CAPÍTULO XVII

En el interior no había lugar alguno donde pudiera ocultarse una persona. El suelo estaba enlosado, y sólo había una pequeña mesa en el altar y, encima, en un extremo, una cruz de madera labrada. A ambos lados de ésta se veían dos velas de sebo apagadas en palmatorias de metal. Delante de la cruz se destacaba un cuenco lleno de flores secas y mustias.

No había asomo de duda: el oratorio estaba vacío. Eadulf trató de no parecer sabiondo al decir:

– No lo habréis visto salir.

– La entrada ha estado a la vista todo el tiempo. Después de entrar no ha vuelto a salir -dijo con firmeza a la vez que examinaba el interior, incrédula.

– Los hechos contradicen lo que decís.

Fidelma lo fulminó con la mirada.

– A diferencia de vos, yo no he cerrado los ojos.

Eadulf se permitió una sonrisa de superioridad, pero no dijo nada más.

Saltaba a la vista que Fidelma estaba perpleja. La única explicación que se le ocurría era que el hermano Bardán había salido del oratorio por un lugar distinto al de la puerta. Pero no había otra forma de salir.

Con un suspiro, decidió desistir del intento de comprender lo incomprensible.

– Regresemos a la abadía. Un estómago vacío no ayuda a pensar adecuadamente en el problema -propuso Eadulf.

El sol empezaba a calentar y el día a levantarse. Aquí y allá crecían bancos de niebla. No tardaron mucho en regresar a la abadía a través de los campos de brezos. La puertecilla que daba al huerto seguía abierta.

Fidelma se detuvo a mirar con detenimiento los cerrojos.

– Bueno, eso demuestra una cosa.

Eadulf la miró con extrañeza y examinó la barra y las armellas de los cerrojos.

– ¿He pasado algo por alto?

– El que los cerrojos no estén corridos indica que el hermano Bardán no ha regresado por aquí.

– ¿Cómo podéis estar segura?

– Porque el hermano Bardán ha salido de la abadía por esta puerta descorriendo los cerrojos. Lógicamente no ha podido correrlos desde fuera. Sin embargo, si hubiera regresado por esta puerta, los habría corrido para cerrar. El hermano Bardán aún está fuera de la abadía -dijo, dando una sacudida con la cabeza para indicar el oratorio-. Aunque sigo sin entender cómo nos ha esquivado.

A Eadulf no se le ocurría qué responder.

Pasaron a través del huerto y del patio y siguieron por los pasillos del claustro. La abadía había despertado.

Ante ellos apareció la figura taciturna y falcónida del abad Ségdae.

– No habéis asistido a laudes -dijo para saludarles, pero con cierto reproche en el tono.

– No -repitió Fidelma enseguida-. Teníamos muchas cosas que hacer. ¿Podéis indicarnos dónde se encuentra el hermano Bardán? Me gustaría hablar con él, pero por lo visto ha salido de la abadía.

El abad Ségdae no pareció sorprendido al explicar:

– Su rutina consiste en salir de buena mañana en busca de hierbas curativas. Seguramente ya se habrá ido.

– ¿De manera que es habitual que el hermano Bardán salga tan temprano de la abadía?

– Así es.

Fidelma fingió cambiar de tema.

– El otro día, no muy lejos de la abadía, vi una pequeña capilla en la que no me había fijado antes -prosiguió, reanudando el paso junto al abad Ségdae por los corredores.

Eadulf los siguió de mala gana. Tenía la cabeza puesta en llegar al refectorio y saciar la sed y el hambre que lo martirizaban.

– Ah, os referís al pequeño santuario del Santísimo Ailbe.

– Un viejo oratorio con repisa de piedra.

– Ése es. Se halla en medio de un brezal -confirmó Ségdae-. Es curioso.

– ¿El qué? -preguntó Eadulf.

– El dálaigh de los Uí Fidgente… ¿cómo se llama? ¿Solam? Solam me acaba de preguntar por la misma capilla.

– ¿Solam?

