Capítulo 17

Por una vez me desperté yo primero. Era muy temprano, las calles aún estaban silenciosas y el cielo, turquesa con manchas del dorado más pálido -Cassie, como está muy por encima de los tejados y no tiene a nadie que la vea, casi nunca corre las cortinas-, era perfecto como un fotograma. Sólo había podido dormir una hora o dos. En algún lugar, un grupo de pájaros estalló en unos chillidos salvajes y quejumbrosos.

Bajo la luz débil y sobria el piso parecía abandonado y desolado: los platos y vasos de la noche anterior esparcidos sobre la mesita de centro, una corriente de aire mínima y fantasmagórica levantando las páginas de notas, mi jersey arrugado como una mancha oscura en el suelo y largas sombras deformadas inclinándose por todas partes. Sentí una punzada bajo el esternón, tan intensa y física que la atribuí a la sed. Había un vaso de agua en la mesita de noche, lo cogí y me lo bebí, pero aquel dolor hueco no disminuía.

Pensé que aquel movimiento podía despertar a Cassie, pero no se movió. Estaba profundamente dormida en el hueco de mi brazo, con los labios un poco abiertos y una mano mansamente curvada sobre la almohada. Le aparté el pelo de la frente y la desperté con un beso.


No nos levantamos hasta las tres. El cielo se había vuelto gris y denso, y un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando abandoné el calor del edredón.

– Me muero de hambre -dijo Cassie, abrochándose los vaqueros. Ese día estaba muy guapa, despeinada y con los labios realzados y los ojos serenos y misteriosos como los de un niño que sueña despierto, y no sé por qué ese esplendor (que desentonaba con la tarde sombría) me incomodó-. ¿Algo frito?

– No, gracias -contesté. Es nuestra rutina habitual de fin de semana cuando me quedo a dormir: un gran desayuno irlandés y un largo paseo por la playa, pero no podía enfrentarme ni a la insoportable idea de hablar de cualquier cosa que hubiera ocurrido la noche anterior ni a esa complicidad torpe a la hora de evitarlo. De pronto, el piso me resultó enano y claustrofóbico. Tenía cardenales y rasguños en sitios raros, como el estómago y el codo, y una herida muy fea en un muslo-. Tendría que ir a buscar mi coche.

Cassie se puso una camiseta por la cabeza.

– ¿Quieres que te lleve? -preguntó con tranquilidad, a través de la tela, pero yo había percibido el parpadeo rápido y asustado de sus ojos.

– Creo que cogeré el autobús -respondí. Encontré mis zapatos debajo del sofá-. No me vendrá mal un paseo, te llamo luego, ¿de acuerdo?

– Está bien -dijo ella jovialmente, pero supe que había sucedido algo entre nosotros, algo ajeno y remoto y peligroso.

Nos estrechamos con fuerza el uno al otro un momento, en la puerta de su piso.

Hice un intento poco entusiasta de esperar el autobús, pero al cabo de diez o quince minutos me dije que era demasiado trabajo… transbordo, los horarios de los domingos, podía pasarme todo el día. En realidad no me apetecía ir a ningún sitio que estuviera cerca de Knocknaree hasta que supiera que iba a estar lleno de arqueólogos energéticos y ruidosos; en cierto modo, me repelía imaginármelo hoy, desierto y silencioso bajo ese cielo gris de nubes bajas. Me hice con un vaso de café nauseabundo en una gasolinera y fui a casa andando. Monkstown está a siete u ocho kilómetros de Sandymount, pero no tenía ninguna prisa; Heather estaría en casa, con esa cosa verde y radiactiva en la cara y Sexo en Nueva York a todo trapo, esperando para contarme sus conquistas en la fiesta de solteros y haciéndome preguntas interesándose en dónde había estado, cómo me había manchado los vaqueros de barro y qué había hecho con el coche. Me sentía como si alguien hubiera lanzado una incesante serie de granadas al interior de mi cabeza.

