Capítulo XI

Hércules Poirot se sacudió la última mota de polvo de los zapatos. Se había vestido cuidadosamente para asistir a la comida y estaba satisfecho del resultado.

Sabía, de sobra, la clase de ropa que se usaba en el campo los domingos en Inglaterra; pero se negaba a seguir las costumbres inglesas. Prefería sus normas de elegancia urbana. Él no era un caballero rural inglés. ¡Él era Hércules Poirot!

En realidad, se confesó, el campo no le gustaba. La casita para fines de semana... eran tantos los amigos suyos que habían cantado sus alabanzas que se había dejado convencer y había comprado Resthaven, aunque lo único que le había gustado de ella era su forma: era perfectamente cuadrada, como una caja. El paisaje sabía que lo consideraban de una belleza singular. Resultaba, sin embargo, demasiado carente de simetría para gustarle. No le hacían mucha gracia los árboles en ningún momento: tenían la desagradable y desordenada costumbre de dejar caer las hojas. Soportaba los álamos y algún otro árbol parecido, pero aquella profusión de hayas y robles le dejaba completamente frío. Un paisaje así se saboreaba mejor desde un automóvil en marcha, en una tarde hermosa. Uno exclamaba: «Quel beau paisage!», y continuaba adelante para refugiarse en un buen hotel.

Lo mejor que tenía Resthaven, pensó, era el pequeño huerto, con las simétricas hileras de vegetales que había sembrado en él su jardinero belga, Víctor. Entretanto, Francoise, esposa de Víctor, se dedicaba, con ternura, al cuidado del estómago de su señor.

Hércules Poirot franqueó la verja, suspiró, echó una nueva mirada a sus brillantes zapatos negros, se colocó bien el sombrero de fieltro gris y miró camino arriba y camino abajo.

Se estremeció levemente al contemplar el aspecto de Dovecotes. Dovecotes y Resthaven habían sido construidas por contratistas rivales, cada uno de los cuales había adquirido una parcela del terreno. El Trust Nacional para la conservación de las bellezas del campo se había apresurado a cortar en seco todo arranque emprendedor por parte de ambos. Las dos casitas representaban dos escuelas de pensamiento distintas. Resthaven era un cajón con techo, severamente moderno y un poco gris. Dovecotes era una profusión de viguería y ambiente antiguo comprimido en el menor espacio posible.

Hércules Poirot se preguntó cómo debía aproximarse a The Hollow. Sabía que, un poco más arriba, en el camino, había una puerta pequeña y un sendero. Ésta, la entrada no oficial, le ahorraría un rodeo de media milla por carretera. No obstante, Poirot, muy dado a observar la etiqueta con toda rigurosidad, decidió seguir el camino más largo y acercarse a la casa, correctamente, por el lado de la puerta principal.

Aquélla era la primera visita que les hacía a sir Enrique y lady Angkatell. Uno no debiera, opinó, tomar atajos sin que se le hubiese invitado a hacerlo, sobre todo cuando uno era invitado de gente de cierta posición social. Estaba, justo es confesarlo, encantado de la invitación.

«Je suis un peu snob», murmuró para sí.

Conservaba una impresión agradable de los Angkatell desde que les conociera en Bagdad, sobre todo de lady Angkatell.

«Une origínale!», pensó.

El tiempo que calculara para llegar andando a The Hollow por carretera resultó exacto. Era, exactamente, la una menos un minuto cuando llamó a la puerta. Se alegraba de haber llegado y se sentía algo cansado. No le gustaba mucho andar.

Le abrió la puerta el magnífico Gudgeon, que mereció la aprobación de Poirot. No fue recibido, sin embargo, de la forma en que había esperado.

—Milady está en el pabellón, junto a la piscina, señor. ¿Tiene la bondad de seguirme?

La pasión de los ingleses por sentarse al aire libre le irritaba a Poirot. Aun cuando uno tenía que tolerar semejante capricho en pleno verano, se dijo Poirot, uno debiera estar libre de ello a fines de septiembre. El día era bueno, en efecto, pero tenía, como suelen tener siempre los días de otoño, cierta humedad. ¡Cuánto más agradable hubiera resultado que le pasaran a una sala cómoda, con un fuego ardiendo en la chimenea! Pero no; hete aquí que le conducían por los ventanales a una pequeña ladera de césped que orillaba un jardín rocoso, franqueaban una verja pequeña y avanzaban por un sendero estrecho, orillado de castaños jóvenes, plantados uno muy cerca del otro.

