Capítulo V

—Me lo temía —confesó el juez, tratando de disculparse—. ¡Prejuicios de aldea! Se dejan llevar del impulso y no de la lógica.

El juez, el jefe de la policía rural, el superintendente Spence y Hércules Poirot se reunieron en consulta después del interrogatorio.

—Hizo usted cuanto pudo —dijo el jefe rural.

—Es prematuro decir nada todavía —interpuso el superintendente frunciendo el entrecejo—. Y lo malo es que, indirectamente, nos han complicado a todos en este rompecabezas.

Se volvió al juez y añadió:

—¿Conoce usted al señor Hércules Poirot? A él le debemos la presencia del comandante Porter en la sala.

—He oído hablar mucho de usted, señor Poirot —dijo el juez altamente complacido.

Poirot hizo un infructuoso esfuerzo por parecer modesto.

—El señor Poirot está interesado en el caso —adelantó Spence con una sonrisa.

—Así es —contestó Poirot—. Ya lo estaba, si cabe decirlo, antes de que ocurriera el suceso.

En contestación a las sorprendidas miradas de todos, relató el incidente ocurrido en el club y en el que, por primera vez, oyó mencionar el nombre de Robert Underhay.

—Ése es un punto adicional a las pruebas que pueda presentar Porter cuando se celebre la vista —concluyó diciendo—. Underhay, en realidad, planeó una presunta muerte, y mencionó el nombre de Enoch Arden.

—¿Cree usted que lo que haya podido decir un hombre puede constituir una prueba admisible para un juez? —murmuró el jefe local.

—Puede ser que no —contestó con aire reflexivo Poirot—, pero no me negarán ustedes que nos da un excelente punto de partida para la investigación.

—Lo que necesitamos —dijo Spence—, no son puntos de partida, sino hechos. Alguien que haya visto a David Hunter dentro o cerca de la posada de «El Ciervo», el martes por la noche.

—Creo que eso ha de sernos difícil —interpuso el policía rural frunciendo el ceño.

—En mi país no lo sería —dijo Poirot—. Siempre encontraríamos un pequeño café donde la gente iría a tomar su café de la noche, ¡pero en la provinciana Inglaterra!

Alzó las manos con cómica desesperación.

El superintendente asintió con un gesto de cabeza.

—La mitad de nuestros vecinos —convino— se meten en la taberna y allí se quedan hasta la hora de cenar. La otra mitad permanece tranquilamente en sus casas escuchando la radio. Pase usted por nuestra calle principal entre las ocho y media y las diez de la noche y no verá usted nunca ni un alma.

—¿No creen ustedes que ya contaría con ello? —insinuó el representante rural del orden.

—¡Quizá! —contestó Spence.

Su expresión no era la de un hombre completamente feliz.

Poco después salieron el juez y su esbirro y quedaron solos Spence y Poirot.

—Veo que no le gusta el caso, ¿verdad? —preguntó Poirot, mostrando simpatía por su congénere.

—Ese joven me tiene preocupado —contestó—. Es de los que no sabe uno nunca a qué carta quedarse con él. Cuando no son culpables obran como si lo fuesen, y en cambio, cuando lo son, cualquiera diría que eran unos angelitos del cielo.

—¿Usted cree que es culpable? —inquirió Hércules Poirot.

—¿Y usted? —contraatacó Spence.

Poirot extendió las manos significativamente.

—Me gustaría saber exactamente —dijo— qué cantidad de pruebas tienen ustedes contra él.

—Supongo que habla usted, no de las legales, sino de las que caben en el terreno de las probabilidades lógicas.

Poirot asintió.

—Tenemos el encendedor —dijo Spence.

—¿Dónde lo encontró usted?

—Debajo del cuerpo.

—¿Había impresiones digitales en él?

—Ninguna.

—¡Ah! —exclamó displicente Poirot.

—Sí, comprendo —dijo Spence—. Tampoco a mí me gusta ese detalle. Luego tenemos el reloj del difunto machacado y parado a las nueve y diez minutos. Esto está de perfecto acuerdo con el informe médico y con lo declarado por Rowley en el sentido de que Underhay esperaba a su cliente.

Poirot asintió.

—Todo de una claridad meridiana.

—Como usted ve, no hay nadie en Warmsley Vale que pudiera tener un motivo, a menos que, por extraña coincidencia, viviese aquí alguien, aparte de Hunter y de su hermana, que hubiese tenido contacto con Underhay en el pasado. Nunca descarto las coincidencias, pero aquí no tenemos el menor asomo de ellas. Este hombre era un extraño para todos, con la excepción de los dos hermanos.

Poirot volvió a asentir con un gesto.

—Para la familia Cloade, Robert Underhay era como una especie de gallina de los huevos de oro a la que había de conservar viva a toda costa. Un Robert Underhay, vivito y coleando, era lo que los Cloade necesitaban para repartirse una inmensa fortuna.

—Permítame, mon ami, que de nuevo manifieste mi más enfática aprobación por todo cuanto dice. Un Robert Underhay, vivito y coleando, es ciertamente lo que necesitaba la familia Cloade.

