Capítulo 1

El remolino de niebla veló las montañas y se arrastró hasta el profundo bosque, ensartando capas de blanco a través de los árboles cargados de nieve. Profundas depresiones llenas de nieve ocultaban la vida bajo la capa de cristales de hielo y a lo largo de las orillas de la corriente. Los arbustos y los campos de hierba se alzaban como estatuas, congelados en el tiempo. La nieve daba al mundo un tinte azulado. El bosque, donde colgaban carámbanos y la corriente de agua estaba congelado en formas extrañas, parecía un misterioso y extraño mundo.

Limpio, frío y vigorizante, el cielo de la noche relucía con el brillo de las estrellas, y una luna llena resplandeciente rociaba de luz plateada el suelo congelado. Las sombras silenciosas resbalaban por los árboles y los arbustos cubiertos de hielo, moviéndose con absoluta cautela. Unas grandes patas dejaban rastros en la nieve, de unos buenos quince centímetros de diámetro y en una sola fila, el rastro serpenteaba entre los árboles y la espesa maleza.

Aunque parecían en buena forma, fuertes, con músculos de acero curvándose bajo la piel gruesa, los lobos tenían hambre y necesitaban alimento para mantener a la manada viva a través del largo y brutal invierno. El alfa se detuvo repentinamente, quedándose muy quieto, olfateando el rastro a su alrededor, levantando la nariz para olisquear el viento. Los otros se detuvieron, sólo fantasmas, sombras silenciosas que se abrieron en abanico inmediatamente. El alfa se adelantó, permaneciendo a favor del viento mientras los otros se agachaban, esperando.

A un metro de distancia, un gran pedazo de carne cruda yacía en el sendero, fresca, el olor vagaba por el aire tentadoramente hacia el lobo. Cauteloso la rodeó, utilizando la nariz para detectar el peligro potencial. Al no olfatear nada excepto la carne, babeando saliva y con el vientre vacío, se acercó otra vez, aproximándose a favor del viento, orientándose hacia el gran pedazo de alimento salvador. Se acercó tres veces y se retiró, pero no se presentó ninguna insinuación de peligro. Se aproximó una cuarta vez y algo se deslizó sobre su cuello.

El alfa saltó atrás y el alambre se tensó. Cuanto más luchaba, más le cortaba el alambre, estrangulando el aire de sus pulmones y aserrando la carne. La manada lo rodeó, su compañera se apresuró a ayudarlo. Ella comenzó a luchar cuando otro alambre le atrapó el cuello, casi haciéndola caer.

Por un momento hubo quietud, rota sólo por el aliento jadeante de los dos lobos atrapados. Una ramita chasqueó. La manada se giró y se disolvió en una ráfaga de sombras huidizas, de vuelta a la gruesa cobertura de los árboles. Los arbustos se separaron y una mujer entró en el claro. Iba vestida con botas negras de invierno, pantalones negros bajos en las caderas, un chaleco negro sin mangas que le dejaba el estómago al descubierto y tenía tres juegos de hebillas de acero recorriendo la mitad de él. Las seis hebillas eran brillantes, casi decorativas, con diminutas cruces encajadas en las piezas cuadradas de plata.

El abundante pelo negro azulado se extendía más allá de la cintura, peinado hacia atrás en una gruesa trenza. El largo abrigo con capucha que llevaba, hecho de lo que parecía ser la piel de un solo lobo plateado, le caía por todo el cuerpo hasta los tobillos. Llevaba una ballesta en la mano, una espada en una cadera y un cuchillo en la otra. Asomaban flechas del carcaj que llevaba sobre el hombro, y bajando por el interior de la larga piel del lobo había pequeños lazos que contenían varias armas de hojas afiladas. Una pistolera baja, adornada con filas de diminutas puntas de flechas planas y afiladas, albergaba una pistola en su cadera.

Se detuvo por un momento, inspeccionando la escena.

– Estaos quietos -siseó, con enojo y autoridad en su voz suave.

A su orden, ambos lobos dejaron de luchar instantáneamente, esperando, con cuerpos temblorosos, los costados moviéndose pesadamente y las cabezas bajas para aliviar la terrible presión alrededor de las gargantas. La mujer se movió con fluida gracia, deslizándose sobre la superficie en vez de hundirse en la cama de nieve helada. Estudió las trampas, una multitud de ellas, con disgusto en sus oscuros ojos.

– Han hecho esto antes -regañó-. Te las he mostrado, pero estabas demasiado ansioso, buscando una comida fácil. Debería dejarte morir aquí en agonía. -Incluso mientras reprendía a los lobos, retiró un par de cutters de dentro de la piel del lobo y cortó los alambres, liberando a los animales. Enterró los dedos en el pelaje, sobre los profundos cortes en sus gargantas y colocó la palma de la mano sobre los tajos, canturreando suavemente. Una luz blanca ardió bajo la mano, resplandeciendo a través de la piel de los lobos.

– Esto debería haceros sentir mejor -dijo, el cariño se arrastró en su tono mientras rascaba las orejas de ambos lobos.

El alfa gruñó una advertencia y su compañera mostró los dientes, ambos miraban más allá de la mujer. Ella sonrió.

– Lo huelo. Es imposible no oler el nauseabundo hedor del vampiro.

