Capítulo 6

El aparcamiento del Poacher estaba vacío igual que anteriormente, pero ahora eran las tres de la tarde, había pasado la hora de comer y la puerta estaba cerrada. Roz golpeó la ventana y, al no recibir respuesta, dio la vuelta hacia el callejón de la parte trasera, donde debía estar la puerta de la cocina. Permanecía abierta y se oía a alguien cantar en el interior.

– Buenas -dijo ella-. ¡Sargento Hawksley! -Roz cogió la puerta para abrirla algo más y por poco no pierde el equilibrio cuando se la arrancaron de las manos-. ¡Lo hizo a propósito! -dijo ella bruscamente-. Podía haberme roto el brazo.

– Por el amor de Dios, chica -respondió él, hastiado-. ¿Alguna vez abrirá la boca para algo que no sea refunfuñar? Estoy empezando a pensar que cometí una injusticia con mi ex mujer. -Cruzó los brazos, aguantando con una de las manos una rodaja de pescado-. ¿Y ahora qué quiere?

Tenía la virtud de desconcertarla. Tragó quina y no respondió de manera airada.

– Lo siento -dijo-. Es que he estado a punto de caer. Oiga, ¿está muy ocupado o puedo pasar un momento para hablar con usted? -Roz observó la cara de Hawksley para comprobar si localizaba en ella más heridas, pero comprobó que seguía con las que ella ya conocía.

– Estoy ocupado.

– ¿Qué tal si paso dentro de una hora? ¿Podremos hablar entonces?

– Puede que sí.

Ella le dirigió una sonrisa triste.

– Lo intentaré a las cuatro.

Hawksley la observó irse por el callejón.

– ¿Qué hará en esta hora? -le dijo a gritos.

Roz se dio la vuelta.

– Me imagino que quedarme en el coche. Tengo unas notas que revisar.

Él agitó la rodaja de pescado.

– Estoy preparando un steak au poivre con verduras al vapor y patatas fritas con mantequilla.

– ¡Qué bien! -dijo ella.

– Hay suficiente para dos.

– ¿Qué es esto? ¿Una invitación o una refinada forma de tortura? -Roz sonrió.

– Una invitación.

Roz se acercó lentamente a la puerta.

– La verdad es que estoy hambrienta.

Una leve sonrisa iluminó el rostro de Hawksley.

– Qué, ¿qué me cuenta? -La acompañó hasta la cocina y le ofreció una silla. La observó con expresión crítica mientras encendía el fuego bajo unos cazos-. Por su aspecto, se diría que no ha probado una comida como Dios manda hace días.

– Y es cierto. -Recordó lo que le había dicho el joven policía-. ¿Es buen cocinero?

Hawksley le dio la espalda sin responder y ella se arrepintió de haber formulado la pregunta. Hablar con él era casi tan violento como hablar con Olive. Por lo que parecía, no podía abrir la boca sin pisar algún callo. Exceptuando un ligero gesto de agradecimiento cuando él le sirvió una copa de vino, Roz permaneció unos cinco minutos sentada en un silencio incómodo, preguntándose cómo iniciar la conversación. Dudaba mucho de que a él le pareciera bien su proyecto de libro sobre Olive.

Hawksley colocó los filetes en unos platos calentados de antemano, los adornó con patatas fritas, capuchinos al vapor y pequeñas zanahorias, y les echó encima la salsa de la sartén.

– Aquí tiene -dijo, acercándole uno de los platos, al parecer inconsciente de la incomodidad de ella-, esto pondrá un poco de color en sus mejillas. -Se sentó y atacó su plato-. Vamos, chica, ¿qué espera?

– Un cuchillo y un tenedor.

– ¡Ah! -Hawksley abrió un cajón de la mesa y sacó unos cubiertos-. Y ahora, manos a la obra y chitón mientras come. La comida es algo que vale la pena disfrutar.

A Roz no le hicieron falta más advertencias y se dedicó a ello con buena disposición.

– Fabuloso -dijo por fin, apartando el plato vacío con un suspiro de satisfacción-. Absolutamente fabuloso.

Él arqueó una ceja con gesto irónico.

– ¿Cuál es el veredicto? ¿Soy o no soy buen cocinero?

Ella rió.

– Es buen cocinero. ¿Puedo hacerle una pregunta?