Era costumbre de los Angkatell invitar a la gente para la una y, los días buenos, tomaban combinados y jerez en el pequeño pabellón junto a la piscina. La comida en sí se empezaba a la una y media, para cuya hora los invitados menos puntuales debieran haber llegado ya, lo cual permitía a la excelente cocinera de lady Angkatell ponerse a hacer soufflés y otras cosas delicadas que requieren un tiempo determinado, sin temor a que el tiempo le faltase.

A Hércules Poirot el plan no le hacía ni pizca de gracia.

—Dentro de un minuto —pensó— volveré a encontrarme casi en el punto de partida.

Con los pies más pesados por momentos, siguió a la alta figura de Gudgeon.

Fue en aquel momento cuando, inmediatamente delante de él, oyó un pequeño grito. Sin saber por qué, éste sirvió para aumentar su descontento. Resultaba incongruente, y hasta cierto punto fuera de lugar. No lo clasificó ni, en verdad, se detuvo a pensar en él. Cuando pensó en él más tarde, trabajo le costó recordar qué emociones, exactamente, había parecido expresar el gritito. ¿Chasco?, ¿sorpresa? ¿Horror? Sólo podía asegurar que sugería, sin el menor género de duda, lo inesperado.

Gudgeon salió de entre los castaños. Se estaba moviendo hacia un lado, respetuoso, para dejar pasar a Poirot y, al mismo tiempo, carraspeaba como preámbulo antes de murmurar: «Monsieur Poirot, milady», en el debido tono de respeto, cuando su flexibilidad se tornó de pronto rigidez. Se quedó boquiabierto. Hizo un ruido muy poco en consonancia con un mayordomo.

Hércules Poirot salió al espacio abierto que rodeaba a la piscina, e inmediatamente, él se tornó rígido también; pero con enfado.

¡Era demasiado...! ¡Era demasiado ya en verdad! No había esperado de los Angkatell semejante vulgaridad. La larga caminata por carretera, el desencanto sufrido al llegar a la casa. Y, ahora..., ¡esto! ¡El pervertido humorismo de los ingleses!

Se sintió molesto y aburrido. ¡Oh, lo aburrido que se sentía! La muerte no era, para él, divertida. Y he aquí que le habían preparado, como broma, un cuadro plástico.

Porque lo que estaba contemplando era el cuadro, altamente artificial, de un asesinato. Junto a la piscina se hallaba el cadáver, artísticamente colocado, con el brazo extendido y hasta su miaja de pintura encarnada goteando desde el borde de cemento al agua. Era un cadáver espectacular, el de un hombre rubio, bien parecido. De pie junto al cadáver, revólver en mano, había una mujer; una mujer baja, de cierta edad, fornida, de rostro adornado con extrañamente vacua expresión.

Y había otros tres actores. Al otro lado de la piscina había una joven alta, cuyo cabello hacía juego con las hojas otoñales. Tenía en la mano una cesta llena de dalias. Un poco más allá había un hombre alto, inconspicuo, con chaqueta de cazador, y una escopeta en la mano. E inmediatamente a su izquierda, con una cesta de huevos en la mano, se hallaba su huésped, lady Angkatell.

Poirot se dio cuenta de que varias sendas distintas convergían en la piscina y era evidente que cada una de aquellas personas había llegado por un camino distinto.

Resultaba todo muy matemático y muy artificial.

Suspiró. En fin, ¿qué esperaban que hiciese él? ¿Debía fingir creer en aquel «crimen»? ¿Debía dar muestras de alarma? ¿O debía hacer una pequeña reverencia y felicitar a lady Angkatell, diciendo?: «¡Ah, cuan encantador es esto que me han preparado!»

¡La verdad, todo aquello era muy estúpido, no tenía nada de spirituel! ¿No era la reina Victoria la que había dicho en cierta ocasión: «No nos divierte?» Se sentía gran inclinación a decir lo mismo. «Yo, Hércules Poirot, no me siento divertido.»

