Capítulo XXVII
El juez carraspeó y miró con expectación al jefe del jurado.
Éste dirigió una mirada al pedazo de papel que tenía en la mano. La nuez le corrió por la garganta con excitación Leyó con cuidadosa voz:
—Hallamos que el difunto murió asesinado a manos de persona o personas desconocidas.
Poirot movió afirmativamente la cabeza en su rincón junto a la pared.
No cabía otro fallo.
Fuera, los Angkatell se detuvieron un momento a hablar con Gerda y su hermana. Gerda llevaba el mismo vestido negro. Tenía su semblante la misma expresión de aturdimiento e infelicidad. Aquella vez no tenía el Daimler. Él servicio de trenes, explicó Elisa Patterson, era, en realidad, muy bueno. Un rápido hasta la estación de Waterloo y podían coger sin dificultad el tren de la una y veinte hasta Bexhill.
Lady Angkatell murmuró al estrecharle a Gerda la mano:
—Tienes que mantenerte en contacto con nosotros, querida. Una comida, quizás, un día en Londres. Supongo que irás allí de vez en cuando, de compras.
—No... no lo sé... —dijo Gerda.
Dijo Elisa Patterson:
—Tenemos que darnos prisa, querida... el tren...
Y Gerda se alejó con expresión de alivio.
Midge dijo:
—Pobre Gerda. Lo único bueno que le ha conseguido la muerte de Juan ha sido librarla de tu aterrorizante hospitalidad, Lucía.
—Qué poco bondadosa eres, Midge. Nadie puede decir de mí que no haya hecho cuanto estuviera en mis manos.
—Aún resultas peor cuando haces todo lo que puedes, Lucía.
—Bueno, es muy agradable pensar que todo ha terminado ya, ¿verdad? —murmuró lady Angkatell, mirándoles a todos con beatífica expresión—. Salvo, claro está, para el pobre inspector Grange. No sabéis cuánto le compadezco. ¿Creéis vosotros que le animaría si le invitásemos a comer con nosotros? Como amigo, quiero decir.
—Yo, en tu lugar, no tentaría a la Providencia, Lucía —dijo sir Enrique.
—Quizá tengas razón —asintió ella, pensativa—. Y de todas formas, tampoco tenemos la comida más indicada hoy. Perdices aux choux... y esa deliciosa Sorpresa Soufflé que la señora Medway prepara tan bien. No se parece en nada a la clase de comida que le gustaría al inspector. Una buena chuleta, a medio hacer, y una buena tarta de manzana al antiguo estilo, sin adornos... o quizá pelota de manzana... eso es lo que yo pediría para el inspector Grange.
—En cuestión de comidas, tu instinto siempre es bueno, Lucía. Creo que será mejor que volvamos a casa a enfrentarnos con esas perdices. Se me antojan deliciosas.
—Es que se me ocurrió que debíamos celebrarlo de alguna manera. Es maravilloso, ¿verdad?, cómo se ponen las cosas para que todo salga bien a última hora.
—Sí...
—Ya sé lo que estás pensando, Enrique; pero no te preocupes. Me cuidaré de ello esta tarde.
Lady Angkatell le sonrió.
—Nada de particular, querido. Sólo se trata de atar un cabo que queda suelto.
Sir Enrique la miró dubitativo.
Cuando llegaron a The Hollow, Gudgeon acudió abrirles la portezuela del coche.
—Todo salió satisfactoriamente, Gudgeon —dijo lady Angkatell—. Tenga la bondad de decírselo a la señora Medway y a los demás. Ya sé cuan desagradable ha sido para todos ustedes y quisiera decirles ahora cuánto apreciamos sir Enrique y yo la lealtad de la que todos ustedes han dado muestras.
—Hemos estado hondamente preocupados por usted, milady —dijo Gudgeon.
—Es encantadora esa preocupación de Gudgeon —dijo Lucía al entrar en la sala—; pero, en realidad, innecesaria. La verdad es que casi me ha resultado divertido todo esto..., es tan diferente, ¿comprendes?, de a lo que una está habituada... ¿No sientes, David, que una experiencia de esta índole te ensancha la mente? Debe de ser tan distinto a Cambridge.
