Capítulo XIX
Poirot no se movió de su asiento después de haberse marchado Enriqueta hasta que vio, allá abajo, al inspector Grange que, dejando atrás la piscina, se internaba con paso resuelto por la senda que pasaba por delante del pabellón.
El inspector caminaba como si fuera a un lugar determinado.
Por consiguiente, debía dirigirse a Resthaven o a Dovecotes. Poirot se preguntó a cuál de las dos casas sería.
Se puso en pie y regresó por el mismo camino que había llegado. Si el inspector Grange iba a verle, le interesaba saber lo que tenía que decirle.
Pero cuando llegó a Resthaven no vio ni rastro del visitante. Echó una mirada pensativa camino arriba, hacia Dovecotes. Sabía que Verónica Cray no había regresado a Londres.
Sintió que aumentaba su curiosidad por saber algo de Verónica. Las pálidas y brillantes pieles de zorro, la pila de cajas de cerillas, la inesperada y mal justificada invasión del sábado por la noche y, por último, las revelaciones que le hiciera Enriqueta Savernake acerca de Juan Christow y Verónica.
Resultaba, se dijo, un dibujo interesante. Sí; así lo veía él: como un dibujo.
Un diseño de emociones entremezcladas y el choque de personalidades. Un dibujo extrañamente intrincado a través del cual pasaban oscuros hilos de odio y de deseo.
¿Había matado Gerda Christow a su esposo? O..., ¿no era la cosa tan sencilla como todo eso?
Pensó en su conversación con Enriqueta y decidió que no era tan fácil.
Enriqueta se había precipitado al pensar que sospechaba que fuera ella la asesina. Pero en realidad él no había llegado tan lejos en sus suposiciones. Sólo, en rigor, hasta el punto de estar convencido de que Enriqueta sabía algo. Sabía algo o estaba ocultando algo. ¿Cuál de las dos cosas?
Sacudió la cabeza nada satisfecho.
La escena junto a la piscina. Una escena preparada. Un cuadro de teatro.
Presentado..., ¿por quién?
Presentado... ¿para quién?
Tenía fuertes sospechas de que la contestación a la segunda pregunta era: Hércules Poirot. Lo había creído así en el primer momento. Pero había creído entonces que se trataba de una impertinencia, de una broma.
Seguía siendo una impertinencia, pero no una broma.
¿Y la respuesta a la primera pregunta?
Sacudió la cabeza. No lo sabía. No tenía la menor idea.
Pero entornó los párpados y los evocó a todos ellos, viéndoles claramente con los ojos de la mente. Sir Enrique, recto, responsable, administrador de confianza del Imperio. Lady Angkatell, una sombra esquiva, inesperada y desconcertadamente encantadora, con su mortífero poder de sugestión. Enriqueta Savernake, que había amado a Juan Christow más que a sí misma. El dulce y negativo Eduardo Angkatell. La muchacha morena, positiva, llamada Midge Hardcastle. El rostro aturdido, desconcertado, de Gerda Christow, con el revólver en la mano. La ofendida y adolescente personalidad de David Angkatell.
Allí estaban todos, cogidos y retenidos en las mallas de la Ley. Ligados por algún tiempo en la implacable segunda siega de una muerte repentina y violenta. Cada uno de ellos tenía su propia tragedia, su propia historia.
Y en algún punto de las reacciones entre aquellos caracteres y aquellas emociones, se ocultaba la verdad.
Tenía la intención de conocer la verdad de la muerte de Juan Christow.
—Naturalmente, inspector —dijo Verónica—; estoy deseando poder ayudarle.
—Gracias, señorita Cray.
Verónica Cray no era, ni con mucho, como el inspector se la había imaginado.
Había acudido preparado para ver boato, artificialidad y hasta, posiblemente, desplantes. Nada le hubiera sorprendido que la mujer hubiese representado una comedia a las que tan acostumbrado estaba.
En realidad, sospechaba que eso era lo que estaba haciendo: representar una comedia. Pero no era la clase de comedia que había esperado.
El encanto femenino no era exagerado. No intentaba rodearse de una aureola.
En lugar de eso, la sensación que obtuvo fue la de hallarse sentado frente a una mujer bien parecida en sumo grado, y lujosamente vestida, una mujer que, al propio tiempo, era una buena mujer de negocios. Verónica Cray, pensó, no tenía ni un pelo de tonta.
—Sólo deseamos una declaración clara, señorita Cray. ¿Fue usted a The Hollow el sábado por la noche?
