Capítulo XII
—Las dos y media —dijo lady Angkatell.
Se encontraba en la sala con Midge y Eduardo. Detrás de la cerrada puerta del despacho de sir Enrique se oía el murmullo de voces. Hércules Poirot, sir Enrique y el inspector Grange se hallaban allá dentro.
Lady Angkatell suspiró:
—¿Sabes, Midge? Se me antoja que alguien debiera de hacer algo en lo que a comida se refiere. Parece, claro está, un poco de falta de sensibilidad sentarse a la mesa como si nada hubiera sucedido. Pero, después de todo, al señor Poirot le invitamos a comer... y probablemente tiene apetito. Y el que hayan matado a Juan Christow no puede darle a él un disgusto tan grande como a nosotros. Y, la verdad, aunque yo no siento el menor deseo de comer, Enrique y Eduardo deben tener muchas ganas después de haberse pasado la mañana cazando.
Eduardo Angkatell dijo:
—No te preocupes por mí, Lucía.
—Siempre has sido muy considerado, Eduardo. Y, luego, hay que contar con David... Observé que comía mucho anoche. Los intelectuales siempre parecen necesitar mucha comida. Y, a propósito, ¿dónde está David?
—Se retiró a su cuarto —dijo Midge—, después de haberse enterado de lo ocurrido.
—Sí, pues dio una muestra de tacto. Seguramente la situación le resultaría embarazosa. Porque, digan lo que digan, un asesinato siempre es embarazoso... disgusta a la servidumbre y estropea la rutina general. Tenemos cosas para comer. Afortunadamente, son buenas comidas frías. ¿Qué creéis que ha de hacerse con Gerda? ¿Algo en una bandeja? ¿Un poco de sopa bien sustanciosa?
La verdad, pensó Midge, ¡Lucía es inhumana! Y luego pensó que lo que tal vez escandalizara a una tanto fuese todo lo contrario: que Lucía era demasiado humana. ¿No era cierto que todas las catástrofes iban rodeadas de aquellas preguntas y suposiciones triviales? Lucía no hacía más que expresar los pensamientos que la mayoría de la gente se negaba a reconocer. La gente sí que se acordaba de la servidumbre, y se preocupaba de las comidas, y hasta sentía apetito. ¡Tenía apetito ella en aquel mismo momento! Tenía apetito, pensó, y al propio tiempo, estaba algo mareada. Extraña mezcla.
E indudablemente resultaba embarazoso no saber cómo reaccionar en el caso de una mujer callada, corriente, a quien una había llamado ayer, sin ir más lejos, «la pobre Gerda», y que ahora, seguramente, no tardaría en comparecer ante un tribunal acusada de asesinato.
«Estas cosas le ocurren a otras personas —pensó Midge—. No pueden sucedernos a nosotros.»
Miró hacia el otro lado de la sala, a Eduardo. No debieran, pensó, ocurrirles a personas como Eduardo. A personas que eran tan antiviolencia. Sintió consuelo mirando a Eduardo. Eduardo, tan pacífico, tan razonable, tan bondadoso, tan sereno.
Entró Gudgeon, se inclinó confidencialmente y habló con voz convenientemente amortiguada.
—He servido emparedados y café en el mostrador, milady.
—Oh, gracias, Gudgeon.
—La verdad —dijo lady Angkatell al salir el mayordomo de la sala—, Gudgeon es maravilloso. No sé lo que haría sin él. Siempre sabe qué hacer. Unos emparedados bien sustanciosos valen tanto como una comida... y ésos sí que no tienen nada de inhumanos, y vosotros ya me entendéis.
—¡Lucía, por favor!
Midge sintió, de pronto, que unas lágrimas cálidas le resbalaban por las mejillas. Lady Angkatell murmuró, con cara de sorpresa.
—¡Pobrecilla! Ha sido demasiado para ti.
Eduardo cruzó el salón, fue al sofá y se sentó junto a Midge. La rodeó con un brazo.
—No te preocupes, pequeña Midge —dijo.
Midge sepultó la cara en su hombro y sollozó allí cómodamente. Recordó cuan bondadoso se había mostrado Eduardo con ella al morírsele un conejo favorito de Ainswick, durante ciertas vacaciones de Pascua.
