Capítulo III
Juan Christow se hallaba sentado en su consultorio atendiendo a su penúltima paciente de aquella mañana. Sus ojos, comprensivos y animadores, la observaban mientras ella describía, explicaba, entraba en detalles. De vez en cuando movía la cabeza en gesto de asentimiento. Le hizo preguntas, le dio instrucciones. La paciente se sintió llena de agradecimiento. ¡El doctor Christow era verdaderamente maravilloso! Tenía tanto interés, se preocupaba tanto... Hasta el hablar con él le hacía a una sentirse más fuerte.
Juan Christow tomó una hoja de papel y empezó a escribir. Sería mejor darle un laxante, supuso. Aquel nuevo, norteamericano, muy bien envuelto en papel celofán y de un tinte atractivo, poco corriente, de rosa asalmonado. Muy caro, por añadidura, y difícil de encontrar. No todas las farmacias lo tenían. Probablemente se vería obligada a ir a aquella tiendecita de Wadur Street. Tanto mejor. Probablemente la animaría una barbaridad durante un mes o dos, luego tendría que pensar en otra cosa. Nada podía hacer por ella. Cuerpo enclenque, salud indiferente. La cosa no tenía remedio. No había cosa alguna en qué hincar el diente como quien dice. En eso no se parecía a la vieja Crabtree.
Una mañana aburrida. Provechosa desde el punto de vista económico, pero nada más. ¡Dios! ¡Qué cansado estaba! Harto de mujeres enfermizas y de sus indisposiciones. Paliativos, alivios, nada más que eso. A veces se preguntaba si valdría la pena. Pero siempre, en tales ocasiones, se acordaba de San Cristóbal y de la larga hilera de camas en la sala de Margaret Russell, y de la señora Crabtree que le miraba con desdentada sonrisa.
¡Ella y él se comprendían! La vieja era una luchadora, y no como aquella especie de babosa exánime que ocupaba la cama vecina. Estaba de su parte, deseaba vivir, aun cuando Dios sabría por qué teniendo en cuenta la miseria del barrio en que tenía su residencia, la perpetua borrachera del marido, la caterva de críos ingobernables, y la necesidad de trabajar día tras día, fregando interminables suelos en interminables despachos. ¡Dura e incesante esclavitud con bien pocas distracciones! Pero deseaba vivir, disfrutaba de la vida, de igual manera que él, Juan Christow, disfrutaba de ella. No eran las circunstancias de la vida las que ellos disfrutaban, sino la vida en sí, el deleite, la emoción de la existencia. Era curioso; una cosa que uno no hubiera sabido explicar. Se dijo que tendría que discutirlo con Enriqueta.
Se levantó para acompañar a la paciente hasta la puerta. Le estrechó la mano con calor, amistoso, animador. Su voz era animadora también, llena de interés, de comprensión. Se marchó reanimada, casi feliz. ¡El doctor Christow se tomaba tanto interés!
Al cerrarse la puerta tras ella, Juan Christow la olvidó. En realidad, apenas se había dado cuenta de su existencia, aun teniéndola delante. No había hecho más que desempeñar su papel. Obraba maquinalmente. No obstante, a pesar de que aquello apenas había rozado la superficie de su mente, le había dado fuerzas. Su respuesta había sido la respuesta automática del senador y sentía la sensación de haber reducido su fondo de energía.
Dios, pensó otra vez, ¡qué cansado estoy!
Sólo una paciente más a quien ver luego, el fin de semana libre. Pensó en él con agradecimiento. Hojas doradas teñidas de rojo y pardo; el húmedo y suave olor de otoño, el camino a través del bosque, los fuegos de leña... Lucía, el ser más encantador y único, con su extraña y esquiva mente de fuego fatuo. Prefería como anfitriones a Enrique y Lucía a todos cuantos anfitriones pudiera haber en Inglaterra. Y The Hollow era la casa más encantadora que conocía. El domingo pasearía por el bosque con Enriqueta, subiría hasta la cresta de la colina, olvidaría que había enfermos en el mundo. Gracias a Dios, pensó, que nunca le pasa nada a Enriqueta.
Y luego, con brusco arranque de humorismo:
—¡Jamás me lo diría si le ocurriese!
Un paciente más que recibir. Debía oprimir el timbre sobre la mesa. Pero, sin saber por qué, demoró el acto. Ya iba retrasado. La comida estaría esperándole ya arriba, en el comedor. Gerda y los niños estarían aguardando. Era preciso que terminase.
