Capítulo XVI



La señora Tanios

—Unos caballeros preguntan por usted, señora.

La mujer, que estaba escribiendo en una de las mesas del salón del Durham Hotel, volvió la cabeza y luego se levantó, encaminándose hacia nosotros con aire de incertidumbre.

La señora Tanios podía tener cualquier edad después de los treinta años. Era delgada y alta; el cabello oscuro; los ojos un poco insustanciales y saltones, en un rostro de expresión angustiada. Llevaba un bonito sombrero, puesto de mala manera, y un vestido de algodón que estaba pidiendo un buen planchado.

—No creo... —empezó en tono seco.

Poirot hizo una reverencia.

—Venimos de ver a su prima, la señorita Theresa Arundell. Deseamos entrevistarla.

—¡Oh! ¿A Theresa? ¿Sí?

—¿Podría hablar privadamente con usted durante unos minutos?

La señora Tanios miró a su alrededor con embarazo. Poirot sugirió un sofá forrado de cuero que había en uno de los extremos del salón.

Cuando nos dirigíamos hacia allí, una voz aguda chilló:

—¿Dónde vas, mamá?

—Estaré en aquel sofá. Sigue escribiendo la carta que has empezado, querida.

La chiquilla, delgada y de aspecto enfermizo, aparentaba tener unos siete años. Volvió a sentarse y reanudó lo que, evidentemente, era para ella una difícil tarea. La sonrosada lengua, que aparecía entre sus labios entreabiertos, daba a entender los esfuerzos que hacía para redactar.

El rincón donde nos sentamos estaba desierto. La señora Tanios tomó asiento primero y nosotros la imitamos. La mujer miró interrogativamente a Poirot.

Mi amigo empezó.

—Es respecto a la muerte de su tía, la difunta señorita Arundell.

¿Estaba yo viendo visiones, o de repente sorprendí una mirada de alarma en aquellos pálidos y prominentes ojos?

—¿Sí?

—La señorita Arundell —dijo Poirot— modificó su testamento muy poco antes de su muerte. Como consecuencia del último que otorgó, la señorita Lawson heredó toda su fortuna. Lo que quiero saber, señora Tanios, es si usted desea unirse a sus primos, la señorita Theresa y el señor Charles Arundell, para intentar que ese testamento sea declarado nulo.

—¡Oh! —la mujer lanzó un profundo suspiro—. No creo que eso sea posible, ¿no le parece? Mi marido consultó a un abogado, quien le aconsejó que lo mejor sería no intentar nada.

—Los abogados, madame, son gente muy precavida. Su consejo, por regla general, es que se eviten los pleitos, sea como sea..., y no hay duda de que tienen razón. Pero a veces vale la pena correr el riesgo. Yo no soy abogado y, por lo tanto, veo el asunto de una manera diferente. La señorita Arundell..., la señorita Theresa Arundell, está dispuesta a intentar algo. ¿Y usted? ¿Lo haría?

—Yo... ¡oh!, en realidad, no lo sé.

Entrelazó nerviosamente los dedos de las dos manos.

—Tendré que decírselo a mi marido —añadió.

—Naturalmente, debe usted consultar con su marido antes de emprender algo. ¿Pero cuál es su opinión particular sobre el asunto?

—Pues, a decir verdad, no tengo ninguna.

La señora Tanios parecía más angustiada que de costumbre.

—Todo depende de lo que diga mi esposo —continuó.

—Pero usted, por su parte, ¿qué opina?

La mujer frunció el ceño y luego dijo, lentamente:

—Creo que no me gusta mucho la idea. Me parece... me parece algo indecorosa, ¿no es eso?

—¿Lo es, madame?

—Sí... Después de todo, si tía Emily prefirió no legar nada a su familia, supongo que debemos conformarnos con ello.

—Entonces, ¿no se considera usted defraudada?