Hawksley le llenó la copa, ya vacía.

– Si no hay más remedio…

– De no haber aparecido yo, ¿se habría comido todo esto usted solo?

– Tal vez me habría conformado con uno solo. -Permaneció un momento en silencio-. Claro que tal vez, no. Nadie ha reservado mesa para esta noche y estas cosas no pueden guardarse. Puede que me los hubiera comido los dos.

Ella notó un deje de amargura en su tono.

– ¿Aguantará mucho más tiempo con el restaurante abierto, sin clientes? -preguntó Roz, algo incauta.

Hawksley ignoró la pregunta.

– Dijo que quería hablar conmigo -le recordó-. ¿De qué?

Ella asintió con la cabeza. Al parecer, ninguno de los dos deseaba herir al otro.

– Sobre Olive Martin -le dijo-. Estoy escribiendo un libro sobre ella. Creo que usted intervino en su detención.

Hawksley no respondió inmediatamente, antes bien permaneció contemplándola por encima del borde de la copa de vino.

– ¿Por qué Olive Martin?

– Me interesa bastante. -Era imposible calibrar la reacción del hombre.

– Claro -dijo él con un gesto de indiferencia-. Hizo algo totalmente horrible. No sería una persona normal si no sintiera interés por ella. ¿La conoce?

Roz asintió.

– ¿Y?.

– Me cae bien.

– Tan sólo porque usted es ingenua. -Hawksley extendió aquellos largos brazos hacia el techo, haciendo chasquear las articulaciones de los hombros-. Se ha armado de valor para escarbar en una cloaca con la esperanza de sacar de allí un monstruo y sorprendentemente ha obtenido algo relativamente agradable. Olive no es una excepción. La mayoría de criminales resultan agradables en general. Puede preguntárselo a cualquier funcionario de prisiones. Ellos saben mejor que nadie que el sistema penal confía casi por completo en la buena disposición de los presos. -Empequeñeció los ojos-. Pero Olive mató a hachazos a dos mujeres totalmente inocentes. El que ahora se le presente a usted con rostro humano no vuelve menos horripilante lo que hizo.

– ¿Acaso he dicho tal cosa?

– Está escribiendo un libro sobre ella. Por más que usted la condenara, continuaría siendo algo así como una celebridad.- Se inclinó hacia delante; su tono era poco amistoso-. Pero ¿qué me dice de su madre y de su hermana? ¿Dónde está la justicia para ellas si se otorga la emoción y el prestigio de salir en los libros?

Roz bajó la mirada.

– Me preocupa -admitió-. No, no es cierto. -Alzó la vista-. Me preocupaba. Ahora estoy algo más segura de adónde me dirijo. Pero comprendo su punto de vista sobre las víctimas. Es demasiado fácil centrarse en Olive. Ella está viva y las otras, muertas. Y es difícil recrear la muerte. Hay que confiar en lo que le digan los demás, y de la misma forma que no siempre fueron exactas sus opiniones, tampoco lo son en la actualidad sus recuerdos. -Roz suspiró-. Sigo teniendo mis reservas, no tengo por qué fingir que no las tengo, pero necesito comprender lo que sucedió aquel día antes de tomar una decisión. -Pasó el dedo por el borde de su copa-. Puedo ser ingenua, pero se me tiene que convencer de que esto es malo. Yo podría replicar, con bastante justificación, que cualquiera que escarbe normalmente en las cloacas puede acabar amargado.

– ¿Cómo debo interpretar esto? -Hawksley se divertía.

Ella le miró de nuevo.

– Que lo que hizo Olive le choca pero no le sorprende. Ha conocido u oído hablar de otras personas que hicieron cosas parecidas.

– ¿Y qué?

– Pues que usted nunca se ha parado a pensar por qué lo hizo ella. Mientras que yo, como soy ingenua -aguantó la mirada de él-, estoy sorprendida y a la vez me intriga, y también quiero saber el porqué.

Hawksley frunció el ceño.

– Todo consta en su declaración. Ahora mismo no recuerdo todos los detalles, pero creo que le supo muy mal que no le prepararan una fiesta de cumpleaños y luego explotó cuando su madre se enfadó con ella porque quería convencer a su hermana de que llamara al trabajo diciendo que estaba enferma. La violencia en el hogar hace erupción por las cosas más insignificantes. Las razones de Olive eran algo más sólidas que algunas de las que he conocido.