Giró la cabeza y miró por encima del hombro al alto y poderoso macho que emergió del tronco torcido y nudoso de un gran abeto. El tronco estaba abierto, casi partido en dos, ennegrecido y pelado, las agujas en los miembros extendidos se marchitaban mientras el árbol expulsaba a la criatura venenosa de sus profundidades. Los carámbanos llovieron como pequeñas lanzas mientras las ramas tiritaban y se sacudían, temblando ante el contacto con una criatura tan asquerosa.

La mujer se levantó elegantemente, girándose para encarar a su enemigo, indicando por gestos a los lobos que se fundieran con el bosque.

– Veo que tienes que recurrir a poner trampas para conseguir sustento estos días, Cristofor. ¿Eres tan lento y nauseabundo que no puedes atraer a un humano para usarlo como alimento?

– ¡Asesina! -La voz del vampiro parecía oxidada, como si sus cuerdas vocales fueran raramente utilizadas-. Sabía que si atraía a tu manada hacia mí, vendrías.

La ceja de ella se disparó hacia arriba.

– Una bonita invitación entonces, Cristofor. Te recuerdo de los antiguos días, cuando eras un joven todavía considerado guapo. Te dejé en paz por consideración a los viejos tiempos, pero veo que anhelas el dulce alivio de la muerte. Bien, viejo amigo, que así sea.

– Dicen que no se te puede matar -dijo Cristofor-. La leyenda que obsesiona a todo vampiro. Nuestros líderes dicen que te dejemos en paz.

– ¿Tus líderes? ¿Os habéis unido entonces, os habéis juntado contra el Príncipe y su gente? ¿Por qué buscas la muerte cuando tienes un plan para gobernar todo los países? ¿El mundo? -Rió suavemente-. Me parece que eso es un deseo tonto, y mucho trabajo. En los viejos tiempos, simplemente vivíamos. Esos fueron días felices. ¿No los recuerdas?

Cristofor estudió el rostro perfecto.

– Me dijeron que fuiste reconstruida, una tira de carne cada vez, más la cara y el cuerpo son como eran en los viejos tiempos.

Ella se encogió de hombros, negándose a permitir las imágenes de aquellos años oscuros, el sufrimiento y el dolor… auténtica agonía… cuando su cuerpo se negaba a morir y yacía profundamente en la tierra, despojado de carne y abierto a los abundantes insectos que se arrastraban en la tierra. Mantuvo la cara serena, sonriendo, pero por dentro estaba inmóvil, enroscada, preparada para explotar a la acción.

– ¿Por qué no te unes a nosotros? Tienes más razones que cualquier otro para odiar al Príncipe.

– ¿Y unirme a los que me traicionaron y mutilaron? Creo que no. Emprendo la guerra donde se debe. -Flexionó los dedos dentro de los ceñidos guantes delgados-. Realmente no deberías haber tocado a mis lobos, Cristofor. Me has dejado poca elección.

– Quiero tu secreto. Dámelo y te permitiré vivir.

Ella sonrió entonces, una hermosa sonrisa con dientes pequeños y blancos como perlas. Los labios eran rojos y llenos, una excitante y sexy curva que lo invitaba a compartir su humor. Inclinó la cabeza a un lado, moviendo la mirada por su cara, evaluándolo con cuidado.

– No tenía la menor idea de que habías llegado a ser tan tonto, Cristo. -Le llamó por el nombre que ella había utilizado cuando jugaban juntos de niños. Antes. Cuándo el mundo estaba bien-. Soy la asesina de vampiros. Tú me has convocado con tus trampas -ondeó una mano despreciativa-, ¿y crees que debería sentirme intimidada por ti?

Él le sonrió, una sonrisa maliciosa y malvada.

– Te has vuelto arrogante, Asesina. Y descuidada. No tenías ni idea de que la trampa era para ti y no para tus preciosos lobos. No tienes más elección que darme lo que deseo, o morirás esta noche.

Ivory encogió los esbeltos hombros y el abrigo plateado onduló, moviéndose como si estuviera vivo. En un momento fluía flojamente alrededor de los tobillos y al siguiente había desparecido, asimilado sobre la piel hasta que seis tatuajes de feroces lobos adornaron su cuerpo desde la parte baja de la espalda al cuello, envolviéndose alrededor de cada brazo como mangas.

– Que así sea -dijo ella suavemente, los ojos en los de él.

Girando, sacó la espada con una mano y corrió hacia él, subiéndose sobre una roca cubierta de nieve para impulsar su cuerpo al aire. Sintió la mordedura de una trampa oculta, e interiormente maldijo mientras la soga se cerraba alrededor de su cuello. Ya se estaba disolviendo, pero la sangre salpicó a través de la nieve con brillantes gotas carmesí.

Cristofor rió y se inclinó para recoger un puñado de nieve y lamer las gotitas, disfrutando del sabor de pura sangre cárpata, no solamente pura… la asesina era Ivory Malinov, posiblemente uno de los linajes Cárpatos más fuertes. Siguió el arco de sangre, la vio tomar forma a unas pocas decenas de centímetros de él, más cerca de la línea de árboles y la satisfacción le hizo cacarear.

Ivory lo saludó con dos dedos, tocó la delgada línea que le corría por el cuello y se puso el dedo en la boca, chupando la sangre.

– Buen tanto. No vi llegar ésa y tendré que disculparme con mis lobos por regañarles. Pero Cristo, si crees que tu socio de ahí atrás en el bosque va a ayudarte después de matar a mi manada de lobos, te estás subestimando gravemente a ti mismo.

