Capítulo XIX

Eadulf se despertó de un sobresalto al abrirse de golpe la puerta de su pequeño cuarto. Parpadeó y miró desconcertado a las figuras que aparecían agrupadas en la puerta. Una de ellas sostenía un farol, y le resultó familiar. Con nauseabunda desesperación, Eadulf reconoció al hermano Cett, a cuyo lado estaba el joven y animado Fianamail. También entrevió la expresión angustiada del hermano Martan detrás de ellos.

Los rasgos de Fianamail se retorcieron en una sonrisa de satisfacción al ver a Eadulf.

– Es el hombre al que buscamos -afirmó-. Bien hecho, hermano Cett.

Éste lo sacó a rastras de la cama y tiró de él para ponerlo de pie. Con acostumbrada facilidad, Cett le dio la vuelta, le torció los brazos a la espalda y se los ató.

– Muy bien, sajón -le dijo el monje con una mirada maliciosa a la vez que volvía a hacerlo girar para ponerlo de cara al rey-. ¿Creíais que os habíais salido con la vuestra? Pues no ha sido así.

Remató la frase propinándole un golpe seco que hizo a Eadulf doblarse y sentir náuseas de dolor.

– ¡Hermano! -exclamó el hermano Martan con indignación-. Absteneos de ejercer violencia contra un hombre maniatado, ¡que además es un hombre de la fe!

Entonces Eadulf oyó una voz familiar.

– Este sajón ha perdido la fe de la que es adepto, sea ésta cual sea, padre Martan. Con todo, hacéis bien en amonestar al hermano Cett. No es necesario tratar con tanta dureza a un hombre que ya está muerto. Dios lo castigará antes de que acabe el día.

Eadulf se retorció para atisbar un momento el rostro cetrino del abad Noé. Consciente de que todo estaba ya perdido, Eadulf forzó una sonrisa dolorida y miró al adusto clérigo.

– Vuestra caridad cristiana os precede -le dijo con la voz entrecortada, tratando de recuperar el aliento.

El abad Noé dio un paso adelante y lo miró de hito en hito, si bien con un gesto inexpresivo.

– No hay escapatoria posible de las llamas del infierno, sajón -le anunció en un tono solemne.

– Eso he oído. Al final todos tendremos que dar cuenta de nuestras fechorías; reyes y obispos… y hasta abades.

El abad Noé se limitó a sonreír, dio media vuelta y salió de la celda.

El joven rey Fianamail estaba impaciente. Miró por la ventana y vio que el día empezaba a clarear. En una hora amanecería. El hermano Martan se dio cuenta de su inquietud.

– ¿Partiréis ahora mismo hacia Fearna, majestad? -preguntó-. ¿O antes volveréis a la cabaña de caza?

– Esperaremos hasta el amanecer y luego cabalgaremos directamente a Fearna -respondió el rey.

– Por desgracia, no disponemos de otro caballo para vuestro prisionero -se disculpó el padre superior.

– El sajón no necesita caballo -respondió Fianamail con un semblante sombrío-. Delante de las puertas hay un árbol lo bastante fuerte. El sajón ha evadido la justicia en dos ocasiones. No lo hará una tercera. Lo colgaremos antes de partir.

Eadulf sintió una sensación de frío en el estómago, pero hizo lo posible por no revelar sus sentimientos a quienes les rodeaban. Forzó una sonrisa. Al fin y al cabo nadie se libraba de la muerte, ¿no? Durante las últimas tres semanas había hecho frente a esa contingencia, aunque había acariciado la esperanza de que, con la llegada de Fidelma, la verdad saliera a la luz. ¡Fidelma! ¿Dónde estaba? Deseaba poder verla una vez más en este mundo.

– ¿Es posible que eso sea legal? -preguntó al rey el hermano Martan con recelo.

Fianamail se volvió hacia el hombre, frunciendo el ceño con fastidio.

– ¿Que sea legal? -repitió en un tono amenazador-. Este hombre ya fue juzgado. Iba a ser ejecutado cuando se fugó. ¡Claro que está dentro de la legalidad! Yo actúo en representación de la ley. El hermano Cett se ocupará de todo. Y si vos, hermano Martan, tenéis escrúpulos morales, os sugiero que consultéis al abad.

