Capítulo VIII



El interior de Littlegreen House

Cuando salimos del cementerio, Poirot se dirigió apresuradamente hacia Littlegreen House. Deduje que desempeñaría todavía el papel de posible comprador. Llevaba en la mano diversos permisos que le diera el corredor de fincas y el correspondiente a Littlegreen House estaba encima de todos ellos. Empujó la cancela y recorrió el sendero hasta la puerta principal de la casa.

En esta ocasión nuestro amigo el terrier no estaba a la vista; pero sus ladridos se oían en el interior de la casa, aunque a distancia. Supuse que estaría en la cocina.

Al momento se oyeron unos pasos que cruzaban el vestíbulo y nos abrió la puerta una mujer de rostro agradable. Aparentaba tener de cincuenta a sesenta años y su aspecto era, a todas luces, el de una sirvienta chapada a la antigua; de las que tan raramente se ven en estos días.

Poirot presentó sus permisos.

—Sí, señor. El agente ha telefoneado. ¿Quiere pasar por aquí, señor?

Observé que las contraventanas, cerradas cuando efectuamos nuestra primera visita para explorar el terreno, estaban ahora abiertas de par en par, esperando seguramente a que llegáramos nosotros. Me di cuenta de que todo estaba cuidadosamente limpio y bien conservado. Ello evidenciaba que nuestra guía era una mujer concienzuda en sumo tirado.

—Éste es el cuarto de estar, señor.

Lancé alrededor una mirada de aprobación. Era una habitación agradable, con anchas ventanas que daban a la calle. Estaba provista de buenos y sólidos muebles de estilo antiguo, la mayoría de ellos victorianos; pero vi también una librería Chipendale y un juego de bonitas sillas Hepplewhite.

Poirot y yo nos conducíamos como suele hacerlo la gente cuando le están enseñando una casa. Nos deteníamos ante los muebles, mirándolos con mucho sosiego y murmurando observaciones, tales como: «Muy bonito.» «¿Ha dicho usted que es el cuarto de estar?»

Atravesamos el vestíbulo y la criada nos condujo a la habitación opuesta. Era mucho más grande que la anterior.

—El comedor, señor.

Era en su totalidad de estilo victoriano. El mobiliario estaba compuesto por una pesada mesa de caoba, un aparador macizo de la misma madera, con racimos de fruta esculpidos y sólidas sillas tapizadas de cuero. De las paredes colgaban algunos retratos de familia.

El terrier continuaba ladrando desde cualquier lugar oculto. Pero de pronto, el escándalo aumentó de volumen. Con un crescendo de agudos ladridos, se oyó su galope por el vestíbulo.

—«¿Quién ha entrado en la casa? ¡Le voy a hacer pedazos!», parecía decir.

El perro llegó al umbral de la puerta husmeando violentamente.

—¡Oh, Bob! qué perro tan travieso... —exclamó la mujer—. No se asusten. No les hará daño...

En efecto, una vez que Bob localizó a los intrusos cambió completamente de modales. Entró bulliciosamente en el comedor y efectuó su propia presentación de una forma muy agradable.

—Encantado de conoceros —observó mientras olfateaba alrededor de nuestros tobillos—. Perdonaréis tanto ruido, ¿no es cierto? Es un trabajo que debo hacer. Hay que tener cuidado con quien se deja entrar, ¿no os parece? Paso una vida muy aburrida y en realidad, no sabéis lo que me alegro cuando veo una cara nueva. Tienes perros, ¿verdad?

—Es bonito el bicho —dije a la mujer—. Aunque necesita que lo esquilen un poco.

—Sí, señor. Por lo general, lo esquilamos tres veces al año.

—¿Tiene mucha edad?

—No, señor. Todavía no tiene seis años. Pero a veces se porta como si fuera un cachorro. Coge las zapatillas de la cocinera y hace cabriolas con ellas. Es muy dócil, aunque nadie lo diría al oír la bulla que mete. La única persona a quien no quiere es al cartero. Es el único que lo saca de quicio.

Bob estaba ahora investigando las perneras de los pantalones de Poirot. Después de haber husmeado a su gusto lanzó un prolongado resoplido.

—¡Hum!, no está mal; pero me parece que no le gustan los perros.

Se volvió hacia mí ladeando la cabeza y mirándome, como si esperara alguna cosa.

—No sé por qué los perros han de atacar siempre a los carteros —comentó nuestra guía.