Corrió hacia adelante otra vez, con la mano baja atrayendo y tirando de las pequeñas puntas de flecha, lanzándolas con una fuerza tremenda para que se enterraran profundamente en el cuerpo del vampiro, en una línea recta desde el vientre hasta el cuello. El vampiro rugió e intentó cambiar. Las piernas desaparecieron, fundiéndose en el vapor. La cabeza se arremolinó y desapareció. La niebla vagó desde los árboles en un intento de ayudar a ocultarlo, coagulándose alrededor de su cuerpo, formando un velo grueso. El torso permaneció, esa línea recta desde el vientre al cuello, exponiendo el corazón.

Hundió la espada profundamente, con el peso del cuerpo, la fuerza y el ímpetu de la carrera conduciendo la hoja a través del cuerpo bajo el corazón. El vampiro chilló horriblemente. La sangre como ácido se vertió de la herida, crepitando sobre la espada y salpicando a través de la nieve. El metal debería haberse corroído, pero la capa que la Asesina le había aplicado lo protegía, así como evitaba que esa parte del cuerpo cambiara. Giró el cuerpo con una vuelta de bailarina, la espada sobre la cabeza, todavía atascada dentro del pecho para cortar un agujero circular alrededor del corazón.

Ivory retiró la espada y hundió la mano profundamente.

– Te he mostrado mi secreto -susurró-. Llévatelo a tu tumba. -Retiró el corazón y lo lanzó lejos, levantando los brazos para convocar una espada de relámpago.

El dentado rayo incineró el corazón y luego saltó al cuerpo, quemándolo limpiamente.

– Encuentra la paz, Cristofor -susurró y hundió la cabeza, inclinándose sobre la espada, las lágrimas brillaron brevemente por su perdido amigo de niñez.

Tantos se habían ido. Nada quedaba de la vida que una vez había conocido. Respiró hondo, atrayendo la noche vigorizante y fría para limpiar su espada y toda huella de la sangre del vampiro en la nieve. Recuperó las ocho pequeñas puntas de flechas y las deslizó en los lazos de su pistolera antes de extender los brazos en busca de la piel plateada. Los tatuajes se movieron, emergiendo, deslizándose una vez más sobre su cuerpo con la forma de un abrigo. Permitió que la prenda plateada se asentara sobre su cuerpo lentamente antes de recoger sus armas y ponerse la capucha. Inmediatamente pareció desaparecer, fundiéndose a la perfección con las capas de niebla blanca.

Ivory se movió en silencio, sintiendo la energía hostil que irradiaba de su manada. Estaban siendo atacados y la pared de protección que ella proporcionaba se estaba debilitando. Había lanzado el escudo alrededor de ellos apresuradamente cuando olfateó al segundo depredador. Éste no había estado tan ansioso por la matanza, y si hubiera permanecido a favor del viento, quizás hubiera logrado matar a su manada de lobos salvajes. No podría volver a emplear las flechas con él, la sangre ácida del vampiro habría corroído la mayor parte de la capa protectora. Tenía muy poco tiempo para matar a su enemigo una vez enterraba las pequeñas cuñas mortales en el cuerpo del vampiro antes de que esa sangre ácida corroyera el baño protector y permitiera a su enemigo cambiar.

Zigzagueando entre los árboles, la asesina permaneció sobre el suelo, tomando la forma de un lobo. Con su pelaje plateado sería difícil distinguirla de los otros lobos de la zona mientras se deslizaba entre los árboles hacia el segundo vampiro. Se agachó detrás de un árbol caído estudiando al hombre que lanzaba bolas de fuego a los lobos. Los había acorralado al borde del agua donde el hielo era delgado y peligroso. Pudo ver grietas esparciéndose por el escudo que había lanzado donde el vampiro golpeaba continuamente.

Inhaló, exhaló, y se permitió encontrar ese profundo lugar interior donde había calma. Donde había resolución. En forma humana ahora, se puso de pie y corrió hacia el vampiro, disparando la ballesta mientras lo hacía. Otra vez, su objetivo era el torso. Lo pilló mientras él giraba, una flecha le atravesó la parte inferior de la espalda, la segunda falló por completo. Él le lanzó la bola de fuego e Ivory dio un salto mortal en el suelo, permitiendo que volara sobre su cabeza. Luego se puso de pie, todavía corriendo, siempre avanzando, disparándole con la ballesta.

El vampiro aulló de rabia, el sonido se cortó bruscamente cuando una flecha golpeó profundamente en su garganta. Los lobos se lanzaron contra la pared, frenéticos por ir en su ayuda, pero ella sabía que el vampiro simplemente les destruiría. Por otro lado…

La asesina se encogió de hombros, deshaciéndose esta vez de la piel plateada de lobo. El pesado abrigo aterrizó en la nieve, extendiéndose, la piel ondulándose como si estuviera viva. La capucha se estiró y se alargó, cada manga hizo lo mismo, cobrando vida mientras el cuerpo del abrigo formaba tres formas separadas que igualaron a las de la capucha y las mangas. Ivory no esperó a que sus compañeros cambiaran a sus formas normales, rodó a través de la nieve, se alzó sobre una rodilla, disparando dos flechas revestidas más al pecho del vampiro, mientras él estaba distraído por los seis lobos recién formados.

