Capítulo 13

Se notaba cierta atmósfera en la habitación. Walsh la olió nada más entrar. McLoughlin estaba junto a la ventana, con las manos apoyadas en el alféizar, mirando al exterior más allá de la terraza y de la extensión de césped; la señorita Cattrell estaba sentada en su escritorio, haciendo garabatos, con las botas sobre el último cajón abierto del mueble; su labio inferior sobresalía agresivamente.

– Bueno, ¡gracias a Dios por su misericordia! -exclamó-. Quiero telefonear a mi abogado, inspector, quiero hacerlo ahora y me niego a contestar más preguntas hasta que llegue. -Parecía muy enfadada.

«Ira», pensó Walsh con sorpresa. Por alguna razón, no había olido a ira.

– Entiendo -dijo con actitud ecuánime-, ¿pero por qué desearía hacer eso?

McLoughlin abrió las contraventanas para dejar entrar a Jansen y a la policía Brownlow. Sus piernas, rezumando serrín, pertenecían a otra persona; su estómago, que había vuelto a despertar gracias a la barrita de chocolate, se arañaba a sí mismo en busca de más nutrición; su corazón brincaba como un corderito sano alrededor de su valla abatida. Se sentía bastante satisfecho de sí mismo.

– Señorita Cattrell -dijo con voz bastante firme-, ¿estaría de acuerdo con que la policía Brownlow la registrase ahora, mientras le explico la situación al inspector Walsh?

– No -volvió a exclamar con brusquedad-, no lo estaría. Me niego a colaborar más hasta que llegue mi abogado -golpeó airadamente la mesa con un lápiz-. Y tampoco voy a decir nada más, maldita sea, ni delante de usted ni de esos desgraciados que ha traído -miró a Walsh-. Me opongo a todo esto rotundamente. Ya es lo bastante malo que manoseen todas tus cosas personales, pero que las manoseen hombres es el colmo. Debe haber mujeres en la policía. Me niego a hablar con nadie salvo mujeres.

Walsh ocultó bien sus emociones, pero McLoughlin, con su nueva claridad de visión, vio cómo el inspector meneaba su flacucha cola como un perro contento.

– ¿Va a presentar una denuncia formal contra el sargento McLoughlin y su grupo? -preguntó Walsh.

Anne echó una mirada a Friar.

– No lo sé. Esperaré hasta que llegue mi abogado -alcanzó el teléfono y empezó a marcar-. Pero mi objeción sigue ahí, así que, si desea mi colaboración, sugiero que encuentre algunas mujeres.

El inspector jefe señaló la puerta con la cabeza.

– Friar, Jansen, esperen en el pasillo. Sargento McLoughlin, recoja lo que haya encontrado y llévelo fuera. Brownlow, quédese aquí -retrocedió, entornando los ojos, mientras observaba a McLoughlin desplazarse desde la pared y abrirse paso firmemente. Había algo que iba mal, algo que no podía concretar. Lanzó miradas perspicaces por la habitación.

Anne estaba murmurando al teléfono.

– Espera un momento, Bill -ahuecó la mano sobre el auricular para taparlo-, me gustaría recordarle, sargento -dijo glacialmente-, que no me ha dado un recibo por lo que hay en la caja fuerte. El único recibo que tengo es el de mi diario.

«Jesús, mujer -pensó McLoughlin-, déme un respiro. No soy Charles Atlas, soy el enclenque que recibe los golpes en la cara.» Se inclinó irónicamente.

– Ahora le haré uno, señorita Cattrell.

Ella no hizo caso de él y volvió a su llamada, escuchando durante un momento.

– Maldita sea, Bill -explotó enfadada en el teléfono-, con lo que cobras, podrías tratar de llegar un poco antes. Demonios, quizá no sea una de tus finas clientas de Londres, pero siempre pago a tocateja. Por Dios, puedes hacerlo en menos de dos horas si te espabilas.

Bill Stanley, un amigo de hacía mucho tiempo, así como abogado, sonrió con una mueca al otro lado de la línea. Acababa de decirle que lo dejara todo para estar ahí en una hora.

– Podría hacerlo en tres horas -sugirió él.