El hermano Cett sonrió burlonamente a Eadulf cuando el hermano Martan hubo salido de la celda.

– Ahora -añadió Fianamail-, quiero desayunar, pues hará un día frío y tengo hambre. Levantarse antes del amanecer para ir a la caza de forajidos es agotador. -Vaciló un momento, como si le hubiera venido algo a las mientes-. Por cierto, también nos llevaremos a las dos niñas a Fearna. Dadas las circunstancias, tendrán mejores oportunidades en la vida de la abadía que volviendo a casa o vagando por estos campos de Dios.

– Se hará como ordenéis -dijo el hermano Cett, ampliando su expresión sádica.

La puerta de la celda se cerró de golpe al salir Fianamail y el fornido hermano Cett. Eadulf se quedó solo a contemplar la llegada de su último amanecer.


* * *

Los caballos marchaban al trote en columna de dos en fondo hacia Fearna. Dego cabalgaba junto a Fidelma, mientras que detrás iban Coba y Enda y, tras éstos, Fial y Mel sobre el mismo caballo y, al lado, la abadesa Fainder. Detrás de éstos iba el obispo Forbassach. La guardia del rey Fianamail cubría el frente y la retaguardia. Hacía frío y estaba oscuro, pero los jinetes a la cabeza parecían conocer bien el camino de Cam Eolaing a Fearna, y no vacilaron en mantener un paso regular.

Dego miró al fin a Fidelma.

– ¿Por qué habéis convencido a Coba para que se rinda, señora?

Lo preguntó en un tono quejumbroso. La pregunta le rondaba desde el momento en que Fidelma había exhortado al bó-aire a no resistirse a los guerreros que Forbassach había traído con él. Era la primera ocasión, después de aquellos momentos de agitación, que Dego había tenido para formular la pregunta, y lo hizo a media voz, pues no quería que los guardias le oyeran.

– Podríamos habernos enfrentado al obispo y sus hombres.

Fidelma le devolvió la mirada en la penumbra y preguntó a su vez sin subir la voz:

– ¿Y entonces qué? Si hubiéramos opuesto resistencia inútilmente o, si hubiéramos tenido suficiente suerte para hacer retroceder al obispo Forbassach, éste, que es además brehon de Laigin, y los guerreros del rey, habrían promovido con gusto un conflicto entre ambos reinos, y la verdad y la justicia se habrían olvidado por completo.

– No os comprendo, señora.

– Imaginad que Coba se hubiera negado a rendirse. El obispo Forbassach es brehon de este reino y tiene derecho legítimo para exigir la entrega de personas retenidas contra su voluntad.

Dego guardó silencio.

– ¿Qué motivos legales podríamos alegar para negarnos a rendirnos ante el brehon de este reino?

– Creía que estábamos a punto de descubrir los motivos. Ya habíais demostrado que el hermano Eadulf fue acusado injustamente de crímenes que no había cometido. Habíais demostrado que la abadesa puede estar implicada en un horrible tráfico de esclavos con niñas.

– Lo que he dicho -respondió Fidelma despacio- ha sido que la abadía es el centro por donde pasan las niñas que envían río abajo para venderlas a los barcos esclavistas extranjeros. Todavía no habíamos llegado a examinar los detalles, ni habíamos averiguado aún quién está detrás de este negocio.

– Pero, señora -objetó Dego, desconcertado-, ahora no tendremos la posibilidad de averiguar nada. Al rendirnos, hemos renunciado a la libertad de seguir adelante con la investigación. En el mejor de los casos, el obispo Forbassach nos echará del reino. En el peor, nos encarcelará para… en fin, para alguna cosa u otra. Estoy seguro de que ideará una acusación apropiada.

– Dego, si Coba no se hubiera rendido, la superioridad de los guerreros de Forbassach nos habría aplastado; y si, por algún milagro, hubiéramos hecho retroceder al obispo, ¿cuánto habría tardado el rey en acudir con un ejército y quemar Cam Eolaing hasta no dejar más que cenizas? No teníamos alternativa.

