II SAL

La sal cogida de la duna,

gaviota viva de ala fresca,

desde su cuenco de blancura,

me busca y vuelve su cabeza.


Yo voy y vengo por la casa

y parece que no la viera

y que tampoco ella me viese,

Santa Lucía blanca y ciega.


Pero la Santa de la sal,

que nos conforta y nos penetra,

con la mirada enjuta y blanca,

alancea, mira y gobierna

a la mujer de la congoja

y a lo tendido de la cena.


De la mesa viene a mi pecho,

va de mi cuarto a la despensa,

con ligereza de vilano

y brillos rotos de saeta.


La cojo como a criatura

y mis manos la espolvorean,

y resbalando con el gesto

de lo que cae y se sujeta,

halla la blanca y desolada

duna de sal de mi cabeza.


Me salaba los lagrimales

y los caminos de mis venas,

y de pronto me perdería

como en juego de compañera,

pero en mis palmas, al regreso,

con mi sangre se reencuentra…


Mano a la mano nos tenemos

como Raquel, como Rebeca.

Yo volteo su cuerpo roto

y ella voltea mi guedeja,

y nos contamos las Antillas

y desvariamos las Provenzas.


Ambas éramos de las olas

y sus espejos de salmuera,

y del mar libre nos trajeron

a una casa profunda y quieta;

y el puñado de sal y yo,

en beguinas o en prisioneras,

las dos llorando, las dos cautivas,

atravesamos por la puerta…

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