3. WINCHESTER

Enero de 1193


Una oleada de frío continuó barriendo implacable los caminos dejándolos desiertos. El cielo permanecía despejado y Justino viajaba cuando podía a uña de caballo. Al atardecer del cuarto día de su salida de Londres, aparecieron ante su vista las murallas de Winchester.

Empleó estos días en el camino en planear una estrategia. Tenía la intención de buscar al justicia municipal y a la familia Fitz Randolph. Si la reina Leonor tenía razón -y sospechaba que la tenía con frecuencia-, la familia del orfebre asesinado lo recibiría con los brazos abiertos. Pero entonces ¿qué? Tal vez el justicia hubiera apresado ya a los bandidos, aunque sabía que esto era una quimera. Y en caso de que así fuera, de que encontrara a los hombres encadenados en las mazmorras del castillo de Winchester, ¿cómo averiguar la verdad acerca de lo que aconteció en la emboscada? ¿Eran asesinos a sueldo o simplemente bandidos en busca de una buena presa? Si habían estado realmente esperando a Gervase, ¿quién los había pagado? Y ¿por qué? ¿Era por las cartas a la reina manchadas de sangre? ¿O sólo por razones que él desconocía completamente? ¿Había sido asesinado el orfebre por los enemigos del rey Ricardo o tenía él sus propios enemigos?

Cuanto más trataba Justino de desentrañar el asunto, más se desanimaba. Se hacía muchas preguntas, pero las respuestas eran escasas. No obstante, y a pesar de las enormes proporciones de su tarea, tenía que intentarlo. Le debía a la reina lo mejor de sus esfuerzos. También se lo debía a Gervase. Nunca había visto morir a un hombre y Dios mediante no lo volvería a ver. Presenciar la muerte del orfebre no había sido agradable: se había ahogado en su propia sangre. Entró en la ciudad por la Puerta Oriental, Justino paró a un fraile que pasaba por su lado.

– Hermano, por favor, un momento. ¿Me podéis decir dónde está la tienda de Gervase Fitz Randolph, el orfebre?

El hombre frunció el ceño.

– ¿Eres amigo del maestro Gervase? -Cuando Justino negó con un gesto de cabeza, el rostro del hombre se relajó-. Más vale así. El maestro Gervase ha muerto. Que Dios lo haya perdonado. Fue vilmente asesinado hace diez días.

– Sí, eso ya lo sé. ¿Han cogido a los asesinos?

– El justicia está en la parte occidental del condado. Dudo que lo sepa todavía.

– ¿Es que no han investigado todavía nada? Porque cuando vuelva el justicia el rastro que dejaron estará más helado que el propio hielo.

– Se comunicó el asesinato al ayudante del justicia municipal, Luke de Marston. Me consta que ha estado ocupándose de ello.

Tranquilizado en cierto modo, Justino preguntó dónde podía encontrar al susodicho Luke de Marston y recibió la respuesta de que se encontraba en Southampton y no se esperaba su regreso hasta el día siguiente. Las autoridades locales no parecían enardecidas por el celo de resolver el misterio del asesinato del orfebre. Justino se podía imaginar sus respuestas: expresiones de pesar, después un encogerse de hombros, unos cuantos comentarios superficiales acerca de los bandidos y los peligros de los caminos. Sintió súbitamente que le ardía la sangre. Gervase se merecía más que esta indiferencia oficial.

– ¿La tienda del orfebre? -le recordó al monje, y recibió una respuesta sorprendente.

– ¿Es la tienda lo que deseas, amigo, o la vivienda familiar?

La mayoría de los artesanos vivían encima de sus tiendas. Gervase debía de haber sido hombre de buena posición al poder mantener una residencia aparte. Justino titubeó. Era muy probable que el orfebre tuviera empleados; al menos un aprendiz o un oficial. Pero aunque la tienda estuviera abierta, era a la familia a quien necesitaba ver.

– Su casa -contestó, y el fraile le dio una dirección detallada, al sur de Cheapside, en Calpe Street, pasada la iglesia de Santo Tomás.

La casa de los Fitz Randolph estaba algo apartada de la calle, era un edificio de madera, de dos pisos, de grandes dimensiones, pintada en colores vivos, y bien conservada. Había una prueba más de la prosperidad de Gervase: de puertas adentro su propio establo, un gallinero y un pozo con una polea. Justino conocía ya que a Gervase le habían ido muy bien sus negocios; en el curso de aquel triste viaje a Alresford con el cadáver del orfebre, Edwin, el criado, le había confiado que Gervase acababa de entregar un báculo de plata dorada y un cáliz esmaltado al arzobispo de Ruán. Pero hasta para un hombre que contaba entre sus clientes a un arzobispo, esta casa era un derroche de lujo. Contemplando el Edén privado de Gervase, ganado a fuerza de trabajo, Justino sintió una sensación de tristeza y una gran compasión por el hombre que lo había tenido todo (familia, un oficio respetable, una cómoda mansión) para perderlo en un instante al golpe de la daga de un maldito bandolero. ¿Dónde estaba la justicia?

No obstante, empezó a preguntarse a sí mismo si la manera tan lujosa de vivir de Gervase no habría sido en parte responsable de su muerte. Un hombre tan pródigo en sus gastos debía de haberse metido en alguna que otra deuda y esto podía haber acabado en un final desgraciado o haber suscitado envidia en los corazones de los vecinos menos afortunados. ¿Le habría molestado a alguien la evidente prosperidad de Gervase hasta el punto de deshacerse de él?

– ¿Será posible? -Edwin, que salía del establo, se quedó con la boca abierta mirando a Justino-. ¡Por los clavos de Cristo, si sois vos! -y acercándose a grandes zancadas, le alargó la mano para ayudarle a desmontar-. Nunca creí que os volvería a ver. Pero podéis estar seguro de que os recordaré en mis oraciones para el resto de mis días.

– Yo acepto las oraciones vengan de donde vengan -replicó Justino sonriendo-. Pero tú no me debes nada.

– Sólo mi vida -Edwin no era tan alto como Justino, pero sí más robusto, tan fornido como Justino era esbelto. Tenía el cabello y la barba más bermejos que Justino hubiera visto jamás, de un color más brillante que la sangre, una piel muy pálida que debía de quemarse fácilmente bajo el sol del verano, pero sin la acostumbrada cosecha de pecas que suele encontrarse en la cara de un pelirrojo. Su sonrisa era atractiva, dejando ver un diente torcido y un enorme acopio de generosidad-. Si no hubiera sido por vos aquellos hijos del diablo me habrían degollado, de eso no me cabe la menor duda. Tengo que haceros una especie de confesión, algo que os dará la impresión de que soy un auténtico cretino. Estoy seguro de que me dijisteis vuestro nombre, pero estaba tan alterado que ni por la salvación de mi alma pude recordarlo después.

– Eso tiene fácil remedio. Soy Justino de Quincy. -Era la primera vez que Justino pronunciaba este nombre en voz alta. Le gustaba cómo sonaba. Le parecía al mismo tiempo una afirmación de identidad y un acto de desafío.

La sonrisa del joven criado se ensanchó.

– Yo soy Edwin, hijo de Cuthbert, el arriero. Bienvenido a Winchester, señor De Quincy. ¿Qué os trae por aquí?

– Tenía asuntos que solventar en Londres, pero una vez resueltos, me encontré dándole vueltas al asunto del asesinato. Yo me encargaré de poner a esos forajidos ante la justicia y espero ayudar al justicia local en su persecución, porque les vi los rostros perfectamente.

– Mejor que yo -asintió Edwin-. ¡Lo único que vi fue la tierra apresurándose a recibirme! No he logrado comprender aún cómo nos robaron los caballos con tanta facilidad… Pero no importa. Estoy encantado de que hayáis vuelto y sé que la señora Ella lo estará también.

Justino dedujo que la señora Ella era la viuda de Gervase.

– Me gustaría presentarle mis respetos -dijo, y cuando Edwin asintió con un gesto de cabeza, estuvo seguro de su identidad.

– Ciertamente -dijo-, pero no está ahora en casa; volverá más tarde. Mientras esperáis, ¿por qué no me permitís que os lleve a la tienda? El hijo del señor Gervase no tardará en llegar.