Dego se mostró reacio a reconocer la lógica del argumento. De hecho, la propia Fidelma se había limitado a sostener esa lógica, pues emocionalmente estaba de acuerdo con Dego. Su primer impulso había sido luchar, pues las tinieblas y el mal dominaban la abadía y a quienes se relacionaban con ella. Ahora bien, al plantearse la situación con sosiego, vio que no había alternativa. El problema que se presentaba ahora era cómo convencer al obispo Forbassach de que le permitiera seguir con el proceso que había iniciado en el salón de Coba. Cuando menos, había demostrado que el hermano Eadulf no era culpable, y ahora tenía al testigo clave de los hechos: Fial.

Sin embargo, ¿podía fiarse de Fial? Era joven, aún no había cumplido la «edad de elegir», y ya había cambiado la versión de los hechos, por lo que ante la ley, su declaración era inadmisible. Sin embargo, esto no había impedido que Forbassach recurriera a una excusa pobre para utilizar la declaración. Por consiguiente, en una apelación tendría que aceptar que Fial la rechazara. No obstante, ¿lo haría? Forbassach podría desestimar fácilmente su declaración si quería.

Ahora, cualquier apelación a Fianamail sería casi imposible. Era demasiado joven, carecía de la madurez que dan los años para superar sus prejuicios y su exceso de ambición, así como sus ansias por dejar su impronta en el reino. Todo apuntaba a que el abad Noé había persuadido al joven de que era «Fianamail el Legislador», el rey que había cambiado el sistema jurídico de Laigin imponiendo los Penitenciales para crear, como él mismo creía, un auténtico reino cristiano.

Así como, por un lado, la posibilidad de enfrentarse al obispo Forbassach y sus guerreros no había sido viable, cuanto más se acercaban a Fearna menos alternativas factibles tenían. Jamás en toda su carrera Fidelma se había sentido tan impotente por la falta de salidas. Seguramente Dego tenía razón. Conociendo a Forbassach, lo mejor que cabía esperar era que el obispo los condujera, a ella y a sus compañeros, hasta la frontera para ser expulsados de Laigin. En el peor de los casos, podía acusarla de conspiración, de impedir el desarrollo de la justicia, de formular falsas acusaciones, de inducir a Coba a «rebelarse» contra la ley… Forbassach era capaz de todo eso y más.

Fidelma suspiró. Ahora esperaba de verdad que Eadulf hubiera huido del reino. Si había obrado con sensatez, se habría dirigido a la costa y habría tomado un barco para regresar a su país. Si no lo había hecho… Un leve escalofrío recorrió su cuerpo al pensar en qué le depararía el destino.


* * *

El alba anunciaba una mañana clara y fría. El hermano Martan y dos monjes de su comunidad estaban de pie, con los brazos cruzados sobre los hábitos y las cabezas gachas bajo los capuchones, a las puertas de la pequeña iglesia y la comunidad de la santísima Brígida, en las amplias faldas escarchadas de la Montaña Gualda. La escarcha blanquecina se extendía como un manto de nieve al sur, hacia el valle en la lejanía, donde el río serpenteaba en torno a la ciudad principal del reino de Laigin, alrededor del gran lugar de los alisos: Fearna.

Delante de los dos monjes estaban las dos niñas, Muirecht y Conna. Temblaban por el aire gélido de la mañana a pesar de los abrigos de lana que el amable hermano Martan les había dado. Estaban apabulladas y amedrentadas por los acontecimientos. Sin poder hacer nada, bajo la capucha, el hermano Martan contemplaba con tristeza la escena que se desarrollaba ante él.

Uno de los guerreros de Fianamail esperaba con impaciencia junto a los caballos del grupo, cuyas riendas aflojadas sostenía.

Frente a las puertas había tres árboles, uno de los cuales destacaba entre los demás. Era un roble negro que parecía tan viejo como el propio tiempo. El hermano Cett había atado a una rama baja una cuerda de cáñamo con la que había hecho un lazo. Debajo colocó una banqueta de tres patas, que había tomado prestada del monasterio. Entonces miró a Fianamail con un gesto inquisitivo, indicándole así que ya estaba listo.

