad. Estaba esperando junto al borde del agua, sujetando las riendas de un fino caballo zaino, observando con atención la llegada de las mujeres. Desde lejos parecía un hombre normal, no tenía rabo, ni pezuñas, pero Nell no se fiaba, no le cabía la menor duda de que estaba a punto de traicionar a uno de los hijos de Satanás.
Pero al menos no se aventuraría a penetrar sola en las profundidades del infierno. Todo estaba preparado. A su derecha podía ver un carro cuidadosamente estacionado, cubierto por una lona. Un desconocido, desaseadamente vestido, estaba dando de beber a sus animales en la charca. Aunque Nell no lo había visto nunca, sabía que era uno de los hombres de Jonás porque reconoció al semental castaño de Justino y al alazán de Lucas entre los que llevaba en su reata. Estaba regateando con dos monjes sobre del precio de una muía blanca. Nell no se atrevió a mirar en esa dirección; era suficiente saber que estaban allí sus ángeles de la guarda ataviados con el hábito negro de los benedictinos. No la habían abandonado.
Tenía amigos. Levantando el mentón, caminó bien erguida y avanzó hacia Gilbert el Flamenco.
Nora hizo las presentaciones. Nell esperó, nerviosa, a ver qué hacía la otra mujer. Supondrían que ella no querría detenerse mucho. Después de todo, el Flamenco era un criminal muy buscado por la justicia y Nora había mostrado hasta ahora un saludable interés por su propio bienestar. Pero si se equivocaban en sus conjeturas, esto pondría en peligro la parte siguiente de su plan. ¿Qué pasaría si Nora recordaba a Aldred? Nell contuvo el aliento, exhalándolo después con un sonoro suspiro, mientras Nora le daba un beso a Gilbert en la mejilla, saludaba despreocupada con la mano y se marchaba a paso ligero sin mirar atrás.
Gilbert examinó a Nell con detenimiento y cuando ella se empezó a mover, inquieta, ante la persistencia de su escrutinio, él dijo fríamente:
– Pareces estar nerviosa, Bella.
– ¿Nerviosa? Estoy medio muerta de miedo, y ¿a quién puede sorprenderle esto? ¡No puedo decir que tenga mucha práctica en estas cuestiones!
A él pareció divertirle su reacción.
– ¿Quieres decir que éste es el primer marido a quien has planeado matar?
Nell se estremeció porque había vuelto a usurpar la personalidad de Bella y a Bella le habría ofendido esto.
– ¿Es necesario ponerlo de manera tan… tan cruda? No es tan sencillo como lo pones. ¿No te ha contado Nora que me maltrata y…?
– ¿Y qué te hace pensar que a mí me pueda importar eso? Tus razones para hacer lo que quieres hacer quedan entre Dios y tú. Justifícaselo a Él si puedes hacerlo, pero no a mí. Lo único que yo quiero saber es si me puedes pagar lo que pido. Supongamos que me lo dices ahora.
La boca de Nell estaba totalmente seca. No había visto nunca ojos como los del Flamenco. Oscuros, acerados, relucientes, le parecían a ella unos ojos muertos, como los ojos de las serpientes que Justino contaba que Gilbert utilizaba en sus crímenes.
– No tengo dinero propio -dijo con voz quebrada-. Pero mi marido tiene mucho. Tiene que tenerlo, porque no gasta un céntimo. Lo guarda en un cofre de hierro en su tienda. Supongo que cree que ahí está más seguro que en casa, porque tampoco me deja la llave. Pero le he visto abriéndolo y hay allí un montón de monedas, tal vez hasta veinticinco chelines. Así que podemos repartirnos el dinero. La mitad para ti y la otra mitad para mí. Eso me parece justo.
El Flamenco torció una de las comisuras de sus labios.
– Muy justo.
Nell sabía perfectamente por qué había manifestado tan pronto su aprobación: porque tenía intención de quedárselo todo él. Pero la infeliz y desvalida Bella sí se lo habría creído, así que sonrió y asintió, aliviada de que hubieran llegado tan pronto a un acuerdo.
– La manera más fácil -dijo él- sería simular que tu marido fue asesinado en el curso de un robo en su tienda. Pero el oficial o el dependiente, ¿duerme allí por las noches?
