Capítulo I
Hércules Poirot doblaba con sumo cuidado el último de los periódicos que poco antes le trajera su fiel ayuda de cámara George. La información que en ellos venía era insignificante. El informe médico era de que había habido fractura de cráneo a consecuencia de fuertes golpes. El sumario judicial había sido transferido para la quincena siguiente. Se rogaba a toda persona que pudiese suministrar informes acerca de un tal Enoch Arden llegado, al parecer, recientemente de la ciudad de El Cabo, que se comunicase inmediatamente con el jefe de policía del distrito de Oatshire.
Poirot amontonó luego todos los diarios y se entregó a la meditación. Estaba interesado en el caso. Quizá le hubiese pasado inadvertido el pequeño párrafo primero a no ser por la reciente visita que le hiciera la señora de Lionel Cloade. Esta visita le había traído a la memoria también, y con toda claridad, los incidentes del día en que se refugiara en el club con motivo del ataque aéreo. Recordaba distintamente la voz del comandante Porter cuando decía: «Es probable que un tal Enoch Arden surgirá a unas mil millas de distancia o intentará rehacer de nuevo su vida.» Ahora tenía una rabiosa curiosidad por saber quién era aquel Enoch Arden que había muerto de forma violenta en Warmsley Vale.
Recordó que una amistad superficial le unía al superintendente de la policía, y con algunos socios del club y el joven Mellon vivía no lejos de Warmsley Heath y conocía a Jeremy Cloade.
Fue durante los momentos en que pensaba si decidirse o no a telefonear al joven Mellon cuando entró George a anunciarle que el señor Rowley Cloade deseaba verle.
—¡Aja! —exclamó Hércules Poirot, con satisfacción—. Hágale pasar.
Un joven de buena presencia y aspecto preocupado hizo su entrada en la habitación ocupada por aquél.
El aturdimiento de que se sintió poseído impidió encontrar el modo de iniciar la conversación.
—Bien, señor Cloade —principió Poirot, tratando de ayudarle—, ¿en qué puedo servirle?
Rowley Cloade le miraba presa de una invencible mezcla de curiosidad y recelo. Aquellos largos y poblados mostachos; aquel impecable corte de sus vestidos; aquellos níveos botines y aquellos zapatos puntiagudos eran cosas de un gusto continental que no acababa de digerir el isleño.
Poirot se regocijaba con aquella sorpresa.
—Creo que tendré que explicarle primero quién soy —empezó a hablar, arrastrando un poco las palabras—. Mi nombre nada le diría...
Poirot le interrumpió:
—Al contrario. Conozco su nombre perfectamente. Su tía, y esto no lo sabe usted, vino a verme la semana pasada.
—¿Mi tía?
Rowley quedó con la boca abierta y mirando con sorpresa a Poirot. Esto sirvió para que éste desechara la idea de que entre ambas visitas pudiese existir la más mínima relación. Por un momento le pareció extraordinaria la coincidencia de que en tan breve período de tiempo vinieran a verle dos miembros de la familia Cloade. Sin embargo, a poco de reflexionar, comprendió que no había tal coincidencia, sino una lógica sucesión de hechos derivados de una misma causa.
Y añadió en voz alta:
—Creo no haberme equivocado al decir que la señora de Lionel Cloade es su tía.
La sorpresa de Rowley subió de punto y preguntó con incredulidad:
—¿La tía Kathie? ¿No se habrá usted equivocado y habrá querido decir la señora de Jeremy Cloade?
Poirot movió la cabeza negativamente.
—¿Qué demonios vendría a buscar la tía Kathie...?
Poirot murmuró discretamente:
—Tengo entendido que vino a mí guiada por los espíritus.
—¡Atiza! —exclamó, y añadió, tratando de disculparla ante Poirot—: Le advierto que es una mujer inofensiva.
—Lo dudo.
—¿Qué quiere usted decir?
—¿Usted cree que hay alguien que sea completamente inofensivo?
Rowley quedó sin saber qué contestar. Poirot suspiró:
—Usted ha venido decidido a pedirme algo, ¿verdad? —sugirió correctamente este último.
El aire de preocupación volvió a aparecer en la cara de Rowley.
—Me temo que sea una larga historia lo que voy a contar...