Roz se inclinó para abrir la cartera.

– Aquí tengo una copia de su declaración -dijo, y se la dio; luego esperó a que él la leyera.

– No veo qué problema tiene con ella -dijo por fin Hawksley-. Olive deja clarísimo el motivo por el que lo hizo. Se enojó, las golpeó y luego no supo qué hacer con los cadáveres.

– Estoy de acuerdo en que esto es lo que ella dice, pero esto no significa que sea cierto. En esta declaración hay como mínimo una mentira flagrante, por no decir dos. -Golpeó la mesa con el lápiz-. En el primer párrafo dice que su relación con su madre y su hermana nunca había sido estrecha, y esto lo contradicen todos los que han hablado conmigo. Todo el mundo afirma que quería mucho a Amber.

Hawksley frunció de nuevo el ceño, mirándola fijamente.

– ¿Cuál es la otra mentira?

Roz cogió el lápiz y subrayó varias veces uno de los párrafos de en medio.

– Ella dice que puso un espejo delante de los labios de ellas para comprobar si se empañaba. Según ella, esto no sucedió y por ello se dispuso a descuartizar los cadáveres. -Pasó algunas páginas-. En cambio aquí, según el forense, la señora Martin peleó para defenderse antes de que le cortaran el cuello. Olive no lo menciona en su declaración.

Hawksley agitó la cabeza.

– Esto no tiene puñetera importancia. O bien decidió dar un poco de color al tema impulsada por una vergüenza tardía, o bien la conmoción hizo que se le nublaran en la memoria los puntos menos aceptables.

– ¿Y la mentira sobre no llevarse bien con Amber? ¿Cómo la explica?

– ¿Tengo necesidad de hacerlo? La confesión fue completamente voluntaria. Incluso le dijimos que esperara hasta que llegara su abogado para evitar la más mínima presión policial. -Acabó su vino-. No intentará discutir que una mujer inocente podría confesar un crimen como éste.

– Ha sucedido en otras ocasiones.

– Sólo cuando ha habido por en medio días enteros de interrogatorios policiales, y luego, en el momento del juicio, se declaran inocentes y niegan lo que afirmaron en la declaración. Con Olive no ocurrió ni lo uno ni lo otro. -Parecía que el tema le entretenía-. Puede creerme, se sentía tan aliviada de quitarse aquel peso de encima que su confesión salió a borbotones.

– ¿Cómo? ¿La hizo en forma de monólogo o usted tuvo que formularle alguna pregunta?

Hawksley juntó las manos por detrás de la nuca.

– Al menos que haya cambiado mucho, me imagino que a estas alturas usted misma habrá descubierto que Olive no es propensa a facilitar la información. -Ladeó la cabeza con aire inquisitivo-. Tuvimos que formularle algunas preguntas, pero respondió a ellas prontamente. -Hawksley parecía reflexionar-. Casi todo el rato permaneció sentada, mirándonos como si intentara grabar nuestros rostros en su memoria. Sinceramente, me da terror pensar que pueda salir y hacerme a mí lo que hizo a su familia.

– Hace cinco minutos la describió como alguien relativamente agradable.

Él se frotó la mandíbula.

– Relativamente agradable por lo que se refiere a usted -le corrigió-. Porque usted esperaba algo inhumano, y justamente por esto le resulta difícil ser objetiva.

Roz se negaba a que la llevaran de nuevo a aquel callejón sin salida. Sacó la grabadora de la cartera y la puso encima de la mesa.

– ¿Puedo grabar esta conversación?

– Aún no he aceptado hablar con usted. -Se levantó de pronto y puso agua a hervir-. Sería mejor -dijo después de un momento- que llamara al sargento Wyatt. Estaba allí cuando Olive declaró, y sigue en el cuerpo. ¿Café?

– Sí -Roz observó que escogía Arábica y lo colocaba en la cafetera-. Preferiría hablar con usted -dijo tranquilamente-. Todo el mundo sabe lo difícil que es localizar a un policía. Tardaría siglos en conseguir la entrevista. No voy a citarle, su nombre no saldrá en ningún sitio, si así me lo indica, y podrá leer el original antes de que pase a imprenta. -Soltó una pequeña carcajada-. Suponiendo que llegue hasta esa fase. Lo que usted me diga puede convencerme de no escribirlo.