– Eso está mejor -refunfuñó Anne-. Espera, se lo preguntaré -se volvió hacia el inspector-. ¿Piensa llevarme a la comisaría? Mi abogado quiere saber adónde tiene que ir.

– Eso depende completamente de usted, señorita Cattrell. Francamente, estoy un poco desconcertado de momento respecto a por qué desea que su abogado esté presente.

McLoughlin se dio la vuelta con el cuchillo de trinchar y el trapo a salvo en una bolsa de politeno.

– ¡Ah! -exclamó Walsh, sin encubrir su júbilo-. Bien, eso más bien puede ayudarnos en nuestras investigaciones. Con tal que entienda que no existe ningún tipo de coacción, creo que sería más sencillo para todos si prosiguiéramos nuestro interrogatorio en la comisaría.

– Comisaría de policía de Silverbone -le dijo a su abogado-. No, no te preocupes, no diré nada hasta que llegues -colgó y agarró el segundo recibo de McLoughlin-. Y será mejor que no haya nada mío escondido en esa cartera -dijo malévolamente-. Todavía no he conocido a ningún policía que no tuviese las uñas afiladas.

– Ya basta, señorita Cattrell -cortó bruscamente Walsh, preguntándose cómo McLoughlin había conseguido no alterarse con ella. Pero quizá no lo había conseguido y acaso eso explicaba la tensión en el aire-. No tolero los insultos injustificables contra mis agentes. La policía Brownlow esperará con usted mientras tengo unas palabras con el sargento McLoughlin en el pasillo -salió de la habitación tieso-. Bien -dijo, cuando la puerta se cerró tras ellos-, veamos qué tiene -tendió la mano, requiriendo la bolsa de politeno.

– Es tal como le dije, señor -explicó nervioso Friar-. Lo escondía en su caja fuerte. Y además está el diario, en el que habla de la muerte, de las tumbas y Dios sabe de cuántas cosas más.

– ¿Andy?

McLoughlin se apoyó contra la pared.

– No estoy seguro -dijo. Se encogió de hombros.

– ¿De qué no está seguro? -inquirió impacientemente Walsh.

– Sospecho que nos está engañando, señor.

– ¿Por qué?

– Un presentimiento. No es tonta y fue muy fácil.

– ¿Friar?

– Eso son chorradas, señor. El diario fue fácil, se lo aseguro, pero el cuchillo estaba bien escondido. Jansen buscó por toda esa pared y no logró encontrar la caja fuerte -dirigió una mirada de reconocimiento envidioso hacia McLoughlin-. Fue el sargento quien la vio.

Walsh meditó durante unos minutos.

– Bueno, de un modo u otro, ahora estamos comprometidos, así que si nos están engañando, averigüemos por qué. Jansen, lleve esto a la comisaría y que tomen las huellas dactilares antes de que yo llegue con la señorita Cattrell. Friar, vaya deprisa a echarles una mano a los de fuera. Andy, sugiero que me sustituya y se ocupe del ala de la señora Maybury.

– Con todo respeto, señor -murmuró McLoughlin-, ¿no sería mejor que examinase el diario? Friar tiene razón, hay algunas referencias extrañas en él.

Walsh lo miró atentamente durante un momento; luego, asintió.

– Quizás esté en lo cierto -dijo-. Extraiga todo lo que crea pertinente y quiero que esté en mi mesa antes de hablar con ella. -Volvió a entrar en la habitación, cerrando la puerta tras él.

Friar siguió los pasos de McLoughlin por el pasillo.

– ¡Jodido hijo de puta!

McLoughlin sonrió con una mueca diabólica.

– El privilegio tiene sus gratificaciones, Friar.

– ¿Cree que pondrá una denuncia?

– Lo dudo.

– Ya -se detuvo para encender un cigarro-. Jansen y yo estamos limpios, se mire como se mire.

Llamó a McLoughlin:

– Pero, demonios, cómo me gustaría saber de dónde provienen esas marcas de su cuello.


McLoughlin cogió el coche, fue directamente a un café de las afueras de Silverbone y comió hasta hartarse. Concentraba su mente en la comida adrede y, cuando un pensamiento errante se le acercaba, se lo quitaba de la cabeza. Estaba en paz consigo mismo por primera vez desde hacía meses. Cuando hubo acabado, regresó a su coche, se recostó en el asiento y se durmió.


