Capítulo XXII
Se oyó el chasquido de la puertecita del jardín y Poirot miró por la ventana a tiempo para ver a la visita que cruzaba en dirección a su puerta.
Supo en seguida quién era. Y se preguntó por qué habría decidido Verónica Cray ir a verle.
Entró con ella un leve y delicioso perfume que Poirot reconoció. Vestía de mezclilla y con zapatos de deporte lo mismo que Enriqueta. Pero allí, pensó Poirot, acababa todo su parecido.
—Monsieur Poirot —el tono era delicioso, levemente matizado por la emoción—, acabo de enterarme de quién es mi vecino. Y he tenido siempre tantas ganas de conocerle...
Tomó las manos que la mujer le tendía y se inclinó sobre ella.
—Encantado, madame.
Aceptó el homenaje sonriente. Rechazó su ofrecimiento de té, café o combinado.
—No; sólo he venido a hablar con usted. A hablar seriamente. Estoy preocupada.
—¿Está usted preocupada? Siento mucho saberlo.
Verónica se sentó y exhaló un suspiro.
—Se trata de la muerte de Juan Christow. La vista se celebra mañana. ¿Lo sabía usted?
—Sí, sí; lo sabía.
—Y ha sido toda la cosa tan extraordinaria...
Se interrumpió.
—La mayor parte de la gente no lo creería. Pero usted sí, creo yo, porque conoce algo de la naturaleza humana.
—Conozco algo de la naturaleza humana —reconoció Poirot.
—El inspector Grange vino a verme. Se le había metido en la cabeza que yo había regañado con Juan..., cosa que es cierta en rigor, aunque no de la forma en que él cree. Le dije que no había visto a Juan en quince años, y se negó a creerme. Pero es cierto, monsieur Poirot.
Poirot dijo:
—Puesto que es cierto, podrá demostrarse fácilmente; conque, ¿a qué preocuparse?
Le devolvió la sonrisa amistosamente.
—La verdad es que no me atrevo a decirle al inspector lo que sucedió el sábado por la noche. Es tan fantástico. Por eso he venido a usted.
Dijo Poirot sin inmutarse:
—Me siento halagado.
Eso era acaso, observó, lo que ella daba por sentado. Era una mujer, se dijo, que se sentía muy segura de la impresión que estaba produciendo. Tan segura que, de vez en cuando, pudiera cometer un error.
—Juan y yo estábamos prometidos en matrimonio hace quince años. Estaba muy enamorado de mí, tanto, que a veces llegaba incluso a alarmarme. Quería que renunciase a mi carrera... que renunciase a los pensamientos y vida propios. Se mostró tan autoritario, que no creía poder seguir adelante con él, y puse fin a nuestro compromiso. Me temo que tomó eso muy a pecho.
Poirot hizo un ruidito discreto, de comprensión, con la lengua.
—No volví a verle hasta el sábado pasado por la noche. Me acompañó hasta la casa. Le dijo al inspector que habíamos hablado de tiempos pasados. Eso es verdad hasta cierto punto. Pero hubo más que eso.
—¿Sí?
—Juan se volvió loco..., completamente loco. Quería abandonar a su mujer y a sus hijos; quería que me divorciase de mi marido y me casara con él. Me dijo que nunca se había olvidado de mí..., que en cuanto me vio, el tiempo dejó de existir.
Cerró los ojos, tragó saliva. Bajo el maquillaje, tenía muy pálido el semblante.
Abrió los ojos de nuevo y le sonrió, casi tímidamente, a Poirot.
—¿Puede usted creer —preguntó— que un... un sentimiento así sea posible?
—Sí, creo que es posible —dijo Poirot.
—Nunca olvidar..., continuar esperando..., haciendo planes..., confiando... Decidir con todo el cuerpo y toda el alma, conseguir a toda costa, tarde o temprano, lo que uno desea... ¿Hay hombres así, monsieur Poirot?
—Sí..., y mujeres también.
Le dirigió una mirada dura.