También Poirot debió de temerlo. La impresión que había sacado de Rowley en cuanto a la brevedad, no era muy favorable. Se recostó resignado en su silla y entornó los ojos.
—Gordon Cloade era mi tío...
—Sé al detalle quién era Gordon Cloade —dijo Hércules Poirot, tratando de ayudarle a abreviar.
—Muy bien. Así no necesito seguir explicándole. Se casó unas pocas semanas antes de su muerte con una joven viuda llamada Underhay. Desde la muerte de aquél, ésta ha estado viviendo en Warmsley Vale en compañía de un hermano suyo. Todos creímos que su primer marido había muerto de fiebres en África. Ahora, sin embargo, hay razones que pueden hacer suponer lo contrario.
—¡Ah! —exclamó Poirot, incorporándose—. ¿Y qué es lo que le ha hecho suponer esto último?
Rowley describió la llegada de Enoch Arden a Warmsley Vale.
—Quizá lo haya leído usted en los periódicos —añadió.
—Sí, lo he leído todo —contestó Poirot, tratando de abreviar.
Rowley siguió con su relato. Describió la primera impresión que tuvo de este hombre, de Arden, su visita a «El Ciervo», la carta que había recibido de Beatrice Lippincott, y finalmente la conversación escuchada por ésta.
—Naturalmente —añadió Rowley—, uno no puede estar seguro de esta clase de noticias. Pudo haber oído mal, o haberlo exagerado un tanto...
—¿Se lo ha dicho ya a la policía?
—Sí, yo le aconsejé que lo hiciera.
—Hasta ahora, señor Cloade, y perdóneme, no me ha dicho usted exactamente cuál es el objeto de su visita. ¿Quiere usted, por casualidad, que sea yo quien investigue este... asesinato, puesto que por lo que deduzco puede calificársele de esta manera?
—¡No, no, de ningún modo! —dijo Rowley—. Esto es asunto de la policía. Creo, como usted, que se trata de un asesinato. Lo que yo quiero es que averigüe quién es en realidad este hombre.
—¿Quién sospecha usted que pueda ser, señor Cloade?
—Sólo le digo que el nombre de Enoch Arden es el de un personaje de un poema de Tennyson que vuelve y se encuentra con que su mujer se ha casado con otro hombre.
—Y usted cree, por deducción, que este sujeto pudiera muy bien ser el propio Robert Underhay, ¿verdad?
—Que cabe en lo posible, al menos. He hablado repetidamente con Beatrice acerca de la conversación que oyó, pero he visto que no puede recordar con exactitud las palabras, asimismo Arden decía que Robert Underhay había caído muy bajo, que estaba mal de salud y que necesitaba dinero desesperadamente. ¿No cree usted que pudiera muy bien haber estado hablando de sí mismo? Parece también que insinuó que de aparecer Underhay en Warmsley Vale, podría ser de consecuencias funestas para el bolsillo de David Hunter.
—¿Qué prueba de identificación se presentó en el sumario?
Rowley movió suavemente la cabeza de un lado para otro.
—Ninguna concluyente. Sólo la testificación de los de la posada diciendo que se había registrado allí con el nombre de Enoch Arden.
—¿Y qué hay de sus documentos?
—No llevaba ninguno.
—¿Cómo?
Poirot se incorporó, sorprendido.
—¿Que no llevaba ninguno?
—Ninguno. Todo lo que se encontró en su posesión fueron unos cuantos pares de calcetines, una camisa, un cepillo de dientes, etc., pero no documento alguno.
—¿Ni pasaporte? ¿Ni cartas? ¿Ni siquiera una mala tarjeta?
—Nada.
—Eso es muy interesante —cedió Poirot—. Sí, muy interesante.
Rowley prosiguió:
—David Hunter, esto es, el hermano de Rosaleen, fue a visitarle la noche siguiente a su llegada. Su historia contada a la policía es que había recibido una carta de Arden en la que le decía ser un amigo de Robert Underhay y que se encontraba en situación bastante apurada. Que a petición de su hermana había ido a verle a la posada y que le había dado un billete de cinco libras. Esa es su historia y puede usted tener la seguridad de que se aferrará a ella. Claro que la policía tiene también sus reservas acerca de lo de la conversación oída por Beatrice.
—¿Dice David Hunter que no ha visto a ese hombre con anterioridad?