Jonathan deambulaba cerca de la puerta principal cuando Anne salió acompañada de Walsh y la policía Brownlow. Se colocó agresivamente en el camino de los policías y Walsh no tuvo dificultad alguna en reconocer al muchacho larguirucho que había protegido a su madre tan ardientemente hacía ya tantos años.

– ¿Qué pasa? -inquirió el joven.

Anne le puso la mano en el brazo.

– Regresaré dentro de dos o tres horas como máximo, Jon. No hay nada de qué preocuparse, te lo prometo. Dile a tu «mami» que he telefoneado a Bill Stanley y que irá directamente a la policía -hizo una pausa-. Y asegúrate de que descuelgue el teléfono y de que le diga a Fred que cierre con llave las verjas de la entrada. La historia seguramente ya habrá salido a la luz y los periodistas merodearán por todas partes -le dirigió una mirada directa y prolongada-. Seguro que estará preocupada. Jon, intenta que se despeje. Pon discos o haz algo para distraerla -le habló por encima del hombro mientras Walsh la llevaba hacia el coche-. Ponle Pat Boone y Love Letters in the Sand. Esa es la manera más segura de despejar la mente de Phoebe. Ya sabes que le encanta Pat Boone y esa canción de las cartas de amor. Y no te descuides, ¿de acuerdo?

Jonathan asintió con la cabeza.

– Vale. Ten cuidado, Anne.


Se despidió desconsoladamente con la mano mientras se la llevaban en coche y luego, pensativo, entró en la casa por la puerta principal. Que él supiera, su madre nunca había escuchado discos de Pat Boone. «No te descuides, ¿de acuerdo?» Anduvo hasta la puerta de Anne, miró rápidamente a su alrededor, entonces hizo girar el pomo y fue de puntillas por el pasillo. Abrió la puerta de su cuarto de estar y se asomó para mirar. La habitación estaba vacía. «Es seguro», «la manera más segura» -había dicho Anne insistiendo en ello dos veces-, «Love Letters». Fue cuestión de segundos soltar el pestillo escondido, asir firmemente el pomo de cromo y deslizar toda la caja fuerte hacia fuera. Casi no pesaba nada por estar hecha de aluminio. La apoyó en su cadera mientras metía la mano en el hueco oscuro del antepecho de la chimenea y recogía un sobre grande de color marrón. Lo tiró sobre la silla más cercana, volvió a colocar cuidadosamente la caja fuerte y la empujó para ponerla otra vez en su sitio. Al meterse el sobre en la chaqueta, se le ocurrió que algo o alguien debía haber asustado bastante a Anne para que creyera que aquel escondite resultaba poco seguro. ¿Y por qué demonios había de preocuparse por unas cartas de amor? Era extraño. Al salir por las contraventanas, oyó la puerta del ala de Anne abrirse y cerrarse, y el sonido de pasos por el pasillo. Se fue de puntillas por la terraza y desapareció.

Encontró a Phoebe y a Diana en el salón principal. Estaban murmurando silenciosamente en el sofá, las cabezas juntas, el cabello dorado y el pelirrojo entretejidos como los hilos de un tapete. De pronto, sintió celos de su intimidad. ¿Por qué su madre confiaba en Diana antes que en él? ¿Confiaba en él? Jonathan había cargado con la culpabilidad durante diez años. ¿No había pasado suficiente tiempo para ella? A veces sentía que sólo Anne le trataba como a un adulto.

– Se han llevado a Anne -anunció lacónicamente.

Asintieron con la cabeza, sin sorprenderse.

– Estábamos mirando -dijo Phoebe. Le dirigió una sonrisa consoladora a Jonathan-. No te preocupes, cariño. Tengo más compasión por la policía que por ella. Les parecerá que dos horas en el cuadrilátero con Mike Tyson son preferibles a media hora en compañía de Anne cuando está luchando en su rincón. Ha telefoneado a Bill, creo.

– Sí -dijo. Fue hacia la ventana y miró la terraza-. ¿Dónde está Lizzie? -les preguntó.

