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Fue pura casualidad que ella lo viera y, en el fondo, mérito de Saba. Alguno de los trabajadores de los servicios sociales había atornillado la cesta que colgaba de la puerta, justo debajo de la ranura para el correo, y a ella le resultaba del todo inexplicable que se hubiesen tomado la molestia y el tiempo necesario para hacer algo así. Comprendía que era para que ella misma alcanzase a coger el correo, pero puesto que nunca recibía ninguno, aquello era malgastar el valioso dinero público. Con tanto como ahora economizaban en todo… Claro que en alguna ocasión recibía una notificación del banco y cosas así, pero la urgencia de esas cartas no justificaba el coste de aquel montaje. Tampoco le interesaban los periódicos, bastantes desgracias veía por las noches en las noticias de televisión. Ella prefería reservar el dinero de su pensión para otras cosas. Para cosas que se podían comer.

En cualquier caso, ahora había una carta en la cesta.

Una carta en un sobre blanco con el texto manuscrito en el espacio para la dirección del destinatario.

Saba se sentó ante la puerta con la lengua fuera, a contemplar a aquel intruso de color blanco, tal vez porque exhalaba un aroma sólo perceptible para sus finos sentidos.

Tenía las gafas en la mesa de la sala de estar y se planteó un instante si merecía la pena sentarse en el sillón. Tras los kilos acumulados durante los últimos años, le resultaba tan difícil levantarse de allí después que no estaba muy por la labor de sentarse sin necesidad, sobre todo si sabía que no sería por mucho tiempo.

– ¿Quieres dar una vuelta antes de que me siente?

Saba giró la cabeza y la miró, pero no demostró demasiado interés por salir. Maj-Britt empujó el sillón para acercarlo a la puerta del balcón y se aseguró de que tenía a mano la pinza adaptada; de este modo, podría abrir la puerta sin necesidad de levantarse. Lo habían arreglado así, para que Saba pudiese salir sola un rato a corretear por el césped. Los servicios sociales habían retirado una de las barras de la barandilla del balcón, y Maj-Britt vivía en el bajo. Pero pronto tendrían que quitar otra barra más, para agrandar el agujero.


Se dejó caer en el sillón con una mueca. Sus rodillas siempre protestaban cuando se veían obligadas a soportar todo su peso, aunque fuese sólo por un segundo. Pronto tendría que hacerse con un sillón nuevo, un modelo más alto. El sofá ya le resultaba inaccesible. La última vez que se sentó en él tuvieron que llamar a los refuerzos de los servicios de la guardia de seguridad, o como quiera que se llamasen, para poder levantarla de allí. Dos muchachos corpulentos.

Entre los dos la agarraron, y ella tuvo que permitirlo.

No pensaba exponerse otra vez a semejante humillación. Le resultaba repugnante que alguien tocase su cuerpo. La sola idea le infundía tal asco que no le costaba ningún trabajo abstenerse del sofá. Bastante tenía con verse obligada a permitir que toda aquella gente entrase en su apartamento, pero puesto que la otra opción era salir a la calle ella misma, no le quedaba más remedio. A decir verdad, dependía de ellos, por repulsivo que le resultara admitirlo.

Entraban en tromba en su apartamento, uno tras otro. Siempre caras nuevas a las que ella no se molestaba en poner un nombre, pero todos traían una llave. Un breve timbrazo, al que nunca tenía tiempo de responder, y enseguida se abría la puerta. Seguro que no sabían ni deletrear la palabra integridad. Luego, tomaban el apartamento con sus aspiradoras y sus cubos y le reponían el frigorífico con miradas de reproche.

«¿Ya te has tragado todo lo que te compramos ayer?»

Curioso lo evidente que resulta el modo en que la gente cambia su conducta a medida que aparecen los kilos. Como si su inteligencia disminuyese al mismo ritmo que su cuerpo aumentaba de volumen. La gente con sobrepeso tenía menos talento intelectivo que la gente delgada, parecía ser la opinión general. Ella los dejaba hacer, utilizaba de forma inexorable su simpleza para obtener ventajas, sabía exactamente cómo debía comportarse para conseguir que hiciesen lo que ella quería. ¡Para eso estaba gorda! Con sobrepeso limitador. Ella no tenía la culpa de conducirse como lo hacía, pues no daba más de sí. Ellos mismos irradiaban aquel mensaje cada segundo que pasaban cerca de ella.

