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Raymond Benjamin aparcó detrás del Maxima en Hill Road y esperó a que se acercaran Michael Tate y Ernest Henderson. Había llamado a Henderson para decirle que estaba cerca y que cuando llegara tanto él como Tate tenían que coger las armas y meterse en el coche. Henderson se acercaba con paso firme, listo para el trabajo. Tate, en cambio, parecía un joven a punto de irse de discoteca o asistir a un desfile de moda.

Benjamin había acertado con el hermano mayor de Tate, William, de apodo Dink, cuando ambos estaban metidos del todo en el bisnes. Dink mantuvo el tipo y la boca cerrada en el juicio, y gracias a ello a Benjamin le cayó una condena corta. Alguien había dado el chivatazo, y todo el peso de la ley cayó sobre Dink. Su falta de cooperación añadió otro factor negativo a su sentencia. Benjamin nunca olvidaría lo que Dink había hecho por él. Le mandaba dinero a su madre regularmente y había puesto en nómina a su hermano Mikey, aunque el chico no estaba preparado para aquella clase de trabajo. Utilizaba a Tate sobre todo en el negocio de los coches. Se lo llevaba a las subastas en Jersey y le encargaba dejar los vehículos listos para la entrega. Nunca lo había utilizado para otra cosa.

Tate y Henderson subieron al asiento trasero del S500 de Benjamin. Era un Mercedes inmaculado, amplio, negro y marrón, con dos pantallas de DVD, acabados en madera auténtica y cuero bueno. Benjamin necesitaba un espacio amplio, puesto que era alto y de hombros anchos.

– Contadme -pidió.

– La chica se metió andando por el camino de grava -comenzó Henderson-. Mikey subió entre los árboles, él te puede contar.

– Hay dos casas -explicó Tate-. Una al principio del camino, otra muy al fondo. La chica entró en la última.

– ¿Hay alguien en la primera casa?

– Yo no vi a nadie. Tampoco había coches.

– Parece que están todos aparcados aquí-dijo Benjamin.

– Porque el camino no tiene salida. Está cortado.

– El tipo es cauteloso. -Benjamin miraba a Tate por el retrovisor-. ¿Se puede llegar hasta allí entre los árboles?

– Hay árboles a cada lado, hasta la segunda casa. Y detrás también.

– Yo no pienso meterme en el bosque por la noche -declaró Benjamin. No temía a ningún hombre, pero sí le daban miedo las serpientes.

– Podemos esperar -terció Henderson-. Dentro de una hora habrá oscurecido del todo y podremos ir por el camino.

– Tiene que ser ahora -objetó Benjamin-. No quiero quedarme aquí con las armas en el coche. Lleváis la artillería, ¿no?

– Sí, estamos listos. -Henderson se levantó la camisa azul para mostrar la culata de una Beretta de nueve milímetros metida en los tejanos. Tate asintió, pero no vio la necesidad de enseñar su arma.

– Muy bien. -Benjamin seguía mirando a Tate-. Mickey, ve tú, quiero que cubras la parte trasera de la casa.

– Muy bien.

– Si la chica o quien sea sale por detrás, ya sabes lo que hay que hacer.

– No te preocupes, Ray.

– Pues venga. Cuando se acabe todo, echa a correr. Nos reuniremos aquí en los coches.

Benjamin y Henderson se quedaron mirando a Tate, que bajó por Hill Road a paso ligero y se metió entre los árboles.

– No tiene lo que hay que tener -comentó Henderson.

– Pero tú sí.

Henderson se hinchó de orgullo.

– Estoy a tope, Ray. De verdad.

– Esos hijos de puta me la jugaron y le pegaron un tiro a mi sobrino.

– Ya te digo que estoy listo.

– Aguanta ese ánimo diez minutos. Que el chico llegue a su posición. Luego entramos.


Holiday y Cook siguieron a Grady Dunne hasta el distrito en cuanto se marchó del bar del hotel. Esta vez Holiday iba delante. Especularon por radio sobre el punto de destino de Dunne. Se estaba tomando su tiempo en atravesar la ciudad. Había ido hasta Kenilworth Avenue y luego tomó Minnesota hasta Southeast.

– Va a salir de la ciudad -dijo Holiday, cuando Dunne salió de Minnesota Avenue y tomó East Capitol hacia la línea Maryland.

East Capitol se convertía en Central Avenue ya en el cinturón en Prince George's County. Estaban en la frontera entre Seat Pleasant y Capitol Heights. Atravesaron nuevas urbanizaciones, casas viejas, centros comerciales, jóvenes andando por la acera. No era tanto un barrio residencial como una extensión de Southeast D.C.