—Es una forma de discutir —explicó Poirot—. El perro se basa en una razón. Es inteligente y hace sus deducciones de acuerdo con su punto de vista. Hay gente que puede entrar en casa y hay quien no lo puede hacer; esto lo aprenden pronto los perros. Eh bien, ¿cuál es la persona que con más insistencia trata de que la admitan en la casa, llamando dos o tres veces al día y que en ninguna ocasión consigue que le dejen entrar? El cartero. Está claro, pues, que es un huésped indeseable, desde el punto de vista del dueño de la casa. Se le despide siempre, una vez que ha cumplido su deber; pero vuelve después insistiendo sobre lo mismo. Por lo tanto, la obligación de un perro no es dudosa. Debe prestar su ayuda para ahuyentar a este hombre y, si es posible, morderle. Es un proceder altamente razonable.

Señaló a Bob.

—Da la impresión de ser un bicho muy inteligente.

—Lo es; sí, señor. A veces parece humano.

La mujer abrió otra puerta.

—El salón, señor.

La vista del salón hacía rememorar tiempos pasados. Una ligera fragancia lo envolvía. Los cortinajes y tapicerías estaban usados y las guirnaldas de rosa estampadas en ellos presentaban un color desvaído. De las paredes colgaban varios grabados y acuarelas. Había gran cantidad de porcelanas; frágiles pastores y pastorcillas. Almohadones bordados a realce. Fotografías descoloridas, en primorosos marcos de plata. Varios costureros y mesillas para té, con delicadas incrustaciones. Pero lo que me pareció más interesante de todo aquello fueron dos damas, exquisitamente recortadas en papel de seda, que se veían bajo unas campanas de cristal. Una de ellas hilaba y la otra tenía un gato sobre las rodillas.

Me envolvía el ambiente de épocas pretéritas; de comodidad, de refinamiento, de «damas y caballeros»... Esto era un «gabinete». Aquí se acomodaban las señoras para hacer sus labores y si alguna vez se encendía un cigarrillo por un privilegiado miembro del sexo fuerte, ¡qué manera de sacudir los cortinajes y orear la habitación cuando aquél se marchaba!

De pronto me fijé en Bob. Estaba sentado mirando atentamente una elegante mesa, bajo cuyo tablero se veían dos cajones.

Al darse cuenta de mi observación, lanzó un corto y quejumbroso aullido, mientras su mirada pasaba de mí a la mesa.

—¿Qué es lo que quieres? —pregunté.

Sin duda alguna, el interés que nos tomábamos por Bob complacía a la criada que, por lo visto, estaba muy encariñada con él.

—Es su pelota, señor. La guardábamos siempre en ese cajón. Por eso se pone ahí y la pide.

Cambió de voz y se dirigió al perro con un falsete estridente:

—Ya no está ahí, perrito mono. La pelota de Bob está en la cocina. En la cocina, Bob...

El terrier lanzó una mirada impaciente a Poirot.

—Esta mujer es tonta —parecía decir—. Tú tienes aspecto de ser un individuo inteligente. Las pelotas se guardan en determinados sitios, y este cajón es un de ellos. Siempre se ha guardado aquí una pelota. Por lo tanto, ahí mismo debe estar ahora. Esto es lógica canina, ¿no es cierto?

—No está aquí, chico —dije.

Me miró con aire de duda. Cuando salimos de la habitación nos siguió lentamente, como si no estuviera convencido del todo.

La mujer nos enseñó después varios armarios; un guardarropa instalado bajo la escalera y una pequeña alacena, «donde la señora solía guardar las flores, señor».

—¿Estuvo usted mucho tiempo al servicio de su señora? —preguntó Poirot.

—Veintidós años, señor.

—¿Cuida usted sola de la casa?

—La cocinera y yo, señor.

—¿También ha servido durante tiempo a la señorita Arundell? —preguntó a la criada.

—Solamente cuatro años, señor. La antigua cocinera murió.

—Suponiendo que adquiriera la casa, ¿estaría usted dispuesta a quedarse a mi servicio?

La mujer se sonrió ligeramente.

—Es usted muy amable, señor; pero pienso dejar el servicio. La señora me legó una pequeña cantidad y tengo el propósito de ir a vivir con mi hermana. Si me he quedado aquí ha sido tan sólo para hacerle un favor a la señorita Lawson. Estaré al cuidado de la casa hasta que se venda.

Poirot asintió.

En el silencio que siguió pudo oírse un nuevo ruido: Bump, bump, bump. Un ruido que crecía en volumen y parecía descender del piso superior.

—Es Bob, señor —dijo la criada sonriendo—. Ha cogido la pelota y hace que salte de peldaño en peldaño. Le gusta mucho ese juego.

