CATELYN

«Que los reyes del Invierno se queden con su cripta gélida bajo la tierra», pensó Catelyn. Los Tully sacaban las fuerzas del río, y al río regresaban cuando sus vidas llegaban a su fin.

Tendieron a Lord Hoster en un ligero bote de madera, vestido con una brillante armadura completa de plata. Yacía de espaldas sobre la capa azul y roja. El jubón también era bicolor, azul y rojo, y una trucha con escamas de plata y bronce coronaba la cresta del gran yelmo que le pusieron junto a la cabeza. Sobre el pecho le colocaron una espada de madera pintada, y le cerraron los dedos en torno a la empuñadura. Unos guanteletes de malla le ocultaban las manos enjutas y hacían que casi volviera a parecer fuerte. El enorme escudo de hierro y roble estaba a su izquierda, y el cuerno de caza que había utilizado toda la vida, a la derecha. El resto del bote estaba lleno de madera menuda, trozos de pergamino y también de piedras para darle peso en el agua. Su estandarte, la trucha saltarina de Aguasdulces, ondeaba en la proa.

Siete eran los elegidos para empujar la barca funeraria al agua, simbolizando los siete rostros de dios. Robb era uno, como rey de Lord Hoster. Lo acompañaban Lord Bracken, Lord Blackwood, Lord Vance y Lord Mallister, también Marq Piper… y Lothar Frey el Cojo, que había llegado de Los Gemelos con la respuesta que estaban aguardando. Acudía con una escolta de cuarenta hombres bajo el mando de Walder Ríos, el mayor de los bastardos de Lord Walder, un hombre de aspecto severo y cabello gris, con excelente reputación como guerrero. Su llegada a las pocas horas de la muerte de Lord Hoster había enfurecido a Edmure.

—¡Tendríamos que desollar a Walder Frey, tendríamos que descuartizarlo! —había gritado—. Para tratar con nosotros, envía a un tullido y a un bastardo, ¡sabe muy bien que nos está insultando!

—No me cabe duda de que Lord Walder elige con mucha intención a sus enviados —le respondió Catelyn—. Ha sido una especie de pataleta, una venganza infantil, pero no olvides con quién tratamos. Nuestro padre lo llamaba «el Tardío Lord Frey». Es un hombre de muy mal genio, muy envidioso y, sobre todo, muy orgulloso.

Por suerte, su hijo había mostrado más sentido común que su hermano. Robb había recibido a los Frey con toda la cortesía posible; había buscado sitio en los barracones para sus escoltas, y en privado le había pedido a Ser Desmond Grell que se retirara discretamente de manera que Lothar tuviera el honor de participar en la ceremonia que enviaba a Lord Hoster a su último viaje.

«Mi hijo ha adquirido una especie de sabiduría impropia de sus años, mi hijo, mi hijo.» La Casa Frey había abandonado al Rey en el Norte, pero el Señor del Cruce seguía siendo el más poderoso de los vasallos de Aguasdulces, y Lothar no hacía más que ocupar el lugar que le correspondía.

Los siete bajaron a Lord Hoster por la escalera del agua, chapoteando en los escalones a medida que subía el rastrillo. Cuando depositaron el bote en la corriente, Lothar Frey, un hombre corpulento y de carnes blandas, respiraba jadeante. Jason Mallister y Tytos Blackwood, que se ocupaban de la proa, se metieron hasta el pecho en el río para guiar la barca.

Catelyn lo contemplaba todo desde las almenas, esperaba y miraba, como había esperado y mirado tantas veces en el pasado. Abajo, la corriente rápida del Piedra Caída se clavaba como una lanza en el costado del ancho Forca Roja, y sus aguas azules y blancas agitaban el curso rojizo y marrón del río principal. La neblina de la mañana pendía sobre las aguas, tan tenue y sutil como los jirones del recuerdo.

«Bran y Rickon lo estarán esperando —pensó Catelyn con tristeza—, igual que antes lo esperaba yo.»

El ligero bote pasó bajo el arco de piedra roja que era la Puerta del Agua y fue cogiendo velocidad a medida que entraba en la corriente apresurada del Piedra Caída. El bote emergió por debajo de las altas murallas defensivas del castillo y la vela cuadrada se hinchó con el viento; Catelyn vio un rayo de sol que arrancaba destellos del yelmo de su padre. El timón de Lord Hoster Tully se mantuvo firme y navegó tranquilo hacia el centro del canal bajo la luz del sol naciente.