– No. Abel insistió en cobrarle un alquiler y él prefirió encontrar una habitación en otro sitio. ¿Nora le habló de Joel?
Sus ojos brillaron como si estuviera perfectamente enterado del asunto y lo hicieron tan lascivamente que Nell se sonrojó.
– Sé que te has estado metiendo en su cama siempre que has podido, si eso es lo que me quieres preguntar. Pero lo que me sorprende es que no acudieras a él en vez de a mí. ¿Por qué no pedirle a él deshacerse del incómodo marido?
– ¡Nunca habría podido hacer eso! -Nell hizo lo posible para aparecer horrorizada-, Joel no tomaría jamás parte en un crimen, por mucho que me ame. No entra en su manera de ser. -Vio la insinuante sonrisa de suficiencia del forajido y contuvo su propia sonrisa, una sonrisa de victoria, porque éste iba a ser el último clavo en el ataúd del Flamenco. Le interesaba cometer este crimen porque se estaba dando cuenta de que después podían chuparle a ella la sangre. Cuando Gilbert y Nora quisieran más dinero, lo único que tenían que hacer era amenazarla con contarle la verdad a Joel y ella les pagaría para que mantuvieran la boca cerrada.
– Quiero hacer esto pronto -dijo-, porque últimamente he estado ocioso y necesito dinero pronto. ¿Dónde está su tienda?
Nell estaba preparada para esta pregunta.
– En Candlewright Street, frente a la iglesia de San Clemente. -Estaba deseando volver la cabeza para ver si Justino y Lucas se iban acercando ya, pero no se atrevió. Se habían puesto de acuerdo en la cuestión de extremar la cautela, porque con un hombre como Gilbert no podían correr el riesgo de dar un paso en falso.
– Quiero comprobar todo esto yo mismo. Mientras tanto, me tienes que hacer una copia de la llave de su caja fuerte. ¡No discutas, mujer, hazlo! El hombre se bañará de vez en cuando, ¿no es así? Mientras lo hace, aprieta la llave contra una lámina de cera caliente y saca la huella.
Yo conozco a un herrero que no hace preguntas inoportunas.
– Yo… yo lo intentaré -dijo Nell, vacilante-. Tengo que… ¡ay, Dios mío! -Se llevó la mano a la boca-. ¡Es el primo de mi marido! Y me ha visto, se está acercando a nosotros! ¿Qué le digo?, ¿qué?
– ¡Contrólate! -contestó el Flamenco con brusquedad. Agarrándola del brazo, hundió los dedos en su muñeca, esta vez haciéndole mucho daño-. Dile que tu marido te ha encargado que le busques un caballo.
Aldred estaba ya muy cerca de ellos.
– ¡Bella! ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Dónde está el primo Abel? -Se estaba excediendo en entusiasmo al saludarla, pero no podía por menos de estar nervioso, deseando recuperar la confianza de Jonás después de haber metido la pata respecto a su turno de vigilancia de la casa de Nora.
– Abel no sabe nada. Esto… esto va a ser una sorpresa. Quiero que se compre un caballo y he pensado que, si me entero antes de los precios y todo lo demás, tal vez pueda persuadirle. Le será muy útil para la entrega de sus encargos.
– Sin duda alguna -afirmó Aldred enfáticamente-. Has tenido suerte de que yo haya pasado por aquí casualmente, porque entiendo mucho de caballos y puedo ayudarte a elegir uno bueno. -Y pasando por delante del Flamenco, Aldred empezó a palpar con las manos las patas delanteras del caballo. Nell miró a Gilbert y se encogió de hombros en un gesto de impotencia. Gilbert tenía cara de mal genio, pero no podía hacer nada más que seguir el juego. Aldred estaba ahora al otro lado del caballo, hablando de la necesidad de mirar si tenía sobrehuesos que indicaran una caída anterior y de asegurarse de que el caballo respiraba bien. Nell pensó que todo esto sonaba muy convincente. El mero hecho de tenerlo cerca era una tranquilidad. No se encontraba ya tan vulnerable, tan expuesta a la malicia y a la navaja del asesino.