—Sí. Me había quedado sin cerillas. Una se olvida de lo importante que son esas cosas en el campo.
—¿Fue usted tan lejos para eso? ¿Por qué no a su vecino, monsieur Poirot?
Ella sonrió, una soberbia sonrisa cinematográfica, llena de confianza.
—No sabía quién era mi vecino. De lo contrario, le hubiera visitado. Pensé que era un simple extranjero y se me ocurrió que pudiera convertirse en un pelma... ya que vivía tan cerca.
Sí, pensó Grange. Muy plausible. Tenía aquella contestación preparada de antemano por si la interrogaban.
—Le dieron las cerillas —dijo—, y reconoció usted en el doctor Christow a un viejo amigo, según tengo entendido.
Ella asintió con un movimiento de cabeza.
—¡Pobre Juan! Sí; hacía quince años que no le había visto.
—¿De veras?
El tono del inspector expresaba cortés incredulidad.
—De veras.
—¿Se alegró de verle?
—Mucho. Siempre resulta delicioso, ¿no le parece, inspector?, encontrarse con un antiguo amigo.
—Puede serlo en algunas ocasiones.
Verónica Cray prosiguió sin aguardar a que le hicieran más preguntas:
—Juan me acompañó a casa. Querrá usted saber si dijo algo que pudiera tener relación con la tragedia, y he estado repasando cuidadosamente nuestra conversación. Pero, la verdad, no contenía ni el menor indicio.
—¿De qué hablaron ustedes, señorita Cray?
—De otros tiempos. «¿Te acuerdas de esto, de lo otro, de lo de más allá?» —Sonrió pensativa—. Nos habíamos conocido en el sur de Francia. Juan había cambiado muy poco en realidad. Era más viejo, claro, y tenía más aplomo. Tengo entendido que era muy conocido en la profesión. No habló de su vida familiar para nada. Recibí la impresión de que su vida de matrimonio no era, quizá, muy feliz... pero no fue más que una muy vaga impresión. Supongo que su esposa, ¡pobrecilla!, era una de esas mujeres celosas para quien las pacientes un poco bien parecidas de su marido serían una excusa para amargarle la vida.
—No —dijo Grange—; no parece haber sido así ni mucho menos.
Dijo Verónica con rapidez:
—¿Quiere decir que... todo lo llevaba por dentro? Sí... sí; comprendo que eso resulta aún más peligroso.
—Veo que usted cree que la señora Christow le mató.
—No debí haber dicho eso. No deben hacerse comentarios, ¿verdad?, antes de celebrarse el juicio. Lo siento mucho, inspector. Es que mi doncella me había dicho que la habían encontrado junto al cadáver con el revólver aún en la mano. Ya sabe usted cómo exageran las cosas en estos pueblos y con qué facilidad esparcen los criados las noticias.
—Los criados pueden ser muy útiles a veces, señorita Cray.
—Sí; supongo que obtiene usted mucha información así, ¿verdad?
Grange continuó, sin inmutarse:
—Todo se reduce, claro está, a quién tenía un justificado motivo...
Hizo una pausa. Verónica dijo con una sonrisa muy leve:
—¿Y la esposa es siempre la primera sospechosa? ¡Qué cinismo! Pero suele haber siempre lo que se llama «la otra mujer». Supongo que puede considerarse que ella tiene un motivo también.
—¿Usted cree que había otra mujer en la vida del doctor Christow?
—Pues... sí; sí que me imaginé que pudiera haberla. Una obtiene una impresión así a veces, ¿sabe?
—Las impresiones pueden ser muy útiles —observó Grange.
—Me imaginé, por lo que él dijo, que esa escultora era... bueno, una íntima amiga. Pero supongo que estará usted enterado de eso ya.
—Tenemos que investigar todas esas cosas, claro está.
El tono del inspector era completamente incoloro. Pero vio, sin parecer ver, una rápida, fugaz y rencorosa expresión de satisfacción en los ojos azules de la artista.
Dijo, haciendo la pregunta con un tono exageradamente oficial:
—Dice usted que el doctor Christow la acompañó a casa. ¿Qué hora era cuando se despidió de usted?
—¿Sabe usted que no me acuerdo? Charlamos un buen rato, eso sí lo sé. Debió de haber sido bastante tarde.
—¿Entró?
—Sí; le invité a beber algo.
—Ya. Había creído que tal vez la conversación tuvo lugar en el ¡ah..! pabellón, junto a la piscina.
