Un largo silencio se impuso tras la acusación del príncipe de los Uí Fidgente. Fidelma fue quien puso fin a aquella calma amenazadora inclinando la cabeza hacia su hermano, que estaba de pie con un semblante que apenas si ocultaba el dolor de la herida.
– Si los guerreros de Colgú han disparado a mataros, Donennach, también han intentado abatir al rey de Cashel.
Donennach la miró inquisitivamente con ojos penetrantes. Su guerrero jefe, Gionga, hizo la pregunta que aquél no había formulado.
– ¿Y vos quién sois, mujer, que osáis hablar en presencia de príncipes? -exigió sin perder la arrogancia.
Colgú respondió con serenidad, aunque con la voz tensa por el dolor.
– Es mi hermana, Fidelma, que habla y tiene más derecho a hacerlo que ninguno de los aquí presentes, pues es dálaigh de los tribunales, además de ser religiosa y de poseer el título de anruth.
Los ojos de Gionga se abrieron visiblemente al reparar en que el grado de ollamh, el más elevado de las universidades irlandesas, laicas y eclesiásticas, era el siguiente después del de anruth.
Gionga no dejó traslucir la impresión que le había causado, sino que se limitó a entornar los ojos, diciendo:
– Vaya. De modo que sois Fidelma de Cashel. Sor Fidelma. Vuestra fama os precede en las tierras de los Uí Fidgente.
Fidelma contestó al examen de Gionga con una adusta sonrisa.
– Así es, estuve en la región de los Uí Fidgente… una vez. Fui invitada… con motivo de un envenenamiento.
No dio más detalles, pues sabía que Donennach conocía muy bien la historia.
– Mi hermana tiene razón -intervino Colgú, volviendo al origen de la cuestión-. ¡Cualquier acusación afirmando que mi mano está detrás de este acto vil es falsa!
Eadulf decidió intervenir otra vez, pues le preocupaban las heridas de ambos.
– No es el momento de discutir este asunto. Ambos necesitáis que os atiendan las heridas antes de que se infecten. Dejemos la discusión para momento más oportuno.
Colgú se mordió el labio para controlar un espasmo de dolor que de pronto le recorrió todo el brazo.
– ¿Estáis de acuerdo, Donennach?
– Estoy de acuerdo.
– Yo tomaré en mis manos este asunto, hermano, mientras Eadulf te asiste -dijo Fidelma con firmeza.
Gionga dio un paso adelante con claro gesto de indignación, pero antes de que pudiera decir nada, Donennach alzó una mano.
– Quedaos con sor Fidelma, Gionga -le ordenó con delicadeza-, y ayudadla en todo aquello que este asunto precise.
Donennach parecía haber puesto un énfasis innecesario en la palabra «ayudadla». Gionga inclinó la cabeza y retrocedió.
Los portadores de la camilla levantaron al príncipe de los Uí Fidgente y siguieron a Colgú, a quien ayudaba Donndubháin, por el empinado camino hacia el palacio real. Eadulf, que iba junto a Colgú, estaba inquieto.
Fidelma se detuvo un momento, entrelazando las manos delante con recato. Su viva mirada centelleaba con tal fulgor que quien la conociera sabría que albergaba una peligrosa disposición de ánimo. Sólo en apariencia guardaba la debida compostura.
– ¿Qué sugerís, Gionga? -le preguntó con serenidad.
Gionga reposó el peso de su cuerpo sobre una pierna y luego sobre la otra, revelando así su incomodidad.
– ¿Qué sugiero? -repitió con desafío.
– ¿Os parece bien que trasladen los cuerpos de estos dos hombres a nuestro boticario? Allí podremos examinarlos luego y en mejores circunstancias.
– ¿Por qué no los examinamos ahora? -preguntó con cierta intemperancia el guerrero de los Uí Fidgente, y al recordar el grado de Fidelma se dio cuenta de que debía contener su arrogancia.
– Porque ahora quiero que me mostréis dónde y cómo los hallasteis y por qué razón les disteis muerte, en vez de capturarlos para averiguar el motivo del ataque.
Dijo esto en un tono desapasionado, exento de reproche. Sin embargo, Gionga enrojeció de rabia y parecía que iba a negarse a lo propuesto. Luego se encogió de hombros, se dio la vuelta e hizo una señal a dos de sus hombres para que se acercaran.