El vampiro siseó, sus ojos resplandecían con ardiente odio. Trató de cambiar, pero sólo sus piernas, el vientre y la cabeza tomaron la forma de una bestia multi-armada, dejando el corazón expuesto. Él se dio cuenta de que estaba atrapado, pero era completamente consciente de la pequeña flecha debilitadora en su espalda mientras el metal era destruido por su sangre ácida. Giró, enviando hacia arriba un chorro de nieve, reuniendo el viento a su alrededor y lanzándolo hacia fuera, creando una ventisca instantánea cuando la nieve fue atraída a su círculo y lanzada alrededor de él.

Era imposible ver al vampiro en el centro de esa tormenta, pero los lobos saltaron a través del remolino de nieve helada, guiados en su ataque por el olor; desgarrando las piernas y los brazos, el alfa fue a por la garganta en un esfuerzo por derribarlo. La asesina los siguió al interior del círculo con el cuchillo en la mano, lanzándose al combate frenético. Uno de los lobos gruñó, y luego chilló cuando el vampiro le desgarró los costados con unas garras afiladas y lanzó el cuerpo hacia ella.

Ivory dejó caer la ballesta y atrapó al lobo cuando se estrelló contra su pecho, conduciéndola hacia atrás. La ventisca cortó a través de su cara sin misericordia, desgarrando la piel expuesta mientras se derrumbaba con el lobo encima de ella. Puso el cuerpo plateado del alfa herido a un lado tan suavemente cómo fue posible y se arrastró hacia adelante rápidamente, cubriendo el suelo nevado como una serpiente, recogiendo la ballesta y cargándola mientras resbalaba hacia delante. Disparando rápidamente, lo golpeó tres veces más, saltando sobre sus pies justo delante de él, introduciendo el cuchillo profundamente, la mano, envuelta alrededor de la empuñadura, lo siguió mientras la hoja cortaba hueso y nervios en un esfuerzo por llegar al corazón.

El vampiro echó la cabeza hacia atrás, con saliva y sangre formándose alrededor de la boca. Golpeó con el puño en el pecho de ella, intentando llegar a su corazón, golpeando la doble fila de hebillas. Aullando, retiró la mano con marcas de quemadura evidentes en la carne de sus nudillos. Las impresiones diminutas de cruces tejidas en plata y bendecidas con agua bendita habían quemado la carne casi hasta el hueso.

El vampiro rugió, golpeándole en la garganta a pesar de los lobos que colgaban de sus brazos. Sus uñas le arañaron el cuello y el hombro, agujereando la carne con violencia mientras él luchaba salvajemente. El macho alfa lo golpeó en el torso con todas sus fuerza, echándolo hacia atrás, lejos de Ivory antes de que esas garras envenenadas pudieran perforarle la yugular.

Ivory se lanzó sobre él, golpeando con su puño, alcanzando el corazón, ignorando el ácido que se vertía sobre los guantes recubiertos y empezaba a quemar rápidamente a través de ellos. El vampiro golpeó y arañó hacia ella, pero los lobos lo sujetaron abajo mientras ella extraía el pulsante corazón negro, lo lanzaba y levantaba la mano hacia el cielo.

El relámpago zigzagueó, golpeó y se estrelló contra el corazón, sacudiendo el suelo. Los lobos saltaron fuera de su camino y el rayo de energía limpiadora saltó al cuerpo, incinerando al vampiro y limpiando sus flechas. Con cansancio, Ivory bañó sus guantes en la luz y luego se hundió en la nieve, sentándose por un momento, dejando colgar la cabeza, luchando por encontrar aire cuando los pulmones le ardían de necesidad.

Uno de los lobos le lamió las heridas en un esfuerzo por sanarla. Ella le ofreció una pequeña sonrisa y posó los dedos en la piel de la hembra alfa, frotando la cara en la suave piel en busca de consuelo. Estos lobos, salvados de la muerte tantos años atrás, más de los que recordaba, eran sus únicos compañeros… su familia. Eran su verdadera manada y no le debía lealtad a nadie más excepto a ellos.

– Ven aquí, Rajá -canturreó al macho grande-, déjame echar una mirada a tus heridas.

Todavía atrapado detrás del escudo que ella había creado para proteger del vampiro a la manada natural de lobos, el alfa rugió un desafío. Rajá lo ignoró como había hecho con tantos otros en el transcurso de los años. La manada natural vivía y moría, el ciclo de la naturaleza, y él había aprendido que tales rivalidades insignificantes no le afectaban. Envió al alfa natural una mirada de puro desdén y se arrastró hacia Ivory, tumbándose a su lado para que ella pudiera inspeccionar sus heridas. Ella lo había curado innumerables veces con el paso de los años, así como sus hermanas y hermanos curaban las heridas de la asesina, su saliva contenía los agentes curativos.

Ella raspó nieve del suelo congelado y cavó hondo hasta que obtuvo buena tierra. Mezclando su saliva con la tierra, empapó las heridas y luego lo abrazó.

– Gracias, hermano. Como tantas veces antes, me has salvado la vida.

Él la acarició con la nariz y esperó pacientemente mientras ella inspeccionaba a cada miembro de la manada. La hembra más fuerte, Ayame, que debía su nombre a la princesa demonio lobo, se acurrucó cerca de él inspeccionando sus heridas y pasándole la lengua sobre los demás rasguños que había recibido. Sus compañeros de camada formaban el resto de la manada, Blaez, su segundo al mando; Farkas, el último macho, Rikki y Gynger las dos hembras más pequeñas. Se amontonaron contra Ivory, presionando apretadamente su cuerpo azotado y magullado en un esfuerzo por ayudarla.