Se le había ido acentuando últimamente este cansancio. Era la causa de la irritabilidad siempre creciente, de cuya existencia se daba cuenta, pero no podía frenar. Pobre Gerda, pensó; tenía mucho que aguantar. Si siquiera no fuese tan sumisa..., ¡si no estuviera tan dispuesta a reconocerse culpable cuando, la mitad de las veces, la culpa la tenía él! Días había en que todo lo que decía o hacía Gerda contribuía a irritarle, y principalmente, pensó, con remordimiento, eran las virtudes de ella lo que le irritaba. Era su paciencia, su abnegación, la subordinación de sus deseos a los de él, lo que despertaba su mal humor. Y jamás se mostraba resentida por sus arrebatos de ira, jamás se aferraba a su propio punto de vista cuando era contrario al de él, nunca intentaba campar por sus respetos.
(Bueno, pensó, por eso te casaste con ella, ¿no ? ¿De qué te quejas? Después de aquel verano de San Miguel...)
Era raro, cuando uno se paraba a pensar que aquellas mismas cualidades que le irritaban en Gerda eran las que tantas ganas tenía de encontrar en Enriqueta. Lo que le irritaba de Enriqueta... (No; no era ésa la palabra; era ira, no irritación, lo que ella inspiraba.) Lo que le enfurecía era la absoluta rectitud de Enriqueta en cuanto a él se refería. Estaba tan en contraposición con la actitud que adoptaba hacia el mundo en general... Le había dicho una vez:
—Creo que eres la embustera mayor que he conocido.
—Tal vez.
—Siempre estás dispuesta a decirle a la gente cualquier cosa si ello ha de agradarle, de causarle satisfacción.
—Eso me parece a mí lo más importante.
—¿Más importante que decir la verdad?
—Mucho más.
—Entonces, ¿por qué, en nombre de Dios, no puedes mentirme un poco a mí?
—¿Quieres que lo haga?
—Sí.
—Lo siento, Juan, pero no puedo.
—Debes saber lo que quiero que me digas...
Vamos, no debía empezar a pensar en Enriqueta ahora. La vería aquella tarde. Lo que hacía falta ahora era acabar de cumplir su obligación. Tocar el timbre a ver a aquella maldita mujer, a la única paciente. ¡Otro ser enfermizo! Una décima parte indisposición verdadera, y nueve décimas hipocondría. Bueno, ¿y por qué no había de disfrutar de mala salud mientras estuviese dispuesta a pagar por semejante privilegio? Servía de contrapeso a las señoras Crabtree del mundo.
Pero siguió allí inmóvil aún.
Estaba cansado. Le parecía que llevaba cansado muchísimo tiempo. Había algo que deseaba con verdadero anhelo.
Y surgió en su cerebro el pensamiento: «Quiero ir a casa.»
Le asombró. ¿De dónde había salido aquel pensamiento? Y, ¿qué significaba? ¿Casa? Nunca había tenido casa. Sus padres habían sido anglo—indios. Se había criado pasando de tío a tío, una vacunación cada uno. La primera casa permanente, el primer hogar que había conocido, era aquella casa de Harley Street, aquella casa en que tenía el consultorio.
¿Pensaba en aquella casa como hogar? Sacudió la cabeza. Sabía que no.
Pero se había despertado su curiosidad de médico. ¿Qué había querido decir con aquella frase que tan de repente había surgido en su cerebro?
«Quiero ir a casa.»
Algo tenía que haber, alguna imagen.
Entornó los párpados. Algún fondo debía de haber.
Y claramente, ante sus ojos mentales, vio el azul oscuro del mar Mediterráneo, las palmeras, los cactos, las chumberas. Olió el cálido polvo estival y recordó la frescura del agua tras yacer en la playa al sol. ¡San Miguel!
Se sobresaltó, se turbó levemente. No había pensado en San Miguel desde hacía años. Desde luego, no tenía el menor deseo de regresar allá. Todo aquello pertenecía a un capítulo pasado de su vida.
