Capítulo XII
Al salir de «El Ciervo», la fuerza de la costumbre llevaba automáticamente a Rowley en dirección a su casa cuando, de pronto, se detuvo y, cambiando de opinión, desanduvo lo andado.
Las ideas tardaban en cuajar en su cerebro, pero al asombro primero que las palabras de Beatrice le causaron, debió suceder una visión clara y precisa de su verdadero significado. Si la versión de lo oído era correcta, y no había razón alguna para suponer que en esencia no lo fuera, un nuevo estado de cosas, que concernían a todos los miembros de la familia Cloade, acababa de suscitarse. La persona más indicada para ventilarlo era, sin ningún género de duda, tío Jeremy. Como abogado, Jeremy Cloade sabría qué trámites seguir y el modo de sacar el mejor partido posible a tan valiosa información.
Aunque Rowley hubiese preferido iniciar una acción expedita y personal, comprendía, no sin cierta repugnancia, que lo mejor era dejar el asunto en manos de un experto jurisconsulto. Cambió, pues, de rumbo y encaminó sus pasos a casa de tío Jeremy, situada en High Street.
La diminuta sirvienta que salió a abrir la puerta, le informó que el señor y la señora Cloade estaban sentados a la mesa. Se ofreció a acompañarle hasta el comedor, pero Rowley prefirió esperar en el despacho. No le gustaba la idea de incluir a Frances en este coloquio. Hasta que no se hubiese fijado un curso determinado de acción, cuantas menos personas lo supiesen, mejor.
Se paseaba inquieto mirando repetidamente cuanto encontraba en la habitación. Sobre la mesa escritorio había una caja de metal con un rótulo que decía: «William Jessamy, fallecido». Los anaqueles estaban atestados de gruesos volúmenes y de las paredes colgaba un antiguo retrato de Frances en traje de noche y otro del padre de ésta, lord Edward Trenton. Sobre la mesa había también la fotografía de un joven con el uniforme del ejército inglés. Era la de Anthony, hijo de Jeremy, muerto en el frente.
Rowley acabó por sentarse y se quedó mirando distraídamente el cuadro que representaba al elegante lord Edward Trenton.
En el comedor, Frances decía a su marido:
—¿Qué es lo que le pasará a Rowley?
—Nada —contestó con voz perezosa Jeremy—. Seguramente habrá contravenido alguna de las disposiciones gubernamentales. Es raro encontrar hoy un agricultor que conozca todos los requisitos que la Ley exige. Rowley es un hombre consciente y estará preocupado; eso es todo.
—Es un gran muchacho —añadió Frances—, pero terriblemente calmoso. Tengo una sospecha de que sus relaciones con Lynn no van todo lo bien que podría suponer.
Jeremy murmuró distraídamente:
—¿Lynn has dicho...? Sí, sí..., ¡claro! Perdóname, Frances. Se me hace difícil serenarme. Estoy como atontado, lleno de preocupaciones.
—No pienses más en eso, Jeremy —dijo rápidamente Frances—. Te he dicho que todo se resolverá a medida de nuestros deseos.
—Es que hay veces que me asustas, Frances. ¡Eres tan impetuosa! ¿No comprendes que...?
—Sí, hombre, sí; lo comprendo todo. Y no me asusta. Al contrario. Me divierte.
—Esto es precisamente el motivo de mi ansiedad.
—Vamos —le dijo con acento casi maternal—. No hagas esperar a ese joven bucólico. Enséñale cómo debe rellenarse el formulario mil ciento noventa y nueve..., o el que sea...
Al salir del comedor llegó a sus oídos el ruido que produjo la puerta de entrada al cerrarse y la doncella vino a anunciarles que el señor Rowley no podía esperar y que el asunto que le traía, tampoco era de gran importancia.