Capítulo XIX



Visitamos al señor Purvis

Poirot pidió la cuenta y abonó su importe.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunté.

—Lo que usted sugirió esta mañana. Iremos a Harchester y nos entrevistaremos con el señor Purvis. Por eso telefoneé desde el Durham Hotel.

—¿Habló con el señor Purvis?

—¡No!, con Theresa Arundell. Le rogué que me facilitara una carta de presentación para el abogado. Si queremos tener éxito debemos estar avalados por la familia. La chica me prometió que la enviaría a mi piso por un recadero. Debe estar allí, esperándonos.

Cuando llegamos encontramos no sólo la carta, sino a Charles Arundell que la había traído en persona.

—Tiene usted un piso muy bonito, señor Poirot —observó, mientras su vista recorría el saloncito.

En este momento me di cuenta de que uno de los cajones del escritorio no estaba bien cerrado. Una pequeña tira de papel impedía que se cerrara por completo.

Si había alguna cosa absolutamente increíble, era que Poirot cerrase un cajón de tal forma. Miré a Charles con detenimiento. Había permanecido solo en la habitación mientras nos esperaba. Estaba claro que había pasado el rato husmeando entre los papeles de Poirot. ¡Vaya sinvergüenza que estaba hecho el pollo! Me sentí enrojecer de indignación.

Charles, entretanto, mostraba el más jovial de los ánimos y resuelta decisión.

—Aquí la tiene —dijo, sacando una carta del bolsillo—. Todo conforme y correcto... Espero que tendrá más suerte que nosotros con el viejo Purvis.

—Según supongo, les dio muy pocas esperanzas.

—Fue algo descorazonador por completo... En su opinión, esa pájara de la Lawson tenía todos los triunfos.

—Usted y su hermana, ¿no han considerado la conveniencia de recurrir a los buenos sentimientos de esa señorita?

Charles hizo una mueca.

—Sí... ya la consideré. Pero parece que no hay nada que hacer. Mi elocuencia no sirvió de nada. El patético cuadro de la oveja negra descarriada, que desde luego, me esforcé en sugerir que no es tan negra como la pintan, no tuvo ningún éxito con esa mujer. Ya sabe usted que yo no le gusto en absoluto. No sé por qué —el joven rió—. Mujeres mucho más viejas se prendan de mí fácilmente. Creen que nunca se me ha comprendido y que jamás se me ha dado una ocasión para demostrar lo que valgo.

—Un punto, de vista muy provechoso.

—Fue provechoso en otras ocasiones. Pero, como le he dicho, con la Lawson es perder el tiempo. Me figuro que odia al género masculino. Probablemente, acostumbraba a subir a las farolas ondeando una bandera feminista en los buenos tiempos de la anteguerra.

—Bueno —dijo Poirot moviendo negativamente la cabeza—. Cuando fallan los métodos más simples...

—Debemos pensar en el crimen —terminó Charles con jovialidad.

—Eso es —comentó Poirot—. Y ahora que hablamos de crimen dígame, joven, ¿es cierto que amenazó a su tía diciéndole que la eliminaría o algo por el estilo?

Charles tomó asiento en una silla, estiró las piernas y miró fijamente a mi amigo.

—Oiga, ¿quién ha dicho eso?

—No importa quién, ¿es verdad?

—Pues algo hay de verdad en ello.

—Vamos, vamos; cuénteme lo que ocurrió en realidad; toda la verdad, quiero decir.

—¡No faltaba más, señor! No hubo nada melodramático en lo que pasó. Estuve intentando darle un sablazo... supongo que sabe a lo que me refiero.

—Lo entiendo perfectamente.

