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Jorge Crossfield saludó al señor Entwhistle calurosamente, pero tal vez con un ligero matiz de sorpresa.

El abogado le dijo, queriendo explicarse, aunque no explicaba nada:

—Acabo de llegar de Lychett Saint Mary.

—¿Entonces, se trata realmente de tía Cora? Lo leí en los periódicos y no pude creerlo. Pensé que debía tratarse de alguna otra persona con el mismo apellido.

—Lansquenet no es un apellido corriente.

—No, claro que no. Me imagino que ello fue debido a la natural aversión a creer que alguien de nuestra propia familia pudiera morir asesinado. Me recuerda bastante el caso del mes pasado ocurrido en Dartmoor.

—¿De veras?

—Sí. Las mismas circunstancias. Una casita solitaria, dos mujeres solas y una cantidad de dinero robado, completamente ridícula.

—El valor del dinero siempre es relativo —dijo el señor Entwhistle—. Es la necesidad la que cuenta.

—Sí..., sí, me figuro que tiene usted razón.

—Cuando se necesitan desesperadamente diez libras... quince son más que suficientes. Y a la inversa lo mismo. Para quien precisa cien libras, cuarenta y cinco son lo mismo que nada. Y si necesita varios miles, los cientos no bastan.

—Yo diría que cualquier cantidad es útil hoy en día —replicó Jorge con ojos brillantes—. Todo el mundo anda muy justo de dinero.

—Pero no desesperado —le hizo observar el abogado—. Y es la desesperación lo que cuenta.

—¿Se refiere a algo en particular?

—¡Oh, no, en absoluto! —-hizo una pausa y al cabo dijo—: Se tardará todavía un poco en arreglar lo de la herencia. ¿Le convendría que le hiciera un anticipo?

—A decir verdad, ahora iba a referirme a ese punto. No obstante, esta mañana estuve en el banco, les hablé de usted y se mostraron muy amables, a pesar de que ya se terminaron mis fondos.

De nuevo volvieron a brillar los ojos de Jorge, y el señor Entwhistle, con su gran experiencia, reconoció el significado de aquel brillo. Jorge, estaba convencido, debía haber estado si no desesperado, sí bastante falto de dinero. Y desde aquel momento supo que no confiaría en él para asuntos de dinero. Se preguntó si el viejo Ricardo Abernethie, también con gran experiencia para juzgar a los hombres, habría sentido lo mismo. Estaba casi seguro de que después de la muerte de Mortimer tuvo intenciones de nombrarle heredero. Jorge no era un Abernethie, pero sí el único varón de la joven generación, y el sucesor natural de Mortimer. Ricardo Abernethie envió a buscar a Jorge, que pasó algunos días en la casa. Por lo visto, al final de su visita el anciano no le consideró bastante digno. ¿Habría descubierto que Jorge no era honrado? Según opinión de la familia, el padre de Jorge fue lo peor que pudo haber escogido Laura. Un corredor de bolsa con otras actividades bastante misteriosas. Y Jorge se parecía más a su padre que a los Abernethie.

Tal vez interpretando el silencio del anciano abogado, Jorge dijo con una risa nerviosa:

—La verdad es que no he sido muy afortunado en mis inversiones últimamente. Me arriesgué un tanto y no me salió bien. Más o menos me liquidaron, pero ahora podré recuperarme. Todo lo que uno necesita es algo de capital. Las acciones de la sociedad Ardens son bastante buenas, ¿no le parece?

El señor Entwhistle no dijo ni que sí ni que no. Pensaba: «¿Habrá especulado con dinero de sus clientes y no con el suyo? Si Jorge hubiera estado en peligro de ser perseguido judicialmente...»

El abogado precisó:

—Traté de localizarle al día siguiente del funeral, pero me figuro que no estaba en su despacho.

—¿Ah, sí? No me lo dijeron. A decir verdad, creí que tenía derecho a tomarme un día de descanso en vista de las noticias.

—¿Buenas noticias?

Jorge enrojeció.

—¡Oh, no! Me refería a la muerte de tío Ricardo. Pero el saber que uno va a entrar en posesión de algún dinero proporciona cierto optimismo. Uno se siente inclinado a celebrarlo. A decir verdad, fui a Hurts Park. Acerté dos ganadores. Nunca llueve, pero cuando cae agua, cae a cántaros. ¡Cuando llega la suerte, llega en todo! Sólo fueron unas cincuenta libras; pero todo ayuda.

—¡Oh, sí! —repuso el señor Entwhistle—. Todo ayuda. Y ahora tendrá además una suma adicional como resultado del fallecimiento de su tía Cora.

Jorge pareció entristecerse.

—¡Pobrecilla! ¡Qué mala suerte! Y posiblemente cuando lo estaría preparando todo para divertirse.

—Esperemos que la policía descubra al responsable de su muerte.

—Ojalá lo cojan pronto. Tenemos una buena policía. Pasarán por un tamiz a todos los indeseables de los alrededores... les harán pagar sus delitos sin duda alguna a su debido tiempo.

—No es tan fácil cuando ha transcurrido cierto tiempo —dijo el señor Entwhistle con una sonrisa que indicaba su intención de bromear—. Yo mismo estuve en la librería de Hatchard el día de autos, pero, ¿me acordaría de tal detalle si me lo preguntara la policía dentro de diez días? Lo dudo mucho. Y usted, Jorge, estaba en Hurst Park. ¿Recordaría qué día fue a las carreras... digamos... dentro de un mes?

—Oh, podría acordarme relacionándolo con el funeral... Fui al día siguiente.

—Cierto, cierto. Y además acertó un par de ganadores, otra cosa que ayuda a recordar. Porque rara vez se olvida el nombre de un caballo con el que se ha ganado dinero. A propósito. ¿Cuáles fueron?

—Déjeme pensar. «Gaymarck» y «Frogg II». Sí, no me olvidaré de ellos así como así.

El señor Entwhistle soltó su risita característica y se despidió.

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