Quince años atrás intentaron convencerla de que se mudase a un apartamento de los servicios sociales, de modo que le costase menos trabajo salir. ¿Quién les habría dicho que ella quería salir? De ninguna manera. Ella se negó y exigió que adaptasen su apartamento a su obesidad. Cambiaron la bañera por una espaciosa ducha, pues siempre andaban dando la murga con la importancia de la higiene. Como si fuese una niña.


La carta no tenía remitente. Le dio la vuelta y leyó el anverso. Reenvío de dirección antigua. Por todos los santos, ¿quién le habría escrito a la dirección de su infancia? Al ver la dirección sintió la zarpa de los remordimientos. Aquella casa, arruinándose poco a poco. El jardín que, a aquellas alturas, estaría intransitable; el orgullo de sus padres. Allí pasaban el tiempo libre que les quedaba tras su entregada colaboración en la Comunidad.

¡Cómo los añoraba! Pensar que alguien pudiese dejar semejante vacío.

– Sí, Saba. A ti te habrían gustado mis padres, seguro. Lástima que no llegarais a conoceros.

No fue capaz de volver. No tuvo fuerzas para exponerse a la vergüenza de que la vieran por allí, con el aspecto que tenía, así que allí podía seguir la casa. De todos modos, no podría sacarle mucho, tan lejos como estaba en un rincón perdido. La carta debía de ser de los Hedman. Habían dejado de escribirle para preguntarle si pensaba vender o, al menos, hacerse cargo del mobiliario y demás efectos, pero ella suponía que seguían echándole un ojo de vez en cuando. Probablemente, por su propio bien. No sería muy agradable vivir al lado de una casa deshabitada y en ruinas. O quizá la hubiesen dejado limpia y evitaban el contacto con ella por puro remordimiento. Ya no se podía confiar en nadie.


Miró a su alrededor en busca de algo con lo que abrir el sobre. Era imposible que su dedo entrase por la pequeña abertura. La pinza del recogedor, en cambio, le sirvió a la perfección, como de costumbre.

Era una carta manuscrita en papel rayado con agujeros en el margen y parecía arrancada de un bloc escolar.

¡Hola Majsan!

¿Majsan?

Tragó saliva. En alguna recóndita circunvolución de su cerebro se desprendió un minúsculo fragmento de un recuerdo.

Y enseguida sintió ganas de llevarse algo a la boca, la necesidad de tragarse algo. Miró en torno suyo, pero no había nada a mano.

Resistió la tentación de darle la vuelta al folio para ver quién le había enviado la carta; o tal vez fuese al contrario, quizás en el fondo prefiriese no saberlo.

Hacía tantos años que no oía aquel apelativo cariñoso…

¿Quién se retrotraía sin permiso a sus años del pasado para colarse por su buzón?


Comprendo que te preguntarás por qué me pongo en contacto contigo después de tantos años. Seré sincera y te confieso que dudé antes de sentarme a escribir la carta, pero al final me decidí a hacerlo. Seguro que la razón te suena más rara aún, pero mejor será exponerla tal cual. La otra noche tuve un sueño la mar de extraño. Fue muy intenso y trataba de ti y, cuando me desperté, una voz interior me dijo que debía escribir esta carta. He aprendido (finalmente y tras un duro aprendizaje) a prestar oídos a mis impulsos. Así pues, dicho y hecho…

Ignoro cuánto sabes de mí ni de cómo se ha desarrollado mi vida. No obstante, puedo imaginarme que allá por casa se habrá hablado bastante de mí, por lo que comprendería perfectamente que no quisieras tener ningún contacto conmigo. Yo, por mi parte, tampoco he mantenido contacto con nadie de mi familia ni de mi juventud. Como puedes suponer, aquí dispongo de mucho tiempo para reflexionar y, de hecho, me dedico a pensar bastante sobre nuestra infancia y sobre lo que aprendimos de la vida durante aquellos años, y sobre hasta qué punto aquel aprendizaje nos marcó en la vida. ¡Y ésa es la razón por la que tengo tanta curiosidad por saber cómo te va a ti! Deseo sinceramente que todo se arreglase y que ahora estés bien. Puesto que no sé dónde vives ni cuál es tu apellido de casada (¡por más que lo intento, soy incapaz de recordar el apellido de Göran!), remito esta carta a la casa de tus padres. Si ha de llegarte, te llegará, estoy convencida. De lo contrario, andará circulando por ahí un tiempo y mantendrá ocupado al servicio de correos. Puede que les venga bien, porque si no me engaño, tienen poco que hacer.