No parecía que el abad Ségdae hubiera notado la tensa reacción de Fidelma.

– El lugar se llama Gort na Cille -les explicó el anciano.

– El «campo de la iglesia»; parece un nombre más que apropiado -observó Fidelma recobrando la compostura-. ¿Y por qué preguntaba Solam por él?

– No lo sé. Hay gente que cree que el agua que de allí sale tiene propiedades curativas si uno se baña en ellas antes del amanecer -les contó.

Eadulf, que quería saciar la sed, rezongó. Si hubiera sabido que allí había un manantial, ahora no estaría sufriendo. Trató de recordar dónde podría estar situada esa fuente.

– ¿De dónde sale, padre abad? -preguntó Eadulf inocentemente-. No recuerdo haber visto ningún arroyo en ese campo.

El abad Ségdae dijo, moviendo la cabeza en señal de negación:

– No hay ningún arroyo; sólo un pozo. Se le llama Tobar na Cille… el pozo de la Iglesia. Por eso se construyó una capilla encima. El pozo está en el propio oratorio.

Fidelma se paró de golpe.

– ¿Os referís a que hay un pozo debajo de las losas? -preguntó lentamente.

Ségdae la miró, algo extrañado.

– Oh, sí. Una de las losas tiene bisagras para poder levantarla. Está detrás de la mesa del altar.

Habían llegado a la puerta de la celda del abad, donde le esperaban varios miembros de la comunidad para hablar con él.

– ¿Sabéis dónde está ahora el abogado Uí Fidgente? -preguntó Fidelma.

– Apenas hace unos quince minutos que le he visto, al regresar del oficio matinal. Pero no sé adónde ha ido.

De pronto, el rostro de Fidelma reflejó una intención curiosa; dio las gracias al perplejo abad y se marchó a toda prisa con Eadulf a la zaga. Éste volvió a quejarse con un gruñido cuando Fidelma cambió el curso.

– Por aquí no se va al refectorio, Fidelma -protestó.

Ella lo hizo callar haciendo una abrupta seña con la mano.

– ¿No os dais cuenta? -le exhortó.

Movió la cabeza, desconcertado.

– ¿De qué?

– El misterio de la desaparición del hermano Bardán tienen una explicación.

– ¿Me estáis diciendo que el hermano Bardán se ha escondido de nosotros en la cavidad de un pozo?

– Quizá la cavidad del pozo tenga otro uso. Debemos regresar sin dilación y averiguarlo. Lo que no me gusta nada es que Solam haya preguntado por el oratorio. ¿Qué sabrá al respecto?

Eadulf se detuvo inesperadamente, y empezó a decir con expresión desafiante:

– Yo no pienso volver ahí…

Pero al ver el centelleo en la mirada de Fidelma, añadió:

– … a menos que me lleve algo de comida y bebida.

Fidelma lo acompañó al refectorio con impaciencia. Las largas mesas estaban casi vacías, pues la mayoría de la comunidad ya había desayunado e iniciado sus labores diarias.

– Podemos llevarnos algo de comer -sugirió Fidelma-. No hay tiempo que perder. Solam trama algo, estoy segura.

Eadulf cogió un par de barras de pan recién horneado que todavía estaban calientes. Al pan añadió varios trozos de embutidos, queso y fruta. Vio un sacullus colgado entre otros tantos y lo confiscó para llevar en él la comida. Fidelma había encontrado un contenedor de agua; lo llenó y se lo entregó a Eadulf para que lo guardara en la bolsa.

– Regresemos ahora a Gort na Cille -le dijo cuando Eadulf le indicó que estaba listo.

Saliendo del refectorio Eadulf no pudo resistir la tentación de tomar un pedazo de pan y otro de carne y metérselos en la boca, con tal deleite, que la boca se le hizo agua al masticar.

A su regreso al oratorio, el día ya era más cálido. Habían vuelto a salir de la abadía por la puerta del huerto y, que ellos supieran, nadie les había visto. A la altura del campo donde se hallaba el minúsculo oratorio, Eadulf ya había devorado casi toda la parte de comida que le correspondía. Fidelma no tenía hambre. Le bastó con beber agua del recipiente que habían traído.