Oyeron una voz a lo lejos y vieron a Donndubháin, que regresaba a caballo, trotando colina abajo. Parecía preocupado.
– Colgú ha sugerido que aquí podría ser más útil -explicó con una expresión que trataba de sugerir que a Colgú no le hacía gracia dejar a su hermana en compañía del guerrero de los Uí Fidgente-. Capa y Eadulf lo están atendiendo.
Fidelma sonrió con aprobación.
– Excelente -dijo-. Los hombres de Gionga van a llevarse los cuerpos a la botica de Conchobar. ¿Podría guiarles alguno de vuestros hombres?
Donndubháin llamó a un guerrero que pasaba por allí.
– Acompañad a los hombres de los Uí Fidgente con estos cuerpos a… -se interrumpió, alzando las cejas con un gesto interrogativo a Fidelma.
– A la botica del hermano Conchobar. Decidle que espere a que le dé instrucciones. Quisiera examinar los cuerpos personalmente.
El guerrero les saludó y, con una señal, indicó a los guerreros que cargaban con los cuerpos que le siguieran.
– Bien, partiremos del lugar donde alcanzaron a Colgú y Donennach -anunció Fidelma.
Gionga no dijo nada, se limitó a seguir a Fidelma y a Donennach hasta la plaza. La gente de Cashel no se había dispersado todavía, y muchos habían formado grupos donde murmuraban entre ellos. Había quien lanzaba miradas furtivas al guerrero Uí Fidgente. Fidelma percibía el desagrado en esas miradas. Generaciones de guerras y saqueos no iban a desvanecerse del recuerdo tan pronto como ella había supuesto.
Llegaron al lugar donde las flechas habían alcanzado a Colgú y Donennach. Gionga señaló un grupo de edificios al otro lado de la plaza.
– Cuando impactó la primera flecha, miré alrededor para ver de dónde procedía. Vi una figura en el tejado de aquel edificio.
El edificio al que se refería estaba a unos cincuenta metros, al otro lado de la plaza del mercado, y tenía un tejado plano.
– Cuando le vi lanzar una segunda flecha, grité, pero ya era demasiado tarde para advertir a Donennach.
– Ya -dijo Fidelma, pensativa-. ¿Fue entonces cuando os dirigisteis a caballo hacia el edificio?
– Así es. Un par de guerreros me siguieron de cerca. Cuando llegamos al edificio, el arquero había saltado abajo, todavía con el arco en la mano. Con él iba otro hombre empuñando una espada. Los maté a los dos antes de que pudieran usar las armas contra nosotros.
Fidelma se dirigió a Donndubháin.
– Si mal no recuerdo, vos le seguisteis de cerca, primo. ¿Coincide esta descripción con lo que visteis?
El presunto heredero se encogió de hombros y dijo:
– Más o menos.
– La respuesta es imprecisa -observó Fidelma con calma.
– Quiero decir que vi cómo saltaba el arquero para unirse a su compañero, pero no les vi empuñar las armas. Me pareció verles de pie, como si esperaran a que los guerreros se acercaran a ellos.
Gionga soltó un resoplido de enojo.
– Querréis decir que esperaban a que nos aproximáramos a fin de tener el blanco más cerca para disparar -se defendió con sarcasmo.
Fidelma reanudó la marcha hacia el edificio sin decir nada.
– Veamos qué hay allí.
Donndubháin la miró sin entenderla.
– ¿Qué vamos a encontrar? Han matado a los asesinos y han retirado los cuerpos. ¿Qué esperáis hallar?
Fidelma no se molestó en contestarle.
El edificio que Gionga y Donndubháin habían identificado era bajo, de una sola planta y tejado plano. Era una estructura de madera. Más bien parecía una cuadra con dos grandes puertas en la parte delantera, y una puertecilla lateral. Fidelma, que había nacido y había pasado la infancia en Cashel, hizo un esfuerzo por acordarse de a quién pertenecía el edificio. Que ella recordara, no era una cuadra, sino una especie de almacén.
Se detuvo a examinarlo con detenimiento.
Puertas y ventanas estaban cerradas y no había signos de vida.
– Donndubháin, ¿qué uso se le da a este edificio?
El tanist se tiró del labio inferior con gesto de preocupación.
– Es uno de los almacenes de Samradán, el mercader. Creo que lo utiliza para almacenar trigo.