—Ahora —indicó su tío.

Junto a él, su hermano Edmure… No, ya era Lord Edmure, ¿cuándo se haría a la idea? Puso una flecha en el arco. Su escudero le acercó una tea a la punta. Edmure aguardó hasta que se inflamó, luego alzó el gran arco, se llevó la cuerda hasta la oreja y la soltó. La flecha se elevó con un zumbido vibrante. Catelyn siguió el vuelo con los ojos y con el corazón, hasta que fue a hundirse en el agua con un siseo, a buena distancia de la popa del bote de Lord Hoster.

Edmure masculló una maldición entre dientes.

—Ha sido el viento —dijo al tiempo que sacaba una segunda flecha—. Otra vez.

La tea besó el trapo empapado en aceite que estaba atado tras la punta de la flecha y las llamas lamieron el asta; Edmure alzó el arco, tensó la cuerda y la soltó. La flecha voló alta, con fuerza. Con demasiada fuerza. Se perdió en el río doce metros por delante del bote, su fuego se extinguió al instante. El rubor le subió a Edmure por el cuello, rojo como su barba.

—Una vez más —ordenó al tiempo que sacaba una tercera flecha del carcaj.

«Está tan tenso como la cuerda del arco», pensó Catelyn.

—Permitidme, mi señor —se ofreció Ser Brynden, que también se había dado cuenta.

—Ya puedo yo —insistió Edmure. Acercó la flecha para que se la prendieran, alzó el arco, respiró hondo y tensó la cuerda. Pareció titubear un instante eterno mientras el fuego crepitante ascendía por el asta. Por último la soltó. La flecha ascendió y ascendió, por último trazó una curva y cayó, cayó, cayó… y siseó al pasar de largo de la vela hinchada.

Había fallado por poco, apenas un palmo, pero había fallado.

—¡Los Otros se la lleven! —maldijo su hermano.

El bote estaba casi fuera del alcance, entraba y salía de los jirones de bruma del río. Sin decir palabra, Edmure tendió el arco a su tío.

—Deprisa —ordenó Ser Brynden.

Puso una flecha, la acercó a la tea, tensó la cuerda y la soltó antes de que Catelyn pudiera decir a ciencia cierta si se había prendido o no… Pero, mientras se elevaba, vio las llamas que trazaban un surco en el aire, un largo pendón anaranjado. El bote había desaparecido entre la bruma, que también se tragó a la flecha descendente… pero sólo un instante. Después, tan repentina como la esperanza, vieron la flor roja. Las velas se prendieron y la neblina se tiñó de rosa y de naranja. Por un momento Catelyn divisó con claridad la silueta del bote envuelto en llamas.

«Espérame, mi pequeña Cat», oyó susurrar a su padre.

Catelyn extendió el brazo a ciegas en busca de la mano de su hermano, pero Edmure se había alejado de ella para irse en solitario al punto más alto de las almenas. Fue su tío Brynden quien le tomó la mano y entrelazó con los suyos los dedos fuertes. Juntos contemplaron el fuego que se empequeñecía con la distancia a medida que el bote en llamas se alejaba.

Y al final desapareció… tal vez arrastrado por las aguas río abajo, tal vez hundido en ellas. El peso de la armadura depositaría a Lord Hoster en el fondo y descansaría en el lodo suave del lecho del río, en las húmedas estancias donde los Tully tenían su corte eterna, con bancos de peces como su último séquito.

Apenas el bote en llamas se perdió a lo lejos, Edmure se alejó a zancadas. Catelyn habría querido abrazarlo aunque sólo fuera un instante y sentarse con él una hora, una noche o un mes para hablar de los muertos y llorarlos. Pero sabía tan bien como él que no era el momento oportuno; se había convertido en el Señor de Aguasdulces, sus caballeros lo rodeaban, le susurraban condolencias y promesas de lealtad, formaban un muro entre él y algo tan insignificante como el dolor de una hermana. Y Edmure los escuchaba sin oírlos.

—No es ninguna deshonra fallar el tiro —le dijo su tío en voz baja—. Alguien tendría que decírselo a Edmure. Cuando mi señor padre emprendió su viaje río abajo, Hoster también falló.

—Con la primera flecha. —Catelyn había sido demasiado pequeña para recordarlo, pero Lord Hoster le contaba la anécdota a menudo—. La segunda acertó en la vela.

