Capítulo VIII

Una semana después de los acontecimientos que acabamos de relatar, el tren de las 5'20 se detenía en la estación Warmsley Heath y de él se apeaba un hombre alto y bronceado con una mochila sobre sus espaldas.

En la plataforma opuesta, un grupo de jugadores de golf esperaban el tren ascendente. El alto y barbudo forastero entregó su billete y salió de la estación. Permaneció indeciso unos instantes, miró después a uno de los postes indicadores en el que se leía: «Sendero para Warmsley Vale», y se encaminó resuelto en aquella dirección.

En Long Willows, Rowley Cloade acababa de servirse una taza de té cuando una sombra que se dibujó precisa sobre la mesa en que tenía el servicio, le hizo levantar la vista.

Si por un momento creyó que la figura que tenía ante sí era la de Lynn, al contemplarla se disipó su duda. Era la de Rosaleen Cloade.

Vestía una blusa de estilo campestre con anchas y vivas franjas de color naranja y verde, estudiada simplicidad que le había servido para conquistar más dinero que el que Rowley hubiese podido nunca imaginarse.

Hasta este momento la había visto siempre ataviada con lujosas indumentarias que llevaba con esa artificial desenvoltura que muestran las modelos al exhibir los últimos figurines de la moda.

En la tarde a que hacemos referencia, y bajo aquellas brillantes tonalidades, creyó ver a una nueva Rosaleen Cloade. El contraste entre sus oscuros y ensortijados cabellos y el claro azul de sus pupilas hacía resaltar su indudable origen céltico. Su misma voz tenía una suave inflexión irlandesa en vez de la estudiada y pulcra que de ordinario empleaba.

—Hacía una tarde tan estupenda —dijo— que me decidí a dar un pequeño paseo. David ha marchado a Londres.

El tono delictivo con que dijo estas palabras le hizo sonrojar.

Sacó después una pitillera de su bolso y ofreció un cigarrillo a Rowley, que hizo un gesto negativo con la cabeza y se volvió como buscando algo con qué encender el que Rosaleen acababa de ponerse en los labios. Ésta hacía esfuerzos inútiles por hacer funcionar un bonito encendedor de oro que tenía en una de sus manos. Rowley lo tomó y con un brusco movimiento consiguió que se encendiera. Al inclinarse ella hacia la llama pudo observar sus largas y curvadas pestañas, que al parpadear se asemejaban a un abanico de finas plumas que acariciase suavemente sus mejillas.

Y pensó para sí:

—El viejo Gordon sabía lo que se hacía.

Rosaleen retrocedió un paso y exclamó casi con admiración:

—Es bonita la vaquilla que tiene usted paciendo en el prado.

Animado por este inesperado interés, Rowley empezó a hablarle de la granja, y su asombro subió de punto al ver el caudal de conocimientos que Rosaleen poseía en materias agrícolas y en el arte de elaborar quesos y mantecas.

—Sería usted una gran esposa para un granjero —dijo Rowley, sonriendo.

La animación que había en las facciones de Rosaleen desapareció de pronto. Y dijo:

—También nosotros teníamos una granja en Irlanda antes de venir aquí, antes de...

—¿De dedicarse al teatro...?

—No hace tanto tiempo de esto... Lo recuerdo como si fuese ayer.

Señaló con un arranque de genialidad:

—Estoy segura de que podría todavía ordeñar sus vacas, Rowley.

—Esto era algo nuevo en Rosaleen. ¿Habría aprobado David Hunter estas fortuitas referencias a un pasado humilde y relacionado con la agricultura? Con seguridad que no, pensó Rowley. Su impresión era de que pertenecían a una modesta familia de labriegos irlandeses. La versión de Rosaleen debía aproximarse bastante a la realidad. Primero las faenas del campo, duras y primitivas. Después la fascinación de la escena, la marcha a África del Sur con una Compañía teatral, la boda, su aislamiento en el África Central, su escapatoria, una laguna en el curso de su vida, y finalmente su casamiento con un millonario de Nueva York.