El oratorio seguía estando vacío y en penumbra.

Eadulf encendió una de las velas del altar para facilitar la localización de la losa que cubría la entrada del pozo. No les costó nada dar con ella, ahora que sabían lo que estaban buscando. En la losa había incrustada una anilla de hierro. Eadulf se inclinó para tirar de ella. Casi se cayó de espaldas, ya que la losa estaba sujeta a una suerte de mecanismo giratorio, el cual permitía levantarla sin esfuerzo.

A sus pies apareció un profundo agujero negro.

Eadulf avanzó la vela. De poco sirvió, salvo para iluminar el primer metro.

– Oscuridad absoluta -musitó-. En esa negrura nadie podría esconderse.

– Examinad la vela -le aconsejó Fidelma.

– ¿Que la examine? -preguntó Eadulf sin comprenderla-. ¿A qué os referís?

– La vela tiembla al sostenerla sobre la boca del pozo. ¿Eso nos os sugiere algo?

Eadulf contempló en silencio la llama trémula. Luego miró el acceso al pozo. Empezó a entender lo que Fidelma quería decir.

– ¿Del pozo sale una corriente de aire y vos creéis que indica que ahí abajo hay algo más que agua?

– Eso, además de otro hecho -precisó Fidelma-. ¿Veis eso…? Es una escalera de madera fijada a la pared del pozo. ¿Para qué iba a hacer falta una escalera que baje a un pozo?

Eadulf se asomó a la negrura con recelo.

– Está oscuro. Más vale que baje a mirar.

Le pasó la vela a Fidelma, que movió la cabeza con desaprobación.

– Yo peso menos que vos. No sabemos si la escalera es firme.

Antes de que el sajón abriera la boca, Fidelma ya estaba sobre los peldaños, descendiendo a la oscuridad.

– Parece bastante firme -le gritó instantes después.

Eadulf la perdió de vista al adentrarse en la negritud del hoyo.

– Os hará falta una vela para ver algo -le gritó desde arriba.

No obtuvo respuesta.

– ¡Fidelma! -gritó Eadulf, preocupado.

No tardó en volverla a oír.

– Estoy bien. He encontrado un túnel con una tenue luz.

– Entonces voy a bajar.

Se pasó el sacullus a la espalda y, sosteniendo con firmeza la vela en una mano, empezó a descender, ayudándose de la otra para agarrarse a la barra exterior de la escalera.

Había bajado unos tres metros, cuando vio la abertura que había descubierto Fidelma. Ésta ya había llegado al final de la escalera y estaba en el túnel. Tendió una mano para coger la vela, de forma que Eadulf pudiera pasar con mayor facilidad por la entrada al túnel. Así lo hizo.

– Es un túnel muy amplio -le aseguró ella.

Eadulf vio que estaba en lo cierto. Medía casi un metro de ancho y uno y medio de alto, de modo que sólo tenía que encorvarse y cuidar de no darse con la cabeza en el techo bajo y rocoso. A juzgar por su forma casi oval, el túnel parecía serpentear en un recorrido que debía de ser la cavidad natural formada por la corrosión del agua en la piedra caliza. Había mucha humedad y la atmósfera era fétida. Eadulf también vio que más adelante había una débil luz, aunque no parecía natural.

– ¿Qué es eso? -susurró.

– Lo he visto antes. Es una sustancia luminiscente en la oscuridad, una especie de elemento ceroso que emplean algunos artesanos para encender fuego. Es inflamable. Creo que los griegos le pusieron un nombre a partir del lucero del alba.

Prosiguieron por el túnel sin decirse nada más. Poco después, Eadulf oyó una exclamación ahogada de Fidelma al darse cuenta de que podía ponerse erguida. Vio que el pasadizo había desembocado en una cueva de tamaño considerable. Medía algo más de tres metros de alto y en su curvatura entre seis y nueve metros de diámetro.