– Se ha ido con Molly -contestó Diana-. Ahora están registrando la caseta.

– ¿Y Fred?, ¿también está allí?

– Fred está vigilando al pie de las verjas -dijo Phoebe-. Parece que la prensa ha llegado en gran número. Los está manteniendo a raya.

– Eso me recuerda algo. Me dijo que descolgaras el teléfono.

Diana se levantó, se acercó a la repisa y cogió una colilla que había detrás de un reloj. Encendió una cerilla y con ella la punta gastada de la colilla.

– Ya lo hemos hecho -bizqueó para mirar el patético cilindro del cigarrillo y echó el humo con torpeza.

Phoebe intercambió una mirada con Jonathan y se rió.

– Iré a traerte uno decente de la habitación de Anne – dijo, levantándose del sofá-. Es posible que tenga algún paquete por ahí y, de veras, odio verte sufrir.

Phoebe salió de la habitación. Diana tiró la colilla a la chimenea.

– Me va a traer uno y me lo voy a fumar, y será el segundo que me fumo hoy. Mañana serán tres y así hasta que me vuelva a enganchar. Debo estar loca. Tú eres médico, Jon. Dime que no lo haga.

Se acercó a ella, aplacado por su súbita necesidad de él, y le puso el brazo sobre la espalda.

– Todavía no soy médico y no me harías caso de todos modos. ¿Cómo dicen? «Nadie es profeta en su tierra.» Fuma, si eso te ayuda. Yo diría que la tensión es tan mala como la nicotina. -Era como abrazar cariñosamente a una Elizabeth mayor, pensó. Eran tan parecidas…; en su aspecto, en su búsqueda constante de tranquilidad, en la manera de deformarlo todo con ironía. Explicaba perfectamente por qué no se llevaban bien. Le apretó el brazo y la soltó, regresando al lado de la ventana.

– ¿Se han ido todos los policías?

– Excepto los de la caseta, creo. Pobre Molly. Le costará meses recuperarse de que la poli le inspeccionara sus calzones largos. Lo más seguro es que los lavará muchas veces antes de volver a ponérselos.

– Lizzie calmará sus plumas erizadas -dijo Jonathan.

Diana lanzó una mirada especulativa a su espalda.

– ¿Ves a menudo a Elizabeth en Londres? -le preguntó.

Jonathan no se volvió.

– De vez en cuando. A veces vamos a comer juntos. Trabaja a unas horas que la hacen un poco antisociable, ya sabes. Está en el casino casi hasta la madrugada, la mayoría de noches -era trágico, pensó, cuánto había acerca de una hija que nunca se podía explicar a su madre. No se podía describir el exquisito placer de despertarse a las cuatro de la mañana para encontrar su cuerpo caliente excitándole a uno rítmicamente. No podía explicar que sólo el pensar en ella le ponía caliente o que una de las razones por las cuales la quería era porque, cada vez que deslizaba la mano entre sus muslos, estaba mojada con deseo de él. En vez de eso, tenía que decir que rara vez la veía, fingir indiferencia, y la madre nunca sabría el fuego que su hija podía llegar a encender-. Creo que la veo más a menudo por aquí -dijo, dándose la vuelta.

– Nunca me explica nada de su vida en Londres -comentó Diana con pena-. Supongo que sale con alguien, pero no lo sé ni tampoco pregunto.

– ¿Y eso es porque no quieres saberlo o porque crees que no te lo diría?

– Oh, porque no me lo diría, desde luego -afirmó-. Sabe que no quiero que repita mi error y que se case demasiado joven. Si le gusta alguien en serio, yo seré la última en saberlo, y entonces será demasiado tarde para poder advertirle que tenga cuidado. Sólo es culpa mía -dijo-, lo comprendo perfectamente.

Phoebe regresó y le lanzó a Diana un paquete de cigarrillos que estaba abierto.