La camada, nacidos de padres diferentes, eran muy característicos por sus gruesos abrigos plateados, una brillante caída de espeso pelaje, y por ser más grandes de lo normal, incluso las dos hembras más pequeñas. Todos tenían los ojos azules de sus días de cachorrito, cuando Ivory había rastreado la sangre y muerte de vuelta hasta la guarida, encontrando los cuerpos mutilados de su manada natural de lobos hacía tantos años. Incluso entonces, ya se había convertido en un azote para los vampiros, un susurro, los comienzos de una leyenda; y ellos la habían buscado para destruirla. En vez de eso, habían matado y mutilado los cuerpos de la manada de lobos a los que ella había ofrecido amistad.

Encontró a los cachorritos muriéndose, sus cuerpos rotos retorciéndose a través del suelo empapado de sangre, intentando encontrar a sus madres. No pudo soportar perderlos, a su única familia, su único contacto con el calor y el cariño, y los había alimentado con su sangre de pura desesperación por mantenerlos vivos. Sangre Cárpata. Caliente y curativa. Había permanecido en la guarida con ellos, alejada de la luz del día, casi muriendo de hambre. Forzada, otra vez por desesperación a tomar pequeñas cantidades de sangre de ellos para mantenerse viva. No se había dado cuenta de que estaba haciendo intercambios de sangre, hasta que el más grande y más dominante de los cachorros experimentó el cambio.

Los cachorros habían retenido los ojos azules mientras crecían, la sangre cárpata les proporcionaba capacidad para cambiar. Su habilidad para comunicarse con Ivory los había salvado, dándoles la función psíquica mental necesaria para sobrevivir a la conversión. Como Ivory, habían resultado heridos miles de veces en la batalla, pero durante el último siglo habían aprendido a derribar exitosamente a un vampiro, los siete trabajando como un equipo.

Ella yacía en la nieve, recobrando el aliento, permitiendo que su cuerpo absorbiera el dolor de sus heridas. La del cuello latía y ardía, sabía que tenía que limpiarla inmediatamente. Era insensible al frío, como todos los Cárpatos. Su raza era tan vieja como el tiempo, casi inmortal como había descubierto, para su horror, cuando el hijo del Príncipe la había entregado a los vampiros en su propio beneficio. Nunca había conocido tal agonía, tal batalla interminable, profundamente en la tierra mientras los años pasaban y su cuerpo se negaba a morir.

Debía haber proferido algún sonido, aunque no se oyó a sí misma. Pensó que su grito era silencioso, pero los lobos se apretaron más cerca, intentando consolarla, y la manada natural detrás del escudo hizo suyo el lamento. Mirando al cielo nocturno permitió que sus lobos la apaciguaran, su amor y devoción eran un bálsamo siempre que pensaba demasiado en su vida anterior. El tiempo se arrastraba hacia adelante. Este momento del día era un enemigo tanto como el vampiro. Tenía que apresurarse a llegar a su guarida y todavía había mucho que hacer antes del alba.

Ivory se presionó los dedos sobre los ojos ardientes y forzó su cuerpo a moverse. Primero apartó el veneno de las lesiones en la carne, donde las garras venenosas del vampiro la habían desgarrado. Los vampiros que se habían unido utilizaban diminutos parásitos parecidos a gusanos para identificarse los unos a los otros, y esos parásitos infectaban cualquier herida abierta. Tenía que expulsarlos por sus poros rápidamente, antes de que pudieran tomar asidero y requerir una curación mucho más en profundidad. Otra vez atrajo el relámpago para matarlos antes de mezclar tierra y saliva para taponar sus propias heridas.

– ¿Preparados? -preguntó a su familia, recogiendo sus armas y empujando las flechas utilizadas de vuelta al carcaj. Nunca dejaba ni un arma ni una flecha atrás, cuidadosa de que su fórmula no cayera en manos de los vampiros, o peor, en las de Xavier, su enemigo mortal.

Ivory extendió los brazos y la manada saltó junta, formando el largo abrigo en el aire mientras cambiaban, cubriendo su cuerpo, la capucha sobre la cabeza y la piel fluyendo y rodeándola de calor y cariño. Nunca estaba sola cuando viajaba con la manada. No importaba a dónde fuera, cuántos días o semanas viajara, ellos viajaban con ella, evitando que se volviera loca. Había aprendido a estar sola y tenía la cautela natural del lobo hacia los extraños. No tenía amigos, sólo enemigos, y estaba cómoda así.

Atravesando a zancadas la nieve, ondeó la mano y permitió que el escudo se desintegrara. La manada natural de lobos se arremolinó a su alrededor, zigzagueando entre sus piernas y olfateando su abrigo y botas, saludándola como a un miembro de la manada. El alfa marcó cada arbusto y árbol en la vecindad para cubrir las marcas de olor de Rajá. Ivory puso los ojos en blanco ante el despliegue de dominación.

– Los machos son iguales en todo el mundo, no importa la especie -dijo en voz alta y comprobó a los lobos uno por uno, asegurándose de que el vampiro no había dañado a ninguno de ellos.

– Bien. Vamos a alimentaros antes de alba. Tengo que viajar y la noche está desvaneciéndose -dijo a la manada. Agarrando el morro del alfa, lo miró a los ojos. Encuentra y conduce una presa hacia mí y la derribaré para ti. Aunque deprisa, no tengo mucho tiempo.