Dejó escapar un suspiro. Edmure no era tan fuerte como parecía. La muerte de su padre, cuando por fin tuvo lugar, había sido un descanso, pero aun así su hermano se lo había tomado mal.

La noche anterior bebió demasiado, se derrumbó y se echó a llorar entre lamentos por las cosas que no había hecho y las palabras que no había dicho. No debería haber partido para luchar en la batalla de los Vados, le dijo entre lágrimas; tendría que haber permanecido junto al lecho de su padre.

—Tendría que haber estado con él, como estuviste tú —sollozó—. ¿Dijo algo de mí antes de morir? Dime la verdad, Cat. ¿Preguntó por mí?

La última palabra de Lord Hoster había sido «Atanasia», pero Catelyn no tuvo valor para decírselo.

—Susurró tu nombre —mintió.

Su hermano había asentido con gratitud antes de besarle la mano.

«Si no hubiera intentado tragarse el dolor y el sentimiento de culpa tal vez no habría errado con el arco», pensó para sus adentros con un suspiro. Pero era otra cosa que tampoco tenía valor para decir.

El Pez Negro la acompañó al bajar de las almenas hasta donde estaban Robb y sus vasallos. Junto a él se encontraba la joven reina. Al verla, su hijo la abrazó en silencio.

—Lord Hoster tenía un aspecto noble como el de un rey, mi señora —murmuró Jeyne—. Me habría gustado tener ocasión de conocerlo.

—Y a mí de conocerlo mejor —añadió Robb.

—Es lo mismo que él habría querido —dijo Catelyn—. Había demasiadas leguas entre Aguasdulces e Invernalia.

«Y por lo visto, hay demasiadas montañas, demasiados ríos y demasiados ejércitos entre Aguasdulces y el Nido de Águilas.» Lysa no había respondido a su carta.

De Desembarco del Rey tampoco obtenía más que silencio. Había albergado la esperanza de que Brienne y Ser Cleos hubieran llegado ya a la ciudad con su prisionero. Incluso era posible que Brienne estuviera ya de vuelta, y con las niñas.

«Ser Cleos juró que pediría al Gnomo que enviara un cuervo en cuanto aceptara el trato. ¡Lo juró!» Los cuervos no siempre llegaban a su destino. Tal vez algún arquero había abatido al pájaro y lo había asado para cenar. La carta que la habría tranquilizado tal vez se encontrara en aquel momento entre las cenizas de una hoguera, junto a un montoncito de huesos de cuervo.

Otros esperaban para dar el pésame a Robb, de manera que Catelyn se apartó a un lado y aguardó con paciencia mientras Lord Jason Mallister, el Gran Jon y Ser Rolph Spicer hablaban con él de uno en uno. Pero cuando Lothar Frey se acercó, le dio un tirón de la manga. Robb se dio la vuelta y aguardó a que Lothar hablara.

—Alteza. —Lothar Frey era un hombre regordete de treinta y tantos años, tenía los ojos muy juntos, la barbita puntiaguda y una melena de pelo oscuro que le caía en bucles sobre los hombros. Una lesión durante el parto le había dejado una pierna retorcida, lo que le ganó el sobrenombre de el Cojo. Llevaba doce años sirviendo a su padre como mayordomo—. Lamentamos mucho esta intromisión en un momento tan doloroso, pero ¿podríais concedernos audiencia esta noche?

—Será un honor —dijo Robb—. Nunca quise que hubiera enemistad entre nosotros.

—Ni yo quise ser la causa —intervino la reina Jeyne.

—Lo comprendo —dijo Lothar Frey con una sonrisa—, y también lo comprende mi padre. Me ordenó que os dijera que él también fue joven y recuerda bien lo que es perder la cabeza ante una mujer bella.

Catelyn dudaba mucho de que Lord Walder hubiera dicho semejante cosa o de que hubiera perdido alguna vez la cabeza ante una mujer bella. El Señor del Cruce había sobrevivido a siete esposas y estaba casado con la octava, pero cuando hablaba de ellas era para llamarlas calientacamas y yeguas de cría. Aun así la formulación era impecable, y no sería ella quien pusiera objeciones al cumplido. Tampoco Robb.

—Vuestro padre es muy generoso —dijo—. Aguardaré con impaciencia el momento de nuestra conversación.