—Yo voy a Oxford —le contestó David con frialdad.
Lady Angkatell dijo vagamente:
—Las encantadoras regatas... Son tan inglesas, ¿no te parece?
Y se dirigió al teléfono.
Descolgó el teléfono y, con él en la mano, prosiguió:
—Confío muy de veras, David, en que volverás a pasar unos días con nosotros otra vez. Es tan difícil, ¿verdad?, llegar a conocer a la gente cuando hay un asesinato... Y completamente imposible celebrar una conversación verdaderamente inteligente.
—Gracias —contestó David—, pero cuando vuelva a tener vacaciones, me voy a Atenas..., al Colegio Británico.
Lady Angkatell se volvió hacia su marido.
—¿Quién está de embajador allí ahora? Ah, sí, claro Hope-Remmington. No; no creo que los encontrara David simpáticos. Las hijas tienen una vitalidad aterradora. Juegan al hockey y al cricquet, y un juego muy raro en que se coge no sé qué en una red.
Se interrumpió y se quedó contemplando el auricular.
—Pero, ¿qué hago yo con esto en la mano?
—Tal vez fueras a telefonearle a alguien —sugirió Eduardo.
—No lo creo —volvió a colgarlo—. ¿Te gustan los teléfonos, David?
Era la clase de pregunta, pensó David, irritado, que sólo a ella podía ocurrírsele hacer, la clase de pregunta a la que no podía darse una contestación inteligente. Replicó con frialdad, que suponía que resultaban útiles.
—¿Quieres decir —dijo lady Angkatell—, como máquinas de picar carne ? ¿O bandas de goma? No obstante, a una eso no...
Se interrumpió al aparecer Gudgeon en la puerta para anunciar que la comida estaba en la mesa.
—Pero te gustan las perdices —le dijo lady Angkatell a David con ansiedad.
David reconoció que le gustaban las perdices.
—A veces llego a creer que Lucía está verdaderamente mal de la cabeza —dijo Midge cuando ella y Eduardo se alejaron de la casa en dirección a los bosques muy cercanos a la finca.
Las perdices y la «sorpresa» soufflé habían resultado excelentes, y terminada ya la vista, parecía haberse aligerado ya el ambiente.
Eduardo dijo, pensativo:
—Yo siempre creo que Lucía tiene una mente brillante que se expresa como un concurso de fuga de palabras. Aunque sea mezcla de símiles, lo diré de otra manera: el martillo salta de clavo en clavo sin dejar ni una sola vez de darle a cada uno de lleno en la cabeza.
—Sea como fuere —anunció Midge muy seria—, Lucía me asusta a veces.
Agregó con un leve estremecimiento:
—Este sitio me asusta últimamente.
Eduardo la miró con asombro. Preguntó:
—¿The Hollow? A mí siempre me recuerda un poco a Ainswick. No es, claro está, Ainswick auténtico...
Midge le interrumpió:
—Ahí está la cosa, Eduardo. Me asustan las cosas que no son de verdad. Una no sabe, ¿comprendes?, lo que se oculta tras de ellas. Es como... ¡oh!, una máscara, como un antifaz.
—No debes dar rienda suelta a tu imaginación, Midge, pequeña.
Era el tono antiguo, el tono de indulgencia que había empleado antaño. Le había gustado entonces. Pero ahora la turbaba. Luchó por hacer más claro lo que quería decir, por demostrarle que, tras lo que él llamaba imaginación, se ocultaba la forma de una realidad vagamente vista, vagamente asida.
—Me deshice de esa sensación en Londres; pero ahora que estoy de vuelta aquí, se apodera de mí de nuevo. Se me antoja que aquí todo el mundo sabe quién mató a Juan Christow..., que la única persona que no lo sabe soy... yo.
Eduardo dijo con irritación:
—¿Es preciso que pensemos y hablemos de Juan Christow? Ha muerto. Está muerto y enterrado.
Midge murmuró:
«Está muerto y enterrado,
segado como la mies.
A la cabeza la hierba,
y una lápida a los pies.»
Posó una mano en el brazo de Eduardo.