Desde luego, sabía que acababa de cometer al menos uno de los mayores errores de mi vida. Me había acostado con la persona equivocada otras veces, pero nunca había hecho nada de un grado tan monumental de estupidez. La reacción estándar después de que ocurra algo así es empezar una «relación» oficial o bien cortar toda comunicación -había intentado ambas cosas en el pasado, con niveles de éxito diversos-, pero difícilmente podía dejar de hablarle a mi compañera, y en cuanto a empezar una relación romántica… Además de que iba contra las normas, ni siquiera me las arreglaba para comer o dormir o comprar lejía, atacaba a los sospechosos y me quedaba en blanco en el estrado y tenían que rescatarme de yacimientos arqueológicos en mitad de la noche; la mera idea de intentar ser el novio de alguien, con todas las responsabilidades y complicaciones que eso conlleva, me daba ganas de hacerme un ovillo y gimotear.

Estaba tan cansado que era como si mis pies, al dar en el pavimento, fueran de otra persona. El viento me escupía una lluvia fina en la cara y pensé, con una sensación angustiosa y creciente de desastre, en todas las cosas que ya no podría hacer: pasarme toda la noche emborrachándome con Cassie, hablarle de chicas a las que conociera, dormir en su sofá… Ya no había forma de volver a verla nunca más como Cassie y punto, una colega más aunque mucho más agradable a la vista; ya no, ahora que la había visto como la había visto. Todos los lugares soleados y familiares de nuestro paisaje compartido se habían convertido en oscuros campos de minas, preñados de matices e implicaciones peligrosas. La recordé hacía sólo unos días, buscando mi mechero en el bolsillo de mi abrigo cuando estábamos sentados en los jardines del Castillo; ni siquiera había interrumpido su frase para hacerlo y a mí me había encantado ese gesto, me encantó su naturalidad segura y refleja, darlo por descontado.

Sé que sonará increíble, ya que todo el mundo se lo esperaba, desde mis padres hasta el cretino de Quigley, pero yo no lo había visto venir. Qué engreídos, Dios mío: fuimos tan supremamente arrogantes que nos creímos exentos de la regla más antigua conocida por el hombre. Juro que me acosté con la inocencia de un niño. Cassie inclinó la cabeza para quitarse las horquillas y puso caras raras cuando se le engancharon; yo metí mis calcetines dentro de los zapatos, como hago siempre, para que ella no tropezara con ellos por la mañana. Habrá quien piense que nuestra ingenuidad era deliberada, pero si hay que creer una sola de las cosas que digo, que sea ésta: ninguno de los dos lo sabía.

Cuando llegué a Monkstown seguía sin ánimos de ir a casa. Continué andando hasta Dun Laoghaire y me senté en un muro al final del embarcadero, y observé a parejas vestidas de tweed encontrándose con gritos simiescos de placer para su paseo de domingo por la tarde, hasta que oscureció y el viento empezó a penetrarme en el abrigo y un agente de patrulla me miró con aire de sospecha. Se me ocurrió llamar a Charlie, no sé por qué, pero no tenía su número en el móvil y, en todo caso, no tenía muy claro qué quería decirle.


Esa noche dormí como si me hubieran dado una paliza. Cuando entré a trabajar a la mañana siguiente aún estaba aturdido y con cara de sueño, y la sala de investigaciones parecía extraña, distinta en pequeños y solapados aspectos que no sabía concretar, como si me hubiera colado por alguna grieta en una realidad alternativa y hostil. Cassie había dejado el archivo del viejo caso diseminado por todo su rincón de la mesa. Me senté e intenté trabajar, pero no podía concentrarme; cuando llegaba al final de cada frase, ya me había olvidado del principio y tenía que volver a empezar.

Cassie llegó con las mejillas encendidas por el viento y con los rizos encrespados como crisantemos debajo de una boina escocesa.

– Hola -me saludó-. ¿Cómo estás?

Me alborotó el pelo al pasar por detrás de mí y no pude evitar retroceder. Sentí que ella paralizaba la mano un instante antes de seguir adelante.

– Bien -dije.

Colgó la mochila del respaldo de su silla. Vi con el rabillo del ojo que me estaba mirando; mantuve la cabeza gacha.