– ¿Dónde está Samradán?
Su primo se encogió con indiferencia.
Fidelma dio unos golpecitos de impaciencia con el pie.
– Encargaos de localizarle y traedlo ante mí.
– ¿Ahora? -se asombró Donndubháin.
– Ahora mismo -le confirmó ella.
El presunto heredero de Cashel se marchó en busca del mercader, pues incluso un príncipe debía obedecer, no sólo a la hermana del rey, sino a un dálaigh de los tribunales. Fidelma rodeó el edificio para examinarlo. Había una puertecilla lateral. La empujó, pero estaba cerrada con llave. De hecho, el edificio entero parecía estar cerrado a cal y canto, aunque en la parte de atrás reparó en una escalera apoyada contra la pared, por la cual habrían accedido a la azotea.
– Ahí es donde vi a los asesinos -indicó con el brazo Gionga.
Fidelma lo miró y objetó:
– Pero no es posible que vierais este lado desde donde cruzasteis la plaza hasta la parte delantera del edificio.
– No. Solamente vi al arquero, a un hombre con el arco en la mano. Estaba de pie en el tejado y luego desapareció por la parte de atrás. Fui volando al otro lado, cuando vi aparecer por detrás del edificio a ese hombre con el arco y al otro con la espada desenvainada.
– ¿Y en qué lugar exacto los matasteis?
Gionga lo señaló con la mano.
Los charcos de sangre no se habían secado todavía. Estaban en la parte trasera del edificio, pero no estaban a la vista de nadie que viniera de la plaza.
Fidelma se encaramó a la azotea por la escalera. En el suelo, junto a la parte delantera de ésta y tras un pequeño parapeto de madera, había dos flechas. No habían caído por descuido, sino que estaban colocadas a conciencia. Quizás el arquero las había dispuesto allí para tenerlas a mano y poder disparar varias veces con presteza. Fidelma las recogió y examinó las marcas que presentaban. Las comparó con la flecha que se había insertado en el cinturón de cuerda, la que Eadulf había extraído del brazo de Colgú. Apretó la boca con fuerza. Reconocía aquellas marcas.
Gionga había subido y se le había acercado, mirándola con mal humor.
– ¿Qué habéis encontrado?
– Solamente unas flechas -se apresuró a contestar ella.
– ¡Fidelma!
Fidelma se asomó sobre el parapeto para mirar hacia abajo, donde estaba Donndubháin.
– ¿Habéis podido encontrar a Samradán? -preguntó.
– Me han dicho que hoy ha salido de Cashel. Está en Imleach intercambiando mercancías con la abadía que hay allí.
– Imagino que Samradán no vive aquí, ¿verdad?
Donndubháin movió un brazo.
– Desde ahí arriba tal vez alcancéis a ver su casa. Es la sexta casa de la calle principal. Yo le conozco, y he intercambiado mercancías con él -dijo, llevándose la mano sin darse cuenta al broche de plata del hombro-. Estoy seguro de que no está implicado en este asunto.
Fidelma miró hacia el final de la calle, el lugar donde se hallaba la casa que le había indicado el tanist.
– Bueno, tampoco nos hace mucha falta para entender lo que ha pasado -intervino Gionga-. Los asesinos vieron que esta azotea era un lugar idóneo para disparar contra Donennach. Vieron que era un almacén; encontraron una escalera y subieron para esperar la llegada del príncipe. Y creyeron que podrían salirse con la suya en medio de la confusión.
Se volvió para mirar el terreno que había en la parte trasera del edificio.
– Podrían haber huido con facilidad por el bosque de atrás. Y -dijo, iluminándose su rostro- apostaría a que allí hallaremos sus caballos amarrados, esperándoles.
Hizo ademán de irse para averiguar tal suposición.
– Un momento -le pidió Fidelma mediante una orden serena.
Estaba examinando la distancia entre la azotea y el lugar donde habían herido a Colgú y Donennach. Entornó los ojos.
– Bien, pues yo os diré algo sobre nuestro arquero -dijo con gravedad.
Gionga puso mala cara sin decir nada.
– No era muy buen arquero.
– ¿Y eso por qué? -quiso saber el guerrero Uí Fidgente con suspicacia.
– Porque desde aquí, y a esta distancia, habría sido difícil errar la puntería dos veces seguidas. Podría haber fallado a la primera, pero era imposible fallar a la segunda, con el blanco inmovilizado.