Llegamos al pie de la escalera al mismo tiempo que una pelota de goma negra rebotaba sobre el último escalón. La cogí y miré hacia arriba. Bob estaba tendido en el borde superior de la escalera, con las patas delanteras extendidas y moviendo alegremente la cola. Le lancé la pelota. La cogió limpiamente con la boca, la mordió durante unos momentos con verdadero deleite y luego la dejó caer entre sus patas. Después la empujó un poco con la nariz hasta que llegó al borde del primer peldaño y volvió a saltar escaleras abajo. A medida que la pelota avanzaba, Bob movía la cola con más energía.

—Así estaría durante horas enteras, señor. Es su juego predilecto. Todo el día, así lo pasa. Ya está bien, Bob. Los caballeros tienen algo más importante que hacer, que jugar contigo.

Un perro es un gran promotor de relaciones amistosas. Nuestro interés por Bob había roto por completo la reserva natural de la buena sirvienta. Cuando subimos al piso superior para ver los dormitorios, nuestra guía hablaba locuazmente, contándonos diversas anécdotas sobre la maravillosa sagacidad de Bob. La pelota quedó al pie de la escalera y cuando pasamos junto al perro éste nos lanzó una mirada de profundo disgusto, mientras empezaba a descender los peldaños para recoger su juguete. Al volver le vi que subía lentamente con la pelota en la boca y el aspecto de un viejecito a quien personas sin conciencia hubieran obligado a realizar un esfuerzo con toda evidencia impropio de su edad.

A medida que recorríamos las habitaciones, Poirot iba sonsacando gradualmente a la mujer.

—Creo que fueron cuatro las señoritas Arundell que vivieron aquí, ¿verdad?

—Al principio, sí. señor; pero eso fue antes de que yo entrara en esta casa. Sólo quedaban la señorita Agnes y la señorita Emily cuando yo vine, y la primera murió pocos años después. Era la más joven de la familia. Parece extraño que muriera antes que su hermana.

—Seguramente no sería tan fuerte como ella.

—No, señor. Eso fue lo extraño. Mi señorita Emily siempre estaba delicada. Ha dado mucho quehacer a los médicos durante toda su vida. La señorita Agnes fue siempre fuerte y robusta; sin embargo, fue la primera en dejarnos. No obstante, la señorita Emily, que estuvo delicada desde niña, sobrevivió a toda la familia. A veces pasan cosas muy raras.

—Es asombroso cómo se produce a menudo ese caso.

Y Poirot se lanzó a relatar una fantástica historia sobre un hipotético tío suyo, inválido; cuento que no quiero molestarme en repetirlo aquí. Baste decir que produjo el efecto que deseaba. Las discusiones sobre la muerte y cosas por el estilo, desatan con más facilidad la lengua de los hombres que cualquier tema. Poirot se encontró entonces en disposición de formular preguntas que hubieran sido acogidas con sospechosa hostilidad veinte minutos antes.

—¿Fue muy larga y dolorosa la enfermedad de la señorita Emily?

—No; no puede decirse que lo fuera, señor. Había estado achacosa durante mucho tiempo; desde hacía dos inviernos. Era muy malo lo que tenía: ictericia. Se le puso amarilla la cara y hasta el blanco de los ojos.

—Oh, sí; realmente... (Aquí una anécdota sobre un irreal primo de Poirot que parecía el mismo Peligro Amarillo en persona.)

—Eso es... tal como usted lo dice, señor. Es horrible esa enfermedad: ¡pobre señorita! No pueden soportar nada. Le aseguro que el doctor Grainger dudaba que curara de ella. Pero la trataba de una forma admirable... amedrentándola. «¿Se ha hecho ya el ánimo de tenderse en la cama y encargar la lápida?», le decía. Y ella le replicaba: «Todavía me quedan dentro unas pocas ganas de luchar, doctor.» «Eso está bien», contestaba él. «Esto es lo que me gusta oír.» Tuvimos una enfermera del hospital que se figuró que aquello era un caso perdido; hasta le dijo al médico, en cierta ocasión, que le parecía mejor no preocupar a la señora forzándola a tomar alimento; pero el doctor le reconvino su manera de pensar. «Tonterías», dijo «¿Preocuparse de ella? Lo que debe hacer es intimidarla un poco en esa cuestión. Extracto de carne a tal y tal hora; cucharaditas de coñac...» Y al final le dijo algo que nunca olvidaré: «Es usted joven, muchacha. No se da cuenta de la cantidad de resistencia y ganas de luchar que proporciona la edad. Son los jóvenes quienes se dejan caer y mueren, porque no tienen suficiente interés por vivir. Muéstreme usted alguien que haya vivido más de setenta años y tendrá delante a un buen luchador... alguien que tiene ganas de vivir.» Y es verdad, señor... A menudo he pensado: «¡Qué dignos de admiración son los ancianos! ¡Qué vitalidad y qué interés tienen por conservar sus facultades!» Tal como dijo el doctor, precisamente por eso llegan a esas edades.