– ¿Podéis creer que han dejado de guardia a ese niñato en la habitación de Anne? El policía Williams, ese a quien Molly le cogió cariño. Le han mandado que no se mueva de allí hasta recibir nuevas órdenes. Insistió en sacar uno por uno los pitillos para echarles un vistazo -cruzó la sala hasta el teléfono y colgó el auricular-. Debo haber perdido el juicio -prosiguió-. Jane llegará a Winchester esta tarde, en cualquier momento. Le dije que llamara cuando llegase. Tendremos que aguantar las pesaditas llamadas hasta que tengamos noticias de ella.

Con una mueca, Jonathan abrió las contraventanas y salió a la terraza.

– Voy a sacar a pasear a los perros. Creo que iré a ver si encuentro a Lizzie. Hasta luego. -Se acercó los dedos a los labios y dio un silbido agudo antes de partir hacia los jardines.

Precisamente entonces, sonó el teléfono. Phoebe contestó y escuchó durante un momento

– Sin comentarios -dijo, y colgó el auricular. Segundos más tarde, empezó a sonar de nuevo.


Benson y Hedges retozaban a su alrededor, meneaban sus culitos y ladraban, como si un paseo fuese una rareza. Se puso en camino hacia el bosque entre Grange y la granja; de tanto en tanto lanzaba un palo para complacer a los perros que correteaban tras él. La dirección que tomó le hizo pasar junto a la casa del hielo y la miró con disgusto, mientras los perros fueron derechos hacia ella, sólo para lloriquear y arañar con frustración la puerta sellada. Continuó, deteniéndose con regularidad para volverse y echar un vistazo al camino que había recorrido, y silbando a los perros para que no se quedasen atrás.

Cuando alcanzó el roble de doscientos años que se alzaba majestuosamente en un claro en medio del bosque, se quitó la chaqueta y se sentó, relajando su espalda contra una concavidad natural de la corteza arrugada. Permaneció allí durante hora y media, escuchando, observando, hasta que estuvo convencido de que los únicos testigos de lo que estaba a punto de hacer eran los perros y las criaturas salvajes.

Se levantó, sacó el sobre de dentro de su chaqueta plegada y lo metió por una estrecha hendidura, en un hueco en el interior del gran tronco, donde una rama había muerto y había sido arrancada. Sólo Jane, que había trepado con él a través del frondoso ramaje cuando eran niños, conocía los secretos del escondite de aquel agujero. Silbó a los perros que vagaban por allí y regresó a la casa.


– ¿Puedo hablar contigo, cariño?

Elizabeth, que estaba a mitad de camino subiendo las escaleras hacia su habitación, miró de mala gana a su madre.

– Supongo que sí. -Acababa de volver de la caseta y estaba cansada e irritable. La silenciosa angustia de Molly a causa del registro policial la había disgustado.

– Lo podemos dejar si no es un buen momento.

Elizabeth bajó las escaleras despacio.

– ¿Qué pasa?

– Pasa de todo -dijo Diana, riéndose con una carcajada hueca-. ¿Qué es lo que no pasa? Podría contestar a eso más fácilmente.

Elizabeth la siguió hasta su sala de estar. Era una habitación como la de Anne, pero de carácter muy diferente, menos llamativa, más convencional, con una moqueta de color dorado y estampados clásicos con motivos florales en tonos de color pardo y dorado en las ventanas y en las sillas. Un sol menguante acariciaba los colores con un suave resplandor.

– Cuéntame -dijo Elizabeth mientras miraba a Jonathan cruzar la terraza con Benson y Hedges y desaparecer por las contraventanas de Phoebe.

Diana se lo explicó y, a medida que las sombras se prolongaban, la angustia de Elizabeth iba creciendo.


El inspector Walsh miró el reloj y, con un suspiro interior, abrió de un empujón con el hombro la puerta de la sala de interrogatorios número dos. Eran las nueve y cuarto. Miró amargamente de Anne a su abogado.

Bill Stanley era como un osazo de pelo rojizo y desarreglado que le crecía por todas partes, incluso en los nudillos, y tenía un aspecto desharrapado. Según su tarjeta, trabajaba para una importante empresa de Londres; sin duda ganaba un sueldazo, de manera que el traje a rayas negras, arrugado y raído por los puños, era probablemente alguna especie de declaración -quizá de igualdad con las masas agrupadas-, aunque Walsh no podía imaginar por qué había elegido llevarlo con un camiseta de malla amarilla. Tomó nota mentalmente para hacer averiguaciones acerca de él. En treinta años de codearse con la profesión legal, nunca había visto al tal B.R. Stanley, licenciado en derecho. Probablemente, la tarjeta era una falsificación.