—Estoy hablando de hombres, de Juan Christow. Bueno, pues así era. Protesté al principio, reí, me negué a tomarle en serio. Luego le dije que estaba loco. Era muy tarde cuando regresó a The Hollow. Habíamos discutido y discutido. Él seguía... tan decidido como siempre.
Volvió a tragar saliva.
—Por eso le mandé una nota al día siguiente. No podía dejar las cosas así. Era preciso que le hiciese comprender que lo que él deseaba era... imposible.
—Y... ¿era imposible?
—¡Claro que era imposible! Vino. No quiso escuchar lo que yo tenía que decir. Se mostró tan insistente como antes. Le dije que era inútil, que no le amaba, que le odiaba... —hizo una pausa, respirando con fatiga—. Tuve que hablar con brutalidad. Conque nos separamos enfadados... Y ahora... ha muerto.
Vio cómo se unían sus manos; vio los dedos retorcidos; vio cómo resaltaban los nudillos. Eran manos grandes, más bien crueles.
La fuerte impresión que ella estaba experimentando se le contagió a Poirot. No era pena, ni dolor, no, era furia. La furia, pensó, del egoísmo frustrado.
—¿Bien, monsieur Poirot? —tenía la voz serena, dominada otra vez—. ¿Qué he de hacer? ¿Contar la historia o callármela? Eso es lo que ocurrió... pero cuesta trabajo creerlo.
Poirot le dirigió una mirada, una mirada sostenida, analizadora.
No creía que Verónica estuviese diciendo la verdad. Y, sin embargo, se notaba en ella un fondo de sinceridad. Esas cosas sucedían, se dijo, pero no sucedieron así.
Y, de pronto comprendió. Era cierta la historia; pero invertida. Era Verónica quien no había podido olvidar a Juan Christow. Era ella quien se había sentido decepcionada y rechazada. Y ahora, incapaz de soportar el silencio, la tremenda ira de una pantera privada de lo que ella consideraba su legítima presa, había inventado una versión de la verdad que dejase satisfecho su amor propio herido y alimentara un poco su doloroso apetito por un hombre que se hallaba ya fuera del alcance de sus rapaces garras. ¡Imposible reconocer que ella, Verónica Cray, no pudiese obtener lo que deseaba! Conque lo había contado todo al revés.
—Si todo eso tuviera algo que ver con la muerte de Juan Christow, tendría usted que hablar con franqueza. Pero si nada tiene que ver con ella, y yo no comprendo por qué había de tenerlo, está justificado que guarde usted silencio sobre el particular.
Se preguntó si habría quedado desilusionada. Se le antojaba que, en el estado de ánimo en que se encontraba, le gustaría lanzar la historia a la publicidad, contarla para que la publicasen los periódicos. Había acudido a él..., ¿para qué? ¿Para poner a prueba su historia? ¿Para estudiar su reacción? ¿O... para usarle a él..., para inducirle a que hiciese circular el relato?
Si su templada reacción la desilusionó, no dio muestra alguna de ello. Se puso en pie y le tendió una de aquellas manos largas y bien cuidadas.
—Gracias, monsieur Poirot. Lo que usted dice parece eminentemente sensato. Celebro mucho haber venido a verle. Tenía... tenía necesidad de contárselo a alguien..., de que alguien lo supiera.
—Respetaré su confidencia, madame.
Cuando se hubo marchado, abrió las ventanas un poco. Los perfumes le mareaban. No le gustaba el de Verónica. Era caro, pero empalagoso, abrumador, como su personalidad.
Se preguntó, al sacudir las cortinas para hacer aire, si Verónica Cray habría matado a Juan Christow.
Le hubiera matado de buena gana, de eso estaba convencido. Hubiese disfrutado apretando el gatillo... viéndole tambalearse y caer.
Pero tras aquella furia vengativa se ocultaba algo frío y astuto, algo que pesaba las probabilidades, una inteligencia fría y calculadora. Por muchas ganas que hubiese tenido Verónica Cray de matar a Juan Christow, Poirot dudaba mucho que se hubiera decidido a correr el riesgo.