—Bueno; la cosa no salió con arreglo al plan previsto. Tía Emily insinuó que cualquier esfuerzo que se hiciera para separarla de su dinero sería completamente inútil. No crea que perdí el humor por ello; pero se lo advertí con claridad. «Oiga, tía Emily —le dije—. Sepa usted que con ese modo de hacer las cosas sólo conseguirá que la eliminen.» Ella me preguntó con desdén qué es lo que quería decir. «Sólo esto —le contesté—: Aquí tiene a sus amigos y parientes rodeándola con la boca abierta: todos están esperando. ¿Y qué hace usted? Se desentiende de ello y rehúsa repartir algo. Ése es el mejor motivo para que asesinen a cualquiera. Créame, si la eliminan, sólo usted tendrá la culpa.» Entonces me miró por encima de las gafas, como de costumbre. Su mirada fue casi despreciativa. «¡Oh! —dijo con voz bastante seca—. ¿Ésa es tu opinión del asunto?» «Ni más ni menos —contesté—. Afloje un poco los cordones de su bolsa; ése es mi consejo.» «Gracias, Charles —contestó ella—, por tu prudente consejo. Pero creo que llegarás a convencerte de que soy muy capaz de cuidar de mí misma.» «Como guste, tía Emily», repliqué. Entretanto, yo sonreía de la mejor forma que sabía y creo que ella no estaba tan enfadada como parecía. «No se diga luego que no la avisé», añadí. «Lo recordaré», respondió ella.

El muchacho hizo una pausa.

—Y eso es todo lo que hubo.

—Y por lo tanto —dijo Poirot—, se contentó usted con unos pocos billetes que encontró en un cajón.

Charles se quedó mirando a mi amigo y luego lanzó una risotada.

—Me descubro ante usted —dijo—. ¡Es usted un buen sabueso!, ¿Cómo se ha enterado de eso?

—Entonces, ¿es verdad?

—¡Oh, desde luego! Estaba sin un penique. Necesitaba conseguir dinero de alguna forma. Encontré un lindo montoncito dé billetes en un cajón y me quedé con unos pocos. Fui muy modesto... y no creí que mi pequeña sustracción fuera advertida por nadie. Probablemente entonces creerían que fueron los criados.

Poirot comentó con terquedad:

—Hubiera sido muy desagradable para la servidumbre si tal sospecha hubiera sido tomada en consideración.

Charles se encogió de hombros.

—Que cada cual se las arregle.

—Y que le diable cargue con el más tonto —dijo Poirot—. Ése es su lema, ¿verdad?

Charles le miró con curiosidad.

—No sé que la vieja hablara nunca de ello. ¿Cómo llegó usted a saberlo... y cómo se enteró de la conversación en que le hablé a mi tía de su posible eliminación?

—Me lo dijo la señorita Lawson.

—¡La vieja bruja!

Según pensé, el muchacho parecía estar aturdido.

—Nunca le gusté, ni tampoco aprecia a Theresa —dijo de pronto—. ¿No cree usted que... va a sacarse algo más de la manga?

—¿Por qué tendría que hacerlo?

—Pues no lo sé. Sólo sé que ella me consideraba como un diablo malísimo —hizo una pausa—. Aborrece a Theresa... —añadió.

—¿Sabe usted, señor Arundell, que el doctor Tanios visitó a su tía el domingo antes de que ésta muriera?

—¿Qué...? ¿El domingo en que nosotros estuvimos allí?

—Sí. ¿No lo vieron?

—No. Por la tarde salimos a dar un paseo. Supongo que entonces llegaría él. Es divertido que tía Emily no nos dijera nada acerca de esta visita. ¿Quién se lo contó a usted?

—La señorita Lawson.

—¿La Lawson otra vez? Parece ser una mina de noticias.

Calló durante un momento y luego prosiguió:

—Ya sabe usted que Tanios es un buen muchacho. Me gusta. Es un tipo siempre alegre y sonriente.

—Sí; tiene una personalidad muy atractiva —comentó Poirot.

Charles se levantó.

—Yo, en su lugar, hace años que hubiera asesinado a esa pesada de Bella. ¿No le ha causado la impresión de ser una de esas mujeres que el Destino ha señalado como víctimas? Le aseguro que no me sorprendería si se la encuentran descuartizada y en un baúl en Margate o en cualquier otro sitio.

—No es muy bonita la acción que quiere usted atribuir al esposo de esa señora —dijo Poirot severamente.

