Capítulo XVI

Gerda Christow se sacó el vestido negro por encima de la cabeza y lo dejó caer en una silla.

La incertidumbre hacía lastimera su mirada. Dijo:

—No sé... De verdad que no sé. Nada parece importar.

—Comprendo, querida, comprendo.

La señora Patterson era bondadosa, pero firme. Sabía exactamente cómo tratar a la gente que había sufrido una pérdida. «Elisa es maravillosa en una crisis», decía de ella su familia.

En aquel momento se hallaba sentada en la alcoba de su hermana Gerda en Harley Street, ejerciendo sus «maravillas». Elisa Patterson era alta y delgada, de modales enérgicos. Estaba mirando ahora a Gerda con una mezcla de irritación y de compasión.

—¡Pobre Gerda querida! Era una tragedia que hubiese perdido a su esposo de una manera tan terrible. Y vaya, ni aún ahora parecía darse cuenta de las... buenas, bueno, las complicaciones, no con exactitud, por lo menos. Claro, reflexionó la señora Patterson, Gerda siempre había sido terriblemente lenta de comprensión. Y había que tener en cuenta también el efecto del golpe sufrido.

Dijo:

—Yo en tu lugar escogería ese marocain negro de doce guineas.

Una tenía que decidir siempre por Gerda.

Gerda permaneció inmóvil con el entrecejo fruncido. Dijo vacilante:

—La verdad es que no sé si le gustaba el luto a Juan. Me parece haberle oído decir una vez que no.

Juan, pensó. Si siquiera estuviera Juan aquí ahora para decirme lo que debo hacer...

Pero Juan ya no volvería a estar allí. Nunca... nunca... nunca... El cordero quedándose frío... congelándose en la mesa... El golpe de la puerta del consultorio, Juan subiendo los escalones de dos en dos, siempre con prisa, tan vital, tan vivo...

Vivo.

Tendido boca arriba junto a la piscina... el lento goteo de la sangre por el borde... el contacto del revólver en su mano...

Una pesadilla, un sueño horrible. Dentro de unos momentos se despertaría y nada de ello sería verdad.

La voz enérgica de su hermana cortó a través de sus nebulosos pensamientos.

—Es preciso que tengas algo negro para la encuesta. Parecería muy raro que te presentaras vestida de color azul claro.

Gerda dijo:

—¡Esa horrible encuesta!

Y medio cerró los ojos.

—Terrible para ti, querida —se apresuró a decir Elisa Patterson—. Pero cuando haya terminado, vendrás con nosotros y nosotros te cuidaremos bien.

La nebulosa de los pensamientos de Gerda Christow adquirió mayor consistencia. Dijo con susto, casi con pánico:

—¿Qué voy a hacer yo sin Juan?

Elisa Patterson sabía la contestación a eso.

—Tienes a tus hijos. Tienes que vivir para ellos.

Zena, sollozando y llorando. «¡Mi papá ha muerto!» Tirándose de la cama. Terry, pálido, interrogador, sin derramar lágrima alguna.

Un accidente con un revólver, les había dicho: el pobre papá había sido víctima de un accidente.

Beryl Collins (¡qué buena y previsora!) había recogido los periódicos de la mañana para que los niños no los vieran. Había puesto sobre aviso a la servidumbre también. En verdad Beryl se había mostrado muy bondadosa y muy previsora.

Terencio, presentándose a su madre en la sala débilmente iluminada, con los labios contraídos, el rostro casi verde en su palidez.

—¿Por qué pegaron un tiro a papá?

—Fue un accidente, querido. No... no puedo hablar de eso.

—No fue un accidente. ¿Por qué dices lo que no es verdad? A papá lo mataron. Fue un asesinato. Lo dice el periódico.

—Terry, ¿cómo lograste un periódico? Le dije a la señorita Collins...

Él había movido la cabeza afirmativamente. La había sacudido varias veces, como un anciano.

—Salí y compré uno, naturalmente. Comprendí que publicaban algo que tú no nos contabas. De lo contrario, ¿por qué había de esconderlos la señorita Collins?

Nunca había servido de nada ocultarle la verdad a Terry. Siempre había que satisfacer aquella extraña e impersonal curiosidad científica suya.