Sí, Rosaleen Hunter debía haber corrido mucho mundo desde la última vez que ordeñaba una de sus famosas vacas de Kerry. Y, sin embargo, al mirarla, nadie la hubiese creído capaz de tanta aventura. Su cara tenía el aspecto inocente y bobalicón de una mujer sin historia y no representaba, ni con mucho, los veintiséis años que al decir de su hermano tenía.

Había en ella algo atrayente parecido a esa patética cualidad que tenían las ternerillas que aquella misma mañana había conducido a casa del carnicero. «¡Pobrecitas! —había pensado—. ¡Qué pena que vuestro final haya de ser siempre el matadero!»

Un gesto de alarma pareció reflejarse en la mirada de Rosaleen, que preguntó con desasosiego:

—¿En qué piensa usted, Rowley?

—¿Le gustaría que le enseñara la granja y las dependencias?

—¡Claro que me gustaría!

Así lo hizo, y cuando al final le suplicó que se quedara para tomar con él una taza de té, la misma expresión anterior de alarma volvió a aparecer en su semblante.

—No, no, gracias, Rowley. Será mejor que me vaya ya.

Y añadió, espantada al consultar su reloj:

—¡No sabía que fuese tan tarde! David llegará en el tren de las 5'20 y se sorprenderá si no me encuentra en casa. ¡Me voy!

Y añadió tímidamente antes de salir:

—Le aseguro que he pasado un buen rato, Rowley.

Y debió de ser verdad, pensó. Quizá, después de largo tiempo, había conseguido, aunque sólo fuese unos instantes, encontrarse de nuevo a sí misma. Tenía miedo a David, eso era evidente. David era el cerebro de la familia. Pero al fin había conseguido tener una tarde de asueto, ¡ésta era la expresión!, ¡de asueto!, como la hubiese podido tener una criada cualquiera. ¡Ella! ¡La acaudalada viuda de Gordon Cloade!

Una especie de mueca, que nuevamente intentaba revestir los caracteres de una sonrisa, se dibujó en la cara de Rowley al contemplar desde la puerta cómo Rosaleen se alejaba apresuradamente colina arriba, en dirección a Furrowbanks. Un momento antes de que ella llegara a remontar el portillo que había en el camino, un hombre apareció en él, más alto y corpulento, que David, y a quien Rosaleen cedió el paso, acelerando después su marcha hasta convertirse casi en una carrera frenética.

Sí; ella había conseguido al fin tener una tarde libre, pero él, Rowley, había perdido lamentablemente más de una hora de su valioso tiempo. «Bien —pensó—, puede que, después de todo, no haya sido tan perdida como en principio pudiera parecer.» Rosaleen le había mostrado cierta simpatía y quién sabe si más tarde esta simpatía habría de serle de alguna utilidad. ¡Era muy linda, qué duda cabía!, como también lo eran las ternerillas que había llevado aquella mañana... ¡pobres diablillos!

Recostado en la entrada y absorto en sus pensamientos le sorprendió el sonido de una voz que le hizo levantar la cabeza con prontitud.

Un hombretón, tocado con un sombrero de fieltro de anchas alas y una pesada mochila colgada de sus espaldas, estaba en pie, junto a la puerta del jardín.

—¿Es éste el camino para Warmsley Vale?

Ante el aparente desconcierto de Rowley, hubo de repetir la pregunta. Hizo éste un esfuerzo, como tratando de recordar, y contestó:

—Sí, siga usted vereda adelante hasta llegar a los próximos campos. Tome usted después hacia la izquierda hasta llegar al camino vecinal; éste le conducirá en menos de tres minutos a la aldea.

Con aquellas mismas palabras había contestado a esa pregunta centenares de veces. La gente acostumbraba a tomar el sendero al salir de la estación, lo seguía colina arriba, pero perdía la fe en él cuando al traspasar la cumbre no veían rastro alguno de su lugar de destino, ya que Warmsley Vale estaba en una hondonada y totalmente oculto por la arboleda de Blackwell Copse, que sólo dejaba ver la aguja del campanario de la iglesia.

—¿Hay algún lugar donde alojarse en el pueblo?