Lady Angkatell se había acercado al cadáver. Él la siguió, dándose cuenta de que Gudgeon, respirando aún con dificultad, iba detrás de él. «Éste no está en el secreto», pensó Poirot para sus adentros. Las otras dos personas del otro lado de la piscina se reunieron con ellos. Todos se hallaban muy cerca ya, contemplando aquella figura espectacular que yacía a la orilla de la piscina.

Y de pronto, con una sacudida terrible, con la misma sensación de borrosidad que se observaba en la pantalla de un cine antes de que quede enfocada la película, Hércules Poirot comprendió que aquel cuadro artificial tenía su punto de realidad.

Porque el que estaba moribundo si no era un muerto, era por lo menos un moribundo.

No era pintura roja lo que goteaba del borde de cemento; era sangre. A aquel hombre le habían pegado un tiro, y no hacía mucho rato.

Echó una rápida mirada a la mujer que se hallaba parada allí, revólver en mano. Tenía vacua la mirada, sin expresar sentimiento de ninguna clase. Parecía aturdida y bastante estúpida.

—Es curioso —pensó.

¿Habría agotado toda posibilidad de emoción, toda sensibilidad, al hacer el disparo? ¿Sería ahora, gastada toda su pasión, un simple cascarón vacío? Quizá fuera así, pensó.

Luego contempló al herido y tuvo un movimiento de sobresalto. Porque los ojos del moribundo estaban abiertos. Eran ojos intensamente azules y tenían una expresión que Poirot no pudo leer, pero que se describió a sí mismo como expresión de intensa sensación de alerta.

Y de pronto, o tal fue la impresión de Poirot, pareció como si en todo aquel grupo de gente no hubiera más que una persona que estuviese viva de verdad: el hombre que estaba a punto de morir.

Jamás había recibido Poirot una impresión tan fuerte de vivida e intensa vitalidad. Los demás eran figuras pálidas, espectrales, actores en un drama remoto; pero aquel hombre era real.

Juan Christow abrió la boca y habló. Tenía la voz fuerte, exenta de toda sorpresa. Y el tono era urgente.

Enriqueta... —dijo.

Luego se entornaron sus párpados, y le cayó de lado la cabeza.

Hércules Poirot se dejó caer de rodillas, se aseguró y luego volvió a levantarse, sacudiéndose, maquinalmente, el polvo del pantalón.

—Sí—dijo—; está muerto.

El cuadro se deshizo, se disolvió, volvió a enfocarse. Hubo reacciones individuales ahora, sucesos triviales. A Poirot le pareció que se convertía en gigantesco ojo y oído que observaba y escuchaba todo lo que sucedía a su alrededor. Nada más que eso: observar y escuchar.

Se dio cuenta de que la mano de lady Angkatell que sujetaba la cesta se aflojaba, de que Gudgeon se adelantaba de un brinco y se la quitaba.

—Permítame, milady.

Maquinalmente, con la mayor naturalidad, lady Angkatell murmuró:

—Gracias, Gudgeon.

Y luego, vacilante:

—Gerda...

La mujer que sostenía el revólver habló por primera vez. Les miró a todos. Cuando habló, parecía estar completamente aturdida.

—Juan está muerto —dijo—. Juan está muerto.

La joven alta, de cabello color de hoja seca, se acercó apresuradamente a ella con aire de autoridad.

—Dame eso, Gerda —dijo.

Y con destreza, antes de que Poirot pudiera protestar o intervenir, le quitó el revólver de la mano a Gerda.

Poirot dio un rápido paso hacia delante.

—No debiera usted hacer eso, mademoiselle.

La joven se sobresaltó al oír su voz. El revólver se le escapó de la mano. Se hallaba de pie junto a la orilla de la piscina y el arma cayó al agua.

Abrió la boca y exhaló un «Oh» de consternación, volviendo la cabeza para mirar cariacontecida a Poirot.

—¡Qué imbécil soy! Lo soy.

Poirot no habló durante un instante. Estaba contemplando unos ojos claros, de color avellana. La mirada de éstos sostuvo la suya y se preguntó si no habría sido injusta su momentánea sospecha.

Dijo:

—Debieran tocarse las cosas lo menos posible. Hay que dejarlo todo tal como está para que lo vea la policía.