Hawksley la miró, rascándose con aire distraído el pecho a través de la camisa, y luego tomó una decisión.

– De acuerdo. Le diré todo lo que recuerdo pero tendrá que comprobar cada uno de los detalles. Ha pasado mucho tiempo y no puedo fiarme totalmente de mi memoria. ¿Por dónde quiere que empiece?

– Con la llamada telefónica a la policía.

Hawksley esperó que hirviera el agua, la echó sobre el café y colocó la cafetera sobre la mesa.

– No fue una llamada 999. Buscó el número en la guía y llamó al departamento. -Movió la cabeza, recordando-. Todo empezó como una farsa, pues el sargento que estaba de servicio consideraba que aquello no tenía ni pies ni cabeza.


Estaba ya dispuesto a acabar el turno cuando apareció el sargento, que se hallaba en el mostrador con un papel en el que había una dirección.

– Hágame un favor, Hal, de camino a su casa, compruebe esto. Está en Leven Road. Casi no tendrá que desviarse. Una loca ha estado berreando por teléfono sobre no sé qué historia de unas patas de pollo en el suelo de su cocina. -Hizo una mueca-. Será una vegetariana. Aquí el que entiende del tema de los fogones es usted. ¿Pasará a echar un vistazo?

Hawksley le dirigió una mirada suspicaz.

– ¿Es una provocación?

– No. ¡Palabra de scoutt! -exclamó el sargento con una risita-. La pobre estará mal de la cabeza. Nos tienen rodeados desde que el gobierno los echó a todos a la calle. Limítese a hacer lo que ella le diga, de lo contrario seguirá llamando toda la noche. Total serán cinco minutos.

Olive Martin, con los ojos enrojecidos de haber estado llorando, le abrió la puerta. El olor corporal era insoportable; la joven encogía aquellos voluminosos hombros presa de una desesperación que la hacía aún más repulsiva. La holgada camiseta y los pantalones que llevaba puestos estaban tan manchados de sangre que apenas se distinguía lo uno de lo otro; los ojos de Hawksley apenas vieron más que eso. ¿En qué podían fijarse si no? No sospechó la horrible escena que le aguardaba.

– Soy el sargento Hawksley -dijo con una sonrisa alentadora, mostrándole la placa-. Usted ha llamado a la comisaría.

Dio un paso hacia atrás aguantando la puerta abierta.

– Están en la cocina. -Señaló hacia el pasillo-. En el suelo.

– De acuerdo. Vamos a verlo. ¿Cómo se llama usted?

– Olive.

– Muy bien, Olive, usted primero. Vamos a ver qué es lo que le inquieta.

¿Habría sido mejor estar al corriente de lo que encontraría? Probablemente no. Tiempo después, en muchas ocasiones, pensó que, de haber sabido que tendría que meter los pies en un matadero humano, no habría dado el paso. Contempló horrorizado los cadáveres troceados, el hacha, la sangre que corría a ríos por el suelo, y su conmoción fue tan descomunal que el puño de acero que le oprimía el diafragma y le sujetaba el aire de los pulmones apenas le dejaba respirar. La cocina apestaba a sangre. Se apoyó en la jamba de la puerta y aspiró desesperadamente aquel aire enrarecido y repugnante antes de darse la vuelta, coger el pasillo y lanzarse, conteniendo la náusea, hacia el pequeño jardín delantero.

Olive se sentó en uno de los escalones, mirándole; aquel rostro redondo como la luna estaba tan pálido como el suyo.

– Tenía que haber traído a un compañero -le dijo como compadeciéndole-. Si hubieran sido dos, la cosa no sería tan terrible.

Hawksley, con un pañuelo frente a los labios, cogió la radio para reclamar ayuda. Mientras hablaba, iba observando con cautela a la muchacha fijándose en la sangre que cubría toda la ropa que llevaba. La náusea casi le ahogaba. ¡Señor, Señor! ¿Qué grado de locura era aquél? ¿El suficiente como para coger el hacha contra él?

– ¡Por el amor de Dios, rápido! -gritó por el auricular-. Es un caso urgente.

Permaneció fuera, pues estaba demasiado asustado para entrar. Ella le miraba impasible.