Moviéndose un poco para poder inspeccionar el panorama, le pareció que todo tenía un aspecto perfectamente normal y engañosamente pacífico, teniendo en cuenta lo que estaba a punto de suceder. Habiendo rechazado la muía, los monjes negros se acercaban lentamente en su dirección, con las capuchas ocultándoles los rostros. El defraudado vendedor iba detrás de ellos, ofreciéndoles rebajar el precio de la bestia. Dos perros retozaban cerca del carro y un hombre de pelo rubio llevaba su caballo al borde de la charca. Cuando Nell volvió, más tarde, a representar la escena en su memoria, no podía recordar nada fuera de lo ordinario.
Así que la acción del Flamenco la cogió totalmente desprevenida. Nunca llegaría a saber lo que le inquietó. Había demostrado siempre poseer un sexto sentido, una estremecedora habilidad para husmear el peligro y evidentemente había puesto ahora en juego esta habilidad.
– Me pondré en contacto contigo sobre este asunto -dijo de pronto y agarró las riendas del caballo.
– ¡Espera, no hemos terminado de hablar!
La protesta de Aldred fue más eficaz que la de Nell. Al subir Gilbert a la montura del caballo, le agarró del brazo y trató de tirarlo al suelo. Lo que siguió fue el revuelo más absoluto. Justino y Lucas fueron corriendo hacia ellos. El vendedor de la milla hizo lo mismo. La lona saltó por los aires al salir súbitamente Jonás del carro. El único espectador inocente, el hombre que le estaba dando agua a su caballo, se volvió para mirar y los perros empezaron a ladrar. Asombrada por la velocidad con que ocurrió todo, Nell permaneció de pie, como una estatua. Gilbert profería juramento tras juramento tratando de quitarse de encima a Aldred mientras su caballo resbalaba sobre la tierra encharcada. Y en ese crucial momento se vio un resplandor metálico a la luz del sol, un grito ahogado procedente de Aldred y, al salpicar la sangre su cara y sus manos en alto, Nell se puso a gritar.
Aldred se desplomó en el suelo a sus pies y Nell se arrodilló junto a él, rasgándose el velo. El cuello de Aldred estaba cubierto de sangre y ella trató con empeño de contener la hemorragia. Pero estaba obrando instintivamente, porque nada de esto le parecía real, ni el muchacho que se quejaba ni la pelea que estaba ahora teniendo lugar a poca distancia de los dos. Lucas había logrado acercarse al lugar del suceso, y había llegado a agarrar las riendas del caballo del Flamenco. Pero Gilbert empezó a dar tremendas patadas en la cabeza del justicia. Lucas se echó a un lado y la bota le dio en el hombro, con tanta fuerza que le arrojó lejos tambaleándose. Clavando sus espuelas en los flancos de su montura, Gilbert dirigió el caballo hacia el bosque lejano.
Lo único que Nell podía hacer era mirar. Jonás estaba todavía a cierta distancia, pero Justino se encontraba encima de ellos. Cuando vio al Flamenco arrojar violentamente a Lucas, giró y silbó con fuerza. Copper levantó la cabeza y se lanzó a galope tendido, con las riendas colgando. Nell se habría maravillado al ver a un caballo mejor entrenado que la mayoría de los perros, pero ahora sólo podía pensar en Aldred, aterrada de que se desangrara en su regazo.
Pero para su gran sorpresa, pronto intentó sentarse. A pesar de la mucha sangre que había perdido, la herida no era mortal; la navaja del Flamenco afortunadamente no había cortado venas ni arterias. A Lucas le había dejado medio muerto, pero se levantó tambaleándose, profirió procaces juramentos y se dio la vuelta para coger su propio caballo, en el momento en que Justino pasaba a toda velocidad por donde estaban ellos. Los veloces cascos de Copper revolvían la tierra convirtiéndola en un chaparrón de barro.
– ¡Oh, no, Dios mío! -gritó Nell, horrorizada, al darse cuenta de que el Flamenco volvía a escaparse. Justino lo estaba persiguiendo, pero el caballo de Gilbert llevaba ventaja. En cuanto a los otros, no formaban ya parte del juego: Lucas a punto de montar en su semental, Jonás a pie y echando maldiciones. El caballo que estaba más cerca pertenecía al espectador que estaba boquiabierto. Corriendo hacia él, Jonás empujó a un lado al hombre, que no salía de su asombro, y cogió las riendas. Pero Nell sabía que era demasiado tarde. Una vez más Gilbert el Flamenco se escapaba, y quedaba libre para seguir matando y hasta para encontrarla a ella y vengarse del ardid a que le había sometido.