—¿Quién le mató, Eduardo? Creíamos que era Gerda... pero no era Gerda. Pero entonces, ¿quién fue? Dime lo que tú opinas. ¿Fue alguien del que nunca hemos oído hablar?
Contestó él, irritado:
—No veo el provecho de toda esta especulación. Si la policía no puede averiguarlo, o no consigue pruebas suficientes, tendrán que darse por vencidos y abandonar el asunto... y nos desharemos de él.
—Sí; pero... es el no saber.
—¿Para qué hemos de querer saberlo? ¿ Qué tiene que ver Juan Christow con nosotros?
Con nosotros, pensó ella, ¿con Eduardo y conmigo? ¡Nada! Consolador pensamiento... ella y Eduardo unidos... una entidad dual. Y, sin embargo, y, sin embargo..., Juan Christow, a pesar de que se le había depositado en la fosa y se le había leído el servicio de difuntos, no estaba enterrado lo bastante hondo. Está muerto y enterrado... Pero Juan Christow no estaba muerto y enterrado, a pesar de lo mucho que Eduardo deseara que estuviese. Juan Christow todavía estaba allí, en The Hollow.
Eduardo preguntó:
—¿Adonde vamos?
Algo que notó en su tono le sorprendió. Dijo:
—Demos un corto paseo hasta la cresta de la colina, ¿quieres?
—Como gustes.
Dios sabe por qué razón iba de mala gana. Midge se preguntó por qué. Generalmente, aquél era su paseo favorito. Enriqueta y él acostumbraban casi siempre... Su pensamiento dio como un chasquido y se partió. ¡Enriqueta y él! Preguntó:
—¿Has estado por este camino este otoño?
Él respondió con sequedad:
—Enriqueta y yo subimos por él la primera tarde.
Siguieron andando en silencio.
Llegaron por fin a la cima y se sentaron en un árbol caído.
Midge pensó en seguida: «Enriqueta y él se sentaron aquí, quizá.»
Dio vueltas al anillo que llevaba en el dedo. El diamante centelleó fríamente. «Esmeraldas, no», había dicho él.
Dijo con un ligero esfuerzo:
—Será delicioso estar en Ainswick otra vez para Nochebuena.
Él no pareció oírla. Se hallaba lejos.
Pensó ella: «Está pensando en Enriqueta y en Juan Christow.»
Sentado allí, le había dicho algo a Enriqueta o Enriqueta le había dicho algo a él. Podría saber Enriqueta lo que ella no quería, pero Eduardo le pertenecía a Enriqueta aún.
Se sintió invadida por el dolor. La burbuja de felicidad en que había vivido durante la última semana se estremeció y estalló.
Pensó: «No puedo vivir así... con Enriqueta allí siempre en su recuerdo. No puedo enfrentarme con eso. No puedo soportarlo.»
El viento susurró entre los árboles. Las hojas caían aprisa, ya apenas quedaba una dorada, sólo las pardas.
Dijo ella:
—¡Eduardo!
La urgencia de su voz le hizo salir de su ensimismamiento. Volvió la cabeza.
—¿Qué?
—Lo siento, Eduardo —Le temblaban los labios, pero consiguió dominar su voz—. Tengo que decírtelo. Es inútil. No puedo casarme contigo. No saldría bien, Eduardo.
Dijo él:
—Pero, Midge... acaso Ainswick...
Le interrumpió:
—No puedo casarme contigo nada más que por Ainswick, Eduardo. Debes..., debes comprender eso tú.
Suspiró él entonces, un suspiro largo, dulce. Era como un eco de las hojas secas que se descolgaban dulcemente de la rama de los árboles.
—Comprendo lo que quieres decir. Sí; supongo que tienes razón.
—Fuiste muy bueno al pedirme que me casara contigo, Eduardo..., muy bueno, y muy dulce, y muy encantador. Pero no resultaría, Eduardo. Saldría mal.
Había tenido la leve esperanza quizá de que él discutiera con ella, de que intentara persuadirla; pero parecía tener el mismo convencimiento que ella. Allí, con el fantasma de Enriqueta a su lado, comprendía aparentemente él también que no podría salir bien.