Lothar se inclinó, besó la mano de la reina y se retiró. Para entonces ya se habían reunido doce hombres más a la espera de su turno. Robb habló con cada uno de ellos, repartió frases de gratitud y sonrisas según convenía. Sólo cuando hubo terminado con el último se volvió de nuevo hacia Catelyn.

—Tengo que hablar contigo de algo. ¿Me acompañas mientras caminamos?

—Como Su Alteza ordene.

—No ha sido una orden, madre.

—En ese caso será un placer.

Su hijo la había tratado con gentileza desde que regresó a Aguasdulces, pero rara vez buscaba su compañía. Se encontraba más cómodo con su joven reina, cosa que ella comprendía bien.

«Jeyne lo hace sonreír, y yo no puedo compartir con él nada aparte de mi dolor. —Robb parecía disfrutar también con la compañía de los hermanos de su esposa, el joven Rollam, su escudero, y Ser Raynald, su portaestandarte—. Ocupan el lugar de los hermanos que perdió —comprendió Catelyn al verlos juntos—. Rollam es como si fuera Bran, y Raynald es en parte Theon y en parte Jon Nieve.» Sólo cuando estaba con los Westerling veía sonreír a Robb o lo oía reír como el muchacho que era en realidad. Para todos los demás era siempre el Rey en el Norte, con la cabeza inclinada bajo el peso de la corona hasta cuando no la llevaba ceñida.

Robb dio un tierno beso a su esposa, le prometió que la vería en sus habitaciones y echó a andar con su señora madre. Sus pasos los llevaron hacia el bosque de dioses.

—Lothar se ha mostrado amable, es una buena señal. Necesitamos a los Frey.

—Eso no quiere decir que podamos contar con ellos.

Robb asintió, la tristeza le invadió el rostro y pareció como si los hombros se le cargaran. Catelyn hubiera dado cualquier cosa por abrazarlo.

«El peso de la corona lo está aplastando —pensó—. Desea con todas sus fuerzas ser un buen rey, valeroso, noble y astuto, pero la carga es demasiada para un muchacho.»

Robb estaba haciendo todo lo que podía, pero le seguían lloviendo los golpes, uno tras otro, implacables. Cuando le informaron sobre la batalla del Valle Oscuro, donde Lord Randyll Tarly había derrotado a Robett Glover y a Ser Helman Tallhart, todos pensaron que se enfurecería. En vez de eso se quedó boquiabierto, incrédulo.

—¿El Valle Oscuro, en el mar Angosto? ¿Por qué fueron al Valle Oscuro? —Sacudió la cabeza, perplejo—. ¿He perdido un tercio de mi infantería por el Valle Oscuro?

—Los hombres del hierro tienen mi castillo y ahora los Lannister tienen a mi hermano —dijo Galbart Glover con la voz ronca de desesperación. Robett Glover había sobrevivido a la batalla, pero poco más tarde fue capturado cerca del camino real.

—Por poco tiempo —había prometido su hijo—. Les ofreceremos a Martyn Lannister a cambio. Lord Tywin tendrá que aceptar, lo hará por su hermano.

Martyn era hijo de Ser Kevan, hermano gemelo de Willem, el muchacho asesinado por Lord Karstark. Catelyn sabía que aquellas muertes aún pesaban sobre su hijo. Había triplicado la guardia en torno a Martyn, pero seguía temiendo por su seguridad.

—Tendría que haber cambiado al Matarreyes por Sansa la primera vez que me lo pediste —dijo Robb mientras recorrían la galería—. Si se la hubiera ofrecido en matrimonio al Caballero de las Flores tal vez los Tyrell estarían con nosotros, en vez de con Joffrey. Ojalá lo hubiera pensado.

—Estabas concentrado en las batallas, y hacías bien. Ni siquiera un rey puede pensar en todo.

—Batallas —dijo Robb casi con un murmullo al tiempo que salían al exterior, entre los árboles—. He ganado todas las batallas, todas, y aun así estoy perdiendo la guerra. —Alzó la vista, como si la respuesta pudiera estar escrita en el cielo—. Los hombres del hierro tienen Invernalia y Foso Cailin. Mi padre ha muerto, igual que Bran y Rickon, y puede que también Arya. Y ahora también ha muerto vuestro padre.

Catelyn no podía permitir que cayera en la desesperación. Era un trago cuyo sabor conocía demasiado bien.

—Mi padre llevaba mucho tiempo agonizando, Robb. No había nada que pudieras hacer. Has cometido errores, claro, ¿y qué rey no los comete? Ned estaría orgulloso de ti.