– Los historiales médicos de Rosalind y Jessica están entrando por el fax de Bernadette. Dice que pasemos a buscarlos dentro de unos minutos, y que la próxima vez demos el fax de la sala de investigaciones. Y te toca a ti cocinar, pero sólo tengo pollo, o sea que si Sam y tú queréis otra cosa…

Su voz sonaba despreocupada, pero ocultaba una pregunta vaga y tentativa.

– La verdad es que no puedo cenar esta noche -aseguré-. Tengo que ir a un sitio.

– Ah, bueno. -Cassie se quitó la gorra y se pasó los dedos por el pelo-. ¿Una pinta, entonces, según cuándo acabemos?

– Esta noche no puedo. Lo siento.

– Rob -dijo, al cabo de un rato, pero yo no alcé la vista.

Por un segundo pensé que iba a continuar de todos modos, pero entonces se abrió la puerta y entró Sam, fresco y optimista después de su fin de semana saludable y rural, con un par de cintas en una mano y un fajo de papeles de fax en la otra. Nunca me había alegrado tanto de verle.

– Buenos días, chicos. Esto es para vosotros, con los saludos de Bernadette. ¿Qué tal el fin de semana?

– Bien -respondimos al unísono, y Cassie se dio la vuelta para colgar su chaqueta.

Cogí las hojas de Sam e intenté echarles un vistazo. Mi concentración era lamentable, la letra del médico de los Devlin era tan pésima que sólo podía ser una afectación y Cassie -la desacostumbrada paciencia con que esperaba a que yo acabase cada página, el instante de proximidad impuesta cuando se inclinaba a cogerla- me provocaba ansiedad. Necesitaba una fuerza de voluntad gigantesca para esclarecer incluso algunos hechos prominentes.

Por lo visto, Margaret se alarmaba con facilidad cuando Rosalind era un bebé -había múltiples visitas al médico por cualquier resfriado o tos-, pero en realidad ésta parecía ser la más sana de todos, sin enfermedades ni daños de importancia. Jessica estuvo tres días en una incubadora cuando Katy y ella nacieron; a los siete años se rompió el brazo al caerse de un columpio en el colegio, y su peso era más bajo de lo normal desde que tenía unos nueve. Ambas habían pasado la varicela. Ambas habían recibido todas las vacunas. A Rosalind le extrajeron una uña encarnada del pie el año anterior.

– Aquí no hay ningún indicio de abusos o de Münchausen por poderes -señaló Cassie al fin.

Sam había encontrado la grabadora; de fondo, Andrews le echaba un largo e indignado sermón a un agente inmobiliario. De no haber estado él, creo que la habría ignorado.

– Y tampoco hay nada que lo descarte -respondí, notando el nerviosismo en mi voz.

– ¿Cómo se pueden descartar los abusos de una forma definitiva? Como mucho, podemos decir que no hay pruebas de ello, y no las hay. Y creo que esto descarta lo del Münchausen. Ya dije que de todos modos Margaret no encaja en el perfil, y con esto… Lo esencial del Münchausen es que desemboca en un tratamiento médico. No es el caso de estas dos.

– O sea que esto no ha servido de nada -concluí. Aparté los historiales con demasiada fuerza y la mitad de las hojas cayeron revoloteando al suelo-. Sorpresa, sorpresa: este caso está jodido. Lo ha estado desde el principio. Lo mejor sería que lo arrojáramos al sótano ahora mismo y pasáramos a algo que tenga una mínima posibilidad, porque esto es una pérdida de tiempo para todo el mundo.

Las llamadas de Andrews tocaron a su fin y la grabadora siseó, débil pero persistentemente, hasta que Sam la paró. Cassie se agachó a un lado y empezó a recoger las hojas desparramadas. Nadie dijo nada en un buen rato.


Me pregunto qué pensaba Sam. Nunca decía una palabra, pero debió de adivinar que algo iba mal, no pudo pasarle por alto. De repente, las largas, alegres y juveniles veladas à trois cesaron, y el ambiente en la sala de investigaciones resultaba digno de Sartre. Es posible que Cassie le contara toda la historia en algún momento dado, que llorase en su hombro, aunque lo dudo; siempre tuvo demasiado orgullo. Pienso que tal vez siguió invitándole a cenar y le contó que yo tenía problemas con los asesinatos de niños -lo que era cierto, al fin y al cabo- y prefería dedicar las noches a relajarme; se lo explicaría de una forma tan natural y convincente que, aunque Sam no la creyera, sabría que no debía hacer preguntas.

