Capítulo IV

El sumario judicial tuvo efecto en Cornmarket. El juez instructor, señor Pebmarsh, era un hombre diminuto y minucioso, con lentes y un elevado concepto de su personalidad.

A su lado se sentaba el corpulento superintendente Spence, y en un discreto segundo término un hombre de baja estatura y aspecto de extranjero, con largos y negros mostachos. Estaba presente toda la familia Cloade: Jeremy Cloade y su esposa, Lionel Cloade con la suya, Rowley Cloade, la señora Marchmont y Lynn; todos. El comandante Porter ocupaba un asiento separado de los demás y con muestras de marcado disgusto.

El juez carraspeó unos instantes, y después de dirigir una inquisitiva mirada al Jurado, compuesto de nueve destacados residentes de la localidad, procedió a declarar abierta la instrucción del sumario.

Alguacil Peacock...

Sargento Vane...

Doctor Lionel Cloade...

—En ocasión en que atendía usted a uno de sus pacientes en la posada «El Ciervo», se acercó a usted la sirvienta Gladys Atkins, ¿verdad?

—Así fue.

—¿Qué fue lo que le explicó?

—Que el ocupante del cuarto número 5 estaba tumbado en el suelo y muerto al parecer.

—¿Y en consecuencia usted subió a la habitación mencionada?

—Sí, señor.

—¿Quiere usted describirnos lo que vio allí?

El doctor Cloade hizo un sucinto relato. El cuerpo de un hombre... la cara pegada al suelo... heridas en la parte posterior de la cabeza... y unas tenazas de las que se usan para avivar la lumbre.

—¿Era usted de la opinión de que las heridas fueron causadas por las tenazas en cuestión?

—Algunas de ellas lo eran incuestionablemente.

—¿Y que fue administrado más de un golpe?

—Sí. No hice un detallado examen, pues creí conveniente no tocar ni mover el cuerpo hasta tanto no se hubiese presentado la policía.

—Muy bien hecho. ¿Estaba vivo o muerto?

—Muerto.

—¿Cuántas horas llevaría así cuando usted llegó?

—No podría decirlo exactamente, pero deduzco que no menos de once, y posiblemente hasta trece o catorce, digamos entre las siete y media de la mañana y las diez y media de la noche precedente.

—Muchas gracias, doctor Cloade.

Después declaró el cirujano de la policía, dando una descripción completa y técnica de las lesiones. Había una fuerte contusión en la mandíbula inferior y las huellas de cuatro o cinco golpes en la base del cráneo, algunos de ellos asestados después de sobrevenir la muerte.

—¿Cree usted que hubo brutalidad y ensañamiento en la agresión?

—Positivamente.

—¿Se hubiera... necesitado una gran fuerza para descargar esos golpes?

—Fuerza totalmente... no. Las tenazas cogidas por la extremidad de la boca pueden manejarse sin dificultad, y las pesadas bolas de acero que rematan los brazos del mango herir de forma contundente. Cualquier persona de constitución débil podría haber infligido esas lesiones siempre que obrara impulsado por una fuerte excitación.

—Muchas gracias, doctor.

Siguieron detalles acerca de las condiciones en que se encontraba el cuerpo, bien nutrido, en perfecto estado de salud y de unos cuarenta y cinco años de edad. Ningún signo de enfermedad o lesión orgánica: corazón, pulmones, etcétera, todo bien.

Beatrice Lippincott presentó pruebas de la llegada del hombre a la posada. Se había inscrito como Enoch Arden, de la Ciudad de El Cabo.

—¿Presentó la víctima alguna cartilla de racionamiento o documento similar?

—No, señor.

—¿Se lo pidió usted?

—Al principio, no. No sabía el tiempo que iba a permanecer en mi casa.

—¿Y después?

—Después, sí. Él llegó el viernes y al día siguiente le dije que si pensaba continuar en la posada más de cinco días tendría que entregarme la libreta de racionamiento.

—¿Qué contestó él a eso?

—Que me la daría.

—¿Y no se la dio?

—No.

—¿No dijo, acaso, que se le hubiese perdido? ¿O que no la tenía?

—No, no. Dijo simplemente que trataría de encontrarla.

—Señorita Lippincott, ¿oyó usted en la noche del sábado alguna conversación especial?

Con un elaborado preámbulo para tratar de justificar su presencia en el cuarto número 4, Beatrice Lippincott contó su historia, secundada con astucia por el propio juez.

—Gracias. ¿Mencionó usted a alguien el tema de esta conversación?

—Sí, señor. Se lo conté al señor Rowley Cloade.

—¿Y por qué al señor Cloade?

—Creí un deber hacerlo —contestó Beatrice, poniéndose como una amapola.

Un hombre alto y delgado, el señor Gaythorne, se levantó y pidió permiso para hacer una pregunta.

—En el curso de la conversación sostenida entre el difunto y el señor David Hunter, ¿oyó usted alguna vez mencionar al primero que fuese el propio Robert Underhay?

—No.

—En realidad, hablaba de Robert Underhay como si se tratara de una tercera persona, ¿verdad?