La vio parpadear. Apenas vaciló un segundo antes de contestar:
—Es usted un detective de verdad. Sí; nos sentamos allí y charlamos un rato. ¿Cómo lo sabía?
Tenía la misma expresión de avidez del niño que pide que le enseñen la trampa de un juego de manos muy ingenioso.
—Se dejó usted las pieles allí, señorita Cray.
Y agregó, sin darle énfasis:
—Y las cerillas.
—Sí; claro que sí.
—El doctor Christow regresó a The Hollow a las tres de la madrugada —anunció el inspector, sin énfasis también.
—¿De verdad era tan tarde? —Verónica parecía no caber en sí de sorpresa.
—Tan tarde, señorita Cray.
—Claro, teníamos tanto de qué hablar... no habiéndonos visto en tantos años...
—¿Está usted segura de que hacía, en efecto, tanto tiempo que no veía usted al doctor Christow?
—Le he dicho hace un momento que no le había visto en quince años.
—¿Está usted completamente segura de que no se equivoca? Tengo la impresión de que le ha estado viendo con frecuencia.
—¿Qué cielos le hace a usted pensar eso?
—Esta nota, entre otras cosas.
El inspector, sacó una carta del bolsillo, le echó una mirada, carraspeó y dijo:
«Haz el favor de venir esta mañana. Es preciso que te vea. Verónica.»
—Sí.. —Verónica sonrió—. Sí que parece un poco perentoria quizá. Me temo que Hollywood la hace a una... bueno, un poco arrogante.
—El doctor Christow vino a su casa a la mañana siguiente en contestación a esta llamada. Regañaron ustedes. ¿Tendría inconveniente en decirme, señorita Cray, por qué fue la riña?
El inspector había desenmascarado sus baterías. Notó el destello de ira, la compresión de labios, el rictus de mal genio. Dijo ella, con voz que parecía un latigazo:
—No regañamos.
—¡Ya lo creo que sí, señorita Cray! Sus últimas palabras fueron: «Creo que te odio más de lo que hubiera creído posible odiar a nadie.»
Guardó ella silencio ahora. El inspector se dio cuenta de que estaba pensando, pensando aprisa y muy alerta. Otras mujeres hubieran roto a hablar en seguida. Pero Verónica Cray era demasiado lista para eso.
Se encogió de hombros y dijo ligeramente:
—Ya. Más cuentos de criadas. Mi doncella tiene la imaginación muy despierta. Hay distintas maneras de decir las cosas, ¿sabe usted? Puedo asegurarle que mis palabras no fueron melodramáticas. Se trató, en realidad, de un comentario hecho con ánimos de flirtear. Habíamos estado dirigiéndonos mutuamente agudezas.
—¿No era su intención que las palabras fuesen tomadas en serio?
—¡Claro que no! Y puedo asegurarle, inspector, que hacía, en efecto, quince años que no había visto al doctor Christow. Eso, cuando lo desee, puede comprobarlo usted por sí mismo.
Había recobrado su aplomo. Se sentía segura de sí.
Grange no discutió ni insistió sobre el tópico. Se puso en pie.
—Eso es todo, de momento, señorita Cray —dijo con un tono agradable.
Salió de Dovecotes, bajó por el camino y se metió por la puerta del jardín de Resthaven.
Hércules Poirot, miró al inspector con verdadero asombro. Repitió con incredulidad:
—¿El revólver que Gerda Christow tenía en la mano y que luego dejó caer en la piscina, no era el arma que disparó el tiro mortal? ¡Es extraordinario!
—Justo, monsieur Poirot. Y, hablando en plata, eso no tiene sentido. Poirot murmuró dulcemente:
—No; eso no tiene sentido. No obstante lo cual, ha de encontrársele sentido, ¿verdad, inspector?
—Exactamente, monsieur Poirot. Hemos de encontrar la manera de que tenga sentido... pero, de momento, no se me ocurre ninguna. La verdad es que no haremos grandes progresos ya hasta que encontremos el arma que fue empleada. Pertenecía a la colección de sir Enrique..., le falta una, por lo menos... y ello significa que la solución sigue encerrada en The Hollow.
—Sí —murmuró Poirot—, sigue relacionada con The Hollow.
—Parecía un asunto sencillo y claro —prosiguió el inspector—. Bueno, pues no es ni sencillo ni claro.
—No —dijo Poirot—, no es sencillo.
—Tenemos que admitir la posibilidad de que se tratara de una trampa... es decir, que todo se había preparado para comprometer a Gerda Christow. Pero si así hubiese sido, ¿porqué no dejar junto al cadáver el arma empleada para que ella la recogiese?