Me imagino que los demás también lo advirtieron. Los detectives suelen ser bastante observadores, y el hecho de que los Gemelos Maravilla no se hablaran debió de ser noticia de portada. Seguro que en veinticuatro horas toda la brigada estuvo al corriente y que surgió un despliegue de morbosas explicaciones, entre las cuales, sin duda, estaría la verdad.

O tal vez no. A pesar de todo, permanecía un remanente de la vieja alianza, ese instinto animal y compartido de mantener su agonía en privado. En cierto modo eso es lo más desgarrador de todo. Siempre, hasta el final, nuestra vieja conexión estuvo ahí cuando la necesitábamos. Podíamos tirarnos horas atroces sin decirnos ni una palabra a menos que fuese inevitable, y en tal caso hacerlo sin entonación y con la mirada esquiva; pero en el instante en que O'Kelly amenazaba con llevarse a Sweeney y a O'Gorman reaccionábamos de golpe, y yo recitaba metódicamente una larga lista de motivos razonando la necesidad de contar con refuerzos, mientras Cassie me aseguraba que el comisario principal sabía lo que se hacía, y se encogía de hombros y confiaba en que los medios no lo descubrieran. Eso consumía toda mi energía. Cuando la puerta se cerraba y nos quedábamos solos de nuevo (o solos con Sam, que no contaba), esa chispa ejercitada se evaporaba y yo me giraba, inexpresivo, y le daba la espalda a su rostro blanco e incomprensivo, con la actitud mojigata y distante de un gato ofendido.

Realmente sentía, aunque no tengo muy claro el proceso por el que mi mente llegó a esta conclusión, que se había portado mal conmigo, de algún modo sutil pero imperdonable. Si me hubiera hecho daño la habría perdonado sin pensármelo dos veces, pero no podía perdonarle que la herida fuese ella.

Los resultados de las manchas de sangre de mis zapatillas y la gota del altar de piedra tenían que estar al llegar. A través de la bruma submarina por la que navegaba, ésa era una de las pocas cosas que permanecían claras en mi mente. Prácticamente todas las otras pistas se habían estrellado y consumido; aquello era lo único que me quedaba, y me aferraba a ello con lúgubre desesperación. Estaba seguro, con una certeza más allá de toda lógica, de que sólo necesitábamos una comparación de ADN; de que, si la conseguíamos, todo lo demás se colocaría en su sitio con la suave precisión de los copos de nieve en su caída, y el caso -ambos casos- se desplegaría ante mí, deslumbrante y perfecto.

Era vagamente consciente de que si eso ocurría necesitaríamos el ADN de Adam Ryan para contrastarlo, y de que era muy probable que el detective Ryan se desvaneciera para siempre en una bocanada de humo con aroma a escándalo. Sin embargo, por entonces no lo consideraba tan mala idea. Al contrario, había momentos en que lo contemplaba con una especie de alivio sordo. Parecía -puesto que sabía que no tenía las agallas ni la energía para sacarme a mí mismo de aquel lío espantoso- mi única salida, o al menos la más sencilla.

Sophie, admiradora de la pluriactividad, me llamó desde su coche:

– Han llamado los del ADN -comenzó-. Malas noticias.

– Hola -dije, enderezándome y haciendo girar la silla para quedar de espaldas a los demás-. ¿Qué pasa?

Procuré que mi voz sonara despreocupada, pero O'Gorman paró de silbar y oí cómo Cassie dejaba una hoja.

– Esas muestras de sangre no sirven, ni la de las zapatillas ni la que encontró Helen. -Tocó la bocina-. Madre mía. ¡Elige un carril, idiota, el que sea! El laboratorio lo ha intentado todo, pero están demasiado deterioradas para sacar el ADN. Lo siento, pero ya os lo advertí.

– Sí -dije, al cabo de un momento-. Es este tipo de caso. Gracias, Sophie.