– Aquí no hay nadie -murmuró Eadulf, afirmando algo evidente al ver la cueva vacía.

Al igual que el pasadizo por el que habían llegado, la cueva era muy húmeda; en el centro se había formado un charco. Contra el mismo caía un constante goteo de agua procedente del techo. El ruido resonaba una y otra vez, hasta que a Eadulf empezó a resultarle insoportable.

– No parece un lugar donde pasar el rato -dijo Fidelma como si le leyera el pensamiento.

Entonces señaló al fondo de la cueva. Allí había dos agujeros negros que marcaban la entrada a otros túneles.

– Dos accesos. ¿Cuál deberíamos tomar? -preguntó.

– El de la derecha -dijo Eadulf sin pensar.

Fidelma lo miró, pero la luz distorsionaba sus facciones y Eadulf no veía bien su expresión.

– ¿Por qué la derecha? -le preguntó.

Eadulf se encogió de hombros.

– ¿Y por qué no?

Cruzaron la cueva sobre un suelo resbaladizo por el liquen y las plantas musgosas que habían crecido, y entraron en el túnel. El estrecho pasaje no tardó en ensancharse hasta formar una cueva más amplia. Era una cavidad seca y polvorienta. Al respirar, Eadulf notó las partículas de polvo en la boca y la tráquea, que le hicieron toser.

En el suelo había polvo y rocas. Sin moverse, Fidelma levantó la vela en lo alto para extender la máxima luz posible.

– Este lado rocoso ha sido excavado -señaló Eadulf-. ¿Dónde estamos? ¿En una especie de mina?

Fidelma iba a comentar que aquello era evidente, pero se contuvo al darse cuenta de lo sardónica que era a veces. Eadulf no merecía ser objeto de censura tantas veces. Pensó que últimamente había pensado mucho en su relación con Eadulf. A lo largo del último mes había mostrado más irritación que nunca por sus errores. Pero es que no se habían separado en los últimos nueve meses. Habían compartido muchas situaciones de peligro. Sin embargo, estaba insatisfecha con aquella amistad y no sabía por qué. Siempre estaba pendiente de señalar los defectos y errores de Eadulf, y reaccionar ante ellos. ¿Cómo era aquel antiguo dicho? ¿Cuando se piensa en la amistad es cuando se pierde?

Procuró volver a concentrarse en el presente.

– Aquí la roca más bien parece granito y no caliza. No es normal. Ah, mirad, esto que atraviesa el granito… argentita.

Eadulf puso cara de extrañado y miró por encima del hombro de ella.

– ¿Plata? ¿Será una mina de plata?

– Desde luego, aquí se ha realizado una labor minera… y hace poco.

Señaló una herramienta rota tirada en el suelo. Era el mango de madera de una piqueta, y se notaba que se había partido recientemente. A juzgar por la reciente madera astillada, el mango se hallaba abandonado en el suelo desde hacía unos pocos días.

Entretanto, Eadulf había cogido un trozo de mena, que estaba frotando. A la luz de la vela, alcanzaba a ver vetas blancas y dúctiles del metal.

– Sigamos adelante -propuso Fidelma-. Quizás averigüemos algo más.

Casi a continuación, la cavidad se estrechaba otra vez en un pasadizo por el que sólo cabía una persona a la vez. Al cabo de un rato oyeron chorros de agua.

– Ahí delante hay luz -informó Fidelma sin volverse-. Esta vez es luz natural. Casi hemos llegado a la entrada.

Tuvieron que avanzar a gatas antes de salir, al final, a una zona abrigada donde retumbaba el ruido de una corriente de agua. Una parte de la gruta estaba expuesta a los elementos. No era tanto una cueva como una zona abierta, bajo un gran saliente rocoso. Al ponerse de pie vieron una balsa a la que afluían corrientes de agua que emanaban de las rocas con fuerza impetuosa.

– Es un arroyo subterráneo -explicó Fidelma levantando la voz sobre el estruendo.