Se levantó, tomó las flechas y descendió la escalera seguida de Gionga. Su primo les esperaba abajo.
– ¿Habéis oído la conjetura de Gionga sobre los caballos? -le preguntó.
– Sí -contestó Donndubháin sin comprometerse.
Fidelma tuvo la impresión de que éste no daba importancia alguna a la idea de Gionga.
Se dirigieron hacia el arbolado. No había ni rastro de caballos amarrados.
– Quizás había otro cómplice -aventuró Gionga, tratando de ocultar su decepción- que al ver caer a sus compañeros huyó con los caballos.
– Quizás -asintió Fidelma con la vista puesta en el sendero que había al fondo del arbolado.
Había demasiadas huellas de carros y caballos como para extraer una conclusión definitiva.
Gionga miraba a su alrededor con el ceño fruncido, como si esperara ver surgir de la nada a los caballos de un momento a otro.
– ¿Y ahora qué? -inquirió Donndubháin, ocultando la satisfacción que le producía ver que el guerrero Uí Fidgente se hubiera equivocado.
– Ahora -suspiró Fidelma- iremos a la botica del hermano Conchobar y examinaremos los cuerpos de esos asesinos.
El anciano hermano Conchobar les aguardaba en la puerta. Dio unos pasos adelante al acercarse Fidelma con Donndubháin, seguidos por Gionga.
– Os esperaba, Fidelma -dijo, haciendo una mueca irónica-. Y, como así os lo dije, nada bueno traería el día de hoy.
Al oír esto, Gionga soltó:
– ¿A qué os referís con eso, viejo? ¿Estáis diciendo que sabíais de antemano que esto iba a ocurrir?
Donndubháin se adelantó para coger a Gionga por el brazo, ya que había agarrado al anciano con brusquedad por el hombro.
– Dejadle en paz, pues es grandevo y un fiel servidor de Cashel -dijo con firmeza.
– No merece que se le trate de este modo -añadió Fidelma-. Vio el mal en los mapas de las estrellas, sólo eso.
Gionga lo soltó, indignado.
– ¿Es astrólogo? -preguntó, dando un bufido despectivo, a la par con el tono y el gesto.
El viejo monje se aplanó las arrugas del hábito con solemne dignidad.
– ¿Os han traído los dos cuerpos sin mayor demora? -quiso saber Fidelma.
– Los he despojado de sus ropas y los he tumbado sobre la mesa, como habíais indicado, y no he tocado a ninguno de los dos.
– Cuando hayamos concluido, si no los hemos identificado, podréis lavar los cuerpos y amortajarlos. Lo que no sé es dónde podrán enterrarse.
– En la tierra siempre hay sitio, incluso para los pecadores -dijo con gravedad Conchobar-. Sin embargo, no serán objeto de muchas lamentaciones.
Entre la gente de Éireann, las exequias funerarias comprendían casi siempre doce días y doce noches de duelo y planto por el cuerpo, llamados laithi na caoinnti -los días de lamentación- antes de dar sepultura al fallecido.
Dentro de la botica había una tabla grande y amplia, donde cabían de sobra los dos cadáveres. De hecho, no era la primera vez que Conchobar usaba la tabla para extender encima cuerpos sin vida, ya que a menudo se le encargaban las labores propias de una funeraria. Los cuerpos yacían el uno junto al otro, desnudos, salvo por una tira de tela blanca sobre los genitales, que el monje había extendido por pudor.
Fidelma se situó a los pies de la tabla con las manos plegadas ante sí y los ojos entornados, atentos para no pasar por alto ni un detalle.
Lo primeo que advirtió, y con grotesco regocijo, fue que uno de los hombres era alto, delgado, con una incipiente calvicie, aunque se había dejado crecer el cabello lacio hasta la espalda como si de este modo compensara el defecto, mientras que el segundo era bajo y gordo, con una mata de cabello canoso, rizado y desgreñado. Las diferencias físicas entre el uno y el otro casi resultaban cómicas, pero el que fueran cadáveres, con las marcas de la espada de Gionga, las marcas que les habían causado la muerte, hacía que lo cómico resultara grotesco.
– ¿Cuál de los dos es el arquero? -preguntó Fidelma en voz baja.
– El calvo -contestó Gionga al instante-. El otro era el cómplice.