Eduardo dijo con dulzura:
—Ha sido un golpe fuerte. ¿Puedo buscarle un poco de coñac, Lucía?
—En el aparador del comedor. No creo...
Se interrumpió al entrar Enriqueta en el cuarto. Midge alzó la cabeza. Sintió que Eduardo se ponía rígido y que se quedaba muy inquieto.
¿Qué siente Enriqueta?, se preguntó Midge. Casi no se atrevía a mirar a su prima; pero no había nada que ver. Enriqueta parecía, si acaso, beligerante. Había entrado con la barbilla alzada, subido el color, y con cierta rapidez.
—Ah, ahí está, Enriqueta —exclamó lady Angkatell—. He estado preocupada. La policía está con Enrique y con monsieur Poirot. ¿Qué le has dado a Gerda, coñac? O..., ¿té y aspirina?
—Le di un poco de coñac... y una botella de agua caliente.
—Bien hecho —aprobó lady Angkatell—. Eso es lo que recomiendan en las clases de enfermera... la botella de agua caliente, quiero decir para el susto... no el coñac. Existe hoy en día una reacción contra los estimulantes. Pero yo creo que eso no es más que una moda. Siempre dábamos coñac para los sustos cuando yo era niña en Ainswick. Aunque, la verdad, supongo que no puede ser susto precisamente en el caso de Gerda. No sé exactamente lo que sentiría si una hubiese matado a su marido... Es una de esas cosas que no puede llegar a imaginarse... pero no creo que le diera a una susto precisamente. Quiero decir que no habría elemento alguno de sorpresa.
La voz de Enriqueta, fría como el hielo, cortó la atmósfera de placidez.
Dijo:
—¿Por qué estáis todos tan seguros de que Gerda mató a Juan?
Hubo un momento de pausa, y Midge notó un extraño cambio en el ambiente. Confusión, tensión y, por último, una especie de vigilancia cautelosa, de sensación de alerta.
Luego lady Angkatell dijo, exenta su voz de todo matiz:
—Parecía... evidente, ¿Qué otra cosa sugieres tú?
—¿No es posible que Gerda se acercara a la piscina, que encontrara a Juan caído, y que acabara de recoger el revólver en cuestión... cuando aparecimos nosotros en escena?
De nuevo hubo silencio. Lady Angkatell preguntó a continuación:
—¿Es eso lo que dice Gerda?
—Sí.
No fue una simple afirmación. Llevaba fuerzas tras sí. Salió como un disparo de pistola.
Lady Angkatell enarcó las cejas. Luego dijo, sin que aparentemente viniera a cuento:
—Hay emparedados y café en el comedor.
Se interrumpió con una pequeña exclamación al aparecer Gerda Christow en la abierta puerta. Dijo, apresuradamente y en son de excusa:
—No, no me pareció posible permanecer echada más tiempo. Una está... una se siente tan terriblemente desasosegada...
Lady Angkatell exclamó:
—Es preciso que te sientes... tienes que sentarte inmediatamente.
Desalojó a Midge del sofá, colocó a Gerda allí, le puso un almohadón detrás.
—Pobrecilla —murmuró.
Habló con énfasis, pero sus palabras parecían exentas de todo significado.
Eduardo se acercó a la ventana y se quedó allí, mirando hacia fuera.
Gerda se apartó el desgreñado cabello de la frente. Habló en tono preocupado, aturdido.
—Sólo... sólo empiezo a darme cuenta ahora. No he podido comprender... sigo sin poder comprender... que es verdad... que Juan... ha muerto. (Empezó a estremecerse, a tiritar un poco.) ¿Quién puede haberle matado? ¿Quién... quién puede haberle matado?
Lady Angkatell respiró profundamente, luego volvió bruscamente la cabeza. La puerta del despacho de sir Enrique se había abierto. Salió éste, acompañado del inspector Grange, hombre corpulento, de lacio y caído bigote.
—Ésta es mi esposa... El inspector Grange.
Grange hizo una breve reverencia y dijo:
—Me preguntaba, lady Angkatell, si podría hablar unas palabras con la señora Christow...
