10. La chaqueta de ligar de Benny

Soñaba que oía unos golpes fuertes. Alguien aporreaba la puerta del piso. Intentó abrir los ojos pero la luz del sol se los arañó como si fuera papel de lija. Esperó unos minutos, deseando que Benny abriera o que dejaran de llamar y se fueran, pero no ocurrió ni una cosa ni otra, y no podía volver a dormirse con ese ruido. Se echó el edredón sobre los hombros y, con sólo un ojo abierto, anduvo a tientas tocando la pared. Era Una acompañada de Alistair.

– Mamá me llamó anoche. Estaba como una cuba y me dijo que habías desaparecido.

Una tenía un tono de voz más elevado que el de la mayoría de gente. No gritaba pero su voz tenía una proyección natural extraordinaria.

– Bueno, ya me habéis encontrado -dijo Maureen, que deseaba estar en cualquier otro lugar menos allí y no sentirse como se sentía.

– Ya lo veo -dijo Una.

Maureen levantó la mano. Tenía un ojo cerrado por el sueño y cuando hablaba sentía cómo los restos de baba seca le rascaban la barbilla.

– Una -dijo despacio-, tengo resaca. Si quieres hablar, hazlo en voz baja, por favor. Si no puedes, te agradecería que te marcharas.

Maureen dejó caer la mano y se fue a la cocina. Alistair y Una la siguieron. Maureen abrió el grifo, se puso agua en un vaso y se la bebió. En la mesa había una nota de Benny. Decía que se había ido a la universidad y que Maureen era una borracha inútil.

– No puedo creerlo -dijo Una, a quien se le daba mal hablar en voz baja-. ¿Qué haces aquí sola? -miró todo aquel desorden-. ¿Dónde está Benny?

– Ha salido -dijo Maureen haciendo un gran esfuerzo.

– Maureen, tienes un aspecto horrible. He intentado ponerme en contacto contigo pero nunca estabas aquí.

Maureen tenía la boca llena de agua. De camino al baño, la escupió en el recibidor y vomitó en el retrete. Una estaba detrás de ella.

– Dios mío, Maureen. Vete a la cama.

Nerviosa, Una llevó a Maureen a la habitación de Benny y la metió en la cama. El cuarto desprendía un fuerte olor a la gomina de Benny. Una cerró las cortinas, para que no entraran los rayos agresivos del sol, y la puerta intentando no hacer ruido.


Cuando Maureen se despertó de nuevo, una emisora de música pop sonaba en la radio de la cocina. La melodía era alegre pero le sacaba a uno de quicio. Se tocó la cabeza, se incorporó lentamente y abrió los ojos. Estaría un rato sin poder comer nada pero ya tenía el estómago recuperado para tomarse una taza de té.

Una y Alistair estaban sentados en la cocina, con los abrigos puestos, tomando té. Habían hecho sitio en la mesa.

– Siéntate -dijo Una y apagó la radio. Le preparó una taza de té a Maureen-. ¿Has ido al psiquiatra?

Una tenía una vida ordenada, confiaba en la medicina; los médicos eran los representantes del bien absoluto. Cuando encontraron a Maureen en el armario, Una sufrió un shock terrible y tuvo que recibir atención psicológica de inmediato y durante bastante tiempo.

– Fui el viernes -dijo Maureen-. Me dio la baja, pero me dijo que lo estoy llevando muy bien. Me recetó unas pastillas. -No parecía que eso fuera suficiente para mitigar los temores de Una-. Y me ha aumentado el número de sesiones.

– Bien. ¿Has visto a mamá?

– Sí. La vi el viernes.

– ¿Te dijo algo?

– ¿Algo sobre qué?

Una se ruborizó.

– Escucha -dijo Maureen cansada-, si mamá ha empezado a pelearse conmigo a mis espaldas, no quiero saber nada del tema. Ya intentarás convencerme más tarde, ¿vale, Una?

– Está bien -dijo Una-. La policía vino a verme.

– ¿Te preguntaron por Liam?

– No, sólo por ti.

– Estupendo. No quiero que se vea envuelto en este asunto.

Una se revolvió en la silla. Sabía cómo se ganaba la vida Liam pero no le gustaba que se dijera en voz alta.

– Los periodistas están llamando a todo el mundo para saber cosas de ti.

– Lo sé. Vinieron al trabajo.

– Dios mío.

– Mamá hasta me preguntó si lo había hecho yo -dijo Maureen-. No podía creérmelo.

Una se levantó de repente.

– Será mejor que nos vayamos-dijo.