Justino aceptó encantado el ofrecimiento.

– ¿Y mi caballo?¿Hay sitio en el establo para él?

– Lo puedo llevar al pesebre de Quicksilver. ¿Os acordáis del semental del señor Gervase, el que robaron los bandidos?

Justino se acordaba.

– El ruano de color pálido, ¿no es eso? Un hermoso ejemplar.

– Una joya poco frecuente, -suspiró Edwin-, Lo echo muchísimo de menos porque el señor Gervase me dejaba que lo montara los días que él no podía. Ese caballo era más veloz que el viento, bien lo sabe Dios. Era un espectáculo digno de verse, con esa cola de plata que ondeaba como un estandarte en una batalla y sus cascos apenas rozando el suelo.

Justino se contagió del entusiasmo del criado porque él también estaba orgulloso de Copper. Pero cuando Edwin se jactó de que Gervase había pagado diez marcos por el semental, a Justino se le escapó un silbido de admiración, porque era una prueba más de la opulenta manera de vivir de Gervase. ¿Era ésta una señal de que el orfebre había sido un derrochador? ¿Podría haber estado pidiendo dinero a los prestamistas del lugar? Anotando mentalmente en su cerebro que debía tratar de averiguar algo más acerca de las finanzas del hombre asesinado, Justino siguió a Edwin al establo.

Poco después estaban los dos caminando a buen paso Calpe Street arriba. Extrovertido y exuberante, el joven criado se prestó a darle a Justino información acerca de Gervase Fitz Randolph y su familia. Cuando llegaron a High Street, Justino se había enterado de que Gervase había metido en el negocio a Guy, su hermano menor, y de que habían empleado a un oficial, Miles, que carecía de los fondos necesarios para establecerse como artesano, una vez terminado su período de aprendizaje, y de que su hijo Tomás estaba ahora trabajando como aprendiz, aunque no por elección propia.

– Tomás nunca tuvo interés por el trabajo de orfebrería -explicó Edwin-, pero era deseo del señor Gervase que aprendiera el oficio.

– ¿Están en la tienda tío y sobrino?

Edwin meneó la cabeza.

– El señor Guy está en casa. No se ha encontrado bien en toda la semana y ha permanecido en cama con fuertes dolores de cabeza. Yo opino que el dolor de los pasados acontecimientos es la causa de su enfermedad.

– ¿Quieres decir con eso que los hermanos estaban muy unidos?

– No… -Edwin frunció el entrecejo-. Si he de decir la verdad, estaban siempre como perro y gato. Pero creo que el señor Guy es el que está llevando peor la muerte de su hermano.

– Tal vez se sienta culpable -dijo Justino, como sin darle importancia, pero las palabras le dejaron un regusto amargo en la boca. No se había dado cuenta de que para encontrar un asesino tenía que vadear el río del dolor de otras personas.

Decidió dejar de lado la cuestión del asesinato, aunque sólo fuera por un breve espacio de tiempo y buscó un tópico más inocuo. Edwin y Cuthbert, dos nombres sajones. Muchas personas de origen sajón adoptaban nombres de moda normandos y franceses, pero era raro encontrarse con que normandos o franceses adoptasen nombres sajones. Y por muy práctico que fuera el francés de Edwin, estaba claro que no era su lengua propia, como sí lo era para Justino.

Había crecido en las Marcas, donde Justino aprendió a hablar ambas lenguas y hasta un poco de galés. Nunca se le había ocurrido pensar en las barreras lingüísticas que separan a los sajones y a los normandos, simplemente las había aceptado como un hecho oneroso. El francés era la lengua de la corte real, la lengua del progreso, de la ambición y de la cultura; el inglés, la lengua de los conquistados. Sin embargo, pervivía aún, más de cien años después de que Inglaterra hubiera caído bajo el dominio del duque de Normandía, William de Bastard. Los sajones se aferraron tenazmente a su propia lengua y cada uno tenía la suya. Justino dudaba de que el rey Ricardo hablara inglés. Pero estaba seguro de que Gervase conocía bien la lengua sajona: el comercio y la conveniencia lo exigían.

– Hablas bien el francés -le dijo a Edwin-, mucho mejor que yo el inglés.

Edwin pareció tan satisfecho que Justino adivinó que no recibía halagos con frecuencia.

– He estado trabajando para el señor Gervase casi cinco años -dijo-, desde que yo tenía catorce. El señor Tomás con la misma edad que yo, accedió a ayudarme en mi aprendizaje del francés. A Tomás le gusta instruir a los demás -añadió, con suficiente ironía como para despertar repentinamente la curiosidad sobre el hijo del orfebre.

– ¿Qué tipo de amo era Gervase, Edwin?

– Yo no tuve nunca quejas. Podía ser a veces duro, pero era siempre justo. Era un esmerado orfebre y lo sabía; no había en ello orgullo injustificado. Ambicioso, aficionado a sus comodidades y generoso en extremo. Y no solamente para sus propias necesidades. No les negaba a las señoras Ella y a Jonet absolutamente nada; vestían como damas de calidad. No pasaba nunca al lado de un mendigo sin echarle una moneda y daba limosnas todos los domingos en la iglesia. Pero no era persona dispuesta a escuchar a los demás. Estaba seguro de que su manera de pensar y de actuar era la mejor. Incapaz de transigir. Me imagino que habéis conocido a hombres así, ¿me equivoco?

– No te equivocas, sí los he conocido -contestó Justino lacónicamente, tratando de no pensar en su padre-. ¿Quién es Jonet?

– Su hija. Tenían dos hijos, Tomás y Jonet. Uno más que se le murió en la cuna y dos que nacieron muertos, así que adoraban a los dos que les quedaban. El señor Gervase se hacía grandes ilusiones respecto a ellos. Tomás seguiría la carrera de su padre y Jonet se casaría con un barón. Esos eran los sueños del señor Gervase. No parece justo que dos patanes mal nacidos pudieran terminar con todo eso.

– No -asintió Justino-, no lo parece. -Estaban acercándose a un mendigo, tullido él, que se movía gracias a unas ruedas aplicadas a una pequeña plataforma de madera. Abriendo su bolsa, Justino dejó caer varias monedas en la bacineta que llevaba el hombre y recibió como respuesta un «¡Dios os bendiga! por vuestra generosidad»-. ¿Cómo es que Gervase buscaba un barón para su hija? No me pare ce que eso fuera muy probable. La dote tendría que ser inmensa para tentar a un lord a casarse con una dama de clase social inferior a la suya.

– No habéis visto aún a la señorita Jonet.

– ¿Tan bella es? -y dejó escapar una sonrisa ligeramente escéptica.

– Más bella que los mismísimos ángeles de Dios -dijo Edwin sin mostrar ningún entusiasmo, y Justino le dirigió una mirada de curiosidad. ¿Era que a Edwin no le gustaba Jonet o que le gustaba demasiado?

– Ahí está -dijo Edwin, señalando Alwarne Street. Al ir acercándose, Justino reconoció el burdo unicornio tallado en la madera que colgaba de la pared, el símbolo universal de los orfebres-. Espero que Tomás haya vuelto de comer.

– ¿Tarda dos horas en comer? -Tomás estaba empezando a parecerle algo así como los jóvenes mal criados de la pequeña nobleza, a los que Justino había conocido cuando estaba al servicio de lord Fitz Alan; jóvenes de buenas familias más interesados en jugar a los dados o en ir de putas que en aprender los deberes del caballero-. Así que a Tomás le gusta visitar las tabernas y las casas de mala fama, ¿no es eso?

– ¿A Tomás? -rió Edwin-, ¡Habría que verlo!

Justino quería hacer más preguntas acerca del misterioso Tomás, pero lo pensó mejor. Había tenido suerte en encontrar tal fuente de información en Edwin y no quería arriesgarse a emponzoñar el pozo por insistir demasiado. Tampoco se sentía a gusto después de haber empezado este interrogatorio que él no había provocado. Con buenas o malas artes, tenía la impresión de que, en cierto modo, se estaba aprovechando de la confianza de Edwin.

– ¿Cómo sabes tanto de los secretos de la familia? -dijo bromeando-. ¿Trabajas de adivino en tu tiempo libre?