—Así dice. De todos modos, no creo que Hunter se haya encontrado jamás con Underhay.
—¿Y qué hay de Rosaleen Cloade?
—La policía le hizo ir al depósito para ver si podía identificar el cadáver.
—¿Y...?
—Después de mirarlo detenidamente, les contesto que le era desconocido.
—Eh bien! —dijo Poirot—. Ahí tiene usted la respuesta a su pregunta.
—¿Usted lo cree? —preguntó Rowley, bruscamente—. Pues yo no. Si el muerto es Underhay, Rosaleen no fue jamás la esposa de mi tío, y no tiene, por lo tanto, derecho ni siquiera a un céntimo de su fortuna. ¿Cree usted sinceramente que en esas circunstancias le habría reconocido?
—¿No se fía usted de ella?
—Ni de ella, ni de él.
—Se podrá encontrar, sin embargo, mucha gente que pueda decir, sin temor a equivocarse, si se trata o no de Robert Underhay.
—No lo crea usted. Y es precisamente por eso por lo que he venido a verle. Para que encuentre un solo hombre que pueda identificar a Robert Underhay. Aparentemente no tiene pariente ni amigo alguno en este país. Se trata por lo visto de un hombre bastante insociable. Pero aunque la guerra ha dispersado a las gentes, alguien ha de haber que al menos pueda reconocerle. Yo no sabría por dónde empezar, y, como agricultor, tampoco dispongo del tiempo necesario.
—¿Y por qué ha venido usted a mí, precisamente?
Rowley quedó como aturdido, sin saber qué contestar.
Poirot hizo un leve guiño con uno de los ojos y añadió:
—¿Guiado por los espíritus, quizá?
—¡No, por Dios! —contestó aterrorizado Rowley—. A decir verdad...
Se quedó titubeando unos instantes.
—Oí decir a un amigo —prosiguió— que era usted una especie de mago en esta clase de asuntos. Sé que sus honorarios son elevados y no he de negarle que nosotros andamos un poco apretados en materia de dinero, mas espero que entre todos podremos encontrar la cantidad que sea necesaria. Quiero decir, en el caso de que acepte.
Hércules Poirot dijo reflexivamente:
—Acepto, y casi puedo asegurarle que podré hacer algo en su obsequio.
Su memoria, una memoria precisa y bien definida, escudriñó el panorama de sus recuerdos. El «plomo» del club, el crujido de unos periódicos, la monótona voz.
El nombre, recordaba haber oído también el nombre, no tardaría en acudir obediente a su evocación. Si no, siempre podría recurrir a Mellon... Pero no hacía falta. Ya lo tenía. ¡Porter! ¡El comandante Porter!
Hércules Poirot se puso en pie.
—¿Quiere usted volver esta tarde, señor Cloade?
—¿Esta tarde...? No sé si podré, pero... en fin, haré un esfuerzo. No creo que pueda usted hacer nada en tan corto tiempo.
Miró a Poirot con espanto e incredulidad. Poirot habría descendido a la categoría de humano, si hubiese podido resistir la tentación de recurrir a uno de sus frecuentes alardes de espectacularidad. Como si la memoria de un glorioso predecesor llenase de pronto sus recuerdos, exclamó:
—Tengo mis métodos propios, señor Cloade.
Había acertado en la frase. La expresión de Rowley se volvió respetuosa en extremo.
—Sí..., claro..., claro..., usted debe de saberlo mejor que yo.
Poirot no tardó en aclarar sus dudas. Cuando Rowley se hubo marchado, se sentó y escribió una breve misiva. Al dársela a George, le instruyó para que la llevara al club «Coronation» y que esperara la respuesta.
Ésta fue altamente satisfactoria. El comandante Porter mandaba sus saludos al señor Hércules Poirot y le decía que se honraría en recibirles, a él y a su amigo, en su casa de la calle Edgeway, número 78, Camden Hill, aquella misma tarde a las cinco.
A las cuatro y media apareció Rowley Cloade.
—¿Ha habido suerte, señor Poirot?
—¡Claro, señor Cloade! Ahora mismo iremos a ver a un antiguo amigo del capitán Robert Underhay.