—Así es.

—Gracias, señor juez. Era eso lo que necesitaba saber.

Beatrice Lippincott volvió a su asiento y fue llamado Rowley Cloade.

Confirmó cuando había oído a Beatrice, y después narró la conversación tenida con el difunto.

—¿Dice usted que sus últimas palabras dirigidas a usted fueron las de: «No olvide que nada podrá usted probar sin contar con mi cooperación», y que éstas eran a su juicio una prueba de que Robert Underhay estaba todavía vivo?

—Creo que ésa era su idea. Después se echó a reír.

—¡Ah! ¿Se echó a reír? ¿Y qué finalidad cree usted que tuvieron?

—La de ver si yo me decidía a hacerle alguna oferta. Pero después lo pensé mejor...

—Lo que usted pensó después no hace al caso, señor Cloade, a no ser que haya querido usted decir que como resultado de su entrevista salió usted en busca de una persona que conociera a Robert Underhay, cosa que, naturalmente, le hubiese sido de gran utilidad. —Eso fue precisamente lo que pensé.

—¿A qué hora se separó usted del cadáver?

—Me figuro que sería a eso de las nueve menos cinco.

—¿Qué le hace suponer que fuese ésa la hora?

—Porque en el momento que salía a la calle oí las campanas de un reloj situado en un edificio vecino que daban las nueve.

—¿Mencionó el difunto la hora en que esperaba a su cliente?

—No.

—¿Y su nombre?

—Tampoco.

—¡David Hunter!

Corrió un leve murmullo entre los vecinos de Warmsley Vale congregados en la sala y que retorcían sus cuellos para conseguir echar una mirada a aquel hombre alto y delgado que con cara de pocos amigos, miraba al Jurado y al presidente en actitud de desafío.

Los preliminares fueron rápidos y concisos. El juez continuó:

—¿Fue usted a ver al difunto en la noche del sábado?

—Sí. Recibí una carta suya solicitando una pequeña ayuda y diciendo que había conocido en África al primer marido de mi hermana.

—¿Conserva usted esa carta?

—No, no suelo guardarlas.

—Usted ha oído el relato que de la conversación que usted sostuvo con el difunto ha hecho la señorita Beatrice Lippincott. ¿Es cierto lo que ella ha dicho?

—Completamente falso. La víctima habló de haber conocido a mi difunto cuñado, de que se encontraba en situación muy apurada y de la necesidad de que yo le hiciera un pequeño préstamo en la seguridad de que no tardaría en devolvérmelo.

—¿Le mencionó que Robert Underhay estuviese vivo?

David sonrió:

—Al contrario. Me dijo: «Si Robert viviese, estoy seguro que no vacilaría en ayudarme.»

—Ésa es una versión completamente distinta de la que hace un momento nos contó la señorita Lippincott.

—Esas fisgonas —dijo David— acostumbran a oír sólo una parte de las conversaciones, y después todo lo embrollan con su fogosa imaginación.

Beatrice Lippincott se levantó furiosa, pero el juez la contuvo, amonestándola con severidad.

Después se volvió otra vez hacia David.

—¿Visitó usted de nuevo al difunto la noche del martes? —prosiguió.

—No, señor.

—¿No ha oído usted decir al señor Cloade que el difunto esperaba a un visitante?

—Sí, pero, ¿qué razón hay para suponer que ese visitante fuera yo precisamente? Yo le había dado ya un billete de cinco libras y me pareció que era bastante. Ni siquiera había pruebas de que hubiese conocido al capitán Underhay. Y ahora, ya que viene a cuento, señor juez, quiero decirle que mi hermana, desde que heredó la cuantiosa fortuna de su marido, no ha cesado de ser el blanco de los ataques de todos los pedigüeños y sablistas de esta localidad.

Al decirlo paseó una despectiva mirada por el lugar ocupado por los miembros de la familia Cloade.

—Señor Hunter, ¿quiere decirme dónde estuvo usted la noche del martes?

—¡Averígüenlo ustedes!

—¡Señor Hunter!

El juez dio un mazazo sobre la mesa.

—Le aconsejo que se reporte y que no conteste en esa forma a este Juzgado.

—¿Qué necesidad tengo de decir dónde estuve ni qué fue lo que hice? Tendrán tiempo de hacerme esas preguntas cuando me acusen de haber matado a ese hombre.

—Si persiste usted en esa actitud, posiblemente sea antes de lo que usted se figura. ¿Reconoce usted eso, señor Hunter?

Inclinándose hacia delante, David tomó el encendedor de oro en el que había sus iniciales. Su cara reveló una viva sorpresa.

Lo devolvió, diciendo con naturalidad:

—Sí. Es mío.

—¿Recuerda usted cuándo fue la última vez que lo tuvo en su poder?

—Lo eché de menos...

—¿Cuándo, señor Hunter? —preguntó el juez con voz suave.

Gaythorne jugueteaba nerviosamente con los botones de su americana. Fue a decir algo, pero David se le anticipó.