Fianamail miró el cielo claro con una fina sonrisa de satisfacción.

– ¡Hagámoslo ya! -gritó con severidad.

Tres de sus guerreros salieron por las puertas, llevando a Eadulf por delante, a empujones.

Eadulf ya no temía a la muerte. Habría reconocido que temía sufrir daño, pero la muerte en sí ya no le amedrentaba. Avanzó con paso firme. Lamentaba aquella injusta manera de morir, pues a su entender no iba a servir para nada. Pero ya estaba resignado a morir, y cuanto antes le llegara la hora, antes acabaría su miedo a sufrir dolor. Incluso subió a la banqueta sin que se lo pidieran. Se dio cuenta de que Fidelma ocupaba sus pensamientos. Trató de mantener ante sí el rostro de ella al notar que el hermano Cett le anudaba la soga al cuello.

– Decid, pues, sajón, ¿confesáis vuestros pecados? -le gritó Fianamail.

Eadulf no se molestó en responderle, y el joven rey se volvió con impaciencia de cara al abad Noé.

– Vos sois su superior, abad Noé. A vos corresponde confesarlo.

El abad Noé esbozó una sonrisa.

– Quizás el condenado no crea en la forma pública de confesión que profesa la Iglesia de Roma y prefiera susurrar sus pecados al oído de un alma amiga, a la manera de nuestra Iglesia.

– Mi confesión no os interesará, ya que soy inocente de los crímenes que se me han imputado -replicó Eadulf, irritado por la demora-. Acabad ya con este asunto infernal.

No obstante, Fianamail al parecer sabía que, para cumplir la ley, antes debía confesar.

– ¿Negáis admitir la culpa incluso en este momento? Estáis a punto de encontraros cara a cara con Dios Todopoderoso para responder de vuestra culpa.

Eadulf se dio cuenta de que, pese a la inminencia de la muerte, estaba sonriendo, si bien era una reacción instintiva.

– En tal caso -dijo-, Él sabrá que no soy culpable. Recordad, Fianamail, rey de Laigin, que Morann, brehon y filósofo de vuestro país, dijo que la muerte todo lo anula… salvo la verdad.

Oyó el suspiro exasperado de Fianamail y, al instante, notó que la soga se tensaba alrededor del cuello al caer la banqueta al suelo de una patada.


* * *

El obispo Forbassach y sus prisioneros habían llegado a Fearna. Los llevaron directamente al patio de la abadía, les ordenaron que desmontaran y los acompañaron a la capilla bajo vigilancia. Sor Étromma reaccionó a la llegada de Fial con cierta estupefacción. La rechtaire se encargó de la niña y se la llevó, supuestamente para que alguien la atendiera.

Fidelma, Coba, Dego y Enda estaban frente al obispo Forbassach, que los miraba con un humor de perros.

– Bien, Forbassach -dijo Fidelma-. ¿Estáis dispuesto a escucharme? ¿Me permitiréis proseguir con los argumentos que estaba presentando en el salón de Coba?

Un gesto de satisfacción se adueñó de su rostro y le respondió:

– Sois astuta como un zorro, Fidelma de Cashel. No, no permitiré que sigáis difundiendo más mentiras. Durante el trayecto, la abadesa Fainder me ha explicado qué intentáis hacer. Pretendéis difamar esta abadía, difamar a la abadesa y ensuciar la ley de Laigin. No os saldréis con la vuestra.

– Forbassach, o bien sois necio o bien culpable de estos delitos -respondió Fidelma en un tono ecuánime-. Bien que los estáis acrecentando con esta situación, o bien sois culpable por implicación en ellos. No veo otra explicación para vuestra estupidez.

El obispo entornó los ojos con beligerancia.