Se interrumpió al señalarle lady Angkatell la figura reclinada en el sofá.
—¿La señora Christow?
Gerda dijo con avidez:
—Sí; yo soy la señora Christow.
—No quisiera angustiarla, señora Christow; pero deseo hacerle unas preguntas. Ni que decir tiene que puede pedir que se halle presente su abogado si lo prefiere...
Sir Enrique intervino.
—A veces resulta eso más prudente, Gerda.
Ella le interrumpió:
—¿Un abogado? ¿Por qué un abogado? ¿Qué había de saber un abogado de la muerte de Juan?
El inspector Grange tosió. Sir Enrique pareció a punto de hablar. Enrique intercaló:
—El inspector desea saber exactamente lo que sucedió esta mañana.
Gerda se volvió hacia él. Habló con voz maravillada:
—Todo parece un sueño... una pesadilla... sin pizca de realidad. No, no he podido llorar ni nada... Una no siente nada en absoluto.
Grange dijo, apaciguador:
—Eso es la sacudida, el choc, señora Christow.
—Sí, sí... supongo que sí. Pero es que fue todo tan repentino... Salí de casa, subí por el sendero hacia la piscina...
—¿A qué hora, señora Christow?
—Era poco antes de la una... a la una menos dos minutos aproximadamente. Lo sé, porque consulté ese reloj. Y, cuando llegué allí... ahí estaba Juan tendido... y había sangre en la orilla de cemento.
—¿Oyó usted un disparo, señora Christow?
—Sí... no... No lo sé. Sabía que sir Enrique y el señor Angkatell habían salido a cazar. Sólo... sólo vi a Juan...
—Siga, señora Christow.
—Juan... y sangre... y un revólver. Cogí el revólver...
—¿Por qué?
—Usted perdone.
—¿Por qué cogió usted el revólver señora Christow?
—No..., no lo sé.
—No debió usted haberlo tocado.
—¿No? —la voz de Gerda era vaga. Tenía vacuo el semblante—. Pero lo hice. Lo tuve en mis manos.
Se miró ahora las manos como si viera el revólver en ellas, con la imaginación.
Se volvió bruscamente hacia el inspector. Se le había tornado la voz de pronto aguda... angustiada.
—¿Quién puede haber matado a Juan? Nadie puede haber deseado matarle. Era... el mejor de los hombres. Tan bondadoso... tan abnegado.... hacía todo lo que podía por los demás. Todo el mundo le quería, inspector. Era un médico maravilloso. El mejor y el más bondadoso de los maridos. Tiene que haber sido un accidente... Tiene que haber sido eso... ¡tiene que haber sido eso...!
Extendió un brazo hacia la sala.
—Pregúnteselo a cualquiera, inspector. Nadie puede haber querido matar a Juan..., ¿verdad?
La pregunta iba dirigida a todos.
El inspector Grange cerró su libro de notas.
—Gracias, señora Christow —dijo, con voz desprovista de toda emoción—. Eso es todo por el momento.
Hércules Poirot y el inspector Grange cruzaron juntos el bosque hacia la piscina. Lo que antaño fuera Juan Christow, pero que ahora era «el cadáver», había sido fotografiado y medido. Se había hablado de él, lo había examinado el médico forense y lo habían trasladado ya al depósito de cadáveres. La piscina, pensó Poirot, tenía ahora un aspecto de inocencia extraño. Todo lo relacionado con aquel día, se dijo, había sido extrañamente fluido. Hasta la muerte había obrado con un propósito y con un objetivo; La piscina no era ahora, preminentemente, una piscina, era el lugar en que había yacido Juan Christow, y en que la sangre le había manado de la herida para precipitarse en las azules aguas.
Artificial... Durante unos instantes Poirot jugó con la palabra. ¡Sí! Había algo artificial en todo el asunto. Como si...
Un hombre con traje de baño se acercó al inspector Grange.
—Aquí está el revólver —dijo.
Grange tomó el arma mojada con sumo cuidado.
—No hay esperanzas de encontrar huellas dactilares en ella —observó—; pero, afortunadamente, no importa en este caso. La señora Christow tenía el revólver en la mano cuando llegó usted, ¿verdad, señor Poirot?