Colgué y me quedé mirando el teléfono. Cassie, al otro lado de la mesa, preguntó, tanteando:

– ¿Qué ha dicho?

No contesté.


Aquella noche, de camino a casa desde la parada, llamé a Rosalind. Iba en contra de mis instintos más elementales hacerle eso, estaba decidido a dejarla tranquila hasta que estuviera lista para hablar, permitir que eligiera el momento en lugar de ponerla entre la espada y la pared; pero ella era todo lo que me quedaba.

Vino el miércoles por la mañana y bajé a buscarla a recepción, igual que la primera vez, hacía tantas semanas. Una parte de mí temió que cambiara de idea en el último instante y no apareciera, y el corazón me dio un brinco cuando la vi, sentada en una gran silla con la mejilla apoyada pensativamente en una mano y arrastrando una bufanda de color rosado. Era de agradecer ver a alguien joven y hermoso; hasta ese instante no me había dado cuenta de lo agotados, grises y hastiados que empezábamos a parecer todos. Aquella bufanda me pareció la primera nota de color que veía en muchos días.

– Rosalind -dije, y vi que el rostro se le iluminaba.

– ¡Detective Ryan!

– Acabo de recordar que deberías estar en clase, ¿no?

Me miró de soslayo con expresión de complicidad.

– Al profesor le caigo bien. No me meteré en un lío.

Sabía que era mi deber aleccionarla sobre las maldades del absentismo, pero no pude evitar reírme.

La puerta se abrió y llegó Cassie de afuera, guardándose el tabaco en el bolsillo de los vaqueros. Su mirada se cruzó con la mía y echó un vistazo a Rosalind; luego pasó rozándonos y subió la escalera.

Rosalind se mordió el labio y me miró, inquieta.

– A su compañera le molesta que yo esté aquí, ¿verdad?

– La verdad es que no es problema suyo -respondí-. Lo lamento.

– Oh, no pasa nada. -Consiguió sonreír un poco-. Nunca le he caído muy bien, ¿no?

– A la detective Maddox no le desagradas.

– No se preocupe, detective Ryan, en serio. Estoy acostumbrada. Hay muchas chicas a las que no les caigo bien. Mi madre dice… -agachó la cabeza, incómoda-, mi madre dice que es porque tienen celos, pero no veo por qué iban a tenerlos.

– Yo sí -contesté, y le devolví la sonrisa-. Pero no creo que sea el caso de la detective Maddox. Eso no ha tenido nada que ver contigo, ¿de acuerdo?

– ¿Se han peleado? -me preguntó con timidez, al cabo de un momento.

– Más o menos -dije-. Es una larga historia.

Le abrí la puerta y fuimos a los jardines pasando por los adoquines. Rosalind tenía el ceño fruncido en actitud reflexiva.

– Ojalá no le cayera tan mal. La verdad es que la admiro, ¿sabe? No debe de ser fácil ser una mujer detective.

– No es fácil ser detective y punto -respondí. No quería hablar de Cassie-. Nos las arreglamos.

– Sí, pero para las mujeres es distinto -observó con cierto reproche.

– ¿Por qué?

Era tan joven y se lo tomaba todo tan en serio, que supe que se ofendería si me reía.

– Pues, por ejemplo, la detective Maddox tendrá al menos treinta años, ¿verdad? Debe de querer casarse pronto y tener hijos y esas cosas. Las mujeres no pueden permitirse esperar como los hombres, ¿sabe? Y siendo detective debe de ser difícil mantener una relación seria, ¿no es así? Tiene que sentirse muy presionada.

Sentí en el estómago una feroz punzada de desazón.

– No creo que la detective Maddox tenga mucho instinto maternal -señalé.

Rosalind pareció contrariada; sus dientes pequeños y blancos asomaron detrás del labio superior.

– Quizá tenga razón -dijo con cautela-. Pero ¿sabe una cosa, detective Ryan? A veces, cuando estás cerca de alguien se te escapan cosas. Otras personas pueden verlas, pero tú no.

La desazón se intensificó. Una parte de mí deseó presionarla, averiguar qué era exactamente lo que había visto en Cassie que a mí se me escapaba; pero la última semana me había enseñado, de una forma bastante intensa, que hay cosas en esta vida que es mejor no saber.

