Nunca habían visto a Liam tan enfadado. La policía había registrado su casa. Estaba tumbado en la cama con Maggie y echaron la puerta abajo. Cuatro policías irrumpieron arriba en el dormitorio y les encontraron desnudos, tapados con la sábana. Tiraron de ella, les hicieron salir de la cama, observaron cómo se vestían y se llevaron a Liam al piso de abajo.
Gracias a la oportuna llamada de Maureen la policía no había podido encontrar nada que incriminase a Liam, pero llevaban perros que olfatearon cada rincón y encontraron el rastro por todas partes. Habían dejado la casa patas arriba: levantaron los tablones del suelo e hicieron agujeros en el jardín. Liam les dijo que la casa había quedado inhabitable, que parecía el número 25 de Cromwell Street [1].
Maggie estuvo sollozando como una histérica durante media hora. Luego había llamado a su madre, que vivía en Newton Mearns, y le había suplicado que fuera a buscarla. Hasta ese momento, la madre de Maggie creía que Liam era un empresario de la industria musical. Por teléfono Maggie no le había dicho nada de la policía. Su madre creyó que se habían peleado. Como buena madre que era, dejó lo que estaba haciendo y condujo hasta la otra punta de la ciudad para recoger a Maggie. Al acercarse a la casa vio los coches de policía y, como buena ciudadana que era, se hizo a un lado y preguntó a los agentes qué ocurría y si podía ayudar en algo. Se lo contaron. Se llevó a su hija a casa y le prohibió que volviera a ver a Liam.
– No pueden destrozarme la casa y dejarla tal y como está -dijo Liam en un tono agresivo, y se dirigió a Benny-. ¿Puedo demandarles por daños y perjuicios?
– Tiene que haber alguna forma -dijo Benny, intentando que Liam se calmara-, ya que no has cometido ningún delito, pero no se me ocurre cuál.
– Esos hijos de puta no pueden arrasar con todo e irse tan tranquilamente. Esto es una puta mierda.
– ¿Por qué no le escribes una carta a tu eurodiputado? -sugirió Maureen en un intento de suavizar la tensión que se respiraba en el ambiente.
– ¡No tiene ni puta gracia! -gritó Liam.
– ¡No me chilles! -gritó Maureen-. Yo no tengo la culpa.
– Bueno, si no hubieras… -Liam se dio cuenta de lo mal que se estaba portando y se corrigió a sí mismo-. No podré trabajar en años.
– Tengo que decirte -dijo Benny con autoridad-, que sería una estupidez que hicieras negocios ahora.
Lo decía porque la policía había encontrado olores sospechosos por todas partes y volverían una y otra vez hasta que lo pillaran. Incluso si se cambiaba de casa, los tendría al acecho.
– Yo de ti, ahora, no pasaría ni un porro en una fiesta.
Liám se dejó caer en el sofá y se tapó la cara con las manos.
– Dios mío -su voz sonaba apagada-, ¿qué coño voy a hacer ahora?
Maureen se sentó a su lado.
– Venga, vamos -dijo-. Eres un tipo listo. Esta casa vale un pastón y habrás ahorrado dinero, ¿no?
– Un poco.
– Un poco bastante, ¿verdad?
Liam se encogió de hombros.
– Supongo.
– Bueno, ya pensaremos en algo.
– Mierda. Y me llega un alijo importante la semana que viene.
– No lo hagas, Liam, ¿vale? -le suplicó Maureen.
– Sería una estupidez -dijo Benny.
Liam sacudió la cabeza.
– Si Joe McEwan y su panda de polis se enteran, estaré muy jodido.
– Pero aquí no han encontrado nada -dijo Maureen.
Benny y Liam se miraron de reojo.
– Maureen, está todo relacionado, joder -dijo Liam-. Si descubren que soy un camello no habrá forma de que crean que el asesinato de Douglas no tiene nada que ver conmigo. La policía cree que los delincuentes profesionales somos capaces de todo.
– Vaya -dijo Maureen-. Lo siento, no pensé en eso.
– Incluso tú creías que había sido yo.
– No creía que hubieras sido tú. Sólo pensaba que quizá sabrías algo al respecto.
– Dios mío -dijo-. A veces eres estúpida.
– No es necesario que me insultes -dijo Maureen.
A Liam, el comentario le pareció muy gracioso. Se rió y le dio un beso en la cabeza.
– Eres un sol -:dijo cariñosamente.