—¿Qué...? —exclamó Rowley, abriendo la boca y mirando a Poirot con el estupor que un niño muestra al ver los prodigios que realiza un experto prestidigitador—. ¡Si es increíble! ¡No entiendo cómo haya usted podido conseguirlo en unas pocas horas!
Poirot abrió las manos como tratando de evitar los cumplidos, pero no mostró deseo alguno de revelar la simplicidad del ardid. La sorpresa de Rowley halagaba su vanidad.
Los dos salieron juntos y tomaron un taxi que les condujo a Camden Hill.
El comandante Porter habitaba el primer piso de una destartalada vivienda. Fueron recibidos por una rubicunda y alegre sirvienta que les condujo a una habitación cuadrada con largos estantes llenos de libros. Cubrían el suelo dos alfombras de atractivos colores pálidos en las que se notaban la acción dolorosa del uso y del tiempo. Poirot se fijó en que el centro había sido recientemente cubierto por un nuevo y espeso barniz que contrastaba visiblemente con el viejo y ya gastado que aparecía en los bordes. Comprendía que, hasta hacía poco, aquella habitación debía haber estado ornada con ricas alfombras por las que probablemente se habría pagado una no despreciable suma en aquellos tiempos.
Miró después al hombre que vestido con un traje de impecable corte, aunque ya un poco deslustrado, permanecía erguido junto a la chimenea. Poirot podía deducir con un simple golpe de vista que la vida que llevaba el comandante Porter, oficial retirado, no era, ni con mucho, digna de envidia. Los impuestos y el elevado coste de la vida habían mermado considerablemente los ingresos de aquellos viejos corceles de Marte. Pero había algo a lo que el comandante Porter no habría querido seguramente renunciar. A seguir pagando su cuota en el club, pongamos por caso.
El comandante hablaba en forma espasmódica.
—Creo que no he tenido el gusto de verle antes de ahora, señor Poirot. ¿Dice usted que en el club? ¿Hace un par de años? Su nombre no me es desconocido, como es natural.
—Permítame que le presente al señor Rowley —interpuso Poirot
El comandante movió la cabeza, espasmódicamente también, en señal de reconocimiento.
—¿Cómo está usted? —dijo—. Siento no poder ofrecerles unas copitas de jerez. Mi proveedor perdió sus existencias en uno de los «blitz». Pero tengo un poco de ginebra. Mala, por supuesto. Y cerveza. ¿Qué les parecen unos vasos de cerveza?
Aceptaron la cerveza. El comandante sacó después una caja de cigarrillos. Poirot tomó uno, que Porter se apresuró a encender.
—Sé que a usted no le interesa —dijo el comandante dirigiéndose a Rowley—. ¿Les importa que yo encienda mi pipa?
Lo hizo así, tras un penoso ejercicio de chupar y soplar.
—Bien —exclamó después de haber dado fin a toda esta serie de preliminares—. Veamos de qué se trata.
Las miradas se cruzaron alternativamente de uno a otro. . Al fin rompió a hablar Poirot.
—Quizá haya leído usted en la Prensa la muerte de un hombre ocurrida en Warmsley Vale.
—Es posible, pero no lo recuerdo.
—Se llamaba Arden. Enoch Arden.
—Pues sigo sin recordar.
—Fue encontrado en la posada de «El Ciervo», con la parte posterior del cráneo machacada.
—Espere. Creo haber leído algo de eso. Ocurrió hace unos días, ¿verdad?
—Sí. Tengo aquí unas fotografías del difunto. Las recorté de unos periódicos y me temo que no sean muy claras. Lo que quisiéramos, comandante Porter, es que nos dijera si había visto alguna vez a este hombre.
Le entregó la copia menos borrosa que pudo encontrar y esperó.
El comándame la miró y frunció el entrecejo.
—Espere un momento.
El comandante cogió sus gafas, se las caló, haciéndolas descansar casi sobre la punta de la nariz y estudió detenidamente la fotografía.
—¡Dios me bendiga! —dijo—. No cabe duda que es él.
—¿Le conoce usted, comandante?
—¡Claro que le conozco! Es Underhay, Robert Underhay.
—¿Está usted completamente seguro? —preguntó Rowley con acento de triunfo en su voz.
—Claro que lo estoy. Y dispuesto a jurarlo en cualquier parte, si fuese preciso. Lo he reconocido perfectamente.