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A la mañana siguiente el inspector Morton se presentó en la casita.
Era un hombre de mediana edad, con ligero acento pueblerino. Sus ademanes eran lentos y apacibles, pero en sus ojos brillaba la astucia.
—¿Comprende de lo que se trata, señora Banks? —le dijo—. El doctor Proctor me ha contado lo de la señorita Gilchrist. Las migas del pastel de boda que se llevó para analizar contenían arsénico.
—¿De modo que alguien quiso envenenarla intencionadamente?
—Eso parece. La propia señorita Gilchrist no nos ha ayudado mucho. No cesa de repetir que es imposible... que nadie haría una cosa semejante. Pero alguien lo hizo. ¿Usted no podría darnos alguna luz sobre este asunto?
—No. Estoy completamente asombrada —dijo Susana—. ¿No se ha podido averiguar algo por el matasellos o la caligrafía?
—Olvida usted que el papel que envolvía la caja debió ser quemado. Y dudamos de que hubiera llegado por correo. El joven Andrés, el conductor de la camioneta de Correos, no recuerda haberlo llevado. Tiene un largo trayecto, y no puede asegurarlo...
—¿Cómo pudo ser?
—Lo más seguro, señora Banks, es que utilizaran un pedazo de papel viejo, color rojizo, que ya estuviera el nombre y la dirección de la señorita Gilchrist, y pusieran un sello usado. Luego lo depositarían en el buzón de las cartas, o detrás de la puerta para dar la impresión de que había llegado por correo. Ha sido muy buena idea la de escoger el pastel de boda. Las solteronas son sentimentales y les gusta que las recuerden. Una caja de bombones o algo parecido pudiera haber despertado sospechas.
—La señorita Gilchrist estuvo un buen rato tratando de adivinar quién se lo enviaba, pero no con recelo... como usted dice, estaba satisfecha y sí... halagada.
Agregó:
—¿Había suficiente veneno para... matarla?
—Es difícil de precisar hasta que reconozcamos el análisis definitivo. Eso depende bastante de si se lo comió todo. Parece ser que no. ¿Lo recuerda usted?
—No... no, no estoy segura. Me ofreció, pero yo no acepté. Comió algo y me dijo qué era muy bueno, pero no recuerdo si llegaría a terminarlo.
—Si no le importa, señora Banks, quisiera inspeccionar arriba.
—Suba usted.
Le siguió hasta la habitación de la señorita Gilchrist, diciendo a modo de disculpa:
—Me temo que esté todo revuelto, pero no tuve tiempo de hacer nada, con el funeral de mi tía, y luego cuando vino el doctor Proctor pensé que tal vez fuera mejor dejarlo como estaba.
—Ha hecho usted muy bien, señora Banks. No todo el mundo hubiera sido tan inteligente.
Se aproximó a la cama y metió una mano bajo la almohada. Una expresiva y triunfal sonrisa apareció en su rostro.
—Aquí está —dijo.
Un pedazo de pastel de boda apareció debajo de la almohada.
—¡Qué extraordinario! —exclamó Susana.
—¡Oh, no! No lo es. Tal vez las jóvenes de su generación no lo hagan ya. Ahora no necesitan hacer tantas cosas para casarse, pero es una antigua costumbre. Se pone un pedazo de pastel de boda debajo de la almohada y se sueña con el futuro esposo...
—Pero seguramente la señorita Gilchrist...
—No habrá querido decírnoslo, porque le dará vergüenza que se sepa que a su edad hace estas cosas; pero yo tenía el presentimiento de que lo había hecho —su rostro se ensombreció—. Y si no hubiera sido por su tontería sentimental, la señorita Gilchrist ahora no estaría con vida.
—¿Pero quién pudo haber querido matarla?
Sus ojos se encontraron con los de la joven con una mirada que la llenó de inquietud.
—¿Usted no lo sabe? —le preguntó.
—No... claro que no.
—Entonces tendremos que averiguarlo —repuso el inspector Morton.