Aunque hablaba con su propia manada todo el tiempo y ellos la comprendían, con una manada salvaje era más fácil transmitir la orden en imágenes, en vez de palabras. Agregó una sensación de urgencia al mismo tiempo. Necesitaba empezar el viaje de vuelta a su guarida. Normalmente volaría, cada una de sus armas estaba hecha de algo natural que podía cambiar con ella, para transportar su arsenal en distancias largas. Pero primero tenía que ayudar a la manada a encontrar alimento. No quería perderlos durante el invierno, y se avecinaba otra tormenta.

La manada de lobos se fundió, una vez más desvaneciéndose en el bosque para buscar una presa. Ella se colgó del hombro la ballesta y empezó a caminar a través de la tierra virgen en dirección a su casa. Sólo haría unos pocos kilómetros antes de que la manada tirara algo en su camino, pero estaría mucho más cerca de casa… y de la seguridad.

Comprendía poco acerca del estilo de vida moderno. Había estado enterrada bajo el suelo durante tanto tiempo, el mundo era irreconocible cuando se alzó. Supo, con el tiempo, que el hijo del Príncipe, Mikhail, había reemplazado a éste como gobernante de los Cárpatos y su segundo al mando, como siempre, era un Daratrazanoff. Sabía poco más de ellos, pero incluso el mundo Cárpato había cambiado drásticamente.

Había tan pocos de su especie, la raza se acercaba a la extinción, y ¿quién sabía? Quizá fuera para mejor. Tal vez su tiempo ya había pasado. Tan pocas mujeres y niños habían nacido durante los últimos siglos que la raza estaba casi aniquilada. Ella ya no era parte de ese mundo más de lo que lo era del mundo moderno humano de hoy en día. Sabía poco de tecnología, aparte de por los libros que leía, y no tenía el concepto de cómo sería vivir en una casa o en una aldea, pueblo, o… que Dios lo prohibiera… una ciudad.

Apresuró sus pasos, y otra vez miró al cielo. Daría a la manada de lobos otros veinte minutos para jugar antes de volar. Como fuera, ella estaba tentando a la suerte. No quería ser atrapada fuera a la luz del alba. Había pasado tanto de su vida bajo la superficie que no había desarrollado resistencia al sol como habían hecho muchos de su raza, capaces de permanecer fuera en las horas tempranas de la mañana. En el momento en que el sol comenzaba a subir podía sentir su quemazón.

Por supuesto, quizás tenía algo que ver con que a su piel le llevaba mucho tiempo renovarse, arrancada de su cuerpo como había sido hasta que no quedó nada más que huesos y una masa de tejido crudo. A veces, cuando se despertaba todavía sentía las hojas atravesando huesos y órganos mientras la cortaban en pedazos pequeños y la dispersaban por la pradera, abandonada para ser comida por los lobos. Recordaba el sonido de sus risas ásperas mientras llevaban a cabo las órdenes dadas por su peor enemigo… Xavier.


* * *

El viento comenzó a ganar fuerza y oscuras nubes vagaron sobre su cabeza, anunciando la tormenta que llegaba. Buscó el abrigo de los árboles y se guareció, cerrando los ojos para buscar a la manada de lobos. Habían descubierto una cierva, delgada y consumida por el invierno, cojeando un poco por una herida en su cuerpo viejo. Persiguiéndola, la manada se había turnado, dirigiéndola hacia Ivory.

Ella susurró suavemente, pidiendo el perdón de la cierva, explicando la necesidad de alimentar a la manada mientras levantaba el arma y esperaba. Los minutos pasaron. El hielo se agrietó con un fuerte crujido perturbando el silencio. Duros alientos explotaban de sus pulmones en un rápido chorro de vaho mientras el venado se abría camino entre los árboles y corría por el suelo helado.

Detrás del gamo corría un lobo, silencioso, mortal, hambriento, moviéndose a través de la extensión de hielo sobre sus grandes patas. Rodeándolos, la manada llegó desde varios ángulos, manteniendo al gamo corriendo directamente hacia Ivory. Habían cazado de esta manera más de una vez, trayéndole la presa a ella en momentos desesperados.

Ivory esperó hasta que tuvo un disparo mortal, no queriendo que la cierva sufriera antes de liberar la flecha y derribar al animal. Antes de que el alfa pudiera acercarse al cadáver, gruñendo a los otros para que esperaran a que él estuviera lleno, ella corrió y recuperó la flecha, alejándose rápidamente, sin querer utilizar energía para controlar a una manada hambrienta cuando había un banquete ante ellos.

Aumentando la velocidad hasta correr, Ivory saltó al cielo, cambiando, los lobos se deslizaron sobre su piel hasta convertirse en feroces tatuajes mientras pasaban como un rayo entre las nubes con ella. Ella siempre sentía la alegría de viajar de esta manera, como si una carga fuera levantada de sus hombros cada vez que tomaba el aire. Arremolinadas nubes oscuras le ayudaron a aliviar la luz de su piel mientras se movía rápidamente hacia su casa. Quizá eso era lo que la hacía sentirse menos cargada… que volvía a casa, donde se sentía a salvo y segura.