Hubo algo de movimiento entonces, muy leve, algo así como una oleada de inquietud.

Lady Angkatell murmuró, con disgusto:

—Claro..., supongo, sí, la policía...

Con voz clara y agradable, matizada de cierta repugnancia, el hombre de la chaqueta de caza murmuró:

—Me temo, Lucía, que eso es inevitable.

En aquel momento de silencio se oyó el rumor de pasos y de voces, pasos presurosos y voces alegres.

Sir Enrique Angkatell y Midge Hardcastle aparecieron por el camino que conducía a la casa, presurosos, hablando y riendo.

Al ver el grupo junto a la piscina, sir Enrique se paró en seco y exclamó con asombro.

—¿Qué pasa? ¿Qué ha sucedido?

Respondió su esposa:

—Gerda ha... —se interrumpió bruscamente—. Quiero decir que... Juan está...

Gerda dijo, con voz opaca y aturdida:

—A Juan le han pegado un tiro. Está muerto.

Todos desviaron de ella la mirada, con embarazo.

Luego, lady Angkatell dijo apresuradamente:

—Querida, creo que será mejor que vayas y... te eches. ¿Quizá sea mejor que regresemos todos a la casa? Enrique, tú y monsieur Poirot podéis quedaros aquí y... aguardar a la policía.

—Creo que ése será el mejor plan —dijo sir Enrique.

Se volvió hacia Gudgeon.

—¿Haces el favor de telefonear a la policía, Gudgeon? Diles exactamente lo ocurrido. Cuando la policía llegue, condúcela directamente aquí.

Gudgeon inclinó levemente la cabeza y contestó:

—Bien, sir Enrique.

Estaba algo pálido; pero seguía siendo el mayordomo perfecto.

La joven alta dijo:

—Vamos, Gerda.

Y asiendo del brazo a la otra, la condujo, sin que ella opusiera resistencia, por el sendero hacia la casa. Gerda caminaba como en sueños. Gudgeon se retiró un poco para dejarlas pasar y luego las siguió con la cesta de los huevos.

Sir Enrique se volvió, vivamente, hacia su esposa.

—Y ahora, Lucía, ¿qué significa todo esto? ¿Qué ha sucedido exactamente?

Lady Angkatell extendió vagamente las manos, un gesto delicioso de impotencia. Hércules Poirot sintió su encanto y su atractivo.

—Apenas si lo sé, querido. Estaba con las gallinas. Oí un disparo que pareció muy cercano; pero no le di importancia en realidad. Después de todo —se dirigió a todos—, una no se lo da. Y luego eché a andar por el sendero hacia la piscina y vi a Juan caído, y a Gerda a su lado, con el revólver. Enriqueta y Eduardo llegaron casi en el mismo instante... por ese otro lado.

Indicó, con un movimiento de cabeza, el otro lado de la piscina de donde partían dos sinuosos senderos a través del bosque.

Hércules Poirot carraspeó:

—¿Quiénes son, este Juan y esta Gerda? Si me es lícito preguntarlo —agregó.

—¡Oh, claro que sí! —lady Angkatell se volvió hacia él con gesto de excusa—. Una se olvida..., pero, claro, una no se para a presentar a nadie cuando acaban de matar a alguien. Juan es Juan Christow, el doctor Christow. Gerda Christow es su esposa.

—Y... ¿la señorita que marchó a la casa con la señora Christow?

—Mi prima Enriqueta Savernake.

Hubo un movimiento, un movimiento muy leve procedente del hombre que había a la izquierda de Poirot.

Enriqueta Savernake, pensó Poirot, y a éste no le gusta que lo hayan dicho, pero después de todo, es inevitable que yo lo sepa...

«¡Enriqueta!», había dicho el moribundo. Lo había dicho de una manera muy extraña. De una manera que le recordaba a Poirot algo... de algún incidente... ¿Qué incidente era? (Bueno, ya se acordaría.)

Lady Angkatell continuaba, decidida ahora a cumplir con sus obligaciones sociales.

—Y éste es otro primo nuestro, Eduardo Angkatell. Y la señorita Hardcastle.

Poirot correspondió a las presentaciones con corteses inclinaciones de cabeza. Midge sintió, de pronto, unas ganas enormes de echarse a reír histéricamente. Se contuvo mediante un esfuerzo.