—Es muy profundo lo que está usted diciendo... muy profundo. ¿Era así la señorita Arundell? ¿Muy rica? ¿Muy interesada en vivir?

—¡Oh, sí; desde luego, señor! Tenía poca salud, pero su cerebro funcionaba muy bien. Y siguiendo con lo que decía, la señorita salió de su enfermedad con gran sorpresa de la enfermera. Era una joven muy engreída; siempre llevaba los cuellos y los puños almidonados. Había que servirla pronto y bien y pedía té a todas horas.

—¿Fue buena la convalecencia?

—Sí, señor. Aunque, como es natural, al principio la señora tuvo que seguir una rigurosa dieta. Todo lo que comía debía estar hervido; los alimentos no debían contener grasas ni se le permitía comer huevos. Fue muy monótono para ella.

— Pero lo importante era que se pusiera bien.

—Sí, señor. Tuvo pequeñas recaídas. Lo que yo llamo ataques de bilis. A veces era muy cuidadosa con lo que comía; pero así y todo, esos ataques no fueron de cuidado hasta que sobrevino el último.

—¿Fue justamente igual al que tuvo dos años antes?

—Sí; lo mismo, señor. Esa pícara ictericia. Otra vez el terrible color amarillo; las horribles náuseas y todo lo demás. Me temo que la pobre tuvo la culpa de lo que le pasó. Comió una porción de cosas que no debía haber probado. Porque cada noche que teníamos invitados, ordenaba preparar un plato de curry[3] para la cena, y ya sabe usted, señor, que el curry contiene gran cantidad de especias y es oleaginoso.

—El ataque le sobrevino de repente, ¿no es eso?

—Bueno; así parecía, señor. Pero el doctor Grainger dijo que se había estado fraguando desde hacía tiempo. Cogió un resfriado, pues el tiempo había sido muy variable aquellos días, y comió demasiadas cosas sazonadas con curry.

—Seguramente su señora, de compañía... la señorita Lawson, creo... debió disuadirla de que comiera de esos platos.

—¡Oh!; no creo que la señorita Lawson tuviera ocasión de ello. La señora no era de las que aceptan órdenes.

—¿Estuvo con ella la señorita Lawson durante su primera enfermedad?

—No; entró después a su servicio. Estuvo con la señora cerca de un año.

—Entonces, ¿es de suponer que antes tuvo otras señoras de compañía?

—Gran número de ellas, señor.

—Ya veo que no permanecían a su lado tanto tiempo como el resto del servicio —dijo Poirot sonriendo.

La mujer se sonrojó.

—Ya comprenderá usted que es diferente, señor. La señorita Arundell no salía mucho de casa y con unas cosas y otras...

Hizo una pausa y Poirot la estuvo contemplando durante un minuto hasta que comentó:

—Conozco un poco la mentalidad de las señoras ancianas. Les gusta horrores la novedad. Y quizá, profundizan hasta el fondo de cada persona.

—Se nota que es usted un experto, señor. Acertó exactamente. Cuando llegaba una nueva señora de compañía, la señorita Arundell se interesaba siempre por ella, preguntándole acerca de su vida, su infancia, dónde había estado y qué pensaba de las cosas. Luego, cuando ya estaba enterada de todo, se... bueno, supongo que se «aburría» es la palabra adecuada.

—Eso es. Pero hablando entre nosotros, las señoras que se dedican a tal oficio no son, por lo general, ni muy interesantes, ni muy divertidas, ¿no le parece?

—Desde luego que no, señor. La mayoría de ellas son unas pobres de espíritu. Tontas, sin ninguna clase de duda. La señorita Arundell pronto las calaba, por decirlo así. Y entonces hacía un cambio y tomaba otra a su servicio.

—Me figuro que debió estar muy contenta con la señorita Lawson.

—¡Oh!, no lo crea, señor.

—Pero al menos tenía un carácter destacado.

—No lo estimo yo así, señor. Es una persona completamente ordinaria.

—Le disgusta a usted, ¿verdad?

La mujer se encogió ligeramente de hombros.

—No tiene nada para gustar o disgustar. Muy minuciosa; de edad mediana y llena hasta los topes de esas tonterías acerca de los espíritus.

—¿Espíritus? —preguntó Poirot, alerta.

—Sí, señor; espíritus. Se sientan en la oscuridad, alrededor de una mesa y los difuntos acuden y hablan. Algo completamente irreligioso, según digo yo. Como si no supiéramos que las almas, al partir de este mundo, tienen su sitio adecuado y no lo abandonan.