—Madre, tengo que decirte una cosa.

Por un instante a Catelyn se le detuvo el corazón.

«Es algo que le duele. Algo que teme contarme.» Lo único que le venía a la mente eran Brienne y su misión.

—¿Se trata del Matarreyes?

—No. Es Sansa.

«Está muerta —pensó Catelyn al instante. Brienne ha fracasado, Jaime ha muerto y Cersei se ha vengado matando a mi hijita.» Apenas si pudo pronunciar las palabras.

—¿La… la hemos perdido, Robb?

—¿Qué? —Su hijo la miró sobresaltado—. ¿Que si ha muerto? No, no, madre, no es eso, no le han hecho daño, bueno, no en ese sentido… Anoche llegó un pájaro, pero no tuve valor para decírtelo hasta que tu padre descansara en paz. —Robb le cogió la mano—. La han casado con Tyrion Lannister.

—Con el Gnomo. —Catelyn apretó los dedos contra los suyos.

—Sí.

—Me juró que la entregaría a cambio de su hermano —dijo, paralizada por el golpe—. Y también a Arya, a las dos. Nos las devolvería si le entregábamos a su querido Jaime, lo juró ante toda la corte. ¿Cómo ha podido casarse con ella, después de lo que dijo ante los ojos de los hombres y los dioses?

—Es el hermano del Matarreyes. Llevan el perjurio en la sangre. —Robb acarició con los dedos el pomo de la espada—. Si pudiera, le cortaría la cabeza. Entonces Sansa sería viuda y quedaría libre. No se me ocurre otra manera. La obligaron a hacer los votos delante de un septon y a ponerse una capa roja.

Catelyn rememoró al hombrecillo contrahecho al que había tomado prisionero en la posada de la encrucijada para luego llevarlo en el largo viaje hasta el Nido de Águilas.

—Tendría que haber permitido que Lysa lo tirase por la Puerta de la Luna. Mi pobre Sansa, mi pequeña… ¿por qué le habrán hecho una cosa así?

—Por Invernalia —respondió Robb sin dudar un instante—. Tras la muerte de Bran y Rickon, Sansa es mi heredera. Si me sucediera algo…

—No te va a suceder nada. —Catelyn le apretó la mano con fuerza—. ¡Nada! No lo podría soportar. Me han quitado a Ned y a tus hermanos. Sansa está casada, Arya ha desaparecido, mi padre ha muerto… Si te pasara algo me volvería loca, Robb. Eres lo único que me queda. Eres lo único que le queda al norte.

—Todavía no estoy muerto, madre.

De pronto el miedo se había apoderado de Catelyn.

—No es imprescindible combatir en las guerras hasta la última gota de sangre. —Hasta ella se daba cuenta de lo desesperada que le sonaba la voz—. No serías el primer rey en doblar la rodilla, ni siquiera el primer Stark.

—No. —Robb apretó los labios—. Jamás.

—No sería ninguna deshonra. Balon Greyjoy dobló la rodilla ante Robert cuando fracasó su rebelión. Torrhen Stark dobló la rodilla ante Aegon el Conquistador para que su ejército no tuviera que enfrentarse al fuego.

—¿Acaso Aegon había matado al padre del rey Torrhen? —Se sacudió la mano de su madre—. He dicho que jamás.

«Ahora se comporta como el niño que es, no como un rey.»

—Los Lannister no tienen necesidad del norte. Exigirán tributos y rehenes, nada más… y el Gnomo se quedará con Sansa hagamos lo que hagamos, de manera que rehén ya tienen. Te aseguro que los hombres del hierro serán un enemigo mucho más implacable. Si quieren conservar el norte en su poder, los Greyjoy no deben dejar vivo ni a un retoño de la Casa Stark, siempre les podría disputar sus derechos. Theon ha asesinado a Bran y a Rickon, ahora sólo tiene que matarte a ti… y a Jeyne, claro. ¿O crees que Lord Balon se puede permitir el lujo de dejarla con vida para que dé a luz a tus herederos?

—¿Por eso dejaste libre al Matarreyes? ¿Para conseguir la paz con los Lannister? —El rostro de Robb era una máscara gélida.

—Liberé a Jaime por Sansa y por Arya, si es que aún está viva. Lo sabes de sobra. Pero si en algún momento albergué la esperanza de comprar la paz, ¿qué tiene de malo?

—Mucho —replicó—. Los Lannister mataron a mi padre.