—Tal vez no la hubiese recogido.
—Es cierto. Pero aun cuando no la hubiese tocado, mientras no tuviera el arma las huellas dactilares de ninguna otra persona..., es decir, si la limpiaba después de usarla... probablemente se hubiese sospechado de ella igual. Y eso era lo que el asesino deseaba, ¿verdad?
—¿Usted lo cree así?
Grange le miró boquiabierto.
—¡Hombre!, si usted hubiera cometido un asesinato, querría cargarle a otro con el mochuelo aprisa y bien, ¿verdad? Sería la reacción normal de un asesino.
—Sí —asintió Poirot—. Pero tenga en cuenta que hemos de habérnoslas, quizá, con un tipo poco usual de asesino. Es posible que ésa sea la solución de nuestro problema.
—¿Cuál es la solución?
Poirot, dijo pensativo:
—Un asesino de tipo poco corriente.
El inspector le miró con curiosidad. Dijo:
—Pero, en tal caso..., ¿cuál era la intención del asesino? ¿Qué era lo que él, o ella, pretendía?
Poirot extendió las manos con un suspiro.
—No tengo idea... no tengo la menor idea. Pero me parece... se me antoja... vagamente...
—¿Qué?
—Que el asesino es alguien que deseaba matar a Juan Christow, pero que no quería comprometer a Gerda Christow.
—¡Hum! La realidad es que sospechamos de ella inmediatamente.
—¡Ah, sí! Pero la verdad acerca del revólver se había de descubrir. Todo era cuestión de tiempo. Y el descubrimiento habría de obligar a un cambio de teorías. Durante este intervalo, el asesino ha tenido tiempo.
Poirot calló en seco.
—Ha tenido tiempo, ¿de qué?
—Ah, mon ami!, ahí le duele. De nuevo he de contestar que no lo sé.
El inspector dio un par de vueltas por el cuarto. Luego se detuvo y se encaró con Poirot.
—He venido a verle a usted esta tarde, monsieur Poirot, por dos razones. Una de ellas es porque sé... eso lo sabe todo el Cuerpo de Policía... que es usted un hombre de mucha experiencia y que ha resuelto con gran habilidad casos por el estilo de éste. Ésa es la razón número uno. Pero hay otra. Usted se hallaba presente aquí. Usted fue testigo ocular. Usted vio lo que ocurrió.
Poirot movió la cabeza.
—Sí; yo vi lo que ocurrió..., pero los ojos, inspector Grange, son testigos muy poco dignos de confianza.
—¿Qué quiere usted decir, monsieur Poirot?
—Los ojos ven, a veces lo que se ha querido que vieran.
—¿Usted cree que todo se había tramado de antemano?
—Lo sospecho. Era exactamente, ¿comprende usted?, como una escena de teatro. Lo que yo vi era bastante claro. Un hombre que acaba de recibir un tiro, y la mujer que le ha matado sosteniendo aún en la mano el revólver que empleó. Eso es lo que yo vi, y sabemos ya que uno de los detalles del cuadro era falso. Aquel revólver no era el que se había empleado para matar a Juan Christow.
—¡Hum! —El inspector Grange tiró con firmeza hacia abajo de su lacio bigote—. Lo que usted quiere insinuar es que algunos otros detalles del cuadro pueden ser falsos también, ¿no?
Poirot movió afirmativamente la cabeza. Dijo:
—Había presentes otras tres personas... tres personas que, aparentemente, acababan de llegar al lugar. Pero eso puede no ser verdad tampoco. La piscina está rodeada de un espeso bosquecillo de castaños. Cinco senderos parten de la piscina: uno en dirección a la casa; otro asciende hacia los bosques; un tercero conduce al Paseo de las Flores; el cuarto baja desde la piscina a la granja, y el quinto se dirige al camino en que se encuentra la casa.
»Cada una de las tres personas mencionadas llegó por un sendero distinto. Eduardo Angkatell, de los bosques de arriba; lady Angkatell, de la granja, y Enriqueta Savernake, del Paseo de las Flores. Los tres llegaron a la escena del crimen casi simultáneamente, y unos minutos después que Gerda.
»Pero uno de esos tres, inspector, podría haberse hallado junto a la piscina antes de que llegara Gerda Christow. Podía haber matado a Juan Christow y luego haber retrocedido por uno de los senderos, dando luego la vuelta y regresando para llegar al mismo tiempo que los otros.