– ¿Dónde están las armas que llevaban?
Conchobar fue a un rincón a buscar el arco y el carcaj, que contenía unas cuantas flechas y una espada.
– Los guerreros que cargaron con los cuerpos trajeron estas cosas con ellos -explicó el anciano monje.
Fidelma hizo una señal para indicarle que dejara las armas a un lado.
– Después las examinaré…
– ¡Un momento! -dijo Gionga, sin hacerle caso-. Traed aquí el carcaj con las flechas.
El hermano Conchobar lanzó una mirada a Fidelma, pero ésta no opuso objeción alguna. Sabía qué había visto Gionga en la azotea del almacén y se dio cuenta de que era más prudente no retrasar cuanto él tuviera que decir al respecto. El boticario le pasó el carcaj a Gionga. El alto guerrero extrajo una flecha al azar y la sostuvo ante sí para analizarla.
– ¿De dónde diríais que procede esta flecha, tanist de Cashel? -planteó Gionga con una expresión de fingida inocencia.
Donndubháin tomó la flecha y empezó a analizarla con cuidado.
– Lo sabéis perfectamente, Gionga -interrumpió Fidelma, pues también era versada en aquellos asuntos.
– ¿Ah, sí?
Donndubháin parecía disgustado.
– La cola lleva las marcas del pueblo de nuestro primo, los Eóghanacht de Cnoc Áine.
– Exactamente -afirmó Gionga dando un leve suspiro-. Todas las flechas del carcaj llevan las marcas de los arqueros de Cnoc Áine.
– ¿Acaso eso significa algo? Al fin y al cabo… -dijo Fidelma, mirando al guerrero con ojos inocentes-, es muy fácil adquirir flechas -justificó, y sacó un cuchillo pequeño del marsupium-. Este cuchillo está hecho en Roma. Lo compré durante un peregrinaje a la ciudad. Eso no significa que yo sea romana.
Gionga enrojeció de furia y metió con brusquedad la flecha en el carcaj.
– No os paséis de lista, hermana de Colgú. La procedencia de las flechas está clara. Y lo tendré en cuenta a la hora de informar a mi príncipe.
Donndubháin se sonrojó ante el insulto directo a su prima.
– Solamente hay una dálaigh entre nosotros, Gionga, y ella será quien le informe -le espetó.
Gionga se limitó a enseñar los dientes con una mueca desdeñosa.
Fidelma se desentendió de él y tomó el carcaj para examinarlo. No habría otra manera de identificarlo entre otro centenar de carcajes, a no ser por las marcas de las flechas que presentaba. Hizo una seña a Conchobar para que le mostrara el arco. Era de buena manufactura y resistente, y no presentaba ninguna marca distintiva. Entonces se fijó en la espada. Era de mala calidad, aparecía oxidada en la parte del ensamble y ni siquiera estaba afilada. La empuñadura estaba extrañamente ornamentada con dientes de animal tallados. Fidelma ya había visto alguna vez aquel estilo de espada; se llamaba claideb dét y, que ella supiera, sólo había una región de Éireann donde decoraban las espadas de aquella manera. En vano trató de recordar dónde.
– Ya está, Gionga -dijo al final-, ya hemos examinado las armas. ¿Estáis satisfecho?
– Satisfecho de que hayamos identificado el origen de las flechas, ¡sí! -confirmó el guerrero.
La puerta se abrió de golpe y el hermano Eadulf entró en la botica. Se detuvo en el umbral disculpándose.
– He sabido que os disponíais a examinar los cuerpos -dijo casi sin aliento, lo cual indicaba que había venido corriendo.
Fidelma le preguntó, preocupada:
– ¿Cómo está mi hermano… y el príncipe Donennach?
– A buen recaudo. Están a salvo, pero sentirán dolores y se mostrarán irritables durante unos días. No os preocupéis. Les están curando las heridas y están en buenas manos.
Fidelma se relajó y sonrió.
– En tal caso habéis llegado en el momento más oportuno, Eadulf. Puede que necesite vuestra opinión.
Gionga lo fulminó con la mirada y protestó, enfadado:
– Nada se le ha perdido aquí a este forastero.
– Este forastero -le explicó Fidelma con comedimiento- es huésped de mi hermano, y ha estudiado el arte de la medicina en Tuaim Brecain. Seguramente vuestro príncipe está fuera de peligro gracias a sus conocimientos médicos. Asimismo, nos hará falta su experiencia para observar los cuerpos.