Hizo que Maureen llamara en su lugar. Cuando la madre de Maggie contestó, preguntó por ella y cuando se puso, le pasó el teléfono a Liam, que se lo llevó al recibidor y cerró la puerta. Benny la miró e hizo una mueca de pánico. Maureen se levantó.
– Ya lo sé, ya lo sé -dijo moviendo los labios sin emitir un sonido.
No apartó la vista de la puerta y se acercó a Benny.
– ¿El señor Cambios de Humor, eh? ¿Cuánto tiempo lleva aquí? -susurró Maureen.
– Una hora más o menos -respondió Benny también entre susurros-. Se puso como loco cuando llegó. Tuve que calmarle…
Oyeron a Liam colgar. Maureen salió corriendo hacia el sofá. Liam volvió al salón y dejó con un golpe violento el teléfono en una mesita. Parecía furioso.
– Está hecha polvo -dijo-. Le contó a su madre que una vez había fumado un porro y ahora cree que Maggie es la putita de un capo de la droga.
Benny estaba perplejo.
– ¿Y por qué se lo contó a su madre?
– Porque ella se lo preguntó -dijo Liam con aire de superioridad-. Y en la familia de Maggie no están todo el día mintiéndose los unos a los otros.
– Dios mío -dijo Benny-, deben odiarse.
Maureen se ofreció a hacerle a Liam una taza de té pero éste la rechazó y le dijo que si quería una puta taza de té de mierda ya se la prepararía él mismo.
– Todo saldrá bien -dijo Maureen.
– ¡Deja de decir eso de una puta vez! -le gritó Liam.
– ¡Sólo lo he dicho una vez! -gritó también Maureen.
Benny la miró. No se le daba bien apaciguar el temperamento de Liam. Siempre acababa gritándole. Benny le dijo que podía quedarse a dormir en su suelo unos días, hasta que arreglara la casa. Liam rechazó su ofrecimiento terminantemente. Benny dijo que salía a por leche y dio un portazo.
– Ahora le has cabreado -dijo Maureen.
Liam no contestó pero se sentó a su lado en el sofá. Eso era lo más cercano a una disculpa que Maureen iba a obtener de él.
– ¿Viste la foto del periódico de ayer? -le preguntó.
– Sí -dijo Liam-. Te vi.
– No era yo.
Liam parecía preocupado.
– Sí que eras tú -dijo-. Estabas en la taquilla y todo eso, Mauri.
– ¿Compraste el periódico y te fijaste bien?
– Bueno, no. Nunca les daría mi dinero.
– No era una foto mía, sino de Liz.
Liam cambió de posición, incómodo, y evitó mirarla. Maureen cruzó la habitación con fuertes pisadas y sacó de su mochila la portada del periódico. Lo abrió y se lo pasó a Liam, se sentó y le observó mientras examinaba la foto.
– ¿Soy yo? -le preguntó.
Liam se lo devolvió.
– No eres tú.
– Exacto y tampoco soy responsable de que hayan registrado tu casa. Quiero que zanjemos el tema antes de que vaya a más.
– Ya lo sé. Lo siento, enana, estaba enfadado.
– Todo el mundo cree que lo hice yo -dijo Maureen.
– Todo el mundo cree que lo hice yo -dijo Liam-. Es como estar de nuevo en el colegio.
– Sí, somos un par de niños malos.
Se miraron. Liam alargó la mano con solemnidad y le cogió la suya.
– Voy a ir por ahí diciendo que fuiste tú y quedaré libre de sospecha.
Maureen se rió y Liam le correspondió con una sonrisa de oreja a oreja.
– Hazme un favor. -Maureen cogió el periódico-. Vuelve a mirar la foto y dime, si no me conocieras tan bien, ¿podrías haberme confundido con Liz?
Liam le echó un vistazo.
– No. Pensé que eras tú por la taquilla.
– ¿No nos parecemos?
– No. Las dos tenéis el pelo corto, pero eso es todo.
Maureen dobló la página de la foto y se la guardó en la bolsa.
– ¿Cómo está mamá?
La cara de Liam adoptó un gesto pesimista que le recordó a cuando eran pequeños.
– Mejor que no lo sepas, Mauri.
Benny abrió la puerta de la casa y entró en el recibidor. Leslie iba con él. Se asomó al salón y vio a Maureen y a Liam sentados en el sofá el uno junto al otro.
– ¿Estás bien, Mauri? -dijo y, pasando por delante de Benny, entró en el salón dando saltitos-. Sales en el periódico.
– ¿Cómo? ¿Otra vez?