Dijo el inspector Grange:
—Sí; es posible.
—Y hay otra posibilidad que no se tuvo en cuenta por entonces. Alguien pudo haberse acercado por el sendero que conduce a este camino, pudo matar a Juan Christow, y pudo regresar también, utilizando el mismo sendero sin ser visto.
Grange dijo:
—Tiene usted muchísima razón. Hay otras dos personas sospechosas además de Gerda Christow. Tenemos el mismo móvil: los celos. Es, decididamente, un crimen pasional. Había otras dos mujeres enredadas con Juan Christow.
Hizo una pausa y continuó:
—Christow fue a ver a Verónica Cray aquella mañana. Regañaron. Ella le dijo que le haría arrepentirse de lo que había hecho, y dijo que le odiaba más de lo que hubiera creído posible odiar a nadie.
—Muy interesante —murmuró Poirot.
—Viene derecha de Hollywood... y por lo que leo en los periódicos a veces se les ocurre pegarse uno que otro tiro por allá. Puede haberse ella acercado a recoger las pieles que se había dejado en el pabellón la noche anterior. Pueden haberse encontrado..., reñido otra vez... Ella dispararía contra él... Y luego, oyendo que se acercaba alguien, retrocedería por el mismo sendero.
Calló un instante y agregó, irritado:
—Y ahora llegamos al punto en que todo se va a hacer gárgaras. ¡Ese maldito revólver! A menos —se animó su semblante— que ella le matara con su propio revólver y luego dejara caer otro que se había llevado del despacho de sir Enrique, para que las sospechas recayeran sobre los que se encontraban en The Hollow. Quizá no supiera que podíamos identificar el arma mediante las estrías del cañón.
—¿Cuánta gente habrá que sepa eso?
—Le consulté ese punto a sir Enrique. Dijo que, en su opinión, lo sabría muchísima gente... debido a la cantidad de novelas policíacas que se escriben. Mencionó una nueva: El surtidor goteante, que, al parecer, el propio Juan Christow había estado leyendo el sábado y en la que, por cierto, se hablaba con cierto énfasis de la posibilidad de identificación por las estrías.
—Pero Verónica Cray hubiera tenido que sacar el revólver de alguna manera del despacho de sir Enrique.
—Sí; ello supondría premeditación —El inspector se dio otro tirón del bigote y luego miró a Poirot—. Pero usted mismo ha insinuado otra posibilidad, monsieur Poirot. Hay la señorita Savernake. Y aquí es donde otra vez todo eso que usted ha dicho acerca del testimonio de los ojos o, mejor dicho, de los oídos. El doctor Christow dijo: «Enriqueta» antes de morir. Usted le oyó..., todos lo oyeron, aun cuando el señor Angkatell no parece haber distinguido lo que decía.
—¿Eduardo Angkatell no lo oyó? Eso es interesante.
—Pero los otros sí. La propia señorita Savernake dice que intentó hablarle. Lady Angkatell dice que abrió los ojos, vio a la señorita Savernake, y dijo: «Enriqueta.» No creo que ella dé importancia alguna al hecho.
Poirot sonrió.
—No —dijo—; ella no le daría importancia alguna.
—Y..., ¿usted qué, monsieur Poirot? Usted estaba allí. Usted vio... usted oyó... ¿Estaba el doctor Christow intentando decirles a todos que era Enriqueta quien le había matado? En otras palabras, ¿era esa palabra una acusación?
Poirot dijo, muy despacio:
—A mí no me pareció que lo fuese en aquel momento.
—Pero ahora, señor Poirot, ¿qué le parece a usted ahora?
Poirot exhaló un suspiro. Luego dijo:
—Puede haberlo sido. Eso es cuanto estoy dispuesto a decir. Porque usted no me ha pedido más que una impresión. Y, cuando el momento ha pasado, existe la tendencia a dar a las cosas una interpretación que a veces nunca han tenido.
Granee se apresuró a decir:
—Todo esto es en confianza, claro está, no es cosa que haya que hacerse constar. Lo que pensará monsieur Poirot no constituye prueba ante un tribunal. Eso ya lo sé. Lo único que intento es conseguir ideas.
—¡Oh, le comprendo a usted perfectamente... y la impresión obtenida por un testigo ocular puede resultar muy útil! Pero me humilla tener que confesar que mis impresiones carecen de valor. Obtuve la errónea impresión sugestionado e inducido por el testimonio visual de que la señora Christow acababa de pegarle un tiro a su esposo. De suerte que, cuando el doctor Christow abrió los ojos y dijo: «Enriqueta», jamás se me ocurrió tomarlo como una acusación. Es tentador ahora, recordando el cuadro, dar a la escena un significado que, en el momento de autos, no le habíamos encontrado.