Nunca había aprendido a relajarse y tranquilizarse en tierra, donde sus enemigos podían venir a por ella desde cualquier dirección. Mantenía en secreto su guarida sin dejar huellas cerca de la entrada, así nadie tenía la oportunidad de rastrearla. Su extraordinario sistema de advertencia y protección nunca sería detectado, de eso estaba segura. La entrada no estaba protegida con el hechizo acostumbrado, así que si un Cárpato o un vampiro encontraba su guarida, no sabrían si estaba ocupado o siquiera si existía. Había aprendido muchos años atrás que era en los niveles más bajos de la tierra donde sus enemigos se encontraban más cómodos y los evitaba.

A diez kilómetros de su guarida tomó la tierra, aterrizando, todavía corriendo, rozando la superficie, con los brazos extendidos para que sus lobos pudieran cazar. Todos necesitaban sangre y con los siete esparcidos, se toparían con un cazador o una cabaña. Si no, ella entraría en la aldea más cercana y traería bastante para sostener a la manada. Era muy cuidadosa de no cazar cerca de casa, no a menos que no hubiera absolutamente más remedio que hacerlo.

Mientras se deslizaba entre los árboles y la montaña se alzaba, alta a lo lejos, encontró rastros. Un vagabundo madrugador en busca de leña quizás, o cazando. Se agachó y tocó los rastros en la nieve. Un hombre grande. Eso siempre era bueno. Y estaba solo. Eso era aún mejor. El hambre la roía ahora que se había permitido ser consciente de ello. Ivory corrió tras las huellas, siguiendo al hombre mientras éste avanzaba entre los árboles.

El bosque se abrió a un claro donde se asentaba una pequeña cabaña y un retrete, una corriente seccionaba la pradera que la rodeaba. Normalmente la cabaña estaba vacía, pero el rastro se dirigía a través de la nieve hasta el interior. Un fino rastro de humo comenzó a flotar por la chimenea, diciéndole que él acaba de llegar a la cabaña de caza y había encendido un fuego.

Ivory echó la cabeza hacia atrás y aulló, llamando a su manada. Esperó al borde del claro y el hombre dio un paso afuera, con un rifle en las manos, echando una mirada alrededor del bosque circundante. Esa llamada solitaria lo había asustado y esperaba, inspeccionando el área alrededor de la casa.

Ivory tomó el cielo otra vez, moviéndose con el viento, parte de la niebla que iba rodeando la casa. Se mantuvo sobre de su presa encima del techo, mientras él estudiaba el bosque y luego, con una pequeña maldición, entraba. Ella vio las sombras revoloteando entre los árboles y les hizo gestos. La manada se agachó, esperando.

La rendija bajo la puerta de la cabaña era lo bastante ancha para que la niebla fluyera e Ivory entró en la sala, caliente ahora por el rugiente fuego. Sólo un cuarto, con una pequeña chimenea y una estufa de cocina, la cabaña disponía de los servicios más básicos. En tiempos modernos, ni siquiera el más pobre de los aldeanos tenía tan pocos enseres. Observó al hombre desde un oscuro rincón de la habitación mientras él vertía agua en una olla y la ponía al fuego para que hirviera.

Cruzando el cuarto, se materializó casi delante de él, deslizándose entre el hombre y el fuego, su voluntad ya estirándose para calmarlo y hacerlo más accesible. Los ojos de él se abrieron de par en par y luego se volvieron vidriosos. Ivory lo dirigió a una silla donde pudiera sentarlo. Ella era alta, mucho más alta que la mayoría de las mujeres de las aldeas, un regalo de su herencia Cárpata, pero esta montaña de hombre era todavía más alto. Encontró el pulso latiendo a un lado del cuello y hundió los dientes profundamente.

El sabor era exquisito, sangre caliente fluyendo, las células llenándose y explotando a la vida. A veces olvidaba cuán bueno era regalarse con algo auténtico. La sangre animal podía mantenerla con vida, pero la verdadera fuerza y energía provenían de los humanos. Saboreó cada gota, apreciando la sangre vivificadora, agradecida al hombre, aunque él no recordaría haberla donado. Le implantó un sueño ligeramente erótico, lleno de placer, no deseando que la experiencia fuera desagradable para él.

Pasó la lengua a través de los pinchazos para cerrar los dos agujeros y borrar toda evidencia de que ella hubiera estado allí. Le consiguió un vaso de agua y se lo apretó contra la boca, ordenándole beber y luego puso otro a su lado, antes de salir lo envolvió en una manta para mantener su cuerpo caliente.

La manada la encontró en lo más profundo del bosque, rodeándola en el momento en que los llamó. El macho alfa vino primero, apoyándose contra su rodilla mientras ella se arrodillaba y le ofrecía la muñeca, la sangre manando. El lamió la herida de su muñeca izquierda mientras la hembra se alimentaba de la derecha. Alimentó a los seis lobos y luego se sentó un momento en la nieve, recuperándose. Había tomado mucho del leñador, aunque había tenido cuidado de que éste todavía pudiera funcionar, no queriendo que corriera el riesgo de morir de frío antes de recuperarse, y estaba un poco drenada después del combate con los vampiros y luego de alimentar a la manada.

Se puso de pie lentamente y estiró los brazos, esperando que los lobos volvieran a cambiar a tatuajes que cubrieran su piel. Cuando se unieron con ella, se sintió un poco más revitalizada, los lobos le daban su energía. Otra vez corrió y saltó al cielo, cambiando mientras lo hacía, dándole a su cuerpo alas mientras volaba sobre el bosque de camino a casa.