—Así, pues, volvemos a la conclusión de, que sólo Rosaleen o su hermano tiene un motivo plausible para cometer el delito. Rosaleen estaba en Londres. Pero David, según sabemos, estuvo en Warmsley Vale. Llegó a la estación de Warmsley Heath a las cinco y media.

—Así, pues, según usted —intercaló Poirot—, tenemos un «MOTIVO», escrito con letras mayúsculas, y además el hecho que desde las cinco y media hasta una hora no especificada, David estuvo en la localidad.

—Exactamente. Tomemos ahora la historia de Beatrice Lippincott. Yo estoy convencido de su veracidad. No cabe duda que ella oyó cuanto dijo, aunque es posible que haya añadido algunos comentarios de su propia cosecha. Es muy humano.

—Muy humano, tiene usted razón.

—Aparte de conocer a la muchacha, la creo porque no es posible que hubiese podido inventar ciertas cosas. La existencia de Robert Underhay, pongo por caso. Así, pues, y puesto a elegir, acepto la historia de Beatrice antes que la de David Hunter.

—Y yo también. Tuve la impresión de que era una testigo veraz.

—Tenemos, además, la confirmación de sus declaraciones. ¿Por qué cree que se fueron los hermanos a Londres?

—Esa es una de las cosas que más me interesaría saber.

—La situación económica es clara. Rosaleen Cloade hereda la fortuna de Gordon sólo en usufructo. No puede tocar el capital, con excepción, según tengo entendido, de unas mil libras esterlinas. Joyas, y todo lo demás, son suyas. ¿Qué es lo primero que hace al llegar a Londres? Coger varias de sus más valiosas alhajas y venderlas en uno de nuestros conspicuos establecimientos de la calle Bond. Por lo visto necesitaba una gran suma. ¿Para qué? Eso salta a la vista: para hacer frente a una falsa maniobra.

—¿Y usted llama a eso una prueba contra David Hunter?

—¿Y usted no?

Poirot movió la cabeza de un lado a otro.

—Prueba de que hubo chantaje, sí. Prueba de intento de cometer un asesinato, no. No puede usted admitir las dos cosas, mon cher. O bien nuestro hombre se disponía a pagar, o bien a matar. Las pruebas por usted presentadas son de que se disponía a pagar.

—Sí, quizá fuese así. Pero pudo también haber cambiado de opinión.

Poirot se limitó a encogerse de hombros.

—Conozco a esta clase de sujetos, señor Poirot. Son de un tipo que ha tenido gran aceptación durante la guerra. Podía esperarse de ellos cuanto coraje fuese menester, audacia y un absoluto desdén por la seguridad personal. La clase de hombres que pueden hacer frente a cualquier situación y hasta ganar la Gran Cruz de la Reina Victoria, aunque las más de las veces sea ésta una póstuma condecoración. En la guerra, un hombre como ése será un héroe. En la paz... lo más probable es que dé con sus huesos en una cárcel. Les gusta la emoción y no se avienen a caminar por el sendero recto ni tienen respeto alguno por la sociedad ni por las vidas ajenas.

Poirot volvió a asentir con un gesto.

—Le digo —repitió el superintendente— que conozco el tipo.

Hubo unos minutos de silencio.

Eh bien! —rompió al hablar, al fin, Poirot—. Estamos de acuerdo en que tenemos ya el tipo del matador. ¿Y qué más? Eso nada nos prueba todavía.

Spence le miró con curiosidad.

—Parece que se toma usted un gran interés por este caso, señor Poirot.

—Sí.

—¿Podría saber la razón?

—Francamente —dijo extendiendo las manos en la forma que le era peculiar— ni yo mismo lo sé. Quizá sea porque cuando hace dos años estaba yo sentado con un profundo malestar en el estómago, he de advertirle que aunque he procurado siempre aparentar impasibilidad no soy ningún valiente ni me han gustado nunca las «bromas» de la aviación, cuando, como digo, estaba sentado en el salón de fumar del club al que pertenecía uno de mis amigos, y me olvidaba de las bombas, y del malestar en el estómago, había un señor, el comandante Porter, contando una serie de historias a las que presté atención, por ver si así me distraía su relato altamente sugestivo e interesante. Quién sabe si algún día, pensaba, me encontraré con algo que tenga relación, más o menos directa, con lo que ahora cuenta. Y así ha ocurrido.

—Ha sucedido lo inesperado, ¿verdad?

—Al contrario —le corrigió Poirot—. Es precisamente lo esperado lo que acaba de suceder, lo que ya es en sí algo extraordinario.

—¿Usted esperaba un asesinato? —preguntó Spence con escepticismo.

—No, no. Sólo que una viuda se volviera a casar. ¿Posibilidad de que viva aún el primer marido? No sólo posibilidad, ¡sino que vive! ¿De que pudiese volver? ¡Ha vuelto! ¿De que hubiese chantaje? ¡Ha habido chantaje! ¿Posibilidad, por lo tanto, de que el chantajista fuese silenciado? Ma foi, ¡ha sido silenciado!