– No voy a hacerle daño. No tiene nada que temer.

Hawksley se secó la frente.

– ¿Quiénes son, Olive?

– Mi madre y mi hermana. -Se cubrió los ojos con las manos-. Tuvimos una pelea.

Él tenía la boca seca por la conmoción y el terror.

– Mejor no hablemos de ello -dijo.

Las lágrimas descendían por aquellas gordas mejillas.

– No tenía intención de que sucediera. Tuvimos una pelea. Mi madre se enfadó mucho conmigo. ¿Quiere que haga la declaración ahora?

Él negó con la cabeza.

– No hay prisa.

Olive siguió mirándole sin parpadear; sus lágrimas se iban secando y formaban unos sucios canalillos en su rostro.

– ¿Podría llevárselos de aquí antes de que llegue mi padre? -preguntó por fin-. Creo que sería mejor.

La bilis ascendió por la garganta de Hawksley.

– ¿A qué hora suele volver?

– Sale a las tres del trabajo. Hace media jornada.

Hal, con un gesto mecánico, miró el reloj. Tenía la mente entumecida.

– Faltan veinte minutos.

Olive estaba bastante sosegada.

– Pues quizá podrían mandar allí a un policía para que le explique lo que ha sucedido. Sería lo mejor -dijo de nuevo. Oyeron el sonido de unas sirenas que se acercaban-. Por favor -dijo insistiendo.

Él asintió.

– Ya lo arreglaremos. ¿Dónde trabaja?

– En Transportes Carters. En el puerto.

Estaba transmitiendo el mensaje cuando dos coches, con las sirenas funcionando, doblaron la esquina y aparcaron frente al número veintidós. Se abrieron una serie de puertas en toda la calle y un montón de rostros curiosos asomaron por ellas. Hal desconectó la radio y la miró.

– Ya está arreglado -dijo-. No se preocupe por su padre.

Una lagrimota resbaló por aquella cara tan sucia.

– ¿Preparo té?

Hal pensó en la cocina.

– Será mejor que no.

Las sirenas enmudecieron cuando los policías saltaron de los coches.

– Me sabe mal crearle tantos problemas -dijo Olive rompiendo el silencio.

A partir de aquel momento, Olive habló muy poco, pero ello se debió, pensaba más tarde Hal, a que nadie se dirigió a ella. La llevaron a la sala de estar, vigilada por una agente atónita, y allí permaneció, inmóvil, con aire bovino, observando las idas y venidas de la puerta, que permaneció abierta. Suponiendo que se diera cuenta del terror que crecía por momentos a su alrededor, no lo demostró. Tampoco dio muestras, a medida que fue pasando el tiempo y se fue borrando de su cara cualquier señal de emoción, de dolor o arrepentimiento por lo que había hecho. Ante aquella indiferencia tan total, la impresión general fue la de que estaba loca.


– Pero, ante usted, lloró -le interrumpió Roz-. ¿Usted pensó que estaba loca?

– Pasé dos horas en aquella cocina con el forense, intentando establecer el orden de los acontecimientos a partir de las manchas de sangre en el suelo, en la mesa y en los muebles de la cocina. Y luego, en cuanto se hubieron tomado las fotografías pertinentes, nos dedicamos al espantoso rompecabezas de decidir cómo encajaban los trozos en cada uno de los cuerpos. Por supuesto que pensé que estaba loca. Una persona normal no podía haber hecho aquello.

Roz iba mordiendo su lápiz.

– Es mucho decir. Lo que usted está diciendo en realidad es que la acción era una locura. Y yo le he preguntado, por la experiencia que tuvo con ella, si creyó que Olive estaba loca.

– Y esto es hilar muy fino. Yo considero que ambas cosas van estrechamente ligadas. Pues sí, pensé que Olive estaba loca. Justamente por esto insistimos tanto en que tuviera a su abogado en el momento de hacer la declaración. La sola idea de inclinarnos por los detalles técnicos y pensar que podía pasar un año en un hospital psiquiátrico, tras el cual cualquier imbécil de psiquiatra decidiera que respondía lo suficiente al tratamiento y la soltara, nos ponía la carne de gallina.

– ¿Así que le sorprendió que cuando la juzgaron se declarara culpable?

– Sí -admitió él-. Me sorprendió.