—Sí —murmuró él, haciéndose eco de sus palabras—; saldría mal.
Se quitó Midge el anillo del dedo y se lo ofreció.
Siempre amaría a Eduardo, y Eduardo siempre amaría a Enriqueta y la vida sería un completo infierno.
Dijo, quebrándose levemente la voz:
—Es un anillo muy hermoso, Eduardo.
—Me gustaría que te lo quedases, Midge. Me encantaría que lo tuvieses.
Ella negó con la cabeza.
—No podría hacer eso.
Dijo él con una leve contracción humorística de los labios:
—No se lo daré a ninguna otra persona, ¿sabes?
Todo ocurrió amistosamente. Él no sabría, jamás sabría, exactamente lo que estaba sintiendo ella. El cielo en una bandeja, y la bandeja se había roto, y el cielo se le había escapado de entre los dedos o quizá jamás hubiese estado retenido allí.
Aquella tarde Poirot recibió su tercera visita.
Le había ido a ver Enriqueta Savernake. Luego, Verónica Cray. Y esta vez era lady Angkatell. Avanzó ingrávida por la senda dando la acostumbrada impresión de falta de corporeidad.
Abrió la puerta, y ella le miró con una sonrisa.
—He venido a verle —anunció.
Así hubiera conferido un favor un hada a un simple mortal.
—Encantado, madame.
La condujo a la salita. Ella se sentó en el sofá y volvió a sonreír.
Hércules Poirot pensó: «Es vieja..., tiene el cabello gris... y hay arrugas en su rostro. No obstante, hay en ella algo mágico... y siempre lo habrá.»
Lady Angkatell dijo con dulzura:
—Quiero que me haga usted un favor.
—Diga, lady Angkatell.
—Para empezar, he de hablarle a usted... de Juan Christow.
—¿Del doctor Christow?
—Sí. Se me antoja a mí que lo único que se puede hacer es poner punto final a todo el asunto. Comprende usted lo que quiero decir, ¿verdad?
—No estoy muy seguro de saber lo que quiere usted decir, lady Angkatell.
Le dirigió una nueva y deslumbradora sonrisa y posó una mano blanca y larga sobre su brazo.
—Querido monsieur Poirot, usted comprende perfectamente. La policía tendrá que andar buscando por ahí al que dejó estas huellas dactilares y no le encontrarán. Y acabarán por tener que abandonar la investigación. Pero me temo, ¿sabe?, que usted no la abandonará.
—No —asintió Poirot—; yo no la abandonaré.
—Eso es precisamente lo que yo suponía. Y ésa es la razón de que haya venido. Es la verdad lo que usted desea, ¿no es así?
—¡Claro que deseo la verdad!
—Veo que no me he explicado muy bien. Estoy intentando averiguar exactamente por qué no quiere abandonar usted el asunto. No es por razones de prestigio, ni porque desee ahorcar a un asesino (una clase de muerte bien desagradable, he opinado yo siempre... tan medieval). Sólo es, creo yo, porque quiere usted saber. Sí que me entiende, ¿verdad? Si conociera usted la verdad... si se le llegara a decir a usted la verdad, creo que... que tal vez quedara satisfecho. ¿Le gustaría a usted, monsieur Poirot?
—¿Está usted ofreciendo decirme la verdad, lady Angkatell?
Ella movió afirmativamente la cabeza.
—Así, pues, ¿usted conoce la verdad?
Abrió ella los ojos desmesuradamente.
—Oh, sí, hace tiempo que la sé. Me gustaría decírsela. Y entonces podríamos acordar que..., bueno, que todo había pasado ya y que todo estaba terminado.
Le sonrió.
—¿Trato hecho, monsieur Poirot?
Le costó un serio esfuerzo a Hércules Poirot el decir:
—No, madame, no hay trato hecho.
Quería, quería muy de veras, abandonar el asunto nada más que porque Lucía Angkatell se lo había pedido.
Lady Angkatell se quedó muy quieta durante un momento. Luego enarcó las cejas.
—Si sabrá usted —murmuró—, si sabrá usted lo que está haciendo en realidad.