—Recuerdo bien que lo tenía el viernes, el viernes por la mañana. Desde luego, no he vuelto a verlo.

El señor Gaythorne se levantó.

—Con su venia, señor juez —dijo, y se volvió a Hunter—. Usted ha admitido que visitó al difunto el sábado por la tarde. ¿No es posible que se lo hubiese usted dejado olvidado en el cuarto del señor Arden?

—Sí. Es posible —contestó pausadamente David—. Lo cierto es que lo he echado de menos desde el viernes. —Y añadió—: ¿Dónde lo encontraron ustedes?

—De eso hablaremos más tarde —contestó el juez—. Puede usted sentarse, señor Hunter.

Éste se dirigió pausadamente a su silla.

—¡Comandante Porter!

Carraspeando y mascullando algo entre dientes, el comandante Porter tomó su puesto en el estrado de los testigos. La manera cómo se humedecía los labios mostraba el estado de tensión nerviosa en que se encontraba.

—¿Es usted el señor Georges Douglas Porter, antiguo comandante del regimiento de fusileros de África?

—Sí, señor.

—¿Conocía usted bien a Robert Underhay?

Con un tono de voz que recordaba el empleado en las paradas militares, fue enumerando una retahíla de fechas y lugares.

—¿Ha visto usted el cuerpo del difunto?

—Sí.

—¿Puede usted identificarlo?

—Sí. Es el cuerpo de Robert Underhay.

Un murmullo recorrió la sala.

—¿Declara usted esto positivamente y sin el menor asomo de duda?

—Lo declaro.

—¿No hay posibilidad alguna de confusión?

—Ninguna.

—Gracias, comandante Porter. ¡La señora Rosaleen Cloade!

Rosaleen se levantó y se cruzó con el comandante, que le miró con curiosidad.

—Señora Cloade, ¿fue usted requerida por la policía para ver el cadáver del difunto?

Rosaleen se estremeció.

—Sí —contestó.

—Ha declarado usted en forma concluyente que era el cadáver de un hombre completamente desconocido para usted.

—Sí, señor.

—En vista de la declaración que acaba de hacer el comandante Porter, ¿quiere usted retirar o modificar la suya?

—No.

—¿Afirma usted de nuevo que el cuerpo no era el de su marido Robert Underhay?

—No era el cuerpo de mi marido. Era el de un hombre a quien no he visto en mi vida.

—Tenga usted en cuenta, señora Cloade, que el comandante Porter acaba de afirmar, sin dejar lugar a la más insignificante duda, que el cuerpo era el de su amigo Robert Underhay.

Rosaleen insistió con voz inexpresiva:

—Y yo digo que el comandante Porter está equivocado.

—No declara usted bajo juramento en esta sala, señora Cloade; pero es posible que tenga usted que hacerlo en breve cuando el asunto se eleve a los Tribunales superiores. ¿Está usted dispuesta a jurar que el cuerpo no es el de Robert Underhay, sino el de un hombre completamente desconocido para usted?

—Estoy dispuesta a jurarlo.

Su voz era clara y firme y sus ojos miraban sin pestañear.

El juez murmuró:

—Puede usted sentarse.

Después, desprendiéndose de los lentes, se dirigió al Jurado.

La misión de éste era definir la clase de muerte que había sobrevenido al cadáver. Sobre esto había pocas dudas. No cabía la posibilidad de accidente o suicidio. Tampoco nada que hiciera creer en el homicidio. Restaba sólo un veredicto: asesinato con premeditación y alevosía. Con respecto a la identidad del muerto, nada tampoco se había dicho en definitiva.

Habían oído decir a uno de los testigos, un hombre de intachable reputación y probidad, y a cuya palabra podía darse absoluto crédito, que el cuerpo era el de un antiguo amigo suyo, del capitán Robert Underhay. Por otra parte, la muerte de éste en África, a causa de la fiebre, había quedado aparentemente establecida a satisfacción de las autoridades locales. En contraposición a lo declarado por el comandante Porter, la viuda de Robert Underhay, también de Gordon Cloade, afirmaba positivamente que el cuerpo no era de su difunto primer marido. Éstas eran declaraciones diametralmente opuestas. Pasando por alto el asunto de la identificación tendrían que decidir asimismo si había alguna prueba que tendiese a señalar al posible culpable de dicho asesinato. Estas pruebas tendrían que ser convincentes, no sólo en cuanto al hecho, sino en cuanto al motivo y oportunidad. La persona o personas sobre las que podrían recaer sospechas tendrían que haber sido vistas en las cercanías del lugar del crimen y a la hora aproximada de su comisión. De no existir estas pruebas, lo mejor sería dictar un veredicto de «asesinato» sin mencionar nada en cuanto al culpable. Esto daría a la policía libertad para proseguir sus pesquisas.

Después ordenó al Jurado que se retirase a deliberar.

Tardaron tres cuartos de hora para llegar a un acuerdo.

Al volver, el veredicto fue de asesinato, con premeditación y alevosía y, específicamente, en contra de la persona de David Hunter.

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