—¿Por qué le mataron, mamá?

Se le habían desquiciado entonces los nervios. Le había dado un ataque de histeria.

—No me preguntes nada de eso... no hables de ello... No puedo hablar de ello... es demasiado terrible.

—Pero lo averiguarán, ¿verdad? Quiero decir... tienen que averiguarlo. Es necesario.

Tan razonable, tan impersonal. Hacía que le entraran a Gerda ganas de chillar, de reír, de llorar. Pensó: «No le importa... no puede importarle... no hace más que hacer preguntas. ¡Si no ha llorado siquiera!»

Terencio había marchado, esquivando los cuidados de su tía Elisa, un niño pequeño, de rostro rígido y contraído, muy solo. Siempre se había sentido solo. Pero no había importado eso hasta aquel día.

Aquel día, pensó, era distinto. ¡Si siquiera hubiese alguien capaz de contestar razonable e inteligentemente a sus preguntas!

Mañana, martes, él y Nicholson hijo iban a fabricar nitroglicerina. Habían estado esperando con emoción el día. La emoción había desaparecido. Ya no le importaba, aunque no llegase a fabricar nitroglicerina nunca.

Terencio se sentía casi escandalizado de sí mismo. ¡No importarle ya un experimento científico! Pero cuando al padre de uno le habían asesinado... Pensó: «Mi padre asesinado.»

Y algo se conmovió dentro de él, algo se movió, echó raíces, creció... una ira sorda, lenta...

Beryl Collins llamó a la puerta de la alcoba y entró. Estaba pálida, pero serena. Dijo:

—El inspector Grange está aquí.

Y al exhalar Gerda una exclamación y mirarla lastimera, Beryl prosiguió apresuradamente:

—Dijo que no habría necesidad de molestarla. Hablará unos momentos con usted antes de irse; pero se trata sólo de unas cuantas preguntas acerca de los pacientes del doctor Christow y yo puedo decirle todo lo que desea saber.

—¡Oh!, gracias, Collins.

Beryl se retiró y Gerda exclamó con un suspiro:

—Collins es una ayuda tan grande... Es tan práctica...

—En efecto —asintió la señora Patterson—. Una excelente secretaria, muy segura. Es bastante fea la pobre, ¿verdad? Siempre he opinado que eso era preferible. Sobre todo con un hombre tan atractivo como Juan.

Gerda estalló:

—¿Qué quieres decir con eso? Elisa, Juan jamás hubiera... jamás hubiera... Hablas como si Juan hubiera flirteado o hecho algo malo de haber tenido una secretaria bonita. Juan, en el referido aspecto, no era así ni muchísimo menos.

—Claro que no, querida. Pero, después de todo, ¡una ya sabe cómo son los hombres!

En el consultorio, el inspector Grange se encaró con la mirada serena y beligerante de Beryl Collins. Era beligerante, lo notó en seguida. Bueno, quizás eso fuera, después de todo, natural.

«Fea de verdad —pensó—. Nada entre ella y el médico, creo yo. Ella puede haber estado enamorada de él, sin embargo. A veces salen las cosas así.»

Pero no aquella vez. Llegó a esta conclusión cuando se retrepó en su asiento un cuarto de hora más tarde. Las contestaciones que había dado Beryl a sus preguntas eran verdaderos modelos de claridad. Respondió sin vacilaciones y era evidente que conocía al dedillo todo lo relacionado con el consultorio. Cambió de táctica y empezó a sondear con mucho cuidado, cuáles eran las relaciones existentes entre el médico y su mujer.

Habían estado, dijo Beryl, en excelentes relaciones.

—¿Supongo que regañarían de vez en cuando como todos los matrimonios?

La voz del inspector era confidencial.

—No recuerdo ninguna riña. La señora Christow estaba muy enamorada de su esposo..., hasta el punto de ser una verdadera esclava.

Tenía su tono cierto dejo de desprecio que no se le escapó al inspector.

«Tiene algo de pesimista esta chica», pensó.

Y en voz alta:

—No defendía sus derechos, ¿eh?

—No. Todo giraba alrededor del doctor Christow.

—Un tirano, ¿eh?