– Ya se puede ir a casa, señorita Cattrell. Hay un coche esperándola.

Anne recogió sus cosas y las metió descuidadamente en su bolso.

– ¿Y mis otras pertenencias? -le preguntó.

– Se las devolverán mañana.

Bill se levantó de su silla, estiró sus manazas hacia el techo y bostezó.

– Te puedo llevar a casa si lo prefieres, Anne.

– No, es tarde. Vuelve con Polly y los niños.

Enderezó los hombros, y el fuerte crujido de los huesos al colocarse en su sitio se oyó en la salita.

– Esto te va a costar un riñón, amiga mía, significa adiós a cincuenta libras cada vez que respiro, recuerda. ¿Qué dices? ¿Quieres presentar la demanda? Ya he ganado -sonrió-. La única molestia será elegir. Hostigamiento, abuso de poder policial, daño a tu reputación profesional, pérdida de amor propio, pérdida económica. Siempre disfruto con los pleitos cuando he tenido la oportunidad de ver a ambos equipos en acción.

Los ojos de Anne brillaron.

– ¿Ganaría?

– Dios mío, sí. He ganado al contrario en partidos más peliagudos.

Walsh, a quien las ocurrencias de Bill le habían parecido cada vez más irritantes, farfulló molesto.

– La ley no es broma, señor Stanley. Lamento cualquier molestia que haya podido sufrir la señorita Cattrell, pero dadas las circunstancias, creo que no podíamos actuar de otra manera. Ella quiso que usted estuviera presente mientras contestaba nuestras preguntas y, francamente, si no le hubiese costado tres horas venir hasta aquí, todo esto se habría podido resolver mucho más rápidamente.

– No pude venir antes, amigo -dijo Bill, metiéndose el dedo en la camiseta de malla y rascándose el pecho de oso peludo-. Es el día en que me ocupo de los niños. No puedo abandonar a la prole y dejar que se las arreglen solos. Se matarían el uno al otro en cuanto saliera de casa. En realidad, puede que tenga un poco de razón. No vaya a recrearse difundiendo acusaciones de descuido por los tribunales -apretó amistosamente el hombro de Anne con su enorme zarpa-. Te haré un descuento. Será menos divertido, pero seguramente más sensato.

Walsh glugluteó como un pavo furioso.

– Tengo muchas ganas de acusarlos a ambos de hacer perder el tiempo a la policía.

La risa sacudió el enorme cuerpo del abogado mientras abría la puerta para dejar pasar a Anne y acompañarla fuera.

– No, no, no, inspector. Yo soy el que acusa. Indecente, ¿verdad? Yo gano se mire como se mire. -Escoltó a Anne hasta la puerta principal donde un coche de policía estaba esperándola. Stanley le cogió la cara entre las manos y se inclinó para susurrarle al oído-. Esta pequeña farsa te va a costar 50 libras para una de las instituciones benéficas contra el SIDA, además de una explicación.

Anne le dio un golpecito en la mejilla.

– Necesitaba a alguien que me diera la mano -le dijo.

Bill Stanley refunfuñó su diversión.

– ¡Cojones! Me habría enfadado si no hubiese querido descubrir qué demonios pasaba y si no hubiese estado esperando una ocasión para conocer a ese cabrón de Walsh -la sonrisa se desvaneció de su voz-. Llámame mañana y vendré a hablar con vosotras tres. El asesinato es un juego peligroso, Anne, incluso para los espectadores. Es demasiado fácil dejarse arrastrar. Phoebe lo sabe mejor que nadie -le puso la mano en el culo y la impulsó hacia el coche-. Dale recuerdos y también a Diana. -Se despidió con la mano, luego se dirigió a su coche y se fue de vuelta a Londres y a su turno semanal de noche en un albergue para los que no tienen hogar.


