Capítulo V

Alfred salió a la terraza. Lydia estaba inclinada sobre uno de los jardincillos hechos por ella. Al oír acercarse a su marido levantó la cabeza. Alfred dijo:

—Ya se han marchado.

—¡Qué alivio! —exclamó Lydia.

—¿Te alegrará el marcharte de aquí? —preguntó Alfred.

—Sí. ¿Y a ti?

—También. Podemos hacer muchas cosas agradables juntos. El vivir aquí nos traería constantemente a la memoria sucesos pasados y el recuerdo de esta pesadilla. Me alegro de que todo haya terminado ya.

—Gracias a Hércules Poirot —dijo Lydia.

—Fue extraordinaria la forma que tuvo de demostrar que todos podíamos ser culpables.

—Sí, es como al terminar de juntar todas las piezas de un rompecabezas. Al principio parecía que ninguna de ellas encajaba con las otras, y al fin resulta completamente natural su colocación.

—Hay una cosa que no se ha aclarado aún —dijo Alfred-. ¿Qué estuvo haciendo George después de haber telefoneado? ¿Por qué no lo dijo?

—¿No lo sabes? Yo lo he sabido desde el principio. Estaba registrando los cajones de tu mesa de despacho.

—¡Eso no, Lydia! ¡Nadie sería capaz de hacer semejante cosa!

—George lo es. Siente una curiosidad terrible en asuntos de dinero. Pero, como es lógico, no podía decirlo.

—¿Haces otro jardín?

—Sí.

—¿Qué será esta vez?

—Creo que es una imitación del jardín del Edén. Una nueva versión. Sin serpiente. Y Adán y Eva son dos personas de mediana edad.

—¡Qué buena has sido durante todos estos años, Lydia! ¡Y qué paciente!

—Es que te quiero, Alfred, ¿sabes?

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