—No —contestó Charles meditabundo—. Y no creo, en realidad, que Tanios sea capaz de matar una mosca. Es demasiado bonachón.

—¿Y respecto a usted? ¿Sería usted capaz de cometer un asesinato si valiera la pena?

Charles soltó una risa franca y abierta.

—De modo que piensa en cosas feas, ¿eh, señor Poirot?

Nada de eso. Le puedo asegurar que no fui yo quien puso... —se detuvo de repente y luego continuó—: estricnina en la sopa de tía Emily.

Hizo un negligente ademán con la mano y se marchó.

—¿Está usted tratando de asustarlo, Poirot? —pregunté—. Si es así, me temo que no ha tenido éxito. No demostró ninguna reacción culpable.

—¿No?

—No. Parecía estar completamente tranquilo.

—Ha sido curiosa la pausa que ha hecho —dijo Hércules Poirot.

—¿Una pausa?

—Sí; antes de la palabra «estricnina». Como si hubiera querido decir otra cosa y se hubiera arrepentido.

Me encogí de hombros.

—Con seguridad estaba pensando en un veneno cuyo nombre sonara lo más ponzoñoso posible.

—Puede ser. Pero dejemos esto. Me figuro que tendremos que pasar la noche en «The George», de Market Basing.

Diez minutos después estábamos corriendo a través de Londres y nos dirigíamos otra vez hacia el campo.

Llegamos a Harchester alrededor de las cuatro de la tarde y nos encaminamos directamente a las oficinas de Purvis, Purvis, Charlesworth y Purvis.

El señor Purvis era un hombre alto y robusto, de cabello blanco y cutis sonrosado. Tenía cierto aspecto de caballero rústico. Sus maneras eran corteses, pero reservadas. Leyó la carta que le entregó Poirot y luego nos miró desde el otro lado de la mesa escritorio. Fue una mirada astuta y penetrante.

—Le conozco a usted de nombre, desde luego, señor Poirot —dijo con cortesía—. La señorita Arundell y su hermano, por lo que veo, han contratado sus servicios en este asunto. Pero no comprendo en qué medida se propone servirlos.

—Digamos, señor Purvis, que es una investigación completa de todas las circunstancias que ocurrieron en el caso.

El abogado replicó en tono seco:

—La señorita Arundell y su hermano ya conocen mi opinión, desde el punto de vista legal Las circunstancias fueron perfectamente claras y no se prestaban a tergiversación.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Poirot con rapidez—. Pero estoy seguro de que usted no tendrá ningún inconveniente en dármelas a conocer a mí, con el fin de que yo pueda hacerme cargo claramente de la situación.

El abogado inclinó la cabeza.

—Estoy a su disposición.

Poirot empezó:

—La señorita Emily Arundell le escribió, con fecha diecisiete de abril, dándole instrucciones, ¿no es eso?

El señor Purvis consultó algunos papeles que tenía sobre la mesa.

—Sí; eso es.

—¿Puede explicarme qué le decía en su carta?

—Me rogaba que extendiera un testamento. En resumen, debía contener legados para las dos sirvientas y tres o cuatro para obras de caridad. El resto de su fortuna lo dejaba a Wilhelmina Lawson por completo.

—Le ruego que me perdone, señor Purvis; ¿se sorprendió usted?

—Sí; lo admito... me sorprendí.

—¿Tenía hecho la señorita Arundell un testamento anterior?

—Sí; otorgó uno hace cinco años.

—En ese testamento, aparte de ciertos legados, dejaba su fortuna a su sobrino y sobrinas, ¿verdad?

—La masa de sus propiedades debía ser repartida por partes iguales entre los hijos de su hermano Thomas y la hija de Arabella Biggs, su hermana.

—¿Qué hizo de ese testamento?

—A ruegos de la señorita Arundell lo llevé conmigo cuando fui a visitar Littlegreen House el día veintiuno de abril.

—Le quedaría muy reconocido, señor Purvis, si me facilitara una completa descripción de todo lo que ocurrió ese día.