Andy McLoughlin se había quedado esperando en su coche, al otro lado de la carretera. Estaba aparcado en la zona gris entre dos charcas de luz naranja procedentes de los faroles y había visto sin que le vieran. Sus manos temblaban sobre el volante. Dios, necesitaba un trago. ¿La había besado? Era difícil estar seguro. ¿Importaba de todos modos? Fue su fácil entendimiento, el modo en que sus cuerpos se habían apoyado en un gesto de amistad sin complicaciones, lo que le había hecho temblar. No quería que la amasen.

Se relajó, salió del coche y fue en busca de Walsh.

– ¿Cómo fue?

El inspector estaba de pie junto a la ventana de su oficina, contemplando la noche furibundo.

– ¿Los vio? Se acaban de ir.

– No.

– Maldito abogado, tardó tres horas en venir, lucía una sucia camiseta de malla y parecía el hombre peludo de Borneo. La verdad, dudo mucho de sus credenciales -sacó su pipa-. Tenía toda la razón, Andy. Era sangre de ternera. Nos engañaron. ¿Por qué?

McLoughlin se sentó en una silla.

– Una diversión. Para alejarle del resto de la casa.

Walsh volvió a su mesa y se sentó.

– Posiblemente. En ese caso, no funcionó. No dejamos piedra por mover. -Hubo un largo silencio antes de que Walsh golpeara ligeramente con la pipa un fajo de cartas que había delante de él-. Jones encontró este paquetito en el estudio de la señora Goode -empujó los papeles hacia McLoughlin y esperó hasta que el sargento los hojeara-. Interesante, ¿no cree?

– ¿La interrogó Jones acerca de estas cartas?

– Lo intentó. Le dijo que no era asunto suyo, que se había quemado los dedos y que prefería olvidarlo. Naturalmente, no tenía ninguna intención de contestar respuestas sobre el tema -prensó el tabaco dentro de la cazoleta de la pipa-. Cuando le dijo que tendría que llevarse las cartas, ella se enfadó e intentó arrebatárselas -había un brillo de diversión en sus ojos al encender el tabaco y aspirar el humo caliente-. Dos policías tuvieron que sujetarla mientras Jones se llevaba las cartas al coche.

– Y creía que era la menos voluble de las tres. ¿Qué hay de la señora Maybury?

– Más buena que el pan. Salió al invernadero y pasó casi toda la tarde plantando esquejes de pelargonium mientras poníamos su casa del revés y no encontrábamos nada -emitió ruidos de sabroso contento, como si estuviera ocupado en fruslerías-. He mandado a dos muchachos que vayan por las zapaterías para encontrar el que arregló esos zapatos. No es fácil, pero alguien puede recordar haberles puesto suelas nuevas. No me importa lo que diga la señora Thompson, aceptémoslo, está tan loca que no reconocería su propio reflejo si no tuviera una aureola a su alrededor, esos zapatos son los del desaparecido Daniel. Número ocho y de color marrón. Demasiadas coincidencias.

McLoughlin obligó a sus ojos cansados a permanecer abiertos mientras releía la primera carta. No tenía fecha y era muy breve. «Lunes. Mi querida Diana, claro que siento lo que ha pasado, pero tengo las manos atadas. Si crees que servirá de algo, podría salir el jueves para hablar de tu situación. Un saludo, Daniel.» La dirección era Larkfield, East Deller, y subrayado en medio de la página, con una escritura indignada ponía: «Reunión confirmada». La carta anterior, una copia a carbón en que Diana reclamaba un extracto actualizado del estado de cuentas del negocio de Daniel Thompson, tenía fecha del viernes 20 de mayo.

– ¿Y cuándo desapareció?

– El jueves, 25 de mayo -dijo Walsh con satisfacción-, el mismo día que había concertado una entrevista con la señora Goode.

– ¿Y por qué no la trajo a la comisaría con la señorita Cattrell?

– Sólo puedo ocuparme de ellas de una en una, muchacho. La señora Goode tendrá otras doce horas. De momento, me interesa más por qué la señorita Cattrell fue capaz de llegar hasta el extraordinario extremo de dejar que la trajéramos aquí para interrogarla. ¿Se le ocurre algo?

McLoughlin miró al suelo y negó con la cabeza.

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