Capítulo X
Shepherd’s Mayfair era un gran bloque de lujosos departamentos. Salvado milagrosamente de la devastación causada por los ataques aéreos del enemigo, no había logrado, sin embargo, mantener la reputación de lujo y confort de que gozara en los tiempos de la preguerra. El servicio dejaba algo que desear. Donde hubo dos porteros uniformados sólo quedaba uno. El restaurante seguía sirviendo comidas, pero con excepción del desayuno, éstas no eran enviadas a los departamentos.
El alquilado por la viuda de Gordon Cloade estaba en el tercer piso. Consistía en un gabinete provisto de sus correspondientes aparadores y un soberbio cuarto de baño de brillantes azulejos y guarniciones de hierro cromado. En el gabinete, David se paseaba de un lado a otro de la habitación. Rosaleen, sentada en un cuadrado sofá, le contemplaba en silencio. Parecía pálida y aterrorizada.
—¡Chantaje...! —murmuró él entre dientes—. ¡Chantaje! ¿Será posible que un hombre como yo se deje amilanar por estas patrañas?
Ella movió la cabeza con visible gesto de aguda preocupación.
—¡Si pudiese saber...! —decía David con desesperación—. ¡Si sólo consiguiese saber...!
De la garganta de Rosaleen brotó un mal contenido sollozo.
Él prosiguió:
—¡Es esta incertidumbre lo que me vuelve loco!
De pronto se volvió y, mirando fijamente a Rosaleen, preguntó:
—¿Llevaste aquellas esmeraldas a casa del viejo Greatorex?
—Si.
—¿Cuánto te dieron?
—Cuatro mil. Cuatro mil libras. Me dijo que si no las vendía, había que asegurarlas de nuevo.
—Sí, las joyas han doblado hoy su valor. ¡Bien! Creo que podremos levantar ese dinero. Lo malo es que esto no será sino el principio de una serie interminable de peticiones. Acabará por chuparnos hasta la última gota de sangre.
—¿Por qué no nos marchamos de Inglaterra? —suplicó llorando Rosaleen—. ¿No podemos ir acaso a Irlanda, a América o a donde sea?
—Veo que no tienes espíritu de lucha, Rosaleen —le dijo—. Tirar la piedra y correr, ese parece tu lema.
—No tenemos razón alguna, David —exclamó gimoteando—. Hemos sido malos, muy malos...
—No me vengas ahora con sentimentalismos. No los puedo soportar. Por primera vez en la vida nos ha sonreído la fortuna y no voy a permitir que al primer contratiempo la dejemos escapar como unos tontos de entre las manos. ¿No comprendes que todo ello pudiera ser un mero desplante? Lo más probable es que Robert Underhay siga enterrado en África como siempre hemos creído.
Ella se estremeció.
—No sigas, David —gimió—. Te lo suplico.
Al ver éste la expresión que el terror había impreso en las facciones de Rosaleen, intentó serenarse.
—No temas —le dijo—. Yo me encargo de todo, pero tú haz siempre lo que yo te diga. ¿Me obedecerás?
—Siempre te he obedecido, David. Tú lo sabes.
El se echó a reír.
—Pues levanta ese espíritu. Ya encontraré el modo de parar el golpe de ese granuja de Enoch Arden.
—¿Te acuerdas de la predicción de las cartas en que hablaban de la aparición de un hombre...?
El cortó en seco su divagación.
—Sí, sí, me acuerdo, pero no temas. Yo llegaré al fondo de todo este misterio.
—No te olvides de que hoy es martes. ¿Vas a llevarle el dinero?
David asintió con un gesto.
—Cinco mil. Le diré que no me ha sido posible conseguir el resto. Lo primero que debo impedir es que se entreviste con los Cloade. Probablemente se trata sólo de una amenaza, pero no está de más asegurarse.
Se detuvo y entornó los ojos como tratando de escudriñar en el infinito. Tras ellos, su mente trabajaba febrilmente, barajando posibilidades.
Después lanzó una sonora carcajada. Era una risa a la vez alegre y feroz. Una risa que a hombres enterrados hoy bajo una losa no les hubiera sido difícil reconocer...
La risa que más de una vez empleara al entrar en acción en los campos de batalla.
—Rosaleen —le dijo—, ¡gracias a Dios que tengo en ti a una persona en quien poder confiar!
—Confiar..., ¿en qué?
—En que harás exactamente cuanto te diga. Ese es el secreto de cualquier operación.
Y añadió riendo:
—Esta vez, operación al estilo Enoch Arden.