– La vida personal de la detective Maddox no es asunto mío -dije-. Rosalind…

Pero ya se había lanzado por uno de los senderos cuidadosamente silvestres que rodean el césped, gritándome al alejarse:

– ¡Mire, detective Ryan! ¿No es precioso?

Su cabello danzaba al sol que caía entre las hojas, y a pesar de todo sonreí. La seguí por el sendero -de todos modos íbamos a necesitar intimidad para mantener esa conversación- y la alcancé en un apartado banquito coronado de ramas, con pájaros gorjeando en los arbustos que lo rodeaban.

– Sí -dije-, es precioso. ¿Te gustaría que hablásemos aquí?

Se acomodó en el banco y alzó la vista a los árboles con un suspiro leve y feliz.

– Nuestro jardín secreto.

Resultaba idílico, y odié la idea de echarlo a perder. Por un instante me permití fantasear con desechar el propósito de ese encuentro, charlar con ella sobre cómo le iba y el día tan bonito que hacía y luego mandarla a casa; con ser, durante unos minutos, un tío que estaba sentado al sol y hablaba con una chica bonita, nada más.

– Rosalind -comencé-, tengo que preguntarte algo. Va a ser muy difícil y me gustaría saber cómo hacértelo más fácil, pero no es así. No te lo preguntaría si tuviera otra opción. Necesito que me ayudes. ¿Lo intentarás?

Un destello de una vivida emoción planeó sobre su rostro, pero desapareció antes de que lograra precisarlo. Se agarró con las manos al riel del banco, afianzándose.

– Haré lo que pueda.

– Tu padre y tu madre… -dije manteniendo un tono de voz suave y uniforme-. ¿Alguno de ellos os ha hecho daño alguna vez a ti o a tus hermanas?

Rosalind lanzó un jadeo. Se llevó la mano a la boca y se me quedó mirando con ojos muy abiertos y asombrados, hasta que se dio cuenta de lo que había hecho, apartó la mano y volvió a cogerse con fuerza al riel.

– No -respondió, con una vocecita tirante y oprimida-. Por supuesto que no.

– Sé que debes de estar asustada. Yo puedo protegerte. Te lo prometo.

– No. -Sacudió la cabeza mientras se mordía el labio, y supe que estaba al borde de las lágrimas-. No.

Me acerqué a ella y puse mi mano sobre la suya. Desprendía un aroma como de flores y almizcle demasiado antiguo para ella.

– Rosalind, si algo va mal, tenemos que saberlo. Estás en peligro.

– Estaré bien.

– Jessica también lo está. Sé que cuidas de ella, pero no podrás seguir haciéndolo sola para siempre. Por favor, déjame ayudarte.

– Usted no lo entiende -murmuró. La mano le temblaba debajo de la mía-. No puedo, detective Ryan, no puedo.

Casi me partió el corazón. Aquella frágil e indómita chiquilla se encontraba en una situación que habría podido con cualquiera que le doblara la edad y aguantaba por los pelos, caminando por una cuerda floja y serpenteante sin nada más que su tenacidad, orgullo y negación. Era lo único que tenía, y precisamente yo estaba intentando quitárselo.

– Lo siento -me disculpé, repentina y horriblemente avergonzado de mí mismo-. Quizá llegue el momento en que estés preparada para hablarlo, y cuando eso ocurra seguiré estando aquí. Pero hasta entonces… no tendría que haberte presionado. Lo siento.

– Es muy bueno conmigo -susurró ella-. No puedo creer que haya sido tan bueno.

– Sólo me gustaría poder ayudarte -afirmé-. Y quisiera saber cómo.

– Yo… Yo no confío fácilmente en la gente, detective Ryan. Pero si confío en alguien, será en usted.

Nos quedamos sentados en silencio. La mano de Rosalind era suave al tacto, y no la apartó de la mía. Luego la giró, despacio, y enlazó sus dedos con los míos. Me estaba sonriendo, y era una sonrisa íntima y leve con un atisbo desafiante en las comisuras.

