Capítulo XXII

1



A las once de la mañana Hércules Poirot convocó una reunión en la biblioteca. Todos estaban allí y el detective miró pensativo el semicírculo de rostros pendientes de él.

—Ayer noche —les dijo—, la señora Shane les reveló que yo era un detective particular. Por mi gusto, hubiera querido mantener... ¿cómo diría...?, el camouflage un poco más. Pero no importa. Y ahora les ruego que escuchen atentamente lo que tengo que decirles. Yo soy una persona célebre dentro de mi profesión... puedo decir la más celebre. Y de hecho, mis cualidades son inigualables.

—Eso es darse bombo, ¿no, señor Poirot... Es Poirot, verdad? Es extraño que nunca haya oído hablar de usted —dijo Jorge Crossfield con sorna.

—No es extraño —repuso Poirot, severo—. ¡Es lamentable! Cielos, hoy día ya no hay educación. Aparentemente, no se aprende más que economía política... y cómo responder a los cuestionarios que comprueban la inteligencia. Pero continuemos con lo de antes. Hace muchos años que conozco al señor Entwhistle...

—¿Ah, sí? ¡Por lo tanto él es culpable!

—Si usted quiere considerarlo así... señor Crossfield. El señor Entwhistle tuvo un gran disgusto con la muerte de su viejo amigo Ricardo Abernethie, y preocupado por ciertas palabras dichas por la señora Lansquenet, hermana del señor Abernethie, que fueron pronunciadas en esta misma habitación al día siguiente del funeral...

—Muy tontas y muy propias de Cora —dijo Maude—. ¡El señor Entwhistle hubiera hecho mejor en no prestarles atención!

Poirot continuó sin hacerle caso:

—El señor Entwhistle sintióse todavía más preocupado ante... ¿cómo diría...?, la coincidencia de la muerte de la señora Lansquenet. Él sólo deseaba una cosa... asegurarse de que aquella muerte fue sólo eso... pura coincidencia. En otras palabras, quiso tener la certeza de que Ricardo Abernethie había fallecido de muerte natural, y para este fin me encargó que hiciera las averiguaciones pertinentes.

Hubo otro silencio.

—Y las hice.

Hubo un silencio.

Eh bien —dijo Poirot echando la cabeza hacia atrás—. Les agradará saber el resultado de mis investigaciones... no existe razón alguna para creer que el fallecimiento del señor Abernethie fuese debido a otras causas que las naturales. ¡Ni motivo para creer que hubiera sido asesinado! —Sonrió con ademán triunfante—. Es una noticia, ¿no les parece?

No lo parecía, por el modo como la recibieron. Con una sola excepción, en todos los ojos leíase la misma expresión de duda.

La excepción fue Timoteo Abernethie, que movía la cabeza con gesto de asentimiento.

—Pues claro que Ricardo no fue asesinado —dijo contrariado—. Nunca pude comprender cómo se le ocurrió a nadie pensarlo ni por un momento. Cora quiso hacer una de las suyas. Su intención era asustarnos. Ése era su modo de divertirse. Aunque fuese mi hermana, tengo que reconocer que la pobre siempre fue algo tonta. Bien, señor Comosellame, celebro que haya llegado a esa conclusión, aunque si quiere saber mi opinión, considero al señor Entwhistle muy entrometido al encargarle que viniera a espiarnos. ¡Y si cree que va a pagar a Entwhistle para meterse en nuestras cosas! Si la familia está satisfecha...

—Pero la familia tampoco lo estaba, tío Timoteo —intervino Rosamunda.

—¡Eh...! ¿Qué es eso? —Timoteo la miró frunciendo sus pobladas cejas.

—No estábamos satisfechos. ¿Y qué me dices de lo que le ha ocurrido a tía Elena esta mañana?

—Elena está en la edad en que puede sufrir cualquier ataque repentino. Eso es lo que ha ocurrido —dijo Maude irritada.

—Ya —repuso Rosamunda—. ¿Otra coincidencia, según tú?

Miró a Poirot y, blandamente, preguntó:

—¿No son demasiadas coincidencias?

—Pero son cosas que pueden ocurrir —repuso el detective.

—Tonterías —dijo Maude—. Elena se sintió mal, bajó a telefonear al médico y entonces...

—Pero no telefoneó al médico —replicó Rosamunda—-. Yo se lo pregunté a él...

—¿Pues a quién llamó? —quiso saber Susana.

—No lo sé —dijo Rosamunda con disgusto—. Pero me atrevo a asegurar que podré averiguarlo.

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