—¡Oh, sí! —un ligero rubor se extendió por sus mejillas—. ¡Creo que ha sido una injusticia! Y además, tan inesperada... Parece mentira que tía Emily pudiera hacer eso. Por otra parte, es un perjuicio que se ha causado a los niños.

—¿Cree usted que todo ello ha sido impropio de su tía?

—Estimo que ha sido una cosa rara por parte de ella.

—¿Entonces opina que posiblemente no actuó por su libre voluntad? ¿Cree usted que, quizás, estuviera sometida a influencias inconfesables?

La señora Tanios frunció el ceño otra vez. Luego dijo, casi de mala gana:

—Lo difícil del caso es que no puedo imaginarme a nadie que pudiera ejercer su influencia sobre tía Emily. Era una mujer muy decidida.

Poirot asintió.

—Sí, es verdad lo que usted dice. Y a la señorita Lawson difícilmente se la puede describir como un carácter enérgico y dominante.

—No, la pobre es buena persona... quizás algo tonta... pero muy amable. Por eso principalmente es por lo que me figuro que...

—¿Qué, madame? —preguntó Poirot, viendo que ella se detenía.

La señora Tanios volvió a entrelazar sus dedos mientras contestaba.

—Pues que sería ruin el tratar de invalidar el testamento. Estoy segura de que bajo ningún concepto pudo hacer nada de eso la señorita Lawson..., estoy completamente cierta de que ella es incapaz de planear una cosa así, ni de intrigar...

—Otra vez estoy de acuerdo con usted, madame.

—Y por eso creo que recurrir a la ley sería... sería indigno. Además, costaría mucho dinero, ¿no es eso?

—Sí, sería algo caro.

—Y probablemente inútil. Pero puede usted hablar con mi marido acerca de ello. Tiene mucha mejor cabeza que yo para los negocios.

Poirot calló durante un momento y luego dijo:

—¿Qué razón, a su juicio, se esconde detrás del hecho de que su tía otorgara otro testamento?

Un repentino rubor subió a la cara de la señora Tanios, al mismo tiempo que murmuraba:

—No tengo ni la menor idea.

—-Madame, ya le he dicho que yo no soy abogado. Pero usted no me ha preguntado todavía cuál es mi profesión.

Ella lo miró interrogativamente.

—Soy detective. Y poco antes de morir, la señorita Emily Arundell me escribió una carta.

La señora Tanios se inclinó hacia delante, con las manos fuertemente entrelazadas.

—¿Una carta? —preguntó de pronto—. ¿Acerca de mi marido?

Poirot la observó durante unos instantes y dijo lentamente:

—Me temo que no podré contestar por ahora a esa pregunta.

—Entonces fue acerca de mi marido —replicó ella levantando un poco la voz—. ¿Qué le decía mi tía? Le aseguro, señor... no sé su nombre...

—Me llamo Poirot; Hércules Poirot.

—Le aseguro, señor Poirot, que cualquier cosa que le dijera en esa carta sobre mi marido, era completamente falsa. ¡Sé también quién inspiró esa carta! Y ésa es otra de las razones por las cuales no quiero tomar parte en ninguna clase de determinación que adopten Theresa y Charles. A Theresa nunca le gustó mi marido. ¡Ha dicho de él tantas cosas...! ¡Sé que ha hablado mucho de él! Tía Emily tenía ciertos prejuicios contra mi marido porque no era inglés y, por lo tanto, puede haber creído todo lo que le contara mi prima acerca de él. Pero nada de ello es verdad, señor Poirot, le doy mi palabra de honor.

—Mamá..., ya he terminado la carta.

La señora Tanios se volvió con ligereza. Sonriendo afectuosamente tomó la carta que le tendía la niña.

—Está muy bien, nena; es muy bonita. ¡Ah!, y esto es un precioso dibujo de Mickey Mouse.

—¿Qué hago ahora, mamá?