Contuve el aliento. Me atravesó como una corriente eléctrica el deseo intenso de inclinarme hacia ella, sostenerle la nuca con la palma de la mano y besarla. Las imágenes retozaron en mi mente -sábanas ásperas de hotel y sus rizos liberándose, botones bajo mis dedos y el rostro ojeroso de Cassie- y deseé a esa chica tan distinta a ninguna de las que había conocido, la deseé no a pesar de sus estados de humor y sus heridas secretas y sus tristes intentos de artificio sino debido a ellos, debido a todos ellos. Podía verme, minúsculo y encandilado y acercándome, reflejado en sus ojos.

Pero tenía dieciocho años y aún podía acabar siendo mi testigo principal, era más vulnerable de lo que volvería a serlo en toda su vida y me idolatraba. Lo último que le faltaba era padecer mi tendencia a arruinar todo cuanto tocaba. Me mordí con fuerza el interior de la mejilla y retiré mi mano de la suya.

– Rosalind -dije.

Su rostro se cerró en banda.

– Tengo que irme -dijo con frialdad.

– No quiero hacerte daño. Es lo último que necesitas.

– Bueno, pues lo ha hecho.

Se colgó el bolso del hombro, sin mirarme. Su boca dibujaba una línea tensa.

– Rosalind, espera, por favor…

Busqué su mano, pero ella se zafó.

– Pensé que yo le importaba. Es evidente que me equivocaba. Sólo ha dejado que lo creyera para ver si sabía algo de Katy. Sólo quería sacar algo de mí, igual que todo el mundo.

– Eso no es cierto -comencé a decir, pero ya se había ido, alejándose por el sendero con pasos furiosos y breves, y comprendí que no serviría de nada ir tras ella.

Los pájaros de los arbustos se dispersaron a su paso con un brusco redoble de alas.

La cabeza me daba vueltas. Le di unos minutos para que se calmara y luego la llamé al móvil, pero no contestó. Le dejé un balbuciente mensaje de disculpa en el contestador; después colgué y me desplomé en el banco.

– Mierda -exclamé en voz alta para los arbustos vacíos.


Creo que es importante reiterar que, por más que dijera en su momento, durante la mayor parte de la operación Vestal mi estado de ánimo distaba mucho de ser el habitual. Tal vez no sirva de excusa, pero es un hecho. Cuando me metí en ese bosque, por ejemplo, lo hice sin apenas haber dormido ni comido y con una acumulación considerable de tensión y de vodka, y pienso que debería subrayar que es muy probable que los acontecimientos subsiguientes fueran un sueño o algún tipo de extraña alucinación. No tengo modo de saberlo, y tampoco se me ocurre una respuesta especialmente reconfortante.

Al menos, desde aquella noche había empezado a dormir otra vez, y con una dedicación tal que, de hecho, me ponía nervioso. Cada noche, cuando llegaba tambaleándome a casa del trabajo, casi andaba dormido. Caía sobre la cama como atraído por un potente imán y me encontraba en la misma posición, aún vestido, cuando el despertador me arrancaba del sueño doce o trece horas después. Una vez me olvidé de ponerlo y me desperté a las dos de la tarde, con la séptima llamada de una huraña Bernadette.

Los recuerdos y otros efectos secundarios más pintorescos también cesaron; se apagaron tan brusca y repentinamente como una bombilla fundida. Cabría pensar que fue un alivio, y en ese momento lo fue; en lo que a mí respectaba, cualquier cosa que tuviera una mínima relación con Knocknaree era la peor de las noticias posibles, y estaba mucho mejor sin ello. Debería habérmelo imaginado hacía tiempo, pensaba, y no podía creer que hubiera sido tan estúpido para ignorar todo lo que sabía y volver a corretear por ese bosque. Jamás en mi vida había estado tan furioso conmigo mismo. No fue hasta mucho después, con el caso concluido y el polvo acumulándose en sus restos, cuando palpé con cuidado los límites de mi memoria y apareció vacía; no fue hasta entonces cuando empecé a pensar que podía tratarse no de una liberación sino de una gran oportunidad perdida, de una pérdida irrevocable y devastadora.

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