Se encaramaron por las rocas y miraron al campo que los rodeaba. Al parecer, habían seguido un recorrido con forma de semicircunferencia, pues el oratorio y el pozo estaban inicialmente al norte de la abadía, y ahora habían salido al extremo sur del edificio eclesiástico. En realidad, no estaban muy lejos del extremo sur de la abadía. Fidelma calculó que se hallarían a menos de cuatrocientos metros de ésta. Los muros quedaban ocultos a la vista por unas hileras de altos abetos rojos. Sólo las torres descollaban.

– ¿Creéis que el hermano Bardán habrá hecho todo este recorrido, cuando podría haber salido fácilmente de la abadía y cruzar uno o dos campos para llegar hasta aquí? -preguntó Eadulf-. ¿Y para qué? ¿Creéis que tiene algo que ver con esa mina de plata?

Fidelma no respondió. No tenía sentido hacer especulaciones.

Entonces Eadulf se fijó en un objeto tirado en el suelo, justo al lado de la boca del lugar. Se agachó a recogerlo y lo levantó.

Era un jirón de tela de lana marrón con manchas de sangre.

– ¿Creéis que esto puede pertenecer al carrero de Samradán? ¿Es posible que los lobos lo hubieran traído hasta aquí?

Reprimió un escalofrío de asco al imaginar la suerte que habría corrido el cuerpo del carrero. La evocación del encuentro con los lobos le provocó un escalofrío en la columna. Inmediatamente, miró a su alrededor por si atisbaba algún indicio de una guarida en la entrada a la cueva.

Fidelma tomó el jirón de lana y lo examinó. Con una expresión adusta, movió la cabeza para descartar tal posibilidad.

– El carrero de Samradán no llevaba esta clase de ropa. Es el tipo de tela que suelen usar los religiosos.

Miró a su alrededor. Allí el suelo describía una leve pendiente hacia abajo que partía de la entrada a la cueva. La hierba se apreciaba corta por el paso de animales de pastoreo. Fidelma apuntó al suelo.

– Este suelo es blando y fangoso, como si hace poco hubieran pasado varios caballos, así como carros muy cargados. Fijaos en las hendiduras.

– ¿Cómo sabéis que han pasado hace poco?

Fidelma se limitó a estampar el pie contra el suelo. Él tardó un poco en darse cuenta de que no había sido un gesto de mal genio.

– Las hendiduras no habrían durado más de un día y… -dijo, apoyándose bruscamente sobre una rodilla-. Mirad esta mancha de sangre. Aún no está seca. Podemos suponer que se trata de la misma sangre que la de ese trozo de tela.

Eadulf comprobó su afirmación asintiendo.

– La mancha es de hace apenas unas horas, no mucho más, lo cual descarta la posibilidad de que fuera sangre del carrero de Samradán.

– O de cualquiera de los pobres vecinos a los que mataron en el asalto -afirmó Fidelma-. Parece que algunos jinetes, quizá los que llevaban carros, recogieron al hombre con atuendo religioso en este lugar. Dudo que éste fuera con ellos por propia voluntad.

– ¿Estamos hablando del hermano Mochta?

– O de nuestro amigo el boticario, que tanto insistió en dar por muerto al hermano Mochta.

Fidelma dedicó unos momentos a examinar el suelo, como si tratara de dar con las respuestas a las preguntas que acudían a su mente. Lo único que sabía a ciencia cierta era que allí había marcas de más de un carro y varios caballos. Entonces reparó en que las huellas de las pezuñas herradas se superponían a las de las ruedas de los dos carros. Unos caballos bien herrados eran indicio de que sus dueños eran guerreros, pues poca gente solía cabalgar en grupo y con équidos tan bien cuidados.

– Tras el paso de los carros -dijo Fidelma haciendo una pausa-, por aquí debió de pasar un grupo de jinetes.

Eadulf se frotó la mandíbula, pensativo.

– Así que nuestra búsqueda ha llegado a un punto muerto.

– No necesariamente -dijo Fidelma, doblando el pedazo de tela para guardarlo en el marsupium-. Creo que antes de darnos por vencidos deberíamos volver a la cueva y entrar en el otro túnel.