Gionga apretó la mandíbula en un gesto de desaprobación, pero no volvió a quejarse.
– Pasad, Eadulf, y decidme qué os parece -lo invitó Fidelma.
Eadulf se acercó a la mesa.
– Dos hombres, uno bajo y otro alto. El alto… -vaciló, inclinándose con cuidado sobre el cuerpo para examinarlo con minucia-. El alto ha muerto de una sola herida. Por el aspecto que presenta, fue una estocada en el corazón.
Gionga se rió y dijo con sarcasmo:
– Yo mismo podría haberlo dicho, ya que mi propia mano lo hizo.
Eadulf hizo caso omiso del comentario y prosiguió:
– El segundo, el más bajo, murió a causa de tres golpes. Estaba de espaldas a su agresor cuando éste lo atacó. Presenta una herida muy grave en la nuca; una puñalada bajo el omoplato, que no creo que fuera mortal, pero le aplastaron la parte trasera del cráneo, quizá con el puño de una espada. Yo diría que este hombre huía corriendo, cuando alguien lo mató desde una posición más elevada. Tal vez alguien a caballo.
Fidelma se atrevió a mirar fijamente al guerrero. El silencio era una acusación. Gionga alzó el mentón en un gesto desafiante.
– No importa el modo en que matas al enemigo mientras deje de ser una amenaza.
– Creía que habías dicho que este hombre os había amenazado con la espada, ¿no es así? -preguntó Fidelma con tranquilidad.
– Primero sí -respondió Gionga con desdén-. Pero luego, cuando acabé con su compañero, se dio la vuelta y echó a correr.
– ¿Y no podríais haberlo capturado sin más? -le reprochó Fidelma con dureza-. ¿Teníais que matarlo, aun cuando podría habernos facilitado información inestimable sobre el acto cometido?
Gionga, algo inquieto, frotó los pies contra el suelo.
– Tales consideraciones no acuden a la mente de un guerrero en pleno combate. Ese hombre era una amenaza y, por lo tanto, la eliminé.
– ¡Una amenaza! -repitió Fidelma sin alterarse-. Parece un hombre de edad avanzada, además de corpulento, con lo cual un guerrero joven como vos no habría tenido ninguna dificultad para desarmarlo. Sea como fuere, yo en vuestro lugar recordaría esto, Gionga de los Uí Fidgente: cuando un dálaigh os hace una pregunta es porque busca la verdad, no una mentira que justifique una acción.
Gionga le devolvió la mirada, pero no dijo nada.
Cuando Fidelma volvió a centrar su atención en los cadáveres, vio a Eadulf inclinado sobre la cabeza del hombre más bajo. Parecía entusiasmado.
– ¿De qué se trata? -solicitó.
Sin decir nada, Eadulf le hizo una seña para que se aproximara.
Gionga y Donndubháin la siguieron con curiosidad.
Eadulf levantó la cabeza del hombre para que vieran la coronilla, la cual presentaba mucha sangre seca, allí donde Gionga le había golpeado con el puño de la espada.
Fidelma abrió mucho los ojos.
– ¿Qué pasa, Fidelma? -exigió Gionga-. Yo solamente veo la herida que le he producido. No tengo ningún reparo en reconocer que lo hice yo. ¿Y qué?
Fidelma explicó en un susurro:
– Lo que el hermano Eadulf señala, Gionga, es que, como veréis, hay una diferencia entre la forma en que le crece el cabello en la coronilla y la forma en que le crece alrededor. Como veis, en la zona que rodea la coronilla, el pelo es grueso y rizado. En la coronilla hay un círculo donde el pelo mide uno o dos centímetros.
Gionga seguía sin entender qué significaba todo aquello.
Donndubháin fue el primero en comprenderlo.
– ¿Significa que este hombre era sacerdote hasta hace poco?
– ¿Qué? -preguntó Gionga, asombrado, y se inclinó para confirmar un hecho que había pasado por alto.
– La corona spina de la fe católica -observó Eadulf, que llevaba la misma tonsura.
– ¿Queréis decir con ello que este hombre era un forastero? -preguntó Gionga a Eadulf.
Fidelma cerró un momento los ojos.