Holiday aminoró la marcha. Dunne sacó el intermitente y giró a la izquierda en una gasolinera.

– Joder -exclamó Holiday en la radio.

– ¿Qué pasa?

– Métase en el carril derecho y sígame hasta el parking de la zona comercial.

Cuando Cook se acercó vio el supermercado de la gasolinera y el Explorer de Dunne, parado ante un surtidor.

– Joder -exclamó Cook, también-. Ahí es donde trabaja Reginald Wilson.

– Dese prisa.

Cook aparcó junto a Holiday, de cara a Central Avenue. Holiday salió del Town Car con los prismáticos en la mano y se metió en el Marquis de Cook. El ex sargento sudaba y tenía los ojos brillantes.

– Lo sabía -dijo.

– Todavía no sabemos nada -objetó Holiday, mirando a Dunne, que echaba gasolina al Ford.

– Wilson está ahí dentro. Su Buick está aparcado al lado del supermercado.

– Vale, está ahí. Eso no significa que los dos tengan ninguna relación. Lo único que sabemos es que Dunne ha parado a echar gasolina.

– Ya, ¿y qué vamos a hacer, nada?

– No. -Holiday dejó los prismáticos en el asiento del coche, junto a Cook-. Úselos, no aparte la vista del supermercado.

– ¿Adónde vas?

– A pegarme a Dunne. A inventarme la manera de hablar con él. Tendrá la guardia baja, es el mejor momento.

– ¿Y yo me tengo que quedar aquí de brazos cruzados?

– Asegúrese de que Wilson no se va a ningún lado. -Holiday no quería que Cook lo retrasara-. Si sé marcha, sígale.

– ¿Seguimos en contacto por radio?

– Si consigo abordar a Dunne voy a apagar el walkie. No quiero que sepa que estoy trabajando con alguien. Ya le informaré cuando termine.

– Muy bien.

Holiday miró a Cook, que tenía la camisa empapada en sudor.

– ¿Por qué no se quita la chaqueta, sargento?

– Estoy trabajando, jovencito.

– Bueno, bueno, como quiera.

– ¿Doc? -Cook tendió la mano, Holiday se la estrechó-. Gracias.

– No me dé las gracias. -Holiday salió del Marquis y se metió en su Lincoln. Condujo hasta la salida del parking y se quedó esperando.

Dunne había entrado en el supermercado. Unos minutos más tarde salió por la puerta principal hablando por el móvil. Se metió en su Ford y se dirigió a la salida. Holiday aguardó pacientemente y por fin salió tras él por Central Avenue.

Cook apoyó el brazo en la ventana y se llevó los prismáticos a los ojos. Luego se quedó mirando el Buick del parking. Sabía que Holiday no le había dicho la verdad sobre la investigación de Ramone. Lo más seguro era que Ramone hubiera resuelto ya el caso Johnson. Y ahora Holiday andaba siguiendo a Grady Dunne porque le parecía que él, Cook, era un viejo. Demasiado viejo para hacer de policía. Una carga. Pero Cook no pensaba quedarse allí sentado vigilando un coche parado. Reginald Wilson no iba a ir a ninguna parte. Desde luego le faltaba mucho para terminar el turno y volver a su casa. Por eso Cook necesitaba ir a casa de Wilson. Tenía que hacer algo ahora, demostrar a esos jovencitos que todavía no estaba acabado.

Apagó la radio y el móvil. No quería hablar con Holiday ni con nadie más. Ya había tenido tecnología suficiente por un día. Puso en marcha el Marquis y salió del parking.

Holiday seguía a Dunne por Central Avenue, a cuatro coches de distancia. Dunne permaneció en el carril derecho, con el SUV quince kilómetros por encima del límite de velocidad. Seguía hablando por el móvil, concentrado en la conversación. Holiday estaba seguro de que no se daría cuenta de que le seguían hasta que llegara a su punto de destino. Pero ya había decidido que no le permitiría llegar tan lejos.

Aceleró mientras Dunne aminoraba ante un semáforo en rojo. Holiday se puso a su lado, en el carril izquierdo y bajó la ventanilla, dando un breve bocinazo.

Dunne le miró inexpresivo desde su coche.

– ¿Qué pasa?

– Tienes la rueda trasera deshinchada, te lo quería advertir.

Dunne no le agradeció la información. Dijo algo al móvil, colgó y lo dejó en el compartimento a su derecha.