—Sí.
—Lo que ahora hace falta es identificar la pistola —dijo Grange—. Supongo que sir Enrique podrá hacer eso. La sacaría de su despacho, seguramente.
Echó una mirada en torno a la piscina.
—Oigamos eso otra vez para que la cosa esté bien clara. La senda que pasa por debajo de la piscina conduce a la granja, y por ella vino lady Angkatell. Los otros dos, el señor Eduardo Angkatell y la señorita Savernake, bajaron del bosque... pero no juntos. Él vino por la senda de la izquierda y ella por la derecha, que parte del paseo de flores que hay por encima de la casa. Pero..., ¿los dos se hallaban de pie al otro lado de la piscina cuando usted llegó?
—Sí.
—Y esta senda de aquí, junto al pabellón, conduce a Podder's Lane. Bueno... iremos por ella.
Mientras andaban, Grange habló sin emoción, con conocimiento y pesimismo sereno.
—Nunca me han gustado estos casos mucho —dijo—. Tuve uno igual el año pasado... cerca de Ashridge. Un militar retirado... carrera distinguida. La mujer era una de esas mujeres anticuadas, agradable y pacífica de unos sesenta y cinco años... cabello gris... un cabello bastante bonito, ondulado. Se entretenía mucho en el jardín. Y un buen día sube al cuarto de su esposo, se apodera de su revólver de reglamento, baja al jardín, y le pega un tiro. Así, como suena. Tras el hecho se ocultan muchas cosas, claro está. Y hubo que averiguarlas. ¡A veces se les ocurre inventar un cuento estúpido y culpar a un vagabundo! Fingimos aceptarlo ni que decir tiene, para que estén tranquilos mientras investigamos; pero sabemos a qué atenernos.
—Usted quiere decir con esto —dijo Poirot— que ha decidido que la señora Christow mató a su marido.
Grange le dirigió una mirada de sorpresa.
—Y, ¿no lo cree usted así?
Poirot dijo muy despacio:
—Puede haber sucedido todo tal como ella dice.
El inspector Grange se encogió de hombros.
—Puede, sí. Pero es un poco infantil el relato. Y ellos creen todos que lo mató ella. Ellos saben algo que nosotros desconocemos —miró con curiosidad a su compañero—. Usted creyó que lo había hecho ella cuando llegó al lugar del crimen, ¿verdad?
Poirot entornó los párpados. Subiendo la senda... Gudgeon echándose a un lado... Gerda Christow de pie junto a su esposo con el revólver en la mano y aquel vacuo gesto en el semblante. Sí, como decía, Grange, la había creído culpable a ella... había creído, por lo menos, que ésa era la impresión que había querido dársele.
Sí; pero eso no era lo mismo. Una escena preparada, preparada para engañar.
¿Había tenido Gerda aspecto de mujer que acabara de matar a su marido? Eso es lo que el inspector deseaba saber.
Y, con un sobresalto de sorpresa, Hércules Poirot se dio cuenta de que, durante su larga experiencia, jamás se había encontrado cara a cara con una mujer que acabase de matar a su marido. ¿Qué aspecto tendría una mujer en tales circunstancias? ¿Triunfante, horrorizada, satisfecha, aturdida, incrédula, vacua?
Cualquiera de estas cosas, pensó.
El inspector estaba hablando. Poirot oyó las últimas palabras.
—...una vez averigua uno cuanto se oculta tras el caso, y eso suele poderse saber por la servidumbre.
—¿Va a regresar a Londres la señora Christow?
—Sí. Tiene un par de hijos allí. Tendremos que dejarla marchar. Claro está que la haremos vigilar estrechamente; pero ella no lo sabrá. Cree que todo le ha salido bien y que no se sospecha de ella. A mí me parece una mujer bastante estúpida...
¿Se daba cuenta Gerda Christow, se preguntó Poirot, de lo que pensaba la policía..., de lo que los propios Angkatell pensaban? Por su aspecto, dijérase que no se había dado cuenta de eso ni de ninguna otra cosa. Parecía una mujer de reacciones lentas, completamente aturdida y con el corazón quebrantado por la muerte de su esposo.