La idea no entusiasmó a Eadulf, que dijo:

– Temía que fuerais a proponerlo de un momento a otro. Pero, ¿estáis segura de que no es una pérdida de tiempo? No sé qué sucedió, pero éste debió de ser el lugar de los hechos.

Fidelma lo miró con una de sus picaras sonrisas.

– La derecha no siempre te conduce por el camino recto. Probaremos el túnel de la izquierda antes de volver a la abadía -anunció con firmeza antes de adentrarse de nuevo en el túnel pasadizo.

No tardaron mucho en regresar a la amplia y húmeda cueva, entre el repiqueteo de las gotas de agua en la charca central. Accedieron al segundo túnel. Se parecía mucho al primero de todos, el más próximo al oratorio. Avanzaban más deprisa que por el que llegaba a la mina de plata. Eadulf se dio cuenta de que el suelo empezaba a ascender en una escarpada pendiente. La subida era agotadora, por lo que estuvieron de acuerdo en parar a descansar; esperaron agachados en el suelo, que era seco y estaba cubierto de un polvo parecido a una combinación de pizarra y tierra.

– ¿Cómo es posible que dure tanto el ascenso? -se preguntó Eadulf-. Estoy seguro de que no estábamos a tantos metros de la superficie.

– Creo que este pasaje lleva a una de las colinas próximas a la abadía. Cerca hay una colina bastante alta llamada la colina del Hito -recordó y, de repente, chasqueó los dedos-. Eso es. Lo había olvidado. ¿Qué dijo el hermano Tomar al ver que iban a atacar la abadía? Había oído hablar de un pasadizo secreto que llegaba a la colina del Hito -explicó, y frunció el ceño al hacer memoria-. Eso es. Había oído al abad Ségdae hablar de él. Pensó que era un recurso para que las mujeres de la comunidad pudieran escapar de los atacantes.

– Entonces será este túnel, ¿no?

– Eso parece. A menos que estas colinas entrañen un laberinto de pasadizos. Eso es posible, claro. He oído que en este campo hay varias cuevas, muchas de las cuales contienen arroyos y lagunas. Por eso aquí el suelo es de pizarra. Y la pizarra es la base del terreno.

– ¿Queréis decir que nos dirigimos al interior de la colina? -preguntó Eadulf con preocupación, pues no le gustaba pasar demasiado tiempo seguido bajo tierra-. Sólo tenemos el cabo de una vela con el que guiarnos al salir de aquí, dondequiera que esto desemboque. Espero que finalice en un lugar a la luz del día.

Fidelma miró la titilante vela que sostenía. Era cierto que sólo quedaba algo más de dos centímetros. Con tanto entusiasmo por seguir el túnel, se había olvidado de la luz.

– Entonces más vale que sigamos adelante lo más deprisa que podamos -propuso-. He observado que en este tramo ya no hay sustancia fosforescente.

La idea de quedarse a oscuras en un túnel les dio ánimo para acelerar el ascenso. La irregularidad del recorrido confirmaba la suposición de Fidelma: antaño debió de haber sido el cauce de una corriente subterránea con origen en la cumbre de la colina, que descendía por el interior del valle hasta los pozos, muchos de los cuales ya no existían, o albergaban aguas procedentes de otras fuentes.

Sin previo aviso, la trémula llama resplandeció un momento y se apagó. Quedaron sumidos en la oscuridad.

Eadulf tuvo un escalofrío y se quedó quieto. Esperaba que la vista se le adaptara a la falta de luz, pero no fue así. La oscuridad se perpetuó.

– Eadulf -oyó la voz de Fidelma, próxima a él-, tended la mano.

Así lo hizo. Notó que algo la rozaba. Al instante notó la cálida mano de ella tomándola.

– Bien. No debemos soltarnos en ningún momento. Voy a moverme despacio hacia delante.

– ¿Cómo veréis adónde vais?

– Iré tocando el techo con la otra mano para saber en qué dirección avanzar.