– No, simplemente me he hecho amigo del cocinero -dijo Edwin sonriendo-. Me guarda galletas y tartas de médula, pero también me sirve con creces el cotilleo de la familia. ¡Que Dios la proteja, porque los cocineros siempre saben lo que cada familia calla!

El rostro de Justino se ensombreció, al no poder evitar el recuerdo de otro cocinero dado al cotilleo, al de la rectoría de Shrewsbury, observando cómo un sacerdote seducía a una inocente. Tratando de olvidar estos malos recuerdos, quiso decir otra cosa. Pero no hubo necesidad de disimular. Habían llegado a la tienda del orfebre.

Persianas que se abrían hacia arriba y hacia abajo protegían la tienda de noche. Durante el día la parte superior de la persiana se levantaba, haciendo de baldaquín para proteger a los parroquianos, mientras que la parte inferior se extendía en dirección a la calle, sirviendo como mostrador o escaparate. Dentro había un cuarto pequeño, iluminado con candiles de aceite. Justino pudo distinguir los contornos de un banco de trabajo, un tas y una mesa cubierta de arcilla; había visto trabajar a otros orfebres y sabía que la arcilla se utilizaba para hacer diseños. No se veía a nadie en el aposento.

Apoyándose en el mostrador, Edwin escudriñó en la penumbra del local.

– ¿Dónde demonios están éstos? Es más que probable que Tomás haya sentido el capricho de darse una vuelta; bien sabe Dios que lo hace con frecuencia. Pero ¿y Miles? Mirad esas amatistas y esas ágatas veteadas de tonos oscuros, dispersas sobre el banco de trabajo. Cualquier ladrón salta sobre el mostrador, coge un puñado y se larga en un santiamén. No me gusta esto, señor Justino -murmuró-, no me gusta nada…

Tampoco le gustaba a Justino. Era sabido de todos que los orfebres tienen siempre a mano la plata, las piedras preciosas e incluso una pequeña cantidad de oro. ¿Habían vuelto al ataque los asesinos de Gervase?

– ¿Adonde da esa puerta, Edwin? ¿Podemos entrar por aquí?

– Hay otro cuarto más, en el que el maestro Gervase guarda, guardaba quiero decir, su fragua, sus fuelles y sus yunques más pesados. Miles duerme ahí por la noche. Hay una puerta que da al callejón, pero está cerrada con llave y yo no la tengo.

Y dicho esto, Edwin hizo una cabriola y saltó sobre el mostrador. Justino le siguió con la velocidad del rayo. Un brasero de carbón ardía en un rincón; en el suelo de estera, un martillo, como si lo hubieran dejado apresuradamente; alguien había dejado en el banco una bandeja de madera con un trozo de queso de cabra a medio comer y los restos de un cantero de pan. Justino y Edwin intercambiaron sus miradas inquietas. ¿Qué había pasado allí? Tenían los nervios tensos y ambos dieron un salto al oír un gemido en la habitación interior. Justino se ajustó de nuevo su capa y agarró la empuñadura de su espada. Edwin no llevaba armas, pero se agachó y cogió un martillo. Comunicándose con gestos y movimientos de cabeza, avanzaron a hurtadillas y llegaron a la puerta al mismo tiempo. Justino le dio una patada al pestillo y Edwin empujó con su hombro musculoso la vieja puerta de madera.

Se encontraba en mejores condiciones de lo que ellos creían. De estar cerrada con pestillo, no habría cedido. Por eso se abrió con estrépito a consecuencia del empujón. Justino perdió una de sus botas en el suelo de estera y estuvo a punto de perder el equilibrio, mientras que el furioso empuje de Edwin lo lanzó al cuarto de cabeza. Justino oyó simultáneamente un grito de mujer, un juramento ininteligible y un fuerte estruendo. Desenvainando la espada, se lanzó como una flecha pero inmediatamente se paró atónito ante el espectáculo que se ofreció a sus ojos.

Edwin se quedó a gatas, con una expresión de muda consternación retratada en el rostro ante aquel espectáculo: Un hombre de cabello rubio, sentado a horcajadas sobre el banco de trabajo, acalorado, desmelenado y con los ojos abiertos como platos, sostenía en su regazo una hermosa visión. El cabello de la dama de color rubio platino, un tanto revuelto entre horquillas y alfileres, destacaba en un desorden centelleante. La ropa estaba en igual estado de desorden. El corpiño, desatado, mostraba a los ojos de Justino el espectáculo provocativo de su escote, cada vez que exhalaba un suspiro, y sus faldas levantadas mostraban unas piernas bien formadas. Con unos ojos más azules que la flor del aciano y un cutis más blanco que los lirios de la Madona, era una visión surgida misteriosamente de la canción de un trovador, tan perfectamente encarnaba el ideal de belleza femenina de la época. Pero esa visión duró tan sólo el tiempo que tardó en saltar de las rodillas de su amante al suelo.

– ¡Tú, mal nacido, estúpido, maldito…! -Farfullaba de rabia, y a punto estuvo de ahogarse al tratar de dar salida a su incontrolable indignación-. ¿Cómo te atreves a espiarme? ¡Ya me encargaré yo de que te despidan, te juro que lo haré!

– ¡Eso no es justo, señora Jonet! Temía que pasara algo…

– ¡Algo pasa, ciertamente! ¡Mira que entrar a hurtadillas, husmeando en mi vida privada! Ya no tengo más que decir porque estoy harta…

También estaba harto Justino y envainando, dijo fríamente:

– Si tenéis un motivo de queja, demoiselle, que sea conmigo, no con Edwin. Fui yo quien le dije que echara abajo la puerta.

La enojada diatriba de la muchacha quedó súbitamente convertida en una expresión de asombro.

– ¡Oh! -Su linda boca permaneció a medio cerrar y sus ojos azules se abrieron de par en par al ver la espada colgando del cinto de Justino, el porte del mozo, el deliberado uso de demoiselle, todo pruebas inequívocas de su rango social.

Aprovechándose de su momentánea consternación, Edwin se puso de pie.

– Señorita Jonet, tengo el placer de presentarle a Justino de Quincy. -Hizo una pausa antes de añadir con maliciosa satisfacción-: Es el hombre que trató de salvar a vuestro padre de aquellos forajidos.

– ¡Oh! -dijo de nuevo, esta vez con un tono de voz suave y trémulo que expresaba pesadumbre. Ruborizándose ante la presencia de Justino, como no lo había hecho con Edwin, se ajustó precipitadamente el corpiño y Justino hizo todo lo que pudo para acrecentar su bochorno al dar un paso adelante y besarle la mano de la manera más cortés. Justino sospechó que no se sentiría con frecuencia tan cohibida: cualquier muchacha con la apariencia física de Jonet habría aprendido a sacar el mayor partido de sus dones. Así que disfrutando de su turbación tanto como estaba disfrutando Edwin, añadió:

– Temíamos que hubiera ocurrido algo, al ver la puerta de la tienda abierta y nadie en ella… Lamento profundamente haber llegado a una conclusión equivocada.

Jonet se sonrojó aún más. Se inclinó para recoger su velo caído entre las pajas del suelo, y se justificó diciendo:

– Me detuve aquí un momento a ver a Tomás. Conocéis a mi hermano, ¿verdad? Lo cierto es que no puede ser más irresponsable. Se marchó por las buenas dejando a Miles con órdenes de terminar las reparaciones y atender a los parroquianos.

Justino tuvo la diabólica idea de hacer notar que Jonet había hecho lo imposible para compensar a Miles por este trabajo, pero no cayó en la tentación. A lo que no pudo resistirse fue a mirar al oficial. Calculó que tendría poco más de veinte años, era un muchacho bien parecido, aunque de aspecto tímido e insulso y, al parecer, seguro de sí mismo, porque quedó impertérrito ante este súbito descubrimiento de su relación amorosa con la hija de su patrono. Apartándose de la frente un rizo rebelde, dijo afable:

– Tom ha sido siempre un poco irresponsable, pero es un buen chico. A mí no me importa echarle una mano.

