NOCTURNO DEL DESCENDIMIENTO

A Victoria Ocampo.

Cristo del campo, "Cristo de Calvario" [6]

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero al verte mis ojos van y vienen

de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

Mi sangre aún es agua de regato;

la tuya se paró como agua en presa.

Yo tengo arrimo en hombro que me vale,

a ti los cuatro clavos ya te sueltan,

y el encuentro se vuelve un recogerte

la sangre como lengua que contesta,

pasar mis manos por mi pecho enjuto,

coger tus pies en peces que gotean.


Ahora ya no me acuerdo de nada,

de viaje, de fatiga, de dolencia.

El ímpetu del ruego que traía

se me sume en la boca pedigüeña,

de hallarme en este pobre anochecer

con tu bulto vencido en una cuesta

que cae y cae y cae sin parar

en un trance que nadie me dijera.

Desde tu vertical cae tu carne

en cáscara de fruta que golpean:

el pecho cae y caen las rodillas

y en cogollo abatido, la cabeza.


Acaba de llegar, Cristo, a mis brazos,

peso divino, dolor que me entregan,

ya que estoy sola en esta luz sesgada

y lo que veo no hay otro que vea

y lo que pasa tal vez cada noche

no hay nadie que lo atine o que lo sepa,

y esta caída, los que son tus hijos,

como no te la ven no la sujetan,

y tu culpa de sangre no reciben,

¡de ser el cerro soledad entera

y de ser la luz poca y tan sesgada

en un cerro sin nombre de la Tierra!

Año de la Guerra Española.

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