– Yo me preocupo de presentar cargos contra vos y vuestros compañeros, Fidelma. Tengo muy presente que sois hermana del rey de Cashel, pero ni siquiera me afecta ya la amenaza de contrariarlo. Habéis ido demasiado lejos. La influencia de vuestro hermano ya no os protege. Antes de tomar ninguna decisión, discutiré este asunto con Fianamail y, entretanto, vos y vuestros compañeros seréis encarcelados en la abadía.

Dego dio un paso adelante.

– Lo lamentaréis, obispo -dijo en voz baja-. Poned las manos sobre Fidelma, y tendréis a las puertas de este reino al ejército de Muman. Se os condena doblemente por amenazar a mi señora. Se os condena por la osadía de amenazar a una dálaigh de los tribunales, y se os condena por la osadía de amenazar a la hermana de nuestro rey.

El obispo Forbassach no se dejó impresionar por la grandilocuencia del guerrero.

Vuestro rey, que no mi rey, joven. Y yo también tomo nota de vuestra amenaza. Tendréis tiempo de sobra para meditar sobre ella y para saber cómo se castiga en esta tierra esa clase de amenazas.

Dego se disponía a acometer cuando Fidelma le tocó un brazo, pues había visto a los guerreros de Forbassach con las espadas en mano.

Aequam memento rebus in arduis servare mentem -citó en un susurro una de las Odas de Horacio, para recordarle a Dego que mantuviera la cabeza clara en los momentos más arduos.

– Sabio consejo si queréis manteneros con vida -se sonrió el obispo con suficiencia y, a continuación, dijo a sus guerreros-. ¡Lleváoslos!

– ¡Un momento! -ordenó Fidelma, haciéndoles vacilar con la fuerza de su tono-. ¿Qué pensáis hacer con Coba?

El obispo Forbassach miró al bó-aire de Cam Eolaing. Luego se volvió hacia Fidelma con una sonrisa maliciosa.

– ¿Qué haría vuestro hermano con un traidor que ha infringido la ley y se ha rebelado contra la autoridad? Coba morirá.


* * *

El hermano Eadulf oyó un grito y cerró los ojos. Entonces notó que caía y sintió un fuerte golpe al tocar el suelo. Se quedó tumbado unos instantes, respirando con dificultad, sin saber qué había sucedido, hasta que advirtió que, en realidad, había caído al suelo. La soga debía de haberse partido al perder el apoyo de la banqueta. Su primer pensamiento fue angustioso, al caer en la cuenta de que habría de pasar por todo el proceso otra vez. Abrió los ojos y miró hacia arriba.

Lo primero que vio fue al hermano Cett, de pie, con una expresión de asombro y los brazos abiertos en una postura de rendición o casi. A continuación oyó más gritos. Había otra persona inclinada sobre él, ayudándole a levantarse. Era un rostro joven, vagamente familiar, que le sonreía.

– ¡Hermano Eadulf! ¿Estáis bien?

Miró al joven sin entender nada, tratando de reconocerlo.

– Soy yo, Aidan, guerrero de la escolta del rey Colgú de Cashel.

Eadulf parpadeaba, confuso, mientras el joven guerrero cortaba las ataduras. El dolor del cuello le impedía hablar.

Entonces reparó en la presencia de siete guerreros montados, ricamente ataviados y armados, y en un estandarte de seda azul, que uno de ellos enarbolaba. Su inesperada aparición había paralizado a Fianamail y a los suyos.

Entre los jinetes recién llegados, sentado a lomos de una poderosa yegua ruana, iba un hombre de edad indefinida ataviado con vestiduras que denotaban una posición jerárquica o cargo elevados. Tenía una nariz y unos ojos inteligentes que apenas parpadeaban; unos labios apretados agravaban un gesto severo.

Fianamail se echó a temblar de cólera. La sangre se le agolpaba en las mejillas, enrojeciéndole la cara.

– ¡Indignante! -exclamó casi farfullando-. ¡Esto es indignante! ¡Pagaréis por esto! ¿Sabéis quién soy? Yo soy el rey. ¡Moriréis por esta insolencia!

– ¡Fianamail! -gritó con voz quebradiza el hombre a caballo al acercarse donde el rey estaba sentado-. ¡Miradme! -El tono no era elevado, pero exigía atención.