– ¡Se escapa! -gritó, y sus palabras se convirtieron en sollozos.
Aldred se sujetó el ensangrentado velo de Nell contra la herida de su cuello y se levantó tambaleándose.
– No, no se escapa. Justino me dijo que cortara los nudos de la cincha de la silla de su caballo -jadeó Aldred.
Nell le miró fijamente y se volvió después a contemplar el espectáculo de la persecución. Todo seguía igual. Justino había reducido la distancia que le llevaba Gilbert, aunque no lo suficiente. Pero repentinamente la situación cambió. El caballo zaino parecía estar acortando el paso y en un momento de desesperación Gilbert lo agarró por la crin, haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantener el equilibrio cuando la silla empezó a resbalar. Un momento después, el caballo castaño lo había adelantado. Sacando los pies de los estribos, Justino se arrojó sobre el hombre y los dos cayeron pesadamente al suelo. Aldred gritó y echó a correr con paso vacilante hacia ellos. Nell se levantó las faldas e hizo lo mismo.
Se dio cuenta de que Justino tenía problemas porque su largo hábito de monje obstaculizaba sus movimientos y no podía coger las armas. Estaban ambos rodando por el suelo en lo que parecía ser una batalla desesperada de supervivencia, mucho más violenta y salvaje que ninguna otra pelea de taberna que ella hubiera visto jamás. El Flamenco logró soltarse e incluso se sonrió, con la mueca fiera y amenazadora de un hombre que no tiene nada que perder. Al ver la daga en su puño, Nell habría vuelto a gritar pero había perdido la voz. Justino esquivó la primera puñalada, pero la segunda le rasgó la manga y el Flamenco se acercó más.
Pero para entonces ya había llegado Lucas. Saltó del caballo antes de que el animal se hubiera parado del todo, rodeó al forajido, lo echó hacia atrás y los tres hombres rodaban ahora por el suelo. Pero Gilbert continuó resistiendo como una fiera, con tal rabia, con tal frenesí, que tuvieron dificultad en contenerlo, porque trataban de mantenerlo vivo y él lo único que quería era matar. La lucha no terminó hasta que Jonás llegó galopando sobre el caballo del que se había apropiado. A diferencia de Justino y Lucas, desmontó sin prisa, caminó hacia los hombres que luchaban en el suelo y le dio al Flamenco una patada en el rostro. A éste le fallaron las fuerzas y pareció haber perdido el conocimiento. Por fin todo había concluido.
Aldred le pareció a Nell extraordinariamente animoso, teniendo en cuenta que casi le habían degollado. Pero al verle ir en pos de Jonás como un cachorro deseoso de agradar, comprendió el porqué. No sólo se había rehabilitado de su anterior metedura de pata, sino que iba a tener una cicatriz de la que valdría la pena vanagloriarse, prueba espeluznante de su heroico enfrentamiento con el criminal. En lo que de ella dependiera, su dinero no tendría que gastarlo en la taberna, porque el muchacho se había ganado al menos un mes de bebidas gratis.
Lucas y Justino estaban aún tirados en el suelo, con la respiración entrecortada, tratando de inhalar el aire con la misma avidez con que inhalaban la cerveza que estaban compartiendo de la cantimplora de cuero de Lucas. Tumbada junto a ellos, sin importarle el barro que cubría el suelo, Nell gesticulaba sin emitir un gemido y Justino le pasaba la cantimplora. Sabía, pero nunca lo reconocería, que ambos hombres yacían traumatizados por aquel encuentro brutal y fatídico. No dudaba que pronto bromearían acerca de él. Pero todavía no.
Jonás había mandado a alguien a buscar una soga y con ella ataba las manos y los pies del bandido. Gilbert no se movía y Nell se preguntaba si estaría muerto. Con una crueldad que la dejó a ella misma sorprendida, deseó fervientemente que así fuera. Hubo hombres que lograron escaparse de la horca, pero ni un engendro del demonio podía engañar a la Muerte. Cuando le pasó la cantimplora a Justino, le sorprendió ver que habían atraído un gran número de curiosos. A su derecha vislumbró una nota de color, del mismo tono azul que el manto de Nora. Pero cuando volvió a mirar había desaparecido.