El abogado reflexionó durante unos instantes. Después dijo, en tono preciso:

—Llegué a Littlegreen House a las tres de la tarde. Me acompañaba uno de mis pasantes. La señorita Arundell me recibió en el salón.

—¿Qué aspecto tenía la señorita Arundell?

—Parecía disfrutar de buena salud, a pesar de que para andar se apoyaba en un bastón. Ello era debido, según tengo entendido, a una caída que había sufrido hacía poco. Su salud, como ya le he dicho, parecía buena. Me chocó algo que estuviera como excitada y que sus ademanes fueran un tanto bruscos.

—¿Estaba la señorita Lawson con ella?

—Cuando llegamos, sí. Pero nos dejó solos en seguida.

—Y luego, ¿qué pasó?

—La señorita Arundell me preguntó si había hecho lo que me había pedido y si había traído conmigo el testamento listo ya para que ella lo firmara. Le dije que sí. Yo... ejem... —titubeó un momento y, después continuó con rigidez—. Debo aclarar que, en la medida que podía hacerlo, expuse mis objeciones a la señorita Arundell. Le indiqué que dicho testamento sería considerado como una gran ingratitud e injusticia para su familia, la cual, al fin y al cabo, llevaba su propia sangre.

—¿Y qué contestó ella?

—Me preguntó si el dinero era o no suyo para poder hacer con él lo que quisiera. Le repliqué que, en realidad, así era. «Entonces, está bien», dijo. Le recordé que hacía muy poco tiempo que conocía a la señorita Lawson y le pregunté si estaba segura, por completo, de que la injusticia que estaba haciendo a su familia tenía justificación. Su respuesta fue: «Estimado amigo, sé perfectamente lo que estoy haciendo.»

—¿Dijo usted que parecía algo excitada?

—Concretamente, puedo decirle que sí lo estaba; pero compréndame, señor Poirot, gozaba de todas sus facultades. Disfrutaba, en toda la extensión de la palabra, de la suficiente competencia para ocuparse de sus asuntos. Aunque mis simpatías están por completo de parte de la familia de la señorita Arundell, estoy obligado a mantener lo que he dicho ante cualquier tribunal.

—En eso estamos completamente de acuerdo. Prosiga, se lo ruego.

—La señorita Arundell leyó de arriba abajo el testamento primitivo. Luego extendió la mano y cogió el que me había ordenado redactar. Confieso que hubiera preferido presentar primero un borrador; pero ella insistió en que llevara el documento dispuesto ya para la firma. Eso no ofrecía ninguna dificultad, pues las disposiciones eran muy sencillas. Lo leyó enteramente; asintió con la cabeza y dijo que deseaba firmarlo en seguida. Creí que mi deber era formular una última protesta. Me escuchó con mucha paciencia, pero me dijo que ya tenía hecho el ánimo. Llamé a mi pasante y entre él y el jardinero testimoniaron la firma del documento. Las sirvientas, como es natural, no podían servir para ello a causa de que eran beneficiarias del testamento.

—¿Y después le confió a usted el documento para que lo guardara?

—No; lo puso en un cajón de su escritorio y lo cerró con llave.

—¿Qué hizo con el testamento anterior? ¿Lo destruyó?

—No; lo encerró junto con el otro.

—¿Dónde encontraron dicho testamento después de fallecer la señorita Arundell?

—En el mismo cajón. Como albacea, yo tenía las llaves e hice una investigación entre los papeles y documentos.

—¿Estaban ambos testamentos en el cajón?

—Sí, exactamente como ella los dejó.

—¿Le formuló usted a la señorita Arundell alguna pregunta sobre determinación tan sorprendente?

—Sí, pero no obtuve respuesta satisfactoria. Se limitó a asegurarme que «sabía lo que estaba haciendo».

—No obstante, ¿se sorprendió usted de tal proceder?.

—Mucho. La señorita Arundell había demostrado siempre tener un gran respeto a los vínculos familiares.

Poirot calló durante un minuto y luego preguntó:

—Supongo que no sostendría usted ninguna conversación acerca de este asunto con la señorita Lawson.