Justino estaba seguro de que nadie llamaba al aprendiz ausente «Tom», sino Miles. Ni tenía la menor duda de que si entablaba amistad con el susodicho oficial, su nombre se cambiaría pronto en «Jus».

– Creo que esto os pertenece -dijo Justino inclinándose y cogiendo una pata de conejo de la estera que cubría el suelo. Sabía que los orfebres las utilizan para bruñir la plata y el oro, pero por la manera en que Jonet volvió a sonrojarse, sacó la consecuencia de que la habían utilizado de manera más imaginativa-. Bueno, ya hemos tenido bastantes contratiempos -sentenció, pero Jonet se apresuró a contradecirle.

– Nadie merece una bienvenida más cálida que el señor De Quincy -insistió, dedicándole toda la intensidad de su coqueta sonrisa-. Sé que mi madre querrá que cenéis con nosotros. Nuestro criado os llevará a nuestra casa. Confío en que puedas hacer eso, Edwin, sin ningún percance.

Edwin no se atrevió a echar en saco roto estas palabras, pero tampoco pudo dar su conformidad, humillado como estaba, y murmuró algo que lo mismo podía ser de asentimiento que de negación. Justino se inclinó de nuevo sobre la mano de Jonet, esta vez procurando que el gesto fuera más mecánico que galante. Jonet se dio cuenta de que había hecho algo que mereció su desaprobación, pero no sabía en qué podía haberle ofendido.

– Esperad -exclamó cuando Justino se volvió para marcharse-. No quiero que interpretéis mal mis motivos, señor De Quincy. Miles y yo… estamos comprometidos en matrimonio.

Era evidente que ésta era la primera vez que Edwin oía una noticia semejante porque le dirigió a Jonet una mirada de sorpresa que en otras circunstancias hubiera sido cómica. Se hizo un silencio embarazoso, interrumpido finalmente por Justino.

– Os deseo lo mejor -dijo cortésmente. Era una reacción poco expresiva, pero pareció satisfacer a Jonet y a Miles. Le siguieron a la puerta de la calle sonriendo.

Justino y Edwin anduvieron durante un tiempo sin decir palabra, evitando tropezar con un ganso que caminaba graznando, y con un cerdo que hozaba en un montón de basura.

– Bueno, tal vez tenga el rostro de uno de los ángeles de Dios, pero tiene el genio del mismísimo diablo -bromeó Justino.

Edwin le rió la gracia, sin muchas ganas.

– No sabéis de ella la mitad de la mitad. No hay manera de agradarla. ¡Le puedes regalar la corona de Leonor y se quejará de que no le cae bien!

– ¿Tengo razón al sospechar que el maestro Gervase no sabía nada de este compromiso matrimonial?

– ¿De su adorada hija y su empleado? Ni lo sabía ni lo hubiera consentido, ¡vamos! -exclamó Edwin, acompañando sus palabras con una sonora carcajada.

– ¿Estás seguro de que no lo sabía, Edwin?

– Miles es todavía un empleado, ¿no es cierto? ¿Qué más prueba necesitáis? Como ya os dije, el señor Gervase había puesto todo su corazón en cazar un marido noble para su niña. Sir Hamon de Harcourt era el primer candidato, pese a tener cincuenta años, si no más, mucha tripa y ser más calvo que un cascarón, pero posee una magnifica mansión en las afueras de Salisbury, otra en Wilton y una propiedad de alquiler aquí en Winchester, según dice Berta la cocinera. Es verdad que sir Hamon tiene hijos ya mayores que se oponen a su matrimonio con la hija de un artesano, aunque trajera una buena dote. Así que creo que el matrimonio hubiera tenido lugar. ¡Por mil diablos y todas las Furias, si no podía mirar a Jonet sin que se le cayera la baba! ¿Creéis que el señor Gervase despreciaría a un barón por un advenedizo que duerme en su tienda?

Justino tenía la respuesta que necesitaba, aunque no fuera la que quería. Nunca esperaba encontrar en su propia casa las claves que explicaran el asesinato de Gervase.

Y sin embargo no podía negar que Jonet y Miles tenían una razón convincente para cometerlo.

Habían doblado la esquina para entrar en Calpe Street cuando Edwin exhaló una súbita exclamación.

– Mirad un poco hacia adelante, ¡esas son la señora Ella y Edith! -dijo y apresuró el paso, de modo que Justino tuvo que avivar el suyo para seguirle. Al oír unos pasos apresurados detrás de ella, Ella Fitz Randolph miró hacia atrás. Al ver a su criado, se paró y esperó a que los dos les dieran alcance.

Justino se había imaginado a la viuda de Gervase como una venerable matrona, dando por sentado que una larga vida de esposa y madre la habrían convertido en una mujer entrada en carnes, de aspecto agradable y acogedora en sus modales. Si lo hubiera pensado bien, se habría dado cuenta del error de sus suposiciones porque la reina Leonor era también esposa y madre y tenía un aspecto de tan buen ver y juvenil como el de Cleopatra. No se daba cuenta de cómo su limitada experiencia de la maternidad le había desorientado hasta que se encontró cara a cara con Ella Fitz Randolph.

Conforme a sus cálculos no bajaría de los cuarenta años. Edwin le había contado que ella y Gervase llevaban casados más de veinte, pero si ella estaba perdiendo la batalla contra el paso del tiempo, no estaba dispuesta a aceptar la derrota. En su juventud probablemente había sido tan bella como su hija. Pero ahora era más esbelta, más delgada como resultado de la fuerza de voluntad, no de la naturaleza. Tenía los ojos garzos de Jonet y el mismo cutis pálido, tal vez exageradamente estirado sobre sus pómulos. Llevaba los labios cuidadosamente pintados, pero las comisuras estaban acariciadas por las sombras, lo mismo que se dibujaban sus preocupaciones, como telas de araña, por la ancha y despejada frente. Era una mujer guapa, pero era la suya una belleza que se iba desvaneciendo, quebradiza y frágil como el cristal finamente tallado, para ser admirada mejor de lejos que de cerca. Despertó los instintos protectores de Justino al mismo tiempo que le hizo sentirse vagamente incómodo, porque parecía vulnerable y distante y él no sabía a cuál de las dos señales prestar atención.

– ¿Por qué no estás en el establo, Edwin?

Ella preguntaba, no acusaba, ni siquiera cuando se encontraba a su criado vagando por la ciudad, le juzgaba hasta oír sus explicaciones y a Justino le agradó ese detalle. Se acordaba de haberle oído decir a Edwin que el maestro Gervase era un hombre justo. Y parecía que también lo era su viuda, lo cual era más, pensó Justino, que lo que se podía decir de su hija.

– Venimos de la tienda, señora Ella. Este es el hombre de quien os hablé, el que trató de salvar al señor Gervase en Alresford Roads.

Ella se volvió para mirar fijamente a Justino, luego se acercó y tomó las manos del joven entre las suyas.

– Me alegro de que hayáis venido porque me dais la oportunidad de expresar mi gratitud por lo que hicisteis por mi esposo.

– ¡Si por lo menos hubiera llegado a tiempo! -contestó Justino con un pesar tan sentido que ella le sonrió tristemente.

– El Todopoderoso le llamó a su seno y, aunque no lo comprendamos debemos aceptarlo. Ahora espero que os alojéis en nuestra casa mientras estéis en Winchester.

– Señora Fitz Randolph, sois extraordinariamente amable, pero…

– Insisto -replicó ella con firmeza y así de fácil le resultó a Justino el ganar acceso al hogar de los Fitz Randolph. Pero no iba a durar mucho su triunfo. La criada, Edith, se unió ahora a su señora, y el ver las piezas de tela negra en su cesta le privó de la satisfacción que hubiera podido tener por su éxito, recordándole que estaba a punto de infiltrarse en una casa de luto.


La cena de aquella noche no fue una comida agradable. El menú a base de pescado propio de un viernes sólo era una tentación para el muerto de hambre y la tensión en el comedor era oprimente. A Justino no le gustó el arenque salpreso y, para ser cortés, lo apartó cuidadosamente alrededor del plato, que después llenó con un guiso espeso de cebollas y repollo. Así como Tomás y Jonet parecían comer a gusto, ni la viuda de Gervase ni el hermano de éste daban la impresión de tener apetito. Ella miraba al vacío y Guy se limitaba de vez en cuando a beber un trago de la copa de vino que tenía junto al codo.