– Sí.
Leslie tenía el Evening Tribune. La foto de la portada era de cuando Maureen estuvo de vacaciones en Millport. Liam y Leslie la habían llevado allí justo un mes después de que saliera del hospital. Hacía buen día y habían alquilado triciclos. Maureen estaba junto el suyo y llevaba unos shorts recortados, una camiseta de los Sex Pistols y gafas de sol. Estaba sonriendo. La fotografía quedaba grotesca y fuera de lugar junto al artículo sobre el asesinato de Douglas. En la foto, Maureen estaba muy distinta: tenía el pelo largo y alborotado, desde entonces lo llevaba teñido de negro y estaba tan delgada que daba pena: durante la enfermedad no había sido capaz de tragar la comida con comodidad.
Maureen evitaba mirar las fotos de esa época porque le recordaban con demasiada claridad las secuelas de su crisis, cuando tenía que estar todo el día sonriendo y diciéndole a la gente que se encontraba bien; cuando luchaba por asimilar todo lo que había ocurrido en su pasado más reciente y en el más remoto. Había dejado las fotografías de esas vacaciones boca abajo en una caja en casa de Winnie.
– ¿Quién se la dio? -preguntó Leslie.
– La sonada de mierda de mi madre.
– Ah, bien -dijo Leslie, arqueó una ceja y bajó la mirada a la moqueta.
– Pareces un poquito menos cansada -dijo Maureen, intentando cambiar de tema.
– Sí, anoche pude dormir.
Liam le cogió el periódico a Leslie, se disculpó y se fue.
Maureen alzó la vista, sonrió a Leslie y ésta le devolvió la sonrisa.
– ¿Ya estás lista para hablar conmigo? -preguntó Leslie.
– Lista, colega. ¿Cómo fue la apelación?
– Mal -dijo Leslie y frunció el ceño. Dejó el casco en el sofá y se quitó la chaqueta de piel-. No tomarán una decisión hasta la semana que viene pero creo que lo tenemos jodido. Hablé con un abogado de la Oficina de Atención al Ciudadano y me dijo que nos habíamos dejado mogollón de información.
Liam volvió y tiró el periódico sobre la mesita del café. Se dejó caer pesadamente en el sofá y esperó a que alguien se percatara de lo enfadado que estaba. Leslie miró a Maureen.
– Me vendría bien una ducha -dijo Maureen y se levantó.
– Te prepararé una taza de té -dijo Leslie inocentemente-. ¿Quieres una, Liam?
– No -resopló-. La verdad es que no. Resulta que una taza de té es lo último en lo que pensaría en estos momentos.
Maureen estaba en la ducha, aclarándose el pelo, y entonces un escalofrío familiar le recorrió el cuerpo. El fantasma de su padre estaba en el baño. Ella era muy pequeña y estaba de pie en la bañera, esperando para salir. Él se inclinó y puso su cara frente a la de ella. Maureen se enjuagó el pelo deprisa y abrió los ojos pero él todavía estaba allí con ella, casi podía olerle. Abrió el agua fría y se colocó debajo. Estaba sudando. «Cambia el final», le había dicho Angus. «Cambia el final». Sin dejar de mirar a su padre, se agachó sin vacilar, y sacó del agua una escopeta de cañón recortado. Le apuntó y apretó el gatillo. Le voló la cabeza. Había sangre por todas partes. Como había pasado con Douglas.
– Estás horrible -le dijo Leslie cuando Maureen entró en el salón.
– Sí.
– Benny y Liam han ido a tomarse unas birras. ¿Te apetece?
– Liam se está portando como un capullo. ¿Has venido en moto?
– Sí. ¿Porqué?
– ¿Podemos ir a tu casa? Quiero alejarme de él,
Leslie le dio el casco de sobra que llevaba en el compartimiento del asiento y Maureen se subió a la moto, se agarró a la cintura de Leslie rodeándola con los brazos y recostó la cara en su hombro. Leslie reclinó la espalda un poco cuando puso en marcha la moto, apoyándose en Maureen para que supiera que estaba bien. La lluvia fría les dejó las piernas entumecidas mientras se dirigían a las afueras del norte de Glasgow, a Drum, el barrio donde vivía Leslie.
Cuando llegaron al pie de la colina que domina el barrio, una explosión repentina de rayos de sol que venían del oeste iluminó la lluvia mientras caía. Abajo, en lo más hondo del valle, los edificios altos parecían gigantes remando en un mar de casas poco profundo.