—¿Quieres comprar una postal con una vista de Londres? Toma dinero. Sal al vestíbulo y dile al señor que está allí que te escoja una. Luego la puedes dirigir a Selim.

La chiquilla se fue. Recordé lo que había dicho Charles Arundell. La señora Tanios era, evidentemente, una madre muy cariñosa. Era también, como dijo él, algo parecida a una oca.

—¿Es ésta su única hija, madame?

—No; tengo también un hijo. Ha salido con su padre.

—¿Los llevaba a Littlegreen House cuando visitaba usted a su tía?

—Sí; algunas veces. Pero como comprenderá, mi tía tenia ya mucha edad y los niños la molestaban. Aunque era muy amable y siempre les envió regalos muy bonitos por Navidad.

—Por favor, ¿cuándo vio usted por última vez a la señorita Emily Arundell?

—Creo que fue diez días antes de su fallecimiento.

—Usted, su marido y sus dos primos estuvieron allí entonces, ¿no es verdad?

—¡Oh, no! Eso fue el fin de semana anterior... Por la Pascua.

—¿Y usted y su marido volvieron otra vez a la semana siguiente?

—Sí.

—¿Y la señorita Arundell disfrutaba entonces de buena salud?

—Sí; parecía estar mejor que de costumbre.

—¿No estaba enferma en cama?

—Había guardado cama por una caída que sufrió; pero cuando estuvimos allí por última vez, hacía de nuevo vida normal.

—¿Les dijo algo acerca de que había otorgado otro testamento?

—No; no nos dijo nada.

—¿Los trató de la misma forma que siempre?

Hubo una larga pausa, hasta que la señora Tanios dijo:

—Sí.

Estuve seguro en aquel momento de que tanto Poirot como yo teníamos la misma convicción. La señora Tanios estaba mintiendo.

Poirot esperó unos instantes y luego prosiguió:

—Quizá me exprese mal al preguntarle si la señorita Arundell los trató igual que siempre. Quería decir si la trató a usted, particularmente, como de costumbre.

La mujer respondió en seguida:

—¡Ah!; ya comprendo. Tía Emily fue muy amable conmigo. Me regaló un pequeño broche de perlas y diamantes y, además, dio diez chelines a cada uno de los chicos.

No había ya reserva en sus ademanes. Las palabras fluían como un torrente.

—Y respecto a su marido..., ¿no cambió la señorita Arundell su modo de ser con él?

La reserva se apoderó otra vez de nuestra interlocutora. Procuró rehuir la mirada de Poirot cuando contestó:

—No; desde luego que no... ¿Por qué había de hacerlo?

—Desde el momento en que usted ha sugerido que su prima Theresa debió tratar de envenenar los sentimientos de su tía...

—¡Lo hizo! ¡Estoy segura de que lo hizo! —la mujer se adelantó con anhelo—. Tiene usted razón. Algo cambió en mi tía. De pronto pareció no ser la misma. Se portó de una forma muy extraña. Mi marido le recomendó un compuesto digestivo especial y después de tomarse la molestia de recetarle, fue él mismo a la farmacia a recogerlo. Ella le dio las gracias por todo... de una manera algo seca y después vi yo misma cómo vaciaba en el lavabo el frasco de la medicina.

Su indignación era evidente.

Poirot parpadeó.

—Una conducta muy extraña —dijo mi amigo con voz deliberadamente calmosa.

—Creo que fue una gran ingratitud —añadió con calor la esposa del doctor Tanios.

—Dijo usted muy bien, que las señoras ancianas no se fían a menudo de los extranjeros —dijo Poirot—. Estoy seguro de que todas consideran a los médicos ingleses como los únicos del mundo. La insularidad cuenta mucho en esto.

—Sí, supongo que eso debe ser —replicó la mujer, ligeramente calmada.

—¿Cuándo regresa a Esmirna, madame?

—Dentro de pocas semanas. Mi marido... ¡Ah!, aquí vienen mi marido y Edward.

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