Habían llegado a Podder's Lane.
Poirot se detuvo junto a la verja de su casa. Dijo Grange:
—¿Es ésta su casa? Bonita y cómoda. Bueno, adiós de momento, monsieur Poirot. Gracias por su cooperación. Me dejaré caer por aquí algún rato para decirle cómo nos va.
Su mirada viajó camino arriba.
—¿Quién tiene por vecino? No será donde vive nuestra celebridad, ¿verdad?
—La señorita Verónica Cray, la actriz, viene acá a pasar los fines de semana según creo.
—Claro. Dovecotes. Me gusta en La dama cabalga un tigre, pero es un poco intelectual para mi gusto. Prefiero a Diana Durbin o a Heddy Lamarr.
Dio la vuelta.
—Bueno. Tengo que ponerme a trabajar. Hasta la vista, monsieur Poirot.
—¿Reconoce usted esto, sir Enrique?
El inspector depositó el revólver en la mesa delante de sir Enrique y le miró con expectación.
—¿Puedo tocarlo?
La mano de sir Enrique vaciló sobre el arma al hacer la pregunta.
Grange movió afirmativamente la cabeza.
—Ha estado en la piscina. Las huellas que pueda haber tenido han quedado destruidas. Es una lástima que la señorita Savernake se lo dejara escapar de entre los dedos.
—Sí, sí, pero, claro está, era un momento de gran tensión para todos nosotros. Las mujeres tienen la tendencia de azorarse y dejar caer las cosas.
El inspector volvió a mover afirmativamente la cabeza. Dijo:
—La señorita Savernake parece una joven serena y capaz en conjunto.
Las palabras iban desprovistas de énfasis; sin embargo, había algo en ellas que hizo que sir Enrique alzara vivamente la cabeza. Grange prosiguió:
—Y ahora, ¿lo reconoce usted?
Sir Enrique tomó el revólver y lo examinó. Se fijó en el número y lo comparó con la lista que tenía en un librito encuadernado en piel. Luego, cerrando el librito con un suspiro, dijo:
—Sí, inspector; forma parte de mi colección.
—¿Cuándo lo vio por última vez?
—Ayer por la tarde. Estuvimos tirando al blanco un rato en el jardín, y ésta fue una de las varias armas que usamos.
—¿Quiénes fueron los que dispararon el revólver en esa ocasión?
—Creo que todo el mundo disparó por lo menos una vez con él.
—¿Incluso la señora Christow?
—Incluso la señora Christow.
—Y, ¿después de terminar ustedes de tirar?
—Guardé el revólver en su sitio habitual. Aquí.
Abrió el cajón de un escritorio grande. Estaba casi lleno de armas.
—Tiene usted una colección de armas de fuego muy grande, sir Enrique.
—Hace muchos años que tengo esa afición.
La mirada del inspector Grange descansó unos momentos, pensativa, sobre el ex gobernador de las islas Hollowene. Un hombre bien parecido, distinguido..., la clase de hombres a cuyas órdenes nada le hubiera importado servir él. Mejor dicho, un hombre a quien hubiera preferido de haber podido escoger entre su actual jefe y él. El inspector Grange tenía una opinión muy pobre del jefe de Policía del condado de Weald; no era más que un déspota y un cazador de laureles. Procuró concentrarse de nuevo en el asunto del momento.
—¿El revólver no estaría, naturalmente, cargado cuando lo guardó usted, sir Enrique?
—Claro que no.
—Y tiene usted las municiones..., ¿dónde?
—Aquí.
Sir Enrique sacó una llave de una de las gavetas y abrió con ella uno de los cajones inferiores de la mesa.
No podía ser más sencillo, pensó Grange. La Christow había visto dónde la guardaban. No había tenido más que acercarse y llevarse lo que quería. Los celos, se dijo, desquician a las mujeres. Apostaría diez contra uno a que se trata de un caso de celos. La cosa se aclararía en cuanto acabara con la rutina allí e investigara en Harley Street.
Se puso en pie y dijo:
—Gracias, sir Enrique. Ya le daré a conocer la fecha de la encuesta.