Hacia las seis de la tarde, centraron la atención en Olive. Empezaron limpiándole con sumo cuidado las manchas de sangre seca que tenía en los brazos y restregaron una a una sus uñas antes de llevarla arriba a que se bañara y se cambiara la ropa. Todas las piezas que había llevado encima fueron colocadas en bolsas de plástico y guardadas en la furgoneta policial. Uno de los inspectores condujo a Hal hacia un rincón.

– Por lo que parece, ya ha admitido que lo hizo ella.

Hal asintió.

– Más o menos.


Roz le interrumpió de nuevo.

– Yo más bien diría menos. Si es cierto lo que ha dicho antes, Olive no admitió nada. Ella dijo que tuvieron una pelea, que su madre se enfadó y que ella no tenía intención de que sucediera. No dijo que las había matado.

– Se lo acepto. Pero una cosa tenía que ver con la otra, por ello le dije que lo dejáramos. No quería que luego dijera que no se la había advertido. -Tomó un sorbo de café-. Por la misma razón, no negó que las hubiera matado, que es lo primero que hubiera hecho una persona inocente, sobre todo teniendo en cuenta la sangre que llevaba encima.

– La cuestión es que usted decidió que era culpable antes de corroborarlo.

– Evidentemente era nuestro principal sospechoso -respondió él secamente.


El inspector ordenó a Hal que llevara a Olive a la comisaría.

– Pero no permita que diga nada antes de que aparezca un abogado. Vamos a hacerlo todo como Dios manda. ¿De acuerdo?

Hal asintió de nuevo.

– Hay un padre. Probablemente ya ha ido para allá. He mandado un coche a que le recogiera del trabajo, pero no sé qué le habrán contado.

– Pues será cuestión de que lo descubra y, por el amor de Dios, sargento, caso de que no esté al corriente, plantéeselo con calma porque a este pobre desgraciado le va a dar un ataque al corazón. Pregúntele si tienen abogado y si le parece bien que éste represente a su hija.

Cuando sacaron a Olive del coche, le cubrieron la cabeza con una manta. Una muchedumbre se había juntado allí atraída por los rumores de un espantoso crimen y los cámaras se abrían paso a empujones para obtener una instantánea. La abuchearon en cuanto apareció y una mujer soltó una carcajada.

– ¿De qué sirve una manta, muchachos? Os haría falta una tienda de campaña gigante para tapar a esta foca. Reconocería estas piernas en cualquier sitio. ¿Qué has hecho, Olive?


Roz volvió a interrumpirle cuando Hal pasó a la entrevista que tuvo con Robert Martin en la comisaría.

– Un momento. ¿Dijo algo en el coche?

Hal reflexionó un momento.

– Me preguntó si me gustaba su vestido. Le dije que sí.

– ¿Se lo dijo por cortesía?

– No. Evidentemente era un cambio en comparación con la camiseta y los pantalones.

– ¿Porque los llevaba manchados de sangre?

– Tal vez. No -se contradijo y se rascó la cabeza-, porque el vestido le daba un poco de forma, supongo, le daba un aspecto más femenino. ¿Qué importancia tiene?

Roz ignoró el comentario.

– ¿Dijo algo más?

– Creo que dijo algo así como: «Ah, vale, es el que más me gusta a mí».

– Pero en su declaración, dijo que iba a Londres. ¿Por qué no llevaba el vestido cuando cometió los asesinatos?

Él pareció desconcertado.

– Será porque pensaba ir a Londres en pantalones.

– No -dijo Roz con tozudez-, si aquél era el vestido que más le gustaba, tenía que ser el que se habría puesto para ir a la ciudad. Londres era el regalo de cumpleaños que se hacía a sí mis-ma. Probablemente soñaba con encontrar a su príncipe azul en la estación de Waterloo. Ni se le habría ocurrido ponerse otra cosa. Esto solamente lo entendemos las mujeres.

A Hawksley aquello le entretenía.

– Si cada día veo cientos de chicas vestidas con pantalones de estos holgados y camisetas grandísimas… Sobre todo las gordas. A mí me parecen grotescas, pero parece que a ellas les gustan. Debe ser como una especie de afirmación frente al tipo de estética dominante. ¿Por qué tendría que ser distinta Olive?