Esta última pregunta le hizo mirar con más detenimiento al hombre que tenía ante sí. En estos días los viajeros acostumbraban a encargar sus habitaciones con anticipación.

El hombre era alto, barbudo, de tez bronceada y ojos muy azules. Tendría unos cuarenta años y no mal parecido, aunque con aire de aventurero y bravucón. No era su cara lo que pudiera llamarse agradable en su totalidad.

—Sí, una hostería.

Seguramente llegado de allende el mar, pensó Rowley. Quizá fuese ilusión, pero en sus palabras parecía haber un ligero acento colonial. Y cosa curiosa: aquella cara no le era del todo desconocida.

¿Dónde había visto antes una cara así?

Mientras trataba de recordar, el forastero le sorprendió al hacer la pregunta siguiente:

—¿Podría usted decirme si hay una casa llamada Furrowbanks por esos alrededores?

Rowley respondió lentamente:

—Sí, sí. Allí, en la cima de la colina. Ha debido usted pasar muy cerca de ella, quiero decir, si ha seguido usted esta vereda desde la estación.

—Es precisamente lo que he hecho.

Se volvió mirando en la dirección citada por Rowley,

—Ah, ¿conque era ésa? ¿Ese caserón blanco y nuevo?

—Exactamente.

—Hermosa residencia. Ha de costar una buena suma de dinero el sostenerla.

—«Enorme» —dijo—.

Un arrebato de cólera le hizo perder por un momento la noción de dónde estaba...

Al volver en sí vio al forastero que miraba en dirección a la cúspide del monte con especulativa curiosidad.

—¿Quién vive allí? —dijo—. ¿No es una tal señora Cloade?

—La misma —respondió Rowley—. La viuda de Gordon Cloade.

Al forastero la noticia pareció regocijarle.

—¡Ah! —exclamó—. ¿La viuda de Gordon Cloade? ¡Qué suerte!

Después movió la cabeza de arriba abajo en señal de apreciación y dijo:

—Gracias, amigo.

Afianzó bien el paquete que llevaba a las espaldas y se puso en marcha en dirección a Warmsley Vale.

Rowley se encaminó lentamente hacia la corraliza. Una sola idea parecía bullir en su cerebro. ¿Dónde diablos había visto aquella cara con anterioridad?

A eso de las nueve y media de aquella misma noche, Rowley limpió la mesa de la cocina de los cachivaches que la cubrían y se puso en pie. Miró abstraídamente el retrato de Lynn que había sobre la repisa de la chimenea y, frunciendo el ceño, abandonó la casa.

Diez minutos más tarde empujaba la puerta que daba acceso al bar de la hostelería del «Ciervo». Beatrice Lippincott, tras el mostrador, le acogió con la más encantadora de sus sonrisas. El señor Rowley Cloade, a su juicio, era una gallarda figura de varón. Frente a un gran vaso de licor de raíces amargas, Rowley intercambió sus impresiones con todos los presentes. Se hicieron comentarios bastantes desfavorables acerca del Gobierno, del tiempo y de las perspectivas que ofrecía la nueva cosecha.

Después, incorporándose ligeramente, consiguió articular en voz baja en el oído de Beatrice:

—¿Ha recibido usted por casualidad a un forastero? ¿Un hombre alto y fornido con sombrero de alas anchas?

—Sí, señor Rowley. Uno que llegó a eso de las seis. ¿Se refiere a ése?

Rowley asintió con un movimiento de cabeza.

—Se paró junto a mi casa pidiendo que le enseñase el camino.

—Debe ser el mismo.

—Me gustaría saber quién es —dijo Rowley Cloade.

Miró a Beatrice y sonrió. Ésta devolvió la sonrisa.

—Nada más fácil, señor Rowley. Espere unos momentos.

Desapareció bajo el mostrador, reapareciendo a los pocos instantes con un enorme libro con cubiertas de cuero, donde anotaba todos sus registros. Lo abrió en la página en que estaban hechos sus más recientes inscripciones. En la última línea decía así:


Enoch Arden. Ciudad de El Cabo. Británico

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