Lady Angkatell les miró, pensativa.

—¡Dios quiera —dijo— que Gerda se haya marchado! ¿Hice bien en sugerir eso? No sabía qué decir. Quiero decir que una carece de precedentes. ¿Qué le dice una a la mujer que acaba de matar a su marido?

Les miró como si esperara que fuese dada a su pregunta una respuesta autorizada.

Luego tiró por el sendero en dirección a la casa. Midge la siguió. Eduardo se quedó con su anfitrión.

Sir Enrique carraspeó. Parecía no estar muy seguro de lo que debía hacer.

—Christow —observó por fin— era un hombre muy capaz... un hombre muy capaz.

La mirada de Poirot se posó de nuevo sobre el muerto. Seguía experimentando la curiosa impresión de que el muerto estaba más vivo que los vivos.

Se preguntó qué sería lo que le daba tal impresión.

Le contestó cortésmente a sir Enrique:

—Una tragedia como ésta es una verdadera desgracia —dijo.

—Esta clase de suceso más cae dentro de su campo de acción que del mío —dijo sir Enrique—. Creo que es la primera vez que me encuentro con un asesinato de cerca. Espero haber hecho lo que debía.

—Su proceder ha sido correcto —dijo Poirot—. Ha llamado usted a la policía y, hasta que ésta llegue y asuma la dirección, nada podemos nosotros hacer... salvo asegurarnos de que nadie toque el cadáver ni mueva cosa alguna que pueda ser útil a la investigación.

Al decir estas últimas palabras, dirigió una mirada a la piscina donde veía el revólver en el fondo de cemento, levemente deformado por la distorsión del agua.

Una de las cosas, pensó, ya había sido tocada y movida antes de que él hubiese podido impedirlo.

Pero, no; aquello había sido un accidente.

Sir Enrique murmuró, con repugnancia:

—¿Cree usted que debemos rondar por aquí? Hace algo de fresco. No creo que haya inconveniente en que nos metiésemos en el pabellón, ¿verdad?

Poirot, que había notado que tenía los pies húmedos y que mostraba cierta tendencia a tiritar, asintió de buena gana. El pabellón se hallaba junto a la piscina por el lado más alejado de la casa y por su abierta puerta les era posible ver toda la piscina, el cadáver y el sendero de la casa por el que llegaría la policía.

El pabellón estaba lujosamente amueblado con cómodos divanes y gayas alfombras indígenas. Sobre una mesa de hierro pintado había una bandeja de copas y una licorera llena de jerez.

—Le ofrecería algo de beber —dijo sir Enrique—, pero supongo que será mejor que no toque nada hasta que llegué la policía... aunque no creo que haya nada que pueda interesarles aquí. No obstante, es mejor ir sobre seguro. Veo que Gudgeon no había traído combinados aún. Estaba esperando a que usted llegara.

Los dos hombres se sentaron con cierto cuidado en dos sillones de mimbre cerca de la puerta para poder vigilar el sendero procedente de la casa.

Estaban algo cohibidos. Era una ocasión en que resultaba difícil charlar de inconsecuencias.

Poirot echó una mirada a su alrededor, tomando nota de todo detalle que le pareció anormal. Una capa cara, de zorro plateado, había sido echada sobre el respaldo de uno de los sillones. Se preguntó de quién podría ser. Su magnificencia algo ostentadora no armonizaba con ninguna de las personas que había visto hasta entonces.

Le preocupaba. Respiraba una mezcla de opulencia y de autopublicidad, características de que se habían mostrado carentes cuantos viera.

—Supongo que podemos fumar —dijo sir Enrique, ofreciéndole su pitillera a Poirot.

Antes de tomar el cigarrillo, Poirot olfateó el aire.

Perfume francés. Un perfume francés caro.

Sólo quedaban vestigios, pero se notaba y aquel aroma tampoco pudo asociarlo, mentalmente, con ninguno de los ocupantes de The Hollow.

Al inclinarse para encender el cigarrillo con el mechero que sir Enrique le ofrecía, se posó su mirada sobre una pila de cajas de cerillas, seis de ellas, colocadas sobre una mesa cerca de uno de los divanes.

Fue un detalle que se le antojó, indudablemente, singular.

Загрузка...