—Así es que la señorita Lawson es espiritista. ¿Era también creyente la señorita Arundell?

—A la señorita Lawson le hubiera gustado —estalló la mujer.

Había en su tono una especie de malicia satisfecha.

—¿Pero no llegó a serlo? —persistió Poirot.

—La señora tenía demasiado sentido común —refunfuñó la sirvienta— Le aseguro que no puedo decir si todo aquello la divertía. «Deseo que me convenza», decía. Pero a menudo se quedaba mirando a la señorita Lawson como si dijera: «Pobrecilla, ¡qué tonta eres al creer todo eso!»

—Comprendo. No creía en nada de aquello, pero le servía de distracción.

—Eso es, señor. A veces he pensado si la señora no... bueno, no se divirtió un poco, por decirlo así, empujando la mesa y haciendo cosas por el estilo, mientras los demás estaban más serios que unos jueces.

—¿Los demás?

—La señorita Lawson y las dos señoritas Tripp.

—Entonces, ¿la señorita Lawson es una espiritista absolutamente convencida?

—Cree en ello como en el Evangelio, señor.

—¿Y la señorita Arundell estaba muy ligada a ella pese a ello? ¿No es eso?

—Tal cosa sería algo discutible, señor.

—Pero si le dejó cuanto tenía... —dijo Poirot—. ¿No lo hizo así?

El cambio fue inmediato. El ser humano se desvaneció y la correcta sirvienta volvió a reaparecer. La mujer se irguió y dijo con voz carente de inflexión que llevaba implícita una repulsa a cualquier familiaridad:

—La forma en que la señora legó su dinero es cosa que difícilmente puede incumbirle, señor.

Presentí que a Poirot se le había estropeado el juego. Una vez que puso a la mujer en plan de que la conversación fuera amistosa, había procedido a explotar la ventaja. Fue lo bastante prudente para no realizar ningún intento inmediato con el fin de recobrar el tiempo perdido. Después de una vulgar observación acerca del tamaño y número de los dormitorios, se dirigió a la escalera.

Bob había desaparecido, pero cuando llegué al primer peldaño resbalé y casi caí al suelo. Me cogí al pasamano y mirando a mis pies, vi que, inadvertidamente, había puesto uno de ellos sobre la pelota que el perro dejó allí. La mujer se excusó rápidamente.

—Lo siento, señor. Bob tiene la culpa. Deja siempre la pelota ahí. Y no se puede distinguir por ser tan oscura la alfombra. Cualquier día alguien sufrirá un serio accidente. La pobre señora tuvo una desagradable caída a causa de ello. Pudo muy bien matarse.

Poirot se detuvo de pronto en la escalera.

—¿Dijo usted que sufrió un accidente?

—Sí, señor. Bob se dejó la pelota aquí, como de costumbre y la señora salió de su habitación, resbaló y cayó escaleras abajo. Pudo haberse matado.

—¿Se lastimó mucho?

—No tanto como era de temer. Tuvo mucha serte, según dijo el doctor Grainger. Se hizo un corte en la cabeza, una magulladura en la espalda, contusiones y sufrió un intenso shock. Estuvo en cama cerca de una semana; pero no fue nada serio.

—¿Hace mucho tiempo que ocurrió eso?

—Justamente una semana o dos antes de que muriera.

Poirot se inclinó para recoger algo que se le había caído.

—Perdón; mi pluma estilográfica... ah; sí, aquí está.

Se incorporó otra vez.

—Es muy descuidado el señorito Bob —observó.

—Al fin y al cabo, no sabe que hace mal, señor —dijo la mujer con voz indulgente—. Tiene mucha inteligencia, pero no puede discernirlo todo. La señora no acostumbraba a dormir bien por las noches y a menudo se levantaba, bajaba al piso interior y daba unas vueltas por él.

—¿Hacía eso muchas veces?

—Algunas noches. Pero no quería que la señorita Lawson ni nadie fuera detrás de ella.

Poirot volvió a entrar en el salón.

—Ésta es una habitación muy bonita —observó—. Me pregunto si habría suficiente espacio en este hueco para mi librería. ¿Qué le parece, Hastings?

Completamente perplejo, hice notar con precaución que sería difícil asegurar una cosa así.

—Sí; las medidas son muy engañosas. Tome mi cinta métrica de bolsillo, por favor, y mida el ancho de ese hueco.

Obediente, cogí la cinta que me daba Poirot y tomé varias medidas siguiendo sus indicaciones, mientras él escribía al dorso de un sobre.

Me extrañé de que hubiera adoptado un método tan desaliñado y fuera de sus costumbres, en lugar de anotar los datos en su agenda.