– En los cinco reinos hay un gran número de religiosos que renuncian a la tonsura de san Juan por la tonsura de san Pedro -explicó-. La tonsura solamente nos dice que este hombre es… o era, miembro de una orden religiosa.
– También sabemos que llevaba la tonsura hasta hace un par de semanas. Yo diría que es el tiempo necesario para alcanzar este largo -añadió Eadulf.
– ¿Dos semanas? -inquirió Fidelma.
Eadulf asintió moviendo la cabeza.
Todos se hicieron atrás para que el sajón prosiguiera con el examen explorando con cuidado el cuerpo. Señaló el antebrazo izquierdo y preguntó:
– ¿Os habéis fijado en ese extraño tatuaje?
Se encorvaron para verlo mejor.
– Parece un pájaro -aventuró Donndubháin.
– Es un clamhán -afirmó Fidelma.
– ¿Qué? -se extrañó Eadulf.
– Es una especie de halcón -le explicó.
– Pues yo nunca he visto nada igual -intervino Gionga.
– Es normal -concedió Fidelma-. Es difícil verlo, si no es en las regiones del norte.
– Y vos habéis estado, claro -se burló el guerrero.
– Sí. Lo he visto en Ulaidh y en el reino de Dál Riada, de camino al gran concilio, al que me había convocado Oswy de Northumbria.
– ¡Ah! -exclamó Eadulf, triunfal-. Ahora lo reconozco. En latín se denomina buteo; es un águila ratonera. Es extraño que un religioso lleve esta especie de ave estampada en el antebrazo.
Prosiguió con la exploración, prestando especial atención en manos y pies.
– Este hombre, ni es un religioso convertido a guerrero, ni un guerrero convertido a religioso -anunció-. Tiene las manos y los pies finos, sin callosidades. Veréis, examinad la mano derecha, Fidelma, sobre todo entre el índice y el corazón.
Fidelma se acercó y levantó la mano fláccida y fría. Trató de inhibir el estremecimiento que le produjo el tacto repugnante de la carne blanda, que parecía maleable, como si le faltaran los huesos.
Con las cejas enarcadas dirigió una mirada a Eadulf antes de soltar la mano.
– ¿Y ahora qué sucede? -reclamó Gionga, resentido al no entender qué pasaba.
– Tiene los dedos manchados de tinta -contestó Eadulf-. Significa que nuestro otrora monje era scriptor. Es extraño que una persona así se convierta en asesino.
Gionga se quejó:
– Bueno, resulta que el arquero era el otro, y portaba el emblema de la escolta suprema del rey de Cashel, y los arcos hechos en Cnoc Áine, un territorio gobernado por el primo de Colgú.
Fidelma no se molestó en comentar nada sobre aquella afirmación.
– Centremos ahora la atención en el arquero. ¿Qué podéis decirnos de este hombre, Eadulf?
Eadulf examinó durante unos instantes el cuerpo del hombre más alto antes de hacerse atrás y dirigirse al grupo.
– Es un hombre musculoso y tiene manos acostumbradas al trabajo, aunque las lleva arregladas, y no sucias, como las llevaría si fuera granjero o peón. Los pies también están endurecidos y el cuerpo atezado, pero tiene dos cicatrices, dos antiguas cicatrices que han sanado. Mirad: una está en el costado izquierdo, junto a las costillas, y la otra en la parte superior del brazo izquierdo. Este hombre ha luchado en batalla. Es más, es arquero profesional.
Gionga se echó a reír, burlándose de aquella última afirmación.
– Sólo porque me hayáis oído decir que era un arquero, sajón, no tenéis por qué tratar de impresionarnos con vuestros poderes, como si fuerais una especie de hechicero.
Eadulf no se inmutó.
– Me limito a dar cuenta de lo que veo.
Fidelma sonrió con gravedad y sugirió:
– Acaso debáis explicárselo a Gionga, ya que no comprende vuestro razonamiento.
Eadulf sonrió con impaciencia.
– Venid -pidió, haciendo una seña al guerrero Uí Fidgente-. En primer lugar, miramos la mano izquierda, con la que sostiene el arco. Mirad los callos de los dedos. En la mano derecha no los tiene. Esta mano está acostumbrada a sostener una pieza robusta de madera. Fijaos ahora en la mano derecha. Tiene callos más pequeños en las yemas del índice y el pulgar, ya que esta mano ha sostenido repetidamente el extremo del asta de una flecha. Mirad ahora la parte interior del antebrazo izquierdo y veréis unas antiguas marcas de quemaduras. Son del roce de la cuerda contra la carne. Esto se da cuando el arquero trata de lanzar una flecha detrás de otra y no siempre tiene tiempo de alinear el arco con precisión.