Aquello había sido doce, catorce, quince años antes. Y, ¡había obrado bien! ¡Su criterio había sido justo! Había estado locamente enamorado de Verónica; pero hubiese sido un error. Verónica se lo hubiera tragado en cuerpo y alma. Era una egoísta completa y no se había recatado en reconocerlo. Verónica se había apoderado de la mayoría de las cosas que había deseado; pero no había podido apoderarse de él. Él se había escapado. Probablemente le habría tratado mal desde un punto de vista convencional. ¡La habría plantado! Pero la verdad era que deseaba vivir su propia vida y eso no se lo hubiese consentido Verónica. Ella tenía la intención de vivir la vida de ella y arrastrar a Juan consigo de comparsa.
Se había quedado asombrada cuando él se negó a acompañarla a Hollywood.
Había dicho con desdén:
—Si tantas ganas tienes de ser médico, puedes doctorarte allí, supongo; pero es completamente innecesario. Tienes dinero para vivir y yo ganaré el dinero a espuertas.
Y él había contestado, con vehemencia:
—Es que me gusta mi profesión. Voy a trabajar con Radley.
Su voz, llena de juvenil entusiasmo, había pronunciado el nombre con respeto y veneración.
Verónica dio un respingo.
—¿Ese viejo tan estrambótico?
—Ese viejo tan estrambótico —había exclamado Juan, con ira— ha hecho algunos de los descubrimientos más valiosos en cuanto se relaciona con la enfermedad de Pratt.
Ella le había interrumpido: ¿A quién le importaba la enfermedad de Pratt? California, dijo, tenía un clima encantador. Y era divertido ver mundo. Agregó:
—Lo odiaré todo sin ti. Te quiero, Juan... Te necesito.
Y entonces, y con gran asombro de Verónica, él había propuesto que rechazara el ofrecimiento que le habían hecho desde Hollywood, se casara con él, y se resignara a vivir en Londres.
Ella se echó a reír y se mostró firme. Iba a ir a Hollywood, y amaba a Juan, y Juan tenía que casarse con ella y acompañarla. Tenía una confianza ilimitada en su belleza y en su poder.
Él había comprendido que no quedaba más que una cosa que hacer y la había hecho. Le había escrito, rompiendo su compromiso.
Mucho había sufrido, pero jamás había dudado de que lo hecho fuese lo más prudente. Había vuelto a Londres y empezado a trabajar con Radley. Y un año más tarde se había casado con Gerda, que era tan distinta a Verónica en todo como era posible serlo.
La puerta se abrió y entró su secretaria, Beryl Collins.
—Aún le queda a usted por recibir a la señora Forrester.
Él contestó con brevedad:
—Lo sé.
—Creí que pudiera habérsele olvidado.
Cruzó la habitación y salió por la puerta más lejana. Christow la siguió con la mirada. Una muchacha que no tenía nada de bonita, pensó, pero que era la eficiencia personificada. Estaba con él desde hacía seis años. Jamás cometía un error, ni se azoraba, ni se preocupaba, ni se metía prisa. Tenía negro el cabello, un cutis barroso y una barbilla que expresaba determinación. A través de los gruesos cristales de sus gafas, unos ojos grises despejados, le contemplaban a él, y contemplaban al resto del Universo, con la misma desapasionada atención.
Había querido una secretaria fea, que no anduviera con tonterías, y había conseguido una secretaria, sin tonterías de ninguna clase. Pero, a veces, con una falta de lógica inexplicable, Juan Christow se sentía resentido. Según todas las reglas de teatro y de novela, Beryl debiera haberle sido tan leal y afectuosa como un perro. Pero siempre había sabido que para Beryl, él no pintaba nada. Ni le inspiraba él devoción, ni abnegación. Jamás se había sentido impresionada por su personalidad, ni influida por su simpatía. A veces llegó a preguntarse incluso si no le inspiraría antipatía.
La había oído hablar una vez con una amiga por teléfono.
—No —había dicho—; en realidad, no creo que sea mucho más egoísta de lo que era. Quizá sea más bien más falto de consideración y más inconsciente.
Había comprendido que hablaba de él, y durante veinticuatro horas completas se había sentido francamente molesto.
Aun cuando el ciego e irrazonador entusiasmo de Gerda le irritaba, la serena crítica de Beryl le irritaba también. Total; pensó, que casi todas las cosas me irritan...
Por algo pasaría eso. ¿Exceso de trabajo? Tal vez, no; ésa era la excusa. Aquella creciente impaciencia, aquel cansancio y aquella irritación, tenían un significado más profundo. Pensó:
«Eso no puede ser. No puedo continuar así. ¿Qué me pasa? Si pudiera marcharme...»