El rey parpadeó al hacerlo, tratando de dominar su apasionamiento.

– Miradme y reconocedme. Soy Barrán, el jefe brehon de los cinco reinos de Éireann. Éstos son los fianna del rey supremo. He aquí mi muestra de autoridad, que ahora debéis acatar.

Sacó un bastón de oficio ornamentado, con hermosas joyas engastadas, con espirales grabadas en oro y plata.

El rostro de Fianamail pasó del rojo al blanco. Tras vacilar un momento, añadió en un tono más comedido:

– ¿Qué significa esto, Barrán? Habéis interrumpido una ejecución legítima. Ese hombre es un sajón al que han declarado culpable de violar y matar a una joven novicia. Es un hombre peligroso. Ha tenido un juicio justo, y mi brehon y obispo Forbassach, y yo mismo accedimos a una apelación. La ejecución de la sentencia es legal y…

Barrán alzó una mano y Fianamail calló.

– Si es así, recibiréis una disculpa de nada menos que el jefe brehon en persona. Pero muchas cosas me preocupan, como preocupan asimismo al rey supremo. Conviene analizar el caso y rectificar los errores mientras este hombre esté con vida, no tratar de enmendarlos a su muerte.

– No ha habido ningún error.

– Lo discutiremos a fondo cuando lleguemos a vuestra fortaleza, Fianamail.

La voz de Barrán era sosegada, pero la serenidad de los tonos exigía obediencia incluso a los reyes, y Fianamail todavía era joven e inexperto.

– Es también gran motivo de preocupación para el rey supremo -añadió el brehon- que lleguen a la corte rumores de que el sistema jurídico tradicional de nuestro país ya no es respetado en este reino. Dicen que habéis promulgado los Penitenciales como sistema legítimo sobre la ley de Fénechus que promulgaron los brehons. ¿Es esto cierto? -preguntó y miró adónde el abad Noé estaba sentado-. ¿Es cierto también que vos habéis aconsejado a este joven rey en este asunto, Noé?

Barrán y el abad ya habían tenido sus desavenencias en Ros Alithir. No eran amigos.

– Existen buenas razones para adoptar los Penitenciales, Barrán -respondió el abad Noé con frialdad.

– Sin duda las escucharemos -respondió Barrán con aspereza-. Es extraño, sin embargo, que el brehon de Laigin, consejero espiritual del rey, y que el propio rey, no pensaran en acudir a Tara para discutir este asunto con los brehons y obispos de los cinco reinos. Por el momento, la ley de Fénechus sigue aplicándose en estas tierras, y es la única ley a la que debe responder el pueblo. Yo no reconozco otra ley. El rey supremo y su corte lamentarían que se hubieran cometido más infracciones de la ley sin nuestro conocimiento.

Eadulf, que todavía se frotaba las muñecas, no salía de su asombro; la garganta le ardía por el roce de la soga.

– ¿Qué sucede? -le preguntó a Aidan.

– Mi señora, Fidelma, me envió a Tara para traer al jefe brehon cuanto antes. Temí que fuera a ser demasiado tarde. Y casi lo fue.

– Pero ¿cómo sabíais dónde estaba? Porque ella no lo sabe.

– Nosotros tampoco lo sabíamos. Todavía no hemos visto a sor Fidelma. Hemos cabalgado toda la noche, y hace una hora tomamos el camino que cruza la montaña como atajo hacia Fearna. El camino continuaba después de la cabaña de Fianamail, y hemos visto movimiento. Barrán ha enviado a uno de sus hombres para averiguar si Fianamail estaba allí. Nos han dicho que él y el abad Noé habían cabalgado hasta aquí para colgar al forajido sajón. Y he pensado que sólo podía tratarse de vos. Así que hemos venido a galope tendido.

Eadulf se sintió débil cuando empezó a recuperarse.

– ¿Queréis decir que por pura suerte no me he…? -Se estremeció con una sacudida al darse cuenta.

– Hemos llegado justo cuando ese grandullón de ahí -dijo, señalando al hermano Cett- le ha dado una patada a la banqueta sobre la que estabais. Ha sido providencial que mi espada estuviera bien afilada.