– Vamos, Una -dijo Maureen y puso tanto énfasis en sus palabras como pudo-, ¿qué es lo que mamá anda diciendo sobre mí?

– Dice que es tu madre -dijo Una y se sentó- y que estará a tu lado, hayas hecho lo que hayas hecho.

– Pero yo no lo hice. Le dije que no había sido yo.

Una tosió educadamente.

– Una, ¿qué dijo?

Una habló bajito, como un niño al que han pillado mintiendo y al que obligan a delatar a sus compinches.

– Dijo que quizá no lo recordabas bien.

Se detuvo incómoda. Esperaba a que Maureen perdiera la paciencia.

Maureen pensó en lo que había dicho Una con la tranquilidad cansada y apática que da una mala resaca.

– Mamá está como una cabra-dijo.

Una se echó a reír escandalosamente, aliviada.

Una y Alistair se fueron a las seis. Maureen llamó a Liam.

– ¿Mauri? ¿Qué coño está pasando? Fui a verte, Benny me dejó pasar y estabas tirada en el sofá durmiendo con una botella medio vacía en el suelo.

– ¿Has limpiado la casa?

– Sí, de arriba abajo. ¿Estás bien?

– Bueno, sí, supongo. Tengo resaca.

– ¿A qué venía el mensaje?

– Ayer vi a Carol Brady. Me contó que la policía le había dicho que éramos una familia de indeseables y pensé… ya sabes, que podía referirse a ti. Quizá me entró pánico, pero esa mujer me asustó bastante.

– No, hiciste bien.

– Me pidió que fuéramos a comer. Cree que yo le maté.

– ¿Tú?

– No me encuentro muy bien, Liam-dijo Maureen. La voz le temblaba.

– Voy para allá. Alquilaré unas pelis y podrás olvidarte de todo esto por una noche.

Benny volvió a casa justo cuando Liam se liaba un porro en la mesita del café y Maureen veía los tráilers previos a Hardboiled, una película de kung-fu con muchos tiroteos y escenas de acción. Llevaba puesta la chaqueta buena de piel marrón, la que se ponía para ligar cuando salía de fiesta. Liam y Maureen hicieron guasa al respecto durante un rato pero Benny no estaba para bromas. Estaba de mal humor y preocupado por los exámenes. Dijo que había visto el periódico y que Liz podía demandarles por difamación porque habían dicho que ella era Maureen.

– ¿Sí? -dijo Maureen-. ¿Y por qué es eso difamatorio?

– Porque eres una persona conocida -dijo Benny.

Benny no podía tomar ninguna sustancia que alterara su estado anímico porque estaba en Alcohólicos Anónimos. Insistió en que no le importaba que fumasen hachís en la casa, pero no dejaba de apartarse el humo de la cara con la mano. Liam le dijo que no fuera carca y el comentario agravó su mal humor.

Cuando terminaron de ver la película Liam se marchó a casa y Benny fue corriendo a acostarse. Maureen se quedó sentada en el sofá a oscuras e intentó llorar, pero los ojos le picaban y le ardían.


A la mañana siguiente los tenía hinchados y doloridos. Se miró en el espejo del baño. Parecía una loca. Cualquier persona con un mínimo de inteligencia pensaría que había matado a Douglas. Se lavó la cara y se echó agua fría en los ojos, con la esperanza de que eso le aliviaría el dolor. Quería ir a trabajar, echaba de menos a Liz, pero se consoló pensando que era martes y que vería a Leslie más tarde.

Llamó a Liz para decirle que podía demandar al periódico por difamación. Liz le contó que la taquilla estaba sitiada por periodistas y curiosos que habían ido a echarle un vistazo. El señor Scobie intentaba ahuyentarlos una y otra vez pero, cuando entraba en el teatro, volvían. Le había dicho a Liz que cerrara la ventanilla hasta que pudiera encontrar a alguien que la sustituyera. Así que estaba ahí sentada, sola, en la taquilla oscura. En todo el día sólo había atendido a una llamada para comprar entradas para el espectáculo de hipnosis y el señor Scobie no dejaba que se fuera a casa sin descontarle las horas de su sueldo. Liz le dijo que la fotografía del periódico hacía que pareciera que tenía papada.

– Está cabreadísimo contigo, Maureen.

– Sí, bueno, pues se va a cabrear mucho más cuando le diga que voy a cogerme un par de días libres.

Liz tomó aire bruscamente.

– ¿Quieres que se lo diga yo?

– Sí, díselo. Hasta luego, ¿vale?

– Hasta luego, Maureen.

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