En cualquier caso…

Espero de corazón que disfrutes de una vida en condiciones, a pesar de los duros años de tu infancia. Hasta que no alcancé la edad adulta no comprendí lo terrible que debió de ser para ti.

¡Te deseo lo mejor!

Contéstame si quieres.


Tu mejor amiga de antaño,

Vanja Tyrén


Se levantó de un salto del sillón. La rabia súbita que la embargó le dio un empuje adicional. ¿Qué tonterías eran aquéllas?

«¿A pesar de los duros años de tu infancia?»

Hacía tiempo que no veía tal desfachatez. ¿Quién se creía que era para permitirse hablarle con soberbia tan despectiva? Miró de nuevo la carta y leyó la dirección, indicada a pie de página. La palabra del centro atrajo su atención. Institución de Vireberg.

Ella apenas si recordaba a aquella mujer que al parecer, por si fuera poco, estaba encerrada en Vireberg y que, aun así, se creía con el derecho de ponerse a juzgar su niñez y, por tanto y de paso, también a sus padres.

Fue a la cocina y abrió de un tirón la puerta del frigorífico. El paquete de cacao ya estaba junto al fregadero, así que cortó rauda una porción de mantequilla y la hundió en el polvo marrón.

Cerró los ojos mientras la mantequilla se le derretía en la boca, sintiendo cómo se deshacía.

Sus padres lo hicieron todo por ella. ¡La querían! ¿Quién iba a saberlo mejor que ella misma?

Arrugó el folio. Debería estar prohibido enviar cartas a gente que no quiere recibirlas. Era imposible comprender qué pretendía aquella mujer, pero dejar su insulto sin respuesta era más de lo que podía soportar. Se vería obligada a contestar para desagraviar a sus padres. La sola idea de, sin haber tenido elección, verse forzada a comunicarse con alguien fuera de las paredes de su apartamento la movió a cortar otra porción de mantequilla. Aquella carta era una intromisión, una agresión descarada. Después de tantos años de aislamiento voluntario, alguien se abría paso a través de una barrera que tanto trabajo le había costado construir.


Vanja.

Maj-Britt recordaba muy poca cosa.

Si realizaba un verdadero esfuerzo, le venía a la mente algún que otro recuerdo aislado. Ellas dos habían pasado bastante tiempo juntas, pero los detalles se negaban a manifestarse. Podía evocar vagamente el desorden de su casa y que había épocas en que el jardín parecía un vertedero. Ni de lejos tan limpia y ordenada como su propia casa. Además, creía recordar que sus padres no veían con buenos ojos su relación y fíjate, una vez más, ¡resultó que tenían razón! Con la vida tan dura que llevaron. Se le hacía un nudo en la garganta sólo de pensar en ellos. Ella no fue una niña fácil, pero sus padres se negaron a rendirse, hicieron el máximo por ayudarle a encontrar el camino en la vida, pese a lo problemática que era ella y pese a todas las preocupaciones que les causó. Y ahora venía esta mujer, más de treinta años después, preguntándose cómo les había afectado la infancia a ellas dos, como si buscara un cómplice de su propio fracaso, alguien a quien culpar. ¿Quién de las dos estaba en la cárcel? Mira que presentarse con esas veladas insinuaciones y acusaciones cuando ella estaba en prisión. Era para ponerse a cavilar, desde luego.

Se sostuvo en el poyete cuando volvió a sentir el lumbago. Una punzada repentina que casi le hacía perder el conocimiento.

Aunque, en realidad, ella prefería no saber nada. Querría dejar a Vanja enterrada en el pasado hasta que el polvo que había levantado se posase otra vez en su lugar.

Miró el reloj de la cocina. No es que respetasen los horarios, pero deberían presentarse por allí otra vez dentro de un par de horas. Volvió a abrir el frigorífico. Siempre se tomaba un refuerzo cuando algo de lo que no quería tener noticia siquiera intentaba abrirse camino.

La necesidad imperiosa de sentirse llena para acallar lo que le gritaba dentro.

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