Cuando el semáforo se puso en verde, arrancó para detenerse más adelante en la cuneta, donde habían montado un quiosco de pescado. Holiday aparcó el Town Car detrás de él y apagó la radio y el móvil. Dunne ya había salido para echar un vistazo a la rueda. Holiday se acercó a él, buscando con la mano su cartera. Cuando Dunne vio el gesto, tocó instintivamente la pistola que llevaba a la espalda.

Pero no la sacó. Se quedó esperando con los pies separados. Era delgado y unos cinco centímetros más alto que Holiday. Llevaba el pelo rubio cortado a cepillo y tenía unos ojos azules muy claros.

– Eh -saludó Holiday, con la cartera abierta en la mano-. No hay problema. Sólo quería enseñarte mi identificación.

– ¿Por qué?

– Déjame explicar…

– A la rueda no le pasa nada. ¿Por qué me has dicho que estaba deshinchada?

– Me llamo Dan Holiday. -Le enseñó el carnet de conducir, asegurándose de que la vieja tarjeta de la policía se viera bien-. Policía retirado. Tú también eres poli, ¿no?

Dunne miró al hombre de origen hispano que trabajaba en el quiosco y que en ese momento servía a un cliente a través del mostrador. Luego se volvió de nuevo hacia Holiday.

– ¿Qué quieres?

– Oglethorpe Street, Northeast. El jardín comunitario. Yo estaba allí después de medianoche, en la madrugada del miércoles. Te vi en tu coche patrulla. Llevabas a alguien detrás.

Dunne lo reconoció entonces.

– ¿Y?

– Supongo que ya sabes que esa mañana se encontró en el jardín el cadáver de un chico.

– ¿Qué has hecho, seguirme hasta aquí?

– Justo, te he seguido.

Dunne estiró los labios en algo parecido a una sonrisa.

– El chófer borracho que estaba durmiendo la mona. Me acuerdo.

– Y yo me acuerdo de ti.

– ¿Qué es esto, chantaje? Porque antes de darte un puto duro voy a mis superiores a contarles que estuve allí.

– No quiero dinero.

– Entonces, ¿qué coño te pasa?

– Han matado a un chico. Busco respuestas.

– ¿Tú qué eres, uno de esos pringados que se pasa el día escuchando la radio de la policía?

– ¿Sabías lo del chico cuando estabas de patrulla esa noche?

Dunne negó con la cabeza.

– No, me enteré al día siguiente.

– ¿Y por qué no fuiste a declarar?

– ¿Para qué?

– Porque eres policía.

– Te lo acabo de decir. En aquel momento yo no sabía nada, así que no tenía ninguna información pertinente al caso.

– Si me viste allí aparcado y pensaste que estaba borracho, ¿por qué no te paraste a echar un vistazo?

– Estaba ocupado.

– ¿Qué hacías en una calle sin salida con un pasajero en el coche?

– Pero ¿tú quién coño eres?

– Un ciudadano preocupado.

– Que te den por culo. -¿Qué hacías en esa calle?

– Correrme en la boca de una puta, ¿contento?

– Tú no eres policía -le espetó Holiday asqueado.

Dunne se echó a reír y dio un paso hacia él. Holiday detectó el triste y familiar olor del caramelo de menta por encima del vodka.

– ¿Algo más? -preguntó Dunne.

– ¿Conoces a Reginald Wilson?

Holiday le miró a los ojos. No leyó nada en ellos, ninguna chispa de reconocimiento.

– ¿A quién?

– El tipo que trabaja en la gasolinera donde acabas de parar. ¿No lo conoces?

– Oye, gilipollas, no tengo ni zorra idea de qué hablas. Entré en una gasolinera cualquiera a echar gasolina.

– ¿Cómo era el empleado?

– Pues un negro, supongo. ¿Quién si no trabaja en esos sitios? Ni siquiera le miré la cara.

Holiday le creyó y notó que se quedaba sin energía.

– Te van a llamar para interrogarte sobre lo de Oglethorpe -advirtió.

– ¿Y?

– Ya nos veremos.

Dunne le dio con el dedo en el pecho.

– Ya me estás viendo ahora.

Holiday no contestó.

Dunne sonrió con los dientes apretados.

– ¿Me quieres poner a prueba?

Holiday mantuvo las manos en los costados.

– Ya me lo imaginaba -dijo Dunne.

Volvió a meterse en el Ford y se marchó. Holiday se quedó mirando las luces traseras hasta que se desvanecieron de su vista. Luego se encaminó a su propio vehículo para volver a la gasolinera.

Dunne era una manzana podrida, pero no estaba involucrado en el caso de Asa Johnson y no conocía a Reginald Wilson.

Se había terminado. Tenía que decírselo al viejo.

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