– ¿Habéis cortado la soga en el momento en que he caído? -preguntó Eadulf con incredulidad.

– Así es. La he cortado, y ni un sólo segundo tarde, a Dios gracias.

El jefe brehon se acercó al lugar donde estaban.

– ¿Sois vos aquel al que llaman hermano Eadulf de Seaxmund's Ham?

Eadulf miró a los ojos despiertos de Barrán. Sintió la personalidad y la fuerza interior de aquel hombre, que debía de ser más poderoso que el propio rey supremo, pues era la mayor autoridad jurídica en el sistema legal de los cinco reinos de Éireann.

– El mismo -asintió Eadulf con voz queda.

– He oído hablar de vos, sajón. -La sonrisa de Barrán era cordial-. He oído hablar de vos como buen amigo de Fidelma de Cashel. Ella ha mandado que vinieran a buscarme para juzgar vuestro caso.

– Os estoy agradecido, mi señor. Me presento ante vos, inocente de cuanto se me acusa.

– Eso lo veremos en su debido momento. ¿Os encontráis lo suficientemente bien para viajar directamente a Fearna?

– Sí.

Entonces intervino Aidan, el joven guerrero.

– Quizá no estaría de más descansar un momento a fin de poder atender la herida que el hermano Eadulf presenta en el cuello. Se ha escapado por los pelos.

Desde su lugar, Barrán miró la herida e inclinó la cabeza con un gesto de asentimiento.

El hermano Martan apareció a todo correr con una jarra de aguamiel.

– Yo tengo conocimientos sobre estas cosas, ilustre brehon. Aguamiel para el estómago y ungüento para la herida.

Pusieron en pie la banqueta, un instrumento letal momentos antes, para que Eadulf tomara asiento. El hermano Martan se inclinó sobre él y chasqueó la lengua varias veces, mostrando su solidaridad. Sacó un tarro de bálsamo de una bolsa de piel que llevaba a la cintura y empezó a dar suaves friegas con el ungüento sobre la marca que había dejado la soga. Al principio escocía tanto, que Eadulf hizo un gesto de dolor.

– Es un ungüento a base de salvia y consuelda, hermano -explicó el anciano monje-. Ahora escocerá, pero después notaréis mejoría.

– Gracias, hermano -dijo Eadulf, haciendo un esfuerzo por sonreír a pesar del escozor-. Lamento haber traído problemas a vuestra tranquila comunidad.

El comentario hizo gracia al hermano Martan, que aseguró:

– La iglesia es el refugio para los problemas, debería ser un lugar de intercambios… un lugar donde dejar los problemas y llenarse de paz.

Eadulf empezó a sentirse más animado por primera vez en días.

– Lo que no me importaría es cambiar mis problemas por una manzana. Este ahorcamiento me ha dado hambre, y aunque vuestra aguamiel es buena, no me acalla el hambre.

El hermano Martan se dio la vuelta y así lo pidió a uno de los hermanos.

Fianamail contenía su ira, hasta que ésta le pudo al ver que ofrecían aguamiel y una manzana a Eadulf.

– ¿Vais a agasajar a este asesino mientras nosotros le esperamos de pie con este frío? -exigió a Barrán-. ¿Qué sentido tiene untarle bálsamo en la herida si vamos a colgarle luego?

– Me comeré la manzana en el viaje -anunció Eadulf a Barrán, a la vez que se levantaba-. No tengo inconveniente en llegar cuanto antes, si con ello soy absuelto y nos acercamos más a la verdad de este asunto. Si bien temo que para Fianamail llegar antes significa acelerar mi muerte.

Aidan ayudó a Eadulf a encaramarse a su caballo, para que montara atrás. Muirecht y Conna no habían abierto la boca de miedo durante el desarrollo de aquellas trágicas circunstancias. Entonces, con Barrán, Fianamail y el abad Noé a la cabeza, la columna de jinetes bajó por las faldas de la Montaña Gualda cuando la escarcha blanca empezaba a derretirse visiblemente con el calor creciente del sol de la mañana.

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