EL DISPARO

La revisora se ha remangado la blusa. Está comiendo una manzana. El segundero palpita en su reloj. Son las cinco pasadas. El tranvía chirría.

Un niño empuja a Amalie contra la maleta de una anciana. Amalie echa a correr.

Dietmar la espera a la entrada del parque. Su boca arde sobre la mejilla de Amalie. «Tenemos tiempo», dice. «Las entradas son para la función de las siete. Para la de las cinco no quedaba ni una.»

El banco es frío. Por el césped pasan unos hombrecitos cargando cestos de mimbre llenos de hojas secas.

La lengua de Dietmar es caliente. Arde sobre la oreja de Amalie, que cierra los ojos. El aliento de Dietmar es más grande que los árboles en la cabeza de Amalie. Su mano es fría bajo la blusa de Amalie.

Dietmar cierra la boca. «Tengo que irme a la mili», dice. «Mi padre me ha traído la maleta.»

Amalie aparta la lengua de Dietmar de su oreja. Le tapa la boca con su mano. «Vamos a la ciudad», dice. «Tengo frío.»

Amalie se apoya en Dietmar. Siente sus pasos. Camina pegada a él bajo su chaqueta, como uno de sus hombros.

En el escaparate hay un gato durmiendo. Dietmar tamborilea con los dedos sobre el cristal. «Aún tengo que comprarme calcetines de lana», dice. Amalie se está comiendo un croissant. Dietmar le lanza un ovillo de humo a la cara. «Ven», dice Amalie, «te enseñaré mi jarrón».

La bailarina levanta el brazo sobre la cabeza. El vestido de encaje blanco permanece inmóvil tras el cristal.

Dietmar abre una puerta de madera junto al escaparate. Detrás de la puerta hay un pasillo oscuro. La oscuridad huele a cebollas podridas. Junto a la pared, tres cubos de basura se alinean como enormes latas de conserva.

Dietmar arrincona a Amalie contra uno de los cubos. La tapa rechina. Amalie siente los embates del miembro de Dietmar en su vientre. Se aferra firmemente a sus hombros. En el patio interior se oye hablar a un niño.

Dietmar se abotona los pantalones. Por la ventanita trasera del patio llega una música.

Amalie ve avanzar los zapatos de Dietmar en la fila. Una mano rasga las entradas. La acomodadora lleva un pañuelo negro en la cabeza y un vestido negro. Apaga su linterna. Las mazorcas de maíz se deslizan por el largo cuello de la cosechadora hasta el remolque del tractor. El documental ha terminado.

Dietmar recuesta su cabeza en el hombro de Amalie. En la pantalla aparecen unas letras rojas: «Piratas del siglo XX». Amalie pone su mano sobre la rodilla de Dietmar. «Otra vez una película rusa», susurra. Dietmar levanta la cabeza. «Pero al menos en colores», le dice al oído.

Agua verde y temblorosa. Bosques verdes que proyectan su imagen sobre la orilla. La cubierta del barco es ancha. Una mujer hermosa apoya las manos sobre la barandilla del barco. Como follaje flamea su cabello al viento.

Dietmar estruja los dedos de Amalie en su mano. Mira la pantalla. La mujer hermosa está hablando.

«No volveremos a vernos», dice él. «Yo tengo que irme a la mili, y tú te vas del país.» Amalie ve la mejilla de Dietmar. Que se mueve. Y habla. «He oído decir que Rudi te está esperando», dice Dietmar.

En la pantalla se abre una mano. Saca algo del bolsillo de una americana. En la pantalla aparecen un pulgar y un índice. Entre ambos hay un revólver.

Dietmar sigue hablando. Amalie oye el disparo detrás de su voz.

Загрузка...