– Porque ella no era de las rebeldes. Vivía en casa, bajo el dominio de la madre, aceptó el trabajo que quería su madre, y al parecer estaba tan poco acostumbrada a salir sola que tuvo que pedir a su hermana que la acompañara. -Tamborileó con aire impaciente en la mesa-. Sé lo que digo. Estoy convencida de ello. Si no mintió por lo que se refiere al viaje a Londres, tenía que haber llevado aquel vestido.

Aquello no impresionó a Hal.

– Fue lo suficientemente rebelde como para matar a su madre y a su hermana -puntualizó él-. Si fue capaz de hacer esto, no sé por qué no podía haber ido a Londres en pantalones. Sigue buscando tres pies al gato. Aparte de que también podía haberse cambiado para no manchar el vestido.

– Pero ¿es cierto que pensaba ir a Londres? ¿Lo comprobó usted?

– Evidentemente cogió un día libre en el trabajo. Decidimos que pensaba ir a Londres porque, por lo que pudimos establecer, no había hablado a nadie del plan que tenía.

– ¿Ni siquiera a su padre?

– Caso de que se lo hubiera comentado, él no se acordaba.


Olive esperó en una sala de interrogatorios mientras Hal hablaba con su padre. Fue una conversación difícil. Ya sea porque se empeñó en que fuera así o por cuestión de carácter, Robert Martin prácticamente no reaccionó ante nada de lo que se le dijo. Era un hombre elegante pero, igual que una escultura griega: provocaba admiración aunque no cordialidad o atracción. Tenía un rostro impasible, sin rasgos característicos de edad u otro tipo, y sólo por las manos, afectadas de artritis, uno podía hacerse una idea de que había llegado a la edad madura. En un par de ocasiones se alisó el rubio pelo o rozó con los dedos la corbata, pero por la expresión de sus rasgos, diríase sintéticos, poco pudo deducir Hal. Le resultó imposible calibrar hasta qué punto se sentía afectado, si es que en realidad lo estaba.


– ¿Le cayó bien? -preguntó Roz.

– No mucho. Me recordaba a Olive. Nunca he sabido sacar nada en claro de la gente que oculta sus sentimientos. Me incomodan.

Roz se identificaba con aquello.


Hal se limitó a una explicación sin detalles, informándole de que habían encontrado los cadáveres de su esposa y de una de sus hijas aquella tarde en la cocina de su casa, y que la otra hija, Olive, había proporcionado a la policía razones para creer que las había matado ella.

Robert Martin cruzó las piernas y juntó las manos en su regazo.

– ¿Han formulado una acusación contra ella?

– No. Todavía no la hemos interrogado. -Miró fijamente al otro-. Francamente, señor Martin, ante la gravedad de la posible acusación, hemos pensado que tenía que contar con la presencia de un abogado.

– Claro. Estoy seguro de que el mío, el señor Crew, acudirá. -Se dibujó un cierto interrogante en su frente-. No sé cómo funciona esto. ¿Tengo que llamarle yo?

La serenidad de aquel hombre desconcertaba a Hal. Se restregó la cara.

– ¿Se hace una idea de lo sucedido, señor Martin?

– Eso creo. Gwen y Amber están muertas y usted cree que las ha asesinado Olive.

– No es exactamente esto. Olive ha insinuado ser responsable de estas muertes, pero, hasta que no haya declarado no puedo decirle qué acusaciones pesan sobre ella. -Hizo una pausa-. Quisiera aclararle, señor Martin, que el forense del ministerio de Interior que examinó el lugar de los hechos no tiene ninguna duda respecto a la violencia que precedió y siguió a las muertes. Lo siento, pero en su momento tendremos que pedirle que identifique los cadáveres y posiblemente, cuando los vea, se mostrará menos comprensivo hacia el posible sospechoso. Teniendo esto en cuenta, ¿tiene algún reparo en que su abogado represente a Olive?

Martin negó con la cabeza.

– Siempre estaré más tranquilo tratando con alguien a quien conozco.

– Podría darse un caso de intereses encontrados. ¿Ha considerado esta posibilidad?

– ¿En qué sentido?

– En el caso -dijo Hal fríamente- de insistir sobre el tema de que su esposa y su hija han sido brutalmente asesinadas. ¿No querría que se condenara al asesino? -Alzó una ceja con aire interrogativo y Martin asintió-. Entonces probablemente querrá un abogado que le garantice que la condena sea suficiente, pero si su abogado representa a su hija, no podrá también asistirle a usted, pues sus intereses podrían oponerse a los de ésta.