—¿Acaso crees que lo he olvidado?

—No lo sé. ¿Lo has olvidado?

Catelyn no había abofeteado nunca a ninguno de sus hijos en un acceso de ira, pero en aquel momento estuvo a punto de golpear a Robb. Le costó un gran esfuerzo obligarse a recordar lo asustado y lo solo que se debía de sentir.

—El Rey en el Norte eres tú, a ti te corresponde decidir. Sólo te pido que pienses en lo que te he dicho. Los bardos exaltan a los reyes que mueren como valientes en combate, pero tu vida vale algo más que una canción. Al menos para mí, que te la di. —Bajó la cabeza—. ¿Puedo retirarme?

—Sí.

Robb se dio la vuelta y desenvainó la espada. Catelyn no habría sabido decir qué pretendía hacer con ella. Allí no había ningún enemigo, nadie contra quien luchar. Sólo estaban ellos dos, entre los altos árboles y las hojas caídas.

«Hay peleas que no se pueden ganar con la espada», habría querido decirle. Pero mucho temía que el rey haría oídos sordos a palabras como aquéllas.

Horas más tarde, mientras bordaba en sus habitaciones, el joven Rollam Westerling llegó corriendo para convocarla a la cena. «Menos mal», pensó Catelyn con alivio. Después de la discusión no estaba segura de que su hijo quisiera compartir mesa con ella.

—Eres un buen escudero —le dijo a Rollam con gesto serio.

«Bran también lo habría sido.»

Durante la cena Robb se mostró frío y Edmure hosco, pero Lothar el Cojo compensó la actitud de los dos. Fue un ejemplo de cortesía, habló con calidez de Lord Hoster, dio un cariñoso pésame a Catelyn por las muertes de Bran y Rickon, alabó la victoria de Edmure en el Molino de Piedra y agradeció a Robb la «justicia rápida y certera» con que había tratado a Rickard Karstark. El hermano bastardo de Lothar, Walder Ríos, no se parecía en nada a él; era un hombre de rostro adusto y amargado, con la misma expresión desconfiada que Lord Walder, apenas hablaba y dedicó toda su atención a la carne y el aguamiel que le sirvieron.

Cuando se acabaron las conversaciones banales, la reina y los demás Westerling pidieron permiso para retirarse. Los criados retiraron los restos de la comida, y Lothar Frey carraspeó para aclararse la garganta.

—Antes de entrar en el tema que nos ha traído aquí —dijo con solemnidad—, hay que tratar otro asunto. Mucho me temo que es un tema serio. Tenía la esperanza de que no me correspondiera daros estas noticias, pero no hay otro remedio. Mi señor padre ha recibido una carta de sus nietos.

Catelyn había estado tan inmersa en su dolor que casi se había olvidado de los dos Frey a los que había aceptado como pupilos.

«Ya no más —pensó—. Madre misericordiosa, ¿cuántos golpes más podemos soportar?» Sabía que las siguientes palabras que oyera le clavarían otra daga en el corazón.

—¿Los nietos que están en Invernalia? —consiguió preguntar—. ¿Mis pupilos?

—Sí, Walder y Walder. Pero ahora mismo están en Fuerte Terror, mi señora. Me duele en el alma tener que decíroslo, pero ha habido una batalla. Invernalia ha ardido hasta los cimientos.

—¿Qué? —La voz de Robb estaba teñida de incredulidad.

—Vuestros señores norteños trataron de reconquistar el castillo de manos de los hombres del hierro. Cuando Theon Greyjoy vio que iba a perder su conquista, le prendió fuego.

—No nos ha llegado noticia de ninguna batalla —apuntó Ser Brynden.

—Reconozco que mis sobrinos son jóvenes, pero estuvieron presentes. Walder el Mayor escribió la carta, y su primo la firmó con él. Por lo que cuentan fue una batalla sangrienta. Vuestro castellano fue asesinado. Se llamaba Ser Rodrik, ¿verdad?

—Ser Rodrik Cassel —dijo Catelyn, entumecida por el dolor. «Mi querido amigo, mi viejo y valiente amigo.» Casi lo podía ver tironearse de los bigotes blancos—. ¿Y el resto de los nuestros?

—Mucho me temo que los hombres del hierro los pasaron por la espada a casi todos.

Robb, mudo de rabia, dio un puñetazo en la mesa y volvió el rostro para que los Frey no vieran sus lágrimas.

Pero su madre las vio.