Mientras cogía un pedazo de pan, Justino estudió disimuladamente a Guy. Era mucho más joven que Gervase, pues no aparentaba más de treinta y cinco años. Tenía el cabello y la barba de color castaño como su hermano; el parecido entre los dos era muy marcado. Justino no podía juzgar todavía si tenía los mismos ojos oscuros que Gervase porque su mirada y la de Guy no se habían encontrado aún. No era necesario advertirle a Justino que Guy estaba enfermo porque su cutis tenía un tinte grisáceo y le latía con fuerza una de las venas en sus sienes. Tampoco eran firmes sus manos. En su favor hay que decir que tenía una joven esposa solícita en prestarle toda clase de atenciones, una hermosa niña durmiendo en su cuna y un poder de decisión mucho mayor ahora en la dirección del negocio. Pero a Justino le pareció un hombre atormentado.

Guy no era el único que tenía los nervios de punta. Conforme avanzaba la comida, Tomás parecía estar cada vez más inquieto, moviéndose impaciente en la silla, mirando a su madre, furtivamente, cuando ella no lo miraba. Justino creyó que estaba más expectante que inquieto, como un niño deseoso de compartir un secreto. Desmenuzando distraídamente su pan, Justino miró a Tomás con ánimos de observarle. Su cabello rubio muy rizado y su delicada estructura ósea le hacían parecer más joven de sus diecinueve años, pero su apariencia era engañosa. Tal vez tuviera un aspecto angelical, pero a lo largo de la cena había mostrado un temperamento irritable y una lengua mordaz, dirigiéndose con brusquedad a la criada que servía la cena, discutiendo con su hermana, interrogando a Justino con una brusquedad que lindaba con la mala educación. ¿Era siempre así de beligerante? Justino había venido dispuesto a ofrecer sus condolencias a los hijos de Gervase Fitz Randolph, pero era desconcertante el darse cuenta de que le desagradaban en extremo.

La conversación volvió a decaer. Consciente de los largos silencios, Ella salió de su mutismo.

– He visto hoy en la ciudad al criado de sir Hamon, Jonet. Me ha dicho que sir Hamon estará en Winchester la semana que viene. Creo que debemos invitarle a cenar.

Jonet no contestó, pero no era necesario, porque la respuesta se reflejaba muy expresivamente en su rostro. En aquel mundo no se les concedía a las mujeres el derecho de decidir su propio destino y pocos hubieran comprendido el problema de Jonet. Justino sí lo comprendía, porque tenía la compasión instintiva de un expósito hacia los débiles y los oprimidos. Tal vez no le gustara Jonet, pero no consideraba justo que se la obligara a casarse con el hombre que había elegido su padre, aparte de que le había entregado su corazón -y probablemente su virginidad- a Miles. Al observar a Jonet estremecerse a la mera mención del nombre de sir Hamon, Justino no pudo por menos de identificarse con su espíritu rebelde. ¡Pudiera ser que su clandestina relación amorosa le diera motivos para el asesinato!

Sin hacer caso del desasosiego de su hija, Ella continuó hablando en términos elogiosos del noble pretendiente: su piedad, su honestidad, su rango en la comunidad. Llegó un momento en que Justino también empezó a estremecerse, agobiado por su conocimiento del culpable secreto de Jonet. Se sintió casi tan aliviado como Jonet cuando por fin intervino Guy.

– Sé que te gustaría ver a Jonet casada con sir Hamon, Ella. Pero creo que es mejor que nos enfrentemos con la realidad. La muerte de Gervase lo cambia todo.

Jonet dirigió a su tío una mirada de profundo agradecimiento y afecto, Ella le dirigió otra de reproche.

– No -insistió-, hemos de encontrar el dinero para su dote, porque esto es lo que Gervase hubiera deseado.

Guy y Jonet intercambiaron miradas de complicidad y él meneó la cabeza, casi imperceptiblemente. Justino observaba la manera en que ambos se comunicaban: ¿Quería esto decir que eran aliados, además de parientes? Este hogar estaba sumergido en corrientes subterráneas. ¿Habría alguien más que supiera qué otras cosas se escondían debajo de la superficie?

Tomás pinchó un trozo de arenque.

– No pierdas la esperanza, mamá. Tal vez sir Hamon esté dispuesto a aceptar una dote más pequeña.

Eso no pareció alegrar a Ella, pero Jonet daba la impresión de desear atravesar el cuerpo de su hermano con su propio cuchillo. Pero no reaccionó en el acto. Cogiendo un poco más de pan, mordisqueó con remilgos la corteza antes de tratar de desviar la conversación, diciendo:

– Fui a la tienda esta tarde para verte, Tomás, y me sorprendió el que te hubieras ido ya. Esperé mucho rato pero no volviste. ¿Dónde habías ido?

– ¡Oh, Tomás! -Ella se quedó mirando a su hijo sorprendida-. ¿Cómo puedes eludir así tus responsabilidades cuando tu pobre padre lleva sólo diez días muerto? Yo necesito contar contigo ahora más que nunca. Miles no puede encargarse de todo él solo, así que…

– ¿Por qué no? -saltó Jonet saliendo lealmente, pero no precipitadamente, en defensa de su amante-. Miles es muy hábil en su oficio. Hasta nuestro padre estaba satisfecho de su trabajo y ¡bien sabéis lo exigente que llegaba a ser!

– Yo no estaba criticando a Miles, Jonet. Sé que es un buen orfebre, pero no es un miembro de la familia, querida hija. Eso es lo que quería decir.

– ¿Desde cuándo hablas con tanto entusiasmo de personas a las que pagamos un salario? -preguntó Tomás maliciosamente-. Nunca te he oído alabar las natillas que hace Berta o decirle a Edwin lo bien que cuida los caballos.

Jonet se traicionó a sí misma con un sonrojo inoportuno, pero afortunadamente para ella, su madre estaba acostumbrada a oírlos pelearse y no hizo el menor caso. Paseando su mirada de un rostro a otro, Justino sacó la consecuencia de que Guy estaba enterado de la relación entre Miles y Jonet. Pero dudaba que lo estuviera Tomás, porque estaba demasiado absorto en sí mismo para descubrir los secretos de los demás; su broma había sido una pulla lanzada al azar. Jonet había llegado a la misma conclusión; su sonrojo iba disminuyendo. Por unos instantes pareció que el resto de la cena iba a transcurrir en paz.

Guy se frotaba sus sienes doloridas sin dejar de mirar a su sobrino con mal disimulada desaprobación.

– Bueno, vamos a ver, Tomás, ¿dónde estabas esta tarde?

Tomás dejó en la mesa su copa de vino y, mirando primero a su madre y después a su tío, dijo:

– Tenía la intención de esperar, pero creo que es mejor contároslo aquí y ahora. Fui a la abadía de Hyde a ver al abad Juan.

Justino pensó que, tratándose de excusas, ésta era una muy buena, una razón mucho más respetable para faltar a tu obligación que detenerte en la taberna más cercana. Por lo tanto, no comprendió por qué Ella y Guy estaban tan afectados y Jonet tan contenta.

– ¡Tomás! -La voz de Jonet sonó acongojada-. Decidimos no hablar más de esto…

– ¡Nuestro padre y tú lo decidisteis, no yo! He tenido una franca conversación con el padre abad y ha decidido aceptarme como novicio en la orden benedictina, con la intención de hacer los votos una vez que haya demostrado que merezco hacerlos.

– ¡El deseo más ferviente de tu padre era que te hicieras orfebre!

– ¿Qué es el deseo de mi padre comparado con la voluntad de Dios?

– ¡No tienes derecho a hacer esto!

– Estoy haciendo lo que me pide Dios Todopoderoso, tío Guy. Y no permitiré que ni mi madre ni tú me lo impidáis, como lo hizo mi padre, ¡eso lo juro por la Sagrada Cruz de Cristo!

Justino separó su banco de la mesa. Descortesía sería dejar la mesa a mitad de la comida, pero peor sería quedarse prestando oídos, aun involuntariamente, a este conflicto familiar.