—Sé lo que quiere usted decir. Pero se me antoja que, puesto que «Enriqueta» fue la última palabra que pronunció, ésta ha de haber tenido dos significados: o era una acusación de asesinato, o, de lo contrario, sería... bueno, puramente emocional. Ella es la mujer a quien ama, y está muriendo. Y ahora, teniéndolo todo en cuenta, ¿cuál de las dos cosas le pareció a usted que era?
Poirot exhaló un suspiro, que agitó inquieto, entornó los ojos, volvió a abrirlos, extendió las manos molesto en grado sumo. Dijo:
—Expresaba urgencia su voz..., eso es cuanto puedo decir... urgencia. A mí no me pareció ni acusadora ni emocional..., pero urgente ¡sí! Y de una cosa estoy seguro. Se hallaba en pleno uso de sus facultades. Habló..., sí, habló como un médico..., un médico que se encuentra, por ejemplo, con un caso urgente..., un paciente que se desangra, quizá.
Poirot se encogió de hombros.
—Eso es todo cuanto puedo hacer por usted —terminó.
—Medical, ¿eh? —murmuró el inspector—. Sí; es un tercer punto de vista. Le habían pegado un tiro, sospechaba que estaba muriéndose. Quería que hicieran algo por él urgentemente. Y si, como dice lady Angkatell, la señorita Savernake fue la primera persona a quien vio al abrir los ojos, a ella apelaría. No resulta muy satisfactoria la explicación, sin embargo.
—No hay ni un solo detalle satisfactorio en este asunto —aseguró Poirot con cierta amargura.
El cuadro escénico de un asesinato, preparado con el fin de engañar a Hércules Poirot... ¡y le había engañado! No; no era satisfactorio.
El inspector estaba mirando por la ventana.
—Hola —dijo—; aquí viene Clark, mi sargento. Parece traer algo nuevo. Ha estado trabajando a la servidumbre en terreno amistoso. Es un chico guapo y es conocido entre las mujeres.
El sargento Clark entró casi sin aliento. Era evidente que estaba muy satisfecho de sí mismo, aun cuando procurara disimularlo un poco adoptando una actitud muy respetuosa.
—Me pareció conveniente venir a darle cuenta de mi gestión jefe, puesto que sabía dónde encontrarle.
Vaciló, dirigiéndole una mirada dubitativa a Poirot, cuyo aspecto extranjero y raro resultaba para el sargento muy poco recomendable.
—Hable de una vez, muchacho — le ordenó Grange—. No se preocupe por el señor Poirot. Tardará usted mucho en saber de cuestiones policíacas lo que él ya tiene hace años olvidado.
—Sí, señor. Pues verá. Le he sacado algo al pinche.
Grange le interrumpió. Se volvió hacia Poirot con aire triunfal.
—¿No se lo decía yo? Siempre hay esperanza donde hay un ayudante de cocina. Dios nos ayude cuando la servidumbre en las casas quede tan reducida que nadie emplee ya una muchacha en la cocina. Las chicas de la cocina no saben callarse nada. Se ven tan oprimidas por la cocinera y por el resto de la servidumbre, tan obligadas a no olvidar cuál es su posición, que es muy humano que quieran contar lo que saben a quienes quieran escucharles. Prosiga, Clark.
—Esto es lo que dice la muchacha, jefe. Que el domingo por la tarde vio a Gudgeon, el mayordomo, que cruzaba el vestíbulo con un revólver en la mano.
—¿Gudgeon?
—Sí, señor —contestó Clark, consultando su librito de notas—. Éstas son sus palabras exactas. «No sé qué hacer, pero creo que debo decir lo que vi aquel día. Vi al señor Gudgeon. Estaba en el vestíbulo con un revólver en la mano. El señor Gudgeon tenía una expresión muy rara.»
—No creo —dijo Clark, interrumpiendo la lectura— que eso de la expresión rara quiera decir nada. Probablemente añadió eso como adorno. Pero me pareció que debía darle a usted cuenta de esto inmediatamente, jefe.
El inspector Grange se alzó, con la satisfacción del hombre que ve ante sí una tarea y sabe que está bien equipado para llevarla a cabo.
—¿Gudgeon? —dijo—. Me entrevistaré con el señor Gudgeon inmediatamente.