«Cada día que pasa, el mundo se oscurece un poco más.» Catelyn recordó a Beth, la hijita de Ser Rodrik, al incansable maestre Luwin y al alegre septon Chayle, a Mikken en su fragua, a Farlen y Palla en las perreras, a la Vieja Tata y a Hodor el simple. Se le hizo un nudo en el corazón.

—¿Todos? No, por favor.

—No —dijo Lothar el Cojo—. Las mujeres y los niños se escondieron, entre ellos mis sobrinos Walder y Walder. Invernalia estaba en ruinas, de manera que el hijo de Lord Bolton llevó a los supervivientes a Fuerte Terror.

—¿El hijo de Bolton? —preguntó Robb con la voz muy tensa.

—Tengo entendido que es un hijo bastardo —intervino Walder Ríos.

—¿Ramsay Nieve? ¿O tiene Lord Roose otro bastardo? —Robb frunció el ceño—. El tal Ramsay era un monstruo y un asesino, y murió como un cobarde. Es lo que me contaron.

—No os lo puedo confirmar. En toda guerra hay mucha confusión. Muchos informes falsos. Lo único que os puedo decir es que según mis sobrinos fue un hijo bastardo de Bolton quien salvó a las mujeres y a los niños de Invernalia. Ahora, todos los que sobrevivieron están a salvo en Fuerte Terror.

—¿Y Theon? —intervino Robb de repente—. ¿Qué le pasó a Theon Greyjoy? ¿Lo mataron?

—No os podría decir, Alteza. —Lothar el Cojo extendió los brazos con las palmas de las manos hacia arriba—. Walder y Walder no mencionaban nada sobre él. Puede que Lord Bolton sepa algo, si es que su hijo le ha enviado noticias.

—Se lo preguntaremos, no lo dudéis —dijo Ser Brynden.

—Veo que estáis consternados. Siento haberos causado más dolor. Tal vez deberíamos aplazar la conversación hasta mañana. El asunto que nos trae puede aguardar hasta que os recuperéis…

—No —replicó Robb—, quiero arreglarlo cuanto antes.

—Yo también —asintió su hermano Edmure—. ¿Tenéis respuesta a nuestra oferta, mi señor?

—Así es. —Lothar sonrió—. Mi señor padre me ordena decir a Su Alteza que accede a esta nueva alianza matrimonial entre nuestras casas y renueva su lealtad hacia el Rey en el Norte con la única condición de que Su Alteza se disculpe en persona, cara a cara, por el agravio cometido contra la Casa Frey.

Una disculpa era un precio muy pequeño, pero al instante Catelyn se sintió alertada por la mezquina petición de Lord Walder.

—Me complace —dijo Robb con cautela—. Nunca fue mi deseo que se abriera este abismo entre nosotros, Lothar. Los Frey han luchado con valor por mi causa. Será un placer volver a tenerlos a mi lado.

—Sois muy generoso, Alteza. Ya que aceptáis los términos, se me ha pedido que ofrezca a Lord Tully la mano de mi hermana, Lady Roslin, doncella de dieciséis años. Roslin es la hija menor de mi señor padre con Lady Bethany de la Casa Rosby, su sexta esposa. Es de natural dulce y tiene talento para la música.

—¿No sería mejor si antes nos conociéramos…? —Edmure se movió incómodo en el asiento.

—Ya os conoceréis cuando estéis casados —replicó Walder Ríos con tono brusco—. A menos que Lord Tully quiera antes contarle los dientes a Lady Roslin.

—Aceptaré vuestra palabra en lo que respecta a sus dientes —dijo Edmure haciendo un esfuerzo por controlar la ira—, pero antes de desposarme con ella me gustaría verle el rostro.

—Tendréis que aceptarla de inmediato, mi señor —dijo Walder Ríos—. De lo contrario, la oferta de mi padre no seguirá en pie.

—Mi hermano es un soldado y por tanto brusco, pero dice la verdad. —Lothar el Cojo abrió las manos—. Mi señor padre desea que este matrimonio tenga lugar de inmediato.

—¿De inmediato? —La voz de Edmure reflejaba tal grado de frustración que a Catelyn se le pasó por la cabeza que tal vez había pensado en romper el compromiso después de las batallas.

—¿Acaso ha olvidado Lord Walder que estamos en mitad de una guerra? —preguntó en tono imperioso Brynden el Pez Negro.