– Mi caballo se clavó un guijarro en el camino -dijo-, y tengo que asegurarme de que el casco no esté herido, -y murmurando lo que se le vino a la cabeza, se levantó de la mesa.

Nadie se dio cuenta de su marcha. Apenas había llegado a la puerta, y el comedor hervía ya de agitación: Guy y Tomás intercambiaban acaloradas acusaciones, Ella se enjugaba las lágrimas con una servilleta, la mujer de Guy miraba alternativamente el rostro pálido como la cera de su marido y al bebé que berreaba ahora en su cuna. Berta y Edith acudieron alarmadas por el griterío. Sólo Jonet permanecía serena. Con los codos apoyados en la mesa, la barbilla descansando sobre sus dedos entrelazados y el levísimo esbozo de una sonrisa, observaba con vivo interés.


El firmamento estaba cubierto de estrellas, pero las ráfagas de viento helado hicieron que Justino buscara apresuradamente el refugio del establo. Dentro de él, una mecha flotaba en el aceite de una lámpara, chisporroteando sin cesar. Copper y dos caballos zainos estiraban sus cuellos sobre las puertas de sus compartimientos. Edwin estaba tumbado en una manta puesta sobre las pajas y con una bandeja vacía a su lado.

– ¿Qué os trae por aquí? -preguntó sorprendido.

– Necesito un puerto seguro. ¿Te gustaría enseñarme tu taberna favorita?

Edwin se había puesto ya de pie.

– Está un poco más arriba en el camino. ¡Y ya veréis a Avis, la camarera! Pero ¿de qué huís?

– De una pelea familiar. Tomás acaba de anunciar que quiere meterse monje y no han recibido muy bien la noticia.

– Yo me estaba preguntando cuándo se la daría. ¡No me habría extrañado que se la hubiera dado junto a la tumba abierta de su padre!

– ¿O sea que tú lo sabías?

– ¡Yo y todo Winchester!

En la calle hacía demasiado frío para hablar. El viento empujaba hacia atrás los capuchones de sus capas y pronto empezaron a castañetearles los dientes. Afortunadamente, Edwin no había exagerado la proximidad de la taberna y echaron una carrera para ver quién llegaba antes a la puerta que les hacía señas de que se acercaran. El local estaba abarrotado, el ruido era ensordecedor y la atmósfera, viciada por el humo de la chimenea. Todo le pareció más acogedor a Justino que la espaciosa estancia de los Fitz Randolph.

Con gran consternación de Edwin, Avis se había ido a casa con dolor de muelas. Pero se animó cuando Justino pagó por las dos cervezas y se dispuso a contarle todo lo que sabía sobre el hijo del orfebre y su deseo de hacerse monje negro, que era como llamaban a los benedictinos.

– Tomás nunca ocultó su convencimiento de que Dios le llamaba a su servicio. Estaba decidido a entregarse a la vida religiosa desde que tenía dieciséis años, pero su padre puso muchos obstáculos y no le otorgó su consentimiento. La familia de un barón puede entregarle el hijo más joven a la Iglesia, pero no un artesano que sólo tiene un hijo y heredero. El maestro Gervase esperaba que fuera un capricho de juventud, algo que se le pasaría con el tiempo. Nunca comprendió que Tomás creyera ser uno de los escogidos y que fuera pecado mortal no obedecer a la llamada de Dios.

Cuando Edwin hizo una pausa para echar un trago, Justino la hizo también, sintiendo que necesitaba algo para disipar un estremecimiento que no tenía nada que ver con el frío. ¿Podría el amor de Dios haber obcecado al muchacho hasta cometer un asesinato? Era éste un pensamiento tan irreverente que trató de desecharlo en el acto. Pero no fue tan fácil. El eco de la estridente voz de Tomás resonaba en sus oídos. ¿Qué es el deseo de un padre comparado con la voluntad de Dios?

Haciendo un esfuerzo, desterró estas sospechas de sus pensamientos y las relegó al olvido, para examinarlas a la reconfortante luz del día.

– Dijiste que Gervase y Guy estaban a menudo enfrentados. ¿Por qué, Edwin?, ¿por dinero?

– Sí. -La sonrisa de Edwin era misteriosa-. ¿Cómo lo habéis adivinado?

– Guy se oponía a reservar una gran cantidad para la dote de Jonet. Así que es muy lógico que se opusiera también a los exagerados gastos de Gervase.

– Gastos cuantiosos y muy a menudo. Por supuesto que no le sirvió de nada. A los ojos de Gervase, Guy no dejaba de ser el hermano pequeño. Donde el señor Gervase veía oportunidades, el señor Guy veía riesgos y, por consiguiente, no podían por menos que estar en pugna.

Sobre todo cuando se daba el caso de que cuanto más éxito tenía el señor Gervase, más se disparaban sus sueños. El maestro Guy llegó a acusarle de imitar a los mejores y tratar de vivir como un lord.

– Eso suena más como una simple pelea. ¿Se peleaban así con frecuencia?

– No. Con frecuencia, no. Casi siempre era cuando el señor Gervase cometía algún despilfarro, como cuando compró Quicksilver o le regaló la casita de campo a Aldith o trató de encontrarle a Jonet un marido noble. ¡Y ni que decir tiene que esas peleas eran más acaloradas que el interior del horno de un panadero!

– ¿Quién es Aldith y por qué le regaló una casita de campo?

– ¿Vos qué creéis? -preguntó Edwin y guiñó el ojo.

– ¿Qué, tenía una prostituta? -gruñó al fin incorporándose de su asiento.

– Depende de a quién se lo preguntéis. Yo la llamaría una concubina, una amiga, tal vez una amante, porque el señor Gervase la quería mucho. Tomás la llamaba una puta y su padre le abofeteó cuando se lo oyó decir. Yo presencié este altercado en el establo. A Tomás le chorreaba la sangre de la nariz y el señor Gervase lo lamentó después y le pidió perdón. Pero Tomás no se lo otorgó y tuvo así un resentimiento más contra su padre.

– ¿Lo sabía la mujer de Gervase?

– ¿Es que creéis que Tomás no hizo lo imposible para que lo supiera? Claro que lo sabía. Habría tenido que estar ciega, sorda y muda para no saberlo, porque este idilio duró nueve o diez años. El señor Gervase no hizo alarde de Aldith, pero ninguno de los dos lo tuvo en secreto. Era bastante frecuente que él me mandara con un recado para ella, y cuando estaba enferma, el señor Gervase hacía que Berta preparara una sopa especial que a Aldith le gustaba mucho. Como veis, era parte de su vida. Por mucho que el sacerdote predicara contra el adulterio en sus sermones dominicales, yo apuesto a que el señor Gervase seguía viendo esta relación como un pecado venial, algo por lo que no merecía la pena molestar al Altísimo.

– No obstante, no debió de ser fácil para la señora Ella. ¿Cómo es, Edwin, la concubina de Gervase?

– ¿Recordáis lo que dicen las Escrituras acerca de Eva cuando tentó a Adán con esa fruta? Pues bien, si Adán hubiera estado en el jardín del Edén con Aldith en lugar de Eva no le habría importado que lo expulsaran del Paraíso con tal de que ella se fuera con él.

Justino sonrió.

– Edwin, pareces totalmente fascinado.

– ¡Vos lo estaríais también si la hubierais visto -dijo Edwin y le devolvió la sonrisa.

– ¿Me puedes decir dónde está su casa de campo?

– Sí, pero ¿por qué?

A Justino no se le ocurrió una razón convincente para justificar su deseo de hablar con la amante de Gervase. Lo mejor que podía decir era una verdad a medias.

– Digamos que Aldith ha suscitado mi curiosidad.

– Eso se le da muy bien a la señora Aldith, el estimular… la curiosidad de un hombre. Os explicaré cómo llegar a la casa. ¡Pero no digáis jamás que yo no os lo he advertido! -declaró Edwin, rompiendo a reír.

Justino hizo una señal para que trajeran más cerveza. Estaba convencido de que Edwin era no sólo una útil fuente de información, sino una compañía entretenida. Pasaron una media hora agradable charlando de unas y otras cosas, pero de pronto el criado empujó de mala gana la mesa para salir de su sitio diciendo que tenía que volver, no fuera que lo echaran de menos. Justino se demoró un poco más para terminar su bebida y pensar acerca de lo que había descubierto ese día.