Beryl estudió la pregunta antes de contestar.

—No. No diría yo tanto. Pero era lo que yo llamaría un hombre muy egoísta. Daba por sentado que la señora Christow estaría siempre de completo acuerdo con las ideas de él.

—¿Tuvo dificultades con alguna de sus pacientes? Con mujeres quiero decir. No vacile en ser franca, señorita Collins. Ya se sabe que los médicos tropiezan con dificultades por este lado.

—¡Oh, eso! —la voz de Beryl era desdeñosa—. El doctor Christow sabía resolver todas las dificultades de esa clase que se le presentaran. Tenía un trato excelente para los enfermos.

Agregó:

—Era un médico maravilloso en verdad.

Y se notaba en su voz cierta admiración concedida como a regañadientes.

Grange preguntó:

—¿Estaba enredado con alguna mujer? No sea usted excesivamente leal, señorita Collins. Es importante que lo sepamos.

—Sí; eso lo comprendo. Pero que yo sepa, no.

Un poco demasiado brusca la contestación, pensó Grange. No lo sabe. Pero tal vez lo adivina o tenga sus sospechas.

Preguntó bruscamente:

—¿Y la señorita Enriqueta Savernake?

Beryl comprimió los labios.

—Era amiga del doctor Christow, ¿verdad?

—¿No... no hubo desavenencia alguna entre el doctor y la señora Christow por culpa de ella?

La contestación fue rotunda. (¿Demasiado rotunda?):

—Claro que no.

El inspector cambió de terreno.

—¿Y la señorita Verónica Cray?

—¿Verónica Cray?

El tono de Beryl era de asombro puro.

—Era amiga del doctor Christow, ¿verdad?

—Jamás he oído hablar de ella. Es decir, me parece recordar el nombre...

—La actriz cinematográfica.

La frente de Beryl se despejó.

—¡Pues claro! ¡Ya decía yo que el nombre no me era desconocido! Pero no tenía la menor idea de que el doctor Christow la conociese.

Parecía tan segura y sincera que el inspector abandonó inmediatamente el tópico. La interrogó a continuación acerca del estado de ánimo y comportamiento del doctor el sábado anterior. Y aquí por primera vez Beryl dio muestras de menos seguridad en sus hasta ahora claras contestaciones.

—No parecía del todo como de costumbre.

—¿En qué estribaba la diferencia?

—Parecía distraído, ensimismado. Transcurrió un buen rato antes de que diera orden de que pasara su última paciente. Y, sin embargo, normalmente, siempre tenía prisas por acabar cuando había de marchar fuera. Pensé, sí, pensé, decididamente, que algo le preocupaba.

Pero no podía ser más explícita.

El inspector Grange no estaba muy satisfecho del resultado de sus investigaciones. Andaba muy lejos de haber hallado un móvil, y era preciso encontrar uno bien definido antes de poder entregar el asunto al fiscal.

Estaba completamente seguro de que Gerda Christow había matado a su marido. Sospechaba que los celos eran el móvil, pero hasta entonces no había encontrado ni una sola prueba. El sargento Combes se había encargado de interrogar a las doncellas, pero todas ellas contaban la misma historia, la señora Christow adoraba hasta el suelo que pisaba su marido.

Lo que hubiese sucedido, pensó, tenía que haber ocurrido en The Hollow. Y, acordándose de The Hollow, experimentó cierta vaga inquietud. Era una gente muy rara la de allá.

Sonó el timbre del teléfono que había sobre la mesa, y la señorita Collins descolgó el auricular.

Dijo:

—Es para usted, inspector.

Y le entregó el aparato.

—Diga, Grange al habla. ¿Cómo?

Beryl notó el cambio de tono y le miró con curiosidad. Aquella cara de palo seguía tan inescrutable como siempre. Estaba gruñendo, escuchando...

—Sí..., sí..., eso ya lo he oído. Eso es completamente seguro, ¿verdad? No hay posibilidad de error. Sí..., sí..., sí; iré. Ya he terminado aquí. Sí.

Colgó el auricular y se quedó un rato inmóvil. Beryl le volvió a contemplar, curiosa.