Gionga intentó no parecer impresionado.
– Muy bien, sajón. Reconozco que vuestras argucias tienen lógica. Sin embargo, yo podría haberos dicho que era arquero porque tenía el arco en la mano cuando lo alcancé tras intentar dar muerte al príncipe.
– E intentar dar muerte también al rey de Muman -añadió Donndubháin-. Seguís sin tenerlo en cuenta.
– Mirad el atuendo del asesino -dijo Gionga con malhumor-. Explicad el emblema de la Cadena de Oro, que es la escolta suprema de vuestro primo.
El anciano monje Conchobar había dejado las ropas sobre otra mesa, junto a las armas, para examinarlo en conjunto.
Fidelma tomó la cruz de la Cadena de Oro, símbolo de una antigua orden vinculada a los reyes Eóghanacht de Cashel. No presentaba ninguna marca distintiva. Eran similares a la cruz y la cadena que ella misma llevaba al cuello como muestra de gratitud de su hermano por los servicios prestados al reino.
– Donndubháin, vos estuvisteis muy unido a vuestro padre, el rey Cathal, que fuera rey de Cashel antes que mi hermano. Habéis conocido de primera mano a la escolta de los reyes como nadie. ¿Reconocéis el cuerpo del arquero más alto?
– No -aseguró el primo-. Nunca le he visto en compañía de la escolta, Fidelma.
Ella le mostró el emblema.
– ¿Habíais visto esto alguna vez… es decir, este emblema en concreto?
– Es como todos los emblemas que llevan los miembros de la orden de la Cadena de Oro, prima, como vos misma sabéis, pues también lleváis una. Es imposible distinguirlas entre ellas.
Gionga se mostró suspicaz.
– Bueno, es normal que digáis eso, ¿no? ¿Cómo ibais a admitir que un miembro de vuestra escolta es un asesino?
Donndubháin se volvió hecho una furia, llevándose la mano al puño de la espada como si fuera a desenvainarla, pero Fidelma lo detuvo.
– ¡Deteneos! Lo creáis o no, Gionga, este hombre no es un miembro reconocido de la orden de la Cadena de Oro. Yo no le reconozco, y mi primo tampoco. Tenéis nuestra solemne palabra de que así es.
– No esperaba menos -respondió Gionga, sin disiparse la incredulidad en su voz.
– Quizá llevaban la cruz con la intención de confundirnos -opinó Eadulf.
Gionga se echó a reír de manera ofensiva.
– ¿Insinuáis que el asesino pensó en dejarse matar para que encontrarais el emblema y despistaros? -preguntó con sorna.
Fidelma vio el rostro disgustado de su amigo sajón y lo defendió.
– Es posible que el asesino pretendiera soltarla donde fueran a encontrarla -dijo, aunque poco convencida.
Entonces se volvió hacia el montón de ropa para examinarla.
– Son prendas de un material basto. No tienen nada que identifique su origen. Esta ropa podría venir de cualquier parte. Dos portamonedas de piel. Unas cuantas monedas en cada uno, pero de poco valor. Por lo visto, nuestros asesinos eran pobres. Y…
Calló al tocar algo en el interior del monedero que el hermano Conchobar había atribuido al hombre mayor y rechoncho. Lo extrajo despacio.
Era un crucifijo que no llegaba a los ocho centímetros de largo, colgado de una larga cadena. Tanto el crucifijo como la cadena eran de lustrosa plata labrada. En los cuatro brazos del crucifijo había cuatro piedras preciosas y, en el centro, otra más grande. Eran esmeraldas. Saltaba a la vista que no era una pieza de artesanía irlandesa, ya que era más sencilla, menos compleja que los diseños que creaban los orfebres de Éireann.
Eadulf miraba el crucifijo sobre el hombro de Fidelma.
– Un miembro de una comunidad religiosa jamás llevaría una cruz como ésta.
– Ni siquiera un sacerdote. Esta cruz pertenece, cuando menos, a un obispo -observó Fidelma algo sobrecogida-. Puede que tenga más valor que la cruz normal y corriente de un obispo.