La verdad es que estaba desalentado por su estancia en la casa de los Fitz Randolph. El orfebre asesinado había sido un hombre decente, temeroso de Dios, tal vez obstinado y contumaz, pero aun así un buen hombre. Marido, padre y hermano, su muerte debía haber dejado un gran vacío en la familia, pero apenas parecía haber hecho mella. Esta no era la forma en que Justino concebía la vida en familia. Para un huérfano eso era el Grial de la leyenda y el mito: un castillo en lo alto de una colina, un refugio seguro contra un mundo hostil. Fue una desilusión ver que en el castillo de Gervase había muchas desavenencias y poca armonía.

Su vaso estaba vacío. Justino se levantó, buscó una moneda y se dirigió a la puerta. El frío le cortó el aliento. A falta de una linterna no tenía más que la luz de las estrellas que le sirvieran de guía. La calle estaba desierta, helada a tramos y con profundas roderas. Cuando de pronto, una forma pálida y fantasmal se atravesó en su camino, él retrocedió súbitamente, pero después sonrió. No era un diablillo de Satán, sino simplemente un gato extraviado. Se dio media vuelta para observar la huida escurridiza del felino y percibió un movimiento borroso detrás de él, que se paró de repente.

El pulso de Justino se volvió a acelerar, esta vez en serio. Frunciendo el ceño escudriñó la calle oscura y silenciosa. Todo parecía normal ahora. La figura encapuchada había desaparecido. ¿Habría conjurado él mismo algún fantasma de ultratumba o eran sólo ilusiones suyas? Le habría gustado creerlo así, pero la razón le decía todo lo contrario. Por breve que hubiera sido su visión, había sido suficiente. Un hombre iba detrás de él, escondiéndose rápidamente en las sombras cuando él se volvía. Justino aflojó lentamente la espada que llevaba al cinto, escudriñando la oscuridad. Pero la noche no le reveló ningún secreto.


A la mañana siguiente Justino acompañó a la familia Fitz Randolph a la iglesia de Todos los Santos, para asistir a una misa de réquiem por el alma del asesinado orfebre. Mediada la tarde fue al castillo. Su visita fue infructuosa. El justicia estaba todavía ausente de la ciudad y a su ayudante, Lucas de Marston, no le esperaban de regreso de Southampton hasta más tarde.

Así que fue a última hora cuando Justino logró finalmente ponerse en camino en busca de Aldith Talbot. Según Edwin, la casa estaba situada en un área abierta cerca de las murallas de la ciudad, no lejos de la puerta del Norte. A medida que oscurecía, los pasos de Justino se aceleraron, porque el recuerdo de la última noche era todavía demasiado vivido y le inquietaba. ¿De verdad le había perseguido alguien? ¿O había sido producto de su imaginación? La lógica estaba a favor de esto último, pero un instinto, más fuerte que la razón, le decía que el peligro había sido real y la luz del día no consiguió disipar esta certeza.

Anochecía cuando vislumbró la casa y una delgada columna de pálido humo que salía en espiral de su tejado de paja. La luz se filtraba por las rendijas de las lamas de las persianas de madera. Era una casa pequeña pero bien cuidada, con sus paredes recientemente encaladas. Vaciló al acercarse a la puerta porque no había pensado aún en una excusa que explicara su presencia allí. Esperando que la inspiración surgiera en el último momento, extendió el brazo hasta tocar el aldabón de metal de la puerta. Se oyó un estruendo dentro, un ladrido tan atronador que le hizo estremecerse. ¿Qué tenía allí dentro, una jauría de perros?

Al abrirse la puerta, la luz se disipó. La mujer estaba en sombras y no se percibían sus rasgos. Lo que atrajo la atención de Justino fue el perro, más negro que el carbón, el mastín más grande que Justino había visto jamás. Afortunadamente, su ama parecía tenerlo bien sujeto por el cuello.

– ¿Sí? -Su voz, frágil y apagada para una mujer, con un característico tono ronco, reavivó en Justino el deseo de volverla a oír.

– ¿Señora Talbot? Sé que es un atrevimiento por mi parte presentarme en vuestra casa sin previo aviso. Pero espero que podáis dedicarme unos minutos. Me llamó Justino de Quincy. Estaba con el maestro Gervase Fitz Randolph cuando él murió.

– Entrad.

Cuando abrió un poco más la puerta, Justino se abrió paso cuidadosamente hacia dentro, sin dejar de mirar al mastín.

– No os preocupéis por Jezabel -dijo Aldith, con un tono de ironía-. Ha comido ya.

¿Jezabel? Por lo menos esta mujer tenía sentido del humor. El perro era una prueba más del amor de Gervase, porque estos pura sangre eran escandalosamente caros y los mastines valían su peso en oro.

Cuando la mujer se volvió para cerrar la puerta, Justino echó una curiosa ojeada a la casita. Había una chimenea contra la pared opuesta, una cama con dosel parcialmente oculta por un biombo, un banco de madera tapizado, una mesa de caballete de roble, varios taburetes y arcones y un tapiz tejido en tonos brillantes de color rojo y amarillo. Era una habitación cómoda y no había que esforzarse para imaginarse a Gervase apresurándose a venir aquí después de una discusión con su hermano o una pelea con su hijo.

No se había dado cuenta de que su inspección había sido tan evidente hasta que Aldith murmuró:

– ¿Os habéis fijado en la colcha de la cama forrada de piel?

Justino sonrió, disculpándose.

– Supongo que lo estaba mirando todo con mucho detenimiento, pero…

No pudo continuar porque Aldith Talbot le dejó literalmente sin respiración. No se la podía considerar hermosa en el estricto sentido de la palabra, porque tenía la boca demasiado grande, la barbilla demasiado puntiaguda y los pómulos demasiado anchos. Pero la combinación de todo esto la hacía mágica. Su cabello era abundante, de un color castaño oscuro, sedoso y resplandeciente cuando la luz del fuego de la chimenea lo hería con su brillo. Lo llevaba suelto sobre los hombros, lo cual le confería un impacto erótico, porque las mujeres lo llevaban cubierto en público y suelto solamente en la intimidad de sus hogares. Tenía los ojos almendrados como los de los gatos y de un vibrante color verde azulado. Justino estaba seguro de que una prolongada mirada podría hacer derretirse a los hombres como la cera de una vela ardiendo. ¡No era de sorprender que Gervase la hubiera considerado merecedora de cometer un pecado mortal!

– ¿Habéis terminado, señor De Quincy?

Justino se ruborizó, sintiéndose como un mozalbete imberbe confuso y desorientado al ver por primera vez un fino tobillo de mujer.

– Casi -respondió tímidamente-. Lo único que me falta es tropezar con vuestro perro y derramar vino sobre vuestra falda.

– Tal vez queráis también romper un vaso -sugirió Aldith, pero Justino podía ver la risa centellear en las profundidades de aquellos ojos color turquesa, como la luz del sol en el agua-.Voy a compartir un secreto con vos -añadió ella-. No hay una mujer en este mundo que no estime un halago de vez en cuando y el vuestro ha sido el tributo más halagador de todos: el que se hace involuntariamente.

Cogiéndole del brazo, lo llevó hacia el diván. Pero una vez que estuvieron sentados, Justino percibió un sabroso aroma que procedía de la chimenea, donde un caldero estaba hirviendo sobre una trébede de hierro. Mirando alrededor de la casa, vio por primera vez una mesa y lo que contenía: el mantel blanco, los candelabros de hierro forjado, dos jarras de vino gemelas y unas copas, una hogaza de pan recién hecho, dos fuentes talladas, cucharas y cuchillos esmeradamente colocados.

– Estoy molestando -dijo empezando a levantarse-. Estáis esperando a alguien…

– Sentaos -insistió ella-. Tenemos tiempo de hablar, me gustaría que me contarais cómo murió Gervase. ¿Sufrió mucho?

Era la primera persona que le preguntaba eso.

– Tuvo muchos dolores, señora Talbot, pero no duraron mucho tiempo. La muerte llegó enseguida.