El inspector se dominó y preguntó en voz que era completamente distinta a la que empleara para hacer las preguntas anteriores.

—Supongo que no tiene usted ninguna idea propia acerca de este asunto, señorita Collins.

—¿Quiere usted decir que...?

—Quiero decir que si tiene usted alguna idea acerca de quién pudo haber matado al doctor Christow.

Ella contestó, llanamente:

—No tengo la menor idea, inspector.

Dijo Grange, muy despacio:

—Cuando se halló el cadáver, la señora Christow estaba a su lado con el revólver en la mano...

Dejó sin terminar la frase, con toda intención.

La reacción fue inmediata. No acalorada, sino serena, judicial.

—Si usted cree que la señora Christow mató a su marido, estoy completamente segura de que está usted en un error. La señora Christow no es una mujer violenta. Es muy humilde y sumisa, y estaba completamente dominada por el doctor. Me parece completamente absurdo que pueda nadie creer, durante un segundo siquiera, que ella le haya matado, por mucho que las apariencias militen en contra suya.

—Entonces, si no lo hizo ella, ¿quién fue? —inquirió Grange, incisivamente.

Beryl dijo, muy despacio.

—No tengo la menor idea.

El inspector se dirigió a la puerta. Beryl preguntó:

—¿Quiere usted ver a la señora Christow antes de marcharse?

—No... Sí, quizá sea mejor.

De nuevo se admiró Beryl. Aquél no era el mismo hombre que la había estado interrogando antes de que sonara el teléfono. ¿Qué noticias debía haber recibido que tanto le habían cambiado?

Gerda entró en el cuarto, nerviosa. Tenía aspecto de ser muy desgraciada y de estar aturdida. Dijo, en voz baja y trémula:

—¿Ha descubierto usted algo más acerca de quién mató a Juan?

—Aún no, señora Christow.

—Es tan imposible..., tan completamente imposible.

—Pero ha sucedido, señora Christow.

Ella movió afirmativamente la cabeza, bajó la mirada e hizo una pelota con el pañuelo.

Él preguntó, apaciblemente:

—¿Tenía su esposo enemigos, señora Christow? Haga memoria.

—¿Juan? ¡Oh, no! Era maravilloso. Todo el mundo le adoraba.

—¿No se le ocurre a usted nadie que pudiera estar resentido con él... (hizo una pausa) o con usted?

—¿Conmigo? —pareció asombrada—. ¡Oh, no, inspector! ¡No lo creo!

Granee exhaló un suspiro.

—¿Y la señorita Verónica Cray?

—¿Verónica Cray? Ah, ¿se refiere usted a la que vino aquella noche a pedir cerillas?

—Sí, a esa misma. ¿La conocía usted?

Gerda negó con la cabeza.

—Era la primera vez que la veía. Juan la había conocido muchos años antes... o así lo dijo ella.

—Puede haber tenido ella algún resentimiento contra él del que usted no tuviera conocimiento.

Gerda dijo, con dignidad:

—No creo que pueda haber estado nadie resentido con Juan. Era el más bondadoso y el más desinteresado... ¡oh, y uno de los hombres más nobles!

—¡Hum! —murmuró el inspector—. Sí. Ya. Bueno, pues muy buenos días, señora Christow. ¿Está usted enterada de lo de la encuesta? A las once el miércoles, en Market Depleach. Será muy sencillo..., nada que pueda darle disgusto ni turbarla... Probablemente se concederá un aplazamiento de una semana para que podamos ampliar nuestras investigaciones.

—¡Ah, comprendo! Gracias.

Se le quedó mirando viéndole marchar. El inspector se preguntó si aún ahora se habría dado cuenta, si habría comprendido que era ella la persona sobre la que recaían las sospechas.

Paró un taxi, gasto justificado en vista de la información que acababan de darle por teléfono. A donde, exactamente, iba a conducirle dicha información, era cosa que no sabía. A primera vista parecía una idiotez, algo que no tenía nada que ver en el asunto. No tenía sentido. Y, sin embargo, y de alguna manera que aún no lograba ver, era preciso que tuviese sentido.

La única deducción que podía hacerse era que el caso no iba a resultar tan sencillo, claro y sin complicaciones como había creído en un principio.

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