Poirot me tendió el sobre y dijo:

—Es esto, ¿verdad? Quizá será mejor que lo compruebe.

No había ningún número escrito en el papel; pero leía al siguiente nota: «Cuando subamos otra vez al piso de arriba, pretenda recordar una cita y pregunte si puede telefonear. Deje que la mujer vaya con usted y entreténgala tanto como pueda.»

—Está bien —dije guardándome el sobre—. Seguramente cabrán las dos librerías.

—Es preferible asegurarse. Si no resulta mucha molestia, me gustaría dar otro vistazo al dormitorio principal. No estoy muy seguro del espacio que puede aprovecharse en las paredes.

—No faltaba más, señor. No es ninguna molestia.

Subimos otra vez. Poirot midió un lienzo de pared y estaba comentando en voz alta las posibles posiciones en que podría colocar la cama, el armario y la mesa, cuando mirando mi reloj lancé una exclamación algo exagerada y dije:

—¡Vaya por Dios! ¿Sabe que ya son las tres? ¿Qué pensará Anderson? Debo telefonearle.

Me volví hacia la mujer.

—¿Tendría inconveniente en que usara el teléfono?

—Ninguno, señor. Está en la habitación pequeña, al lado del vestíbulo. Yo le acompañaré.

Bajamos; me indicó dónde estaba el aparato y luego le rogué que me ayudara a buscar un número en la guía telefónica. Por fin hice una llamada a un tal Anderson, de la vecina localidad de Harchester. Afortunadamente no estaba en casa, por lo que tuve ocasión de dejarle un recado, diciendo que no tenía importancia la razón de mi llamada y que la repetiría más tarde.

Cuando terminé, Poirot ya había bajado y estaba esperándonos en el vestíbulo. Sus ojos tenían un ligero matiz verde. No supe a qué atribuirlo, pero me di cuenta de que estaba excitado.

—La caída de su señora por esa escalera debió ocasionarle un gran shock —comentó el detective—. ¿Parecía estar preocupada por Bob y su pelota, después que ocurrió el accidente?

—Es curioso que diga eso, señor. Estuvo muy preocupada. Porque cuando estaba agonizando, en su delirio, divagó constantemente sobre el perro, la pelota y algo acerca de una pintura que estaba entreabierta.

—¿Una pintura que estaba entreabierta? —dijo Poirot pensativamente.

—Desde luego, no tiene ningún sentido, señor. Pero como comprenderá, estaba delirando.

—Un momento. Necesito ver otra vez el salón.

Deambuló por la habitación examinando los diversos objetos que contenía. Un gran jarrón con tapadera pareció que le atraía especialmente. No era según creo, ninguna pieza extraordinaria de porcelana. Un objeto en el que se reflejaba el humor de la época victoriana. Sobre él se veía una pintura más bien tosca, que representaba a un bull-dog sentado frente a la puerta de una casa, con cara de expresión lastimosa. Debajo aparecía la siguiente leyenda: «Trasnochar y sin llave.»

Poirot, cuyos gustos consideré como desesperadamente burgueses, parecía estar sumido en la más grande de las admiraciones.

—«Trasnochar y sin llave» —murmuró—. ¡Es divertido esto! ¿Es lo que hace el señorito Bob? ¿Se pasa algunas noches fuera de casa?

—Muy raras veces, señor. Oh, muy pocas veces. Bob es un buen perro; sí, señor.

—Estoy seguro de que lo es. Pero hasta los mejores perros...

—¡Oh!; está usted en lo cierto, señor. Una vez o dos al año se va y no vuelve a casa hasta las cuatro de la madrugada. Luego se sienta en el portal y ladra hasta que abren.

—¿Quién le abre la puerta? ¿La señorita Lawson?

—Quien lo oye, señor. La última vez fue la señorita Lawson. Precisamente la noche en que la señora sufrió el accidente, Bob volvió cerca de las cinco. La señorita Lawson corrió escaleras abajo para dejarle entrar antes de que hiciera más ruido. Temía que despertara a la señora. Para no preocuparla no le dije nada de que Bob se había ido.

—Comprendo. Creyó que lo mejor era que no se enterara la señorita Arundell.

—Eso es lo que dijo, señor. Nos advirtió: «Es seguro que el perro volverá, como hace siempre. Pero la señora puede preocuparse y eso no es conveniente en el estado en que se encuentra.» Así es que en consecuencia no le dijimos nada.

—¿Quería mucho Bob a la señorita Lawson?