—Bien —añadió Spence, mirando suspicazmente a Poirot—. Supongo que todo esto encaja perfectamente con el tipo que yo he mencionado. Son crímenes que se complementan. Chantaje y asesinato.

—¿Y no lo encuentra usted interesante? Ya sé que en general no lo es, pero en este caso...

Se detuvo con cómoda placidez.

—¿No ha observado usted que todo parece estar... un tanto enrevesado?

—¿Qué quiere usted decir con «enrevesado»?

—Que todo parece ocurrir, ¿cómo diría yo?, en forma bastante ilógica.

—El propio cadáver, sin ir más lejos.

Spence continuaba sin comprender.

—¿Se ha fijado usted bien en él? ¿No? Entonces vamos a otro punto. Underhay llega a la posada e inmediatamente escribe a David Hunter. Éste recibe la carta a la mañana siguiente a la hora del desayuno.

—¿Y bien? Él admite haber recibido esa carta de Enoch Arden.

—Esa fue la primera indicación de la presencia de Underhay en Warmsley Vale, ¿no es así? ¿cuál fue la reacción de Hunter? Enviar a su hermana para Londres sin pérdida de tiempo.

—Pero eso es perfectamente comprensible —contestó Spence—. Quiere estar solo para manejar los asuntos a su manera. Temería quizá que su hermana se mostrase débil. No olvide que él es la cabeza pensante y que tenía a su hermana metida en un puño.

—Sí, sí, sobre eso no hay cuestión. Así, pues, decide mandar a Rosaleen a Londres y él se va a ver a Enoch Arden. El detalle de la conversación nos lo ha proporcionado la señorita Lippincott y lo que de ella salta a la vista, como usted bien sabe, es que Hunter no estaba seguro de si el hombre a quien hablara era o no, en realidad, Robert Underhay. Lo sospechaba, pero no lo sabía.

—¿Y qué de particular hay en ello, señor Poirot? Rosaleen Hunter se casó con Robert Underhay en la Ciudad de El Cabo y de allí se encaminaron rectamente a Nigeria. Hunter y Underhay no se encontraron jamás. Así se comprende, como usted dice muy bien, que aunque Hunter sospechase que Arden y Underhay fuesen una misma persona, no podía tener de ello una absoluta seguridad.

Poirot miró reflexivamente al superintendente.

—Así, pues, ¿nada ve usted de particular en todo lo que he dicho?

—Ya sé dónde quiere usted ir a parar. Que por qué Underhay no admitió inmediatamente su personalidad, ¿no es eso? Creo que también tiene su explicación. Gente respetable que, por la razón que fuese, descienden a cierta clase de maquinaciones, gustan de conservar siempre las apariencias, de tener siempre a mano una puerta de escape, y usted comprende lo que quiero decir. No, no creo que eso tenga tanta importancia. Algo tiene usted que conceder al factor humano.

—Precisamente —contestó Poirot—. ¡El factor humano! Es él precisamente lo que hace interesante el caso. Estuve observando en la encuesta las caras de todos los presentes, en especial las de los Cloade, tan numerosos, tan unidos por un interés común, y tan diferentes en sus caracteres, en sus sentimientos y en su modo de pensar. Todos ellos dependientes, durante largos años, del hombre fuerte de la familia, ¡de Gordon Cloade! No quiero decir que fuesen directamente dependientes, no. Todos tenían sus medios propios de vida. Pero consciente o inconscientemente, todos se habían visto precisados a cobijarse bajo sus ramas. ¿Y qué sucede? Y esta pregunta se la hago a usted, superintendente. ¿Qué le pasa a la hiedra cuando se derriba el roble del cual se nutre?

—Eso ya no es de mi incumbencia —contestó Spence.

—Pues yo creo todo lo contrario. El carácter, mon cher, es algo que se desarrolla y se deteriora. Lo que una persona es en realidad no se sabe hasta que llega la prueba, esto es, el momento en que de uno solo depende el hecho de si ha de caer o ha de seguir manteniéndose en pie.

—No sé dónde quiere usted ir a parar, señor Poirot —Spence estaba aturdido—. De todos modos, los Cloade están ya bien, o lo estarán tan pronto como se lleven a cabo los formulismos de rigor.

Esto, le recordó Poirot, tomaría algún tiempo, naturalmente.

—Y todavía queda por debatir la declaración de Rosaleen —añadió—. Después de todo, se supone que una mujer ha de reconocer a su marido, si en realidad es él, ¿verdad?

Había inclinado la cabeza a un lado y miraba inquisitivamente al corpulento superintendente.

—¿Y no cree usted que vale la pena no reconocer a un marido si el hacerlo supone la pérdida de dos millones de libras esterlinas? —preguntó cínicamente Spence—. Además, si no era Robert Underhay, ¿por qué le mataron?

—¡Ahí —exclamó enfáticamente Poirot—. ¡He ahí precisamente nuestra gran incógnita!

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