– Gracias le sean dadas al Dios Todopoderoso por ello -dijo tristemente, y, bajo la mirada fija de sus ojos verde-azulados, él le contó cómo había muerto, omitiendo cualquier mención a la carta de la reina y a la propia y precipitada promesa que le hizo al orfebre. Cuando terminó, Aldith exhaló un suspiro, se secó con naturalidad los ojos con la amplia manga de su túnica e insistió en ofrecerle a Justino una copa de vino-. Me alegro mucho de que hayáis venido a verme y hayamos podido tener esta oportunidad de hablar. Yo estoy también encantada de poder daros las gracias, señor De Quincy, por todo lo que hicisteis por Gervase y también por Edwin.

Justino había tenido esta misma conversación una vez con la esposa de Gervase. Pero a ella no se le había ocurrido incluir a Edwin. No había esperado que Aldith fuera tan afectuosa… o tan cándida. No debía abrirles la puerta a desconocidos o aceptar de buena fe lo que se le decía. Logró controlar este incipiente deseo de protección, al menos durante el tiempo que necesitaba para hacerle unas cuantas y bien calculadas preguntas sobre Gervase, preguntas que ella contestó de buena gana.

– Sí -confirmó-, Gervase había ido en viaje de negocios a Ruán. Después de que atracara su barco en Southampton la víspera de la Epifanía, continuó viaje a Winchester. A última hora de la tarde vino a verme para decirme que había regresado y para informarme de que tenía que salir al día siguiente para Londres. Estuvo conmigo una hora más o menos, porque estaba cansado y quería dormir en su propia cama. Esa fue la última vez que le vi, porque no me invitaron a asistir a su entierro.

Gervase me contó muy poco acerca de los asuntos que tenía en Londres. Insinuó que me lo contaría todo a su regreso. Era una gran oportunidad, la más importante que se le había presentado en su vida, me dijo, la posibilidad de granjearse el favor de un rey. Yo no lo comprendí, pero cuando le pregunté lo que quería decir, simplemente se echó a reír y me prometió traerme una chuchería de Londres.

Volvió a suspirar y Justino deliberadamente siguió mirándola fijamente a la cara, no dejando que sus ojos siguieran los movimientos de subida y bajada de sus senos. No debía sentir deseos lujuriosos por una mujer que acababa de perder al ser amado. Pero estaba sentada tan cerca de él que le resultaba muy difícil mantener sus pensamientos alejados de la entrada en territorio prohibido. Su esencia le perfumaba el aliento, su boca parecía tan suave y madura como las fresas del verano. Era demasiado confiada, sin ni siquiera darse cuenta de que la estaban interrogando.

– Pobre Gervase… -Una lágrima le tembló en las pestañas y Justino la contempló involuntariamente fascinado, mientras le bajaba por las mejillas hasta tocar la suave piel de su garganta-. Yo no le amaba -dijo con inesperada candidez-, pero sentía un gran afecto por él. Un afecto sincero. Fue siempre muy bueno conmigo. Merecía una muerte mejor que la que sufrió. Y cuánto peor habría sido si no hubiera sido por vos, señor De Quincy… Justino, si me permites que te llame así. Tú le sostuviste la cabeza contra tu pecho cuando estaba agonizando, tú trataste de aliviar su dolor, tú rezaste con él, y por todo eso, tendrás mi eterna gratitud. -E inclinándose hacia adelante, besó a Justino en la mejilla, un beso leve como una pluma y dulce como la miel. Luego, echándose hacia atrás, se puso a reír y exclamó-: ¡Ah, mira lo que te he hecho, mancharte el rostro con mi pintura de labios! Ven, déjame que te la quite… -y chupándose ligeramente el dedo, tocó las manchas rojizas y empezó a frotarle suavemente. Justino se repetía para sus adentros que ésta era una mujer de moral dudosa, una mujer al menos diez años mayor que él, una mujer de luto… Pero no era ahora su cerebro lo que dirigía sus actos y cuando ella le sonrió, el impulso de besarla era ya irresistible.

Pero Justino no iba a llegar a saber nunca si iba o no a sucumbir a la tentación. No hubo ningún aviso previo. No oyó nada hasta que resonó un grito estentóreo, un «¡por los clavos de Cristo!» que pareció llenar la habitación como un trueno. Se dio la vuelta en el diván con tal rapidez que derramó algo del vino de su copa y se quedó mirando fijamente al hombre que estaba en el umbral.

Tuvo el tiempo suficiente para dirigir una rápida ojeada al intruso -alto, de cabello pardo rojizo, hecho una furia- antes de que el intruso se lanzara hacia adelante, atravesara la estancia en tres zancadas e hiciera un nudo en el cuello de la túnica de Justino. Éste, reaccionando con furia, y sin pensárselo dos veces, lanzó el contenido de su copa de vino al rostro del atacante. El hombre exhaló un grito ahogado y la fuerza con que tenía agarrado a Justino fue disminuyendo hasta que éste pudo zafarse de él. Farfullando de indignación y profiriendo juramentos, parecía dispuesto a reanudar su ataque. Pero para entonces Justino estaba de pie y Aldith se había situado firmemente entre los dos.

– ¿Te has vuelto loco? ¡Has tenido suerte de que no haya azuzado a Jezabel! -reprendió airada al intruso, aunque la amenaza habría sido más impresionante si el mastín no hubiera tenido su enorme cabeza apoyada contra la pierna del hombre y su rabo no estuviera trazando impacientes dibujos sobre la paja del suelo.

El hombre no hizo ningún caso ni a Aldith ni a su perro. Sin apartar los ojos de Justino, gruñó:

– ¡Supongo que he de saber vuestro nombre para saber qué decirle al forense! ¿Quién diablos sois?

– Lo mismo os puedo preguntar yo -replicó Justino-, aunque es evidente que sois ¡el loco del pueblo!

– ¡Una conjetura errónea, hijo de puta! Soy el ayudante del justicia de Hampshire.

Justino estaba asombrado.

– ¿Vos? ¿Vos sois Lucas de Marston?

– Sí, ¡siento decir que lo soy! -Aldith miraba fijamente al oficial de la justicia.

– Si no hubieras entrado aquí desvariando y despotricando, te habrías enterado de que este caballero es Justino de Quincy, el hombre que acudió en ayuda de Gervase en el camino de Alresford.

Los ojos de Lucas se entornaron al fijar la mirada desde Aldith hasta Justino. Su rostro perdió la expresión y se tornó indescifrable.

– ¿Y estáis aquí en otra misión caritativa? -le dijo a Justino-. Parece ser que no podéis cesar de hacer buenas obras, ¿no es así?

Justino no le hizo caso y se volvió hacia el sofá para recoger su capa.

– Me voy ahora mismo, señora Talbot.

– Sí -asintió ella-. Creo que eso es lo mejor -y acompañando a Justino a la puerta, le dirigió una sonrisa íntima y apenada-. Lo siento mucho…

– Sí -respondió Justino fríamente-, yo también. -Al encontrarse sus ojos, Aldith tuvo el detalle de sonrojarse un poco. Empezó a hablar, pero se detuvo enseguida. No obstante, se quedó de pie en el umbral hasta que la voz de Lucas la hizo regresar.

La temperatura había descendido después de la puesta del sol, pero a Justino el frío le dejó indiferente. Pensamientos a medio formar le daban vueltas en el cerebro. Pero un hecho se destacaba con implacable claridad. Lo que acababa de ocurrir estaba amañado contra él. No tenía la menor duda de que Aldith había arreglado la escena comprometedora en beneficio de Lucas. Pero Justino no comprendía por qué. ¿Era una de esas mujeres a quienes les gustaba hacer que los hombres se pelearan por ellas? ¿Había una intención más específica para hacer lo que hizo, una estratagema deliberada para provocar los celos de Lucas de Marston?

Unos momentos después, cuando Justino se había olvidado ya de su orgullo herido, se detuvo de repente en la oscura calle al darse cuenta, con retraso e inquietud, del significado de lo que acababa de presenciar. El perro de Aldith no había ladrado al entrar Lucas en la casa ni Lucas había llamado a la puerta. El ayudante del justicia municipal tenía una llave para entrar en la casita de campo de Aldith.


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