—Pues más bien la desdeñaba, si sabe usted a qué me refiero, señor. Los perros son así. Ella era muy amable con él. Lo llamaba «perrito bueno», «perrito mono»; pero él acostumbraba a mirarla con desdén y no prestaba ninguna atención ni hacia lo que ella le ordenaba.

Poirot asintió con la cabeza.

—Ya me doy cuenta —dijo.

De pronto hizo algo que me sobresaltó.

Sacó una carta del bolsillo. La carta que había recibido aquella mañana.

—¿Sabe usted algo acerca de esto? —preguntó.

El cambio que se apreció en la cara de la mujer fue notable.

Dejó caer la barbilla y se quedó mirando a Poirot con una expresión de aturdimiento casi cómico.

—Bueno —exclamó al fin—. ¡Yo no lo hice!

La observación carecía de coherencia, quizá; pero no dio lugar a dudas sobre lo que la sirvienta quería decir.

Recobrando sus facultades mentales, habló lentamente:

—¿Es usted entonces el caballero a quien iba dirigida la presente carta?

—El mismo. Soy Hércules Poirot.

Como hace la mayoría de la gente, la mujer no había leído el nombre escrito en el permiso para visitar la propiedad que Poirot le enseñó cuando llegamos.

Nuestra interlocutora movió la cabeza afirmativamente.

—Ese nombre era —dijo Hércules Poirot—. ¡Palabra! —exclamó—. La cocinera va a quedarse sorprendida.

Poirot replicó rápidamente:

—Quizá no estaría mal que fuésemos a la cocina y allí, junto con su amiga, habláramos de esto.

—Bueno... si no tiene inconveniente, señor —dijo la mujer con tono de duda.

Este particular dilema de conveniencias sociales parecía nuevo para ella. Pero las maneras positivas de Poirot la tranquilizaron y nos dirigimos hacia la cocina.

Nuestro guía explicó la situación a una mujer alta, de cara larga y agradable, que, cuando entramos, estaba retirando un puchero de un fogón de gas.

—Pásmate, Annie. Este caballero es a quien iba dirigida la carta. Ya sabes: la carta que encontramos en la carpeta.

—Recuerde usted que yo estoy a oscuras respecto al asunto —dijo Poirot—. ¿Me puede decir por qué esta carta se franqueó con tanto retraso?

—Pues verá, señor. A decir verdad, yo no sabía qué hacer. Ninguna de nosotras, ¿verdad?

—Desde luego, Ellen. No sabíamos qué hacer —-confirmó la cocinera.

—Pues sucedió así, señor. Cuando la señorita Lawson empezó a revolver las cosas, después que murió la señora se vendió gran cantidad de chismes y otros los tiramos. Entre ellos había una papelera o carpeta, según dicen. Era muy bonita, con un lirio de los valles bordado en ella. La señora la utilizaba siempre para escribir en la cama. La señorita Lawson no la quiso y me la dio, junto con otros cachivaches que habían pertenecido a la señora. Lo puse todo en un cajón y hasta ayer no lo saqué. Quería colocar en la carpeta un papel secante nuevo y habilitarla para mi uso. En el interior hay una especie de bolsillo y al deslizar la mano dentro de él me encontré una carta escrita por la señora. Como ya he dicho, no sabía concretamente qué era lo que debía hacer con ella. Era la escritura de la señora, desde luego, y me figuré que la había escrito y dejado en la carpeta pensando mandarla al correo al día siguiente; pero luego se le olvidó, cosa que a la pobre solía ocurrirle muy a menudo. En cierta ocasión se extravió un documento del Banco y nadie pudo suponer dónde estaba, hasta que al fin lo encontramos en el fondo del casillero de su mesa de escritorio.

—¿Tan desordenada era? —preguntó Poirot un tanto extrañado.

—¡Oh, no señor! Justamente todo lo contrario. Siempre estaba colocando las cosas en su sitio y ordenándolas. Pero esto era sólo un inconveniente. Si le hubiera dejado todo como estaba hubiera sido mejor. Pues tenía la costumbre de arreglarlo y luego olvidarse de lo que había hecho.

—¿Cosas como la pelota de Bob, por ejemplo? —dijo Poirot sonriendo.

El sagaz terrier llegaba en aquel momento de la calle y nos saludó de nuevo amistosamente.

—Sí; desde luego, señor. Tan pronto como Bob terminaba de jugar con la pelota, la señora la guardaba. Pero con ello no había ningún contratiempo, porque tenía su sitio determinado. El cajón que le mostré antes.

—Comprendo. Pero la he interrumpido. Siga, por favor. Quedamos en que descubrió usted la carta dentro de la carpeta.