Siguieron adelante con pasos muy cortos por la oscuridad.

– Una cosa está clara -retumbó la voz de Fidelma en un tono alegre.

– ¿Qué?

– Que no podremos regresar por este mismo camino… a menos que encontremos una linterna al final.

Fue un desafortunado intento para animarse, así que no guardaron silencio. En un par o tres de ocasiones, Fidelma se hizo varios rasguños en el brazo y Eadulf se rozó los tobillos contra alguna roca. Aun así, siguieron adelante pasito a paso, pendiente arriba. Entonces Fidelma se detuvo.

– ¿Qué pasa ahora? -preguntó Eadulf.

– ¿No lo veis, Eadulf? -susurró ella con entusiasmo.

Eadulf entrecerró los ojos mirando hacia delante y reparó en ello.

– Al fondo hay una luz -confirmó ella-. Luz natural. Pero hay algo más.

Avanzaron otro trecho y, al girar en una curva del pasaje, la luz se hizo más clara: era una luz tenue y gris que se filtraba en el túnel. Y en el silencio oyeron el crepitar del fuego.

Fidelma acercó los labios al oído de Eadulf, que notó el roce de éstos en la mejilla.

– No hagáis ruido -susurró-. Hay alguien en la cueva al final del túnel.

Empezó a avanzar de forma casi imperceptible. Más adelante, cuando la luz se hizo más clara e intensa, se detuvo y le soltó la mano a Eadulf. Ya no hacía falta ir enlazados, ya que se veían con toda claridad. Delante de ellos se extendía una cueva de tamaño considerable con una entrada obstruida, al parecer, por una barrera de madera, sobre la cual se recortaba un cielo azul. Rayos de luz inundaban la cueva.

La gruta era grande y estaba seca, salvo por el arroyuelo que corría por un lado de ésta. En el centro chisporroteaba un fuego. Había varios objetos esparcidos por la cueva. Junto al fuego, sobre un jergón yacía la figura estirada de un hombre anciano y voluminoso. Iba vestido con el hábito de un clérigo, y tenía el brazo y el pie izquierdos vendados. En el suelo, al alcance de la mano, tenía un bastón que usaba claramente como muleta. No había nadie más en la gruta.

Eadulf y Fidelma miraron con creciente asombro a la figura.

Eadulf fue el primero en acceder a la cueva; en cuanto lo vio, el hombre tuvo un sobresalto, se apoyó sobre un codo para incorporarse y cogió el bastón en ademán de defenderse de un ataque. Sin embargo, se detuvo enseguida al advertir el hábito religioso que vestía Eadulf.

– ¿Quién sois? -le preguntó con la voz quebrada por el miedo.

Eadulf se quedó donde estaba con cara de pasmado.

Fidelma apareció junto a Eadulf e hizo un esfuerzo por encontrar su voz.

– No temáis nada, hermano Mochta. Yo soy Fidelma de Cashel.

El rechoncho monje se sosegó al instante y, con un suspiro, volvió a dejarse caer en el jergón.

Sin dejar de mirar a la figura postrada, exclamó sin miramientos:

– ¡Pero si estáis muerto!

El hombre lo miró con su cara redonda y se incorporó sobre un codo. Pese al dolor que reflejaba en su rostro, era evidente que aquello le hizo gracia.

– No estoy nada de acuerdo con vos, hermano sajón -lo contradijo en un tono chistoso-. Pero si podéis demostrarlo, aceptaré vuestra consideración. Aunque a decir verdad, me siento demasiado cerca de la muerte para discutir.

Eadulf se le acercó y lo miró desde su posición para analizar detenidamente los rasgos de aquel hombre.

Cierto. No cabía duda alguna. El hombre que había tumbado ante él, apoyado sobre un codo, sonriéndole, era el mismo, de cara redonda, que había visto muerto en el depósito de cadáveres de Cashel. Era el mismo hombre, y hasta con el mismo tatuaje del pájaro, que Eadulf acababa de reconocer en el antebrazo herido.


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