Rebosante de justificada indignación, el espectador venía corriendo en dirección a ellos.
– ¡Ese es mi caballo!
Jonás no le hizo caso hasta que completó su misión. Dándole un último apretón a la soga del Flamenco, se quedó mirando al hombre.
– En ese caso, lo mejor que puedes hacer es ir a buscarlo.
El rostro del hombre adquirió un color granate; hasta los lóbulos de sus orejas se oscurecieron. Farfulló, pero las palabras parecían quedarse trabadas en su garganta. Dándose la vuelta, caminó con dificultad en persecución de su caballo, que galopaba ahora sin dirección por el extremo del campo.
Lucas y Justino se miraron el uno al otro y soltaron una carcajada. Lucas fue el primero en serenarse.
– Mira esto -dijo extendiendo la palma de la mano-. ¡Esa comadreja me ha debido dar un mordisco!
Justino se puso de pie, todo rígido, con la agilidad propia de un hombre de más de veinte años. Se inclinó para ayudar a Nell a levantarse. Su rostro estaba tan ensangrentado y tan embarrado que Nell no podía decir si la sangre era suya o del bandido. Entonces Justino agarró la mano de Lucas y lo levantó, y quitándose los disfraces de hábitos y capuchas, avanzaron unos pasos y se quedaron de pie juntos mirando a Gilbert el Flamenco.
– Parece respirar -observó Lucas-. Podemos meterlo en la charca para que recobre el conocimiento.
Pero las pestañas del forajido se estaban moviendo. Al abrir los ojos emitió un involuntario gemido de dolor y después fijó la mirada en un rostro conocido que parecía estar flotando sobre él. Al reconocerlo, profirió un sonido de rabia, de impotencia, de un odio ardiente que le quemaba la garganta al escupir palabras de desafío, diatriba que no concluyó hasta que Jonás le obligó bruscamente a ponerse en pie.
Lucas había oído impasiblemente la invectiva delirante y venenosa del Flamenco. Pero cuando al fin se calló, al no hallar más palabras, el auxiliar del justicia sonrió.
– Tenemos un largo camino hasta llegar a Winchester, Gib. Sería imperdonable el que me olvidara de darte algo de comer en el trayecto.
Los labios de Gilbert hicieron una mueca. Estaba a punto de contestar cuando vio a Nell que había venido a quedarse de pie junto a los hombres. Gruñendo, se volvió hacia ella furioso:
– ¡Tú, perra traicionera! Pagarás por esto y desearás la muerte antes de que yo termine contigo, ¡te lo juro!
Nell se puso lívida y Justino abofeteó al Flamenco en la boca, con tanta fuerza que hizo brotar sangre de ella.
– ¡Si te atreves tan sólo a mirarla -le advirtió-, serás tú el que suplicarás morir! -Nunca creyó que podría derivar tanta satisfacción de pegar a un hombre que no se podía defender. Rodeó los hombros de Nell con su brazo y le dijo-: Vamos, muchacha. No hagas caso de sus bravatas. Un hombre sentenciado a muerte no te puede hacer ningún daño.
Pero antes de que se pusieran en marcha, el forajido gritó:
– ¡Espera! -Cuando Justino se volvió, le dijo-: Eres tú, otra vez, el hombre del camino de Alresford. Sé por qué ese maldito justicia me siguió a Londres. Pero ¿por qué tú? Tengo derecho a saberlo. ¿Quién eres tú?
Justino le miró, recordando aquel encuentro por azar la mañana del día de Epifanía. Pareció casual y, sin embargo, había cambiado sus vidas dramáticamente poniéndolos a ambos en un sendero que terminaría en la corte de la reina y en la horca.
– Soy un amigo de Gervase Fitz Randolph -contestó.
– Dices eso como si significara algo para mí.
Justino estaba indignado.
– ¿Asesinas a un hombre y después te olvidas de ello?
La boca del Flamenco estaba amoratada y llena de sangre, pero su sonrisa era gélida.
– ¿Para qué me voy a molestar en recordar los nombres de todos? -dijo.