Las nubes eran pesadas y llenas, y pequeñas ráfagas de viento soplaban en la niebla emborronando el sol naciente. Las montañas se alzaban delante de ella… elevadas y cubiertas de nieve… ocultando calidez y un hogar bajo las capas de piedra. Se encontró sonriendo. Estamos en casa, envió a la manada. Casi. Tenía que explorar antes de bajar, comprobar la zona en busca de extraños.

Sintió a los lobos estirarse con cada uno de sus sentidos, al igual que lo hacía ella, nunca dando por sentada la seguridad. Así era como había logrado permanecer viva tantos años. Sin confiar en nadie. Sin hablar con nadie a menos que estuviera lejos de su morada. Sin dejar ningún rastro. Ninguna huella. La Asesina aparecía y luego desaparecía.

Se abrió camino en círculos apretados, más y más cerca de su guarida, todo el tiempo escudriñando en busca de espacios en blanco que quizás indicara a un vampiro, o la interrupción de energía que significaría que un mago podía estar en el área. El humo y el ruido quizás fueran humanos. Los Cárpatos eran más difíciles, pero tenía un sexto sentido con ellos y podía ocultarse si sentía a uno cerca.

Cuando empezó su espiral hacia abajo, un malestar ondeó a través de su cuerpo y luego a través de los lobos. Debajo de ella, a través de las capas de niebla, captó vistazos de algo oscuro inmóvil en la nieve. La nieve comenzaba a caer, añadiéndose a su pérdida de visión, y supo por la sensación de picor que se arrastraba sobre su piel que el sol había comenzado a subir. Cada instinto le decía que aumentara la velocidad y fuera a su guarida antes de que el sol rompiera sobre la montaña, pero algo más antiguo, mucho más profundo, la disuadió.

No podía girar lejos del cuerpo extendido sobre la nieve, que ya estaba siendo cubierto con el nuevo polvo que caía. O köd belsőque la oscuridad lo tome. Jurando con las antiguas maldiciones Cárpatas que habrían conmocionado a sus cinco hermanos en los viejos tiempos, cuando ella era su protegida y adorada hermana pequeña, puso los pies en la nieve y abrió los brazos para permitir que su manada bajara de un salto.

Los lobos se aproximaron al cadáver con cansancio, rodeándolo en silencio. El hombre no se movió. Su ropa estaba desgarrada, exponiendo parte del torso y el vientre demacrados a los brillantes ojos hambrientos. Rajá se acercó, dos pasos solamente, mientras la manada continuaba rodeando el cuerpo. La hembra alfa, Ayame, dio un paso detrás del macho y Rajá giró y le gruñó. Ayame saltó hacia atrás y se giró, desnudando los dientes a su compañero.

Ivory dio un paso cauteloso más cerca, mientras Rajá volvía a olisquear al hombre inmóvil. Había sido una vez un macho poderoso, no había duda acerca de ello. Era más alto que el humano medio por bastantes centímetros. El cabello era largo y espeso, una mata salpicada de nieve suelta y despeinada. Había sangre y tierra adheridas a los gruesos mechones, cubriendo el cabello en algunos lugares. Se inclinó sobre Rajá para conseguir un vistazo más de cerca y algo dentro de ella cambió.

Jadeando, se echó hacia atrás bruscamente, su cuerpo girando realmente, preparado para huir. El hombre tenía los huesos fuertes de un macho Cárpato, una nariz aristocrática recta, y profundas líneas de sufrimiento cortadas en una cara una vez hermosa. Pero lo que realmente atrapó su atención y la aterrorizó, fue la mancha de nacimiento que se mostraba a través de la camisa rota y fina. Podía ver el dragón en la cadera. No era un tatuaje, había nacido con esa marca.

Buscador de dragones. El aliento salió de sus pulmones en un jadeo largo. Alrededor de ella la nieve continuaba cayendo y el mundo se tornó blanco, todo sonido enmudeció. Podía oír los latidos de su corazón, demasiado rápido, la adrenalina bombeando por su cuerpo, la sangre rugiendo en sus orejas.

Rajá le dio un golpecito en la pierna, indicando que debían abandonar el cuerpo donde yacía. Ella tomó un aliento, aunque sus pulmones apenas funcionaban. Su cuerpo tiritaba realmente. Se dio la vuelta, señalando a los lobos que lo dejaran, pero sus propios pies se negaban a funcionar. No podía dar un solo paso. El hombre de la cara destrozada, el cuerpo demasiado delgado y apenas pulso, la ataba a él.

Levantó la cara a los cielos, permitiendo que la nieve se la cubriera como una máscara blanca.

– ¿Por qué ahora? -preguntó suavemente. Una súplica. Una oración-. ¿Por qué me pides esto ahora? ¿No crees que ya has tomado bastante de mí? -Se quedó de pie esperando una respuesta. El impacto de un relámpago quizá. Algo. Lo que fuera. Su ruego susurrado encontró con un silencio implacable.

Rajá soltó una serie de gimoteos. Márchate, hermanita. Déjalo. Obviamente te perturba. Márchate antes de que el sol esté alto.

Por primera vez en cientos de años se había olvidado del sol. Se había olvidado de la seguridad. Todo lo que sabía, todo lo que había aprendido… todo desaparecido a causa de este hombre. Quería irse. Necesitaba irse, pero todo en ella se sentía atraído por éste hombre. Päläfertiilam… compañerosu compañero… la maldición de todas las mujeres Cárpatas.

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