—Desde luego que no —respondió Lothar—. Precisamente por eso insiste en que el matrimonio se celebre ya, ser. En las guerras mueren hombres, incluso aquellos jóvenes y fuertes. ¿Qué sería de nuestra alianza si Lord Edmure perdiera la vida antes de tomar como esposa a Roslin? Además, hay que tener en cuenta la edad de mi padre. Ya pasa de los noventa años, es poco probable que vaya a ver el final de esta contienda. Su noble corazón descansaría más tranquilo si viera a su querida Roslin felizmente casada antes de que los dioses se lo lleven, así moriría sabiendo que la chiquilla tiene un marido fuerte que la amará y la protegerá.

«Todos queremos que Lord Walder muera feliz.» Catelyn se sentía cada vez más incómoda con aquel acuerdo.

—Mi hermano acaba de perder a su padre. Necesita algo de tiempo para llorarlo.

—Roslin es una muchachita muy alegre —apuntó Lothar—. Puede que sea lo que Lord Edmure necesita para superar su dolor.

—Además, a mi abuelo ya no le gustan los noviazgos largos —añadió Walder Ríos—. Quién sabe por qué.

—He entendido la alusión, Ríos. —Robb le lanzó una mirada gélida—. Os rogamos que nos dejéis a solas.

—Como Su Alteza ordene. —Lothar el Cojo se levantó y su hermano bastardo lo ayudó a salir de la estancia, caminando con dificultad.

—Han venido a decir que mi palabra no tiene ningún valor. —Edmure estaba echando humo—. ¿Por qué voy a permitir que ese viejo me elija esposa? Lord Walder tiene otras hijas aparte de la tal Roslin. Y también muchas nietas. Tendría que haberme dado a elegir como a ti. Soy su señor, debería estar exultante y agradecido de que esté dispuesto a casarme con cualquiera de ellas.

—Tiene mucho orgullo y ahí es donde lo hemos herido —apuntó Catelyn.

—¡Los Otros se lleven su orgullo! No permitiré que me humillen en mi propio castillo. Me niego a este matrimonio.

—No te daré órdenes en un asunto así. —Robb lo miraba, fatigado—. Pero, si te niegas, Lord Frey lo tomará como otra afrenta, y perderemos cualquier esperanza de conseguir su apoyo.

—Eso no lo sabes —se empecinó Edmure—. Desde el día en que nací, Frey ha estado empeñado en casarme con una de sus hijas. No va a permitir que esta oportunidad se le escape de las manos. Cuando Lothar le lleve nuestra respuesta, volverá con sus zalamerías y aceptará un compromiso más largo… con la hija que decida yo.

—Puede que sí, con el tiempo —intervino Brynden Pez Negro—. La cuestión es ¿podemos esperar mientras Lothar va y viene con ofertas y contraofertas?

—He de volver al norte. —Robb tenía los puños apretados—. Han matado a mis hermanos, han quemado Invernalia, han pasado por la espada a mis sirvientes… Sólo los dioses saben qué pretende ese bastardo de Bolton, o si Theon sigue vivo para causar más daño. No me puedo quedar aquí sentado a la espera de una boda que no se sabe si tendrá lugar.

—Debe tener lugar —dijo Catelyn de mala gana—. Me apetece tan poco como a ti soportar los insultos y las quejas de Walder Frey, hermano, pero no veo muchas más opciones. Sin ese matrimonio, la causa de Robb está perdida. Tenemos que aceptar, Edmure.

—¿Tenemos? —repitió él en imitación burlona—. No te he visto ofrecerte como novena Lady Frey, Cat.

—Que yo sepa, la octava Lady Frey sigue viva y goza de buena salud —replicó.

«Por suerte.» De lo contrario, conociendo a Lord Walder, la situación podría haber llevado a algo semejante.

—Sobrino —intervino el Pez Negro—, soy el último hombre de los Siete Reinos con derecho a decirle a nadie con quién se tiene que casar. De todos modos, te recuerdo que dijiste que querrías hacer algo en reparación por tu batalla de los Vados.

—Estaba pensando en otro tipo de reparación. Batirme en combate singular con el Matarreyes. Una penitencia de siete años como hermano mendicante. Cruzar a nado el mar del Ocaso con las piernas atadas. —Al ver que ninguno de los presentes sonreía, Edmure levantó las manos—. ¡Los otros se os lleven a todos! Vale, vale, me casaré con esa moza. A modo de reparación. Vaya reparación.

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