– Si es inocente, no. -Martin sujetó la raya del pantalón, centrándola en la mitad de la rodilla-. La verdad es que no me importa lo que pueda haber insinuado Olive, sargento Hawksley. No hay intereses encontrados en mi cabeza. El mismo abogado puede establecer su inocencia y representarme a mí para ejercer la acusación. Si me lo permite, voy a llamar a Peter Crew, y luego, ¿quizás me permitirá hablar con mi hija?

Hal negó con la cabeza.

– Lo siento, señor Martin, pero no será posible hasta que haya declarado. Usted también tendrá que hacerlo. Puede que luego le permitan hablar con ella, pero de momento no puedo autorizarlo.


– Y aquél -dijo Hal, recordando el incidente- fue realmente el único momento en el que dejó entrever algún tipo de emoción. Se le veía algo trastornado; lo que no sé si era porque yo le había negado la comunicación con Olive o porque le había dicho que tenía que declarar. -Reflexionó un momento-. Seguro que fue por la negativa. Repasamos minuto a minuto la jornada de aquel hombre y salió limpio como una patena. Trabajaba en un despacho en el que no había cubículos con otras cinco personas y, aparte del típico momento en que fue al lavabo, durante toda la mañana estuvo a la vista de alguno de los empleados. No hubo ningún hueco durante el cual pudiera haberse acercado a su casa.

– ¿Pero usted sospechó de él?

– Sí.

Roz le miró con interés.

– ¿A pesar de la confesión de Olive?

Hal asintió.

– Demostró tanta sangre fría en general… Ni siquiera le desconcertó identificar los cadáveres.

Roz pensó durante un momento.

– Existen otros intereses encontrados que por lo visto usted no ha tenido en cuenta -dijo, mordiendo el lápiz-. Suponiendo que Robert Martin fuera el asesino, podía haber utilizado al abogado para convencer a Olive de que confesara. La verdad es que Peter Crew no oculta su aversión respecto a ella. Creo que lamenta que se haya abolido la pena capital.

Hal cruzó los brazos y luego sonrió con expresión divertida.

– Tiene que andar con mucho cuidado si piensa afirmar este tipo de cosas en su libro, señorita Leigh. Los abogados no están obligados a tener simpatía por sus clientes, únicamente tienen que representarlos. Sea como fuere, Robert Martin se libró de todo rápidamente. Nos planteamos la conjetura de que pudo haber matado a Gwen y a Amber antes de ir a trabajar y que luego Olive manipulara los cadáveres para protegerle, pero aquello no cuadraba. Incluso para esto tenía una coartada. Una vecina salió a despedir a su marido unos minutos antes de que saliera Martin. En aquel momento Amber y Gwen estaban vivas, pues habló con ellas en la puerta. Recuerda que preguntó a Amber qué tal le iba en Glitzy y que luego despidieron a Martin.

– Podía haber ido hasta la esquina y volver.

– Abandonó su casa a las ocho y media y llegó al trabajo a las nueve. Hemos comprobado el trayecto y es de media hora. -Encogió los hombros-. Tal como le he dicho, limpio como una patena.

– ¿Y la hora de la comida? ¿No pudo ir entonces?

– Tomó una cerveza y un bocadillo en un bar de por allí con dos compañeros del despacho.

– Muy bien, siga.


Había poco más que contar. A pesar del consejo de Crew de que permaneciera en silencio, Olive quiso responder a las preguntas de la policía, y a las nueve y media, con una sensación de alivio al haberse quitado el peso de encima, firmó la declaración y se le acusó formalmente del asesinato de su madre y de su hermana.

Tras permanecer bajo custodia, a la mañana siguiente se asignó a Hal y a Geoff Wyatt la tarea de redactar la acusación policial contra ella. Un claro análisis de pruebas patológicas, forenses y policiales, todas las cuales, tras la comprobación, confirmaban los datos que constaban en la declaración de Olive. Es decir: que ella, actuando por su cuenta, en la mañana del nueve de septiembre de 1987 había asesinado a su madre y a su hermana cortándoles el cuello con un cuchillo de cocina.

Загрузка...