—Sí, señor. Así ocurrió; y entonces le pregunté a Annie qué era lo mejor que podíamos hacer. No me gustaba quemarla y, por otra parte; no quería abrirla. Además, ni Annie ni yo considerábamos que aquel asunto pudiera interesar a la señorita Lawson. Así es que, después de hablar un rato sobre ello, le puse un sello al sobre y corrí a depositarlo en el buzón de Correos.

Poirot se volvió ligeramente hacia mí.

Voilá! —murmuró.

No pude evitar el decir maliciosamente:

—Hay que ver lo simple que puede ser una explicación.

Creo que me miró un poco cabizbajo y me arrepentí de haberle fastidiado tan pronto.

Se dirigió otra vez a Ellen.

—Como dice mi amigo... ¡Qué simple puede ser una explicación! Ya comprenderá que cuando recibí la carta, fechada hacía más de dos meses, me sorprendí.

—Sí; supongo que debió sorprenderse, señor. No pensamos en eso.

—Además —Poirot tosió— estoy ante un pequeño dilema. Sepa usted que esta carta es un encargo del que deseaba me ocupara la señorita Arundell. Algo de carácter privado.

Se aclaró la garganta otra vez, dándose importancia.

—Pero ahora, la señorita Arundell ha muerto y estoy dudando acerca de cómo he de proceder. ¿Hubiera deseado la señorita Arundell que me encargara del asunto o no? Es muy difícil saberlo... muy difícil.

Las dos mujeres lo miraban respetuosamente.

—Creo que debo consultar con su abogado. Tenía un abogado, ¿verdad?

—Sí, señor. El señor Purvis, de Harchester.

—¿Estaba enterado de todos los asuntos de ella?

—Creo que sí, señor. Siempre, desde que yo recuerdo, se ha ocupado de sus cosas. Lo envió a buscar después que sufrió la caída.

—¿La caída por la escalera?

—Sí, señor.

—Vamos a ver, ¿cuándo ocurrió exactamente?

Fue la cocinera quien contestó.

—El martes, después de Pascua de Resurrección; lo recuerdo muy bien. Me quedé en casa por ser Pascua y haber invitados. Mi día libre lo trasladé al miércoles siguiente.

Poirot sacó su almanaque de bolsillo.

—Veamos..., veamos. Pascua de Resurrección fue este año el día doce. Luego la señorita Arundell sufrió el accidente el día catorce. La carta la escribió tres días más tarde. Fue una lástima que no la mandara al correo. Sin embargo, puede que no sea demasiado tarde... —hizo una pausa—. Me figuro que la... hum... comisión que ella encargó estaba relacionada con uno de los... hum... huéspedes que acaba usted de mencionar.

Esta observación, hecha como un mero disparo al azar, tuvo inmediata respuesta. Una mirada de rápida comprensión pasó por los ojos de Ellen. Se volvió hacia la cocinera en cuya cara se reflejaba la misma expresión.

—Ése debe ser el señorito Charles —dijo Ellen.

—¿Quiere usted decirme quiénes estuvieron aquí? —sugirió Poirot.

—El doctor Tanios y su esposa. Él no es pariente directo. En realidad es extranjero; griego o algo así, según creo. Se casó con la señorita Bella, sobrina de la señora; hija de una hermana de ésta. El señorito Charles y la señorita Theresa son hermanos.

—Sí. Ya me doy cuenta. Fue una reunión familiar. ¿Y cuándo se marcharon?

—El miércoles por la mañana, señor. Pero el doctor Tanios y la señora Bella estuvieron otra vez al siguiente fin de semana, porque estaban preocupados por la salud de su tía.

—¿Y el señorito Charles y su hermana?

—Volvieron también, pero una semana después que el doctor y su esposa. Precisamente el fin de semana antes de que muriera la señora.

La curiosidad de Poirot, según pude apreciar, era completamente insaciable. Yo no comprendía qué interés podían tener aquellas preguntas. Había conseguido aclarar la explicación de su misterio y, en mi opinión, cuanto más pronto se retirara con dignidad, tanto mejor sería para él.

Este pensamiento pareció pasar de mi cerebro al suyo.

Eh bien —dijo—. La información que me han facilitado me ha ayudado mucho. Consultaré con el señor Purvis, ¿se llama así, verdad? Muchas gracias por todo.

Se inclinó y acarició a Bob.

Brave chien, van! Querías mucho a tu ama, ¿verdad?

Bob respondió amablemente a estas insinuaciones y esperando que ahora habría un poco de juego, cogió con la boca un gran trozo de carbón. Pero se ganó una reprimenda, y le quitaron el improvisado juguete. Me miró, como buscando simpatía.

—Estas mujeres —pareció decir— son generosas con la comida, pero en realidad no son deportistas.

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