Ahí estaba otra vez la idea que surgía para salirle al encuentro a la expresada idea de huir.
Quiero irme a casa...
¡Qué tonterías estaba diciendo...! ¡El 404 de Harley Street era su casa!
Y la señora Forrester estaba sentada en la salita de espera. Una mujer cargante. Una mujer que tenía demasiado dinero y demasiado tiempo libre que dedicar a pensar en sus achaques.
Alguien le había dicho en cierta ocasión:
—Debe hastiarse usted de esos pacientes ricos que siempre andan imaginándose enfermos. ¡Debe resultar tan satisfactorio tratar a los pobres, que sólo acuden cuando les pasa algo de verdad!
Él había sonreído. Eran curiosas las ideas que tenía la gente acerca de los pobres. Deberían haber visto a la vieja señora Pearstock, paciente de cinco clínicas distintas, que se presentaba todas las semanas para llevarse gratis botellas de medicina, linimento para la espalda, jarabes para la tos, aperitivos, mezclas digestivas...
—Catorce años hace que tomo la medicina parda, doctor, y es la única que me sirve para algo. Aquel médico joven de la semana pasada me dio una medicina blanca. ¡Como si eso pudiera servirme para algo! Es de sentido común, ¿no le parece, doctor?; quiero decir que hace catorce años que tomo la medicina parda y, si no me tomo la parafina como siempre, y esas píldoras pardas...
Le parecía estar oyendo la lloricona voz. Una mujer robusta, con una salud a prueba de bomba. ¡Ni la cantidad de medicinas que tomaba lograba ponerla enferma!
Eran lo mismo, exactamente iguales, hermanas gemelas en espíritu, la señora Pearstock del humilde barrio de Tottenham y la señora Forrester, de la señorial Park Line. Uno la escuchaba y escribía en una hoja de papel de lujo, o en la tarjeta de un hospital, según el caso...
Dios, ¡qué cansado estaba de todo aquello...!
Mar azul, la leve y dulce fragancia de la mimosa, polvo cálido...
Hacía quince años. Todo aquello había terminado para siempre. Sí, terminado, a Dios gracias. Habría tenido el valor suficiente para romper con ella.
¿Valor? Murmuró un diablillo en sus adentros. ¿Es eso lo que tú llamas valor?
Hombre, había sido sensato, ¿verdad? Trabajo le había costado arrancarse. ¡Qué diablos, le había hecho daño de verdad! ¡Le había dolido horrores! Pero había seguido adelante, había cortado los lazos, había vuelto a su patria, se había casado con Gerda.
Tenía una secretaria que no podía presumir de guapa, y una mujer que tampoco podía hacer alarde de belleza. Eso era lo que deseaba, ¿verdad? Ya estaba hasta la coronilla de belleza. Había visto lo que una persona como Verónica podía hacer con su belleza. Había visto el efecto que le hacía a todo hombre que se hallaba a tiro. Tras Verónica, había deseado la seguridad. Seguridad, paz y devoción, y tranquilidad, cosas duraderas de la vida. En resumen, había querido a Gerda. Había deseado a alguien que no tuviera más idea de la vida que las suyas, que aceptara sus decisiones, que, ni durante un instante siquiera, tuviese ideas propias...
¿Quién era el que había dicho que la verdadera tragedia de la vida era que uno consiguiese lo que deseaba?
Oprimió con ira el timbre que tenía sobre la mesa.
Despacharía a la señora Forrester. También aquél era un caso en que se ganaba el dinero con facilidad. De nuevo escuchó, hizo preguntas, tranquilizó, se mostró comprensivo, infundió algo de su sensación de energía. De nuevo extendió receta para un específico muy raro.
La mujer enfermiza y neurótica que había entrado en el consultorio arrastrando los pies, salió con paso firme, coloreadas las mejillas, con la sensación de que, después de todo, quizá valiera la pena vivir.
Juan Christow se retrepó en su asiento. Estaba libre ya. Libre para subir la escalera y reunirse con Gerda y los niños. Libre de las preocupaciones de enfermedad y sufrimientos durante el fin de semana.
Pero seguía experimentando la extraña falta de inclinación a moverse, aquella nueva y singular lasitud de voluntad.
Estaba cansado..., cansado..., cansado...