—Claro que no. Tal manera de obrar hubiera sido improcedente en alto grado.

El señor Purvis parecía escandalizado ante tal suposición.

—¿Dio a entender la señorita Arundell que su señora de compañía sabía algo acerca del testamento que otorgó a su favor?

—Al contrario. Le pregunté si la señorita Lawson sospechaba algo de ello y se apresuró a contestar que no podía sospechar nada. Era aconsejable, según opiné, que la señorita Lawson no supiera nada de lo que había ocurrido. Me esforcé en indicárselo y la señorita Arundell parecía ser de mi opinión.

—¿Por qué insistió usted sobre este punto, señor Purvis?

El abogado lo miró con dignidad.

—Tales cosas, según mi modo de ver, no deben divulgarse. Pueden, muy bien, conducir a futuros disgustos.

—¡Ah! —Poirot lanzó un profundo suspiro—. Por lo que ha dicho antes deduzco que, probablemente, la señorita Arundell hubiera cambiado de pensamiento más adelante.

El abogado afirmó.

—Eso es. Supuse que había tenido un violento altercado con su familia. Con seguridad, cuando recapacitase se arrepentiría de una acción tan irreflexiva.

—En cuyo caso... ¿qué habría hecho?

—Me hubiera dado orden de preparar otro testamento.

—¿Podría adoptar el simple procedimiento de destruir el último que había hecho y, en tal caso, el anterior hubiera sido válido?

—Ese es un punto discutible. Todos los testamentos anteriores, como comprenderá, habían sido expresamente revocados por el testador.

—Pero la señorita Arundell no tenía los suficientes conocimientos legales para apreciar ese punto. Pudo figurarse que rompiendo el último testamento seguía teniendo validez el primero.

—Es muy posible.

—De hecho, si hubiera muerto «ab intestato», el dinero habría sido heredado por los componentes de la familia, ¿no es cierto?

—Sí. La mitad para la señora Tanios y la otra dividida entre Charles y Theresa Arundell. Sin embargo, subsiste el hecho de que no cambió el pensamiento. Murió sin modificar su decisión.

—Pues ahí es donde voy a parar —dijo Hércules Poirot.

El abogado lo miró inquisitivamente.

Mi amigo se inclinó hacia delante.

—Supongamos —dijo— que la señorita Arundell, en su lecho de muerte, deseara destruir el último testamento. Supongamos que creyó haberlo roto... pero que, en realidad, había destruido el primitivo.

El señor Purvis hizo un ademán negativo.

—No; ambos testamentos estaban intactos.

—Entonces, supongamos que rompió un documento falso, con la certeza de que destruía el verdadero. Estaba muy enferma, recuérdelo. Pudo ser muy fácil engañarla.

—Tendrá usted que demostrar eso con pruebas.

—Oh, sin duda... sin duda.

—¿Puedo preguntar... si hay alguna razón para creer que sucedió una cosa así?

Poirot se recostó un poco en la silla.

—-No me gustaría decir por ahora...

—Claro, claro —asintió el señor Purvis, poniéndose de acuerdo con mi amigo mediante el uso de esta palabra que parecía serle familiar.

—Pero debo confesar, en estricta confianza, que hay algunas circunstancias muy curiosas en este caso.

—¿De veras? ¿Puede usted decírmelas?

El señor Purvis juntó las manos con una especie de anticipada satisfacción.

—Lo que necesitaba de usted y lo que he conseguido —continuó Poirot— es su opinión sobre si la señorita Arundell, tarde o temprano, hubiera cambiado de parecer, compadeciéndose de su familia.

—Eso es sólo mi punto de vista personal, desde luego —indicó el abogado.

—Mi apreciado señor, lo comprendo perfectamente. Supongo que no representará usted a la señorita Lawson.

—Le aconsejé que consultara a otro abogado —dijo el señor Purvis.

Al decir esto, la voz del señor Purvis era ruda.

Poirot le estrechó la mano y le dio las gracias por su amabilidad y por la información que nos había proporcionado.

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